Doce noches
Capítulo 3. El Partido Bonaerense
Capítulo 3
EL PARTIDO BONAERENSE
Gentileza Editorial Perfil
Raúl Alfonsín, en el bloque de senadores radicales.
Figura clave de la política argentina.
—Mirá Eduardo, vos podés conseguir el apoyo de Alfonsín,
que te puede dar cien votos entre radicales, socialistas y
aliados. Con eso tenés la elección asegurada.
Y la mejor garantía para vos es que a la Asamblea Legislativa la maneje el presidente
de la Cámara de Diputados, que es uno de los tuyos.
—No, no, no… Bueno, puede ser… Dame media hora
que hablo con Alfonsín.
Diálogo por teléfono entre los senadores Ramón Puerta y
Eduardo Duhalde, la noche del 30 de diciembre de 2001.
—Mire Carlos, haga lo que a usted le parezca, yo lo voy a apoyar. Hay que salvar la Argentina,
y si usted quiere ser, lo voy a apoyar.
Creo que si es Duhalde, mejor.
—¿Y qué hacemos con el radicalismo?
—Salven ustedes a la República que del radicalismo
me voy a hacer cargo yo.
Diálogo entre el ex presidente Raúl Alfonsín y
el
gobernador de Buenos Aires, Carlos Ruckauf, la noche
del 30 de diciembre de 2001.
El helicóptero de la provincia de Buenos Aires ya levantó vuelo de Chapadmalal y encara hacia el aeropuerto marplatense de Camet, un trayecto corto para alivio de sus pasajeros que escapan apretados por la falta de espacio: el gobernador misionero, Carlos Rovira, sentado en la falda de su mentor, el senador Ramón Puerta, que conversa con el mandatario bonaerense Carlos Ruckauf.
—Mirá, me parece que esto va a terminar mal
—dice Ruckauf.
—No fue una buena reunión, el Adolfo estaba muy nervioso —contesta Puerta.
—Yo creo que se va, que renuncia.
—¿Te parece, Carlos? Si acaba de asumir.
Ruckauf deja a sus acompañantes en el aeropuerto y sigue a Villa Gesell, donde lo espera su familia para pasar el Fin de Año. Puerta baja del helicóptero intuyendo que Ruckauf ya se ve como el sucesor de Rodríguez Saá; más que por lo que dijo, por la manera como lo dijo.
Mientras Rovira vuelve a Misiones en el mismo avión que lo trajo, Puerta llama por teléfono al gobernador salteño, Juan Carlos Romero.
—No viniste; te hice señas para que nos fuéramos en el helicóptero de Ruckauf.
—No, ya voy, esperame. Parece que el Adolfo va a renunciar.
—¿Eh? ¡No puede ser!
—Sí, lo anunció después de que ustedes se fueron.
—Tenía razón Ruckauf entonces.
—¿Qué te dijo?
—Que el Adolfo se iba. Y te digo más: Ruckauf ya se está poniendo el traje de presidente.
Una hora después, el gobernador salteño llega al aeropuerto y le cuenta a Puerta las últimas novedades.
—Yo vine en auto, salimos por la puerta principal y nos patearon el auto los caceroleros.
Nada grave tampoco, si no eran tantos.
Puerta y Romero toman el avión privado que los trajo desde Punta del Este; el gobernador salteño se queda allí, con su familia, y Puerta viaja en auto a Montevideo, donde tiene casa y acostumbra pasar la Navidad y el Fin de Año.
Con la renuncia de Rodríguez Saá, Puerta
vuelve a convertirse en un personaje clave ya que debe asumir como presidente con la obligación de convocar a una nueva Asamblea Legislativa. Otra vez una sesión especial de todos los senadores y diputados; en este nuevo capítulo de la gran crisis, para elegir al sucesor del caudillo puntano. Un remedio institucional previsto para situaciones anormales, que se usará por segunda vez en apenas diez días.
Esto es así porque no hay vicepresidente desde la renuncia de Carlos “Chacho” Álvarez, el principal dirigente del Frepaso, el 6 de octubre de 2000, y Puerta, como presidente provisional del Senado, ocupa el segundo lugar en la línea de sucesión.
Ingeniero, peronista pero de familia radical y desarrollista,
Ramón
Federico
Puerta
era
millonario cuando ingresó a la política: su
principal negocio es un próspero yerbatal (yerbal, dicen en Misiones) fundado por su abuelo, un republicano español. Vive en una chacra en las afueras de Apóstoles, ciudad en la que también nació Enrique “Coti” Nosiglia, un destacado dirigente radical al que le gusta moverse detrás de la escena política. Puerta es amigo de Nosiglia, y también de Mauricio Macri, el jefe de Gobierno porteño, con quien estudió en la Universidad Católica Argentina.
Con departamentos sobre la Avenida del Libertador y en París, cerca del Arco de Triunfo, y casa en Carrasco, Montevideo, Puerta tiene fama de bon vivant; nunca se casó, aunque es padre de dos hijos con la misma mujer.
Buen negociador, ameno en el trato, Puerta tiene una nueva oportunidad para quedarse con la presidencia, pero volverá a dejarla pasar. Uno de
sus amigos de la política lo describe así: “Ramón es prolijo, moderno, respetuoso de los adversarios y de las instituciones, pero le falta esa cuota de sadismo que la política requiere”. Es un rasgo inexplicable para muchos peronistas, cuyo ADN
revela una vocación de poder difícil de opacar; tanto que algunos dirigentes interpretan que Puerta tuvo miedo de hacerse cargo del país y de enfrentar la crisis y las presiones.
Puerta ya está en su casa de Montevideo cuando ve por televisión el mensaje de renuncia de Rodríguez Saá, el hombre al que tanto ayudó a llegar a la presidencia hace apenas una semana.
Según su versión, la primera llamada que recibe es de Ruckauf, que quiere saber qué harán las once provincias chicas gobernadas por el peronismo, que se mueven en bloque, en el llamado Frente Federal.
—Todavía no charlamos entre nosotros, pero yo pienso que ahora le toca a un candidato de las provincias grandes… Podes ser vos, Carlos.
—Bueno, yo no tengo problema. Si me eligen, agarro.
—Mirá, hablá primero con Duhalde.
Puerta evalúa que la vertiginosa semana de gobierno de Rodríguez Saá ha desgastado al Frente Federal y que es el turno de las provincias peronistas de mayor volumen: Córdoba, Santa Fe y, especialmente, Buenos Aires. ¿Su candidato?
Eduardo Duhalde, más que Ruckauf, y se dispone a marcar su número de teléfono.
Pero antes le entra un llamado del ex presidente Carlos Menem, en cuyo decenio fue dos veces gobernador de Misiones. Menem busca bloquear a Duhalde —con quien sigue duramente enfrentado
— y le sugiere que esta vez sí se postule con
firmeza a la Casa Rosada ya que sus “cincuenta”
legisladores lo van a apoyar en la Asamblea Legislativa.
—Carlos,
el
Frente
Federal
está
muy
desgastado; ya no tenemos fuerza para imponer a un candidato nuestro en la Asamblea —le responde.
Puerta localiza a Duhalde luego de varios intentos; lo encuentra jugando a las cartas en la casa de sus amigos Oscar Rodríguez, intendente del partido de Presidente Perón —en el sur del Gran Buenos Aires— y Mabel Müller, senadora nacional por la provincia de Buenos Aires.
La versión de Puerta indica que Duhalde también le sugirió que fuera el sucesor de Rodríguez Saá.
—No, yo no puedo ser. Ustedes, las provincias grandes del peronismo, están en mejor posición.
—Tenés que ser vos, Ramón.
—Mirá, el Frente Federal está quebrado; nosotros éramos el grupo que más fuerza tenía pero a Kirchner, por ejemplo, ya lo perdimos; ahí tenés que descontar siete votos en la Asamblea Legislativa, y el Adolfo había ganado por solo cuatro votos. No nos dan los números. Esta semana de gobierno del Adolfo nos desgastó.
—Pero, ¿quién?
—Yo creo que tenés que ser vos, Eduardo. Te asiste una cosa que no tiene ningún otro argentino: sacaste el 40 por ciento de los votos hace dos años en las elecciones presidenciales; el que sacó más que vos, De la Rúa, renunció; el que lo acompañó en la fórmula, Chacho Álvarez, ya se rajó hace mucho; por lo tanto, el tercer hombre sos vos. Y, además, ganaste en octubre las elecciones legislativas en la provincia más grande el país.
Tenés un grado de representatividad muy alto, que no tiene ningún otro argentino.
Puerta piensa que el principal obstáculo para la coronación de Duhalde son Menem y su todavía numeroso grupo de diputados y senadores.
—Mirá Eduardo, vos podés conseguir el apoyo de Alfonsín, que te puede dar cien votos entre radicales, socialistas y aliados. Con eso, tenés la elección asegurada, no dependés de nadie. Y la mejor garantía para vos es que a la Asamblea la maneje el presidente de la Cámara de Diputados, Eduardo Camaño, que es uno de los tuyos.
—No, no, no… Bueno, puede ser… Dame media hora que hablo con Alfonsín.
En ese momento, Puerta toma la decisión de renunciar a la presidencia provisional del Senado para que Camaño, ex intendente de Quilmes y tercer hombre en la sucesión presidencial, se
instale en la Casa Rosada y convoque a la nueva sesión especial de senadores y diputados.
En su departamento del barrio de Palermo, Puerta admite ahora dos errores. En primer lugar, cree que se apresuró en renunciar a la presidencia del Senado ya que bastaba con un simple pedido de licencia, y en segundo lugar, reconoce que, al final, los legisladores menemistas también votaron a Duhalde, en línea con lo que había decidido la mayoría del bloque peronista.
“No era la ley de la selva que rigió después”, concluye.
La versión de Ruckauf sobre el desenlace de este episodio de la crisis enfatiza la importancia del ex presidente radical Raúl Alfonsín en la designación de Duhalde como sucesor de Rodríguez Saá. En otras palabras, en la resolución de la interna bonaerense entre Duhalde y él mismo,
Ruckauf.
No bien confirma su presunción sobre la renuncia del caudillo puntano, Ruckauf llama a Alfonsín y le pregunta a qué candidato del peronismo está dispuesto a respaldar.
—Mire Carlos, haga lo que a usted le parezca, yo lo voy a apoyar. Hay que salvar la Argentina, y si usted quiere ser, lo voy a apoyar. Creo que si es Duhalde, mejor —responde el ex presidente.
—¿Y qué hacemos con el radicalismo?
—Salven ustedes a la República que del radicalismo me voy a hacer cargo yo.
Luego, Ruckauf se comunica con Aníbal Ibarra, el jefe de Gobierno de la ciudad de Buenos Aires, uno de los pocos referentes del Frepaso que ha quedado en pie, y obtiene una respuesta similar.
Finalmente, lo llama a Duhalde.
“Duhalde aceptó hacerse cargo del gobierno y
me preguntó quién lo iba a acompañar; me pidió que no lo dejáramos solo”, cuenta Ruckauf en un café de Libertador y Coronel Díaz.
Por su lado, el primer llamado que Duhalde recuerda haber recibido sobre la renuncia de Rodríguez Saá fue el de Ruckauf.
—¡Qué va a renunciar! Dejate de embromar que estoy jugando a las cartas —le contestó Duhalde, según su versión.
—Se va, Eduardo, se va.
—Pero es una locura.
—Eduardo, preparate porque el único que puede hacerse cargo de esta anarquía sos vos.
Duhalde afirma que, de inmediato, “comenzaron a llamarme de todos lados. Hablé con Puerta, por ejemplo. Así que saludé a mis amigos Oscar (Rodríguez) y Mabel (Müller), y volví a mi casa.
Yo no quería ser presidente, pero me iba dando
cuenta de que era una cobardía no aceptar. Una vez en casa, hablé por teléfono con Alfonsín”.
Con una larga y empinada carrera política en la que fue diputado, ministro y vicepresidente de la Nación, entre otros cargos, Ruckauf era en diciembre de 2001 uno de los dirigentes con mejor imagen del país y uno de los candidatos presidenciales favoritos del peronismo, junto al cordobés José Manuel de la Sota y el santafesino Carlos Reutemann. Duhalde no figuraba en esa grilla: tenía una imagen negativa superior al 50 por ciento y una reducida intención de voto.
Sin embargo, el ex gobernador y flamante senador era el dueño indiscutido del peronismo bonaerense, un entramado de punteros, concejales e intendentes que le permitía el control de ese
territorio clave. Y desde ese lugar, desde el vértice del aparato peronista de Buenos Aires, había enhebrado un sólido acuerdo con Alfonsín y el radicalismo bonaerense que se remontaba a —
por lo menos— las negociaciones de 1994 para reformar la Constitución provincial, que permitió su reelección como gobernador.
En realidad, Duhalde siempre había buscado el acuerdo con Alfonsín y el radicalismo bonaerense.
Por ejemplo, en 1991, cuando saltó de la vicepresidencia de la Nación a la gobernación de Buenos Aires, nombró a dirigentes radicales en los organismos de control y en los directorios del Banco Provincia, el Mercado Central y otros entes estatales. Incluso, les ofreció dos ministerios, que no fueron aceptados.
Es probable que esa apertura haya estado vinculada al decidido respaldo de los legisladores
alfonsinistas a la creación del Fondo de Reparación Histórica al Conurbano Bonaerense, que fue una de las condiciones impuestas por Duhalde a Menem para dejar la vicepresidencia y postularse como candidato a gobernador en los comicios de 1991. Ese fondo surgió de una ley del Congreso. ¿Su presupuesto? Seiscientos cincuenta millones de pesos/dólares por año —el 10 por ciento de la recaudación por el impuesto a las ganancias— con el argumento de que en los ochenta Buenos Aires había resignado varios puntos porcentuales en el reparto federal de los ingresos por el pago de impuestos nacionales.
“Era un dinero que, además, podía usarse con mucha libertad de acción, lo que lo hacía más atractivo”, afirma un ex funcionario de Duhalde que pidió permanecer en el anonimato.
Según Rafael Pascual, ladero de Fernando de la
Rúa en la ciudad de Buenos Aires, varias veces legislador y ex presidente de la Cámara de Diputados, “el acuerdo entre Duhalde y Alfonsín viene de muy lejos, desde la época en la que Duhalde negoció con el radicalismo todos los temas de la provincia de Buenos Aires. Recuerdo ver a (el diputado alfonsinista Leopoldo) Moreau defender el Fondo de Reparación Histórica más que los propios peronistas. Ese acuerdo lo viví en la Cámara. Eran casi socios”.
“El pacto se da cuando el radicalismo bonaerense acepta ser el eterno segundo”, agrega un ex funcionario de De la Rúa, quien, por otro lado, nunca se llevó bien con Alfonsín y siempre receló del acuerdo entre su correligionario y Duhalde.
Tan estrecha era la relación entre Duhalde y Alfonsín que en 2001 se hablaba del Partido
Bonaerense para describir esa singular alianza entre el peronismo y el radicalismo en el principal distrito político del país.
Duhalde tiene una opinión distinta: sostiene que él es el más radical de los peronistas ya que “mi abuelo era de don Hipólito Yrigoyen. Yo creo en la república”, y en un sistema “menos presidencialista, más parlamentario, basado en el diálogo y en el consenso” entre el peronismo y el radicalismo. Y agrega que también coincidía con Alfonsín en el enfoque económico, favorable a la producción nacional y al empleo, menos enfocado en la estabilidad de precios, la lucha contra la inflación y la apertura económica; tanto era así que ambos sostenían desde antes del gobierno de De la Rúa que la Convertibilidad —basada en el 1 a 1
entre el peso y el dólar— ya estaba agotada.
“Yo —agrega Duhalde— nunca comulgué con la
orientación neoliberal de Menem. Cuando fui gobernador, resistí todas las presiones para privatizar las empresas provinciales, como el banco, por ejemplo. Soy desarrollista en lo económico. Y eso también me acercaba mucho a don Raúl”.
Los duhaldistas afirman que esa relación se remonta al retorno a la democracia, en 1983, cuando Alfonsín fue elegido presidente.
El diputado Carlos Brown —ex intendente de San Martín y ex ministro bonaerense de Producción— recuerda que Duhalde fue uno de los pocos dirigentes peronistas que en 1984
respaldaron a Alfonsín en el plebiscito que puso fin al conflicto con Chile por la soberanía en la zona del Canal de Beagle.
“Además —agrega Brown— Duhalde siempre cuenta la anécdota sobre un militar que le vino a
proponer una rebelión contra Alfonsín, y que él no solo rechazó la propuesta sino que fue al despacho presidencial a contárselo al presidente”.
Ruckauf, en cambio, era un candidato más mediático: astuto, seductor, bien articulado, muy atento a la lógica de la prensa, siempre focalizado en sus objetivos políticos y en los medios para lograrlos. Nunca le interesó competir con Duhalde por el control del peronismo bonaerense ya que veía la provincia como un trampolín para llegar a la Casa Rosada.
Las fuentes consultadas están convencidas de que Duhalde lo ungió como candidato a gobernador
para
los
comicios
de
1999
precisamente por esa última característica. Es lo que piensa, por ejemplo, Teresa González Fernández, que era, en aquel momento, la esposa del candidato a vicegobernador, Felipe Solá.
“Duhalde —sostiene— es vivísimo. Él sabía que a Ruckauf la provincia no le interesaba desde el punto de vista territorial y que, por lo tanto, iba a poder conservar toda la estructura del Partido Justicialista que había armado desde que llegó a la gobernación, ocho años antes. Felipe (Solá) era mucho más bonaerense que Ruckauf, que venía de hacer política en la Capital”.
En la crisis de fines de 2001, cuando la Argentina estuvo con sus tripas al aire, al borde de la anarquía y muy cerca de que se prolongara la lucha en las calles, los atributos de Duhalde pesaron más que los de Ruckauf; el candidato mediático se desinfló frente al candidato territorial.
“A mi proyecto presidencial —explica Ruckauf
— estoy renunciando cuando se produce la llegada de Duhalde al gobierno porque estoy habilitando
que otro conduzca la realidad. Para mí, fueron muy importantes en aquel momento las palabras que me dijo Alfonsín”.
También Duhalde considera que el respaldo de Alfonsín fue decisivo en su designación.
—¿Y, Duhalde? Ya no hay escapatoria… —
afirma que le dijo el líder radical por teléfono aquella noche crucial del 30 de diciembre de 2001.
—Sí, don Raúl, pero solo no puedo… Voy a tener minoría en Diputados; a la Corte Suprema de Justicia totalmente en contra; al poder financiero no le conviene lo que vengo planteando, ellos quieren seguir con lo rentístico y lo usurero…
—Cuente conmigo.
—Voy a necesitar por lo menos el quórum y en lo posible los votos del radicalismo en el Senado y en la Cámara de Diputados con los que usted me
pueda ayudar. Pero, además, necesito que usted me apoye y me envíe dos ministros suyos, que se sepa que están al lado suyo y que tengan buen consenso en el Parlamento.
—Delo por descontado. De hecho, yo ya había pensado en quiénes lo pueden ayudar.
Así fue que Horacio Jaunarena asumió como ministro de Defensa y Jorge Vanossi, de Justicia. Y
Duhalde fue elegido presidente con un masivo respaldo: 262 votos; 21 legisladores votaron en contra y hubo 18 abstenciones.
Alfonsín definió la situación a favor de Duhalde contra las aspiraciones no solo de Ruckauf sino también de otros candidatos del nuevo oficialismo, como De la Sota, que era la alternativa de los gobernadores que resistían el avance del peronismo bonaerense.
El arbitraje de Alfonsín liberó a Duhalde de
ciertos compromisos con los gobernadores de su propio partido; por ejemplo, no tuvo que aceptar
—como sí lo había hecho Rodríguez Saá— un mandato corto, de noventa días, sino que pudo completar el periodo de De la Rúa, a quien todavía le faltaban casi dos años en la Casa Rosada cuando renunció.
De todos modos, el poder de Duhalde derivaba del respaldo sin fisuras de los intendentes peronistas del Gran Buenos Aires; lo confirma Hugo Curto, ex sindicalista metalúrgico e intendente del partido de Tres de Febrero desde 1991, hace veinticuatro años. Es uno de los
“barones” de la primera sección electoral, un fértil vivero de votos peronistas.
Curto, una suerte de Buda morocho, está desparramado en su sillón, detrás de una larga mesa repleta de papeles, retratos y chucherías, en
el medio de un despacho que es más bien un santuario dedicado al peronismo, Boca Juniors, el catolicismo y el boxeo. Hay imágenes de Perón, Evita, Juan Román Riquelme, el papa Francisco, la Virgen de Luján y Sergio “Maravilla” Martínez; también, de Néstor y Cristina Kirchner: “Yo siempre he sido, soy y seré un peronista histórico.
Un peronista histórico se ubica verticalmente detrás del que ganó la elección”.
Y asegura que “en la debacle de 2001, el gobernador
Ruckauf
tenía
ambiciones
de
reemplazar a De la Rúa. Pero el jefe del peronismo en el conurbano y en la provincia de Buenos Aires era Duhalde”.
“Hubo un momento —agrega— en que no se sabía bien quién iba a ser presidente, si Duhalde o Ruckauf. Con un grupo de intendentes, fuimos a hablar al despacho del presidente de la Cámara de
Diputados, que era Camaño. Nosotros pensábamos que el único que podía era Duhalde. Fuimos en amistad; yo dije que no había más posibilidades que Duhalde; que teníamos a la gente puteando en la calle, al partido parado, a la Corte amenazando con tomar el gobierno”.
Duhalde cultivaba un vínculo personal, casi afectivo, con cada uno de los miembros del aparato peronista. “En este quincho —cuenta en su quinta Don Tomás, en el partido de San Vicente—
recibía cada sábado a los dirigentes peronistas de una de las secciones electorales de la provincia.
Iba rotando: un sábado, una sección; otro sábado, otra sección… Hablábamos de nuestros temas y siempre terminábamos con un partido de fútbol en esa cancha”.
Otro bonaerense, Juan José Álvarez, recuerda la ocasión en la que, siendo ministro de Justicia,
Seguridad y Derechos Humanos, quiso ver al presidente Duhalde, en 2002.
—El presidente está reunido —le informó el edecán de turno.
—Mire que es un asunto muy urgente.
—El presidente me dijo que no lo interrumpiera por ningún motivo.
—¿Con quién está reunido el presidente?
—Con el presidente del Concejo Deliberante de Quilmes.
El paso al costado de Ruckauf sorprendió a algunos de sus colaboradores más inmediatos, como el secretario general de la Gobernación, Esteban “Cacho” Caselli, que llevaba las riendas de la gestión cotidiana en la provincia. Caselli es un operador político, una persona que “hace que
las cosas ocurran” ( the man who makes things happen, como dicen los estadounidenses), y había sido la mano derecha de Eduardo Bauzá en la jefatura de Gabinete y embajador ante el Vaticano, ambos cargos durante la presidencia de Menem.
Caselli cuenta que el 31 de diciembre de aquel año volvió solo de su casa en Punta del Este, donde dejó a su familia, y se instaló en sus oficinas en Puerto Madero; desde allí, rodeado de fotografías con papas, cardenales y obispos —está muy vinculado a los sectores conservadores de la Iglesia Católica—, llamó por teléfono a muchos gobernadores, senadores y diputados para convencerlos de que respaldaran a Ruckauf en la Asamblea Legislativa.
“Ruckauf —asegura— quería ser presidente; antes de venir de Punta del Este, yo le avisé que volvía a Buenos Aires a trabajar para que fuera
presidente y él hasta me dio las gracias. Operé en su nombre, con su autorización expresa, todo el 31
de diciembre y el 1° de enero por la mañana. La mayoría apoyaba a Ruckauf; él iba a ser presidente”.
Siempre según la versión de Caselli, el 1° de enero de 2002 a las once de la mañana, una hora antes del inicio de la sesión especial en el Congreso, acompañó a Ruckauf al despacho de Camaño, que estaba momentáneamente a cargo del país.
Caselli lucía muy contento sentado en la antesala de la presidencia de la Cámara de Diputados.
—Comunicame con Duhalde —le ordenó Ruckauf a su secretario, Mario Toresán.
Toresán ubica al senador bonaerense y le pasa el celular a su jefe.
—Negro, me parece que el que tiene que ser presidente sos vos. Creo que sos el más preparado para este momento.
“Al principio —sostiene Caselli—, yo creí que era una joda, pero fue un achique de Ruckauf”.
—Me extraña este achique, es incomprensible que dilapides el poder de esta manera —dice que le reprochó.
Caselli asegura que Ruckauf no le contestó nada; que sonrió y entró al despacho de Camaño a esperar la llegada de Duhalde, el próximo presidente.
Otras fuentes aseguran, en cambio, que Ruckauf siempre tuvo claro que sus chances de llegar a la presidencia se reducían a cero en una situación de crisis casi terminal, como la que vivimos los últimos días de 2001.
Es lo que afirma Miguel Ángel Toma, que en
aquel momento era uno de los diputados más relevantes del peronismo. Porteño, licenciado en Teología y Filosofía con los jesuitas, Toma sería luego titular de la Secretaría de Inteligencia del Estado (SIDE) en el gobierno de Duhalde.
“Antes de la renuncia de De la Rúa —cuenta Toma— Ruckauf decía que si la situación se desmadraba en una crisis, él no iba a llegar a la presidencia porque se necesitaría un tipo de consenso que él no tenía; un consenso más territorial”.
Toma asegura que, en octubre de 2001, volvía con Ruckauf de un almuerzo en la embajada de los Estados Unidos a raíz de la visita de una delegación norteamericana, cuando el gobernador bonaerense
se
ofreció
a
llevarlo
a
su
departamento.
—Esto se va a la mierda, Carlos —le dijo
Toma, siempre según su versión.
—Yo tengo un cagazo bárbaro. Si esto desemboca en una crisis, hay que darle pelota a lo que charlamos en la embajada: preservar la normalidad institucional.
—Pero el peronismo no está organizado todavía a nivel nacional. ¿Quién carajo va ordenar esto?
—No me cabe duda de que será Duhalde.
Independientemente de cualquier otra cuestión, todo el peronismo va a mirar a Duhalde.
Desde este punto de vista, el contexto determina el perfil del líder que conduce al conjunto, en especial en situaciones extremas. Si hay elecciones, es probable que triunfe el candidato con mejor intención de voto, pero si se produce una crisis política, económica y social, las posibilidades migran hacia el dirigente que asegure un acuerdo entre las principales fuerzas
políticas, el empresariado y los sindicatos, y garantice el control de la calle y el orden social.
Es lo que también sostiene Alberto Iribarne, un dirigente porteño amigo de Duhalde, de quien fue jefe de campaña en las elecciones de 1999 y secretario de Seguridad durante el último tramo de su presidencia: “Creo que el que entendía mejor cómo era la crisis y cómo se salía de la crisis era Duhalde. Me parece que Duhalde es un tipo más para las crisis”.
¿Un líder para domar la crisis o un piloto de tormentas generadas, como lo llama el mordaz periodista y escritor Jorge Asís? ¿Una crisis con causas propias o, más bien, provocada por Duhalde y las fuerzas políticas y económicas que lo respaldaban para imponer una política económica determinada?