Dos hermanas

David Foenkinos · Capítulo 3 de 3

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Dos hermanas

Epílogo

 

El día del entierro, Frédéric parecía perdido. No conseguía articular el menor sonido. De todas formas, no había nada que decir. La familia, los amigos, los conocidos y los compañeros de trabajo formaban todos una muchedumbre que también parecía muerta. Aun así, en el momento en que el ataúd de Agathe se hundió en la tierra, Frédéric soltó un grito de dolor. Mathilde se acordó de su madre; era prácticamente el mismo grito; los dolores se unían.

 

Hubo luego algo parecido a un copetín bastante patético. ¿Qué puede decirse la gente en momentos así? Mencionaban mucho a Lili. La idea de que había que seguir adelante por ella. Sí, claro, balbucía Frédéric. Los niños son una razón para seguir adelante, añadía la gente. Y él entonces rompió en sollozos al pensar que su hija nunca más tendría a su mamá a su lado. Eso era lo que le parecía más insoportable; no pensaba en él como viudo, sino, sobre todo, en Lili como huérfana. Sabía que el cariño de su propia madre le había resultado determinante para hacerse a sí mismo y afianzar sus criterios. No había podido viajar a París; vivía en Niza y estaba muy enferma; la noticia de la muerte de su nuera la había dejado anonadada. Pronto le llegaría a ella la vez.

 

Mathilde se había quedado aparte. Cada vez que se le acercaba alguien para darle el pésame, se daba a la fuga. Igual que le pasaba a Frédéric, se sentía incapaz de hablar. Permanecía extrañamente confusa, y la mayor parte del tiempo no era en absoluto consciente de su responsabilidad. Se creía la versión oficial, la de una caída estúpida un día en que Agathe, con fiebre e indispuesta, se puso a podar la hiedra sin pararse a pensar en lo peligroso que era. Así que en su comportamiento no se notaba la mínima culpabilidad. Y luego la realidad volvía ocupar el primer plano en su memoria y algo así como una acidez le nublaba la vista.

Hugo se le acercó tímidamente. De entrada, Mathilde no lo reconoció. Él le dijo que estaba consternado, y fue al centrar la atención en la boca de ese hombre y recordar cómo se comía los cacahuetes cuando se acordó de quién era y de la cita amañada. Mathilde lo besó efusivamente en ambas mejillas, como para compensar lo fría que había estado entonces. Hugo resultó ser un amigo estupendo para Frédéric, siempre dispuesto a prestarle ayuda y apoyo. Incluso en el entorno laboral. No tardó en conocer a una mujer en un seminario fuera de París, y por fin fue dichoso.

 

Luego, todo el mundo se marchó a casa.

 

Y fueron pasando las semanas.

 

Un día, Frédéric guardó en el cajón de la mesilla una foto de Agathe que había encima. Le resultaba demasiado doloroso despertarse todas las mañanas y ver esa imagen. Y además, todo el mundo le decía que tenía que seguir adelante con su vida. Varias veces se quedó sorprendido de haber pasado dos o tres horas sin acordarse de que Agathe había muerto, como si, a fin de cuentas, sí que fuera posible vivir sin ella.

 

Cada noche, lo que lo hacía feliz era volver con Lili.

 

Mathilde cuidaba a su sobrina con tanta abnegación que se iba convirtiendo, con toda naturalidad, en una madre sustituta. Pronto volvería a trabajar y podría alquilarse un piso, pero prefería quedarse con Frédéric para cuidarlos, a él y a Lili. Sentía que estaba donde tenía que estar. Le parecía incluso que estaba experimentando algo inédito. Con Étienne siempre había habido cierta incomodidad; el amor apasionado nos mueve a amortiguar el mínimo gesto, a anticipar de forma exagerada las reacciones del otro, a extraviarnos finalmente por la laberíntica anarquía del corazón. Mathilde estaba ahora serena; cuidaba a un hombre, cuidaba a una niña pequeña. Había querido ocupar ese lugar. Era el que le correspondía. Ahora lo entendía todo. Había actuado para alcanzar la felicidad. ¿Cómo sentirse culpable? En torno, la alegría volvía por sus fueros de forma aún más espectacular. La noche anterior, el mismísimo Frédéric había soltado la carcajada en plena cena. Y mientras tanto, Lili dormía con una sonrisa plácida en la cara. Sí, era innegable. Era esa vida la que tenía por delante. Mathilde se había limitado a cazarla al vuelo. No tardaría en proponerle a Frédéric que cogiesen una canguro para poder salir los dos juntos. Quizá incluso fueran otra vez a oír a Schubert. Habían sido tan felices aquella noche. Podrían caminar de nuevo en la oscuridad nocturna, comentando sus impresiones, y sería maravilloso, completamente maravilloso, y ya nada se les podría poner por delante.

 

No, nada. Mathilde había actuado para cambiar de bando. Era una triunfadora. Acababan de concederle un nuevo destino en un liceo que le caía bastante cerca de casa. Era perfecto. Pronto volvería a hablar de Flaubert. En cualquier momento se cruzaría con Étienne e Iris por la calle y le daría igual. Incluso el vientre abultado de Iris la dejaría impertérrita. Todo lo contrario, solo le apetecería una cosa: darles las gracias. Sin ellos no habría conocido su felicidad presente. Le mandaría un regalo al niño cuando naciera.

 

Todas las noches, Frédéric y Mathilde cenaban juntos: ya no sacaban tanto a relucir los recuerdos relacionados con Agathe; poco a poco, había ido desapareciendo de sus conversaciones. Él hablaba de su profesión (ese apasionamiento había sido un factor decisivo en su esfuerzo por sobrevivir). Ella citaba a Flaubert y, a veces, antes de acostarse, le leía algunos fragmentos. Frédéric, que como quien dice no había leído nunca una novela, estaba cada vez más entusiasmado. Una vez, en plena Educación sentimental, oyeron llorar a Lili. Mathilde dejó de leer para ir a coger a la niña en brazos. Volvió a quedarse dormida en pocos minutos. Mathilde regresó al salón.

—Listo, ya se ha dormido.

—Gracias.

—No hay de qué.

—¡Qué bien cuidas a Lili! No sé cómo agradecerte… todo lo que haces.

—No digas eso. Es lo lógico.

—…

Mathilde volvió a acomodarse en el sofá y a coger el libro. Pero no siguió leyendo. Notaba que Frédéric la estaba mirando, así que evitaba que se les cruzase la vista. Él acabó por decir:

—Qué suerte tuvo Agathe de que fueras su hermana.

 

Nada más decir esas palabras, acercó la mano a la cara de Mathilde. Un mechón le caía por la cara, tapándole el ojo izquierdo. Frédéric se lo puso delicadamente detrás de la oreja.

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