El 45

Félix Luna · Capítulo 5 de 10 · parte 1/5

Páginas del PDF

El 45

III EL HURACÁN DE LA HISTORIA (setiembre-octubre 1945)

Este capítulo es largo, así que está dividido en 5 partes.

III

EL HURACÁN DE LA HISTORIA

(setiembre-octubre 1945)

 

I

 

Para sus organizadores, la Marcha de la Constitución y la Libertad fue un éxito

rotundo. [69] La policía dijo que 65.000; algunos dirigentes opositores aseguraron que medio millón. Entre estos dos tendenciosos topes osciló la multitud que se congregó en la Plaza del Congreso ese miércoles 19 de setiembre de 1945 después de almorzar, bajo un cielo primaveral; escuchó allí una proclama, desfiló por Callao entre los aplausos de balcones y ventanas y luego se derramó sobre Plaza Francia para atender allí la lectura de otro manifiesto y disgregarse eufóricamente después, sin incidentes.

Esta escueta reseña no refleja ni remotamente lo que fue y significó la Marcha. No se trataba sólo del sorprendente número de manifestantes ni de su perfecta organización ni tampoco de la presencia del estado mayor de la oposición en pleno. Fue impresionante como expresión de fuerza, pero más aún como toma de posesión de Buenos Aires por algo que parecía, al fin, el pueblo. Ni más ni menos que eso; y una sonora cachetada en el ya bastante golpeado rostro del régimen.

En verdad, como fuerza política, la Marcha fue admirable. Varios camiones con altoparlantes transmitían marchas, consignas, arengas; centenares de «comisarios» aceleraban o retardaban el paso de la columna, mientras otros se ocupaban de vigilar las bocacalles y proximidades en previsión de eventuales provocaciones —que no se produjeron—. Grandes cartelones con las efigies de San Martín, Belgrano, Moreno, Rivadavia, Echeverría, Mitre, Urquiza, Sarmiento y Roque Sáenz Peña reclamaban el patrocinio de toda la Historia para el acto. Casi cien carteles más, portados por los manifestantes, citaban frases de la Constitución Nacional y de los próceres. Centenares de banderas flameaban sobre el río humano. La Universidad — estudiantes, profesores— se había volcado allí; virtualmente no hubo actividad en los Tribunales; muchas fábricas dieron asueto a su personal al mediodía: «Cerraron sus puertas todas las casas de comercio de la ciudad», exageraba La Prensa, pero no demasiado. La huelga de los empleados tranviarios no había afectado mucho a la concurrencia: la gente concurría a través de otros medios y días después, repuesta del impacto, la única voz periodística que respondía al oficialismo, La Época, diría con resentimiento: «¿Qué los iba a afectar la huelga de transporte? ¡Si todos iban en automóvil!»

No todos iban en automóvil a la Plaza del Congreso. Pero la composición del público era, a ojos vista, de clase media para arriba. Sin embargo, para juntar unas 200.000 personas no se puede echar mano solamente a la clase media y también había ferroviarios con overalls y municipales con sus mussolinos y tranviarios con sus grises uniformes, con el aire serio y disciplinado de los militantes de izquierda. No obstante estas presencias proletarias —calurosamente ovacionadas por el público—, algunos corresponsales extranjeros distinguieron la fisonomía del acto en otra forma: el Daily Mail, de Londres, diría que la marcha «fue una demostración política, pero ni Bond Street podía haber hecho una exhibición tal de modelos y ni aun Mr. Cochran, el conocido empresario teatral, lograría reunir tantas mujeres bonitas para exhibirlas en una mezcla semejante de pasión política y de alegría».

Después de la proclama de Plaza del Congreso, la multitud empezó a desfilar ordenadamente por Callao. Al pasar frente a los balcones del Hotel Savoy, las figuras de Ricardo Rojas y Adolfo Güemes provocaron un aplauso constante; en la esquina de Corrientes la manifestación engrosó con nutridos aportes de público que allí esperaba. Al llegar a la esquina de Viamonte, el mudo edificio del Ministerio de Guerra fue silbado y abucheado; rigurosamente cerradas sus puertas y ventanas, desde el quinto piso Perón y sus colaboradores miraban las primeras filas.

—Yo me voy a dormir la siesta —dijo el coronel—. Sigan mirando ustedes y cuéntenme sus impresiones.

Y efectivamente, se fue a dormir en la pequeña habitación que tenía dispuesta al lado de su despacho; algunos de sus colaboradores se habían ocupado de que octavillas que contenían citas truncas de Sabattini y una presentación jurídica

contraria a la entrega del gobierno a la Corte, [70] llovieran sobre la manifestación

desde algunas casas. Pero fue en Santa Fe y Callao donde se ensanchó el río humano

hasta ocupar toda la avenida. [71] Caras conocidas encabezaban la manifestación: don Joaquín de Anchorena y Antonio Santamarina contestaban a los aplausos con elegantes galerazos; Rodolfo Ghioldi, Pedro Chiaranti y Ernesto Giúdice, con el puño en alto; Alfredo Palacios, con vastos ademanes que no desacomodaban su chambergo. Al llegar a Melo, algo que pareció un incidente detuvo el paso; era el general Arturo Rawson, que vestido de uniforme arengaba a la multitud. Algunos no entendieron la presencia del autor material de la revolución de 1943 y silbaron; en seguida se restableció el orden: ¡era el Ejército democrático que hablaba por su boca! Dos veces tuvo que repetir Rawson su arenga entre las aclamaciones del fluente público. En cambio, al general Pedro P. Ramírez lo silbaron cuando lo descubrieron en otro balcón.

En las cercanías de Plaza Francia una insólita presencia se mezcló con la multitud. Era Spruille Braden, todavía en Buenos Aires con las valijas ya listas; el nuevo secretario adjunto de Asuntos Latinoamericanos no podía irse sin comprobar con sus propios ojos el resultado de su gestión diplomática. Cuatro días más tarde, al subir al avión que lo conduciría a Washington, dijo que no sólo había estado en la parte final de la Marcha sino que el personal de la Embajada de Estados Unidos había sido dispuesto estratégicamente a lo largo del itinerario. Ellos habrán informado eficazmente sobre la cantidad y la calidad del público, aunque más difícil era reflejar la euforia, el fervor y los estribillos que se cantaban: «Con tranvía o sin tranvía se quedaron en la vía»; «A Farrell y Perón hoy le hicimos el cajón»; «Juancito, yo te decía, que sin tranvía igual se hacía»; «Desde el cabo al coronel, que se vayan al cuartel»; «Votos sí, botas no». O las innumerables Marsellesas, bien o mal pronunciadas, que se entonaron.

Al caer la tarde Buenos Aires todavía estaba estremecida con el aliento poderoso de la Marcha. Una felicidad cuya dulzura se saboreaba hasta en el delicioso cansancio de la caminata emborrachaba a la oposición. Parecía el comienzo del fin. ¿Qué gobierno podía aguantar semejante exhibición de fuerzas? ¿Quién podía poner en la calle tanta gente? Lo que no advertían quienes así pensaban era que en este país, en tiempos de fervor político cualquiera de los bandos puede congregar de un día para otro doscientas mil personas…

 

II

 

La prensa opositora sacó buen partido de la Marcha durante varias jornadas. Además de reproducir in extenso las declaraciones que de seguido hicieron los radicales, los socialistas, los conservadores, los comunistas, los demócratas progresistas, la FUA, la Federación de Colegios de Abogados (que además prohibió a los abogados de todo el país aceptar cargos del gobierno de facto), los sindicatos libres y otras instituciones, subrayando la magnitud del acto; además de dedicar puntualmente sus editoriales a comentarlo, destinaron un espacio asombrosamente grande a reseñar la manifestación. La Prensa dio íntegramente sus tres primeras páginas; La Nación también, con el agregado de dos páginas de fotografías en huecograbado; El Mundo informaba de la Marcha a través de ocho páginas; La Razón, seis; «Medio millón de personas en la Marcha», titulaba Crítica; y El Mundo: «Juró luchar el pueblo por el imperio de la ley», «Vibró ayer Buenos Aires en un solo clamor: Libertad y Constitución»; La Nación: «Fue grandioso el desfile», «Una imponente muchedumbre formó en la Marcha de la Constitución y la Libertad». «Nunca hubo en Buenos Aires un acto cívico más numeroso y expresivo que la Marcha de la Constitución y la Libertad» (La Prensa). Así eran los cabezales de los diarios al otro día.

Había párrafos que no pueden olvidarse: La Nación traía esta delicia: «… en algunos puntos distantes del centro de la ciudad, varios conductores inspirados con propósitos malévolos, invitaban a ocupar sitios en sus camiones a los gritos de “¡A la Constitución!” Los obreros escuchaban las invitaciones y ansiosos por alcanzar la meta de sus ideales se instalaban en los camiones, seguros de que serían trasladados al lugar de la concentración general. ¡Vana esperanza! Lo que hacían esos camiones era trasladarlos a la plaza Constitución, tratando de alejarlos cuanto fuera posible de la ansiada meta».

En los días subsiguientes fueron llegando las repercusiones del exterior. El New York Times dedicaba un editorial a la Marcha y aseguraba en sus titulares que «250.000 personas se congregaron a favor de la libertad; multitud récord gritó: Muera Perón». El Herald Tribune apuntaba más alto: «500.000 piden el fin del régimen de Perón». Los diarios uruguayos, brasileños y hasta cubanos pronosticaban que la Marcha significaba un pronto cambio en la política argentina. Pero entre los cables llegaban también algunas expresiones desconcertantes y La Prensa los reproducía honradamente: de Londres decían que «muchos informes contradictorios llegaban desde Buenos Aires; algunos de ellos dicen que el movimiento ha sido fomentado por los “intereses monetarios” que están utilizando el frente popular por el efecto que ello produce». Y en Gran Bretaña también se comentaba que difícilmente podía calificarse de fascista a un régimen que permitía un acto tan importante y significativo.

Interpretaciones, podían hacerse muchas; pero lo real y concreto era que esta vez la oposición había producido un hecho político trascendente, por sí misma. La cachetada al régimen había restallado en todo el mundo, sonora, tremenda… Y el gobierno de facto tambaleaba, aunque cinco días después Perón reanudara imperturbablemente su cotidiana actividad oratoria y aunque Quijano felicitara a la policía por el orden y la cultura que habían reinado durante la Marcha.

Los signos del deterioro oficial eran ya inocultables. Una discreta ola de

renuncias[72] y declinaciones de cargos en el sector bancario y diplomático indicaba por esos días que no eran muchos los que querían seguir embarcados en un bote que hacía agua por todos lados. Había trascendido que en Córdoba el jefe de la IV División, general Osvaldo Martín, se había negado a difundir la orden general radiada por el ministro de Guerra en vísperas de la Marcha. Pero fueron los episodios ocurridos en la provincia de Buenos Aires los que asestaron los golpes más directos sobre Perón.

Ocurría que el interventor de Buenos Aires estaba jaqueado de tiempo atrás por Campo de Mayo. Diversos episodios lo habían desgastado ante la poderosa guarnición comandada por el general Eduardo Ávalos. En realidad, la hostilidad contra Bramuglia encubría la hostilidad contra Perón, a través de su más inteligente y eficaz colaborador. El mismo día de la Marcha, el Presidente debió aceptar la renuncia de Bramuglia, que decidió abandonar su cargo sin consultar a su jefe. La vacante del puesto político más importante del gobierno —después del Ministerio del Interior— provocó una rápida lucha de facciones dentro del oficialismo. Cooke presionó para ganar la provincia; Perón no pudo afrontar la posibilidad de que desairaran a su posible candidato, quienquiera que fuese, en momentos tan delicados como los que estaba atravesando, y tuvo que resignarse a aceptar la designación de Alberto H. Reales, un incondicional de Cooke. Pero en el breve lapso que duró este forcejeo, Ramón del Río, ministro de Gobierno de Buenos Aires a cargo interinamente de la Intervención, se dio el lujo de enviar un ultimátum público a Quijano: «O el señor Ministro fija una clara política o nombra inmediatamente un sucesor en la Intervención de Buenos Aires. No puedo prolongar un interinato que podría hacerme solidario con una política que no conozco.» Y concretamente fijaba en 48 horas el plazo para abandonar su cargo. Radical revisionista, Del Río creía en una solución sabattinista y dejó aclarado que no había ocupado su cargo para fraguar candidaturas oficiales. El escándalo terminó —en el plano público, al menos— con la asunción de Reales, a cuyo juramento asistió Perón. ¡Qué otro remedio!

Para el oficialismo, el único alivio de esos días tensos fue la partida de Braden. Todo el gobierno debe haber emitido un inmenso ¡uff! Todavía eufórico con la imagen multitudinaria de la Marcha, el ex embajador no dejó de hacer declaraciones hasta último momento, prometiendo acentuar su política desde su nuevo cargo en Washington. Había almorzado en las vísperas de su viaje con Cooke —que extremó sus seguridades de que liquidaría todo cuanto oliera a nazismo— y con Quijano — que volvió a ratificarle que habría elecciones pronto—, pero estos agasajos no alteraban, desde luego, su firme convicción de que el régimen de Farrell era un peligro para el continente, que Perón era un aventurero nazi al que había que aplastar y que ambos no tardarían en ser volteados.

No era sólo Braden el que abrigaba estas seguridades. La inminente caída del gobierno de facto era ya una sensación generalizada después de la Marcha. Al día siguiente, el Partido Socialista reclamaba la inmediata entrega del poder a la Corte. Y Sabattini, arribado a Buenos Aires por un día para asistir al sepelio de Honorio Pueyrredón —fallecido el 22 de setiembre—, dijo en una improvisada reunión de radicales intransigentes que la unidad con los restantes partidos era conveniente, pero sólo para voltear a la dictadura; a las elecciones —agregó— la UCR debía concurrir sola, con sus banderas y sus candidatos propios.

Voltear al gobierno… ¿Quién daba, a una semana de la Marcha, un peso por Farrell y Perón? Cuatro días después del acto aparece un documento firmado por casi treinta almirantes y capitanes de navío retirados reclamando al gobierno de facto un acto de renunciamiento —nótese el levísimo matiz empleado para no usar la palabra «renuncia»— y señalando que no debía permitirse «continuismo ni fábrica de sucesiones» ni candidatos apoyados desde las esferas oficiales ni mucho menos surgidos de ellas.

El manifiesto de los marinos retirados fue un verdadero impacto. Hasta entonces,

nunca la Marina había adoptado actitudes políticas propias [73] . Acollarados desganadamente a sus camaradas de tierra, los marinos habían aceptado la revolución de 1930 y la de 1943, tratando de salir indemnes de los avatares de un proceso que también los comprometía. Alimentaban ahora un creciente rencor contra Perón, y el manifiesto encabezado por el prestigioso almirante Domecq García expresaba en realidad el pensamiento de toda la institución naval. Era, además, el primer síntoma de ruptura de la unidad que, a tuertas o derechas venían llevando las Fuerzas Armadas. El documento certificaba la alineación opositora de una de las dos armas —la Aeronáutica apenas contaba—. Ahora ya estaban definidos todos. ¿Qué quedaba por hacer? Esa última semana de setiembre estaba cargada de tensiones e inminencias. Algo tenía que ocurrir urgentemente. La oposición necesitaba precipitar en hechos una saturación de la atmósfera política que no podía mantenerse indefinidamente o el gobierno tenía que inventar algo que descargara el ambiente. Pero en los altos niveles de la oposición no se desconocía esta necesidad. Ya se deslizaban nombres, datos y fechas. El esfuerzo realizado se encauzaría hacia el anhelado movimiento revolucionario; el crescendo opositor que venía desplegándose desde mayo reventaría ahora, muy pronto, antes de fin de semana. ¿Dónde? En Córdoba. ¿Quién? El general Rawson.

El general Arturo Rawson había sido el autor material de la revolución del 4 de junio de 1943. Triunfante el movimiento, anuncióse que se haría cargo de la Presidencia pero no alcanzó a hacerlo; sus compromisos aliadófilos despertaron la desconfianza del GOU y fue sustituido por el general Pedro Pablo Ramírez. En compensación, Rawson fue agraciado con la embajada en Brasil, que desempeñó hasta enero de 1944. Al producirse la ruptura de relaciones con el Eje incurrió en la jactancia de proclamar públicamente ese hecho como una victoria propia. Sus antiguos camaradas de conspiración lo llamaron entonces a Buenos Aires y aquí quedó, desplazado y sin cargo ninguno, observando cómo la revolución que él había llevado al éxito se iba convirtiendo en un proceso electoral con beneficiario concreto. Vinculado a la clase alta de Buenos Aires, recibía Rawson sutiles y persistentes presiones que lo inducían a encabezar una acción revolucionaria. ¿No había sido el héroe del 4 de junio? ¿No se sentía traicionado? ¿Quién con más prestigio en el Ejército podía dar el golpe democrático que todo el país reclamaba? Una ventaja suplementaria tenía Rawson: su consuegro era jefe de la IV División, con asiento en Córdoba y uno de sus hijos revistaba en uno de los regimientos de esa guarnición. Cierto que el general Osvaldo Martín había sido relevado por el ministro de Guerra pocos días antes de la Marcha, pero aún no tenía reemplazante.

La jornada de la Marcha fue decisiva para la motivación de Rawson. Vestido con su uniforme, fue aclamado por los que pasaban bajo su departamento. Estaba eufórico y el fervor de la gente lo resolvió a dar el paso final. Ya no podía tener dudas; todo el país estaba contra la dictadura. Tal vez quería cancelar un sentimiento de culpa, rectificando el proceso de una revolución que había soñado diferente… Esa misma noche partió en automóvil para Córdoba: un par de sobrinos y unos pocos amigos lo acompañaban. Allí lo esperaría, en el momento oportuno, Alfredo Palacios, para hacerse cargo de los menesteres civiles de la revolución y dirigir, sin duda, algún mensaje a la juventud.

Rawson presidió el 20 al mediodía una reunión de oficiales, a los que comprometió para acompañarlo en el alzamiento. No eran, ni con mucho, los suficientes para volcar la situación militar, pero confiaban en que una actitud decidida modificaría de inmediato la relación de fuerzas en todo el país. Al día siguiente Rawson regresó a Buenos Aires para prestar declaración ante un tribunal militar que lo había citado con motivo de su actitud durante la Marcha. No fue detenido y al otro día —sábado 22— estaba de nuevo en Córdoba. Se había resuelto que la revolución estallara el lunes 24 a medianoche; Palacios ya estaba allí ¡siempre listo! Pero en la tarde del día señalado, fuerzas de artillería rodearon la unidad de comunicaciones donde estaban reunidos los conjurados. No hubo violencia ni resistencia; se entregaron de inmediato y el 25 por la mañana el país se enteraba de que los generales Rawson y Martín habían sido detenidos por incitar a la rebelión y que la proclama del frustrado movimiento sostenía la necesidad de entregar el gobierno a la Corte.

Al día siguiente, a media tarde, Quijano anunciaba que el Presidente acababa de firmar un decreto restableciendo el estado de sitio. Y los telégrafos invisibles de la oposición anoticiaban esa misma noche que centenares de personas eran detenidas por la policía en todo el país, que Crítica había sido allanada y se había reimplantado una rígida censura sobre los diarios.

Por supuesto, la medida oficial era excesiva. Imponer de nuevo el estado de sitio y desatar una ola de detenciones por el hecho de haber sorprendido a dos generales — uno retirado y otro relevado— en reuniones conspirativas, no significaba otra cosa que un pretexto. El gobierno de facto, acosado, golpeado en todos sus flancos, asfixiado casi por la marea opositora, vio en el conato de Córdoba un excelente motivo para justificar de alguna manera las medidas represivas a las que tenía que echar mano urgentemente.

Pero era un recurso desesperado. En realidad, el gobierno había caído en la provocación opositora y acelerado la crisis inevitable. Perón podía darse el gusto de saber detenidos a casi todos sus adversarios más importantes, pero la repercusión de estas arbitrariedades sería contraproducente.

Los últimos días de setiembre el país vivió una experiencia curiosa. Quien leyera los periódicos sin tener otros elementos de juicio podría creer que estaba viviendo en una tierra prodigiosa, donde las crónicas de conferencias y exposiciones, los agasajos a visitantes extranjeros y las reuniones de filatélicos y floricultores agotaban la atención del público y las preocupaciones editoriales de los diarios. Pero en las cárceles de ese reino de mentirijillas se podía asistir a un espectáculo alucinante: tiesos ex ministros en calzoncillos largos o políticos eminentes preocupados por sus pelucas y bragueros, profesores universitarios, profesionales, militares y marinos retirados, los personajes más conspicuos del país llenaban sus cuadras. Lo más que pudieron permitirse los diarios opositores fue publicar, días más tarde, que la Sociedad Rural había agasajado a su presidente, José María Bustillo; que la Bolsa de Comercio había hecho un caluroso recibimiento al suyo, Eustaquio Méndez Delfino; que la Unión Industrial había acogido entusiastamente a su titular, don Luis Colombo: en todos los casos, estos caballeros «se habían reintegrado a sus tareas después de haber permanecido alejados de ellas durante algunos días». Para los lectores avisados, estas reticencias bastaban.

En realidad, las detenciones duraron muy poco. La gran mayoría de los arrestados no tenía nada que ver con el movimiento de Rawson y los jueces atendieron rápidamente los recursos presentados a su favor; otros lograron eludir la acción policial y se refugiaron en embajadas amigas, de modo que en una semana más casi no había detenidos de la redada lanzada con motivo del abortado movimiento de Córdoba. Pero aparte de agudizar el malestar, ya poco menos que incontenible, reinante en Campo de Mayo, las medidas represivas llevaron a todas las universidades del país a cerrar sus puertas en protesta por la detención de sus rectores y muchos consejeros, profesores y dirigentes estudiantiles. Y esto era bastante serio.

Ocupadas por los estudiantes, las universidades constituían una bulliciosa protesta, un elemento de presión muy poderoso. El 29 de setiembre el ministro de Instrucción Pública emplazó a las autoridades universitarias a reabrir las puertas de las casas de estudio en plazo perentorio; dos días más tarde el rector de Buenos Aires contestaba la intimación explicando las razones de la medida y aduciendo que la Universidad «no declinaba de su función cultural». En todas las ciudades del país con sede universitaria era dable ver a los edificios coronados de una juventud gritona que exhibía banderas y carteles: «El fin del payaso», rezaba uno enarbolado en la Facultad de Derecho de Buenos Aires. Amigos y familias pasaban viandas y abrigos a los ocupantes por las puertas excusadas, ante la impasible vigilancia de unos pocos policías: la cosa tenía un aire picaresco, divertido.

Entretanto, el gobierno persistía en su acción represiva. El 2 de octubre se dio un comunicado anunciando que el juez federal de Córdoba había sido separado de su cargo: se castigaba así su actitud de poner en libertad, personalmente, a algunos ciudadanos vinculados al movimiento de Rawson y Martín. El gobierno revolucionario no había tocado a casi ningún juez hasta entonces, respetando la inamovilidad de los magistrados judiciales con mayor consideración que el gobierno revolucionario de Uriburu, que en 1930 echó a varios jueces y camaristas sin que ese acto provocara ninguna reacción de la Corte Suprema. Pero esta vez el alto Tribunal no iba a tolerar semejante ultraje: cuatro días después la mayoría de sus miembros emitió una acordada declarando nula la medida contra el juez federal de Córdoba. El acuerdo fue elevado al ministro correspondiente y se publicó tres días más tarde en La Vanguardia, que fue secuestrada por ese motivo. También se difundió en la publicación técnica La Ley, de circulación relativamente restringida; a los diarios se les prohibió aludir a ella, bajo pena de severas sanciones.

El 5 de octubre a la madrugada, la policía entró en las distintas facultades de la

Universidad de Buenos Aires[74]; el día anterior lo había hecho en las de La Plata y dos días después ocuparía la Universidad del Litoral. En todos los casos la orden del gobierno se cumplió por la policía con lujo de brutalidad. Muchachos y chicas fueron golpeados a mansalva. Hartos de los trabajos extra motivados por los estudiantes, los agentes de seguridad aprovecharon a fondo la piedralibre que les brindó la autoridad. Las cárceles, que iban desocupándose de políticos, empresarios y figuras representativas detenidas una semana antes, ahora se llenaban con estudiantes: en Buenos Aires hubo que soltar a los «yiros» y mecheras del Buen Pastor para que pudieran entrar las muchachas detenidas en las facultades… Esa tarde, un par de centenares de damas que se proclamaron madres, hermanas, novias de los estudiantes presos, hizo una silenciosa concentración frente a la Casa Rosada; fueron corridas con gases lacrimógenos y los diarios recibieron orden de no publicar una palabra del episodio.

En medio del tenso ambiente que existía en todo el país, Perón había restringido un tanto su actividad oratoria. El 3 de octubre habló en Cuatro de Junio (Lanús) ante obreros ferroviarios. No aludió a los hechos recientes, repitió más o menos las mismas cosas que venía diciendo desde meses atrás y se limitó a firmar que combatía «con armas leales y de frente contra todos los que compran y venden el país». Sólo aspiraba —dijo— a hacer la dicha del país y después morir. Fue un discurso apagado y poco imaginativo. A su alrededor todo ardía sordamente. Al día siguiente, por la noche, en los alrededores de la Facultad de Ingeniería un grupo de aliancistas tiroteó a un grupo democrático y un estudiante, Aarón Salmún Feijóo, fue asesinado por negarse a vivar a Perón.

Un gobierno puede golpear indefinidamente contra un sector social, económico o político. Puede inventarlo como enemigo público o usarlo para justificar medidas odiosas. Pero no puede castigarse a todos los sectores indefinidamente. En las últimas semanas de setiembre y primeras de octubre, el gobierno de Farrell había conseguido echarse encima el odio —físico y palpable— de miles de argentinos, agredidos y vejados directa o indirectamente por las indiscriminadas medidas de represión. No obstante la censura, las noticias de los últimos hechos circulaban por todos lados, magnificadas por la carencia de información y la excitación general. Se aseguraba que en la toma de las universidades habían resultado varios estudiantes muertos; se denunciaban torturas y apremios contra distinguidas personalidades detenidas; se afirmaba que el gobierno planeaba un pogrom ejecutado por los aliancistas, en vista de que muchos estudiantes opositores eran judíos. Sin embargo, no existía en ese momento un clima de miedo: por el contrario, los núcleos activistas de la oposición operaban con extrema audacia. Había un intenso tráfico de armas, reuniones permanentes en la clandestinidad, distribución de material subversivo. La FUA era la vanguardia de todo este movimiento y resultaban infructuosos los esfuerzos policiales para detectar a sus cabecillas y sus guaridas. No había temor. Por varias razones: en primer lugar, toda la oposición campeaba con la estimulante certeza de que el pueblo, en su inmensa mayoría, repudiaba al gobierno. En segundo lugar, aunque la represión oficial no era blanda, existían ciertas seguridades: los jueces estaban dispuestos a paliar en todo lo posible la acción policial y detrás de la actividad opositora había apoyos fuertes, influyentes y con dinero. Era natural: los dirigentes de las organizaciones empresariales de ganaderos, industriales y comerciantes veían en esta lucha una cuestión de vida o muerte y abrían de buen grado sus billeteras. Y en última instancia no faltaba una embajada para refugiarse o una red perfectamente montada para escapar al Uruguay, si la hermandad opositora —especialmente la estudiantil— montada en todo el país no alcanzaba a amparar al activista prófugo.

Nunca vivió la Argentina un clima tan parecido al de la guerra civil. El 6 de octubre se realizó el entierro de Salmún Feijóo. Pañuelos y banderas saludaron al paso del cortejo fúnebre del estudiante asesinado, desde la casa de su familia, en Barracas, hasta la Recoleta. Había dolor y odio en esos miles de hombres y mujeres que convirtieron el sepelio en una manifestación de repudio al gobierno y que escucharon durante una hora y media los discursos que se dijeron en la necrópolis. Era un sábado. El lunes 8 empezaron a circular rumores extraños en Buenos Aires. Todo parecía en suspenso y las versiones más increíbles pasaban de boca en boca. A la madrugada del 9 muchos se decepcionaron cuando no leyeron en los diarios nada que permitiera abrigar alguna esperanza en un cambio radical de la situación. Lo único más o menos notable era la designación de un tal Oscar L. Nicolini como secretario de Comunicaciones. Pero las versiones arreciaban y aseguraban de reuniones oficiales, asambleas en Campo de Mayo, inquietud castrense. El martes 9 de octubre, durante la mayor parte de la jornada, se vivió a la expectativa de acontecimientos que tenían que producirse de un momento a otro. Y a la tarde de ese día la noticia reventó en todo el país: el coronel Perón renunciaba a sus cargos de vicepresidente de la Nación, ministro de Guerra y secretario de Trabajo y Previsión.

Ahora sí comenzaban esas diez vertiginosas, caóticas y decisivas jornadas que imprimirían carácter a la historia del país durante toda la década siguiente.

 

III

 

Las jornadas que siguieron resultan muy difíciles de relatar. Un enorme complejo de prejuicios oscurece, por uno y otro lado, la verdad histórica vivida por entonces.

Los periodistas los elevaron a la categoría de mito nacional, [75] los sacralizaron e

hicieron de esos acontecimientos la sustancia de una liturgia cuyos oficios todavía siguen celebrando. Los que fueron sus opositores resolvieron, simplemente, no creer en la realidad de esos días: para ellos no existieron, y cuando debieron obligadamente referirse a esas fechas lo hicieron con resentimiento y una terca obnubilación de juicio. Además, aquellos que de alguna manera participaron en la gestación de los acontecimientos que culminaron el 17 de octubre tienden involuntariamente a sobrestimar su propia actuación. Y por último, la manera confusa, dispersa y fragmentaria en que fueron desarrollándose los sucesos torna dificultosa su reconstrucción objetiva. De todos modos hay que intentar hacerlo y para ello es necesario retrotraer el hilo de los hechos a la creciente oposición de la guarnición de Campo de Mayo contra Perón, inocultable ya desde la última mitad del mes de setiembre.

Las manifestaciones callejeras de agosto y la desdichada orden general del 13 de setiembre se sumaban al malestar que ya existía contra una política social que parecía desenfrenada y peligrosa. Las deserciones sufridas por la CGT a principios de setiembre acentuaron en los círculos castrenses la impresión de que el pretendido apoyo popular a Perón era muy relativo. Y esta impresión se corroboró cuando un buen número de oficiales del acantonamiento asistió a la Marcha, vestido de civil: esa multitud era la propia, esa gente era el tipo de gente que los militares conocían y trataban… El frustrado golpe de Córdoba no promovió mayor solidaridad en Campo de Mayo: fue calificado de prematuro y mal preparado y además prescindía de la tradicional hegemonía que ejercía la guarnición porteña sobre el Ejército; no obstante, la llegada de una decena de oficiales detenidos —entre ellos los generales Martín y Rawson— no dejó de suscitar cierta simpatía en Campo de Mayo, donde quedaron presos. Pero en cambio, las medidas represivas lanzadas por el gobierno cayeron francamente mal. No era que escandalizaran mucho la clausura de universidades, los apaleamientos de estudiantes o la detención de profesores; pero esos actos comprometían demasiado a la institución armada.

Había además algunos hechos concretos que molestaban a Campo de Mayo. Reiteradas fricciones —menores pero múltiples— habían terminado por erosionar las relaciones de los jefes militares con el interventor de Buenos Aires provocando su

renuncia, como hemos visto. Ahora se presentaban [76] otras fuentes de disgusto: la

actuación de algunos funcionarios de la Subsecretaría de Prensa de la Nación y ciertas exacciones ilegales que empleados subalternos de la Secretaría de Trabajo y Previsión intentaron ejercer contra industriales de la zona aledaña a la guarnición. Eran problemas minúsculos, si se quiere, pero en el estado de potencial irritación en que se hallaba la oficialidad joven a fines de setiembre, resultaban detonantes para cualquier reacción.

El general Ávalos[77], jefe de la guarnición y por ello depositario del mayor poder militar del país (en esa época el comandante en jefe del Ejército no ejercía un mando directo de las fuerzas), era íntimo amigo de Perón y hasta entonces no había puesto objeciones a su política; más aún, la había estimulado en varias ocasiones y fue uno de los promotores de la reunión del 28 de julio, de la que saldría el acta que comprometía el apoyo militar a la salida política de la Revolución. Pero las circunstancias antes mencionadas también habían modificado la relación entre Perón y Ávalos quien, por otra parte, percibía claramente el malestar de sus subalternos de Campo de Mayo.

Un acto de gobierno de significación puramente burocrática precipitó la reacción: la designación del nuevo director de Correos y Telecomunicaciones. Ocurría que el

teniente coronel Francisco Rocco[78], jefe de una de las unidades de Campo de Mayo, aspiraba públicamente a ese cargo y se sintió desairado con la designación de Nicolini, un oscuro funcionario al que Eva Duarte guardaba gratitud por haberla

ayudado [79] en sus años de pobreza . La vinculación de Nicolini con la compañera de Perón era notoria y por consiguiente su designación fue interpretada como una concesión de tálamo; una prueba más de que, como se venía afirmando, «esa mujer» ejercía una irresistible influencia en el ánimo de Perón. El nombramiento fue un trapo

rojo a los ojos de la [80] oficialidad de Campo de Mayo y la indignación ya no pudo disimularse.

¿Qué motivo pudo llevar a Perón a cometer esa virtual provocación? Es posible que haya querido probar hasta qué punto le respondían los mandos, jugándose por un nombramiento indefendible; también podría presumirse que la designación de Nicolini se le haya pasado en la tensión de esos días, con las universidades en insurrección, la Corte prácticamente alzada contra el gobierno y un ambiente de contenida violencia en todas partes. Esta conjetura se afirmaría con el hecho de que fue Quijano quien firmó la designación de Nicolini. Hasta podría admitirse que Perón creyó llegado el momento de provocar la crisis final, pues de todos modos su permanencia en el gobierno no podía durar más allá de la convocatoria a elecciones, cuyo decreto ya estaba despaciosamente elaborándose. Sea cual fuera la explicación, lo real es que Campo de Mayo interpretó la designación del nuevo funcionario como algo inadmisible.

El mismo día en que Nicolini tomaba posesión de su cargo —sábado 6 de octubre —, Ávalos va al Ministerio de Guerra por la mañana y habla con Perón. Le transmite el desagrado de Campo de Mayo y le pide que deje sin efecto el cuestionado nombramiento: el ministro alega que ya no puede hacer nada. Insiste Ávalos y Perón se mantiene en su posición. Entonces, el jefe de Campo de Mayo apela a Farrell y esta vez formula cargos de duplicidad y falta de claridad en los procedimientos del ministro de Guerra; el Presidente le pide que hable nuevamente con Perón. A la tarde, nueva reunión de Ávalos y Perón, en el departamento de éste; a quinientos metros están enterrando a Salmún Feijóo, mientras los dos jefes debaten sus discrepancias. Eva Duarte está presente.

Perón se queja de las interferencias de Campo de Mayo y dice que pretende desplazar a la gente que le responde. Su amiga interviene un par de veces instándole a que no ceda y después le dice:

—Lo que tendrías que hacer es dejar todo de una buena vez y retirarte a descansar… ¡Que se arreglen solos!

Finalmente Ávalos sugiere a Perón que escuche el pensamiento de Campo de Mayo. Así se convencerá de que su planteo responde al unánime sentir de sus camaradas de la guarnición más importante del país. Lo invita a que vaya allá y se reúna con los jefes de las unidades. Perón acepta conversar pero indica que la reunión debe hacerse en el Ministerio de Guerra. Queda convenido realizar el encuentro el lunes 8, a las 11 de la mañana, en la sede ministerial de Viamonte y Callao. Esa noche Mercante encontró a Perón en su departamento y lo notó nervioso e irascible. A pedido de Eva Duarte se quedó a dormir allí; pero a la mañana siguiente, cuando salieron juntos, el estado de ánimo del coronel no había variado. Dijo que estaba harto de ese tipo de problemas y que en cualquier momento renunciaría. Mercante, entonces, intentó calmarlo, pero Perón, en un acceso de ira insólito en él, llegó a tirar

su gorra contra el piso del automóvil [81] que los conducía al Ministerio de Guerra .

Todo el día domingo se debate en Campo de Mayo lo que va a decirse al día siguiente: como las fuerzas están acuarteladas desde la reimplantación del estado de sitio, las reuniones son largas y numerosas, aunque reservadas. La guarnición se encuentra en pleno estado deliberatorio y los jefes de unidades recogen las opiniones de sus oficiales a medida que éstos las van exponiendo. Estas asambleas se prolongan toda la tarde y buena parte de la noche en distintos locales. Y a la mañana siguiente, cuando Ávalos y los jefes parten hacia Buenos Aires, los oficiales ponen a la tropa en pie de guerra: desconfían de lo que pueda ocurrir en el ministerio y están dispuestos a marchar sobre la Capital Federal si olfatean algo raro. Antes de salir, Ávalos trata de tranquilizar los ánimos de los oficiales —reunidos en el Comando de Campo de Mayo— y dice que de seguro todo se solucionará satisfactoriamente, ordenando que no se hagan aprestos bélicos que puedan provocar alarma.

Ese día el coronel Perón cumplía 50 años de edad. Los suboficiales del Ministerio de Guerra le habían preparado un lunch en el sótano del edificio. Ellos y los periodistas que por allí rondaban —inútilmente, pues las informaciones sobre la inquietud castrense no podían publicarse en los diarios— pudieron creer que la inusual afluencia de militares al edificio se debía al propósito de saludar al ministro en su día. Pero eran otros los motivos de las visitas; y el crecido número de visitantes se debía a una maniobra, pues Perón había invitado a la reunión a unos cuarenta jefes de la guarnición de Buenos Aires y alrededores, como el general Ramón Albariños, jefe de la 2ª División con sede en La Plata. De este modo, los diez enviados de Campo de Mayo entraban en una reunión donde estarían en minoría…

A las 11 se abrió la conferencia [82] . Perón habló brevemente, con tono enérgico y seco. Exhortó a conversar con entera franqueza y previno que él se retiraría del salón para que todos expusieran su opinión libremente; adelantó, sin embargo, que no podía aceptar interferencias en su acción de gobierno y mucho menos en momentos tan graves como los que atravesaba el país, que reclamaban su atención para resolver asuntos muy importantes. Aclaró que del encuentro debía salir una decisión concreta y definitiva, y que él, personalmente, hacía de ello una cuestión de confianza: si el Ejército no lo apoyaba —dijo— no tendría inconveniente en pedir su retiro. Y con un gesto dramático finalizó su corta alocución dirigiéndose directamente a Ávalos:

—¡Pero si se me ratifica la confianza serás vos el que te retires del Ejército, porque estas cosas tienen que terminar de una vez!

Se levantó y abandonó el salón acompañado por sus colaboradores del Ministerio, mientras los militares empezaban a discutir.

Perón jugaba una carta que meses antes lo había salvado brillantemente de una situación parecida, aunque mucho menos grave. El general Fortunato Giovanonni, jefe de Gendarmería, le había planteado la supuesta disconformidad del Ejército con su política. Perón le dijo entonces que haría una reunión de jefes con la siguiente condición: si era cierto lo que Giovanonni afirmaba, él renunciaría a sus cargos, pero si se le ratificaba el apoyo su interlocutor dejaría el Ejército. Se hizo la reunión, Perón obtuvo un voto de confianza abrumador y Giovanonni debió solicitar su retiro… Ahora Perón confiaba en lograr el mismo resultado, en la seguridad de que la mayoría de los jefes convocados lo apoyaba. Ocurrió exactamente lo que había previsto, pero las consecuencias serían diferentes, como veremos.

La discusión no fue larga ni profunda. Mientras en el quinto piso del edificio se jugaba su destino político, Perón bajó al sótano a presidir el agasajo que se le ofrecía: cordial y sonriente, estuvo allí un rato departiendo con todos, recordando algunos episodios de su vida militar. De sus cincuenta años de vida —comentó con alguien— había dado treinta y cinco al Ejército; ¡y justo el día que cumplía el medio siglo sus camaradas venían a hacerle semejante planteo…!

Cuando volvió al quinto piso del Ministerio, la reunión estaba terminando. Los quejosos habían sido comidos con la misma facilidad con que momentos antes Perón había ingerido los bocadillos del lunch… Ávalos había intentado repetir sus cargos contra Perón, pero Albariños lo interrumpió abruptamente:

—¡Campo de Mayo no es el Ejército! ¡La posición de Campo de Mayo no es la del Ejército!

Otros jefes opinaron que había que dejar gobernar a Perón y que no entendían los motivos del cambio que habían sufrido las opiniones de quienes antes lo apoyaban incondicionalmente. No se conversó mucho más: en realidad, la reunión expresaba la honda división del Ejército y el desconcierto de sus responsables después de dos años de tumbos tras las marchas y contramarchas del gobierno de facto. Frente al clima que vivía el país, la mayoría de los presentes creía indispensable dar libertad de acción a Perón para sacar a la Revolución del atolladero en que estaba. Los enviados de Campo de Mayo no intentaron discutir: estaban en minoría y ya no era cuestión de argumentos. Al retirarse, Ávalos habría dicho que, de acuerdo con el tácito

compromiso contraído, [83] estaba dispuesto a pedir su retiro . A las dos de la tarde la delegación llegaba, con las orejas gachas, a Campo de Mayo, donde se la esperaba ansiosamente. De inmediato se hizo una reunión de jefes. Ávalos se limitó a relatar lo ocurrido, ratificando su decisión de retirarse. Había sido víctima —dijo— de la misma jugarreta que se le había hecho a Giovanonni.

El relato de Ávalos cayó como un balde de agua fría. En una atmósfera de desconcierto y depresión, algunos pidieron al jefe de la guarnición que esperara unos días antes de concretar su decisión. Otros reaccionaron violentamente y dijeron que

Campo de Mayo debía avanzar sobre Buenos Aires[84] sin perder más tiempo. Ávalos pidió calma y se resolvió realizar una nueva reunión a la mañana siguiente.

Pero a medida que la oficialidad joven se iba enterando de los acontecimientos a través de los relatos de sus jefes, una indignación incontenible crecía en sus ánimos. Los aprestos bélicos de la mañana se habían hecho calculando que los delegados podían caer en alguna emboscada, ser víctimas de algún hecho violento; pero que los hubieran «tragado» de esa manera, era inconcebible… Se empezaron a realizar asambleas en todas las unidades y a cambiar impresiones. Al anochecer Ávalos recibía un pedido de tres puntos suscripto por toda la guarnición. Se pedía que tomara las medidas necesarias para desplazar a Perón de todas sus funciones, convocar inmediatamente a elecciones y concretar comicios absolutamente libres. No se mencionaba la posibilidad de derrocar a Farrell ni mucho menos de entregar el gobierno a ninguna institución ajena al Ejército: Campo de Mayo entendía que las Fuerzas Armadas, que habían asumido la responsabilidad del proceso revolucionario, debían conducirlo hasta su salida institucional para justificarse históricamente.

Entretanto, en el Ministerio de Guerra no dejaban de percibirse síntomas del malestar de Campo de Mayo. Perón descontaba que Ávalos estaba terminado y no pensaba que pudiera intentar nada. Pero algunos de sus colaboradores creyeron

aconsejable cerciorarse. Por lo menos [85] dos de ellos fueron al acantonamiento para tomar una impresión directa. Hablaron con Ávalos y por supuesto éste disimuló que todo estaba en orden. ¡Qué iban a mostrar su juego los ya virtuales insurrectos! ¡A maniobra, maniobra y media! Los bomberos de Perón regresaron con la noticia de que había tranquilidad en Campo de Mayo y así terminó esa tensa jornada, de la cual el país nada sabría hasta varios días después.

Fue una noche desvelada, pero a la mañana siguiente —martes 9 de octubre— Campo de Mayo amaneció con el indisimulable aire de una guarnición que se apresta a marchar en pie de guerra hacia su objetivo. Todas las unidades estaban prestas a avanzar sobre Buenos Aires para obtener la consecución del plan elevado a Ávalos el día anterior. En realidad, Campo de Mayo se lanzaba a una verdadera patriada, porque no se habían establecido contactos con las divisiones del interior del país y no se ignoraba que los regimientos de Buenos Aires —el 1, 2 y 3 de Infantería—, el Colegio Militar y la Aeronáutica eran ajenos, en el mejor de los casos, al movimiento. Pero los jefes de Campo de Mayo estaban convencidos de que actuando con rapidez y decisión habrían de copar la situación y que la población civil se volcaría a la calle en masa una vez iniciado el operativo. No era la primera vez que Campo de Mayo, por sí solo, volteaba un gobierno…

En el Ministerio de Guerra, el optimismo de la noche anterior había cedido desde muy temprano a una ajetreada expectativa. El grupo de los colaboradores de Perón

había hecho una rápida apreciación del panorama militar y [86] aconsejaba reprimir .

La aviación podía bombardear a los rebeldes en cuanto salieran de su acantonamiento y la 2ª División acercarse a Buenos Aires, cuyas entradas defenderían los regimientos leales. Fue el propio Perón quien se negó a tomar medidas represivas. Ante la insistencia de sus colaboradores derivó la resolución al Presidente, con quien fue a entrevistarse el coronel Franklin Lucero, jefe de la Secretaría del Ministerio de Guerra y autor de la orden de operaciones que se trataba de ejecutar. Mientras Lucero cumplía su misión, Perón permanecía en el Ministerio de Guerra esperando los acontecimientos, mientras iban llegando a acompañarle algunos de sus camaradas más adictos, entre ellos el jefe de policía, coronel Filomeno Velasco y el secretario de Aeronáutica, brigadier Bartolomé de la Colina. A algunos de sus interlocutores les manifestó que haría lo que Farrell ordenara pues no quería hacer correr sangre por su causa. Esa mañana su agenda de actividades incluía una visita a la Escuela de Guerra para la inauguración de un curso; hizo avisar que no podría concurrir, ignorando que algunos capitanes, alumnos del instituto, estaban esperándolo con sus pistolas al

cinto, [87] conjurados para asesinarlo en cuanto entrara .

A las nueve de la mañana todo estaba listo en Campo de Mayo. Pero antes de dar la orden de marcha, Ávalos dijo que hablaría con el Presidente una vez más, para tratar de obtener el alejamiento de Perón sin necesidad de lucha. Es posible que Ávalos y Farrell se hayan entrevistado la noche anterior; el Presidente estaba reunido con sus ministros desde temprano en la residencia oficial de la Avenida Alvear. De todos modos, a media mañana Farrell se había convertido en árbitro de la situación: por un lado, el enviado de Perón le pedía autorización para comenzar la represión contra Campo de Mayo y, por el otro, Ávalos le rogaba que fuera a la guarnición para tomar una impresión directa de la situación.

Farrell aceptó la invitación y aseguró que estaría en Campo de Mayo antes de la una de la tarde. Rogó a Ávalos que mantuviera la tranquilidad de su gente y a Lucero le pidió que transmitiera un abrazo a Perón y que ya le haría saber sus noticias. Más astuto de lo que generalmente se suponía, Farrell había dejado que el proceso avanzara hasta convertirse en un nudo que sólo él podía desatar. Mientras Perón efectuaba poco después del mediodía una breve visita a la Casa de Gobierno para dirigirse luego a su departamento, Farrell seguía demorando su viaje a Campo de Mayo, tratando de informarse con exactitud de la situación. Ya estaba en la guarnición el general de ejército Carlos von der Becke, comandante en jefe, figura prestigiosa aunque inoperante en una vaga misión de pacificación. Y a medida que avanzaba la mañana se iban sumando espontáneamente a los sublevados algunos oficiales de los regimientos de Buenos Aires que se negaban a apoyar a Perón, así como un buen golpe de alumnos de la Escuela de Guerra y algunos aviadores… aunque sin sus máquinas.

Eran casi las dos de la tarde y Farrell no llegaba. La situación de Campo de Mayo era ya explosiva. Al fin, cuando la tensión se hacía insoportable, arribó el presidente acompañado de los generales Diego Mason y Juan Pistarini, ministro de Obras Públicas y una persona más cuyo aspecto resultaba insólito entre tantos uniformes: el doctor J. Hortensio Quijano. Al llegar el grupo, la oficialidad agrupada cerca del Comando entró al amplio comedor, sin distinción de grados. Quijano esperó afuera hasta que Farrell, antes de iniciar la reunión, manifestó que deseaba que el ministro del Interior también estuviera presente y lo hizo invitar a pasar.

Empezó la reunión[88] en el gran comedor del Comando. Rodeando una amplia mesa estaban el presidente, Ávalos, los generales y Quijano; alrededor del grupo, un centenar de jefes y oficiales. Reinaba un silencio impresionante cuando Ávalos empezó a hablar. Las palabras del jefe de Campo de Mayo fueron muy breves.

—El señor Presidente ya ha sido informado por el que habla del pensamiento y la decisión de Campo de Mayo —subrayó significativamente la palabra «decisión»—. Ahora, los oficiales aquí reunidos esperan su respuesta.

Farrell estaba inocultablemente emocionado. No es aventurado conjeturar que en ese momento su recuerdo evocaría la vieja camaradería que lo vinculaba a Perón, el hombre que lo había hecho presidente… Comenzó diciendo que tenía el deber de llamar a la reflexión a los oficiales; no desconocía las nobles razones que los impulsaban pero les advertía que ellos ignoraban algunos problemas y antecedentes de alta política. Existía, por ejemplo, el peligro de que el desplazamiento de Perón provocara un levantamiento de obreros, que podía desembocar en una guerra civil. Sugirió, sin mucho énfasis, que podría llegarse al resultado que deseaba Campo de Mayo dando a Perón un plazo prudencial para que se retirara voluntariamente.

Seguir: parte 2 de 5