Descubriéndote
Capítulo 4
–¿Vas a ir a hacerte una radiografía? –preguntó Dylan.
Su voz sonaba un poco metálica a través del Bluetooth.
Rod miró su mano hinchada. Había estado conduciendo con la izquierda. La derecha le dolía demasiado para utilizarla. Pero, por lo menos, había conseguido encontrar el teléfono; estaba lejos de la carretera, debajo de un arbusto. El hecho de que hubiera caído a tanta distancia del lugar en el que se había producido el impacto demostraba la fuerza de la colisión, algo que había reavivado su enfado.
–Creo que esperaré unos cuantos días para ver cómo va.
Mack le miró con el ceño fruncido desde el asiento de pasajeros. Él también había estado diciéndole que fuera al hospital y, una vez lo había sugerido Dylan, no sabía si Rod sería capaz de negarse. Quería y respetaba a su hermano mayor más que a nada en el mundo. Dylan había sido más padre para él que su verdadero padre.
–Preferiría que fueras cuanto antes al pueblo –dijo Dylan.
Mack, que podía oírlo todo, puesto que Rod había colocado el Bluetooth en modo manos libres, sonrió con suficiencia. Todos tenían el mismo problema, excepto, quizá, Aaron. Aunque Aaron y Dylan se llevaban bien en aquel momento, habían estado enfrentados durante años, probablemente porque eran más cercanos en edad y se parecían mucho.
–¿Qué daño puede hacerme esperar? –preguntó Rod.
–Te necesito en el taller –contestó Dylan–. Si te has roto la mano, quiero que te la curen para que puedas utilizarla cuanto antes.
Rod elevó los ojos al cielo.
–Vale…
Cuando Mack se echó a reír al ver la facilidad con la que estaba cediendo, Rod le dirigió una mirada que dejaba bien claro que haría bien en no seguir provocándole. Por supuesto, Mack le ignoró y le dio un puñetazo en el brazo.
–¿Quieres que quedemos allí?
La pregunta fue de Dylan y llegó justo a tiempo, antes de que Rod pudiera devolverle el puñetazo. Además, como no podía utilizar la mano derecha, le resultaría difícil llegar hasta él con la izquierda.
–¿Estás de broma? Es sábado –contestó Rod–. Tienes que estar en el taller. Además, ya soy mayorcito. Puedo ir solo al médico. Dejaré antes a Mack para que por lo menos puedas contar con su ayuda.
–Gracias.
–Me acercaré a ver a Liam aprovechando que estoy en el hospital – continuó Rod–. Quiero ver lo mal que está.
Por mucho que le enfureciera que aquel tipo no hubiera sido capaz de dejar a Natasha en paz en el bar, por no mencionar todo lo que aquel canalla había hecho después, no quería sentirse responsable de haber herido gravemente a nadie. No era un hombre que disfrutara con la violencia. Y tampoco quería que aquel incidente se agravara. Sabía que era muy probable que él se llevara la peor parte. Aunque había sido Liam el que había comenzado la pelea, estaba malherido lo que le convertía en el malo de la película.
–No hace falta. Ya sé cómo está. Liam Crockett tiene la mandíbula rota, la nariz rota y una contusión.
–¡Maldita sea, le diste bien! –dijo Mack.
–¿Qué le hiciste? –preguntó Dylan–. ¿Golpearle la cabeza contra el asfalto?
Rod ni siquiera estaba seguro. Todo había sucedido muy rápido y, cuando alguien le presionaba, él peleaba para ganar.
–La verdad es que no me acuerdo. Salí disparado de la moto, me levanté, vi que venía hacia mí y… perdí la cabeza. Pero no habría pasado nada de esto si él no se lo hubiera buscado.
–A lo mejor, dentro de unos días podemos enterarnos de su versión –le informó Dylan–. Esta mañana he hablado con Bennett. Le he llamado en cuanto Grady me lo ha contado todo. Ni siquiera va a tomar declaración a Liam hasta que no salga del hospital.
–¿Y cuándo saldrá? –preguntó Rod.
–El martes o el miércoles –contestó Dylan–. Por lo menos eso es lo que me ha dicho su hermana, que es la que está con él.
–Ese idiota no debería haberme sacado de la carretera.
–No creo que vuelva a cometer ese error –contestó Dylan con ironía–. Llámame cuando te hagas la radiografía.
Dylan tenía sus propias preocupaciones últimamente. Su hijo Kellan tenía ya casi dieciocho meses. Dylan estaba loco por él, pero Rod sospechaba que jamás dejaría de cuidar de sus hermanos. Su padre había salido de prisión y estaba viviendo en la casa familiar junto con su esposa y la hija de esta, pero no había reemplazado a Dylan. Dylan había estado ejerciendo de padre durante demasiados años como para abandonar de un día para otro aquel papel.
De hecho, Rod consideraba que era una suerte que Dylan continuara interesándose por ellos. Su padre, incluso tras salir de prisión, era más una carga que una ayuda.
–De acuerdo –cedió Rod a regañadientes–. Pero a lo mejor tardas en tener noticias mías. Ya sabes cuánto se tarda en el hospital.
–Cheyenne puede ir con Kellan a acompañarte –le ofreció Dylan.
–Kellan no tiene por qué estar en la sala de espera de un hospital –dijo Rod.
–Pueden hacerte compañía y ayudarte a pasar el rato.
Mack le interrumpió y alzó la voz para que Dylan pudiera oírle.
–¡Eh, Dylan, si crees que así la espera se le hará más corta, puedes mandarle un camión de juguete!
Rod le dirigió a Mack otra mirada de advertencia por ser tan imbécil, pero le dijo a Dylan:
–La edad te está ablandando, Dylan. ¿Sabes? Cada vez nos tratas más como si fuéramos unas niñitas.
–Lo único que quiero es asegurarme de que vuelvas pronto al trabajo –le espetó Dylan.
–Eso está mejor –bromeó Rod, y colgó.
–Así que, si Dylan te lo pide, vas al hospital, pero si te lo pido yo, no.
–Si Dylan me lo pidiera, caminaría sobre el fuego, y tú también – respondió.
Por lo que a Rod se refería, Dylan se lo había ganado con creces.
India había intentado llamar al detective Flores tres veces y en las tres ocasiones se había activado el buzón de voz. Quería hablar con él. Pero cuando vio su número en la pantalla, respiró hondo. Eran muchas las cosas que necesitaba que le contara, y muchas las cosas que él parecía incapaz de decirle. La decepción que había supuesto para India el fallo de la Justicia y la falta de información por parte de la policía era devastadora. A veces tardaba días en recuperarse.
–India, soy el detective Flores, ¿cómo estás?
Siempre se mostraba amable y cariñoso con ella. Pero India no confiaba en los ánimos y las esperanzas que su tono sugería. Había empleado el mismo tono el día que le había dicho que los análisis realizados en el escenario del crimen no habían mostrado ningún resto del ADN de Sebastian en su casa, y también el día que le había dicho que la mujer de Sebastian, a pesar de cómo la había tratado, estaba dispuesta a proporcionarle una coartada.
–Estoy bien. Mejor –hasta cierto punto era cierto.
Había momentos muy buenos, normalmente, cuando estaba trabajando, o cuando pensaba agradecida que todavía conservaba a su hija. En otras ocasiones, fluían los recuerdos, o echaba tanto de menos a Charlie que apenas podía respirar. Después comenzaban las preguntas. ¿Se habría salvado si hubiera llamado a la policía? ¿O Sebastian la habría matado, como había dicho que haría?
–Me he mudado a Whiskey Creek y he instalado el taller en un porche cubierto con vistas a un río –le dijo–. Es un lugar muy bonito.
–Parece que no tardarás en abrir tu taller de artesanía.
–Eso espero, en cuanto encuentre un local adecuado.
–No sabes cuánto me alegra saber que estás siguiendo adelante con tu vida.
India se encogió al pensar en el error que había cometido con Rod Amos la noche anterior. ¿Sería una señal de que estaba haciendo progresos o el síntoma de una recaída? El detective Flores se quedaría de piedra si supiera de su conducta; de hecho, le sorprendería a cualquiera que hubiera conocido a la persona en la que se había convertido tras ganar un poco de autoestima y cambiar su vida, y eso incluía a los padres de Charlie.
–Gracias, ¿cómo estás?
–Ocupado, como siempre. Ahora mismo mi mujer y mis hijos están en Disneyland. Se suponía que debería haberles acompañado, pero ha surgido algo en el trabajo. Con un poco de suerte, podré reunirme mañana con ellos.
–Trabajas mucho, afortunadamente para todas las personas que estamos relacionadas con los casos que llevas.
Pero ojalá pudiera hacer algo más. Era un hombre tan amable que a India le dolía pensar en esos términos, pero era cierto. Había visto con sus propios ojos lo difícil que podía llegar a ser demostrar la culpabilidad de alguien, incluso cuando ese alguien había cometido un crimen horroroso y se contaba con un detective inteligente para investigar el caso.
–Te agradezco que me lo digas. Supongo que llamabas para tener noticias del próximo juicio de Sebastian.
–Sí.
Quería saber cuándo se iba a celebrar, aunque no estaba segura de que quisiera asistir. El primer juicio había dominado su vida entera tras la muerte de Charlie, con tantas esperas, dudas y preparativos. Después había tenido que testificar y escuchar los testimonios de todo el mundo, incluyendo el de su irritante esposa, que había sido llamada por la defensa.
Ella tendría que volver a testificar, por supuesto. No había manera de evitarlo y tampoco quería hacerlo. Tenía que cumplir con su obligación, tenía que hacerlo por Charlie. Pero no quería tener que estar sentada en el tribunal un día sí y otro también, contemplando todas aquellas fotografías terribles del hombre al que amaba. La mañana en la que el primer juicio había terminado sin que el jurado hubiera llegado a un acuerdo había sido casi tan dolorosa como el día que habían disparado a Charlie.
La perspectiva de tener que pasar por todo aquello por segunda vez era demasiado sobrecogedora como para considerarla siquiera.
Eso no significaba que no quisiera mantenerse al tanto de todo lo que ocurría. Solo cuando supiera que Sebastian entraba de nuevo en prisión, y en aquella ocasión para pasar allí el resto de sus días, se sentiría a salvo.
–Sí, ¿cuándo se celebrará el juicio? ¿Lo sabes?
En cuanto fijaran una fecha, tendría un motivo real para llamar a sus suegros y podría plantearles la posibilidad de que Cassia volviera con ella antes del mes de julio. India había escapado de San Francisco y de todos aquellos lugares que le recordaban a Charlie. Contaba con un nuevo escenario para empezar desde cero y con la promesa de una nueva vida, pero en aquel momento estaba demasiado sola. Pensó que aquella era la razón por la que estaba tan inquieta y se aferraba a desconocidos como Rod Amos, un hombre que no tenía el menor motivo para preocuparse por lo que pudiera pasarle.
–El fiscal del distrito me llamó hace un par de días –dijo Flores.
India se clavó las uñas en la palma de la mano. Podía sentirlo. Sabía que, una vez más, iba a sufrir una gran decepción
–¿Y?
–No son buenas noticias.
–¡No me digas que ha cambiado de opinión!
–Me temo que sí. Ni siquiera quiere intentar volver a juzgar a Sebastian por miedo a que el Estado pierda el juicio. Ha decidido esperar a que tengamos más pruebas.
Incapaz de continuar de pie, India se dejó caer en una silla.
–¿Y eso qué significa?
–Significa que continuaremos investigando y cuando tengamos más pruebas le llevaremos a juicio.
–Pero no tenemos la seguridad de que vayamos a encontrarlas.
El detective vaciló un instante.
–No.
–Entonces… vas a dejar que salga de prisión.
–Hemos tenido que liberarle, India. No podíamos retenerle una vez se retiraron los cargos.
–¿Está fuera y no me lo dices hasta ahora?
–Quería decírtelo, pero… sabía lo doloroso que iba a resultar para ti.
–¡Es mucho más que doloroso! Puede volver a localizarme. ¿Y Cassia? Él sabe que ella es la razón por la que no me fui con él cuando intentó arrastrarme aquella noche. La próxima vez no correrá ningún riesgo. ¡La matará!
–Comprendo tu dolor y tu miedo –respondió–. Pero, por favor, intenta comprender nuestro dilema. Si volvemos a juicio y Sebastian es declarado inocente, no podremos volver a juzgarle. Hemos hablado sobre ello largo y tendido. Después de lo que ocurrió con el último jurado, pensamos que es más inteligente esperar a construir un caso más sólido.
India se sintió como si acabaran de pegarle un tiro a ella. Por terrible que hubieran sido los últimos once meses, por lenta que hubiera sido la Justicia, siempre había tenido fe en que, al final, Sebastian sería declarado culpable. ¿Cómo era posible que no hubiera sido así? ¡Ella le había visto disparar a Charlie! ¡Sabía quién era el responsable de lo que había ocurrido!
Dejó caer la cabeza entre las manos.
–¿Qué posibilidades hay de que aparezca otra prueba? Las que tenemos son todas muy débiles, siendo generosa. Eso significa que a lo mejor nunca tiene que responder por lo que hizo.
A sus palabras le siguió un largo silencio. Al final, el detective Flores se aclaró la garganta.
–Espero que ese no sea el caso –dijo–. Y tenemos que aferrarnos a la esperanza. Es la única manera de conservar la cordura cuando nos estamos enfrentando a algo tan terrible. Podrían cambiar muchas cosas, India. Esto todavía no ha terminado.
Pero él no había conseguido nada. ¿Cómo iba a confiar en lo que le decía?
–No vas a encontrar más pruebas en la casa –le aseguró–. La registrasteis y no se encontró nada. Ahora ya la he vendido. Conseguisteis un registro de todas sus llamadas. Buscasteis en su casa y en su coche y no encontrasteis nada. ¿Qué posibilidades hay de que en un futuro aparezca una prueba que haga más sólido el caso?
–A lo mejor recibimos información por parte de algún vecino que todavía no ha declarado nada, o alguien encuentra la pistola. Incluso es posible que su esposa le abandone. Si eso ocurriera, ella podría cambiar la historia. Es algo que he visto en muchas ocasiones. Si ella admite que Sebastian salió aquella noche, si admite que no estuvieron juntos, a lo mejor conseguimos que le acusen de asesinato.
–¡Sebastian disparó a Charlie! –insistió India–. ¡Yo estaba allí!
–Te creo. Sin embargo, con tu pasado y con los errores que cometiste en tu juventud…
No terminó la frase. India sabía que no quería sacarlo a relucir en aquel momento, pero la defensa de Sebastian había hundido su reputación. La habían descrito como una mujer en la que no se podía confiar, como alguien capaz de seducir a Charlie y asesinarle después para quedarse con su dinero y con el dinero de su seguro de vida.
Pensar en todas aquellas cosas que habían salido a la luz cuando estaba testificando la hizo sentirse enferma, sobre todo porque sus suegros estaban también en la sala del tribunal, con la mirada clavada en ella. Jamás olvidaría la expresión de su suegra cuando la defensa había declarado que la esposa de Charlie era la persona que más beneficios podía obtener de su muerte.
–No tuve el apoyo de mis padres de pequeña –le explicó–. Mi madre era una mujer con buenas intenciones, pero necesitaba trabajar en dos sitios diferentes para que pudiéramos tener un techo sobre nuestras cabezas. Y mi padre era un alcohólico al que atropelló un coche al salir de un bar cuando yo tenía siete años. Tuve una adolescencia salvaje, y también una primera juventud terrible. Me junté con gente que no debía. Estuve saliendo con el hombre equivocado. Pero cuando conocí a Charlie dejé todo eso atrás y comprendí lo que de verdad quería hacer con mi vida.
–Lo comprendo, la gente cambia. Aun así, tu pasado no queda nada bien sobre el papel. Fuiste la pareja del líder de una banda de moteros y conducías el coche con el que escapó Sebastian tras robar una tienda de licores.
–¡Sebastian no me dijo que iba a robar esa tienda! ¡Yo pensaba que había ido a comprar un paquete de tabaco!
–El dinero puede ser el móvil de un crimen.
Las lágrimas comenzaron a rodar por su rostro y a caer en su regazo.
–Además está obsesionado. ¡Sebastian estaba obsesionado conmigo!
–Eso lo comprendo –se mostró de acuerdo–. Pero lo que necesitamos son pruebas, no motivaciones.
Charlie estaba muerto y, aun así, Sebastian era libre de ir a donde quisiera. ¿Cómo era posible?
–¿Y si Sebastian al final descubre dónde vivo? –preguntó–. ¿Y si se presenta otra vez en mi casa?
–Me gustaría poder tenerle tras las rejas –dijo el detective–, pero no puedo.
India se alegró de que Flores no le recordara que había sido ella la que le había dado a Sebastian su teléfono la noche que había disparado a Charlie. Lo había hecho por compasión, con intención de ayudar a un antiguo amigo que se había sometido a un proceso de rehabilitación. Jamás se le habría ocurrido pensar que interpretaría de otra manera aquel gesto, que intentaría reconciliarse con ella. «Jamás seré feliz sin ti», le había dicho aquella noche.
Así que había decidido que tampoco lo fuera ella.
–¿Has hablado con los Sommers? –le preguntó con un hilo de voz.
–Todavía no. He estado intentando encontrar la mejor manera de darte la noticia. Sabía cómo te ibas a sentir.
Se sentía como si no hubiera justicia en el mundo. Así era como se sentía. Y estaba también la sensación de impotencia. ¿Qué iba a pasar? ¿Cómo iba a poder defenderse, o defender a Cassia, si Sebastian las localizaba?
–No creo que vuelva a molestarte –estaba diciendo el detective–. Sería una locura que volviera a arriesgar su libertad otra vez.
–Lo dices porque esta vez ha conseguido librarse. Pero los delincuentes lo hacen constantemente. Les das una segunda oportunidad y vuelven a delinquir, ¿o no tengo razón?
–Si yo estuviera en tu lugar, contrataría un sistema de seguridad. Y me mantendría vigilante. Pero intenta que esto no arruine tu paz mental.
India no pudo menos que echarse a reír. ¿Lo diría en serio? Podía poner todas las alarmas del mundo, pero si Sebastian estaba decidido a localizarla, eso no se lo impediría. Lo único que tendría que hacer sería seguirla hasta la escuela infantil de Cassia o a cualquier tienda, donde estaría completamente indefensa.
–¿India? –preguntó el detective Flores ante la falta de respuesta.
No podía contestar. ¿Qué podía decir? Habían soltado a Sebastian y la estaba buscando. Había testificado contra él. En el mundo de Sebastian, no había un pecado mayor, no había mayor traición.
–¿Cuándo? –le preguntó mientras se secaba las mejillas.
–¿Cuándo qué? –preguntó el policía.
–¿Cuándo le soltasteis?
Se produjo otro largo silencio tras el que el detective contestó:
–Ayer.
A partir de ese momento, India dejó de desear que Cassia regresara. No quería tenerla a su lado cuando podía estar mucho más segura con sus padres.
Eso significaba que Sebastian no solo le había hecho perder a Charlie. Le estaba costando también perder a Cassia.
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