Delicia de mayo
Capítulo 7
E L día de la fiesta hípica, Charlton se levantó a las cuatro y media. La mañana estaba nublada y húmeda y una neblina baja cubría el río. Papi, que llevaba ya una hora levantado para echarles el forraje a la vaca de Jersey y el pienso a los cerdos, sentía hambre y para calmársela tomó unas rebanadas de pan con queso con una buena capa de salsa de tomate y declaró que el tiempo andaba un poco revuelto, pero con suerte estaría bien hacia el mediodía.
Charlton tomó de desayuno dos chuletas de cerdo, unos huevos revueltos que le preparó Mariette, patatas fritas y un tomate crudo.
—En los viejos tiempos —dijo Papi, que apreciaba a Charlton un poco más cada vez que hablaba con él— solía decir mi papá que siempre desayunaban con cerveza. ¿Qué tal te vendría un vaso?
Charlton le agradeció el ofrecimiento, pero dijo que no se le apetecía. Mariette había hecho té.
—Bien, entonces seré yo el que beba cerveza —dijo Papi— y no creo que te siente bien tanto té, Charley.
Después de beber en ayunas «Sangre de Dragón» tomó el mismo desayuno que Charlton, aunque en cantidad mucho mayor y con mayor abundancia de mostaza y salsas. Mariette —muy bonita con sus pantalones verde-oscuros y una blusa camisera amarillo-pálido— dijo que estaba tan excitada que apenas tenía ganas de comer. En efecto, sólo tomó dos huevos con tocino, un cuarto de litro de leche y cuatro rebanadas de pan.
Mami no había bajado aún, pero había mandado recado de que, como el día iba a ser muy trabajoso, estaba tomándose descanso anticipado y no se levantaría hasta las seis y media de la mañana.
Al final del desayuno, Papi se volvió hacia Charlton, que no había podido apartar sus ojos de Mariette más de dos segundos desde que la joven entró en la cocina atándose el cabello con una fina cinta color esmeralda, y dijo:
—¿Se encargarán ustedes de darles de comer y beber a los borricos? Tengo cuarenta mil cosas que hacer y la señorita Pilchester llegará aquí hacia las seis.
Charlton dijo que por supuesto les daría de comer a los burros y se sirvió una quinta rebanada de pan con una espesa capa de mantequilla de Jersey fabricada por Mami. Y Papi lo contemplaba con inmensa admiración mientras pensaba que nunca había visto un cambio tan grande en la salud de un hombre como el que se había producido en Charlton.
Éste seguía disfrutando de su permiso por enfermo.
—¡Qué borriquillos más lindos! —exclamó Mariette.
Los asnos que ella y Charlton iban a alimentar no pertenecían a la «familia Larkin», sino que eran cuatro animales forasteros que Papi había encargado para que tomasen parte en las carreras. Pensaba que las gymkhanas acababan resultando aburridas si no se les echaba un poco de alegría. Había demasiado público serio, esa gente con caras largas y viejas que se confundían con las de las yeguas. Por eso había que animar la cosa y romper la ronda habitual de trotes, galopes, salto de obstáculos, etc., y se le había ocurrido utilizar los burros para una broma cuyo secreto guardaba. Tampoco había olvidado la feliz ocurrencia de ponerle un cohete debajo de las faldas a la señorita Pilchester.
Lo que le había decepcionado mucho era que el comité no hubiese aceptado su ofrecimiento de organizar unos fuegos artificiales. Temían espantar a los ponies. Papi comprendió que tenían razón, pero decidió que por lo menos habría un fuego artificial: el cohete que estallaría bajo la señorita Pilchester.
—¿A qué hora es la cocktail-party, Papi? —preguntó Charlton.
—Mami cree que las ocho es una hora perfecta —dijo, encantado de que Charlton le llamase Papi.
—¡Vaya día! —dijo Mariette—. Todo esto y además los cocktails.
Confesó que nunca había estado en una cocktail-party.
—Pues yo también confieso que tampoco he estado nunca en ninguna; ni Mami —dijo Papi.
—¿Qué suele tomar la gente en las cocktails-parties? —dijo Mariette.
—Pues cocktails —explicó Charlton tímidamente. Y la joven le dio una palmada en la cabeza riéndose.
—Lo que es en ésta no vas a beberlos —dijo Papi.
Tanto Mariette como Charlton estaban demasiado excitados para recordar que el importante asunto de lo que suele comerse y beber en las cocktails-parties había sido ampliamente discutido una semana antes.
En vista de que Papi no había podido permitirse el inocente placer de organizar unos fuegos artificiales, Mami y él decidieron que había que encontrar algo en sustitución de aquello.
—Lo mejor sería —dijo Papi— una cocktail-party. Sería la respuesta perfecta a la prohibición de la pirotecnia. —Mami estaba de acuerdo, pero creía que debían hacerla lo más selecta posible no invitando a más de treinta personas. Los del comité y sus familias y por supuesto personas tan agradables como la señorita Barnwell, los Luffington y el brigadier. Pero, ¿qué se podía comer?
Ni Papi ni Mami tenían idea de lo que se solía comer en las cocktails-parties. Por eso consultaron a Charlton, que aconsejó: canapés, vol-au-vent, palillos de queso, y esas cosas.
El prestigio de Charlton subió mucho con esto como cada vez que Papi le volvía a oír palabras que ni siquiera decían por la televisión.
—¿Quieres decir nueces, avellanas, patatas fritas y demás? —dijo Mami —. Pues lo que es con eso, poco se van a alimentar. Lo mejor es que les prepare jamón.
Papi se adhirió con entusiasmo a esta idea. Quedó, pues, decidido que habría jamón en abundancia. Muchos sandwiches con mantequilla de Jersey. ¿Y qué más?
Mariette propuso sardinas de lata con tostadas.
—Pues calientes resultan estupendas —dijo Charlton, con lo que se ganó aún más puntos en la estimación de Papi, sobre todo cuando añadió que podrían poner unos sandwiches de pollo y trocitos de salchicha pinchados en palillos. Pero la mayor parte de estas cosas le parecían a Papi muy poco alimenticias.
—Tenemos que dejarlos hartos. No quiero que la gente pase hambre en mi casa. ¿Qué tal una buena cantidad de tocino? —Decepcionado, se encontró con que Charlton se oponía terminantemente al tocino.
—Muy bien, ¿qué se le va a hacer? —se resignó Papi—. ¿Y qué bebidas?
Papi era partidario de hacer muchos Rolls-Royces y otros cocktails del tipo explosivo, sobre todo unos que había descubierto en la Guía del bebedor ideal: Toro Rojo y Ma Chérie. Toro Rojo era de miedo; a los invitados se les erizaría el pelo sólo con probarlo.
Charlton se opuso a este plan diciendo que era mucho más adecuado limitarse a dos o tres bebidas: por ejemplo jerez, oporto y alguna combinación sencilla. Si la tarde estaba fresca, lo mejor sería el oporto.
Esta vez no ganó en la estimación de Papi a quien esas bebidas le parecían refrescos propios de señoritas. Con súbito entusiasmo dijo:
—Y ¿qué me decís del champán?
Mami y Mariette declararon que adoraban el champán. Había sido una idea brillantísima. Mariette dijo que cuando se bebía champán siempre ocurrían cosas agradables y a Papi le pareció sorprender una mirada íntima de secreta ternura entre los dos jóvenes. Este mudo intercambio no le hizo mucha gracia. Le dejó preocupado, pero sobre todo por la sospecha de que pudiera haber ocurrido algo que a él se le hubiera escapado.
—¡Bueno, entonces vale el champán! —exclamó Papi.
Charlton observó con tacto que por si acaso no les gustaba el champán a todos los invitados, convenía tener alguna bebida en reserva.
—Por eso no hay que apurarse —dijo Papi—. Al que no quiera champán, le haré unos cuantos erizadores del cabello: Toro Rojo, ¿te acuerdas de él?, y Ma Chérie.
Desde luego, Charlton recordaba muy bien el Toro Rojo. Después de un día de mucho trabajo en la recolección de la fresa, se bebió uno que le hizo un efecto explosivo. Tenía muy bien puesto el nombre.
A las cinco y media, Charlton y Mariette abandonaron por fin el prolongado desayuno y cruzaron el patio para dar de comer a los burros.
Los cuatro borriquitos estaban atados en la cuadra que Papi había construido pensando en el día en que cada miembro de la familia —quizá con la excepción de Mami— dispondría para él sólo de un pony o un caballo. Para esta ocasión especial, Papi había alquilado dos asnos y los otros dos los habían cedido sus dueños, que los llevaron la noche anterior. Y se esperaba que llegasen tres borricos más.
Eran ya casi las diez y media cuando la señorita Pilchester se apeó del taxi que había tomado como medida desesperada en vista de su retraso de cuatro horas, para llegar al prado. Papi, que ayudaba al brigadier a instalar un alegre tendido de banderas cuadradas y triangulares entre las tiendas de lona se quedó mirando estupefacto a la figura de la señorita Pilchester, la cual parecía una alpinista exhausta que acabase de descender de una cumbre. Iba armada con un extraño bastón, un impermeable arrollado y un saco de cuero que contenía una chaqueta de punto de reserva, su almuerzo y un frasco rojo. Además una gran cartera de mano con las listas del concurso, el Times y varios libros, y una cesta de huevos duros. Los huevos salieron rodando y daba la impresión de que todos ellos los había puesto la propia señorita Pilchester.
Papi y el brigadier, paralizados por el asombro, ni siquiera se acercaron a ayudar a la solterona a recoger los huevos duros. Quizá fuera ésta la primera vez en que Papi no pudo hablar. En cambio, el brigadier dijo:
—Dios mío, Larkin, me parece que Edith debe de estar un poco mareada.
Cinco minutos después, la señorita Pilchester, aquella gran organizadora, se había lanzado de lleno al trabajo. Con gran excitación y dinamismo, corría de tienda en tienda preguntando si alguien había visto esto o lo otro, si habían llevado tal cosa o tal otra y a cada momento repetía que «era espantoso».
Los proveedores estaban ya en el campo desde las siete, pero todos ellos se habían ido a tomar el té. ¿Había llegado el altavoz para anunciar el desarrollo de la fiesta? Desde luego, como pudo comprobar la señorita Pilchester al tropezar con los alambres. Después preguntó dónde estaban los burros.
—Algunos han pasado aquí la noche —dijo el brigadier, pero la señorita Pilchester ni siquiera lo oyó, pues estaba indagando si se habían instalado como era debido los aseos de las señoras.
—Esto es de la mayor importancia —y desapareció en la tienda más alejada como si de pronto hubiera sentido la necesidad de comprobar por sí misma si la instalación era buena.
A las once y media se despejó el cielo y por fin secó el sol el copioso rocío que cubría la tierra, los árboles del bosque y los setos. De la superficie del río empezaban a levantarse los últimos jirones de niebla.
Entonces se descubrió que la señorita Pilchester había olvidado por completo esperar el tren de Londres a las once menos cuarto como había prometido. En aquel tren llegaba un juez que en los condados del Oeste de Londres tenía gran fama como entendido en estos concursos hípicos. El comité había contratado sus servicios.
Mami salió apresurada de la casa para decir que alguien telefoneaba furioso y que, más que hablar, ladraba.
—¿Y por qué diablos no ha venido en coche? —preguntó Papi.
—Tenemos que hacer algo —dijo la señorita Pilchester—. Esto es espantoso.
—Mariette y el señor Charlton pueden ir a recogerlo con la «rubia» — propuso Papi—. De todos modos tienen que ir para traer más champán. Mami cree que no tendremos bastante.
—¿Champán? ¿Qué champán? ¿Quién ha ordenado champán?
—Yo.
—¿Para esta fiesta?
—Para la cocktail-party que daremos luego —explicó Papi—. Es cosa mía y de Mami. Lo ofrecemos en vez de los fuegos artificiales. Recibió usted su invitación, ¿no? —Delante de la gente, Papi no se atrevía a tratarla confianzudamente—. Mariette y el señor Charlton enviaron todas las invitaciones.
Al oír lo de fuegos artificiales, la señorita Pilchester se alteró.
—¿Promete usted en serio que no habrá fuegos artificiales?
—Prometido —dijo Papi.
La señorita Pilchester, recordando la delicada investigación realizada por Papi en su rodilla cuando iban en el Rolls, y recordando también el roce aterciopelado del beso que, como había predicho Mami, la había hecho dormir profundamente, se permitía ahora el lujo de una semi-sonrisa, la primera de aquel día de prisas.
—Es que le conozco a usted y a veces es usted muy malito. —El sol hacía guiñar a Papi los ojos y encendía sus pupilas en un rostro que normalmente era tan inexpresivo como el de un muñeco.
—Hoy tengo que ser bueno —dijo Papi—. Hoy tenemos que portarnos bien.
—¿Y promete que no habrá fuegos artificiales?
—No habrá fuegos.
—¿Ni un solo cohete?
—Ni uno sólo —dijo Papi clavando la mirada en el borde de la falda de la señorita Pilchester, que corría de nuevo para mejorar la instalación de los servicios destinados a las señoras y que no le habían parecido muy satisfactorios. Era un asunto delicado y debía resolverlo ella personalmente.
Cuando desapareció de su vista, Papi le recordó al brigadier que él había dicho que la señorita Pilchester era una estupenda organizadora.
—Desde luego, a su manera lo es —dijo el brigadier—. Es la única que tiene tiempo, de todos nosotros.
Ésa era la verdad. En el tráfago de la vida moderna nadie, ni siquiera en el campo, tenía tiempo para nada.
Pocos momentos después el brigadier miró su reloj y vio que eran más de las doce. Dijo que debía volver a su casa para tomar un bocadillo. Papi le rogó que fuese con él a la tienda donde estaba la cerveza para que tomase un trago antes de marcharse, pero el brigadier no cedió. Nellie le estaba esperando. Esta vez no se dejaría convencer.
—Seré inexorable —dijo.
Papi le vio partir con admiración. Al brigadier le faltaba un cordón de los zapatos y lo había sustituido por una cuerda. Necesitaba cortarse el pelo por detrás y tenía el cuello de la camisa aún más deshilachado que antes. Pero había empleado la palabra «inexorable» y esto le situaba para Papi entre los seres capaces de decir palabras tan sorprendentes. Los envidiaba muchísimo.
En la tienda de la cerveza encontró al juez, que por fin había llegado y que bebía con dos miembros del comité, Jack Woodley y Freda O’Connor. Era un tipo rechoncho y exaltado con sombrero hongo. En aquellos momentos estaba dedicado a interpretar un dueto de rebuznos con Woodley. Era éste un tipo rubicundo, basto, de gruesos labios que llevaba un chaleco amarillo. Los dos se balanceaban y llevaban el ritmo con una jarra de cerveza. Woodley contó luego chistes atrevidos a la vez que miraba con descarado interés el notable pecho de la O’Connor, muy saliente por el bajo escote del sweater amarillo. Mientras más groseros eran los cuentos, más parecían gustarle al pecho de la O’Connor que, como un par de fuelles, llenaba de aire su espléndida masa para luego expulsarlo en el alegre órgano de su voz que atronaba el aire.
Los tres hicieron como si no vieran a Papi y él sabía por qué. Mami y él no los habían invitado a la cocktail-party. Pero no le importaba y los saludó a gritos, al cabo de un rato:
—¿Cómo está la buena gente? Contentos, ¿eh? —Nadie le respondió pero a Papi no le importó. Tenía la táctica de tratar a todos por igual sin preocuparse de la actitud que guardaban hacia él.
Con un vaso de cerveza en la mano, entabló conversación poco después con Sir George Bluff-Gore, el propietario de una gran mansión georgiana de ladrillo rojo que le resultaba demasiado cara. Su esposa y él se habían instalado en la casita del guarda. Bluff-Gore, amarillento, fúnebre y tieso, daba la impresión de padecer del estómago. No era de esos hombres a los que se pueden dar palmaditas en la espalda.
Sin embargo, eso fue lo que hizo Papi.
Bluff-Gore, encogiéndose ante el ataque de cordialidad, logró controlarse lo bastante para decir que Larkin había sido muy amable al invitarles a Lady Rose y a él a la cocktail-party. Salían poco.
—Pues así disfrutarán más —dijo Papi y entonces recordó que los Bluff-Gore tenían una hija, creía que se llamaba Rosemary, una muchacha grandota con ojos tristes y pelo rubio a la que él había visto algunas veces montando en carreras de ponies con Mariette. Hacía mucho tiempo que no la veía.
—Supongo que vendrá también su hija, ¿no? —dijo—. Será bienvenida.
—¿Rosemary? Pues no, porque vive ahora en Londres.
—Ah. No lo sabía. ¿Y qué hace, trabaja?
Con creciente tristeza, Bluff-Gore contemplaba la hierba del suelo de la tienda de campaña y pensaba en su única hija, la cual había decidido de pronto, por algún motivo inexplicable, abandonar un hogar feliz y normal para irse a pintar a Chelsea. Esto había destrozado el corazón de la madre. No era posible explicarse cómo una persona que no hubiera perdido la razón se dedicase a la pintura.
—Se ha dado al Arte —dijo.
Y lo decía como si hablase de algún despreciable enemigo. Papi sólo pudo decir que esperaba que todo saliera bien.
Mientras bebía cerveza, Papi llegó a la conclusión de que el Arte debía de ser algún individuo con el que Rosemary se había fugado. Y de repente cambió de tema asestándole al desprevenido Bluff-Gore una sorprendente pregunta:
—¿Cuándo vende usted Bluff-Court, Sir George?…
Bluff-Gore se puso blanco. Durante unos momentos le fue imposible encontrar las palabras con que decirle a Papi que no tenía la menor intención de vender su casa, aunque por ahora le resultase demasiado grande para vivir en ella. En efecto, Bluff-Court tenía sesenta habitaciones y estaba rodeada de toda una aldea de graneros, establos y cuadras, casi un kilómetro de invernaderos y un naranjal donde no había crecido ninguna naranja desde hacía cincuenta años. Para calentar todo aquello en el invierno se necesitaban cien toneladas de carbón y para que la finca estuviese bien atendida y fuese productiva harían falta dieciocho jardineros, aparte de los veinte criados que se necesitaban para atender al servicio de la casa y los otros veinte precisos para vigilarlos. En primer lugar, era imposible hoy encontrar criados y si se encontraban era imposible pagarlos.
Pero abandonar la finca, o venderla, aún en el peor de los casos era inconcebible; una idea monstruosa y no podía pasarle a uno por la cabeza. Entre los kilómetros de olmos, robles, y demás árboles abandonados, Bluff-Court debía permanecer donde estaba y así continuaría. Quizás algún día pudiera ser alquilada a uno de esos capitalistas a quienes ilusionan los experimentos agrícolas y que pierden colosales sumas, pero que al final salen ganando porque lo sacan de los impuestos. Todos los grandes propietarios estaban alquilando sus fincas y la cosa no podía ser mal vista. El país se estaba suicidando.
—Pero, ¿qué le hace a usted creer que yo quiera vender Bluff-Court?
—Pues que no vive usted en esa maldita casa —dijo Papi— y que nunca volverá usted a vivir en ella.
Bluff-Gore se puso aún más tieso y le dio a entender a Papi que aquello era asunto suyo.
—¡Qué tontería! —dijo Papi. Y empezó a decir que era como tener un automóvil que nunca utilizaba uno, pero se le ocurrió una metáfora más expresiva y contemporánea—: Es como tener un aparato de televisión para no mirarlo nunca.
Sin embargo, este alarde de ingenio se perdió, ya que Sir George no tenía televisión.
—Debe usted comprender que no se trata sólo de lo material, sino que en estas cosas cuenta mucho lo espiritual.
Papi dijo que él no entendía de eso y Bluff-Gore le miró con tolerante ironía y una semi-sonrisa de ostra.
—Supongo que no estaría usted pensando en comprar mi finca, ¿eh?
—Claro que pensaba comprarla. —Papi se decía que los aristócratas estaban a veces como atontados—. ¿Por qué, si no, iba a haberle preguntado?
La sonrisa de ostra se ensanchó un poco, aún con tolerante ironía, para la pregunta siguiente:
—¿Y me permite preguntarle qué se proponía hacer usted con ella?
—Echarla abajo. —Papi se rio con ganas—. ¿Qué creía usted que iba a hacer?
—¡Dios mío!
Bluff-Gore había palidecido aún más. Hasta los ojos se le habían convertido en ostras. Parecían gelatinas opacas y ciegas quizá humedecidas con alguna lágrima.
—De allí se puede sacar muy buen material de derribo —dijo Papi—. Le haré a usted una buena oferta.
Bluff-Gore estaba tan impresionado que no podía hablar. Miraba estúpidamente el suelo de la tienda cada vez más abatido, como si estuviera en el velatorio de algún queridísimo familiar.
—Y además le pagaré al contado —añadió Papi—. ¿Por qué no lo piensa usted?
Riéndose de nuevo, hizo como despedida un floreo con la jarra de cerveza y dejó al apabullado Bluff-Gore de pie y solo, hecho un mar de confusiones.
En el prado, ahora muy alegre con las banderas amarillas, rojas, azules y esmeraldas, las tiendas de lona y las tribunas sobre la hierba verde como si fueran montones de heno blanco, Papi vio que el sol brillaba como a él le gustaba. Junto al río, a buena distancia de la pista, Mariette se entrenaba en el galope. Se había puesto la ropa de montar, el jersey amarillo y los jodhpurs, y su cabeza destocada era como la de una gatita negra contra el lejano cielo azul. Charlton la ayudaba y Papi, al verlos, recordó de pronto el pequeño asunto del niño. Suponía que a Mariette, en su estado, no le convenía abusar de la equitación y se preguntó si Charlton lo sabría. Papi había llegado a olvidarse por completo de aquella historia.
De pronto, del otro lado del prado le llegó un ruido familiar. Era Mami que golpeaba con una cuchara de madera en una enorme sartén. La hora de comer. Hacía mucho calor al sol del mediodía y en el aire flotaba el aroma de la hierba pisada.
«Perfecto», pensó Papi. «Vamos a pasar una tarde estupenda».
Durante toda la tarde, Charlton contempló las hazañas hípicas de Mariette. Una vez más, mientras la veía montar impecablemente en su jaquita y llevarla al trote, al galope, al paso o saltando obstáculos, le costaba creer en la realidad de aquella figura astral, amarilla, marrón claro y negra sobre el pony bayo. Le resultaba casi imposible creer que era la misma muchacha que le había desvestido en la mesa de billar, que había arañado por él a Pauline Jackson y que había trabajado junto a él en los fresales. Una vez más tenía Mariette un aire tan aristocrático que podía haber sido la sobrina de Lady Planson-Forbes. Nunca se había sentido tan feliz en su vida como ahora contemplándola.
Mami también se sentía feliz. ¿Y quién no lo sería? Todos los niños estaban adecuadamente vestidos para esta ocasión, con la ropa de montar más indicada —incluso con sus gorras especiales—, aunque sólo Mariette y Montgomery fuesen a tomar parte en las carreras. Todos ellos chupaban enormes helados rojos y amarillos; y las gemelas, que salían a su madre, tenían grandes bolsas de patatas fritas y de maíz hinchado.
Y en cuanto a Mami, nadie podría reprocharle que le faltase un detalle: llevaba un vestido de seda turquesa muy pálido con unas rayas perpendiculares un poco más oscuras. Había elegido un sombrero de paja azul oscuro, de mucho vuelo, que le daba una agradable sombra en la cara y, como había previsto la sombrerera, «contribuía a equilibrarle un poco la figura». Sus zapatos eran también azules, casi del mismo tono que el sombrero y se había hecho la permanente con pequeñas ondas tiesas. Lo único que le fastidiaba eran los anillos. Habían empezado otra vez a herirle los dedos. Tendría que quitárselos.
Junto a ella, la hermana del brigadier parecía, como siempre, una percha con la ropa colgada y un dedal encima con su shantung beige y su sombrero colorado en forma de campana.
—¿Qué, no se le apetece a usted tomar parte en el Derby de las señoras, que será con burros? —le preguntó Mami con una gran risotada.
La hermana del brigadier la miró como si le hubiera propuesto desnudarse delante de la gente.
—Pues creo que la señorita Pilchester va a correr —prosiguió Mami—. Por lo menos, Papi está intentando convencerla.
El Derby asnal para señoras había sido la gran ocurrencia de Papi. Convenció al comité de que le debían esta satisfacción a cambio de haber cedido el prado. También encontró en una tienda de viejo, en cierta ocasión, una copa de plata, que había comprado porque le pareció bonita para ponerla en el comedor. Tenía grabada una referencia a cierto concurso de pesca de caña, pero a Papi no le importaba.
Mientras Mami paseaba con los niños y Charlton lo contemplaba todo encantado, escuchando con orgullo cada vez que los altavoces citaban a la señorita Mariette Larkin, Papi estaba detrás de la tienda de la cerveza tratando de convencer a la señorita Pilchester para que montase en un burro.
—En conciencia no pudo hacerlo. Sería espantoso.
—Creí que te gustaría divertirte un poco, chica.
—Y yo creo que… eres un pillín.
Por muy irresistible que hubiera sido siempre Papi para la señorita Pilchester, esta tarde, con un sol tan espléndido, le parecía aún más atractivo. Llevaba un traje de cuadritos marrones y blancos, una corbata naranja y marrón y una flamante gorra eduardiana también marrón. Como Mami, resultaba muy favorecido con cualquiera que se le comparase: por ejemplo, con el brigadier, cuya chaqueta de color rapé estaba remendada por los codos, su corbata desteñida y sus pantalones arrugados y de un color indefinible.
Por segunda o tercera vez le insistió Papi a la señorita Pilchester para que tomase parte en la carrera de burros.
—Es que necesitamos una jinete más para hacer los siete.
—¿Quiénes montan? Es que yo ni siquiera he montado en un burro en toda mi vida.
—Todas las muchachas de tu edad —dijo él, impávido.
La señorita Pilchester clavó en Papi una de sus raudas miradas. Le bastó fijarse en la gorra nueva marrón para que le desapareciera cualquier suspicacia. Le sentaba tan bien…
—¿Qué tal cuando fuimos a tu casa en el Rolls?
—Eso digo yo, ¿qué tal?
—Es el mejor beso desde hace mucho tiempo.
—¡Me pones colorada! —dijo la señorita Pilchester.
—Fue perfecto —dijo Papi—. No he podido olvidarlo.
La señorita Pilchester tampoco había podido olvidarlo e incluso se había atrevido a esperar que se repitiera.
—Reconozco que no fue desagradable ni mucho menos, pero, ¿qué tiene eso que ver con el Derby de los burros?
—¿Vendrás a la cocktail-party?
—Creo que sí. Sí, sí, iré.
—Repetiremos la función esta noche en la cocktail-party. Prometido.
—Me conozco esas promesas. Son como humo.
A las cuatro de la tarde, la señorita Pilchester estaba dispuesta para tomar parte en la carrera asnal de las señoras, que resultó ser de señoritas.
Un cuarto de hora antes Montgomery y Charlton habían participado en un derby especial, también de burros, para los niños y los hombres que no sabían montar. La mayoría de los borricos, incluso el de Charlton, no arrancaron hasta que no les pusieron el aliguí de unas zanahorias colgando ante sus hocicos. Ganó la carrera un astuto animal llamado Whiskey Johnny que no necesitaba ningún estímulo de legumbres. Charlton se había caído de su montura a los tres metros del recorrido. Su burrita se lo sacudió de encima en seguida y emprendió un buen trote hasta la orilla del río donde unas cuantas parejas de enamorados, aburridos por los acontecimientos y estimulados por la cálida tarde y el aire dorado, se abrazaban ocultos por la alta hierba de la orilla.
Cuando Papi fue a recoger la burra, que se llamaba Jasmine, se la encontró sumida en la contemplación de un soldado y una joven rubia apasionada y de formas apetitosas, olvidados ambos, entre la hierba, de la posibilidad de testigos. Papi notó que Jasmine estaba tan interesada en lo que hacía la pareja que a los pocos pasos volvió la cabeza, levantó las orejas y así manifestó a su manera su deseo de volver para verlo todo bien otra vez.
Todo esto, por extraña asociación de ideas, indujo a Papi a elegir a Jasmine para que la montase la señorita Pilchester. El animal estaba inmóvil en el punto de partida, con aire de gran terquedad mientras Papi le daba los últimos consejos con toda seriedad a la señorita Pilchester, que se había montado en la burra a la jineta.
—Aprieta bien las rodillas contra los lomos. Agárrate con todas tus fuerzas.
La señorita Pilchester, con aire trágico, miró rápidamente a las competidoras y le sentó muy mal que todas fuesen muchachas efervescentes de dieciséis a diecisiete años. Ella no se sentía ni joven ni efervescente y el burro le resultaba horriblemente peludo al rozarle las pantorrillas.
—No te preocupes por las chicas, Edith, no las mires. Tú, siempre adelante, adelante, con la vista fija al frente. Agárrate como si te fuese en ello la vida.
La señorita Pilchester vio vagamente cómo agitaban zanahorias y otras legumbres delante de los asnos. Unos cuantos trotaron con indiferencia por la pista entre los chillidos de los espectadores. Uno de ellos trotó con rapidez unos treinta metros y luego, como si de pronto le hubiese fastidiado alguna cosa, se volvió y emprendió el camino de regreso. Otro se salió de la pista y se recostó en un poste, como una persona cansada, permitiendo que varios chiquillos lo golpeasen. Entre esos niños estaban Victoria y las gemelas. Dos muchachas se cayeron gritando y el público pudo percibir fugaces visiones de ropa interior negra y albaricoque.
Jasmine no arrancaba.
—¡Vamos, bonita! —gritaba Papi empujándola—. ¡Lánzate, Jasmine, gana la carrera! —Papi empujaba con todas sus fuerzas por detrás. Pero la burra no se movía. Parecía tener las patas clavadas en el suelo.
La señorita Pilchester estaba pensando que todo aquello era espantoso cuando en el altavoz sonó una voz anunciando que Anne Fitzgerald, de tres años, se había extraviado. Si la madre, la señora Fitzgerald, quería por favor…
El altavoz dio unos cuantos ladridos. Jasmine levantó las orejas y se lanzó en una frenética carrera dejando tumbados en el suelo a Papi y a los que agitaban zanahorias por delante.
La señorita Pilchester, siguiendo los sensatos consejos de Papi, se aferraba desesperadamente con las rodillas, como si en ello le fuera la vida y apenas tardó Jasmine treinta segundos en encontrarse de nuevo junto a la orilla del río para reanudar la contemplación de la bucólica escena entre el soldado y su novia.
Medio montada, medio caída, con gesto trágico y completamente desmoralizada, la señorita Pilchester contemplaba también la escena. Aquello era de lo más espantoso y no contribuyó ciertamente a hacerlo más soportable el que el soldado, interrumpido en la aplicación de su técnica, la mirase con toda calma y seriedad y le dijese:
—¿Por qué no se va usted a otro lado, abuela? Váyanse ustedes dos a otra parte a fisgonear. Usted y su hermana.