Delirio

David Grossman · Capítulo 1 de 2 · parte 1/7

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Delirio

Delirio

Este capítulo es largo, así que está dividido en 7 partes.

David Grossman

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Titivillus 01.05.2021

Título original: ברק וד

David Grossman, 2003

Traducción: Ana María Bejarano Escanilla

Editor digital: Titivillus

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Delirio

 

Pero ¿cómo será ella capaz de soportarlo?, piensa él, de llevar a cabo exactamente los mismos ritos, una vez y otra, esa nerviosa carrera de habitación en habitación antes de marcharse, puertas de armarios que se cierran de golpe, cajones que se abren y se cierran, con esa especie de opacidad crispada que se apodera del hermoso rostro de ella en esos momentos, y es que de ninguna manera puede olvidarse del más mínimo detalle, un peine, un libro, un frasco de champú, porque si no, todo se vendría abajo. Él se sienta a su despejada mesa de trabajo y se sujeta la cabeza con las manos mientras ella le lanza un adiós apresurado desde la puerta, y a él se le encoge el corazón, ni siquiera se ha acercado para despedirse, hoy habrá algo especial allí, pero ella sale ya a la calle muy deprisa, con la vista baja, para no toparse con una mirada que la empuje a una conversación innecesaria. Qué perseverante es, ¿de dónde sacará las fuerzas para pasar por eso cada día?

Después, como si bajara la guardia, él cierra los ojos y se apresura a acompañarla mientras ella entra en su coche, un Polo pequeño de un verde intenso. Él se lo compró, por sorpresa. A ella le dio un escalofrío al ver el color y se enfadó mucho por el derroche. Pero él quería que tuviera su propio coche, para que puedas ir y venir con toda libertad, le dijo, para que no estemos constantemente discutiendo por el coche. Y había querido que tuviera un coche de un verde intenso. En su imaginación el coche se le aparecía como un componente electrónico fluorescente introducido en el torrente sanguíneo para que una cámara pudiera seguirlo. Apoyó la cabeza en el respaldo de la silla mientras ella conducía. Tenía el rostro tenso y demasiado cerca del parabrisas. Le tomaría unos ocho o nueve minutos llegar, a los que había que añadir alguna parada inesperada (un embotellamiento, alguna avería de los semáforos, el hombre que la espera allí no encuentra las llaves y tarda en abrirle la puerta) y, entonces, ya habrían pasado cuatro o cinco preciosos minutos. Elisheva, dice él en voz alta, muy despacio, recalcando cada sílaba.

Y lo vuelve a repetir, para ese hombre.

Que ahorra el tiempo de desvestirse, porque no quiere desperdiciar ni un instante, así es que mientras ella conduce el vehículo por el laberinto de callejuelas que unen esta casa con aquella, él empieza ya a desnudarse, en el dormitorio o puede que junto a la puerta, se quita los pantalones de pana marrones y holgados, se quita la camisa ancha y descolorida que un día fue naranja o marrón, o puede que hasta rosa, porque muy bien podría ponerse una camisa rosa, qué le importa lo que piensen de él, eso es lo bueno que tiene, reflexiona Shaul, que nada le importa, ni lo que piensen ni lo que digan de él, en eso estriba su fuerza, en eso consiste su sana paz interior que, por lo visto, resulta ser lo que a ella tanto le atrae.

Ella avanza hacia él, circula a toda velocidad con los ojos clavados en la calzada, la boca en tensión, una boca que enseguida va a ser besada, que se relajará y se inflamará ardiente, porque unos labios se posarán sobre esos labios, al principio solo rozándolos, apenas tocándolos, aunque después la lengua esbozará su contorno todo alrededor mientras estos se esforzarán en no sonreír porque enseguida se oirá un gemido, no te muevas mientras estoy pintando, y ella dejará escapar un ronroneo en señal de asentimiento para, al instante, recibir unos labios sobre los suyos, unos labios que le impongan su absoluta aspereza, tan viriles, y que engullirán los suyos, abriéndose paso, para luego apartarse un momento y dejar escapar un aliento cálido hasta que enseguida empiecen a chupárselos despacito, con la determinación de un auténtico y enorme deseo, hasta que las lenguas se enrosquen una en la otra como unos seres con vida propia y los ojos de ella se abran por un momento en medio de un suave suspiro, casi desorbitados, apagados, hasta volverse a entre cerrar. A través de los párpados casi cerrados asomará una blancura vacía, aterradora.

Ella es una mujer grande, Elisheva, generosa también con su cuerpo. Incluso un poco demasiado grande para un coche tan pequeño, así es que tal vez también fuera esa la razón por la que se enfadó cuando él le compró precisamente un Polo, aunque puede que fuera justamente por eso por lo que se lo compró, quién sabe, hasta ahora no se le había ocurrido pensar en ese detalle, que quizá fuera porque ella casi se sale de ese cascarón cuando va de camino hacia allí, casi lo revienta mientras se esfuerza por concentrarse en la carretera y disfruta de la dulce sensación de que el hombre que la está esperando tiene exactamente los mismos pensamientos que ella en ese momento, así ganamos unos cuantos minutos de estar juntos, le había dicho ella una vez.

Avanza a toda velocidad, el coche verde vuela por el interior de la red de venas que se extiende desde aquí hasta él, y en el momento en el que Shaul se ve libre del acceso de dolor ella ya está allí, en casa de él. Shaul lo ve algo borroso, entre penumbras, una mancha grande y ancha de calor, unos brazos fornidos y el gesto apresurado de ella al apoyarse con la mano en el hombro de él e inclinarse hacia un lado para quitarse la zapatilla de lona sin desabrocharle la hebilla, y aferrarse con unos dedos empecinados por la añoranza al cuerpo desnudo de él cuya ropa se encuentra ya desparramada a sus pies mientras la de ella va cayendo encima, momento en el que Shaul cierra los ojos como si parara el golpe de la conmoción que le supone esa acumulación de tela, y es que le duele tanto que tiene que apartar la mirada de la ropa del hombre porque por un momento el hombre en sí le resulta menos doloroso que las prendas de ropa que van cayendo unas sobre otras, ese hombre que se ha adelantado y se ha desnudado para ahorrar unos preciosos minutos, que la ha estado esperando en tensión, moviéndose por la casa desnudo y ardiendo en deseo, apasionándose con solo pensar en esa mujer grande, hermosa y resuelta que avanza aproximándose hacia él en el coche verde, un coche sexy, eso es lo que dijo sonriente el chico moreno que se lo vendió a Shaul, y fue por esa palabra por lo que a este ya no le quedó más remedio que comprarlo, y así, desnudo, ha estado correteando por el pequeño piso aunque es un hombre de carácter bastante tranquilo, de naturaleza sosegada, al que Shaul puede ver con toda claridad, cada uno de sus movimientos, sus gestos, su manera de hablar, esa voz ligeramente grave, autoritaria, aunque ahora parece que se está viniendo abajo todo él porque los pasos de ella resuenan ya apresurados en la escalera, ya está, ahora sí que llega de verdad, así es que ya le abre la puerta mientras pone mucho cuidado en escoger la postura en la que se le va a aparecer, porque su desnudo, ¿cómo podría expresarse?, no es precisamente lo que más cautiva tiene a Elisheva, sobre todo cuando está de pie y a plena luz del día, porque no es que resulten muy atractivos los abundantes lunares que le cubren el vientre y el torso, ni sus enormes pechos de hombre, tan autoritarios y de los que brota un abundante vello gris, pero resulta que hoy, mientras los pasos de ella vuelan escaleras arriba, él solo abre la puerta ligeramente y corre a la cama, al dormitorio oscurecido a conciencia, y se tiende allí en una postura más favorecedora, sobre el vientre, con una rodilla un poco doblada, como si sobre él hubiera descendido un ligero y plácido sopor al momento de haberle abierto la puerta, de manera que ahora dormita con la indiferencia de un hombre que está más sano y fuerte que un toro, que no tiene problemas digestivos ni remordimientos de conciencia, de manera que ella, al entrar, lo primero que ve es su espalda de aspecto fuerte, seguramente es que es fuerte de verdad, y después el trasero y las piernas, que en esa postura casi parecen jóvenes, y se detiene un instante, lo observa, se sonríe, para después avanzar hacia la cama y con calculada delicadeza pasarle un dedo a lo largo de la espalda, desde la nuca hasta el trasero y después inclinarse y pasarle la lengua con un movimiento lento de masaje por la nuca de lado a lado, solo la punta de la lengua, solo una leve insinuación de la humedad de su boca, mientras él se estremece con un gemido sofocado en la almohada, como si lo hubieran decapitado.

 

Después, un par de días más tarde, o puede que tres, los días que Elisheva no está, el tiempo es como la celda circular de una cárcel. Shaul iba tendido en el asiento de atrás de un Volvo grande. Una noche de octubre, fresca y neblinosa, se embadurnaba en el cristal del parabrisas y se dejaba limpiar por los limpiaparabrisas una y otra vez. A su lado, en el suelo del coche, reposaban unas muletas. La pierna izquierda, fracturada entre el tobillo y la rodilla, la llevaba apoyada en un cojín viejo y deshilachado, mientras miraba fijamente la blancura de la escayola, que se bamboleaba de aquí para allá, como si le costara comprender qué tenía que ver él con aquello. Esti, la mujer de Mija, su hermano, era la que conducía, y aunque llevaban ya casi media hora de viaje todavía no habían logrado entablar una verdadera conversación, porque en cada frase que decían se entremezclaba cierta turbiedad. Ella era unos cinco años más joven que él, puede que seis, no se acordaba muy bien, pero el caso es que en su proximidad se sentía siempre aún más seco y enjuto; aquellos miembros suyos tan largos y delgados, el rostro afilado, incluso su protuberante nuez, todo resultaba exagerado cuando ella estaba a su lado con su cuerpo relleno y esa cara morena y ancha, de manera que cada vez que lo miraba por el espejo retrovisor a él se le venía a la cabeza uno de aquellos viejos metros de madera de su padre, el metro amarillo, graduado, que se plegaba sobre sí mismo mediante unas diminutas bisagras. Había habido un momento, cuando ella lo había ayudado a entrar en los asientos traseros, en el que prácticamente todo su cuerpo se había apoyado en los hombros de ella, que ni siquiera había pestañeado y, si le había resultado pesado, seguro que había pensado que se debía al yeso, porque él sabía muy bien que a los ojos de ella era ingrávido y que, inevitablemente, comparaba su cuerpo con el de su hermano, mientras que ahora lo miraba a hurtadillas por el retrovisor, sorprendida por el suspiro que él acababa de dejar escapar, y es que nunca lo había visto así.

Era su hermano quien debía haberlo acompañado, pero en el último momento lo habían avisado para que se ocupara de un camión cisterna cargado de acetona que había volcado en la carretera de la costa, de manera que fue Esti la que apareció en la puerta de su casa. Se quedó allí plantada con los brazos colgando a ambos lados del cuerpo, disculpándose por no ser Mija y con una molesta e indefinida sensación de que ella y Shaul se miraban como si se estuvieran viendo en un espejo deformado que les devolvía la imagen invertida de sus cuerpos. A pesar de todo respiró profundamente y, sin darse cuenta, alzó los hombros como para soportar la tormenta que se le venía encima y eso que él, en un primer momento, no la reconoció, hasta que al instante retrocedió al tiempo que decía, no, de ninguna manera, el que tiene que ir conmigo es Mija, solamente él, para después, de todas formas, volver a avanzar, como impelido hacia fuera, para emprender ya el camino y después volverse a agarrar del pomo de la puerta y quedarse con la cabeza gacha, intentando recordar.

Pero ¿dónde está Elisheva? La pregunta le había salido a Esti del alma, como si le preguntara ¿dónde se encuentra tu madre que no te está cuidando? Porque a Esti siempre le había parecido que Shaul tenía un aspecto muy desamparado cuando no estaba con Elisheva y, ahora, con la cara llena de magulladuras y la pierna escayolada, todavía más. Pero él no le respondió, sino que se limitó a mirarla fijamente, a observar la afilada cara de niña abandonada que se le había puesto de pronto, exactamente igual a la que tenía cuando había llegado a la familia unos cuantos años antes, allí de pie junto a Mija, con la misma expresión salvaje y asustada. «Del muladar», había sentenciado entonces la madre de él, y Esti sabía muy bien lo que Shaul estaba viendo ahora, así que clavó bien firme los pies en el suelo y se puso a buscar febrilmente en su interior una vieja y valiosísima cantera, la capacidad de aguante de una niña nada querida pero muy testaruda que sabía convertirse, cuando era necesario, en un pequeño puño humano protegido por unos párpados y que se cuela precisamente donde no se le quiere y que es capaz de resistir allí ralentizando sus pulsaciones hasta cero, hasta que sin saber cómo uno se acostumbra a su presencia y a las pequeñas ventajas que esconde y, al final, ya no se puede estar sin él…

También esta vez supo crecerse y, con todos sus años, sus hijos, Mija y carnes de más, cruzó los brazos por debajo del pecho y le dijo a Shaul que quizá no le convenía hacer un viaje así, a las pocas horas de haber sufrido un accidente tan grave, para después preguntarle con delicadeza cómo había sucedido, por lo que él volvió a retroceder, se refugió en la casa y casi se desploma con las muletas, a las que no estaba acostumbrado, como si en realidad no hubiera oído nada de lo que ella había dicho. Tenía los ojos rojos por el llanto, por la falta de sueño o por algún otro motivo que ardía en ellos y que Esti desconocía, y él susurró roncamente que tenía que ir pero que de ningún modo podía permitir que fuera ella la que lo llevara. Esti dejó que el rechazo de él la salpicara a sus anchas y después le preguntó adónde exactamente quería ir, a lo que él respondió, hacia el sur y, de repente, agitó una de las muletas con un ridículo gesto de ave y dijo, está bien, vayamos, e intentó simular una risotada alegre mientras le comunicaba que toda la situación era una verdadera locura, pero que tenía que llegar allí esa misma noche, cuestión de fuerza mayor, force majeur, con un acento que en aquellas circunstancias le pareció a ella el susurro del batín de seda de un noble venido a menos, y después Shaul siguió hablando y le explicó lo que era más que evidente, que lo que simplemente sucedía era que él no podía, en su estado, llegar solo allí por sus propios medios, y que por eso le había pedido a Mija que lo llevara. Ella, entonces, volvió a intentar comprender adónde exactamente esperaba Shaul que lo llevara a medianoche y habiendo avisado con tanta precipitación, pero él no le contestó, por lo que en su interior se puso furiosa con él y todavía más con Mija; que la había enviado a hacer aquel viaje solo por complacer a su hermano, que jamás haría algo así por él y, por supuesto, muchísimo menos por ella, pero Shaul pareció reaccionar finalmente, como si la silenciosa ira de ella hubiera conseguido ponerlo en su sitio en medio de su conmocionado estado de ánimo, así es que le dirigió una mirada que casi la traspasa por su desamparo y le dijo, sé que te resulta muy difícil, pero te aseguro que no me queda alternativa, a lo que ella asintió entre confusa y asustada mientras él volvía a tomar la palabra, ahora te lo cuento, por el camino.

 

A veces, allí, pasan por días tranquilos, completamente sosegados, se recuerda Shaul a sí mismo, tirado ahí en el fondo del viejo Volvo, taciturno, intentando con todas sus fuerzas borrar de la mente la presencia de la silenciosa conductora y el cosquilleo de las invisibles hormigas que le corretean a lo largo de la pierna por debajo de la escayola; un día como el de anteayer, por ejemplo, ¿o habrán pasado ya cuatro días?, cuando Elisheva entró en esa casa, por la puerta que había sido dejada entreabierta para ella, cuando se coló de lado, alzando con encanto un hombro, ¿quién hubiera dicho que todavía era capaz de mostrar cierta picardía?, y sonrió con alivio por volverse a encontrar allí, en el lugar en el que se siente libre de toda afectación y falsedad, del interminable esforzarse de su otra vida; se detiene un instante para recuperar el aliento y se pregunta cuántos años todavía va a poder ser capaz de subir así, corriendo, los cuatro pisos, porque puede que no esté lejos el día en que de nuevo vayan a tener que buscarse otra casa, ya se han tenido que mudar seis o siete veces de piso porque con las casas no tienen suerte, aunque la verdad es que no se puede tener suerte en todo; deja en el suelo el bolso azul, el que lleva a la piscina, cierra con cuidado la puerta de entrada y una sonrisa nueva, interior, la traspasa, porque sabe que incluso ese suave golpe él lo oye, su hombre, y que aprieta los ojos como si ya no pudiera resistirlo más, y que su carne ya se está tensando ante la llegada de ella, como la aguja magnética de una brújula, pero Elisheva tiene hoy otros planes, aunque él todavía no lo sabe.

Avanza despacio por el pasillo, pensando en cómo se las va a ingeniar para que hoy él renuncie a hacerlo, aunque no sabe que justamente su pausado andar se le representa a él como unos pasos de gata llenos de intencionalidad que le tensan los tendones del deseo hasta producirle un intenso dolor, y ahora ella está ya a la puerta del dormitorio, se detiene y se apoya en el marco mientras lo mira con ojos tiernos, estoy aquí, le dice bajito, y él, como sorprendido por su presencia, se vuelve despacio, mete estómago, ah, ya estás aquí, dice, sin lograr ocultar su alegría, mientras se le ilumina el rostro, pero ella sigue sin moverse, aspirando la visión que tiene delante, absorbiéndola a conciencia por cada poro de su cuerpo, como si se tratara de un avituallamiento que tuviera que bastarle para mucho tiempo, para todo un día entero más de hambre y de sed, mientras lo envuelve por completo con la mirada, desde los enormes pies, desde el dedo gordo tan distendido en su postura patriarcal hasta el resplandeciente rostro, al tiempo que repite, aquí estoy, y al hombre no le parece que ninguna palabra sobre, sino que, muy al contrario, el pecho se le ensancha para captar todo lo que encierran esas dos palabras, aquí estoy, soy toda tuya, tal y como realmente soy, desnúdame, y el rostro de él asiente, el cuerpo también asiente, y el corazón, los ojos y la respiración, todo él dice sí, y por milésima vez él se queda pensando que incluso cuando Elisheva dice cosas muy simples y evidentes, como tantas otras veces, estas conllevan siempre un eco de sorpresa, y esa es precisamente la cuestión, piensa Shaul, que todo lo que ella dice allí está compuesto de algún modo por esos dos principios, la evidencia y la sorpresa, y ahora, por la comisura de su fatigada sonrisa se le escapa a ella un fresco brillo rosado de manera que también el hombre le sonríe, la cara se le transforma por completo mientras le sonríe y la cara de Shaul se contagia inconscientemente de esa sonrisa, y Esti, preocupada por el prolongado silencio de él, vuelve la cabeza un instante hacia atrás y lo ve así, sonriendo, y entonces se siente incómoda, como si hubiera abierto una carta que no fuera suya, así que al momento devuelve la mirada de sus grandes ojos oscuros hacia la carretera mientras piensa que así es como Shaul miraba antes a Elisheva, hace años, y casi sin darse cuenta de ello Esti baja ligeramente el espejo retrovisor para captar la cara de él, que lleva los ojos cerrados y en la que sigue presente la misma expresión hipnótica y extraña, esa mezcla de felicidad, soledad y súplica.

 

Shaul había tenido tanta prisa por emprender la marcha que se le olvidó cerrar la puerta con llave y solo se dio cuenta cuando ya se encontraban junto al coche, de manera que Esti le dijo, espera, que voy yo, pero antes de echar la llave entró y pasó muy deprisa por las habitaciones, como si anduviera buscando algo. Hacía ya tres o cuatro años que no había estado en casa de ellos y hasta le costaba recordar cuándo había sido la última vez que habían invitado a la familia, puede que Elisheva sí quisiera, pero Shaul, con toda seguridad, se había opuesto. Se dio cuenta de lo mucho que había cambiado la casa, le parecía que los espacios entre los objetos habían aumentado mucho y que los muebles estaban dispuestos en un orden tan estricto que resultaba violento, y todos esos pensamientos ralentizaron sus movimientos mientras avanzaba con cuidado volviendo de vez en cuando el rostro en medio de una sensación muy extraña, como si no hiciera más de un momento que alguien hubiera hecho chascar un látigo por el aire y todos los muebles hubieran corrido a su sitio a ponerse bien firmes. Esto es cosa de él, pensó, seguro que ella no tiene nada que ver con esto, porque Elisheva irradiaba siempre una encantadora dejadez, de manera que por donde pasaba dejaba un reguero de objetos que olvidaba, las llaves, el monedero, un peine, una bufanda, y en todas las habitaciones en las que había estado dejaba su sello de distraída; ¿dónde estás?, pensó Esti, cuánto te has alejado.

Cerró la puerta con llave, pasó con una angustia contenida por el jardín que, en medio de la oscuridad, se le apareció sorprendentemente abandonado y salvaje, y vio a Shaul esperándola de pie junto al coche, hablando consigo mismo y columpiándose con nerviosismo sobre una de las muletas, sin tan siquiera sospechar el pequeño allanamiento de morada de ella. La luz de la farola lo tintaba de un tono de figura de cera mientras todo su ser se encontraba absorto en algo que a Esti se le escapaba; volvió a pensar en que no era bueno para él andar de aquí para allá en su estado y no podía comprender qué era lo que tanto lo empujaba a salir. Por supuesto que también él sabía muy bien que no tenía que ir allí, y mucho menos con ella, porque ¿qué tenía él que ver con Esti? ¿Cómo le iba a explicar todo aquello, o qué otra historia podía contarle? Hacía años que no cruzaban entre ellos más que cuatro frases educadas de compromiso en los eventos familiares, y es que había algo en Esti que siempre le había escamado un poco, quizá por el hecho de que ella siempre se había negado por completo a darle importancia al estatus de él, a su fama, a la admiración que su profesión provocaba en cualquier lugar, era como si ella siempre le estuviera exigiendo unas pruebas de un tipo completamente diferente que no se encontraban en absoluto al alcance de su mano.

Shaul, dijo ella con una voz suave, en un tono en el que nunca se habían tratado, como si estuviera estableciendo un alto el fuego inmediato y absoluto, pero él negó con un movimiento de cabeza que denotaba enfado y dijo, nos vamos, ayúdame a subir al coche.

 

Elisheva sigue en el mismo sitio en el que la ha dejado hace un momento y ahora envuelve con la mirada la cara del hombre que está en la cama mientras, sin darse cuenta, se muerde ligeramente el labio inferior. Antes tenía ese gesto inconsciente, al principio, cuando Shaul la conoció, pero después dejó de morderse el labio cuando estaba con él; sin moverse de su sitio le susurra, me gusta tanto tu cara, a lo que él responde con una mueca: ¿qué?, ¿mi cara de rana?, y entonces ella empieza a aproximarse a la cama muy despacio, con su magnífico andar y un susurro de muslos, se sienta en el borde y alarga la mano para pasarla por el estremecido brazo de él, desde el hombro hasta el pulgar, tu cara es perfecta, le dice, en medio de una repentina tristeza, mientras su cuerpo se dobla derramándose a su lado, todavía sin tocarlo, aunque él refunfuña que en su opinión va demasiado vestida, pero cerrando los ojos ella le dice que hoy no, hoy nos vamos a quedar así, aquí echados, acariciándonos muy despacio, y él se queda decepcionado porque había estado fantaseando para entrar en situación, se había desnudado y se había tendido en una postura digna de elogio pero, como siempre, también esta vez la obedece, cualquier cosa que ella desee se convierte al instante en su propio deseo, incluso ahora, a pesar del deseo irrefrenable que siente, la obedece, mientras se admira del fuerte hechizo que ejerce sobre él, porque la verdad es que no sabe por qué pero le resulta muy agradable sentirse débil y falto de voluntad propia junto a ella, hasta esa debilidad le da placer cuando está con ella, así es que cierra los ojos y siente cómo el fino torrente de su pérdida de voluntad, esa corriente de su deseo, va tallando en él un contorno de alma nuevo y desconocido que se da la vuelta perezosamente, porque al fin y al cabo, solo para acariciarse, resulta innecesario mantener una postura tan cuidada, así es que deja a la vista su velludo pecho de oso, pero entonces ella le da la espalda, se acurruca y se aprieta contra el vientre de él, curva el cuerpo como un signo de interrogación frente al signo de exclamación de la carne de él, que muy tensa tantea su camino hacia el trasero de ella a través del vestido, pero ella le coge su enorme y cálida mano y se la pasa despacio y soñadora por la cara, una vez, y otra vez más, presionando la cara contra su mano, frotándola contra ella con verdadero amor, vaciándola en su palma, y ahora él siente por fin lo que Shaul ya había observado antes, mucho antes que él, que ella le está entregando algo que nunca le ha dado antes, que está dando vida a algo nuevo combinando gestos conocidos, y al instante eso lo llena de agradecimiento y de alegría, y también su cuerpo, por supuesto, mientras que la única que no parece contenta es Elisheva, cuya cara refleja un gesto compungido y de dolor, al tiempo que se aprieta toda ella contra su hombro en un impulso de auténtico desespero, como si quisiera dejarle un recuerdo, como si su cara fuera una carta de despedida destinada exclusivamente a la palma de la mano de él, lo mismo que cuando le escribe una frase larga y ondulante en la espalda con la lengua húmeda, o con su dedo humedecido allí abajo, al tiempo que se niega a revelarle lo que pone, léela a través de la piel. Ahora le sujeta con las dos manos los dedos y se los pasa por la frente abombada, por las casi transparentes cejas, por el fino párpado y por su cara alargada y bien formada y, de ahí, en un arrebato, por la boca, su amplia boca, y dentro de ella, hasta morderle con fuerza los dedos, y él aguanta, ni siquiera gime, su poder de sufrimiento es inmenso y, además, sabe que ella lo está poniendo a prueba, a ver si lo resiste, le coge dos dedos y se los pasa por los dientes de la mandíbula inferior, presionándolos sobre cada uno de los empastes que tiene, presionando, mordiendo y estremeciéndose con tal placer que a él se le hace incomprensible y solo se le ocurre pensar que lo que ella hace ahora es desmontarse la cara, presentársela a él descompuesta en sus piezas, de manera que se ve asaltado por un incomprensible temor, de esos miedos imprecisos que ella le provoca no pocas veces y que le dejan sus sedimentos en las paredes interiores de su cuerpo, y al fin y al cabo, piensa Shaul, puede que tampoco él la comprenda del todo, pero él, por lo menos, sabe, en esos momentos, abrir sus manos y mantener en ellas el rostro estremecido de ella, y con paciencia e inteligencia ir calmando sus asustados movimientos hasta conseguir que se calme y se limite ya a echarle un aliento cálido en la mano, y llegados a este punto, despacito, él empieza a devolverle el rostro, recoloca cada rasgo en su sitio, delimita de nuevo sus contornos, lo acaricia y nota cómo el cuerpo, hasta entonces en tensión, cede y se relaja, y el corazón de él se pregunta gozoso, adónde lo habrá llevado ella sin que él entienda nada y cómo es posible que una y otra vez lo sorprenda produciéndole tal exaltación, como si un ala nerviosa se agitara en el interior de ella sin reposo, e incluso después de tantos años juntos él todavía no entiende cómo un ala tan pequeña consigue moverlo de esa forma, agitar y remover sus noventa kilos hasta disolver su cínica lucidez, piensa Shaul, tragando saliva al tiempo que abre los ojos que tenía cerrados con fuerza, como si hubiera querido exprimir violentamente de su interior hasta la última gota de esa visión, mientras que ahora yace ahí exhausto.

Pero un poco más, todavía no, resulta difícil dejarlo:

Elisheva se da la vuelta hacia él, se acurruca contra su pecho, exhausta por lo que acaba de agitarla hace un momento, los ojos se le cierran, casi se duerme, pero el hombre no la deja quedarse dormida, se yergue apoyándose en el codo junto a ella y le exige saber qué ha sido eso, qué es lo que tanto te ha asustado, pero ella le dice que no lo sabe, ha sido de repente, me ha entrado un miedo espantoso. Y él, en tono de queja, pero ¿de qué?, y ella, con fatiga, de verdad que no lo sé. Él se siente un poco ofendido e insiste, ¿y por qué no has dicho nada?, ¿por qué siempre te encierras en ti misma y no me dices lo que puedo hacer para ayudarte? Ella, entonces, le susurra con una sonrisa que él sabe muy bien cómo ayudarla, que no existe nadie en el mundo que lo sepa tan bien como él, y que lo que le ha pasado es que, sencillamente, no podía ni hablar. Sabes, le dice ella luego, es como a veces cuando se hace el amor, que llega un momento en que no lo puedes asumir, que simplemente ya no se puede decir nada. Pues eso es lo que me ha pasado ahora, pero de pena, no sé, algo me ha dado mucho miedo de repente, algo que me ha hecho replegarme en mí, no sé qué puede haber sido. El hombre mueve la cabeza de un lado al otro con asombro, y la cree a pies juntillas, sabe que va a ser imposible que ella le explique con más detalle lo que le ha pasado y eso lo lleva a amarla todavía más, su balbuceo en esos momentos, y de nuevo reclina la cabeza sobre el pecho de él, ahora ligera, purificada después del sufrimiento y, ronroneando suavemente de placer, piensa Shaul al tiempo que se dice a sí mismo con mucha susceptibilidad, machaconamente incluso, ese es un placer que yo desconozco, un placer que la asalta solo cuando está con él, porque ciertas sustancias solo llegan al corazón junto a una persona en concreto y nunca junto a otra, reflexiona, y Elisheva todavía tiene los ojos cerrados, respira pausadamente, recuerda que mañana me voy, murmura contra el pecho de él, como drogada de tanta dulzura.

Hmmm, asiente él.

Silencio.

¿Cuatro días?, vuelve a asegurarse él. Eso es mucho tiempo.

¿Hubieras preferido que no viniera?

Ella abre los ojos. Nota el movimiento de sus pestañas en los pelos del pecho, y aunque no la mire, conoce muy bien su mirada.

Él suspira y los dos se refugian el uno en el otro para intentar sobrellevar juntos la complicada carga de la imposible vida de ella. Su condición de duplicidad que la parte en dos. El ininterrumpido ruido en su cabeza. Un avispero de mentiras y secretos. A veces no entiende cómo tan siquiera es capaz de sentir algo ni por el uno ni por el otro.

Él sonríe: puede que allí llegues a conocer a alguien, quién sabe.

Ella se frota la nariz contra el hombro de él: ¿también tú vas a empezar ahora con eso?

El hombre frunce el ceño: ¿ya está perdiendo el control?

Se pone completamente fuera de sí, dice ella; todos los años me digo, ya está, se lo va a tomar con calma, debería estar acostumbrado, porque al fin y al cabo no son más que cuatro días, qué…

Él la aprieta contra el costado de su cuerpo, reparando con su enorme mano lo que Shaul estropea, y suspira desde lo más profundo de su corazón.

Ella lucha por no contárselo todo en un intento por preservar el honor de Shaul. En su interior arde la alambrada que ella tensa una y otra vez para marcar la frontera entre sus dos hombres. Él la está escuchando con los ojos cerrados. De vez en cuando mueve la cabeza en señal de pena.

Esta mañana, cuando me he puesto a hacer la maleta, le espeta ella finalmente, se me ha acercado, así, y ahora vacila un momento para enseguida acercar los labios a la enorme oreja de él y susurrarle, de manera que Shaul no la oye, aunque muy bien sabe lo que ha sucedido esa mañana y lo que le ha lanzado dentro de la maleta abierta, pero aun así tiene el alma en vilo y se muere por oír qué es lo que Elisheva está susurrando sobre él, cómo y con qué palabras lo está describiendo, entre la boca de ella y el oído de él.

Silencio. Los tranquilos ojos del hombre se llenan de una oscuridad violenta. Elisheva le posa en el pecho una mano tranquilizadora.

 

Habían dejado ya la carretera de Tel Aviv, se dirigían hacia el sur y Shaul seguía dudando en qué momento debería decirle adónde lo estaba llevando, porque ningún momento le parecía oportuno. Cuando pensaba en cómo decírselo y lo que le explicaría, todo se le antojaba una locura, pura fantasía. Al final apoyó la cabeza en la ventanilla y cerró los ojos renunciando a contarle nada, con la resignación del animal hecho presa, pero cada vez que los abría veía su cara de perfil y se sorprendía, como si la viera por primera vez, además de que aquel silencio de ambos era como una declaración explícita de enemistad, casi una grosería, de manera que, sin darse cuenta, aparentaban ser dos animalitos diferentes entre los que no había atracción alguna, ni sexual ni predatoria, aunque tras media hora de conducción estaban extenuados. A ella le dolían las mandíbulas porque las llevaba apretadas a causa del enfado que crecía por momentos contra él y contra Mija, cuyo servilismo hacia Shaul la había llevado a ella a la situación en la que ahora se encontraba, «Para una vez que me pide algo…», había murmurado Mija, casi paralizado por el hecho de que Shaul lo hubiera telefoneado y de que tan siquiera supiera su número de teléfono; Esti, que estaba con él tendiendo la ropa en la terraza, oyó solo el lado de Mija de la conversación, sus exclamaciones de pena y de estupefacción por algo terrible que le había sucedido a Shaul el día antes (siempre se oye solamente uno de los lados, pensó); Mija le había hecho preguntas sin cesar, interrumpiéndolo, como era su costumbre, porque todo lo que se le contaba a Mija se convertía en un cúmulo de preguntas cuyo propósito era demostrarle a su interlocutor lo mucho que le interesaba y el pleno apoyo que estaba dispuesto a brindarle y, sobre todo, su fidelidad sin límites. Pero Shaul nunca dejaba que lo interrumpieran, de manera que también esa tarde había desecado con dos breves frases el torrente emocional que fluía hacia él; por eso Esti había visto a Mija retraerse, empequeñecerse, desaparecer, y ahora se sentía ofendida en su lugar y furiosa contra Shaul y, a su pesar, deslumbrada por la capacidad de este de pisotear a los demás, y dos minutos después de que Mija colgara, lo habían llamado de «medio ambiente» para decirle que lo necesitaban.

Esti dejó escapar el aire que llevaba comprimido dentro de sí a través de los finos labios. No sabía de dónde iba a sacar fuerzas para ponerse a conducir después del largo día que había tenido, porque quién sabía hasta cuándo se alargaría ese viaje, ya que, según parecía, después tendría que devolverlo a Jerusalén desde el sitio al que lo hubiera llevado y ella volverse a su casa, a Kfar Saba, por lo que no hacía más que preguntarse también cómo había sido capaz de dejarse embaucar en un asunto tan misterioso como idiota. Le preguntó a Shaul si iban a pasar por Beer Sheva, de donde era ella, pero Shaul respiró pesadamente, intentando soportar una nueva ola de dolor y teniendo la esperanza de que en cualquier momento le fuera a pasar algo, que se desmayara, que perdiera el sentido antes de que llegaran al final del camino, pero ni siquiera se atrevía a quedarse dormido a su lado, y a cada momento volvía a mirar con el rabillo del ojo el perfil indio de ella, la mandíbula firme y la cabellera negra y espesa; ella les había llevado un cuadro, cuando Tom nació, ahora no sabría decir si lo había pintado o cocinado, un cuadro hecho con pimentón, comino y curry en un papel reciclado y rugoso, que representaba a una madre y un hijo y que se parecían mucho más a ella que a Elisheva y a Tom, y Shaul recordó también que, durante años, de aquel cuadro emanó el olor a Esti cada vez que uno acercaba la nariz a él, porque Esti tenía a veces, pero no esa noche, un olor corporal bien definido y fuerte que no se molestaba en disimular y Shaul siempre se había preguntado cómo era posible que a su hermano no le importara, sobre todo cuando recordaba lo que había dicho sobre eso su madre cuando Mija les había comunicado que iba a casarse con ella, porque hasta sobre el olor había tenido que hacer un comentario, ¡hasta con eso había llegado a meterse! Ahora, cada vez estaba más enfadado con Esti por las tonterías que se le venían a la mente impidiéndole concentrarse, mientras a ella le zumbaban un montón de pensamientos como, por ejemplo, que el uniforme militar de Shira la estaba esperando en la tabla de planchar, que tenía que coserle la insignia de cabo a tres camisas y terminar los disfraces de caballeros de los gemelos para la fiesta del día siguiente en la guardería; todavía no había captado del todo que ante ella corría una carretera grande y abierta cuyo final desconocía. Aún no notaba, bajo los colchones, el guisante de la niña pequeña que había sido, una niña muy morena que se inventaba historias para retener el alma en su interior o para dejarla volar en libertad, alternativamente, unas historias en las que la expresión más emocionante era «de repente», al comienzo de cada frase y encabezando todas las descripciones, «de repente», «de repente», y su corazón daba un vuelco cada vez que se susurraba a sí misma «de repente».

¿Dónde estará Elisheva?, se preguntaba ella, ¿por qué no le decía dónde estaba? ¿Y si él le había hecho algo? Dirigió una rápida mirada al espejo retrovisor y vio medio borrosa la contusión de color rojo que Shaul tenía debajo del ojo derecho y cómo cada vez que sus miradas se encontraban en el espejo se evitaban como el contacto de una uña extraña. La verdad era que tenía el aspecto de haber matado a alguien, pensó Esti. Eso ya lo había pensado cuando había entrado en su casa hacía un rato. Por eso había recorrido todas las habitaciones. Porque de lo contrario, meditó, levantando una ceja, ¿qué era lo que tanto tenía que ocultar? Se desperezó ligeramente. Movió la lengua por la parte interior de las mejillas. Luego le dirigió una larga mirada. Dos días antes lo había visto en la tele por casualidad, lo estaban entrevistando con respecto al recorte de los presupuestos destinados a la enseñanza de las asignaturas de ciencias en las escuelas, y había estado muy crítico, agudo y decididamente convincente, y con ese estilo suyo tan seco y venenoso había hecho trizas a los representantes del Ministerio de Economía; el tema del debate en sí no le había interesado a Esti, pero como siempre que él aparecía en pantalla, se dedicaba a observar en tensión las expresiones de su rostro y a constatar lo bien que se las arreglaba para ocultar su verdadero carácter en sus apariciones en público. Tranquilízate, se dijo a sí misma, al tiempo que se masajeaba el tenso cuello, que no la ha asesinado. Es incapaz de moverse ni un solo centímetro sin ella. Y, además, es demasiado cobarde. Las pupilas se le alargaron gatunas a la luz verdosa del panel de mandos. Le gustaba imaginarse asesinatos entre parejas, una pequeña película que se pasaba a sí misma para sentir curiosidad e incluso afecto por las parejas que, de otra manera, no le parecían interesantes, así que se las imaginaba urdiendo una y mil tretas para asesinarse, ocultándose, acechando y reptando entre la crecida hierba de la sabana doméstica. A veces, en las tediosas tardes en casa de algunos amigos, con la reflexiva determinación del gusano en una suculenta manzana, paseaba la mirada muy despacio por todos los objetos susceptibles de ser un arma homicida: un pesado frutero de cristal de Murano, un cuchillo para el queso con el mango de cerámica de Delft, unos cascanueces, abridores de botellas… Shaul se dio cuenta de la extraña y levemente perversa sonrisa de Esti.

Su distraída mirada se detuvo por un instante en ella, y se dio entre ambos un encuentro fugaz, sombrío, del que ni siquiera se dieron cuenta; y, enseguida, como si hubiera perdido un tiempo precioso, Shaul cerró los ojos, desterró todo pensamiento de su mente, y se centró en un solo haz de tenue luz enfocado contra la ventanilla oscura que tenía enfrente en el que se reflejaba su rostro, dentro del cual titilaba el de Elisheva

 

Ella corre por la roca de la colina blanca, corre deprisa, con unos movimientos enérgicos que cortan la noche, sus pantalones claros y con los bajos deshilachados, quizá se hayan enganchado en unas zarzas, y él casi grita de estupor al verla allí, pero se calla, reprimiéndose con todas sus fuerzas, para que el conductor no la vea.

Porque ahora es un conductor. El teléfono sonó a medianoche y una voz le comunicó que su mujer había desaparecido. Que había salido. No estaba claro por qué. En la voz del comunicante había incluso un ligero tono de acusación, como si Shaul tuviera la culpa de que ella hubiera salido. El se quedó callado escuchando. El hombre le dijo que le iban a mandar a alguien para que lo fuera a buscar. Él ni siquiera preguntó adónde. Por lo visto estaban organizando una batida, pensó confuso. Alargó una mano adormilada hacia el lado de ella de la cama y lo encontró vacío y fue solo entonces cuando comprendió lo que pasaba y se sentó de golpe. El hombre le dijo, esté usted preparado, y colgó, y entonces Shaul se había quedado ahí sentado un momento mientras pensaba: ¿desde cuándo la policía le comunica a la familia que alguien ha desaparecido? Normalmente es al contrario, ¿no? Y al cabo de un momento ya estaba llamando a la puerta un hombre gordo y corpulento con unas manos de delfín, lisas y cortas. Como las manos del hombre que les había instalado el interfono que comunicaba la guardería de Elisheva, en la planta baja, con su despacho. Shaul lo siguió en silencio hasta un Subaru viejo y sucio que ni siquiera era un coche patrulla, se subió al asiento trasero sin decir ni palabra. Así fue como iniciaron un viaje bien largo hacia el sur, hasta que de pronto la vio corriendo por la colina de enfrente, clara, engullida por la oscuridad y reapareciendo al cabo de un instante en otra colina, porque era muy rápida, avanzando a toda velocidad con unos movimientos delicados y ágiles como un pececillo en el océano nocturno, y rodeándola decenas de ojos que ella no veía, unos ojos brillantes y rojos que se encendían a su paso. Pero en un momento dado su fina camisa se engancha en la rama de un árbol bajo y se le rasga por completo, así que se queda con el sostén blanco que a él tanto le gusta, porque de su interior ella sabe muy bien cómo sacar, con un gesto indefinido, un seno níveo y cálido que ansia ser mamado por su boca, pero por qué no vuelve la cabeza, lo ve y se salva, lo único que ella tendría que hacer es mirarlo y él le tendería la mano y la salvaría, pero ella no lo hace, no quiere hacerlo, por lo visto, solo desea seguir corriendo, eso está claro, no tiene la sensación de tenerse que salvar de algo, disfruta estando sola en medio de su precipitación… Los pies de Elisheva suben y bajan, lleva la cara inclinada hacia delante, su cuerpo es repentinamente tan fuerte, quién hubiera dicho que tenía tanto vigor, corre casi desnuda, como perdiendo capa tras capa, dentro de nada también el sostén, pero no se detiene, no desfallece, ilumina las sombras que yacen a su alrededor, como si los extremos de sus nervios hubieran quedado al descubierto e irradiaran electricidad, revolotea con una liviandad incomprensible, ligera de cuerpo pero, se diría, también de espíritu, y entonces, justo en ese instante, una nueva sombra, alargada, se desprende en silencio de detrás de unas rocas y un cuerpo grande, ágil y tenso echa a correr detrás de ella

 

Shaul dejó escapar un suspiro de sorpresa y sacudió la cabeza, todavía no, todavía hay tiempo para eso, sal de ahí, sácate de ahí, deprisa, y miró a Esti a hurtadillas por si se le había escapado alguna palabra que a ella pudiera darle qué pensar, pero ella seguía conduciendo ensimismada, asintiendo ante algún pensamiento, y él pensó distraído, desde el ángulo desde el que la veía, que Esti tenía una apariencia realmente impresionante, una cara que no era hermosa pero sí llena de fuerza, contundente, y así fue como descubrió un pendientito, en forma de aro, que no se había dado cuenta antes de que lo llevara, un pendiente como esos baratos que llevan las niñas, pensó confusamente, una niña que jugara sola en la acera, y siguió mirando fijamente el resplandor dorado que llevaba impreso en el lóbulo de la oreja y se sintió atraído por él con una extraña sensación de vacío hasta que poco a poco se fue tranquilizando.

Después, sin motivo alguno, conversaron tranquilamente durante un rato. Shaul le preguntó por los chicos. Dijo los nombres de Shira y Eran y, haciendo un pequeño esfuerzo, fue capaz de añadir el nombre de Naama. Esti se dijo, no se acuerda del nombre de los gemelos, y sabía que a los ojos de Shaul cinco hijos eran un signo de vulgaridad, una forma de mal gusto, como si la hubiera visto echarse cinco cucharillas de azúcar en el café. Aunque el solo hecho de pensar que no recordaba los nombres de los hijos de su hermano hizo que Esti sintiera también un escalofrío de piedad y tomó la decisión de dejar de luchar con él, por lo menos durante el viaje, que iba a dejar de ajustarle las cuentas continuamente en su interior por la ofensa de haberse querido apartar de la familia. Porque de cualquier manera aquella noche estaba ya echada a perder, se dijo, de manera que lo mejor sería intentar sacar algo bueno de la situación, por lo que empezó a contestar a las vacilantes preguntas de él hablándole ampliamente de sus hijos, al tiempo que no dejaba de repetir sus nombres para ayudarlo a relacionarlos con los niños; aprovechó también para dar una rápida pincelada sobre algún rasgo del carácter de cada uno y se detuvo un poco más en su querido Ido, el gemelo más pequeño, quizá porque en ocasiones le recordaba a Shaul, a pesar de que físicamente no se parecían en nada, y que era el único de sus hijos que había heredado de ella su color, aunque había algo en su fragilidad, su distanciamiento y en una especie de hilo de distracción o de depresión, que hacía que a Esti se le rompiera el corazón y la invadiera un indefinido sentimiento de culpabilidad al pensar en él.

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