Desafiar la gravedad
2. La primera verdad: no puedes razonar con la enfermedad, las crisis ni con Dios
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La primera verdad: no puedes razonar con la
enfermedad, las crisis ni con Dios
La necesidad de saber por qué nos sucede lo que nos sucede obedece a un instinto visceral de supervivencia. Nos parece muy raro no dar con una explicación para los sucesos y las experiencias, sobre todo si éstos cambian el curso de nuestra vida. La falta de explicación nos hace sentir débiles, como si hubiéramos hecho algo mal pero no supiéramos qué. Mucha gente piensa de este modo, lo que refleja su creencia de que, si uno es bueno, no pueden pasarle desgracias. Así que, si algo malo te sucede, ¿cuál es la razón? Piensas:
«¿Qué he hecho mal? ¿Qué hábito mental o emocional tiene la culpa?
Seguramente si lo detecto y lo corto de raíz seré recompensado con la salud,
¿no?» Hacer eso no te perjudicará, pero tampoco te garantizará la curación.
Las personas que me han descrito su proceso de curación comparten muchas creencias y actitudes. La primera, y tal vez la más fundamental, es que consideran esencial renunciar a la necesidad de saber por qué las cosas han ido como han ido. Pocos l egan a entender esto fácilmente, porque este modo de pensar comporta todo un sistema de creencias que incluye el funcionamiento del mecanismo del bien y el mal, y cómo Dios interactúa con los individuos en el ámbito conductual de la vida. Y esto no es tan sencil o como dejar de tomar azúcar o cafeína. Para abandonar la necesidad de saber por qué suceden las cosas hay que creer en un orden o en un poder más elevado, que trasciende el pensamiento racional. Entonces, ¿para qué o quién, puede que te preguntes, debes abandonar esa necesidad de saber el porqué? Una expresión para describir esta renuncia es «rendirse a Dios».
Otros quizá prefieran l amarlo rendirse al universo. En cualquier caso, esta
rendición es fundamentalmente un acto místico de transformación, no un acto racional ni intelectual. Es un salto hacia lo desconocido que desafía la razón y requiere de ti hasta el último gramo de valor que tengas. Saltar un obstáculo tan tremendo no fue fácil para esas personas, pero fue —y es— un paso necesario.
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