«Deja de decir mentiras»

Philippe Besson · Capítulo 2 de 4 · parte 1/3

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«Deja de decir mentiras»

Capítulo uno. 1984

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

Capítulo uno

1984

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El recreo de un instituto, un patio pavimentado, rodeado por edificios antiguos con ventanas anchas y altas, de piedra gris.

Unos adolescentes, con una mochila o una cartera a sus pies, charlan en pequeños corros, las chicas con las chicas, los chicos con los chicos. Si se observa atentamente, se descubrirá a un vigilante, apenas algo mayor que los muchachos.

Es invierno.

Se ve por las ramas desnudas de un árbol plantado allí, en medio, que parece muerto, por la escarcha en las ventanas, por el vaho que se escapa de las bocas, por las manos que se frotan para calentarse.

Esa mediados de los años ochenta.

Eso se adivina por la ropa, tejanos apretadísimos, descoloridos con lejía, salpicados de manchas claras, de talle alto, y jerséis con motivos geométricos; a veces las chicas llevan calentadores de lana, de colores, que les tapan los tobillos.

Tengo diecisiete años.

No sé que nunca volveré a tener diecisiete años, no sé que la juventud vuela, que apenas dura un instante, que desaparece enseguida y cuando te das cuenta ya es demasiado tarde, ya se ha terminado, se ha volatilizado, la has perdido; a mi alrededor algunos lo presienten y lo dicen, los adultos lo repiten, pero yo no los escucho, sus palabras me resbalan, como el agua por las plumas de un pato, soy un idiota, un idiota sin preocupaciones.

Soy un estudiante del último curso de bachillerato de la clase C en el instituto Elie-Vinet de Barbezieux.

Barbezieux ya no existe.

Formulémoslo de otro modo. Nadie puede decir: conozco ese sitio, sé situarlo en el mapa de Francia. Aparte, tal vez, de los lectores cada vez más raros de Jacques Chardonne, nativo de la ciudad, que alabó su improbable

«felicidad». O de aquellos, más numerosos, pero ¿acaso se acuerdan?, que antaño tomaban la nacional 10, a principios de agosto, para ir de vacaciones a España o a las Landas, y sistemáticamente acababan bloqueados en los atascos, allí, precisamente, a causa de una serie mal pensada de semáforos tricolores y del estrechamiento de la calzada.

Está en Charente. A treinta kilómetros al sur de Angulema. Casi al extremo del departamento, casi en el de Charente-Marítimo, casi en la Dordoña. Tierras calcáreas ideales para cultivar viña: no como las que dan al Lemosín, arcillosas y frías. Clima oceánico: los inviernos son suaves y lluviosos, no siempre hay verano. Por muy lejos que se remonte mi memoria, la grisura lo domina todo; la humedad. Vestigios galorromanos, iglesias y castillos; el nuestro se asemeja a una fortaleza, pero ¿qué debía de defender por aquel entonces? Alrededor: colinas; dicen que el paisaje es ondulado. Y eso es todo, más o menos.

Nací allí. En aquella época, aún había una maternidad. Cerró hace muchos años. Ya nadie nace en Barbezieux, la ciudad está condenada a desaparecer.

¿Y quién conoce a Elie Vinet? Aseguran que fue profesor de Montaigne, aunque jamás se ha demostrado a ciencia cierta. Digamos que fue un humanista del siglo XVI, traductor de Catulo y director del Collège de Guyenne en Burdeos. Y que el azar hizo que naciera en Saint-Médard, un enclave de Barbezieux. Le pusieron su nombre al instituto. No encontraron otro mejor.

En fin, ¿quién se acuerda de las clases C del último curso de bachillerato? Hoy las llaman S, creo. Aunque esa sigla no encierre la misma realidad. Eran las clases de matemáticas, supuestamente las más selectivas,

las más prestigiosas, las que abrían las puertas de las clases preparatorias, que podían llevar a las grandes escuelas, mientras que las otras condenaban a la universidad o a los estudios profesionales de dos años; o se acababan ahí, como un callejón sin salida.

Así, pues, soy de una época pretérita, de una ciudad moribunda, de un pasado sin gloria.

Que nadie se llame a engaño: eso no me entristece. Es así. Yo no elegí nada. Como todo el mundo. Lo sobrellevo.

De todas formas, a los diecisiete años, no tengo una consciencia tan clara de la situación. A los diecisiete años no sueño con la modernidad, ni con el firmamento. Me conformo con lo que me dan. No albergo ninguna ambición, no me domina ningún odio, ni siquiera conozco el tedio.

Soy un estudiante ejemplar, que nunca se salta una clase, que casi siempre saca las mejores notas, que es el orgullo de sus profesores. Hoy, a ese muchacho de diecisiete años le daría una bofetada, no por sus buenos resultados, sino porque tan solo procura complacer a sus jueces.

Estoy en el patio, con los demás. Es la hora del recreo. Salgo de dos horas de filo («¿Se puede admitir la libertad del hombre y a la vez suponer la existencia del inconsciente?»; nos aseguran: ese es el típico tema que puede caer en la sele). Me espera una clase de ciencias naturales. El frío me pica las mejillas. Llevo un jersey de rombos azul. Un jersey informe, que me pongo demasiado a menudo, que suelta pelusa. Tejanos y deportivas blancas. Y gafas. Eso es una novedad. Perdí muchísima vista el año anterior, me volví miope en pocas semanas sin que se supiera por qué, me prescribieron que llevara gafas y obedecí, no hubo más remedio. Tengo el pelo rizado, fino, y los ojos tirando a verdes. No soy guapo, pero llamo la atención; eso lo sé. No por mi aspecto, no, a causa de mis resultados, murmuran: es brillante, está muy por encima de los demás, llegará lejos, como su hermano, en su familia son un hacha, estamos en un lugar y un momento en que muchos no van a ninguna parte, y eso me granjea simpatía y antipatía a partes iguales.

Soy ese joven, en el invierno de Barbezieux.

Los que están conmigo se llaman Nadine A., Geneviève C. y Xavier C.

Tengo su cara grabada en la memoria, mientras que otras tantas, más recientes, la han desertado.

Sin embargo, no son ellos quienes me interesan.

Sino un chico a lo lejos, apoyado en uno de los muros, flanqueado por dos tipos de su edad. Un chico con el pelo enmarañado, una barba incipiente y la mirada oscura. Un chico de otra clase. De la D. Otro universo. Entre nosotros, una frontera infranqueable. Tal vez desprecio. Al menos, desdén.

Y yo solo tengo ojos para él, el chico larguirucho y distante, que no dice nada, que se contenta con escuchar a los dos tipos, sin terciar, sin sonreír siquiera.

Sé su nombre. Thomas Andrieu.

Debo decir que soy el hijo de un profesor, del director de la escuela.

Por lo demás, crecí en una escuela primaria a ocho kilómetros de Barbezieux; en la planta baja, la única clase del pueblo; en el primer piso, el apartamento que nos habían otorgado.

Mi padre fue mi maestro desde el parvulario hasta quinto de primaria.

Siete años recibiendo sus enseñanzas, él con su bata gris y nosotros detrás de los pupitres de madera, siete años calentados por una estufa de fuel, con mapas de Francia en las paredes, de la Francia de antes, una Francia con sus ríos y afluentes, con los nombres de las ciudades escritos en tamaños proporcionales a su población, editados por la librería Armand Colin, y, tras las ventanas, la sombra que daban dos tilos, siete años diciéndole «señor» y hablándole de «usted» durante las horas de clase, no porque me lo hubiera pedido, sino para no destacar, para no disociarme de mis compañeros, y también porque ese padre encarnaba la autoridad, la autoridad que no se discute. Después de la escuela, me quedaba en el aula con él, haciendo los deberes, mientras él preparaba las lecciones del día siguiente, trazando en su gran cuaderno cuadriculado líneas horizontales y verticales, rellenando las casillas con su hermosa caligrafía regular. Encendía la radio, escuchaba Radioscopie, de Jacques Chancel. No lo he olvidado. Vengo de esa infancia.

Mi padre me ordenaba que sacara buenas notas. Yo no tenía derecho a ser mediocre, ni siquiera mediano. Debía ser el mejor, simplemente. Solo había un puesto, el primero. Afirmaba que la salvación procedía de los estudios, que solo los estudios permitían «subir al ascensor». Quería que yo fuera a una gran escuela, nada más. Obedecí. Igual que con las gafas. A la fuerza.

Hace poco regresé a ese escenario de mi infancia, a ese pueblo que no había pisado desde hacía tantos años. Volví con S., para que lo supiera. Aunque la verja seguía allí, con la glicina derramándose, habían cortado los tilos y la escuela estaba cerrada —desde hacía mucho tiempo—. Habían construido viviendas. Le señalé con el dedo la ventana de mi cuarto. Intenté imaginarme a los nuevos ocupantes, pero no lo conseguí. Después, volvimos a coger el coche y le enseñé el centro del pueblo, donde cada dos días pasaba un camión de reparto, una vieja furgoneta Citroën que hacía las veces de tienda ambulante, el establo al que íbamos a buscar la leche, la iglesia desconchada, el pequeño cementerio en pendiente y el bosque donde a comienzos de octubre crecían setas. Él no se imaginaba que yo pudiera venir de allí, de aquel mundo tan rural, tan mineral, de aquel mundo lento, casi inmóvil, fosilizado. Me dijo: supongo que te hizo falta mucha fuerza de voluntad para ascender. No dijo: ambición, valentía u odio. Yo le dije: fue mi padre quien decidió por mí. Yo me hubiera quedado en esa infancia, entre algodones.

No tengo ni la más remota idea de quién es el padre de Thomas Andrieu, ni siquiera de si eso importa. No tengo ni la más remota idea de dónde vive.

En ese momento no sé nada de él. Salvo que va a la clase D del último curso de bachillerato. Y que tiene el pelo enmarañado y la mirada oscura.

Su nombre lo sé porque acabé informándome. Como si nada, un día cualquiera, como quien no quiere la cosa, con un tono de lo más desenvuelto, antes de pasar a otro asunto. Pero no me informé sobre nada más.

No quiero por nada del mundo que se sepa que me interesa. Porque no quiero por nada del mundo que se pregunten por qué razón me interesa él.

Porque plantearse esa pregunta solo daría pábulo a los rumores que corren sobre mí. Aseguran que «me gustan los chicos». Constatan que a veces hago gestos de chica. Además, no se me da bien el deporte, soy negado para la gimnasia, incapaz de hacer un lanzamiento de peso o de jabalina, y el fútbol y el voleibol no me interesan lo más mínimo. Y me encantan los libros, leo muchísimo, a menudo me ven saliendo de la biblioteca del instituto con una novela en la mano. Y no me conocen ninguna novia. Eso basta para labrarse una reputación. Debo añadir que el insulto me llueve con cierta regularidad, «maricón de mierda» (a veces, simplemente «mariquita»), gritado de lejos o susurrado al pasar, y yo me esfuerzo por ignorarlo olímpicamente, por no contestar jamás, por manifestar la más absoluta indiferencia, como si no lo hubiera oído (¡como si fuera posible no oírlo!). Lo que agrava mi caso es que un heterosexual puro y duro nunca permitiría que le dijeran eso, lo desmentiría con vehemencia, le partiría la cara a quien lo insultara así. Quien permite que le digan esas cosas las confirma.

Desde luego, «me gustan los chicos».

Pero todavía no logro pronunciar esta frase.

Descubrí mi orientación muy pronto. A los once años, ya lo sabía. Me atrae un chico del pueblo, llamado Sébastien, dos años mayor que yo. La casa donde vive, no lejos de la nuestra, cuenta con un anexo, una especie de granero. En el primer piso, después de subir por una escalera improvisada, se accede a una sala donde guardan todo tipo de trastos. Incluso hay un colchón. En ese colchón me revuelco por primera vez, abrazado a Sébastien. Aún no hemos llegado a la pubertad, pero ya tenemos curiosidad por el cuerpo del otro. El primer sexo masculino que agarro con la mano es el suyo. El primer beso me lo da él. El primer abrazo, piel contra piel, es con él.

A los once años.

A veces también vamos a refugiarnos a la caravana de mis padres, que

dejan aparcada en un garaje contiguo, durante la temporada baja (a partir de primavera, la instalan en el camping GCU de Saint-Georges-de-Didonne, vamos a pasar el fin de semana allí, caminamos por la playa, compramos churros en el paseo marítimo y gambas grises en el mercado que acaban en unos cuencos a la hora del aperitivo). Sé dónde está la llave. Huele a cerrado, está oscura, los gestos pueden volverse más precisos, el pudor no nos refrena.

Hoy me asombra nuestra precocidad, porque en aquella época no había internet, ni siquiera cintas de vídeo, ni Canal+, nunca hemos visto porno y, sin embargo, sabemos hacerlo, nos las apañamos. Hay cosas que no hace falta aprender, ni de niño. En la pubertad aún seremos más imaginativos.

Llegará pronto.

Esa revelación no me amilana en absoluto. Al contrario, me encanta. En primer lugar, porque ocurre a salvo de las miradas ajenas, y los niños se vuelven locos por los juegos secretos y la clandestinidad que deja al margen a los adultos. En segundo lugar, porque no le veo nada malo a hacerse bien; con Sébastien siento placer, me parece inconcebible asociar el placer con una falta. Por último, porque adivino que esa situación sella mi diferencia.

Así, no me pareceré a todos los demás. Al fin seré distinto a ellos. Dejaré de ser el niño modélico. No tendré que seguir al rebaño. Por instinto, detesto los rebaños. En este sentido, no he cambiado.

Más tarde, pues, me enfrento a la violencia que provoca esa supuesta diferencia. Oigo los famosos insultos, al menos las insinuaciones viperinas.

Veo los gestos afeminados que exageran en mi presencia, los puños rotos, los ojos en blanco, las felaciones que imitan. Si me callo, es para no enfrentarme a esa violencia. ¿Por cobardía? Tal vez. Es una manera de protegerme, por fuerza. Pero no me desviaré. Jamás pensaré: está mal, o: debería haber sido como todo el mundo, o: voy a mentirles para que me acepten. Jamás. Me atengo a lo que soy. En silencio, desde luego. Pero un silencio testarudo. Orgulloso.

Recuerdo su nombre. Thomas Andrieu.

Me parece un bonito nombre, una hermosa identidad. Todavía no sé que algún día escribiré libros, que me inventaré personajes, que tendré que ponerles nombre a esos personajes, pero ya soy sensible a la sonoridad de las identidades, a su fluidez. Pero sí sé que a veces los nombres de pila traicionan un origen o un medio social, que anclan a quienes los llevan en una época.

Descubriré que Thomas Andrieu es una identidad engañosa, al fin y al cabo.

En primer lugar, Thomas no es un nombre habitual en plena década de los sesenta (dado que «mi» Thomas cumplirá dieciocho años en 1984). Los chicos suelen llamarse Philippe, Patrick, Pascal o Alain. En los años setenta, se imponen los Christophe, los Stéphane y los Laurent. En realidad, los Thomas no van a irrumpir hasta los ochenta. Así que el muchacho de ojos negros va adelantado a su época. O sus padres, más bien. Eso deduzco yo. Sin embargo, de nuevo descubriré que no es así. Su nombre era el de un abuelo suyo fallecido prematuramente, eso es todo.

Por otra parte, Andrieu es un enigma. Podría ser un apellido de general, de eclesiástico o de campesino. De todas formas, me parece un apellido de terrateniente, aunque no sé justificarlo del todo.

En resumen, que puedo imaginarme cualquier cosa. Y no me privo de ello. Algunos días, T. A. es un chico bohemio, procedente de una familia con simpatías por el Mayo del 68. Otros días, es hijo de un burgués, ligeramente desvergonzado, como lo son a veces los retoños que quieren fastidiar a sus padres envarados.

Mi manía por inventarme existencias; ya he hablado de eso.

En cualquier caso, me gusta repetir su nombre en secreto, en silencio.

Me gusta escribirlo en trozos de papel. Soy un sentimental redomado; sigo igual, por cierto.

El caso es que, esa mañana, estoy en el patio y observo a hurtadillas a

Thomas Andrieu.

Se trata de algo que ya se ha producido, que ha tenido lugar antes. En numerosas ocasiones, he echado un vistazo en su dirección, fugazmente.

También me lo he cruzado por los pasillos, lo he visto venir como a mi encuentro, lo he rozado, lo he sentido alejarse a mis espaldas sin darse la vuelta. He coincidido con él en el comedor, él almorzaba con gente de su clase, pero nunca hemos compartido mesa; las clases apenas se mezclan.

Una vez, lo pillé en la tarima, durante una clase, debía hacer una presentación y algunas aulas son acristaladas; aquella vez aminoré el paso, era imposible que se fijara en mí, estaba demasiado enfrascado en la presentación, lo observé con detalle porque él no podía sospechar mi tejemaneje. En ocasiones, se sienta en los escalones de delante del instituto y se fuma un cigarrillo; he sorprendido su mirada ciega mientras el humo se le evapora de la boca. Por la tarde, lo he visto marcharse del instituto en dirección al Campus, el bar que linda con el centro en el cruce de la nacional 10, y entrar para reunirse con amigos, probablemente. Al pasar junto a las ventanas del bar, lo he reconocido atizándose una cerveza y jugando al flipper. Recuerdo el movimiento de sus caderas contra el flipper.

Pero no ha surgido ni una palabra; ningún contacto. Ni siquiera por descuido. Ni siquiera por casualidad.

Yo siempre me las he arreglado para no alargarme, para no sorprenderlo o incomodarlo por la insistencia de mis miradas.

Pienso: no me conoce, no me conoce de nada. Por supuesto, me habrá visto, claro está, pero nada se ha grabado en su memoria, ni la más mínima imagen. Quizá los rumores que corren sobre mí han llegado a sus oídos, pero él nunca se ha sumado a los que me silban o se burlan de mí. Tampoco hay ninguna probabilidad de que haya oído los elogios que me hacen los profesores; debe de pasar olímpicamente.

Para él soy un extraño.

Experimento un deseo de sentido único. Un impulso condenado a no colmarse. Un amor no compartido.

Siento el deseo hormigueándome en el vientre, recorriéndome el

espinazo. Pero debo contenerlo y domarlo permanentemente, para que no salte a la vista de los demás. Pues ya he comprendido que el deseo es visible.

También siento un impulso. Adivino un movimiento, una trayectoria, algo que me empuja hacia él, todo el rato. Pero debo permanecer inmóvil.

Aguantarme.

El sentimiento amoroso me transporta, me hace feliz. Pero también me abrasa, me resulta doloroso, como todos los amores imposibles.

Pues tengo una consciencia muy aguda de esa imposibilidad.

A la dificultad puede adaptarse uno, desplegando esfuerzos, ardides, intentando seducir y embelleciéndose con la esperanza de vencerla. Pero la imposibilidad, por definición, encierra la derrota.

A todas luces, este chico no es para mí.

Y no porque yo no sea lo bastante seductor ni atractivo. Simplemente porque es una causa perdida para los chicos. No está hecho para ellos, para aquellos como yo. A él se lo ganarán las chicas.

Desde luego, todas lo rondan. Se acercan, buscan su atención, su presencia. Incluso las que aparentan indiferencia en realidad la fingen, pues su único objetivo es conseguir sus favores.

Él las deja hacer. Sabe que gusta. La gente que gusta lo sabe. Es como una certeza sosegada.

A veces las deja adelantarse. Ya lo he visto pegado a algunas de ellas; a menudo eran guapas. Al instante he experimentado la mordedura de unos celos fugaces. Y la de la impotencia.

Con todo, la mayor parte del tiempo las mantiene a distancia. Me parece que prefiere la compañía de sus congéneres, de sus semejantes. Que su afición por la amistad o la camaradería se impone a cualquier otra consideración. Sin embargo, eso no deja de sorprenderme, precisamente porque podría utilizar a la ligera el arma de la belleza, porque está en la edad de las conquistas, porque en ocasiones se quiere impresionar a los demás multiplicando las conquistas. Aunque su reticencia no me basta para albergar una secreta esperanza. Solo hace que me resulte más simpático aún. Porque admiro a aquellos que no ejercen el poder del que disponen.

También tiene afición por la soledad, es evidente. Fuma solo. Habla

poco. Sobre todo, tiene esa actitud, con el cuerpo contra el muro, con la mirada hacia el suelo, hacia sus zapatillas, esa manera de estar ausente del mundo…

Creo que me gusta por esa soledad. Que fue precisamente eso lo que me empujó hacia él. Me gusta tanto su atrincheramiento, su separación del exterior, como su falta de miedo. Esa singularidad me conmueve, me doblega.

Pero volvamos a esa mañana del invierno de 1984, un invierno de vientos violentos, de inclemencias, de naufragios en el canal de la Mancha, de tormentas de nieve en las cotas altas, cuyas imágenes vemos en el telediario de las ocho (todavía se dice las ocho, no las veinte horas).

Una mañana que debería parecerse a todas las demás, impregnada de mi deseo estéril, de su indiferencia hacia mí.

Aunque las cosas no ocurren como estaba previsto.

Cuando la pausa toca a su fin, cuando algunos alumnos empiezan a recorrer los pasillos, a abandonar el frío punzante del patio de recreo y las conversaciones sobre política, programas de televisión y las próximas vacaciones de febrero, cuando Nadine, Geneviève y Xavier se alejan para ir a recoger sus carteras a la sala polivalente, dejándome solo, en cuclillas, atareado buscando un libro de ciencias naturales en el desorden de mi mochila, adivino repentinamente una presencia junto a mí. Reconozco de inmediato las zapatillas de deporte blancas, y es como una crucifixión, levanto la cabeza despacio en dirección al chico que me domina; tras él, un cielo azul inmaculado y los rayos de un sol frío. Thomas Andrieu está solo, también, probablemente sus compañeros anden subiendo las escaleras camino de un aula, más tarde me contará que se inventó un pretexto para quedarse atrás, para que no lo esperaran, como que debía ir a la biblioteca a sacar una revista o algo así. Está de pie en medio del frío invernal y yo me encuentro a sus pies. Me levanto, inquieto, estupefacto, pero intentando no mostrar mi inquietud, mi estupor. Temo que me aseste un puñetazo, sí, se me pasa por la cabeza que me parta la cara sin testigos, ignoro por qué podría hacer algo así, tal vez porque los insultos ya no bastan y hay que

pasar a la acción, en cualquier caso, me digo que cabe la posibilidad, que puede ocurrir; eso dice mucho sobre la antipatía que creo provocar. Y sobre mi ceguera también. Porque me dice con calma: no me apetece ir al comedor este mediodía. Podríamos tomar un bocata en el centro. Conozco un sitio. Me da una dirección. Y una hora exacta. Yo lo miro de hito en hito.

Le digo: allí estaré. Baja los párpados poco a poco; sus ojos cerrados, por un instante, como un alivio, como una confirmación. Y se aleja, sin añadir nada. Yo me quedo con el libro de biología en las manos, aturdido, antes de ponerme en cuclillas de nuevo para cerrar la mochila. Sé que esta escena acaba de producirse, no estoy loco, pero me parece inverosímil. Escruto el pavimento, oigo la soledad haciéndose a mi alrededor, el despoblamiento del patio de recreo, el silencio que se impone.

Durante mucho tiempo volveré a pensar en ese momento, en el que el joven se me acerca a paso seguro. Volveré a pensar en él como en un intersticio ideal, en una brecha extraordinariamente breve, como en una oportunidad casi improbable. Si mis amigos no me hubieran dejado atrás, si él no hubiera logrado convencer a los suyos de que se le adelantaran, ese momento no habría sucedido. Hubiera bastado con casi nada.

Trato de medir la parte del azar, la parte de suerte, trato de evaluar la naturaleza de los avatares que llevaron al encuentro y no lo consigo. Resulta imponderable. (Posteriormente, me confesará que antes de abordarme había esperado varias veces esa configuración perfecta, pero que nunca se había producido. Hasta aquella mañana).

Años después, escribiré a menudo sobre lo imponderable, sobre lo imprevisible que determina los acontecimientos.

Asimismo, escribiré sobre los encuentros que vuelven las tornas, sobre las conjunciones inesperadas que modifican el curso de una existencia, sobre los cruces involuntarios que desvían las trayectorias.

Todo eso empieza entonces, en el invierno de mis diecisiete años.

A la hora acordada, empujo la puerta del bar.

Está a la salida del pueblo. Me sorprende que haya elegido ese lugar, nada céntrico ni de fácil acceso. Pienso: deben de gustarle los sitios alejados del bullicio. Aún no he comprendido que lo ha elegido precisamente porque está a salvo de las miradas ajenas. Soy así de inocente, así de imbécil.

Aunque estoy acostumbrado a ser prudente y cultivo el arte de no inmutarme ante las provocaciones, todavía no sé nada del disimulo y la clandestinidad. Lo descubro entonces, junto con el bar, las afueras del pueblo y la escasa parroquia. La gente congregada allí solo está de paso, en su mayoría son camioneros que hacen un alto antes de marcharse, de reanudar su periplo. O carreristas que han ido a completar la quiniela hípica. O viejos borrachines, acodados en la barra, con la mirada vidriosa, que se despachan contra él poder de los sociatas y los comunistas. En cualquier caso, gente que no nos conoce, para quienes no significamos nada, a quienes no les sonamos de nada, y que se olvidarán de nosotros en cuanto pongamos un pie en la calle.

Cuando franqueo el umbral del establecimiento, él ya está allí. Se las ha arreglado para llegar antes que yo, tal vez para llevar a cabo una inspección, para asegurarse de que no corremos ningún riesgo, y para que no nos vean entrando juntos.

Mientras me acerco a él, me fijo en el embaldosado mugriento porque se me pega a las suelas de los zapatos, en las mesas de fórmica azul celeste y amarillo canario, me imagino la esponja húmeda que pasan a toda prisa después de recoger las tazas de café vacías y las jarras de cerveza, veo los anuncios de Cinzano y de Byrrh colgados en las paredes, una Francia de los años cincuenta. Detrás de la barra, un tipo de expresión severa, con un trapo doblado encima del hombro, que parece salido de una película de Lino Ventura. Me siento un intruso, un error.

Thomas se ha instalado al fondo de la sala, con la voluntad de pasar desapercibido. Fuma, o más bien da una calada nerviosa a un cigarrillo (todavía se puede fumar en los bares). Ante él, una cerveza de barril (se sirve alcohol a los menores de edad). A medida que me acerco, advierto ese nerviosismo, que en realidad no es más que timidez, algo a medio camino entre la torpeza y la emoción, una especie de confusión, más que de aprensión. Me pregunto si siente vergüenza, quiero creer que se trata tan

solo de cierto bochorno, de la manifestación de su pudor. También reconozco su hosquedad, que lo mantiene aparte. Eso me turba porque recuerdo su seguridad varonil, su confianza sosegada; que haya perdido la soberbia podría echarme para atrás, pero en realidad nada me emociona tanto como el resquebrajamiento de las armaduras y la persona que se revela entonces.

Cuando me siento frente a él, sin decir palabra, al principio no levanta la cabeza. Mantiene la mirada fija en el cenicero. Da unos golpecitos al cigarrillo para que caiga la ceniza, pero no está lo bastante consumido. Se trata de un gesto cuyo único fin es permitirle mantener la compostura, y cuya única consecuencia es que delata aún más su vulnerabilidad. No toca la cerveza. Yo persisto en el mutismo, convencido de que le corresponde a él hablar primero, puesto que ha tomado la iniciativa de esa extraña invitación. Intuyo que mi mutismo acentúa su incomodidad, pero ¿qué le voy hacer?

Por mi parte, estoy temblando. Siento los temblores en la osamenta, como cuando arrecia el frío, apoderándose de ti en el momento en que menos te lo esperas, sacudiéndote. Me digo: debe de ver el temblor, al menos.

Y, al fin, habla. Me esperaba palabras corrientes para romper el hielo, para arrancarnos de la incongruencia e instalarnos en la banalidad. Podría preguntarme cómo estoy, o si me ha costado encontrar el local, o qué quiero tomar, entonces yo comprendería esas preguntas y contestaría con avidez, alborozado por tener una tabla de salvación, una manera de aplacar los temblores.

Pero no.

Dice que nunca había hecho esto antes, nunca, que ni siquiera sabe cómo se ha atrevido, cómo se ha sentido capaz, cómo ha salido de él, me da a entender todas sus preguntas, todas sus dudas, todas las negaciones por las que ha pasado, todos los obstáculos que ha debido superar, todas las objeciones que ha refutado, la lucha interior, íntima y silenciosa que ha librado para llegar hasta aquí, pero añade que lo ha logrado porque no tenía más remedio, porque debía hacerlo, porque se ha impuesto como una necesidad, porque se había vuelto demasiado agotador como para seguir

luchando. Le da otra calada al cigarrillo, casi lo muerde, el humo le nubla la mirada. Dice que no sabe qué hacer, pero que es así, de manera que me lo entrega como un niño que tira los juguetes a los pies de sus padres.

Dice que ya no aguanta más solo con este sentimiento. Que es demasiado hiriente.

Con estas palabras ha entrado en el meollo de la cuestión, no se ha andado con rodeos. Podría haberse entregado a maniobras dilatorias, a contorsiones semánticas, o simplemente claudicar. Podría haber querido comprobar de antemano que no se equivocaba respecto a mí. Por el contrario, ha decidido ofrecerse, mostrarse al desnudo, expresar, a su manera, el impulso que lo empuja hacia mí, a riesgo de ser objeto de incomprensión, burlas o rechazo.

Le digo: ¿por qué yo?

Una manera de ir al grano, a mi vez, de estar en la misma inmediatez, la misma franqueza. Una manera también de validar todo el resto, todo lo expuesto, de liberarnos. De decir: lo he captado, todo me vale, todo me parece bien, todo es compartido.

Y eso que estoy atónito por lo que me ha dicho, porque no me lo esperaba en absoluto, porque todo está en contradicción con mis certezas.

La información que acabo de recibir es una revelación absoluta, una revelación, un deslumbramiento. También es una deflagración, una bala disparada junto a mi tímpano.

Pero he adivinado, en una fracción de segundo, que debía estar a la altura de los acontecimientos, que él no aguantaría un balbuceo o un gesto de estupor, que debía estar a la altura de ese acontecimiento, de lo contrario todo se derrumbaría, acabaría enterrado.

Y sé, por instinto, que una nueva pregunta puede salvarnos de la caída, del desastre.

La cuestión se ha impuesto por sí sola: ¿por qué yo?

Las imágenes se atropellan: las gafas de miope, el jersey de rombos informe, el alumno de bofetada, las notas demasiado buenas, los gestos afeminados. La pregunta está justificada.

Dice: porque tú no eres como los demás, porque solo se te ve a ti, aunque no te des cuenta.

Añade esta frase, para mí inolvidable: «porque tú te marcharás y nosotros nos quedaremos».

Se me saltan las lágrimas transcribiendo estas palabras.

Me fascina que alguien pronunciara esta frase, que me la dirigiera. Me explico: lo que me fascina no es la eventual premonición que contiene, ni siquiera que se cumpliera. Tampoco la madurez ni el fulgor que supone. Ni tampoco la exactitud de las palabras, aunque cobraré consciencia de que yo no hubiera podido encontrarlas entonces, ni escribirlas más tarde, desde luego. Lo que me fascina es la violencia de lo que significan, de lo que encierran: la inferioridad que expresan, al mismo tiempo que el amor subyacente que revelan, el amor vuelto necesario por mi partida, inevitable, el amor hecho posible por ella, también.

Sabe algo que yo no sé: que me marcharé.

Que mi existencia transcurrirá en otra parte. Lejos, muy lejos de Barbezieux, de su languidez, de sus cielos plomizos, de su horizonte encapotado. Que me escaparé como quien se evade de una cárcel, que lo conseguiré.

Que aspiraré a la capital, que allí floreceré, encontraré mi lugar y lo convertiré en mi lugar.

Que, a continuación, surcaré el mundo, porque no estoy hecho para el sedentarismo.

Se imagina un ascenso, una elevación, una epifanía. Cree que estoy destinado a un futuro brillante. Está convencido de que en el seno de nuestra comunidad, casi olvidada por los dioses, solo puede existir un número ínfimo de elegidos y que yo formo parte de ellos.

Piensa que pronto ya no tendré nada que ver con el mundo de mi infancia, que será como un bloque de hielo separado de un continente.

Si hubiera expresado esta convicción, yo me habría echado a reír.

Ya lo he dicho: en ese momento no albergo ninguna ambición. Desde luego, he aceptado que tendré que completar unos estudios largos y prestigiosos —

soy tan disciplinado, tan deferente—, pero ignoro a dónde me llevarán; he adivinado que tendré que escalar por desfiladeros —porque tengo cualidades de trepador—, pero las cumbres siguen siendo borrosas, imprecisas; a fin de cuentas, mi futuro está envuelto en la niebla, y me da absolutamente igual.

Peor aún: ignoro que algún día escribiré libros. Se trata de una hipótesis que ni siquiera es concebible, que no entra de ninguna manera en el campo de posibilidades, que supera con creces mi imaginación. Y si casualmente se me pasara por la cabeza, la descartaría enseguida. ¿El hijo del director de escuela, convertido en un saltimbanqui? Jamás de los jamases. Escribir libros no es una ocupación apropiada y, sobre todo, no es una profesión, no da dinero, no aporta seguridad ni estatus. Además, la literatura no forma parte de la auténtica vida, está fuera de ella o al margen. Porque en la vida hay que mojarse, a la vida hay que acometerla de frente. ¡No, ni hablar, hijo mío, ni se te ocurra! Todavía oigo a mi padre.

Ya lo he mencionado: no tengo ganas de ir a otro lugar, ni deseos de fuga.

Más tarde sí que me invadirán, me desbordarán. La cosa empezará, como suele ocurrir, con la afición a viajar, a los territorios nuevos, los de las postales y los mapamundis. Cogeré trenes, barcos, aviones, recorreré toda Europa. Descubriré Londres, un albergue juvenil cerca de la estación de Paddington, un concierto de Bronski Beat, las tiendas de ropa de segunda mano, los arengadores de Hyde Park, las noches de cerveza, los juegos de dardos, algunas noches salvajes. Roma, caminar entre las ruinas, resguardarse bajo los pinos piñoneros, lanzar monedas a las fuentes, observar a los muchachos con el pelo engominado silbando a las chicas que pasan, la vulgaridad y la sensualidad. Barcelona, los vagabundeos ebrios por las Ramblas y los encuentros azarosos frente al mar, tarde. Lisboa y la

tristeza que me asalta ante tanto esplendor marchito. Ámsterdam y sus volutas envolventes y sus neones rojos. Esas cosas que se hacen a los veinte años, ya saben. Después llegará la afición por el movimiento, la imposibilidad de quedarse quieto, la aversión a aquello que arraiga, que retiene; «ir a donde sea pero cambiar de paisaje», dice una canción; me acuerdo de Shanghái, de la muchedumbre bulliciosa, de la fealdad, de una ciudad artificial a la que ni siquiera salva la majestuosidad del río, me acuerdo de Johannesburgo, del hecho de ser un extranjero blanco en una ciudad negra, qué provocación, me acuerdo de Buenos Aires, de la gente sublime y desesperada que baila sobre un volcán, de mujeres de piernas interminables y de ancianas aguardando un regreso que no sucederá. Más tarde, la necesidad de exilio, de poner miles de kilómetros entre Francia y yo, de poner una diferencia horaria, considerando seriamente instalarme en Los Ángeles, de verdad, para no volver jamás. Pero a los diecisiete años, nada, nada de eso. No quiero marcharme.

Thomas Andrieu dice que todo debe quedar en secreto. Que nadie debe saberlo. Que esa es la condición. Que o lo tomo o lo dejo. Aplasta el cigarrillo en el cenicero. Levanta la cabeza, al fin. Observo sus ojos armados de una oscura determinación, casi inyectados en cólera. Le digo que de acuerdo. Me impresiona esa exigencia, ese ardor en su mirada.

Mil preguntas me dan vueltas en la cabeza: ¿cómo empezó para él?, ¿cómo se impuso?, ¿y cuándo?, ¿cómo puede ser que nadie se dé cuenta?, sí,

¿cómo puede ser que resulte imposible de detectar hasta tal punto? Y luego:

¿le hace sufrir?, ¿solo sufrir? Y además: ¿seré el primero?, ¿o ha habido otros antes que yo, otros igual de secretos? Y también: ¿qué se imagina exactamente respecto a nosotros? No planteo ninguna de estas preguntas, por supuesto. Acepto su dominación, sus reglas del juego.

Dice: conozco un sitio.

La brusquedad, la brutalidad de la propuesta me desconciertan. Hace apenas una hora éramos perfectos desconocidos, o al menos eso creía yo, dado que no había detectado su deseo por mí, no me había dado cuenta de que Thomas había llegado a echarme vistazos a escondidas, ignoraba que se había informado sobre mí, que había recorrido tanto camino, bueno, sí, vuelvo atrás: éramos perfectos desconocidos y resulta que me propone, a bocajarro, llevarme a no sé dónde para hacer no sé qué.

Le digo: te sigo.

En ese instante le seguiría a dónde fuera, haría todo lo que me pidiera.

Sin embargo, estoy convencido de que eso no existe, semejante rapidez, semejante facilidad, que eso solo ocurre en las películas, en las novelas malas o bien en las grandes ciudades, donde abunda la costumbre del ligue, del folleteo, de las relaciones urgentes y desacomplejadas. Recuerdo que una vez vi a dos desconocidos acercarse, marcharse juntos con un simple guiño y desaparecer tras una puerta cochera, en las inmediaciones de la estación de Burdeos-Saint-Jean, cerca del sex-shop, tenía quince años y eso me chocó, me turbó, pero sobre todo me dejó incrédulo, repitiéndome sin cesar: debo de equivocarme, serán imaginaciones mías, la gente no se encierra así con el primero que pasa, debo de haberlo malinterpretado.

Todavía estoy en ese punto. En esa virginidad. Ya se imaginan.

Se levanta y deja cinco francos encima de la mesa para pagar la cerveza que apenas ha tocado. Sale, yo le piso los talones. Caminamos en silencio, él siempre un poco por delante de mí, a paso vivo, con los hombros encogidos, y no solo por el frío, ha vuelto a encender un cigarrillo. A veces me quedo rezagado, observándole con detalle la espalda, examinándole los músculos nudosos de la espalda, la piel lechosa, salpicada de lunares, y

entonces debo apretar el paso para alcanzarlo.

Para mi gran sorpresa, volvemos al instituto, pero en el último momento nos desviamos hacia el gimnasio, vacío a esa hora. Y cerrado. O eso supongo yo, al menos. Pero Thomas lo ha previsto todo. Rodea la construcción prefabricada, se encarama a un murete, llega a una pequeña ventana, la empuja y esta cede, abriéndose. Se abalanza al interior. Me pregunto cómo conoce esa abertura, si ya la ha utilizado anteriormente. Lo sigo. Me tiende la mano para que pueda entrar a mi vez. Pienso que esa mano tendida es nuestro primer contacto. Que antes jamás lo había tocado.

Que ocurre entonces, en el transcurso de ese allanamiento. Tiene la piel suave.

El lugar está desierto, huele a sudor, el recuerdo del esfuerzo de los jóvenes, los efluvios de una limpieza más que dudosa. Nuestros pasos resuenan. El suelo rechina. En un rincón, el cubo de las pelotas. Thomas prosigue su camino, me conduce hacia los vestuarios, hasta las duchas.

Hacemos el amor allí.

El amor son las bocas que se buscan, que se enganchan, los labios que se muerden, un poco de sangre, el pelo de su barba que me irrita el mentón, sus manos empuñando mi mandíbula, para que no me escape.

Es la maraña de su pelo, en la que deslizo los dedos, la rigidez de su nuca, mis brazos que se cierran en torno a él, que lo ciñen, para estar más cerca, para que no haya espacio entre los dos.

Son los torsos que se abrazan, de los que arrancamos la ropa, prenda a prenda, pero a toda prisa, el jersey de rombos y la camiseta, para que las epidermis se toquen. Su torso es musculoso, imberbe, con los pezones planos y oscuros; el mío es flaco, pero aún no está hundido como lo estará más tarde tras las embestidas de una compresión torácica por parte de un médico de urgencias, parece un torso de enfermo.

Son las espaldas que acariciamos con frenesí. En la suya distingo, bajo mis dedos, tal y como había supuesto, el bombeo de los lunares.

Son los tejanos que desabrochamos. Descubro su sexo, venoso, blanco, suntuoso. Me quedo maravillado ante ese sexo. Necesitaré años y muchos

amantes para volver a experimentar ese deslumbramiento.

El amor son los sexos en las bocas, cierta torpeza a pesar del frenesí. Es aguantarse para no gozar, de lo fuerte que es la excitación. Es el abandono, la confianza loca en el otro.

Adivino que, para él, no es la primera vez. Sus movimientos parecen demasiado seguros, demasiado sencillos, como para no haberlos llevado a cabo antes, con otro, con varios otros, tal vez.

Además, me pide que lo tome, que entre en él. Dice las palabras, sin vergüenza, sin dar órdenes tampoco. Yo le obedezco. Me da miedo. Sé que puede doler. Que puede doler si el otro no sabe hacerlo. Que la cavidad puede resistirse. Escupo en mi rabo y empiezo muy despacio.

Hacemos el amor sin condón.

Aunque el sida ya está presente. Incluso se conoce por su verdadero nombre. Ya no lo llaman el cáncer gay. Está presente, pero nos creemos a salvo, no sabemos nada de los estragos que va a causar, que nos privarán de nuestros mejores amigos, de nuestros antiguos amantes, que nos obligarán a reunirnos en cementerios, a tachar nombres de la agenda, que nos enfurecerán por tantas ausencias. Está presente pero todavía no nos da miedo. Además, creemos que estamos protegidos por nuestra juventud extrema. Tenemos diecisiete años. No se muere a los diecisiete años.

El sufrimiento se transforma en gozo. Llega el placer.

Y, justo después, la fatiga, una fatiga gigantesca, que nos deja atontados, mudos, aturdidos. Tardamos varios minutos en recobrarnos. Volvemos a vestirnos, sin mirarnos, sin decir palabra siquiera.

Yo querría hacer algún gesto de ternura, pero no puedo.

Abandonamos el gimnasio igual que hemos entrado. Nos colamos por la ventana, regresamos al aire punzante de afuera, al invierno.

Dice: adiós.

Y se aleja. Desaparece.

Debería permanecer en el deslumbramiento. O en la estupefacción. O dejar que me desbordara la incomprensión. Sin embargo, el sentimiento que se impone en el instante en que desaparece Thomas es el de ser abandonado.

Tal vez porque se trata de un sentimiento que ya he experimentado.

Sucede en una feria, la que se instala una vez al año, en Semana Santa, en la plaza del castillo. Tiovivos e incluso un carrusel de caballitos de madera, autos de choque, un juego de tiro al blanco con carabina, peluches rosas y azules para los ganadores, de todos los tamaños, un tobogán, máquinas tragaperras, sacos de boxeo para medir las fuerzas, puestos de golosinas, el olor del algodón de azúcar, de los gofres, bares para los mayores, un animador que habla a tontas y a locas con un micro sin que nadie sepa dónde está, música demasiado fuerte, todo el rato, pero ni un solo payaso, ni un solo ilusionista, demasiado caros para un pueblo como Barbezieux, sin duda. Tengo siete años. Mi madre me ha llevado a la feria.

He insistido tanto… Donde vivimos no hay ninguna diversión, salvo esta, una vez al año, por Semana Santa. Mi madre ha cedido. Soy un niño deslumbrado. Quiero montar a los caballitos todo el rato, tirarle de la cola a Mickey, probar todas las atracciones, soy agotador y no me doy cuenta del agotamiento de mi madre. Tampoco me doy cuenta de que se ha encontrado con una vecina y empieza a charlar con ella, pues estoy demasiado ocupado mordisqueando la manzana caramelizada que me ha comprado, que devoro contemplando los autos de choque, fascinado por los golpes, los gritos y las luces de colores de la pista. Tan ocupado que me dejo arrastrar por la muchedumbre, compacta, desordenada y alegre, que no presta atención a un niño menudo. La muchedumbre me aleja de mi madre. Cuando me percato, es demasiado tarde, ella ya no está en mi campo visual. Entonces, de repente, recuerdo lo agotada que estaba hace un momento, ha dicho: me agotas, recuerdo las palabras «me agotas». En una fracción de segundo, deduzco que ha decidido abandonarme aquí, porque ya no aguantaba más, porque yo estaba demasiado agitado, me convenzo de que se ha largado, de que no volveré a verla nunca más, de que ya se ha terminado, de que seré un niño perdido para siempre. Acto seguido, me echo a llorar, o a gritar, es una especie de lamento desgarrador, dejo caer la manzana al suelo. Y corro en la dirección en la que me ha parecido distinguirla por última vez, no está, entonces corro en todas direcciones, tropezándome con las piernas de los mayores. Probablemente, apenas recorro unos metros, pero el recuerdo que guardo es el de una carrera interminable, anárquica, extenuante, el de una

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