Diez

Gretchen McNeil · Capítulo 6 de 39

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Diez

Cinco

 

— en es encantador —dijo Meg, mientras abría la cremallera de su mochila. B

—Sí —respondió Minnie, encogiéndose de hombros—. No está mal.

—¿No está mal?

—Eso es lo que he dicho.

Hasta ahí había llegado el buen estado de ánimo de Minnie.

—Pues no sé, pero daba la impresión de que estabas a gusto con él. Y fue un

detalle que te ayudase en la playa y a subir a la casa.

—Sí, supongo.

Meg frunció el ceño. Minnie se estaba comportando de manera arisca

intencionadamente; Meg tenía claro que ya había fijado su objetivo en Ben.

—Alto. Ojos azules. El pelo tan rubio como el tuyo. ¿Qué es lo que no te gusta de

él?

—Montones de cosas. —Minnie abrió el armario y examinó el espacio

disponible.

—¿Por ejemplo?

—Se tiñe el pelo, para empezar. Tiene las cejas negras.

—Vaya. —Solo Minnie podía fijarse en algo así. Meg estaba totalmente fuera de

juego—. Me parecía que hacíais una pareja estupenda.

Su amiga se giró bruscamente hacia ella.

—¿Qué pasa, estás intentando juntarme con alguien antes de dejarme tirada en

septiembre?

Meg se quedó momentáneamente sin habla. No se había esperado aquella

reacción para nada.

—¿Qué, no es eso lo que estás intentando hacer?

—¿De qué estás hablando?

—Estás tratando de que algún otro cargue conmigo antes de que me dejes.

—¡No voy a dejarte! Me voy a la universidad. —Aquellas discusiones empezaban

a parecer las de un matrimonio al borde del divorcio.

—Podrías ir a la universidad aquí.

—No me aceptaron en el programa de Escritura Creativa de la Universidad de

Washington —mintió Meg—. Ya lo sabes.

Minnie entrecerró los ojos y abrió la boca para decir algo, pero pareció pensárselo

mejor. Volvió a cerrarla y le dio la espalda.

Meg la imitó y volvió a concentrarse en sacar sus cosas de la mochila. ¿Acaso

sabía Minnie que la universidad más cercana a la que Meg había enviado una

solicitud de ingreso se hallaba a más de mil kilómetros de distancia? Imposible. La

única persona que sabía con certeza a qué universidades había enviado solicitudes era su madre, pues era ella la que se había ocupado de todo el papeleo. Y si había una

persona en el mundo entero que quería asegurarse de que Meg pusiera tierra de por

medio con su pegajosa mejor amiga, esa era su madre.

—Tú y T.J. parecéis uña y carne —dijo Minnie, de modo inesperado.

Con que eso era lo que la había molestado. Meg se lo había estado temiendo

desde el mismo momento en que T.J. se había puesto a su lado en el embarcadero

para acompañarla hasta la casa. Había esperado que la atención que Minnie recibía

por parte de Ben la distrajera de la que no recibía de T.J.

Pero no había habido suerte.

—Minnie, no empieces.

—¿Qué? —Minnie sacó un vestido sin tirantes de su maleta y lo tendió sobre la

cama—. Solo ha sido un comentario.

Meg sacó unas camisetas y unos vaqueros de su mochila los metió en un cajón y

dejó su diario y el portátil en el fondo de la bolsa.

—T.J. no me interesa.

—Pues quién lo diría —le soltó Minnie, con aquella entonación cantarina tan

suya, pero Meg no se dejó engañar. Minnie estaba dolida por el desaire de T.J. y

ahora lanzaba ataques a diestro y siniestro—. Daba la impresión de que los dos

estabais coqueteando a lo grande.

No habían vuelto a hablar sobre el tema desde el día de la fiesta de bienvenida,

ambas habían optado por no mencionarlo, aunque eso significase no resolver el

problema. Hasta ahora.

—Solo somos amigos, Mins —dijo Meg.

—Los amigos no se citan para el baile de bienvenida.

—Nadie me pidió ir al baile —dijo Meg. Ya había mentido tantas veces sobre

aquella noche que cada vez le resultaba más fácil volver a hacerlo—. Esa noche me

quedé en casa con gripe. —Oh, sí, la epidemia de gripe. Se había quedado en casa

fingiendo estar enferma y había escrito páginas y páginas de porquería sensiblera y

rebosante de angustia en su diario.

—¿Lo prometes?

Meg se esforzó por sonreír. Otra promesa más que no podría cumplir.

—Minnie, lo prometo. No me interesa T.J. Fletcher. Juramento sagrado.

Le tendió la mano con el dedo meñique estirado para que ella lo enlazara con el

suyo, pero Minnie se quedó mirándolo durante un instante como si estuviera

decidiendo si quería dar por terminada su agresividad o todavía no. Luego, con un

impulso típico en ella, lanzó sus brazos alrededor del cuello de Meg y le plantó un

beso en la mejilla.

—Lo siento —dijo y lanzó un suspiro—. Creo que he perdido un poco el control

al verlo.

—Lo sé.

—Entre eso y que vas a dejarme…

Meg sacudió la cabeza.

—Mins, no voy a dejarte.

—Pero te vas.

Esa era la cuestión, clara y simplemente. Meg se marchaba. Dentro de siete meses

estaría comenzando una nueva vida en Los Ángeles, y por mucho que intentase fingir

delante de Minnie que eso no era lo que iba a pasar, ambas eran conscientes de que

era cierto.

—No es como si me fuera a ir a Europa o algo así —se justificó Meg.

—Sí que lo es —repuso Minnie, y torció el gesto en uno de sus pucheros

patentados. Aquella mueca provocaba sudores a los chicos—. Encontrarás a otra

mejor amiga y te olvidarás por completo de mí.

—A, eso no va a ocurrir; y B, eso no va a ocurrir.

—¿Lo prometes?

—Sí, Minnie.

—Y ¿no te interesa T.J.?

—¿No acabamos de hacer un juramento sagrado?

Minnie le dio un breve abrazo y enseguida se echó hacia atrás:

—Porque, si estuvieras interesada…

—¡Minnie!

—Si lo estuvieras —prosiguió con una sonrisilla burlona—, tendría que

advertirte: ese chico tiene una gran…

—¡Mins! —Meg se tapó los oídos con el dedo índice de cada mano. No quería oír

un informe de primera mano sobre las partes íntimas de T.J., y menos si venía de

Minnie. Ya era bastante malo saber que Minnie y T.J. se habían liado borrachos en

una fiesta, pero era aún peor tener que escuchar la narración de la escena—. No te

escucho. No te escucho. No te escucho.

Minnie se dejó caer sobre la cama con un ataque de risa.

—Solo me refería a que… —se interrumpió al quedarse sin aliento y luego

continuó—: Para tu primera vez podrías querer…

—¡NO TE ESCUCHO!

Minnie giró hacia un lado y se rio con más fuerza todavía y, contra su voluntad,

Meg acabó por unirse a ella. Se tiró de espaldas sobre su cama y las dos amigas se

rieron como crías hasta que la tensión y el agotamiento del día desaparecieron por

completo de sus cuerpos. Eran momentos como aquel los que le hacían recordar a

Meg por qué quería tanto a Minnie. Sus vidas iban en diferentes direcciones, pero en

lo profundo de su ser ambas seguían siendo dos niñas bobas de doce años que se

reían con las mismas bromas absurdas, se protegían la una a la otra, y eran, por encima de todo, inseparables.

Cuando por fin se calmaron, Minnie extendió su brazo hacia Meg.

—Lo siento.

—Lo sé —respondió ella, apretándole la mano.

—¿Seguimos siendo amigas?

—Siempre.

—Genial. —Minnie se puso en pie y se alisó la falda—. Vamos abajo. Me estoy

muriendo de hambre.