El bosque del cisne negro

David Mitchell · Capítulo 5 de 13

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El bosque del cisne negro

El camino de herradura

Mi ojo se paseó por el póster de los peces negros que se transforman en cisnes blancos, atravesó el mapa de la Tierra Media y tras rodear el marco de la puerta, se introdujo entre las cortinas, teñidas de un malva encendido por el sol primaveral, y se hundió en el pozo del resplandor.

Si escuchas con atención la respiración de las casas te vuelves ingrávido.

Pero remolonear en la cama no da tanto gusto cuando no hay nadie en pie, así que me levanté. Las cortinas del descansillo seguían echadas porque cuando mi madre y Julia salieron de casa rumbo a Londres todavía era de noche. Mi padre está de viaje, otra de sus conferencias de fin de semana, no sé si en Newcastle under Lyme o en Newcastle upon Tyne, el caso es que tenía toda la casa para mí solo.

Lo primero que hice fue mear con la puerta del cuarto de baño completamente abierta. Luego fui a la habitación de Julia y puse su disco de Roxy Music. Si me viese se pondría hecha una energúmena. Subí el volumen a tope. Mi padre se pondría tan histérico que le estallaría la cabeza. Me tumbé en el sofá de rayas de Julia y me puse a escuchar esa canción saltarina que se llama Virginia Plain. Con el dedo gordo del pie toqueteé el móvil de conchitas que Kate Alfrick le regaló a mi hermana por su cumpleaños hace un par de años. Solo porque podía. Después rebusqué en los cajones de su cómoda para ver si encontraba un diario secreto, pero cuando vi una caja de tampones me entró vergüenza y lo dejé.

En el despacho de mi padre hacía frío. Abrí los archivadores y aspiré el olor metálico. (Después de la última visita del tío Brian ha aparecido un cartón de Benson & Hedges comprado en una tienda libre de impuestos). Luego, mientras daba vueltas en el sillón giratorio de mi padre, me acordé de que era 1 de abril, día de los Inocentes, descolgué el teléfono y dije: «¿Oiga? ¿Craig Salt? Al habla Jason Taylor. Mira, Salt, estás despedido. ¿Cómo que por qué? Pues por qué va a ser, porque eres un gordo y un pintamonas. ¡Ponme ahora mismo con Ross Wilcox! ¿Wilcox? Soy Jason Taylor. Mira, dentro de un rato se pasará por ahí el veterinario para sacrificarte y que no sufras más. Adiós, cerdo. Asqueado de haberte conocido.»

En el dormitorio de mis padres, que es todo de color crema, me senté en el tocador de mi madre, me puse el pelo de punta con su laca y me pinté una raya en la cara como Adam Ant. Luego cogí su broche de ópalos y me lo llevé al ojo: miré hacia el sol a través de él y vi colores secretos a los que nadie ha puesto nombre jamás.

En el piso de abajo, un haz de luz procedente de una rendija entre las cortinas de la cocina atravesaba una llave dorada y la siguiente nota:

Toma ya. Mi propia llave. Seguro que lo decidió en el último momento. Normalmente escondemos una de repuesto en una katiuska que hay en el garaje. Subí corriendo a mi cuarto a por un llavero que un día me dio el tío Brian, uno de un conejo con una pajarita negra. Me lo colgué de una trabilla y bajé deslizándome por el pasamanos. Desayuné tarta de jengibre y un cóctel de leche, Coca-cola y cacao. No estaba mal. ¡Pero que nada mal! Cada hora de este día es un bombón que está esperando dentro de la caja a que llegue yo y me lo coma. Cambié el dial del transistor de la cocina de Radio 4 a Radio 1. Estaba sonando esa canción tan guay de Men At Work, la de la flauta polvorienta. Me comí tres bizcochitos de chocolate del Marks & Spencer directamente del paquete. Bandadas de aves migratorias cruzaban el cielo en formación de uve y unas nubes con forma de sirena se alejaban por encima de los campos, del árbol del gallo, de las colinas Malvern. Dios, qué ganas de correr detrás de ellas.

¿Qué me impedía hacerlo?

El señor Castle, calzado con un par de katiuskas, lavaba su Vauxhall Viva con una manguera. Tenía la puerta de casa abierta, pero el recibidor estaba completamente oscuro. Puede que la señora Castle estuviese en esa oscuridad, observándome. Casi nunca se le ve el pelo. Mi madre la llama «esa pobre mujer» y dice que está enferma de los nervios. ¿Será contagioso eso de los nervios? No me apetecía empañar una mañana tan radiante con un tartamudeo, así que traté de pasar de largo sin que me viera el señor Castlell.

—¡Muy buenas, jovencito!

—Buenos días, señor Castle —respondí.

—¿Vas a algún sitio en especial?

Dije que no con la cabeza. El señor Castle me pone nervioso, no sé por qué. Una vez oí a mi padre contarle al tío Brian que es un masón, algo que tiene que ver con brujería y pentagramas.

—Hace un día muy… —el Ahorcado me bloqueó «bueno»— muy… agradable, así que…

—Oh, ya lo creo. ¡Ya lo creo!

Por el parabrisas del coche caían chorros de luz solar.

—Oye, Jason, ¿cuántos años tienes ya?

Me lo preguntó como si llevase días discutiendo el tema con un comité de expertos.

—Trece.

Me figuré que pensaba que todavía tenía doce.

—¿Trece ya? ¿En serio?

—Trece.

—Trece —Me atravesó con la mirada—. Menudo vejestorio.

El puentecillo que hay en la entrada de nuestra calle es el inicio del camino de herradura. Así lo anuncia un letrero que pone camino público con un dibujo de un caballo. Lo que ya no está tan claro es dónde termina oficialmente. El señor Broadwas dice que se pierde en el bosque de Red Earl. Pete Redmarley y Nick Yew dicen que una vez fueron a cazar conejos con sus hurones por el camino de herradura y que está cortado por una urbanización nueva en Malvern Wells. Pero lo mejor es el rumor de que llega hasta el pie de Pinnacle Hill, y que, una vez allí, si te adentras con cuidado entre las zarzas, la hiedra oscura y los espinos traicioneros, encuentras la entrada de un viejo túnel. Y si recorres el túnel hasta el final, apareces en Herefordshire, cerca del obelisco. Nadie ha encontrado la entrada desde ni se sabe; quien la descubriese saldría en la portada de la Gaceta de Malvern. ¿A que molaría encontrarla?

Decidí recorrer el misterioso camino de herradura hasta el final, terminase donde terminase.

El primer tramo no tiene nada de misterioso. Todos los niños del pueblo lo hemos recorrido un millón de veces. Pasa por delante de unos cuantos jardines traseros hasta llegar al campo de fútbol, nada más. En realidad el campo de fútbol es un descampado que hay detrás de la casa social del pueblo y que pertenece al padre de Gilbert Swinyard. Cuando el señor Swinyard no saca a pastar sus ovejas, nos deja que juguemos ahí. Hacemos las porterías con los abrigos y pasamos totalmente de los saques de banda. El tanteo es tan abultado como el del rugby y los partidos pueden durar horas, hasta que el penúltimo niño se va a su casa. A veces vienen en bicicleta todos los de Welland y Castlemorton y se apuntan a jugar y entonces los partidos son más bien batallas campales.

Hoy no había ni un alma en el campo de fútbol, solo yo. Lo más seguro es que más tarde se organizase un partidillo. Ninguno de los jugadores sabría que Jason Taylor ya había estado allí antes que ellos. Para entonces me encontraría a campos y campos de distancia, a lo mejor en las profundidades de las colinas Malvern.

Unas moscas grasientas se daban un festín de boñigas de color curry.

Las ramitas de los setos rezumaban hojas nuevas.

El aire, espeso de polen, parecía caramelo líquido.

Ya en el bosquecillo, el camino desembocaba en una pista llena de cráteres lunares. Los árboles se entrelazaban en lo alto de tal forma que solo dejaban ver retazos y bucles de cielo. Estaba oscuro y sentí frío. Pensé si no debería haber cogido la trenca. Después de bajar una hondonada y tomar una curva me encontré con una cabaña con el tejado de paja y las paredes hechas de ladrillos tiznados y troncos retorcidos. Bajo los aleros bullían unos vencejos. «Privado», decía un letrero colgado en la puerta de tablones, justo donde suele ir el nombre de los residentes. El jardín estaba lleno de flores recién nacidas de color gominola. Me pareció oír unas tijeras. Y un poema, filtrándose por las rendijas. Me quedé escuchando, un minuto nada más, como un pájaro hambriento al acecho de lombrices.

O dos minutos. O tres.

Unos perros se lanzaron a por mí.

Yo me lancé hacia atrás y me caí de culo en mitad del camino.

La puerta de la valla crujió pero, gracias a Dios, no llegó a abrirse.

Dos dóbermans, no, tres dóbermans, de pie sobre las patas traseras, embestían contra la puerta y la aporreaban ladrando enloquecidos. Me levanté pero daba igual: seguían siendo tan altos como yo. Debería haberme largado cuando todavía estaba a tiempo, pero los perros tenían colmillos prehistóricos y ojos rabiosos, lenguas como longanizas y cadenas de acero alrededor del cuello. Debajo de aquellas pieles de gamuza rojizas y negras como el betún no solo había cuerpos de perro, sino también algo más, algo que sentía la necesidad de matar.

Estaba muerto de miedo pero no podía dejar de mirarlos.

Entonces me atizaron un puntillazo justo en ese hueso que es el muñón de un rabo.

—¡Estás azuzando a mis pequeños!

Me giré rápidamente. Era un señor con los labios llenos de bultos y un mechón blanco en mitad del pelo negro que parecía una cagada de pájaro repeinada. Llevaba un bastón lo bastante sólido como para romper un cráneo.

—¡Estás azuzándolos!

Tragué saliva. En el camino de herradura rigen otras leyes que en las carreteras principales.

—Y a mí eso no me gusta —Miró a los dóbermans—. ¡A callar!

Los perros dejaron de ladrar y bajaron de la valla.

—Qué valiente eres —el hombre se me quedó mirando un poco más—, azuzando a mis pequeños desde este lado de la valla.

—Son unos animales… preciosos.

—¿Ah, sí? Pues como los suelte, te hacen picadillo en un minuto. ¿Te seguirían pareciendo unos animales preciosos?

—Supongo que no.

—Supones que no. ¿Vives en las casas nuevas, verdad?

Asentí con la cabeza.

—Lo sabía. Los chicos del pueblo respetan más a mis pequeños que vosotros los de ciudad. Llegáis aquí, os entrometéis en todas partes, dejáis las puertas abiertas, plantáis vuestras mansioncitas de juguete en terrenos que llevábamos cultivando generaciones y generaciones. Solo de mirarte me pongo enfermo.

—No quería molestar a nadie. En serio.

Meneó el bastón.

—Vete a tomar por culo de aquí.

Eché a andar a paso ligero, sin mirar atrás más que una sola vez.

El señor seguía mirándome fijamente.

Deprisa, me aconsejó el Gemelo Nonato. ¡Corre!

Cuando vi que abría la puerta me quedé helado. El gesto que hizo con la mano fue casi amistoso.

—¡A POR ÉL, PEQUEÑOS!

Los tres dóbermans venían galopando a por mí.

Eché a correr a toda pastilla pero sabía que un niño de trece años no corre más que tres dóbermans rabiosos. Tras unos compases de pisadas almohadilladas, me tropecé con un surco, el suelo desapareció bajo mis pies y vi de refilón el lomo de un perro saltando. Chillé como una niña, me hice una bola y me quedé esperando a que esos tres asesinos me clavasen los colmillos en los costados y en los tobillos y me llenasen de babas y me desgarrasen y me destripasen y me arrancasen el escroto y el hígado y el corazón y los pulmones.

Un cuco cantó muy cerca de mí. ¿Cuánto tiempo había pasado, un minuto?

Abrí los ojos y levanté la cabeza.

Ni rastro de los perros ni del amo.

Una mariposa extranjera abrió y cerró las alas, a escasos centímetros de mí. Me puse en pie cautelosamente.

Tenía un par de moratones de campeonato y seguía con el pulso a mil por hora, pero por lo demás estaba bien.

Bien, pero amargado. El dueño de los perros me había despreciado por no ser de aquí. Me había despreciado por vivir en Kingfisher Meadows. Con esa clase de odio no se puede discutir. Sería como discutir con tres dóbermans enloquecidos.

Seguí por el camino de herradura y salí del bosquecillo.

Las telarañas cubiertas de rocío vibraban y se rompían en mi cara.

El prado estaba lleno de ovejas recelosas y corderitos recién nacidos. Los corderitos se me acercaban dando saltitos y haciendo ruiditos como un Fiat Noddy, esa birria de coche. Estaban encantados de verme los muy tontorrones. La amargura que me habían provocado los dóbermans y su amo empezaba a diluirse, por lo menos un poco. Dos de las madres se acercaron desconfiadas. Menos mal que las ovejas no saben por qué el pastor es tan amable con ellas. (Los humanos también tenemos que estar atentos ante cualquier muestra de amabilidad desinteresada. Nunca es desinteresada y el interés que esconde no suele ser nada amable).

Total, que ya iba por la mitad del prado cuando divisé a tres niños en el terraplén de la vieja vía de ferrocarril. Estaban sentados en el tronco hueco, junto al puente de ladrillos. Ellos ya me habían visto a mí, y si cambiaba de rumbo se darían cuenta de que era por miedo a encontrármelos, así que enfilé hacia ellos. Fui masticando un chicle que me encontré en el bolsillo y de vez en cuando daba una patada a un cardo para hacerme el duro.

Menos mal que no se me ocurrió desviarme. Los tres niños eran Grant Burch, su esclavo Philip Phelps y Hormiguita, y estaban fumándose un cigarrillo entre los tres. Del interior del tronco salieron Darren Croome, Dean Lerdell y Cagón.

Grant Burch me saludó desde lo alto:

—¿Qué pasa, Taylor?

—¿Vienes a ver la pelea? —me preguntó Phelps.

Cuando llegué al pie del terraplén dije:

—¿Qué pelea?

—Yo —dijo Grant Burch tapándose un agujero de la nariz y disparando un proyectil de moco caliente por el otro— contra Ross Ladilla Wilcox Tercero.

Buenas noticias.

—¿Y por qué es la pelea?

—Ayer por la tarde estábamos yo y Swinyard jugando al Asteroides en el Black Swan, ¿vale?, y de repente llega Wilcox haciéndose el duro y, sin decir ni mu, va y me echa el cigarrillo en el vaso de clara. ¡Me quedé flipando! Le digo: «¿Eso ha sido aposta?» y se pone: «¿A ti qué te parece?», y le digo: «Te vas a arrepentir de eso, cara coño».

—¡Genial! —exclamó Phelps sonriendo de oreja a oreja—. ¡Cara coño!

—Phelps —dijo Grant Burch con cara de pocos amigos—, no me interrumpas cuando estoy hablando.

—Perdona, Grant.

—Bueno, pues eso, que le digo: «Te vas a arrepentir de eso, cara coño» y coge y me dice: «Habrá que verlo» y yo cojo y le digo: «¿Quieres salir a la calle?», y coge y me dice: «Lo sabía, escoges un sitio donde Isaac Pye pueda salir a defenderte». «Muy bien, gilipollas», le digo yo, «di tú dónde» y va y me dice: «Mañana por la mañana. En el tronco hueco. A las nueve y media», y yo le digo: «Ve llamando a la ambulancia, comemierda. Allí estaré» y él dice «Vale» y se pira.

Hormiguita dijo:

—Wilcox está loco. Lo vas a brear, Grant.

—Sí —dijo Darren Croome—. Está clarísimo.

Buenísimas noticias. Ross Wilcox está montando una especie de pandilla en el colé y ya me ha dejado clarísimo que me tiene manía. Grant Burch es uno de los chicos más duros de séptimo. Wilcox se va a llevar una paliza y quedará como un fracasado y un leproso.

¿Qué hora es, Phelps?

Phelps se miró el reloj.

—Las diez menos cuarto, Grant.

Hormiguita dijo:

—Se ha rajado, fijo.

Grant Burch volvió a echar un lapo.

Esperamos hasta las diez. Si no llega, vamos a buscarlo a Wellington Gardens. De mí no se chulea nadie.

Phelps dijo:

—¿Y su padre, Grant?

—¿Qué pasa con su padre, Phelps?

¿No mandó a su madre al hospital?

No me da miedo un mecánico ladrón. Dame otro cigarrillo.

—Solo me queda negro —farfulló Phelps—. Perdona, Grant.

—¿Negro?

—Es lo único que tenía mi madre en el bolso. Lo siento.

—¿Y los John Player de tu viejo?

—Es que no le quedaban.

—¡Joder! Anda, venga, dame el negro. ¿Quieres un truja, Taylor?

—«He dejado de fumar» —dijo Hormiguita con retintín—. ¿A que sí, Taylor?

—Pero he vuelto —le dije a Grant Burch mientras trepaba por el terraplén.

Dean Lerdell me ayudó a pasar por encima del borde embarrado.

—¿Todo bien?

—Todo bien —le respondí.

—¡YUJUUU! —Cagón estaba sentado a caballo en el tronco hueco y se azotaba en su propio culo con una rama flexible—. ¡Vamos a darle de hostias hasta en el cielo de la boca!

Seguro que lo había oído en la tele.

Un niño de rango intermedio como yo no debe rechazar una invitación de un chico mayor como Grant Burch. Cogí el pitillo como me enseñó mi primo e hice que le daba una buena calada. (En realidad no me tragué el humo). Hormiguita estaba deseando que me diese un ataque de tos y vomitase hasta las tripas, pero me limité a echar el humo como ya había hecho un millón de veces, y le pasé el cigarro a Darren Croome. (¿Cómo es posible que algo tan prohibido como fumar sepa tan asqueroso?). Miré con disimulo a Grant Burch para ver si lo había impresionado pero estaba mirando hacia la valla que hay junto a la iglesia de Saint Gabriel.

—Hablando del rey de Roma.

Los púgiles se estudiaban delante del tronco hueco. Grant Burch le saca cuatro o cinco centímetros a Ross Wilcox, pero Ross Wilcox está más cachas. Había venido acompañado de dos padrinos, Wayne Nashend y Gary Drake. Wayne Nashend solía ser punk, luego se hizo Nuevo Romántico y ahora es mod de pura cepa, pero lo que es, por encima de todo, es gilipollas. Gary Drake, en cambio, no tiene un pelo de tonto. Está en mi clase, pero como es el primo de Ross Wilcox, no se separan ni a sol ni a sombra.

—Vete corriendo con tu mamá —le dijo Grant Burch— ahora que todavía estás a tiempo —Eso fue un golpe bajo, porque todo el mundo sabe lo de la madre de Ross Wilcox.

Ross Wilcox le escupió en las zapatillas.

—Oblígame tú.

Grant Burch miró el gargajo que tenía en las zapatillas.

—Vas a limpiarme eso con la puta lengua, cara coño.

—Eso habrá que verlo.

—Tú no vas a ver nada porque te voy a sacar los ojos.

—Mira cómo tiemblo, Burch.

El odio huele a petardos quemados.

Las peleas en el colegio son superdivertidas. Todos gritamos «¡peleeeaaaaaaaaaaa!» y corremos hacia el epicentro. El señor Carver o el señor Whitlock se abren paso a empujones entre el corro de espectadores. Pero la pelea de esta mañana era más despiadada. Mi propio cuerpo se encogía involuntariamente ante aquellos puñetazos, como cuando ves por la tele a un saltador de altura en acción y la pierna se te sube sola. Grant Burch le hizo un rápido placaje a Ross Wilcox.

Ross Wilcox le dio un puñetazo más bien flojo pero tuvo que hacer un escorzo para no caerse.

Grant Burch lo agarró de la garganta.

—¡Hijo de puta!

Ross Wilcox también lo agarró de la garganta.

—¡Hijo de puta tú!

Ross Wilcox le atizó un puñetazo en la cabeza. Eso tuvo que doler. Grant Burch le hizo una llave de cabeza. Eso tuvo que doler mucho. Ross Wilcox se balanceaba a un lado y a otro pero Grant Burch no lograba tumbarlo, así que le dio un puñetazo en la cara. Ross Wilcox logró retorcerle la mano hacia arriba y hundirle los dedos en la cara.

Grant Burch empujó a Ross Wilcox y le dio una patada en las costillas.

Acto seguido entrechocaron las cabezas, como dos carneros. Forcejeaban enganchados, gruñendo y rechinando los dientes.

De la nariz de Grant Burch surgió un hilo de color carmesí que manchó la cara de Ross Wilcox.

Ross Wilcox trató de zancadillear a Grant Burch.

Grant Burch contrazancadilleó a Ross Wilcox.

Ross Wilcox contra-contra-zancadilleó a Grant Burch.

A estas alturas, trastabillándose sobre tres patas, se hallaban ya junto a la orilla del terraplén.

—¡Cuidado! —gritó Gary Drake—. ¡Que te vas a caer! Enzarzados sin tregua, se tambalearon, se aferraron, perdieron el equilibrio.

Y se despeñaron.

Al pie del terraplén, Ross Wilcox ya había conseguido levantarse. Grant Burch estaba sentado, sujetándose la mano derecha con la izquierda y con los ojos entrecerrados del dolor. Mierda, dije para mis adentros. Una mezcla de sangre y tierra cubría la cara de Grant Burch.

—¿Qué? —se burló Ross Wilcox—. ¿Ya has tenido bastante, no?

—¡Me he jodido la muñeca, gilipollas! —gritó Grant Burch con la cara crispada.

Ross Wilcox echó un lapo como si tal cosa.

—Me parece que has perdido, ¿no?

—¡No he perdido, gilipollas de mierda, hemos empatado!

Ross Wilcox miró todo sonriente a Gary Drake y Wayne Nashend.

—¡Grant Cara Cono Burch dice que hemos empatado! Bueno, pues vamos con el segundo asalto, entonces, ¿no? Para deshacer el empate, ¿no?

La única esperanza de Grant Burch era presentar su derrota como un accidente.

—Sí, claro, Wilcox. Con la muñeca rota, no te jode.

—¿Quieres que te rompa la otra?

—¿Te crees muy duro, verdad? —Grant Burch consiguió ponerse en pie—. ¡Phelps! ¡Vámonos!

—Claro, claro, te vas corriendo. A casita con tu mamá.

Grant Burch no se atrevió a responder: Por lo menos yo tengo una. En lugar de eso, fulminó con la mirada a su esclavo, que estaba lívido y petrificado.

—¡Phelps! ¿Qué te acabo de decir, sordo de mierda? ¡vámonos!

Philip Phelps reaccionó sobresaltado y bajó el terraplén resbalando de culo. Pero Ross Wilcox le cerró el camino.

—¿No estás harto de que este imbécil te ande siempre mandoneando, Phil? No es tu dueño. Puedes mandarlo a tomar por culo. ¿Qué te va a hacer?

Grant Burch gritó:

—¡PHELPS! ¡NO te lo voy a repetir!

Phelps se lo pensó por un momento, estoy seguro, pero terminó esquivando a Ross Wilcox y corriendo atrás de su amo. Con la mano buena Grant Burch le hizo un corte de mangas a Ross Wilcox por encima del hombro.

—¡Hey! —Ross Wilcox cogió un terrón de tierra—. ¡Que os olvidáis del desayuno, julandrones!

Grant Burch debió de prohibirle a Phelps que se diese la vuelta.

La trayectoria del proyectil de barro parecía perfecta.

Y lo era. Impacto de lleno en el cogote de Phelps.

Ross Wilcox se había jugado el todo por el todo con aquella pelea pero le salió de maravilla. La cabellera de Burch lo convierte en el chico más duro de sexto. Seguro que los Espectros lo invitan a formar parte de la banda. Se sentó en el tronco hueco como si fuese su trono. Hormiguita dijo:

—¡Sabía que podrías con Grant Burch, Ross!

—Yo también —dijo Darren Croome—. Lo veníamos comentando por el camino.

Hormiguita sacó una cajetilla de John Player.

—¿Un cigarro?

Ross Wilcox agarró el paquete entero.

Hormiguita parecía encantado de la vida.

—¿Dónde te han hecho el agujero de la oreja, Ross?

—Me lo he hecho yo solo. Con una aguja y una vela para desinfectarla. Duele que te cagas pero está chupado.

Gary Drake encendió una cerilla en la corteza del tronco.

—Vosotros dos… —Wayne Nashend nos miró a Dean Lerdell y a mí con los ojos entrecerrados—. Habéis venido con Grant Burch, ¿verdad?

—Yo ni sabía que había una pelea —dijo Dean Lerdell—. Estoy yendo a White Leaved Oak, a casa de mi abuela.

—¿Andando? —dijo Hormiguita con gesto extrañado—. White Leaved Oak está al otro lado de las Malvern. Vas a tardar un siglo. ¿Por qué no te lleva tu viejo en coche?

Lerdell parecía avergonzado.

—Porque está malo.

—Ha vuelto a salir de parranda —dijo Wayne Nashend—, ¿verdad?

Lerdell miró hacia abajo.

—¿Y por qué no te lleva tu madre?

—Porque tiene que cuidar de mi padre.

—¿Y tú, Jason Taylor —Gary Drake tiene una lengua viperina—, presidente de la Asociación de Chupaculos de Grant Burch? ¿Qué haces aquí?

No podía decir que estaba dando un paseo porque eso es de maricas.

—¡Yujuuuuuu! —Cagón estaba sentado a caballo en una rama del tronco hueco y se azotaba en su propio culo con una rama flexible—. ¡Vamos a darle de hostias hasta en el cielo de la boca!

Darren Croome echó un escupitajo.

—Estás para que te encierren en el manicomio de Malvern.

—¿Y bien, Taylor? —dijo Ross Wilcox, que no se distrae tan fácilmente.

Escupí el chicle. Necesitaba urgentemente una excusa. El Ahorcado me agarraba de la lengua y todas las letras del alfabeto eran una trampa.

—Viene conmigo a casa de mi abuela —dijo Dean Lerdell.

—No nos habías dicho eso, Taylor —me acusó Hormiguita—, antes de que Ross le diera una paliza a esa cagarruta de Burch.

—Tampoco me lo preguntaste —acerté a decir.

—Habíamos quedado en encontrarnos aquí —dijo Lerdell mientras echaba a andar—. Lo teníamos previsto. Se viene a casa de mi abuela. Vamos, Jason, que se hace tarde.

La plantación de árboles de Navidad estaba tan oscura como un eclipse y apestaba a lejía. Un ejército de árboles en filas y columnas infinitas. Nubes de moscas, tan minúsculas como comas, se nos metían en los ojos y en la nariz. Debería haberle dado las gracias a Lerdell por el cable que me había echado en el tronco hueco, pero eso sería reconocer que lo necesitaba desesperadamente. En vez de eso, le conté lo de los dóbermans. Pero no le pilló de nuevas.

—¿Ah, Kit Harris? Lo conozco muy bien. Se ha divorciado tres veces de la misma mujer. Debe de estar como una cabra la pobre. Kit Harris solo ama una cosa: los perros. Aunque parezca mentira, es profesor.

—¿Profesor? Pero si es un psicópata.

—Como lo oyes. En un reformatorio que hay cerca de Pershore. Lo llaman «Tejón» por el mechón de pelo blanco. Claro que nadie se lo llama a la cara. Una vez uno de los chicos del reformatorio se cagó en el capó de su coche. ¿A que no adivinas cómo se enteró Tejón de quién había sido?

—¿Cómo?

—Cogiendo a todos los niños y metiéndoles agujas de bambú debajo de las uñas, uno por uno, hasta que alguien se chivó.

—¡Anda ya!

—Te lo juro por Dios. Me lo contó mi hermana Kelly. La disciplina en los reformatorios es más rígida, por eso son reformatorios. En un principio Tejón trató de que expulsaran al culpable, pero el director se negó porque si te expulsan del reformatorio vas directo a la cárcel. Así que unas semanas después Tejón organizó un juego táctico en Bredon Hill. De noche.

—¿Qué es un juego táctico?

—Un juego militar, como un juego de guerra. Los boy-scouts también juegan. Un equipo tiene que capturar la bandera del otro, ese rollo. Bueno, el caso es que a la mañana siguiente el niño que se cagó en el coche de Tejón había desaparecido.

—¿Adónde?

—¡Pues ahí está! El director avisó a la interpol y tal, el chaval se había escapado aprovechando el juego, es lo más normal del mundo en los reformatorios. Pero Kelly se enteró de la verdad. Eso sí, me tienes que jurar sobre tu propia tumba que no se lo vas a decir a nadie.

—Te lo juro.

—Sobre tu propia tumba.

—Te lo juro sobre mi propia tumba.

—Kelly estaba un día en la tienda del señor Rhydd cuando de repente entra Tejón. Eso fue tres semanas después de la desaparición del chaval, ¿vale? Bueno. Tejón compra pan y otras cosas, y ya se estaba yendo cuando el señor Rhydd le pregunta: «¿Y la comida de sus perros, señor Harris?». Y Tejón va y le contesta: «Los tengo a dieta, señor Rhydd». Así, todo diabólico: «Los tengo a dieta». Entonces, cuando ya se había ido, Kelly oyó al señor Rhydd contándole a la vieja de Pete Redmarley que hacía tres semanas que Tejón no compraba latas de comida para perros.

—Ah —dije, sin terminar de captarlo.

—No hace falta ser un genio para darse cuenta de qué es lo que los dóbermans de Tejón llevaban tres semanas comiendo, ¿verdad?

—¿El qué?

—¡Pues el cadáver del niño desaparecido!

—Dios mío —me dio un escalofrío.

—Así que si lo único que te ha hecho Tejón ha sido acojonarte de miedo — Lerdell me dio una palmada en el hombro— puedes dar las gracias.

Una acequia guarrindonga había inundado el camino y tuvimos que coger carrerilla para saltarla. Mi condición atlética, superior a la de Lerdell, me permitió superar el obstáculo. Lerdell se caló un pie hasta el tobillo.

—¿Adónde estabas yendo, Jace?

El Ahorcado me bloqueó «por ahí».

—A ningún sitio. A dar una vuelta.

La zapatilla de Lerdell le pedorreaba al andar.

—A algún sitio debías de ir.

—Bueno —confesé—, he oído que el camino de herradura lleva hasta un túnel que atraviesa las Malvern. Se me ocurrió ir a echar un vistazo.

—¿Al túnel? —Lerdell paró en seco y me dio un manotazo en el brazo en señal de incredulidad—. ¡Pero si yo también voy allí!

—¿Y lo de ir a casa de tu abuela en White Lead Oak?

—Es que pensaba ir por el túnel perdido, ¿entiendes? El que construyeron los romanos para invadir Hereford.

—¿Los romanos? ¿Túneles?

—¿Cómo si no te crees que echaron a los puñeteros vikingos? He investigado el tema, para que te enteres. Me he traído una linterna y un rollo de cuerda y todo. Hay tres túneles que atraviesan las Malvern. El primero es el que excavó la compañía de ferrocarril para el tren a Hereford. Está embrujado con el fantasma de un ingeniero vestido con un mono naranja a rayas negras que se aparece donde lo pilló el tren. El segundo es el del Ministerio de Defensa.

—¿El qué?

—El túnel que construyó el Ministerio de Defensa como refugio nuclear. La entrada está en el departamento de jardinería de los almacenes Woolworths de Great Malvern. La pura verdad. Una de las paredes es un muro falso que oculta una puerta acorazada, como las de los bancos. Cuando suene la alarma de ataque nuclear, la policía militar recogerá a todos los funcionarios del Ministerio de Defensa que trabajan en el Instituto de Señales y Radar de Malvern y se los llevará al Woolworths. Al alcalde y a los concejales de Malvern también los dejarán entrar, y al gerente y al subgerente del Woolworths. Por último, la policía militar, que habrá mantenido alejados a punta de pistola todos los clientes histéricos, también entrará y se llevarán a una o dos de las dependientas más guapas para reproducirse con ellas. Con lo cual mi hermana está descartada, ¿no te parece? Entonces cerrarán la puerta y todos los demás saltaremos en pedacitos.

—Todo esto no te lo habrá contado Kelly, ¿verdad?

—No, fue el tío que le vende a mi padre el abono de caballo para el jardín. Tiene un amigo que trabaja en la cafetería del Instituto de Señales y Radar.

Entonces tenía que ser verdad.

—Caray.

En un remolino de agujas de pino color caqui me pareció ver unas antas de ciervo, como las de Herne el Cazador. Pero era una rama.

—Supongo que deberíamos unirnos —dije—. Para encontrar el tercer túnel. El túnel perdido.

Lerdell fue a darle una patada a una piña pero falló.

—Pero ¿quién hace la entrevista con la Gaceta de Malvern?

Yo le di de lleno y la mandé rodando camino adelante.

—Los dos.

Correr a toda velocidad por un campo de margaritas con los ojos fijos en el suelo es alucinante. Estrellas con pétalos y amapolas como cometas surcan un universo verde. Lerdell y yo llegamos al granero que había en el otro extremo, mareados por el viaje intergaláctico. Yo me reía más que él porque su zapatilla seca ya no estaba seca sino reluciente de mierda de vaca. Unas balas de paja formaban una rampa hasta el tejado de metal y allí subimos. El árbol con forma de gallo que se ve desde mi habitación ya no corría de izquierda a derecha sino de derecha a izquierda.

—Este granero es un buen emplazamiento para un nido de ametralladoras —dije, exhibiendo mis conocimientos militares.

Lerdell se quitó la zapatilla bañada en mierda y se tumbó boca arriba.

Yo también me tumbé. La chapa oxidada estaba tan caliente como un bizcocho recién salido del horno.

—Esto es vida —suspiró Lerdell pasados unos segundos.

—Ya puedes decirlo bien alto —dije yo pasados unos segundos.

—¡Esto es vida! —gritó Lerdell al instante.

Lo sabía.

—Qué original.

En los campos que se extendían detrás de nosotros balaban ovejas y corderitos.

En los campos que se extendían delante de nosotros ronroneaba un tractor.

—¿Tu viejo nunca se emborracha? —preguntó Lerdell.

Si decía que sí, estaría mintiendo, pero si decía que no, quedaría como un moña.

—Se toma un par de copas cuando viene mi tío Brian.

—No me refiero a un par de copas, me refiero a si nunca se pilla tal cogorza que no puede ni hablar.

—No.

Ese «no» convirtió el metro que nos separaba en un kilómetro.

—No —Lerdell tenía los ojos cerrados—. Tu padre no tiene pinta de eso.

—El tuyo tampoco. Es muy simpático y muy gracioso…

Un avión destelló como una gota de mercurio en lo alto del cielo azul oscuro.

—Maxine siempre dice lo mismo: «Ya está papá poniéndose siniestro», y tiene razón, se pone siniestro. Empieza con unas pocas latas, ¿sabes?, y va levantando la voz y contando unos chistes malísimos de los que tenemos que reírnos sin ganas. Luego se pone a gritar y tal. Los vecinos aporrean las paredes para protestar y mi padre responde aporreando más fuerte y poniéndoles a parir. Entonces se encierra en su cuarto pero allí también tiene botellas. Oímos cómo las estrella contra el suelo, una a una. Después duerme la mona y cuando se despierta, todo arrepentido, empieza: «No vuelvo a beber una gota, de verdad…». Eso es casi peor… Es como si una mierdecilla de hombre llorica y asqueroso sustituyese a mi padre durante las borracheras y solamente yo, y mi madre y Kelly y Rally y Max, supiésemos que no es él. La gente no se da cuenta, ¿entiendes?, todo el mundo dice: «Ahí está Frank Lerdell mostrando su verdadera cara». Pero no es él —Lerdell me miró negando con la cabeza—. Bueno, sí. Bueno, no. Bueno, sí. Bueno, no. ¡Yo qué sé!

Pasó un minuto terrible.

El color verde está hecho de azul y de amarillo, nada más, pero cuando miras una cosa verde, ¿dónde están el azul y el amarillo? Lo del padre de Lerdell es algo parecido. En realidad, todo el mundo y todas las cosas son un poco así. Pero explicárselo a Lerdell habría estropeado más la situación.

—¿Te apetece una botella fresquita de Woodpecker? —dijo Lerdell.

—¿Sidra? ¿Has traído sidra?

—No, mi padre se la ha bebido toda, pero —se hurgó en el bolsillo— tengo una lata de Irn Bru.

El Irn Bru sabe a chicle con burbujas, pero acepté un trago porque no me había llevado nada de beber y más vale Irn Bru que nada. Me había imaginado que encontraría manantiales de agua fresca por el camino, pero hasta entonces lo único que había visto era aquella acequia guarrindonga.

El Irn Bru le estalló en la mano como una granada.

—¡Mierda!

—Cuidado, tío, que lo derramas todo.

—¡Ni de coña!

Me dejó beber a mí primero mientras se chupaba la mano. A cambio, le di un poco de chocolatina. Se había salido del envoltorio pero le quitamos las pelusas del bolsillo y no sabía mal. Me dio un ataque de alergia y estornudé diez o veinte veces en un pañuelo churretoso. Una estela de vapor rasgó el cielo.

Pero el cielo cicatrizó al instante. Como si tal cosa.

¡CRUUAAAAAAAKKKKKK!

Me resbalé hasta la mitad del alero del tejado, medio dormido, antes de recuperar el equilibrio.

En el lugar donde había visto a Lerdell por última vez ahora había tres cuervos monstruosos.

De Lerdell, ni rastro.

Los picos de los cuervos eran puñales y sus ojos aceitosos tramaban crueles planes.

—¡Fuera!

Los cuervos saben cuando pueden contigo.

La campana de Saint Gabriel tocó once o doce veces, no las conté bien porque los cuervos me ponían nervioso. Dardos diminutos de agua se me clavaban en la cara y en el cuello. Mientras dormía había cambiado el tiempo. Las colinas Malvern habían desaparecido tras un telón de lluvia que caía a plomo a escasos campos de distancia. Los cuervos levantaron el vuelo y se largaron.

Lerdell tampoco estaba dentro del granero. Estaba claro que había decidido no compartir conmigo la primera plana de la Gaceta de Malvern. ¡Menudo traidor! Bueno, si quería jugar a Scott de la Antártida contra Amundsen el noruego, por mí encantado. Lerdell jamás me ha ganado a nada en toda su vida.

El granero olía a sobaco, heno y pis.

La lluvia lanzó su ataque aéreo, bombardeando el tejado y ametrallando los charcos que rodeaban el granero. (Al desertor de Lerdell le estaría bien empleado calarse hasta los huesos y pillar una pulmonía). La lluvia borró el siglo XX y convirtió el mundo en una mancha de blancos y grises.

Encima del gigante dormido que eran las Malvern, un doble arco iris unía la torre baliza de Worcestershire con el campamento británico. Fue allí donde los romanos masacraron a los antiguos britanos. El sol, de color melón, despedía un brillo vaporoso. Emprendí la marcha a buen ritmo, corriendo hasta contar cincuenta, andando hasta contar cincuenta. Decidí que, si alcanzaba a Lerdell, no le diría ni mu. Al traidor, desprecio absoluto. La hierba húmeda crujía bajo mis zapatillas. Salté una cerca poco firme y crucé un prado con obstáculos para caballos hechos de conos de plástico y postes pintados a rayas blancas y negras. Al otro lado del prado había una granja. Dos silos brillaban como naves espaciales victorianas. Flores como trombones trepaban por unas espalderas y en un cartel descascarillado ponía se vende estiércol de caballo. Un gallo muy gallito vigilaba a sus gallinas y de una cuerda de tender colgaban sábanas y fundas de almohada empapadas de lluvia. También bragas con volantes y sujetadores. Un sendero cubierto de musgo se perdía en lo alto de la loma, en dirección a la carretera principal de Malvern. Al pasar por delante de un establo, fisgué en el oscuro y cálido interior. Apestaba a estiércol.

Distinguí tres caballos. Uno movió la cabeza, otro resopló y el otro se me quedó mirando. Aceleré el paso. Si un camino de herradura atraviesa una granja, no puede ser propiedad privada, pero las granjas no dan la impresión de ser un espacio público ni mucho menos. Me daba miedo que saliese alguien gritando: «¡Alto ahí, intruso! ¿No sabes que está prohibido el paso?». (Si la propiedad es sagrada, un intruso es un blasfemo).

Al otro lado de la siguiente valla había un sembrado de tamaño mediano. Un tractor John Deere trazaba surcos de tierra viscosa. Las gaviotas revoloteaban sobre las cuchillas del arado, cazando lombrices con la gorra. Me quedé escondido hasta que el tractor se alejó del camino.

Entonces eché a correr a través del sembrado, como un agente de los GEOS.

—¡TAYLOR!

Ni siquiera había alcanzado mi velocidad punta y ya me habían echado el lazo.

Sentada en la cabina de un tractor antediluviano, Dawn Madden afilaba un palo. Llevaba puesta una bomber y unas Doc Martens con cordones rojos y salpicadas de barro.

Controlé la respiración.

—¿Qué tal —mi primera intención fue llamarla «Madden» porque ella me había llamado «Taylor»—, Dawn?

—¿Dónde está el incendio? —preguntó sin dejar de sacar virutas retorcidas con la navaja.

—¿Cómo?

Dawn Madden imitó mi mueca de desconcierto.

—¿Por qué corres?

Tiene el pelo negro como el carbón y se lo peina un poco a lo punki. Seguro que se pone gomina. Me encantaría ponérsela yo.

—Me gusta correr. A veces. Porque sí.

—¿Ah, sí? ¿Y qué te trae por aquí?

—Nada, solo he salido a dar una vuelta. Para pasar el rato.

—Pues entonces —señaló el capó del tractor— puedes pasar el rato ahí.

Estaba deseando obedecerla.

—¿Por qué?

Estaba deseando desobedecerla.

Tenía los labios manchados de chicle de grosella roja.

—Porque yo te lo mando.

—Y tú —trepé por la rueda delantera—, ¿qué estás haciendo aquí?

—Yo vivo aquí, para que te enteres.

El capó húmedo del tractor me mojó el culo.

—¿En esa granja? ¿Ahí detrás?

Dawn Madden se bajó la cremallera de la bomber.

—En esa granja. Ahí detrás.

Llevaba una cruz negra y maciza, como las de los siniestros, encajada entre los pechitos incipientes.

—Creía que vivías en la casa de al lado del pub.

—Eso era antes. Había mucho ruido. Además, Isaac Pye, el casero, es un capullo. Aunque ese —señaló el tractor con la cabeza— tampoco es mucho mejor.

—¿Quién es?

—Mi padrastro. Esta casa es suya. No te enteras de nada, Taylor. Ahora mi madre y yo vivimos aquí. Se casaron el año pasado.

De repente me acordé.

—¿Qué tal es?

—Tiene el cerebro de un toro —Me miró como si hubiese descorrido una cortina invisible—. Y no solo el cerebro, a juzgar por el escándalo que arman algunas noches.

El vaho le acariciaba el cuello. Un cuello color batido de chocolate.

—¿Los ponis del establo son vuestros?

—Has cotilleado a gusto, ¿no?

El tractor de su padrastro dio la vuelta; esta vez venía de frente.

—Solo he mirado en el establo, te lo juro.

De nuevo se puso a afilar el palo.

—Tener caballos cuesta un ojo de la cara —Dale que te pego con el cuchillo—. En la escuela de equitación están de obras y el pibe este les deja guardarlos aquí. ¿Hay algo más que quieras saber?

Unas quinientas cosas.

—¿Qué estás haciendo?

—Una flecha.

—¿Qué vas a hacer con una flecha?

—Usarla con mi arco.

—¿Qué vas a hacer con un arco y una flecha?

—¿Qué-qué-qué, qué-qué-qué? —Durante un horrible instante creí que se estaba burlando de mi tartamudez, pero me parece que hablaba en general—. ¿Solo sabes preguntar, o qué, Taylor? El arco y la flecha son para cazar niños y matarlos. Se vive mejor sin ellos. Babas y escoria, eso es lo que sois los niños.

—Vaya, muchas gracias.

—De nada.

—¿Me dejas ver el cuchillo?

Me lo tiró contra el cuerpo. La suerte quiso que fuese el mango y no la hoja lo que me golpeó la costilla.

—¡Madden!

Me miró fijamente como diciendo «¿Qué?». Tiene los ojos de color miel oscura.

—¡Casi me lo clavas!

Dawn Madden tiene los ojos de color miel oscura.

—Oh, pobre Taylor.

El tractor, traqueteando sin parar, llegó a nuestra altura y empezó a girar lentamente. El padrastro de Dawn Madden me lanzó rayos de odio con los ojos. Las cuchillas del arado sajaban la tierra oxidada.

Dawn Madden miró al tractor y dijo con acento de paleto:

—«Lo mismico me da, zagala, que no seas sangre de mi sangre: o nos comportamos como está mandao o te doy una patá en el culo. Y no creas que es un farol porque yo no me marcao un farol en toa mi vida».

La mano de Dawn había dejado la empuñadura del cuchillo caliente y pegajosa. La hoja estaba tan afilada que valía para amputar un brazo.

—No está mal este cuchillo.

—¿Tienes hambre? —me preguntó.

—Depende.

—Huy, qué señorito —De una bolsa de papel sacó una galleta danesa aplastada —. No me irás a rechazar una de estas, ¿verdad?

Partió un trocito y me lo pasó por las narices. Brillaba a causa del glaseado.

—Vale.

—¡Toma, Taylor! ¡Vamos, perrito! ¡Ven a por ella!

Me acerqué gateando por el capó, no como un perrito sino con cuidado por si se le ocurría tirarme a las ortigas. Con Dawn Madden nunca se sabe. Cuando se inclinó hacia mí le vi los pezones. No llevaba sujetador. Alargué la mano hacia ella.

—¡Abajo esa pata! ¡Abre la boca, perrito!

Me dio de comer así, de la punta de la flecha a la boca.

El glaseado sabía a limón, la masa sabía a canela y las uvas pasas eran ácidas y dulces a la vez.

Ella también le dio un mordisco. Le vi el puré de galleta en la lengua. Ahora que estaba más cerca me fijé en el Jesucristo delgaducho del colgante. Estaría calentito entre sus pechos. Los hay con suerte. La galleta no me duró ni un instante. Con gran delicadeza, Dawn ensartó la guinda en la punta de la flecha. Con gran delicadeza, la desclavé con los dientes.

El sol se ocultó.

—¡Taylor! —gritó furiosa mirando la punta de la flecha—. ¡Me has robado la guinda!

Casi me atraganto.

—Me la has dado tú.

—¡Me has robado la puta guinda y lo vas a pagar caro!

—Pero Dawn, si…

—¿Quién te ha dado permiso para llamarme Dawn?

¿Era el mismo juego, era un juego distinto, o no era ningún juego?

Me acarició la nuez con la flecha y se acercó tanto que le olí el aliento dulzón.

—¿Te parece que estoy de broma, Jason Taylor?

La flecha estaba afilada de verdad. A lo mejor podría haberla apartado de un manotazo antes de que me perforase la tráquea. A lo mejor. Pero la cosa no era tan fácil. Para empezar, estaba más empalmado que un mono.

—Tienes que pagar por lo que has robado. Es la ley.

—No tengo dinero.

—Pues piensa un poco, Taylor. ¿De qué otra forma me puedes pagar?

—Yo… —Un hoyuelo. Unos pelillos diminutos que le aterciopelan el surco de encima del labio. Nariz de diablillo. Labios como pétalos. Sonrisa curva. Mi reflejo en sus ojos de cierva traviesa—. Tengo… tengo unos caramelos de fruta en el bolsillo, pero están todos pegados. Tendrías que romperlos con una piedra.

Se rompió el hechizo. Me apartó la flecha de la garganta.

Dawn Madden volvió a sentarse en el asiento del tractor con aire aburrido.

—¿Qué pasa?

Por toda respuesta me miró como si mirase unos pantalones de campana en la sección de artículos defectuosos del mercado de Tewkesbury.

Yo quería volver a sentir la flecha en la garganta.

—¿Qué pasa?

—Como no salgas de nuestra propiedad antes de que cuente veinte —se metió un chicle de menta en la boca—, le digo a mi padrastro que me has sobado. Como no salgas antes de que cuente treinta, le digo —paladeó las palabras con la lengua— que me has metido mano. Te lo juro por Dios.

—¡Pero si ni te he tocado!

—Mi padrastro tiene una escopeta encima del armario de la cocina. Igual te confunde con un conejito asustado, Taylor. Uno… dos… tres…

El camino se perdía en un huerto de cuento de hadas. Los cardos quebradizos y la esponjosa hierba me llegaban por el codo: más que andar era como vadear un río. Seguía pensando en Dawn Madden. No entendía nada. A lo mejor es que le gustaba un poco. No iba a darle la única galleta que le quedaba al primero que pasase por allí.

Y a mí ella me gusta a rabiar. Aunque eso de que te guste una chica es peligroso. No peligroso, sino complicado. Bueno, peligroso también. Al principio los demás chicos del colegio se cachondean sin parar. Si te ven de la mano de una chica te dicen: «¿Cuándo es la boda?». Los otros chicos que andan detrás de ella buscan pelea contigo para que vea que está saliendo con un moña. Después, cuando la pareja ya es oficial, como la de Lee Biggs y Michelle Tirley, tienes que aguantar que sus amigas escriban en todos los cuadernos vuestras iniciales dentro de un corazón con una flecha clavada. Los profesores también se apuntan al choteo. El trimestre pasado, cuando el señor Whitlock dio la reproducción hermafrodita de los gusanos, a un gusano lo llamaba «gusano Lee» y a otro «gusana Michelle». A los chicos nos pareció graciosillo, pero todas las chicas se reían a grito pelado como el público de las telecomedias. Bueno, todas menos Michelle Tirley, que se puso como un tomate, se tapó la cara y se echó a llorar. El señor Whitlock se cachondeó todavía más.

Hay ciertas diferencias entre Dawn Madden y yo. Todo el mundo dice que Kingfisher Meadows es la zona más pija de Black Swan Green. La granja de su padre es lo menos pijo que hay. Yo estoy en 7.º A, la mejor clase del colegio. Ella está en 7.º E, la segunda peor. No son diferencias fáciles de salvar. Las reglas son las reglas.

Luego está el tema del acto sexual. En ciencias naturales no se da hasta 7.º. Una cosa es un diagrama de un pene erecto dentro de una vagina y otra muy diferente ponerlo en práctica. La única vagina verdadera que he visto fue en una foto grasienta que Neal Brose te dejaba ver a cambio de cinco peniques. Parecía una gamba marsupial dentro de la bolsa peluda de su madre. Casi vomito los ganchitos y el Toblerone.

Nunca le he dado un beso a una chica.

Dawn Madden tiene los ojos de color miel oscura.

Un castaño surgió de la tierra desplegando millones de brazos robustos. Alguien había colgado de una rama un columpio hecho con una rueda. El neumático oscilaba suavemente mientras la Tierra giraba debajo. Lo incliné para dejar caer el agua que se había acumulado dentro y me senté. Molaría más orbitar ingrávido alrededor de Alfa Centauro, pero la ingravidez de un columpio tampoco está mal. Si hubiese estado Lerdell habría sido un cachondeo. Al cabo de un rato trepé por la cuerda deshilachada para ver si se podía subir al árbol. Una vez que llegabas a la primera rama los subías con la gorra. Me encontré hasta las ruinas de una cabaña para niños, aunque se veía que estaba abandonada desde hacía la tira. Un poco más arriba me arrastré por una rama y me asomé fuera de la copa. Se divisaban kilómetros y kilómetros a la redonda. Los silos de la granja de Dawn Madden, una columna de humo en espiral, la plantación de abetos navideños, el campanario de Saint Gabriel y, casi tan altas, sus dos secuoyas.

Me saqué la navaja suiza y grabé esto en la corteza:

La savia en la hoja olía a clorofila. La señorita Throckmorton siempre nos decía que los que graban cosas en los árboles son los vándalos más depravados de todos los vándalos porque, además de ensuciar con pintadas, hacen daño a seres vivos. Puede que tuviese razón pero ella nunca sabrá lo que es tener 13 años y conocer a una chica como Dawn Madden. Un día, pensé, la traeré aquí arriba para que lo vea. Nos daremos el primer beso. Justo aquí. Y me tocará. Justo aquí.

Fui al otro lado del árbol para ver lo que me esperaba camino adelante. Una vereda que serpenteaba hacia Mari Bank y Castlemorton, campos y más campos, un atisbo de una vieja torreta gris que descollaba entre los abetos, hileras de pilones. Ahora se apreciaban detalles en las Malvern. La luz del sol arrancaba destellos de los coches que circulaban por la carretera de Wells. Unos peatones tamaño termita cruzaban Perserverance Hill. Debajo, por alguna parte, discurría el tercer túnel. Me comí el taco de queso Wensleydale y las migajas de galletitas saladas, y me arrepentí de no haber llevado agua. Volví a la cuerda del columpio y ya estaba a punto de bajar cuando oí las voces de un hombre y una mujer.

—¿Lo ves? —Era Tom Yew, lo reconocí al instante—. Ya te he dicho que estaba solo un poco más adelante.

—Sí, Tom —respondió la mujer—, me lo has dicho unas veinte veces.

—¿No decías que querías un lugar íntimo?

—Sí, pero tampoco hacía falta que me llevases a Gales.

Entonces vi que era Debby Crombie. Nunca he hablado con Debby Crombie pero Tom Yew es el hermano mayor de Nick Yew, el que está en la marina. Podría haber dicho «¡Hola!» y bajar por la cuerda y no habría pasado nada. Pero ser invisible molaba. Retrocedí a gatas hasta una horqueta del tronco y esperé a que pasaran de largo.

Pero no pasaron.

—Este es —Tom Yew se paró justo al lado del columpio—. El mismísimo castaño privado de los hermanos Yew.

—¿No habrá hormigas y abejas y cosas así?

—Eso se llama «naturaleza», Debby. Es bastante frecuente cuando uno sale al campo.

Debby Crombie extendió una manta en un hueco que había entre dos raíces.

Todavía podría haberles dicho que yo estaba allí (es lo que debería haber hecho). Lo intenté, pero antes de que se me ocurriese alguna excusa sin una palabra trampa, Tom Yew y Debby Crombie ya estaban tumbados en la manta morreándose. Tom le desabrochó uno por uno todos los botones del vestido azul, desde las rodillas hasta el cuello, moreno por el sol.

Si ahora abría la boca se me caería el pelo.

El castaño se balanceaba y crujía.

Debby Crombie metió un dedo en la bragueta de Tom Yew.

—Hola, marinero —susurró.

Aquello les dio tanta risa que tuvieron que parar de besuquearse. Tom Yew sacó dos botellas de cerveza de la mochila y las abrió con una navaja suiza. (La mía es roja, la suya es negra).

Entrechocaron las botellas. Tom Yew dijo:

—Brindemos por…

—Por mí, la más guapa.

—Por mí, el más maravilloso.

—Yo lo he dicho primero.

—Vale, por ti.

Dieron un trago de aquel líquido solar y rubio.

—Y también —añadió Debby Crombie con un gesto serio— por un viaje seguro.

—¡Claro que va a ser seguro, Debby! ¿Cinco meses de crucero por el Adriático, el Egeo, Suez y el Golfo? Lo peor que me puede pasar es que pille una insolación.

—Sí, pero en cuanto subas a bordo del Coventry —dijo Debby haciendo un mohín— te olvidarás de tu novia, que se queda desconsolada en el viejo y aburrido Worcestershire. Saldrás de juerga por Atenas y pillarás la sífilis por liarte con alguna pelandusca griega llamada…

—¿Llamada cómo?

—… Iannos.

—«Iannos» es nombre de chico. Significa «Juan» en griego.

—Sí, pero eso solo lo descubrirás después de que te haya atiborrado de ouzo y te haya atado a la cama.

Tom Yew se recostó sonriendo de oreja a oreja y miró directamente hacia mí.

Gracias a Dios que miraba sin ver. Las cobras detectan presas a más de medio kilómetro de distancia, pero si no mueves un solo músculo no te ven, ni siquiera a un par de metros. Eso fue lo que me salvó esa tarde.

—Cuando Nick era un canijo solíamos trepar a este mismo árbol. Un verano construimos una cabaña entre las ramas. Me pregunto si seguirá ahí…

Debby ya le estaba sobando la entrepierna.

—Este de aquí, en cambio, no tiene nada de canijo, Thomas Williams Yew.

Le quitó la camiseta de Harley Davidson y la tiró lejos. La espalda de Tom relucía toda musculosa, como la de un Geyperman. Tenía un pez espada tatuado en un hombro.

La chica se quitó el vestido.

Si los pechos de Dawn Madden eran un par de galletas danesas, los de Debby Crombie eran dos balones medicinales, cada uno de ellos provisto de un pezón protuberante. Tom se los besó y se los dejó relucientes de saliva. Ya sé que no debería haber mirado, pero no podía evitarlo. Tom le bajó las bragas, que eran de color rojo, y le acarició la mata de pelo.

—Si quieres que pare, señorita Crombie, dímelo ahora.

—Oooh, amo Yew —susurró Debby—, ni se te ocurra.

Tom se subió encima de ella y empezó a dar una especie de sacudidas. La chica gemía como si le estuviesen dando pellizcos y lo estrechaba con las piernas como una rana. Tom se movía arriba y abajo, como Namor, el Príncipe Submarino. La cadena de plata le tintineaba en el cuello.

Debby juntó las plantas de los pies como si estuviese rezando.

La espalda de Tom, bañada en sudor, parecía el lomo de un cerdo asado.

Debby soltó un quejido como un troll torturado.

El cuerpo de Tom Yew se paró en seco, se crispó entero y de su interior salió un sonido como el de un cable desgarrándose. Y a continuación otro, como si le hubiesen dado un rodillazo en las pelotas.

La chica le clavó las uñas en el culo, dejándole unas señales rosadas.

Y su boca hizo una O perfecta.

A lo lejos se oyó la campana de Saint Gabriel dando la una, o las dos. A estas alturas, Lerdell el desertor ya me sacaría kilómetros de ventaja. Mi única esperanza era que hubiese metido el pie en un cepo de tejones oxidado. Me suplicaría que fuese a buscar ayuda y yo le diría: «No sé, Lerdo, déjame que me lo piense».

Debby Crombie y Tom Yew todavía no se habían despegado. Ella dormitaba pero él estaba roncando. Una mariposa se le posó en la espalda para beber de un charquito de sudor que se le había formado a la altura de los riñones.

Me entró hambre y estaba nervioso y mareado y celoso y cansado y avergonzado y muchas cosas más. Pero no estaba orgulloso ni satisfecho, ni mucho menos deseoso de hacer eso que acababa de ver. Esos gruñidos y quejidos no eran propios de seres humanos. La brisa acunaba el castaño y el castaño me acunaba a mí.

—¡AAAAAAHHHHHHH! —gritó Tom.

Debbie también dio un chillido. Tenía los ojos en blanco y abiertos como platos.

Tom había dado un respingo y se había caído de lado.

—¡Tom! ¡Tom! ¡Ya pasó, ya pasó, ya pasó!

—Joder, joder, joder, joder, joder.

—¡Cariño! ¡Soy Debby! ¡Ya pasó! ¡Solo era una pesadilla!

Tom Yew, desnudo y bañado por el sol, cerró los atemorizados ojos y, asintiendo con la cabeza, se sentó en una raíz y se llevó las manos al cuello. Aquel berrido debía de haberle desgarrado las cuerdas vocales.

—Ya pasó.

Debby Crombie se puso rápidamente el vestido y lo abrazó como una madre a su hijo.

—¡Cariño, estás temblando! Vístete, anda. Ya pasó.

—Perdona, Debby —Tenía la voz rota—. Te he debido de asustar.

Debby le puso la camiseta en los hombros.

—¿Qué ha sido, Tom?

—Nada.

—Y una mierda. ¡Cuéntamelo!

—Estaba en el Coventry. Nos atacaban…

—Sigue.

Tom cerró los ojos y sacudió la cabeza.

—¡Venga, Tom!

—No, Debby. Era demasiado… demasiado real.

—Pero Tom, yo te quiero. Y quiero saberlo.

—Y yo también te quiero demasiado como para contártelo, y se acabó. Venga, vámonos a casa antes de que nos vea algún niño.

Iba por la mitad de un sembrado de coliflores (plantadas en ordenadas hileras entre caballones puntiagudos) cuando un escuadrón de aviones pasó atronando por encima del valle. Como estoy acostumbrado a que los cazas sobrevuelen nuestra escuela varias veces al día, me preparé para taparme los oídos. Pero para lo que no estaba preparado fue para los tres Hawker Harrier en vuelo rasante que pasaron tan cerca del suelo que los podría haber alcanzado con una bola de criquet. ¡El estruendo fue increíble! Me hice una bola y miré por una rendija. Los Harrier dieron una curva justo antes de estrellarse contra las Malvern y se alejaron en dirección a Birmingham, volando a baja altura para burlar los radares soviéticos. Cuando estalle la Tercera Guerra Mundial, serán los MiGs estacionados en Varsovia o Alemania del Este los que tengan que burlar los radares de la OTAN antes de bombardear a gente como nosotros. Y a ciudades y pueblos ingleses como Worcester, Malvern y Black Swan Green.

Dresden, Londres y Nagasaki.

Me quedé acurrucado hasta que el rugido de los Harrier se perdió entre el rumor de los coches distantes y los árboles cercanos. Si pegas la oreja al suelo, la tierra es como una puerta. Ayer vi a la Thatcher en televisión hablando de misiles con unos cuantos estudiantes.

—La única forma de pararle los pies al matón del colegio —dijo, tan segura de estar en posesión de la verdad como de tener los ojos azules— es demostrándole que, si te pega, tú le puedes devolver el golpe con mucha más fuerza.

Sin embargo, la amenaza de que les devolviesen el golpe no impidió que Ross Wilcox y Grant Burch se liasen a tortas, ¿a que no?

Me sacudí la hierba y el polvo y seguí andando hasta que, en la esquina del siguiente sembrado, me encontré una bañera anticuada. Por las huellas de pezuñas que había alrededor deduje que la usaban de comedero. Dentro de la bañera había una enorme bolsa de fertilizante que cubría algo. Picado por la curiosidad, la aparté.

Era el cadáver mugriento de un chaval de mi edad.

Entonces el cadáver se incorporó y me agarró del cuello.

—¡POLVO ERES! —gritó. ¡Y EN POLVO TE CONVERTIRÁS!

Un minuto después Dean Lerdell seguía meándose de la risa.

—¡Si te hubieses visto la cara! —acertó a decir entre las carcajadas—. ¡Tenías que haberte visto!

—Vale, muy bien —dije por enésima vez—. Felicidades, eres un genio.

—¡Parecía que te habías cagado en los pantalones!

—Sí, Lerdell. Me has tomado el pelo. Vale.

—¡La mejor inocentada de mi vida!

—¿Por qué te piraste? Se suponía que íbamos a buscar el túnel juntos.

Lerdell se calmó un poco.

—Bueno, ya sabes…

—Pues no, no lo sé. Habíamos hecho un trato.

—No quería despertarte —dijo torpemente.

Fue por lo de su padre, dijo el Gemelo Nonato.

Me había salvado de Gary Drake, así que lo dejé pasar.

—¿Sigues manteniendo el trato? ¿O te vas a volver a escabullir para buscar el túnel por tu cuenta?

—Estaba esperándote, ¿o es que no lo ves?

El campo abandonado tenía una cuesta cubierta de maleza que no dejaba ver dónde terminaba.

—¿A que no adivinas a quién he visto? —le dije.

—A Dawn Madden subida a un tractor —respondió.

Vaya por Dios.

—¿Tú también la has visto?

—Esa niña está como un cencerro. Me obligó a subir al tractor.

—¿En serio?

—¡Ya te digo! Me echó un pulso. Mi galleta danesa a cambio de su cuchillo.

—¿Quién ganó?

—¡Yo! ¡Si es una chica! Pero se quedó con mi galleta de todas formas. Me dijo que o salía cagando leches de las tierras de su padrastro o le decía que me apuntase con la escopeta. La tía está como una cabra.

Imagínate que a mediados de diciembre te pones a buscar por la casa los regalos de Navidad y encuentras lo que habías pedido a Papa Noel, pero luego, el día de Navidad, vas a la chimenea y no hay ni rastro. Bueno, pues así es como me sentí.

—Bah, yo he visto algo mil veces mejor que Dawn Madden en un tractor.

—¿Ah, sí?

—Tom Yew y Debby Crombie.

—¡No me jodas! —Lerdell tiene huecos entre los dientes—. ¿Se quedó en tetas?

—Bueno…

La cadena del cotilleo se extendió eslabón por eslabón ante mis ojos. Yo se lo contaría a Lerdell. Lerdell se lo contaría a su hermana Kelly. Kelly se lo contaría a Ruth, la hermana de Pete Redmarley. Ruth Redmarley se lo contaría a Pete Redmarley. Pete Redmarley se lo contaría a Nick Yew. Nick Yew se lo contaría a Tom Yew. Tom Yew vendría a buscarme a casa esa misma noche en su Suzuki 150 cc, me metería en un saco y me ahogaría en el lago del bosque.

—«Bueno», ¿qué?

—La verdad es que solo se dieron un morreo.

—Tendrías que haberte quedado un rato —Lerdell hizo su truco favorito: meterse la lengua en la nariz—. Podrías haberle visto el felpudo.

En los parches de terreno iluminados por la luz del sol que se colaba entre los árboles se apiñaban las campanillas. Su aroma impregnaba el aire. El ajo silvestre, en cambio, huele a gargajo quemado. Los mirlos cantaban como si les fuera la vida en ello. Los cantos de los pájaros son los pensamientos del bosque. Era precioso, pero los chicos no pueden decir «precioso» porque es la palabra más julai que existe. El camino se estrechó tanto que tuvimos que ir en fila. Dejé que Lerdell fuese delante para que me sirviese de escudo humano. (De algo me había servido leer todos esos tebeos de guerra). Por eso, cuando se paró de repente, me choqué contra él.

Se llevó el índice a los labios. Unos veinte pasos más adelante había un hombre esmirriado con un blusón turquesa. Envuelto en el zumbido de una nube de abejas, miraba hacia el cielo desde el fondo de un pozo de claridad.

—¿Qué hace? —susurró Lerdell.

Rezar, estuve a punto de decir.

—Yo qué sé.

—Hay una colmena justo encima de él. En el roble, ¿la ves?

No la veía.

—¿Será un apicultor?

Lerdell no me respondió en el acto. El hombre no llevaba máscara de apicultor y las abejas le cubrían el blusón y la cara. Solo de mirarlo me picaba todo el cuerpo. Tenía el cráneo rapado y se le veían cicatrices. Más que zapatos llevaba una especie de pantuflas hechas trizas.

—No lo sé. ¿Crees que podemos pasar de largo?

Me acordé de una película de terror sobre abejas asesinas.

—¿Y si nos atacan?

Justo donde estábamos, el camino se ramificaba en una especie de sendero. Los dos tuvimos la misma idea. Lerdell encabezó la marcha, lo cual no es tan valiente como parece teniendo en cuenta que el peligro quedaba a nuestras espaldas. Al cabo de un par de giros y recodos se dio la vuelta con gesto preocupado y me susurró:

—¿Lo oyes?

¿Abejas? ¿Pasos? ¿Cada vez más cerca?

¡Ya lo creo!

Echamos a correr como posesos, chocándonos con una oleada tras otra de hojas amarillentas y puntiagudas ramas de acebo. El suelo, cubierto de raíces, subía y bajaba bajo nuestros pies.

Al llegar a una hondonada cenagosa cubierta de hiedra y muérdago, Lerdell y yo, incapaces de dar un paso más, nos desplomamos. Aquel lugar no me gustaba un pelo. Era el típico sitio donde un estrangulador llevaría a su víctima para enterrarla. Nos mantuvimos atentos para oír si nos perseguía alguien. Cuesta mucho aguantarse la respiración cuando tienes un ataque de flato.

Las abejas no nos perseguían. Ni el apicultor.

Igual había sido cosa del bosque, que nos asustaba por pura diversión.

Lerdell se sorbió una flema y se la tragó.

—Me parece que le hemos dado esquinazo.

—A mí también, pero ¿dónde ha ido a parar el camino de herradura?

Tras colarnos por un hueco que había en una valla cubierta de musgo nos encontramos al pie de una empinada pradera de césped salpicada de toperas. Una enorme mansión nos observaba en silencio desde lo alto de la cuesta. El sol se disolvía en un estanque que también parecía inclinado y los moscones echaban carreras a ras del agua. Unos árboles en plena floración burbujeaban junto a un quiosco de música desvencijado. Encima de unas mesas de caballetes colocadas a lo largo del porche que rodeaba la mansión había jarras de limonada y naranjada. Mientras las mirábamos, la brisa derribó una torre de vasos de papel. Unos cuantos rodaron por el césped hacia donde nos encontrábamos. No había ni un alma.

Ni un alma.

—Dios —le dije a Lerdell—, me muero por un vaso de naranjada.

—Yo también. Debe de ser una fiesta de primavera o algo así.

—Sí, pero ¿dónde está la gente? —Tenía la lengua seca y crujiente como una patata frita—. Igual es que todavía no ha empezado. Vamos a servirnos. Si alguien nos pilla, decimos que pensábamos pagar. Como mucho serán cinco peniques.

A Lerdell tampoco le convencía el plan.

—Vale.

Pero estábamos muertos de sed.

—Pues venga, vamos.

Unas abejas como pompones zumbaban soñolientas en la lavanda.

—Qué silencioso, ¿no?

El susurro de Lerdell sonó demasiado alto.

—Sí —¿Dónde estaban los tenderetes de la fiesta? ¿Dónde estaba la rueda de la fortuna para ganar botellas de sidra? ¿El barril de arena para pescar tesoros enterrados? ¿La fila de copas para intentar colar la bola de ping-pong?

Cuando nos acercamos a la mansión, lo único que vimos en los ventanales fue nuestra propia imagen reflejada. La jarra de naranjada estaba llena de hormigas ahogadas así que nos servimos de la otra. Pesaba un quintal y los cubos de hielo tintineaban. Se me quedaron heladas las manos. Hay miles de historias sobre las desgracias que sobrevienen a quienes prueban comidas y bebidas en casas ajenas.

—Salud.

Lerdell y yo fingimos brindar antes de llevarnos el vaso a la boca.

La limonada me dejó la boca húmeda y fría como el mes de diciembre y todo mi organismo hizo: Ah.

Las puertas de la mansión se abrieron y un torrente de hombres y mujeres se derramó por el jardín precedido por el rumor de sus propias voces. En un instante nos habían cortado la vía de escape. Casi todo el mundo iba vestido con blusones turquesa, como el hombre de las abejas. Algunos estaban hechos un guiñapo y se dejaban llevar en sillas de ruedas por enfermeras vestidas de uniforme. Otros se movían por su propio pie, pero dando sacudidas, como robots averiados.

De repente, dando un respingo de pánico, lo entendí todo.

—¡Es el manicomio de Malvern! —le dije entre dientes a Lerdell.

Pero Lerdell no estaba a mi lado. Alcancé a verlo fugazmente, en el otro extremo de la pradera, escapando por el hueco de la valla. A lo mejor pensaba que estaba justo detrás de él, o a lo peor me había dejado tirado. Lo malo era que si yo también me daba el piro y me cogían, supondría que habíamos robado la limonada. Informarían a mis padres de que su hijo era un ladrón. Y aunque no me cogieran, lo mismo mandaban hombres con perros para darnos caza.

Así que no tenía elección. Tenía que buscar a alguien a quien pagar lo que habíamos bebido.

—¡Augustin Moans ha huido! —Una enfermera con pelo de escoba vino corriendo directa hacia mí—. ¡La sopa estaba ardiendo, pero no hay quien lo encuentre!

—¿Se refiere —tragué saliva— al hombre del bosque? ¿El de las abejas? Está allí —señalé en la dirección correcta—, en el camino de herradura. Si quiere le digo dónde.

—¡Augustin Moans! —Entonces me miró mejor—. ¿Cómo has podido hacer algo así?

—No, mire, me confunde con otra persona. Yo me… —El ahorcado no me dejo decir «llamo»—. Mi nombre es Jason.

—¿Qué te crees, que soy una de las locas? ¡Sé perfectamente quién eres! ¡Huíste para embarcarte en una de tus aventuras infantiles el mismísimo día después de nuestra boda! ¡Por ese idiota de Ganache! ¡Por una promesa de patio de colegio! ¡Me juraste que me amabas! Pero te bastó oír un búho ululando en los abetos para dejarme plantada con el niño y… y… y…

Reculé.

—Si hace falta pagar la limonada, yo…

—¡De eso nada! ¡Mira! —La enfermera de pesadilla me agarró con fuerza del brazo—. ¡Consecuencias! —Casi me metió la muñeca en los ojos—. ¡Consecuencias! —Tenía las venas atravesadas de espantosas cicatrices—. ¿Es esto amor? ¿Es esto respetar, amar y cuidar en la salud y en la enfermedad? —Cerré los ojos y aparté la cara porque escupía al hablar—. ¿Qué derecho tienes a hacerle esto a nadie?

—¡Rosemary! —Se acercó otra enfermera—. ¡Rosemary! ¿Cuántas veces tengo que decirte que no te pongas nuestro uniforme? —Su acento escocés me tranquilizó —. ¿Cuántas? —Me saludó con la cabeza—. Es un poquito joven para ti, Rosemary, y dudo de que esté en la lista de invitados.

—¿Y cuántas veces tengo que decirte yo que me llamo Yvonne? ¡Yvonne de Galais! —La lunática del manicomio de Malvern se volvió hacia mí—. Escúchame bien —Le olía el aliento a cordero con Mister Proper—. ¡Nada existe de verdad! ¿Sabes por qué? ¡Porque todo se convierte siempre en otra cosa!

—Bueno, venga —la enfermera auténtica tranquilizaba a Rosemary como si fuese un caballo asustado—. Vamos a dejar tranquilo al jovencito, ¿te parece? ¿O prefieres que llamemos a los grandullones? ¿Eso es lo que prefieres, Rosemary?

No sé qué imaginé que ocurriría a continuación pero no fue lo que ocurrió. De las entrañas de Rosemary surgió un alarido que le abrió las mandíbulas de par en par, el grito más fuerte y más potente que jamás había oído, como una sirena de policía solo que mucho más lento y mucho más triste. Todos los chalados, enfermeras y médicos que había en el jardín se quedaron de una pieza, petrificados como estatuas. El aullido de Rosemary se hizo más estridente, más descarnado, más desconsolado. ¿Por quién gritaba? Por Grant Burch y su muñeca rota. Por la mujer del señor Castle y sus nervios destrozados. Por el padre de Lerdell y sus infectas borracheras. Por el niño del reformatorio que Tejón echó a los perros. Por Cagón, que nació antes de tiempo. Por las campanillas que morirán al llegar el verano. Y por mucho que consiguieses abrirte paso entre matas de zarzas y trepases tapias de ladrillos medio roídos y dieses con la entrada al túnel perdido, ni siquiera en ese vacío retumbante, ni siquiera en las profundidades de las Malvern, lograrías escapar de aquel aullido.