Después de Pearl Harbor
4. «¡Eso no son B-17! ¡Son japoneses!»
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«¡Eso no son B-17! ¡Son japoneses!».
Rondaban las siete de la mañana aquel lunes —hora del desayuno en Wake— y el sargento del Estado Mayor del Ejército Ernest Rogers estaba hambriento. Y también algo aburrido. Bostezó y se desperezó, deseando que el marine que supuestamente debía llevarlo al comedor del Campamento Uno se apresurara.
Cuando oyó aproximarse la motocicleta del conductor, Rogers se levantó de la silla, situada frente a una de las dos emisoras de radio del camión en el que trabajaba. El camión tenía las dimensiones aproximadas de una caravana pequeña, y se hallaba solo en un lugar apartado cerca del aeródromo. No se avistaba nada más cerca de allí, salvo por el camión que contenía el abultado radiotransmisor del destacamento del Ejército, que estaba aparcado a unos ciento cincuenta metros.
En aquel momento, el equipo de radio portátil del Ejército era uno de los cuatro puestos de recepción y emisión de Wake. El que había montado para el VMF-211 el comandante Bayler, el especialista en comunicaciones de los marines que se encontraba allí de visita, estaba a cierta distancia, pero también al borde del aeropuerto. La emisora de la Armada estaba ubicada cerca del Campamento Dos, y Pan Am contaba con unas instalaciones radiofónicas propias en la isla de Peale.
Rogers se había unido al Ejército en julio de 1939, después de ser despedido de su trabajo como telegrafista para Western Union en su Virginia natal. Había disfrutado de su destino en Hawai, pero Wake era harina de otro costal. Desde su llegada, él y los demás miembros de su equipo de comunicaciones del Cuerpo Aéreo del Ejército habían pasado gran parte del día frente a los receptores. Ahora mismo, Rogers era el único telegrafista de servicio, pero su turno de ocho horas había terminado y debía ser relevado por el sargento James B. Rex, que viajaba de pasajero en la motocicleta que se aproximaba. El sargento del Estado Mayor Clifford Hotchkiss, el miembro más longevo del equipo y el hombre que dirigía la base del Ejército, dormía en el camión.
Ninguno de los tres había mostrado entusiasmo por el trabajo en Wake cuando se lo ofrecieron por primera vez el 25 de octubre. Pero los cuatro dólares diarios que percibirían durante su estancia, sumados a su salario habitual —con un adelanto de treinta días de sueldo— fueron suficiente para convencer a Rogers y Rex de que emprendiesen el viaje. Hotchkiss había cerrado un acuerdo todavía mejor. Además de la paga diaria adicional, le prometieron un ascenso a brigada cuando se reincorporara a su unidad.
Llevaban en Wake desde el 11 de noviembre, y su único quehacer consistía en ofrecer indicaciones a los vuelos ocasionales de B-17 que sobrevolaban el lugar de camino a Filipinas. Era una misión tediosa, y el capitán Henry Wilson, su oficial al mando, no facilitaba las cosas. Wilson era un nervioso reservista de mediana edad perteneciente al Cuerpo de Transmisiones del Ejército que había trabajado como funcionario del Servicio de Aduanas estadounidense hasta que fue llamado a filas unas semanas antes, y su inseguridad era manifiesta. El capitán siempre parecía inquietarse o montar en cólera por algo, y Hotchkiss despotricaba con frecuencia a sus espaldas, tachándolo de torpe y de molesto.
Al menos un 95 por 100 del tiempo, las tareas de los operadores consistían en permanecer sentados en el camión, escuchando la radio y esperando mientras las horas iban desgranándose lentamente. No se habían avistado B-17 durante días, y sólo Dios sabía cuándo llegarían más. Los movimientos de los grandes bombarderos eran uno de los secretos mejor guardados del Ejército.
Rogers se disponía a quitarse los auriculares, pensando ya en la panceta humeante y los crep del comedor del Campamento Uno cuando escuchó el estridente pitido de un mensaje entrante llegado desde Hawai. Todo debía enviarse y recibirse mediante un transmisor manual; el equipo no incluía dispositivos de voz.
Los receptores, alimentados mediante un generador portátil, solían mantenerse en la misma frecuencia que Hickam Field, la base aérea del Ejército más cercana, que se hallaba contigua a Pearl Harbor. La mayoría de los mensajes provenientes de Hickam llegaban en un código militar que sólo el capitán Wilson podía traducir, así que a Rogers le pareció extraño que éste viniera en un clarísimo y sencillo morse.
«¡Alguien se va a meter en un lío por esto!», fue lo primero que pensó.
Rogers descifró la transmisión sin dificultad, y sintió cómo un escalofrío le recorría la nuca:
S-O-S… S-O-S… Pearl Harbor está siendo atacado por bombarderos japoneses… Esto es real… No es un simulacro…
El mensaje cesó de repetirse justo cuando el sargento Rex entraba en el camión. Permaneció allí de pie un momento, con una expresión confusa en su rostro, y entonces se acercó y miró por encima del hombro de Rogers. Antes de que éste pudiera terminar de mecanografiar las palabras en su teclado, la transmisión se vio interrumpida y el receptor quedó en silencio.
Rex leyó el mensaje al instante y cogió el teléfono. No había conexión telefónica con el Campamento Uno, pero tuvo el aplomo de llamar a Hotchkiss, que se encontraba en el camión de transmisiones, y despertarlo. Como suboficial del destacamento, no se le ocurrió nada mejor.
«No me puedo creer que sea cierto», balbuceó Hotchkiss medio amodorrado, «pero dígale a Rogers que lleve el mensaje a Wilson a paso ligero».
Rogers sacó el papel de la máquina y echó a correr. Cuando se montó en el sidecar de la motocicleta, su corazón palpitaba con fuerza, y su apetito había desaparecido súbitamente.
Si su chófer se hubiese personado treinta segundos antes, pensaba Rogers, él ya habría salido por la puerta y se dispondría a desayunar cuando llegó el mensaje, y tal vez éste habría pasado desapercibido.
«Písele», espetó. «Tengo prisa». Se preguntaba si debía mencionar el mensaje al marine, pero decidió que no. Recientemente se habían producido varias falsas alarmas y Rogers no quería hacer saltar una más.
El marine dio gas. «De acuerdo, de acuerdo», repuso. «Dios, parece que no haya probado bocado en una semana».
«No es eso», dijo Rogers. «Tengo que ver al capitán Wilson. Vámonos».
La moto avanzó por la angosta carretera de coral.
En ese mismo momento, el comandante Cunningham estaba terminándose su café en el comedor del Campamento Dos, al otro lado de la laguna. Mientras desayunaba, vio al clíper de Pan Am partir hacia Guam, y luego pasó algunos minutos leyendo una hoja mimeografiada de noticias sobre la guerra en Europa recabadas de algunas emisiones radiofónicas nocturnas de Hawai.
Al salir en aquella cálida y nubosa mañana y dirigirse hacia su camioneta pickup, Cunningham vio a alguien corriendo hacia él. Aunque Cunningham ignoraba su nombre, se trataba del operador de tercera clase John B. Anderson, un soldado que prestaba servicio en la choza que albergaba la radio de la Armada. Anderson agitó los brazos y gritó algo que Cunningham no pudo descifrar entre el incesante rumor del oleaje.
Anderson estaba colorado y resollaba fuertemente. Tropezó y a punto estuvo de caerse, pero recuperó el equilibrio. Cunningham cogió la desmenuzada hoja de papel que le tendió el operador y leyó las cinco palabras que había escritas en ella:
«Pearl Harbor está siendo atacado».
«Acaba de llegar», dijo Anderson, tratando de recobrar el aliento. «El operador de Pearl no dejaba de repetir: “Esto no es un simulacro, esto no es un simulacro”».
El soldado de primera clase Richard Gilbert, un chico de campo originario de Alabama, intentó por todos los medios llegar temprano al comedor del Campamento Uno aquel lunes por la mañana, pues siempre estaba hambriento. El día anterior, uno de los cocineros le había avisado de que servirían crep, su desayuno predilecto. Desde ese momento, el joven marine había estado relamiéndose ante la expectativa.
«Es curioso lo que te queda grabado en la mente», observaba Gilbert décadas después, «pero lo que más recuerdo de aquel día son esos crep. Estaban riquísimos. Me comí once chismes de aquéllos —de los grandes, casi cubrían el plato— y disfruté de cada bocado. Todavía me siento afortunado por haberme zampado tantos crep como pude digerir aquella mañana. Muchos ni siquiera desayunaron».
Puede que a sus dieciocho años recién cumplidos Gilbert fuese uno de los marines más jóvenes destacados en Wake y, según sus propias palabras, fue «el chico más feliz del país» el día en que sus padres firmaron para permitirle alistarse a principios de abril de 1941. Estaba harto de labrar la tierra por cincuenta centavos diarios, y el salario de veintiún dólares mensuales de un marine —además de toda la comida y la ropa— casi parecía demasiado para ser cierto.
Cuando se levantó con pesadez de la mesa, Gilbert oyó el sonido de una corneta tocando algo que no pudo identificar, y salió a toda prisa para sumirse en un mar de confusión. Algunos hombres correteaban de un lado a otro, recogiendo sus pertrechos, otros seguían con sus tareas, y otros miraban en derredor con semblante confuso y vacilante.
Minutos después, cómodamente ahíto pero con un leve aturdimiento, Gilbert se encontraba dando tumbos en la parte trasera de un camión que se dirigía a su puesto en el telémetro de uno de los cañones de 120 mm, sito en Peacock Point, el extremo más oriental de Wake. Todavía no estaba seguro de qué sucedía, pero alguien le dijo que la guerra había comenzado.
El comandante Devereux se estaba afeitando cuando el capitán Wilson irrumpió en su tienda de campaña sin molestarse en llamar y le entregó el trozo de papel que el sargento Rogers le había puesto en las manos unos momentos antes.
Devereux leyó el mensaje sin mediar palabra. Frunció el ceño mientras se limpiaba la espuma de la cara con una toalla y cogió el teléfono. No obtuvo respuesta en la oficina de Cunningham, así que llamó a la base aeronaval.
«¿Han recibido el mensaje urgente de Pearl Harbor?», demandó.
«Sí, señor», respondió el operador. «Está siendo descodificado ahora mismo».
Devereux no precisaba más verificaciones. Corrió a su oficina, situada a unos cincuenta metros de distancia, llamando al pasar frente a una tienda de campaña al músico de primera clase Alvin Waronker, el corneta del batallón.
En el despacho, el brigada Paul Agar ya estaba sentado a su mesa. Cuando se disponía a dar los buenos días, el comandante le interrumpió.
«Ya ha comenzado», anunció Devereux. «Los japoneses han atacado Pearl Harbor».
Agar se quedó boquiabierto. «No me lo puedo creer», musitó.
Waronker entró a toda prisa. «Toque la llamada a las armas», le ordenó Devereux.
El comandante siguió al corneta afuera y observó cómo éste soplaba las primeras notas, temblorosas y desafinadas. Como sabían todos en la guarnición, Waronker no era un gran intérprete, y lo que estaba tocando no se asemejaba en demasía a zafarrancho de combate.
Devereux echaba chispas al ver que muchos de sus hombres se tomaban su tiempo para acabar lo que estaban haciendo. Tampoco ayudó que sólo dos días antes hubiesen realizado su primer simulacro de zafarrancho de combate en seis semanas. Como Devereux pudo apreciar, sus hombres creían que era sólo otro ensayo. La mayoría de ellos seguían riendo y haciendo el payaso mientras recogían sus equipos. Cuando los camiones se pusieron en marcha para conducirlos a sus posiciones de artillería, algunos partieron sin la munición de rifle que les habían entregado unos días antes para emergencias de esta índole.
«¡Esto no es un simulacro!», bramó Devereux. «¡Esto no es un simulacro! ¡Hagan correr la voz!».
Algunos lo miraron boquiabiertos durante un segundo antes de caer en la cuenta. Entonces se levantaron todos apresuradamente, tratando de coger todo lo que sus manos les permitían, tropezando unos con otros y corriendo como una exhalación hacia los camiones.
En el espacio de un minuto o dos se corrió la voz por todo el Campamento Uno y se desató el caos. Los estridentes gritos de los sargentos de sección se imponían al sonido del mar: «¡Esto no es un simulacro! ¡Esto no es un maldito simulacro!».
A Wiley Sloman la escena le pareció salida directamente de [6] Keystone Cops. La
diferencia es que estaba ocurriendo de verdad y que él se encontraba justo en medio de todo aquello.
«El pobre Waronker era, sin lugar a dudas, el peor corneta del Cuerpo de Marines, y nunca sabías con certeza qué diablos estaba tocando», recordaba Sloman. «Oí la corneta mientras desayunaba y enrollé una salchicha con un crep, cogí tres cananas de munición y eché a correr hacia mi tienda de campaña. Pero cuando llegué allí, el viejo músico debió de confundirse, porque juro que empezó a tocar a incendio». El sargento Henry Bedell también lo creyó así, y gritó: «¡Coged las palas!».
Sloman entró corriendo a la tienda para obedecer la orden de Bedell, un irascible militar con veinte años de experiencia y una voz que parecía una sierra circular golpeando un clavo, y salió con la pala en una mano y el rifle en la otra. Pero en medio de la confusión olvidó el casco. No se percató de que no lo llevaba hasta que se encontraba a medio camino de su puesto de batalla en la isla de Wilkes, y nunca tuvo la oportunidad de volver al Campamento Uno. «Si lo hubiera pensado», dice, «probablemente habría cogido otro casco en alguna parte, pero no lo hice».
A pesar del caos, la mayoría de los miembros de la guarnición se encontraban en sus puestos de batalla asignados menos de cuarenta y cinco minutos después de que el capitán Wilson irrumpiera en la tienda de Devereux. A las ocho de la mañana, los comandantes de los puestos defensivos repartidos por la isla telefoneaban para comunicar que estaban «preparados». Las únicas excepciones notables eran Sloman y los otros marines destinados a Wilkes, que tuvieron que ser transportados en grupo hasta sus puestos al otro lado del canal. Las dificultosas corrientes pusieron trabas, como de costumbre, lo cual acrecentó la demora, pero alrededor de las 8.45 todos los marines de las tres islas se encontraban donde se suponía que debían estar.
Sin embargo, esto era poco consuelo para Devereux. Todavía quedaban centenares de cabos por atar, y prácticamente no quedaba tiempo para hacerlo. La oficina provisional del comandante estaba atestada de gente formulando preguntas urgentes y buscando soluciones a problemas cruciales, y todos querían respuestas inmediatas.
Obviamente, no había suficientes refugios y suministros para todos. Se contaba sólo con un plan extremadamente rudimentario para abastecer a todos los puestos de avanzada con comida, agua y munición adicional. Algunas baterías todavía no se habían protegido por completo con sacos de arena. Debían verificarse las comunicaciones y tenderse líneas alternativas. Luego estaba el personal de la Armada y el Ejército, que carecía de armas de cualquier clase, y también de máscaras de gas y cascos.
En medio de todo esto, Cunningham entró como un vendaval en el despacho de Devereux. El comandante de la isla parecía tan asombrado e incrédulo como todos los demás. Como describía más tarde Cunningham, parte de él le decía que no podía
ser cierto, y parte de él le reiteraba que sí lo era[7].
«Veo que ya lo sabe», dijo a Devereux. «¿Puedo hacer algo?».
«Que yo sepa nada ahora mismo», respondió Devereux.
«Mi puesto de mando estará en el Campamento Dos», informó Cunningham.
«De acuerdo», contestó Devereux. «Yo trasladaré el mío al bosque en cuanto podamos montar una centralita».
Cunningham salió de nuevo a galope. Desde su despacho ya había alertado al comandante Putnam, del VMF-211, y aprobó el plan de este último, que pretendía hacer despegar de inmediato a cuatro de sus Wildcat. Putnam había dispersado el resto de aparatos tan bien como pudo, pero se encontraban en campo abierto en la zona de estacionamiento del aeródromo, a menos de cincuenta metros de distancia unos de otros. Los aviones estaban apiñados en unos tres kilómetros cuadrados, ya que no había espacio para separarlos más.
Cunningham también había llamado al director de Pan Am, John Cooke, y lo apremió a ordenar que el clíper destinado a Guam, que había partido unos minutos antes, regresara a Wake. Si proseguía su ruta, se adentraría directamente en el territorio de las fuerzas japonesas en las Marianas.
Cuando Cunningham colgó el teléfono, el director de construcción de CPNAB, Dan Teters, abrió la puerta del despacho. Era la primera vez que se veían cara a cara.
«Soy Dan Teters», anunció el fornido irlandés. «¿En qué puedo ayudarle?».
Cunningham, Teters y el capitán de corbeta Elmer Greey, el segundo oficial de mayor rango destinado por la Armada a Wake, pronto aunaron esfuerzos. Más de ciento cincuenta civiles, algunos de ellos excombatientes como el propio Teters, se habían preparado voluntariamente para trabajar y luchar junto a los marines en caso de emergencia. Ahora, Teters se ofrecía para reunir a todos estos voluntarios y ponerlos a disposición de Devereux.
Pero, increíblemente, Cunningham parecía incapaz de librarse de unas prioridades vigentes en tiempos de paz que ahora resultaban irrelevantes. Nadie había revocado todavía las órdenes del almirante Claude Bloch, superior inmediato de Cunningham, que dictaban que nada debía interferir en las labores de la base aeronaval, así que Cunningham se mostró dubitativo.
A la postre, permitió a Teters seguir adelante y congregar a los voluntarios, pero le advirtió que lo hiciera con discreción para que los demás civiles no tuvieran conocimiento de ello. La decisión de Cunningham supuso que casi mil trabajadores no se verían afectados por la noticia del ataque a Pearl Harbor y continuarían trajinando como si nada.
Felizmente ajenos a lo acaecido, el civil Glenn Newell y su hermano Emmett se dirigieron a sus proyectos asignados como cualquier otro día. Después de criarse en un rancho de ganado situado al norte de Boise, Idaho, los dos habían optado por profesiones distintas: Glenn era soldador y Emmett carpintero. Emmett se alistó primero para trabajar en Wake, y luego convenció a Glenn para que lo acompañara. El 8 de diciembre, Glenn se encontraba con una cuadrilla instalando tuberías de cemento para el alcantarillado de Peale, y Emmett trabajaba cerca de allí en uno de los nuevos edificios de la base aeronaval.
Cunningham creía que, por el momento, la dispersión que conllevaba el trabajo de los civiles era suficiente protección. Su decisión de no desvelarles la situación se tomó apresuradamente y sin demasiado tiempo para sopesar los pros y los contras. Sin duda, contaba con que las patrullas de los cuatro Wildcat del VMF-211 alertarían con tiempo suficiente de cualquier peligro para que los trabajadores buscaran cobijo.
Fue un error de cálculo desastroso.
Entonces, el comandante de la isla se montó en su camioneta pick-up y pasó la hora siguiente recorriendo la isla de Wake para comprobar por sí mismo que el grado de preparación del aeropuerto y varias defensas era el más alto posible.
A las ocho de la mañana, Waronker se hallaba frente al asta del Campamento Uno e interpretó Morning Colors mientras se izaba la bandera de Estados Unidos sobre el campamento, un ritual diario que se llevaba a cabo en las instalaciones de los marines repartidas por todo el mundo. En esta ocasión, la mayoría de los marines se encontraban en sus puestos o de camino a ellos, y la audiencia de Waronker era reducida.
Sin embargo, los que permanecían allí presenciaron algo que nunca antes habían visto. La incapacidad de Waronker para tocar bien Colors era motivo de burla en el batallón. Pero en aquella primera mañana de una guerra repentina, el «peor corneta del Cuerpo de Marines» interpretó las nítidas y escuetas notas con una perfección impecable y conmovió profundamente a quienes las escucharon. En palabras de Devereux: «Se te hacía un nudo en la garganta al oírlo». También fue la única vez que ocurrió.
En la emisora de radio del Ejército, el sargento Rex se movía con impaciencia cuando llegaron el capitán Wilson y el sargento Rogers.
Rex suspiró aliviado cuando los vio. Tenía una sugerencia irrefrenable, y la soltó en el preciso instante en que Wilson entró en el camión.
«Me temo que aquí, tan cerca del aeródromo, nuestro transmisor está demasiado desprotegido, señor», dijo Rex. «Creo que deberíamos trasladar el camión a otra parte».
Wilson lo meditó un minuto. «¿Qué ubicación tiene en mente?».
«Algún lugar del bosque donde no pueda ser visto desde el aire».
Wilson asintió. «Usted y Rogers vayan hacia allí», dijo.
La idea era simple y algo que ningún oficial de una zona de combate hubiera tenido que pensarse dos veces en un estadio más avanzado del conflicto. Pero si Rex no lo hubiese mencionado, la población tal vez habría sido ajena a la historia de la defensa de Wake hasta el final de la guerra. «De no haber trasladado el equipo cuando lo hicimos», rememoraba Rogers, «aquella tarde no habría quedado ni rastro de él».
Aunque aquella mañana andaban muy atareados, sólo algunos hombres desplegados en Wake estaban preparados, ya fuera física o psicológicamente, para lo que había de sobrevenir. Pese a los informes sobre el ataque a Pearl Harbor, todavía reinaban sentimientos de irrealidad —y escepticismo— entre los marines.
«Esto tiene que ser una metedura de pata enorme», protestaba el teniente Clarence Barninger, el fiero comandante de la batería de 120 mm apostada en Peacock Point, mientras estudiaba el océano desierto a través de un telescopio. «Esos cerdos no han tenido agallas para atacarnos».
Excepto por algunos veteranos con experiencia previa en el combate, nadie en Wake —militar o civil— se había encontrado jamás bajo el fuego enemigo, y mucho menos había sido blanco de una razia aérea. En su mayoría ignoraban la asombrosa fuerza destructiva que podía desplegar la aviación militar moderna.
En el aeródromo, el comandante Putnam lidiaba con un dilema martirizante: sacar sus aviones de la zona habitual de estacionamiento significaba empujar cada uno de los Grumman, con 1135 kilos de peso, sobre un terreno accidentado y correr el riesgo de causar desperfectos. Dado que no se disponía de recambios, los aviones dañados eran, en esencia, aviones perdidos, lo cual hacía de su traslado una mala opción.
Por otro lado, tras una expedición de cuarenta y cinco minutos, Putnam había visto con sus propios ojos lo tentadores que resultaban sus aviones mientras atravesaba las nubes que coronaban el aeropuerto. Dejarlos allí era una invitación a sufrir contratiempos.
Era una situación en la que cualquier opción resultaba nefasta, pero como Putnam la contemplaba en calidad de comandante de escuadrón, sólo tenía dos alternativas igualmente aciagas y peligrosas: podía dejar los aviones donde estaban o correr el riesgo de moverlos a una zona más segura y deteriorarlos en el proceso.
Aparentemente, Putnam no barajó demasiado una tercera opción que, mirando atrás, parece demasiado lógica como para obviarla: hacer despegar más Wildcat. Esto podría haber brindado al menos una solución a corto plazo, pero, por el contrario, conteniendo la respiración y cruzando los dedos contó con que los terraplenes protectores que llevaban varios días en construcción se terminarían en breve. Los hombres que trabajaban en los terraplenes calculaban que estarían listos para empezar a recibir aviones no más tarde de las dos del mediodía. Otros hombres cavaban pozos de tirador y refugios antibombas a lo largo del perímetro del aeropuerto. También debían terminar a primera hora de la tarde.
En aquel momento rondaban las once de la mañana. Eso significaba que si el destino les concedía tan sólo tres horas más de gracia, buena parte de los aviones y el personal del escuadrón gozarían de cierta protección. No serían totalmente indemnes al peligro, pero al menos tendrían más posibilidades de sobrevivir a un ataque. Entretanto, Putnam mantuvo cuatro de los F4F-3 en el aire y otros tantos cargados de combustible, bombas y munición en posición de despegue, y rezó para que se le concediera algo más de tiempo.
En ese preciso instante, el capitán Henry Elrod dirigía la misión de patrulla, llevada a cabo por cuatro aviones, y los alférez Kinney y Davidson y el sargento Hamilton volaban con él. No obstante, una vez que hubieron alcanzado una altitud de 4000 metros, Elrod dividió la patrulla en dos secciones. Kinney y Hamilton pusieron rumbo al suroeste, hacia las islas Marshall, una posesión japonesa situada a unos 1000 kilómetros de distancia, mientras Elrod y Davidson viraban hacia el norte.
Putnam consideraba que las Marshall probablemente servían de base para los bombarderos enemigos que tenían a Wake como objetivo. Pero dado que ninguno de los Wildcat estaba equipado con dispositivos de búsqueda, Kinney tomó la determinación de limitar el alcance de la patrulla que se dirigía al sur a un máximo de cien kilómetros. Eso no dejaría mucho tiempo para alertar a la guarnición, pero parecía la única opción inteligente.
Una de las máximas preocupaciones de Kinney era asegurarse de que él y Hamilton encontraban el camino de vuelta a casa, así que mantenían el contacto visual. Gran parte del tiempo evitaban comunicarse por radio, con la esperanza de evitar las escuchas de cualquier barco o avión enemigo desplegado en la zona.
Cuando se disipó momentáneamente un denso banco de nubes, avistaron de súbito dos formaciones en V integradas por unos peculiares aviones que volaban unos 3000 metros por debajo de ellos. A su vez, descubrieron que las radios no funcionaban.
En ese momento, los aviones japoneses —parte de un escuadrón de veintisiete bimotores Mitsubishi «Nell» de doble cola pertenecientes al Grupo Chitose de la 24.a Flotilla Aérea de Japón— se encontraban unos cinco kilómetros al oeste de Wake. Segundos después, Kinney y Hamilton divisaron unas columnas de humo negro oleoso que se alzaban ominosamente entre las nubes.
Ésta era toda la confirmación que necesitaban Kinney y Hamilton. Prepararon las ametralladoras y salieron como una centella detrás de los aviones japoneses, que ahora se replegaban a toda velocidad. Pero los atacantes contaban con demasiada ventaja y los pilotos estadounidenses tuvieron que abortar la persecución.
Para entonces, aunque sus radios no hubiesen fallado, ya era demasiado tarde. En el aeródromo ya había sucedido lo peor.
Faltaban unos minutos para mediodía. En el hotel de Pan Am en Peale, los pasajeros del clíper recién llegado estaban comiendo y especulando sobre los posibles daños sufridos en Pearl Harbor. El piloto del clíper, un oficial de la Armada llamado John Hamilton, se encontraba en el embarcadero supervisando la descarga de material y preparándose para partir al cabo de unos minutos en una misión de reconocimiento a petición del comandante Cunningham.
El propio Cunningham estaba en su despacho, invadido todavía por lo que más tarde describió como «una extraña sensación de irrealidad» mientras barajaba ideas para mejorar las defensas de Wake, como sembrar de minas la pista de aterrizaje y amarrar una barcaza cargada de dinamita en el canal de Wilkes para impedir
incursiones de aviones o pequeños botes enemigos[8].
De repente oyó una explosión al sur. En principio creyó que se trataba de un accidente. Entonces oyó otra detonación, y otra, y otra.
Miró su reloj. Era casi mediodía. Se levantó de un salto y corrió hacia la amplia sala de planificación situada justo enfrente de su despacho.
En ese instante, las balas de una ametralladora trepanaron el tejado por encima de Cunningham. Vio a un trabajador civil esconderse debajo de una mesa cercana. Cunningham hizo lo propio.
A lo largo y ancho de las tres islas, desde Toki Point, en el extremo más occidental de Peale, a Peacock Point, en la punta oriental de Wake, los hombres miraron al cielo y sintieron cómo temblaba la tierra bajo sus pies. Sin embargo, la mayoría eran incapaces de comprender la terrible realidad que se desplegaba ante ellos.
«No lo olvidaré mientras viva», decía Frank Gross. «Me encontraba allí, charlando con el teniente Hanna junto a una de las ametralladoras, cuando alcé la vista y vi todos aquellos aviones surgiendo de entre las nubes, justo encima de nosotros».
Los aviones volaban rápido y a muy baja altura. Gross los señaló y preguntó en voz alta: «¿Qué son, B-17?».
«¿B-17?», gritó alguien a unos metros de distancia. «¡Eso no son B-17! ¡Son japoneses!».
Entonces, Gross vio cómo impactaba la primera bomba en el aeródromo.
Cerca de allí, en la Batería E de Peacock Point, el teniente William W. «Wally» Lewis, el comandante de la batería antiaérea de 120 mm, un militar de una serena profesionalidad, estaba al teléfono con Devereux cuando la primera formación de bombarderos sobrevoló la playa a gran velocidad.
«Comandante, se acerca un escuadrón de aviones desde el sur», dijo Lewis. «¿Son amigos?».
Justo entonces, alguien que andaba cerca de allí respondió: «Eh, están soltando el tren de aterrizaje».
«¡Son bombas!», gritó el cabo Robert Haidinger, a cargo del cañón número cuatro de la batería. «¡Abran fuego!».
Haidinger, originario de Chicago, había navegado por todo el mundo en barcos mercantes antes de unirse a los marines, y al instante demostró por qué sus compañeros lo consideraban una persona con iniciativa. Corrió tanto como pudo hasta llegar a su cañón, gesticulando y llamando a gritos a los tres miembros de su dotación, que se hallaban ocultos en unos arbustos cercanos. Negándose a esperar a los demás, empezó a cargar proyectiles en la recámara y realizó dos o tres disparos sin apuntar. Por supuesto, ninguno se acercó tan siquiera a los aviones atacantes.
Cerca de allí, varios marines disparaban a los bombarderos con sus rifles, un gesto igualmente fútil.
Aproximadamente unos dos kilómetros al oeste, en el bosque próximo a la pista principal del aeródromo, el sargento Ernie Rogers oyó el estruendo de los aviones y dejó de limpiar el Cosmoline gelatinoso de un rifle que le había entregado un marine momentos antes. Por encima del techo del camión receptor vio aviones, muchos aviones. De inmediato advirtió su peculiar forma, pero no se le pasó por la cabeza la idea de que fueran japoneses.
«Vaya», se dijo, «nunca había visto aviones estadounidenses de doble cola como ésos. Deben de ser nuevos».
Apenas un segundo después, Rogers distinguió los llamativos círculos rojos pintados en la parte inferior de las alas. También vio unos objetos oscuros caer desde los aviones. «¡Japoneses!», pensó. «¡Bombas!». Se zambulló entre los arbustos cuando las primeras explosiones rociaron el camión de polvo y fragmentos de coral.
El comandante Bayler, el especialista de radio de los marines, estaba a punto de almorzar en la tienda del escuadrón, situada en la pista de estacionamiento, a un extremo del aeródromo. Con él se encontraban Putnam y otros cinco pilotos del VMF-211: el capitán Tharin y los tenientes Graves, Holden, Conderman y Webb. En total había nueve personas, incluidos varios suboficiales, ganduleando bajo el toldo de la tienda de campaña y esperando la llegada de unos bocadillos, cuando oyeron lo que Bayler describió como «un profundo zumbido desde el cielo».
Se agolparon fuera y vieron dos formaciones en V integradas por grandes aviones que hendían el cielo a gran velocidad desde el sur. En un abrir y cerrar de ojos, los aparatos se encontraban justo encima de sus cabezas y, como muchos otros en aquel aciago mediodía en la isla de Wake, Bayler y sus compañeros de almuerzo tardaron en reconocer el peligro.
«Deben de ser nuestros B-17», comentó alguien con naturalidad.
Pero uno de los pilotos del grupo fue más avispado. «Dios mío, esos aviones no son nuestros», espetó. «¡Son japoneses!».
Eran exactamente las 11.58.
Bayler, un californiano educado en Harvard, tenía la hora precisa grabada a fuego en la memoria porque había consultado su reloj un segundo antes. Salió como una exhalación de la tienda y corrió tanto como pudo. Mediaban unos sesenta metros entre la tienda de campaña y el cobijo que proporcionaban los confines del bosque. Bayler lo consiguió. Se refugió entre la maleza, se abrazó a un pequeño árbol y apretujó su rostro contra la tierra mientras las bombas de fragmentación de 45 kilos sacudían el lugar.
Frank Holden y «Spider» Webb, que llevaban sólo un segundo o dos de retraso con respecto a Bayler, no fueron tan afortunados. Una ráfaga de ametralladora atravesó el paracaídas de Holden, le horadó el cuerpo y acabó con su vida al instante. Cayó de espaldas sobre un charco de sangre. Una bala de la misma ráfaga alcanzó a Webb en la barriga, y quedó salpicado de metralla de la cabeza a los pies. Uno de los fragmentos le rompió una de las botas y le hirió en tres dedos del pie. Pero sorprendentemente seguía vivo.
El sargento del Estado Mayor Walter T. «Tom» Kennedy, de Orange Cove, California, se había unido a los marines en 1934 porque era un trompetista bastante diestro y aspiraba a tocar en la banda.
No lo consiguió, y después de cuatro años como corneta abandonó el cuerpo, pero pronto se alistó de nuevo y asistió a la escuela para convertirse en operador de radio de la aviación. En noviembre de 1941, fue transferido desde un escuadrón de bombarderos en San Diego y enviado a Wake para lo que supuestamente serían sólo «unas maniobras de seis semanas».
La mañana del 8 de diciembre, Kennedy había llevado al comandante Bayler al aeródromo desde el Campamento Uno y luego había pasado un rato montando una antena de cuadro que serviría de dispositivo de orientación para el escuadrón de cazas. Pero se encontraba en la tienda esperando comida junto a los demás cuando se desató la locura.
«Recuerdo que alguien retiró la portezuela de la tienda de campaña y los aviones estaban allí mismo», relataba Kennedy. «Juro que algunos no volaban a más de trescientos metros de altura y tuvimos tres o cuatro segundos antes de que estallaran las primeras bombas».
Kennedy corrió a cobijarse entre los arbustos y la zona se cubrió de explosiones. Algunos de los aviones estacionados ya eran pasto de las llamas cuando pasó junto a ellos. Oyó algo salpicando el suelo a su alrededor y por un segundo creyó que era lluvia. Entonces se dio cuenta de que en realidad el sonido lo causaban las balas de ametralladora.
Justo cuando se sumergió en la maleza, una de las «gotas de lluvia» le alcanzó y sintió un punzante dolor en el brazo. Momentos después, al intentar levantarse, descubrió que un fragmento irregular de metralla se había alojado en su pierna sólo unos centímetros por encima del tobillo. Kennedy se desplomó de nuevo.
El capitán Herb Freuler vio cómo los aviones descendían en picado mientras se encontraba frente a la tienda que albergaba la munición del VMF-211. Saltó a un pozo de escasa profundidad situado cerca de allí justo cuando una bomba caía a pocos metros, pero dos reclutas que estaban con él segundos antes no se apresuraron lo suficiente a buscar refugio. Ambos saltaron en pedazos.
Otros dos pilotos que ocupaban la tienda del escuadrón esquivaron las balas en un valiente esfuerzo por llegar hasta sus aviones. George Graves acababa de encaramarse a la cabina de su Wildcat cuando una bomba impactó a escasos metros de allí, envolvió en llamas el aparato y arrojó su cuerpo inerte debajo de él. Momentos después, el depósito de combustible hizo explosión, y el cadáver de Graves fue devorado por el fuego.
«Strawberry» Conderman, un amigable y pecoso pelirrojo que había salido de la Universidad de Carolina del Norte hacía sólo dos años, se encontraba a unos pasos de su Grumman cuando las balas de ametralladora le segaron las piernas. Mientras yacía sobre el asfalto, otra bala le atravesó el cuello. Su F4F-3 también se incendió, y las llamas se propagaron con rapidez a las tiendas y los equipos cercanos ante la mirada impotente del soldado herido.
La escena que se desarrollaba frente a los ojos moribundos de Conderman parecía salida de las profundidades del infierno. Todo el aeródromo ardía en llamas. Uno de los primeros objetivos de los asaltantes fue el surtidor principal de combustible del VMF-211, donde se concentraban dos depósitos de gasolina de 95 000 litros y centenares de tanques con una capacidad de doscientos litros junto a la pista. El surtidor estalló en una gigantesca bola de fuego que proyectó una columna de humo negro a centenares de metros de altura.
Los ocho Wildcat estacionados fueron destruidos o gravemente dañados. Siete aviones ardían con furia, y el octavo era un amasijo agujereado por las balas. Algunos miembros del personal de tierra que se hallaban cargando los aviones de bombas y munición se habían cobijado insensatamente debajo de los aparatos, y sus cuerpos salpicaban ahora el pavimento.
Había muertos y heridos por todas partes. Los bidones de gasolina saltaban como si fueran petardos. En los aviones en llamas, las balas trazadoras del calibre 50 explotaban y salían disparadas describiendo trayectorias imposibles. De cuando en cuando, una de las bombas de 45 kilos adosadas a las alas de los Wildcat estallaba con un estruendo ensordecedor. Una riada de gasolina en llamas proveniente del surtidor de combustible propagó un muro de fuego por toda la zona de estacionamiento, y un brioso viento del sur lo empujó hasta una docena de heridos que habían quedado atrapados.
Dos marines, uno de ellos herido de gravedad, intentó apartar a Conderman de la trayectoria del fuego.
«Dejadme», les dijo. Intentó señalar a los otros soldados que yacían a su alrededor. «Ocupaos de ellos».
Cuando los bombarderos se alejaron del aeródromo y pusieron rumbo a nuevos objetivos, Bayler salió del bosque, debilitado y cubierto de polvo de coral, pero ileso. Vio a Putnam aturdido en la pista de aterrizaje, a cierta distancia de allí. El oficial al mando del escuadrón sangraba por una herida que presentaba cerca del hombro izquierdo y se encontraba en estado de conmoción. A Bayler le pareció «un sonámbulo caminando sin rumbo».
Había dos cuerpos a escasos metros de la maleza en la que se había refugiado Bayler. No se podía hacer nada por ellos, así que avanzó hacia donde se encontraba tendido el teniente Webb, que estaba cubierto de sangre a causa de las heridas que le había provocado la metralla pero seguía consciente cuando Bayler se arrodilló junto a él.
En ese momento apareció un alto y desgarbado marine y ayudó a Bayler a improvisar una rudimentaria litera con un trozo de arpillera. Cuando tumbaron a Webb y se dispusieron a levantarlo, el piloto herido irguió ligeramente su pierna izquierda y contempló los restos de su bota y el lugar que ocupaban sus dedos.
«Mirad ese maldito pie», dijo disgustado.
Dieciocho de los bombarderos que participaron en este primer ataque concentraron su furia en el aeródromo. Cuando finalizaron sus pasadas iniciales, prácticamente lo único que quedó intacto fue la propia pista de aterrizaje. Sin duda, el enemigo planeaba utilizarla más adelante para sus aeronaves. Casi todo lo que jalonaba el perímetro de la pista fue aniquilado.
La razia fue un ejercicio modélico en bombardeos de precisión y despejó —de una vez por todas y de forma absoluta— los mitos populares según los cuales los pilotos japoneses eran mediocres y los artilleros, unos tiradores de escasa valía.
Una vez consumidas sus bombas, la mitad de los Nell atacantes —nueve aviones — regresaron para consumar otro ciclo de destrucción. El número de bajas tal vez se hubiera acrecentado de no ser por una cortina de humo que ahora cubría el aeródromo y les impedía avistar sus blancos.
El humo probablemente salvó la vida a diversos marines valerosos que corrieron hacia las llamas para ayudar a los heridos en medio de aquella carnicería. El cabo Robert E. Lee Page y el sargento Andy Paskiewicz trabajaban juntos cuando comenzó el ataque, y varios fragmentos de una de las primeras bombas habían destrozado la pierna derecha del segundo. Page arrastró al aturdido sargento, que sufría varias hemorragias, y lo apartó de la trayectoria del fuego. Acto seguido, regresó a buscar a otro sargento malherido, cuya pierna colgaba de una hebra.
Mientras Page acarreaba al segundo hombre a un lugar más seguro, se sorprendió al ver a Paskiewicz, miembro del cuerpo desde hacía veinte años, reptando de nuevo hacia el infierno para ayudar a otros hombres heridos y moribundos. Page arrastró a Paskiewicz una segunda vez, pero el testarudo marine se negó a quedarse quieto.
Paskiewicz rebuscó en un montón de escombros hasta que dio con un palo carbonizado que pudiera utilizar como muleta. Luego se acercó renqueante a los heridos, intentando prestarles los primeros auxilios con sumo empeño.
Con balas impactando a su alrededor, Page persistió obstinadamente en sus esfuerzos, envuelto en un calor tan intenso como una antorcha. A menudo tenía que pegar el rostro al suelo para encontrar suficiente oxígeno para respirar. Su camisa y sus pantalones se incendiaban una y otra vez, y Page se veía obligado a apagar las llamas con la gorra. Cuando hubo finalizado su tarea de salvación, tenía las cejas y el pelo chamuscados, buena parte de su ropa había desaparecido por completo y su cuerpo estaba cubierto de ampollas.
El sargento Robert Bourquin, un miembro del personal de tierra del VMF-211 procedente de Oregón, se encontraba a unos dos kilómetros del surtidor central de combustible cuando arrancó la ofensiva y, en su huida, los Nell pasaron justo por encima de él, tan cerca que pudo distinguir las compuertas de bombas abiertas. Bourquin volvió corriendo al aeródromo para hacer frente a un mar de llamas y a un amigo moribundo.
«Fue el golpe más grande de mi vida», recordaba Bourquin. «Mi viejo compañero de tienda, el sargento Bob Edwards, seguía vivo cuando llegué hasta él, y no se me ocurrió otra cosa que llevarlo al hospital. Se acercó un civil en un camión y se lo requisé. El tipo estaba decidido a seguir adelante, así que tuve que encañonarlo con una pistola para que se detuviera. Supongo que de todos modos no importaba demasiado. Creo que cuando llegamos al hospital Bob ya estaba muerto».
El VMF-211 se vio diezmado por la ofensiva. De 55 miembros que integraban el personal de tierra cuando irrumpieron los atacantes sólo veintiuno escaparon indemnes. Edwards figuraba entre los veintitrés hombres fallecidos en el acto o heridos mortalmente —el teniente Conderman permaneció consciente casi todo el día pero murió aquella noche— y otros once sufrieron lesiones inhabilitadoras.
En total, el número de bajas de la unidad de aviación fue de más del 60 por 100, entre ellas cuatro de sus pilotos. Esto no incluía heridas menores sufridas por otros tres pilotos —Putnam, el capitán Frank Tharin y el sargento Bob Arthur—, que consiguieron seguir volando.
Pese a las nefastas circunstancias, la destrucción del escuadrón de cazas era tan sólo parte de aquella historia. Mientras el horror se apoderaba del aeródromo, los otros Nell escupían bombas y fuego de ametralladora sobre el resto de Wake, Peale y Wilkes.
Las balas incendiarias silbaron por todo el Campamento Uno, arrasando el comedor, el club de oficiales y numerosas tiendas de campaña. Por fortuna, el campamento estaba prácticamente vacío en ese momento y no se produjeron bajas.
No puede decirse lo mismo del Campamento Dos. Un amplio grupo de trabajadores civiles se había dado cita allí para comer, lo cual los convertía en un objetivo irresistible. Varias docenas resultaron muertos o mutilados cuando los atacantes pasearon sus ametralladoras por los nuevos barracones y otras estructuras.
En Peale, una bomba prendió fuego al Pan Am Inn y acabó con la vida de diez chamorros de la aerolínea. Otros consiguieron huir saltando a los cimientos de un edificio en construcción. La flamante base aeronaval también se vio afectada, y el clíper recalado en la gima fue perforado por docenas de balas pero no quedó gravemente dañado.
Justo antes de mediodía, el civil Glenn Newell oyó el fuego de las ametralladoras y salió del agujero en el que estaba trabajando. En el momento en que se arrastraba bajo un pequeño arbusto, una bomba cayó sobre el hotel, situado a unos cien metros de allí, y otra estalló casi simultáneamente al otro lado y lo cubrió de tierra. Preguntándose por el paradero de su hermano Emmett, echó a correr hacia el lateral de uno de los edificios en construcción, pero no alcanzó a ver más que «tablones, rocas y escombros volando por todas partes».
Cuando los atacantes viraron hacia el sur, realizaron una última pasada sobre Wilkes. En aquel momento se les habían agotado las bombas, pero todavía contaban con numerosas balas para una última ronda de destrucción. Se cobraron la vida de los marineros de la Armada Thomas Kilcoyne y Richard Jacobs y del civil Johnny Hall, que se vieron atrapados al raso cuando los aviones atravesaron el canal que se abría entre Wake y Wilkes.
Entonces, cuando los atacantes sobrevolaron la playa de Wilkes a baja altura, uno de los objetivos más tentadores que aparecieron en sus miras telescópicas fue Wiley Sloman.
Sloman, el manitas de la Batería L, había estado dando los últimos retoques a un nuevo pozo de tirador que acababa de excavar para el teniente John McAlister, su comandante. La parte más compleja del trabajo había finalizado, y Sloman apilaba ordenadamente unos sacos de arena alrededor de su creación cuando oyó gritar al ocupante de una atalaya cercana: «¡Están bombardeando el aeropuerto! ¡Están bombardeando el aeropuerto!».
Sloman había percibido el tenue sonido de las explosiones, pero creyó que los trabajadores estaban dinamitando el nuevo canal. Colocó un último saco, salió trabajosamente del agujero y se levantó a tiempo para ver el cielo atestado de bombarderos japoneses que se dirigían hacia él.
Los aviones planearon a toda velocidad sobre la batería de Sloman con sus ametralladoras arrancando fragmentos de coral. Estaban tan cerca que le pareció que podría alcanzar uno de los círculos rojos impresos en la parte inferior de las alas con una pelota de béisbol.
Sloman vio las columnas de humo negro de una de las baterías antiaéreas de 75 mm alzándose con las nubes grises de fondo, pero ninguna de ellas acertó a los aviones atacantes. Era como si los artilleros verdaderamente estuviesen arrojándoles pelotas de béisbol.
Como todos salvo uno o dos de sus compañeros de batería, Sloman jamás había sido objeto del fuego. No tardó en demostrar su inexperiencia, y estuvo a punto de morir por ello. En lugar de volver al agujero que acababa de excavar, Sloman echó a correr hacia su pozo de tirador, donde había dejado su rifle. «Fue una estupidez», reconocía, «y resultó que ese maldito agujero estaba mucho más lejos de lo que yo pensaba».
Según pudo calcular, la distancia era de unos cuarenta metros. Fueron los cuarenta metros más largos de su vida. Las balas impactaban detrás de sus talones a cada paso que daba, y no comprendía por qué no le alcanzaban. Por una décima de segundo le vino a la mente la imagen de su abuelo, que corría maratones. Casi pudo oír su voz: «¡Vamos, maldita sea! ¡Da zancadas más largas!».
Entonces, cuando por fin llegó a la meta, Sloman encontró a otros tres marines embutidos en el refugio, concebido para una sola persona, lo cual no dejaba espacio para él. Desesperado, saltó detrás de una roca de coral y se agazapó allí boca abajo hasta que remitieron los disparos.
Sloman vio regueros de sangre recorriéndole los brazos y las piernas y notó un «escozor de mil demonios» en la piel. Por un momento creyó que había resultado herido. Entonces se dio cuenta de que había sufrido docenas de cortes por los afilados fragmentos de coral que salían despedidos.
«Estúpido novato», musitó para sus adentros, agitándose y resollando mientras veía a los aviones desaparecer sobre el océano.
A unos cien metros de distancia, el cabo John Johnston ocupaba un lugar mucho mejor protegido que Sloman, y tenía algo con que disparar. Sentado al frente de su ametralladora del calibre 50, en la playa meridional de Wilkes, Johnson también había oído las explosiones en el aeropuerto. Debido a la alta maleza que separaba su posición del aeródromo no podía ver lo que ocurría, pero reconoció casi de inmediato los sonidos como bombas.
Entonces vio los bombarderos, nueve aparatos que habían dado media vuelta para efectuar otra pasada sobre el aeródromo y ahora se dirigían a toda velocidad hacia él desde el norte. Cuando oyó que una de las ametralladoras abría fuego, hizo girar la suya y apuntó al bombardero que iba en cabeza.
«Supuse que el piloto del primer avión era el líder de la misión, así que me centré en él», relataba Johnson. «Cuando pasó sobre nosotros y se dirigió hacia el mar, vi humo saliendo de uno de sus motores, pero se mantuvo en formación y siguió adelante».
Johnson maldijo para sí. Realmente quería darle su merecido a aquel tipo, y se sintió defraudado y enfadado consigo mismo.
No obstante, al menos le había alcanzado a algo, que era más de lo que podían decir aquel primer día la mayoría de los artilleros de la Armada, sobrecogidos y faltos de experiencia. Hasta donde puede determinarse, no más de tres o cuatro aviones enemigos recibieron disparos, y ninguno sufrió desperfectos graves. Los veintisiete atacantes regresaron sanos y salvos a su base.
Mientras se alejaban de las escenas de muerte y devastación que habían dejado en Wake, un observador japonés que viajaba a bordo de uno de los aviones pudo ver a los pilotos esbozando amplias sonrisas en sus cabinas. Todos los aviones, incluso los que presentaban algunos agujeros de bala, agitaron sus alas a los demás. Era su manera de gritar: «¡Banzai!».