Dolor y placer
Capítulo 2
ANGELOS soltó un improperio para sus adentros cuando la mujer que tenía delante se desvaneció con la cabeza entre las rodillas. Llamó a Eleni, se arrodilló al lado de Talia y le rodeó los hombros con un brazo para intentar sujetarla.
–Lo siento –consiguió disculparse ella con la cabeza apoyada en su brazo.
–Papá, ¿va a ponerse bien? –preguntó Sofia con cierta angustia.
Angelos estuvo a punto de soltar otro improperio porque no quería que su hija se preocupara por una desconocida.
–Claro –contestó él en un tono más tenso del que había querido poner–. Solo se ha desmayado un instante.
Su secretaria entró corriendo y Angelos le pidió que llevara un vaso de agua.
–¡Que sea un zumo! –le gritó mientras Eleni salía del despacho–. Es posible que sea una bajada de azúcar.
Volvió a mirar a Talia, quien tenía los ojos cerrados y estaba pálida. Parpadeó ligeramente y separó los labios para tomar aire entrecortadamente. Entonces, abrió los ojos y su mirada se encontró con la de Angelos. Por un segundo, él se sintió desequilibrado, como si no hubiese pisado el último escalón de una escalera, y se dio cuenta de que tenía al brazo alrededor de sus hombros y sus pechos contra su pecho. Ella fue a incorporarse y él retiró el brazo.
–Lo siento –murmuró ella–. No suelo hacer esto.
–¿De verdad? –preguntó él en tono cortante y mirándola con los ojos entrecerrados.
–No…
–El caso es que no sé nada de usted, señorita Di Sione, y, sin embargo, quiere que le confíe el cuidado de mi hija.
Ella lo miró un momento y el tono avellana de sus ojos fue tan limpio que él sintió cierto bochorno por el tono cortante y la acusación implícita. Luego, ella desvió la mirada hacia Sofia.
–Estoy bien, Sofia –dijo ella con delicadeza.
Angelos vio que la expresión de su hija se iluminaba con una sonrisa temblorosa dirigida a Talia. Tuvo que reconocer que era la primera mujer de ese día que se había preocupado por lo que sentía su hija. Además, también se dio cuenta de que Talia no había reaccionado en ningún sentido por la cicatriz de Sofia, había actuado como si no importara lo más mínimo. Eso hizo que se alegrara y que se sintiera perplejo a la vez porque seguía estando convencido de que Talia di Sione no servía para ser niñera. No tenía formación ni referencias… ni siquiera sabía cómo se había enterado del empleo o por qué se había presentado para solicitarlo. Sin embargo, en el fondo, notaba que era la elección acertada, la única posibilidad porque le importaba su hija.
Eleni entró con un zumo de manzana en una bandeja y Talia lo tomó dándole las gracias.
–Siento ser una molestia –murmuró mirando a Angelos mientras daba un sorbo–. Ya estoy bien, de verdad.
–No es una molestia –replicó Angelos
Evidentemente, Talia era la mejor candidata para el puesto y, aun así, él se resistía. Le gustaba que las cosas fuesen claras, que tuviesen sentido. Le gustaba la experiencia y la formación por encima de la intuición. Su intuición le había fallado en el pasado y ya solo se fiaba de los datos firmes e inapelables. Los sentimientos, intuitivos o como fueran, no tenían cabida en su vida.
Sin embargo… Vio que Talia sonreía a Sofia y que le decía algo que hacía que su hija sonriera con timidez. Sofia vio que él tenía el ceño fruncido y también le sonrió con los pulgares hacia arriba. Era la primera mujer que había aceptado ¿Debería fiarse de la intuición de su hija como de la suya propia? Apretó los dientes con decisión. No tenía alternativa. Tenía que contratar a una niñera ese mismo día para que él pudiera volver a trabajar y Sofia estuviese atendida.
–¿Podría estar preparada para salir dentro de una hora? –le preguntó a Talia.
Talia parpadeó y la cabeza le dio vueltas otra vez mientras intentaba asimilar la pregunta de Angelos.
–¿Salir…? –repitió ella.
–Sí –contestó él con impaciencia–. Me gustaría volver a Kallos dentro de una hora.
Aunque sabía que parecía tonta, Talia no podía dejar de repetir lo que decía él.
–¿Kallos…?
–Mi casa –le explicó Angelos–. ¿No leyó el anuncio que puse, señorita Di Sione?
–Spiti –comentó Talia al acordarse del dibujo de Sofia.
–Sí, casa –Angelos la miró con la sorpresa reflejada en los ojos marrones y a ella se le puso la carne de gallina–. Entonces, sí sabe algo de griego.
–Muy poco.
Talia tomó aliento e intentó pensar con un poco de claridad. Notó una oleada de bochorno al pensar en lo débil que tuvo que haberle parecido a Angelos al desvanecerse en su despacho. No había comido nada desde hacía horas y el agotamiento físico y emocional por haber tenido que lidiar con tantas cosas desconocidas había acabado por vencerla, pero ya estaba mejor. Se irguió y dejó el vaso de zumo con energía.
–Señor… Kyrie Mena, me temo que todo esto se nos ha ido un poco de las manos.
Notó que se sonrojaba al ver que Angelos fruncía el ceño con perplejidad y enojo. Si le decía en ese momento el motivo verdadero para que estuviera allí, se pondría completamente furioso. Conocía a ese hombre desde hacía solo unos minutos, pero ya lo conocía lo bastante como para saber que se enfurecería si se enteraba de que no tenía intención de ser la niñera de su hija. Aunque… ¿era verdad? Miró a Sofia, quien la miraba con nerviosismo y el pelo oscuro por delante de la cara para que le tapara la cicatriz de la mejilla.
–Parakaló –susurró la niña con una sonrisa muy leve. Talia sabía que quería decir «por favor»–. Ven –añadió en un inglés vacilante.
A Talia se le encogió el corazón como la primera vez que la vio. Sofia quería que fuese y solo eran seis semanas. En seis semanas encontraría la ocasión de preguntarle a Angelos por el libro e, incluso, podría conseguir que se lo diera. Además, lo que era más importante, podría ayudar a Sofia o, al menos, ofrecerle su amistad.
¿Por qué no iba a aceptar ese empleo?
Porque era desconocido e inesperado y tendría que lidiar con muchas cosas que había evitado durante los últimos siete años. Porque no estaba en disposición de ayudar a nadie cuando no había sido capaz de ayudarse a sí misma, cuando se sentía insegura, sufría ataques de pánico y le daba miedo el futuro. Además, dejando a un lado sus carencias, si aceptaba el empleo, engañaría a esa familia aunque fuese con la mejor intención de mundo. Estaba segura de que a Angelos Mena le parecería discutible, si no condenable. No era una niñera.
–Yo…
No sabía qué hacer. Sofia la miraba con unos ojitos como los de un cachorrillo y Angelos Mena bullía de impaciencia. ¿Cómo podía negarse? ¿Cómo podía no negarse?
–Vino para solicitar el puesto, ¿no, señorita Di Sione? Estoy ofreciéndoselo, ¿está dispuesta a aceptarlo o no?
Talia siguió dudándolo. Sofia la miraba suplicándoselo en silencio y Angelos la miraba con los ojos entrecerrados y una expresión de impaciencia e irritación.
–Sí –la palabra se le quedó medio atragantada, pero se aclaró la garganta y levantó la barbilla–. Lo estoy.
Las palabras pusieron todo en movimiento y la hora siguiente fue un frenesí en el que Angelos bramaba órdenes a su secretaria y Sofia y ella volvieron a la zona de recepción. Sacó el bloc y los lápices mientras la gente iba de un lado a otro alrededor de ellas y empezaron a hacer dibujos graciosos y a reírse en voz baja, hasta que Angelos se plantó delante de ellas en jarras y con los ojos oscuros clavados en Talia de una forma que hizo que cualquier pensamiento se le esfumara de la cabeza.
–¿Dónde están sus cosas, señorita Di Sione?
–En el hotel.
–¿Qué hotel?
–Está cerca de la Acrópolis.
Angelos dejó escapar un suspiro muy leve.
–¿Cómo se llama el hotel, por favor?
–El Adriana.
Talia deseó poder comportarse de una forma normal delante de Angelos Mena. Había tratado con infinidad de personas ricas y poderosas gracias a su trabajo de retratista, pero ninguna había hecho que balbuciera tonterías como hacía Angelos Mena con sus ojos entrecerrados, su presencia abrumadora y su evidente fastidio. Evidentemente, no soportaba bien a los necios y ella se había sentido como una necia desde que entró en su imponente despacho.
–Alguien irá a recoger sus bolsas –comentó Angelos–. Hasta entonces, puede esperar aquí con Sofia.
Se alejó sin esperar a que ella replicara. Ni siquiera había mirado a su hija, y mucho menos le había dirigido una palabra amable o una sonrisa. Ella sí miró a Sofia y se preguntó cómo sortearían la barrera lingüística durante las próximas seis semanas.
–Creo que deberías enseñarme algo de griego –le propuso ella, aunque Sofia arrugó la frente–. Elinika.
Talia dijo alguna de las frases en griego que había aprendido en el avión y se tocó la boca para indicar que hablara. Sofia sonrió de oreja a oreja.
–Ne, ne –la niña se señaló el pecho–. Hablar anglika.
Talia sonrió y asintió con la cabeza.
–Podemos enseñarnos la una a la otra.
Pasaron la hora siguiente enseñándose palabras y frases en inglés y griego y riéndose cuando alguna de las dos, normalmente Talia, la decía mal.
–Gy… nek…a –repitió Talia–. ¿Qué quiere decir eso? –Sofia la señaló entre risas–. ¿Niñera? ¿Americana? ¿Extranjera?
–Mujer –contestó Angelos en voz baja.
Ella se dio la vuelta para mirarlo y todo le dio un vuelco. Estaba delante de ellas y la miraba con una expresión indescifrable, que, aunque era mejor que el ceño fruncido de costumbre, seguía haciendo que se sintiera indecisa.
–Gyneka –repitió él para que Talia se diese cuenta de que la había pronunciado mal–. Mujer.
Durante un segundo, no más, la miró fijamente y se sintió como si la hubiese clavado en ese sitio, no pudo mirar a otro lado ni respirar. Luego, desvió la mirada hacia su hija. Ella no entendía el griego, pero el giro de la cabeza hacia el ascensor fue lo bastante elocuente. Había llegado el momento de marcharse. Guardó el bloc y los lápices en el bolso y se levantó con Sofia. Angelos se dirigió a ella.
–El helicóptero está preparado y ya han llevado tus cosas desde el hotel.
–Helicóptero… –ella lo miró con un gesto de espanto–. No dijo nada sobre un helicóptero.
–¿Cómo íbamos a llegar a Kallos si no? –preguntó él con el ceño fruncido.
–En coche…
–Kallos es una isla, señorita Di Sione. Iremos en helicóptero, tardaremos una hora.
Una isla… Se acordó del dibujo de Sofia, de la playa con el mar azul. Claro que era una isla. Se dio cuenta de que debía de haberse quedado boquiabierta porque Angelos la miró con los labios apretados.
–¿Es un inconveniente? –le preguntó él en un tono engañosamente comedido.
–No, claro que no.
Sin embargo, estaba mintiendo porque ya notaba que el pánico iba a adueñándose de ella. ¿Podía saberse qué estaba haciendo marchándose a una isla dejada de la mano de Dios con un desconocido y en helicóptero? Se le aceleró la respiración y Angelos la miró con los ojos entrecerrados.
–No irá a desmayarse otra vez.
–No –contestó Talia con más firmeza de la que sentía.
Estaba a unos siete mil kilómetros de la seguridad de su nido y creía que no podía dar ni un paso más. Entonces, notó una manita fría que agarraba la de ella, bajó la mirada y vio a Sofia, que le sonreía.
–¿Bien? –le preguntó la niña.
Talia se sintió conmovida y azorada por su evidente preocupación.
–Bien –afirmó ella con poco convencimiento.
La dos, de la mano, fueron hacia el ascensor. Ni siquiera el apoyo de Sofia consiguió que no se le acelerara el corazón de miedo cuando tomaron el ascensor que las llevó al helipuerto. Miró a Angelos, que estaba dirigiéndose hacia el aparato. El viento que provocaban las hélices le ceñía tanto la camisa al cuerpo que pudo ver el contorno de sus impresionantes pectorales. El helicóptero le parecía pequeño y amenazante, la cabina curva y acristalada le recordaba al ojo gigante de un bicho. Agarró la mano de Sofia con más fuerza. Creía sinceramente que no podría hacerlo.
Angelos se subió al helicóptero y tendió la mano a Sofia. Talia miró a la niña, que se montó ágilmente y se sentó. Angelos se volvió hacia ella con el viento arremolinándose alrededor de él y con la mano tendida. Ella se quedó mirándola.
–¡Señorita Di Sione! –gritó él por encima del ruido de los rotores–. ¡Tómeme la mano!
El corazón le latía dolorosamente y tenía las manos frías y sudorosas. No podía hacerlo, no soportaba los espacios de los que no podía salir. Una puerta cerrada, un cuarto oscuro, un coche cerrado… los evitaba siempre. Le había costado pasar esas horas en un avión, pero un helicóptero… Entonces, de repente, pensó en Giovanni sonriente mientras le daba las instrucciones. «Sé que lo intentarás por todos los medios, y lo conseguirás». Aspiró una bocanada de aire, tomó la mano de Angelos y dejó que la subiera al helicóptero. Se derrumbó en el asiento. Tenía las piernas como si fuesen de goma y el corazón desbocado. Acababa de abrocharse el cinturón de seguridad cuando el helicóptero se elevó en el cielo azul y se dirigió hacia el mar Egeo.
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