El caligrafo de Voltaire

Pablo de Santis · Capítulo 3 de 38

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El caligrafo de Voltaire

Ferney

Tenía veinte años y sólo era dueño de un costurero lleno de tintas y de plumas. El viaje a Ferney me hubiera resultado imposible si no hubiera estado mi tío, el mariscal de Dalessius, a cargo del sistema de transportes llamado Correo nocturno. Era la compañía que se ocupaba de trasladar a los caídos. En tiempos de guerra llegaban a Francia numerosos cuerpos que debían ser reintegrados a sus ciudades y aldeas. El sistema de postas se había encargado en un principio de este tráfico, pero las cartas y mercaderías llegaban en un estado tan deplorable que la gente renunció a la lectura de correspondencia; apenas recibían los envíos, los quemaban. Los muertos habían logrado incomunicar las distantes regiones de nuestro reino.

El Correo nocturno se dedicó por completo al transporte fúnebre. Mi tío heredó de mi abuelo la empresa, cuyo corazón era un depósito de las afueras de París, que un siglo antes había funcionado como un saladero de carne. Allí mismo se clasificaban los cuerpos, se los encerraba en ataúdes

—a menudo llenos de sal, como para continuar con la tradición del lugar—

y se los enviaba por los caminos de Francia. Había veinticinco carrozas; como los recorridos eran caprichosos y las equivocaciones habituales, algunas familias debían esperar durante meses la llegada de un cuerpo. Al principio, en el fragor de la guerra, se esperaba al caído como a un héroe, pero el tiempo pasaba, la guerra encontraba su fin, y el viajero llegaba como un cartero con malas noticias, como un visitante inoportuno que hablaba de una guerra que todos habían logrado olvidar.

Mi tío había incorporado a los ataúdes una pequeña ventana con su postigo, para poder ver al pasajero; así se evitaban las equivocaciones. Otra de sus innovaciones fue la decisión de que cada soldado llegara con su

colección de medallas, que mi tío le hacía acuñar a un fabricante de botones. De esa manera, todos recibían a un héroe. En este oficio, me dijo el mariscal de Dalessius, hay reglas precisas: vestir de negro, actuar de noche, guardar silencio.

Cuando no había guerras ni epidemias, la cantidad de coches se reducía.

Para conseguir clientes, mi tío se había preocupado por difundir la tesis de un teólogo benedictino, quien afirmaba que para asegurarse el paraíso todo hombre debía ser sepultado en el lugar donde había nacido, o a una distancia no mayor que la que media entre Belén y el Santo Sepulcro. A través de estos pequeños ardides y la colaboración del estado, que le encargaba el transporte de ejecutados y muertos en prisión, mi tío conseguía que no le faltaran pasajeros, aun en los peores tiempos de paz.

El viaje fue largo, porque Ferney quedaba en la frontera con Suiza.

Expulsado de París por el rey, Voltaire había comprado el castillo para poder huir, en caso de amenaza, hasta su finca en Ginebra. Cuando llegué a destino, todos los encargos habían sido cumplidos y el único pasajero era yo. Me despedí de Servin, el cochero, y quedé solo a las puertas del castillo.

Un secretario estudió mis papeles y me ordenó que me sentara a esperar.

Pronto se apagó la luz de las ventanas y quedé solo en una sala en penumbras. Nadie se acercaba a encender las lámparas y creí que se habían olvidado de mí. El viaje me había agotado y sólo esperaba que me dieran algo de comida y una cama, pero un criado vino a buscarme y me condujo al ala este del castillo. Había tantos relojes en las salas que el ruido resultaba ensordecedor. El tic-tac, me enteraría después, invadía inclusive los sueños, para atormentar con engranajes, agujas y números romanos las noches de la servidumbre.

En la vida de Voltaire no habían faltado los combates, la prisión, el exilio. Esperaba ver a un gigante, la cabeza enorme, los ojos clarividentes, pero me encontré con un anciano que no parecía real, sino un dibujo en la página de un libro (un libro dejado en el jardín durante una noche de lluvia).

Los dientes se los había llevado el escorbuto, la cabeza calva estaba cubierta por un gorro de lana, y la lengua, debido a su manía de mojar con

ella la pluma cuando la tinta estaba seca, había quedado tan azul como la de los ahorcados.

Cuando entré, no volvió la cabeza; quizás era también sordo. Seguía atento a unos papeles que estudiaba con una lupa con aro de oro.

—Imbécil —dijo.

—Lamento llegar tarde.

—Imbécil el que escribió esta página.

—¿Alguno de sus enemigos?

—El peor: yo mismo. ¿Por qué esa estúpida afición por los diccionarios, podría usted explicarme? Es la infección que contraje al tocar la Enciclopedia.

—Soy calígrafo. También tengo afición por el orden alfabético.

Recordé que el amor por el alfabeto había llegado a tal extremo en la escuela de Vidors que nuestras clases de gimnasia consistían en formar letras con nuestros cuerpos. La g y la h eran las peores. Sobre el patio helado debíamos escribir a lo largo de la mañana fragmentos de la Eneida en latín. Desde una torre nuestro profesor leía las oraciones.

—Voy a confesarle una cosa: alguna vez planeé escribir mi autobiografía usando el orden del alfabeto. Si emprende alguna vez una empresa semejante, recuerde que cualquier letra puede ser salteada, excepto la a y la zeta, porque nos dan la idea de que el círculo se ha cerrado, aunque en el medio falten las otras. Si en lugar de decir «Soy el alfa y la omega», Cristo hubiera dicho «Soy la beta y la psi», quien sabe qué hubiera sido del cristianismo.

Me tendió papel y pluma.

—Haga una prueba de caligrafía.

—Preferiría usar mis plumas, si no le molesta.

—Gracias a esos instrumentos perdió el empleo anterior. ¿Quién le asegura que no perderá el próximo?

No me dejé intimidar.

—¿Qué escribo?

—«Mi mano tiembla como la de un anciano.»

Efectivamente, la mano me temblaba. Nunca antes me había ocurrido.

El resultado fueron unas letras indecentes.

—Es culpa de la pluma que elegí.

—Pruebe con otra.

Tomé una de ganso azul, mi favorita, y el efecto fue peor.

—Ese ganso está aleteando todavía. De todas maneras lo contrato; le tiembla tanto el pulso que creerán que soy yo mismo el que escribe. Su jefe inmediato será Wagnière, mi secretario.

—¿Cuál será mi trabajo?

—Contestar la correspondencia. Trabajará aquí, en esta sala. Para responder algunas cartas deberá consultarme. Otras quedarán a su criterio.

—Quienes lean las cartas sabrán que no las ha escrito usted.

—No se preocupe por eso. Es mejor que sepan que no he sido yo. Van a pensar: si no escribe sus cartas, es porque está entregado a una obra importante. La ausencia también es un efecto de estilo.

Nos sobresaltó el estruendo de un derrumbe. Voltaire salió hacia el pasillo y yo lo seguí. Daba pasos largos pero con lentitud, y yo, que iba detrás, me veía obligado a detenerme para no superarlo. Aunque tardamos en llegar al lugar del derrumbe, los papeles todavía flotaban en el aire, esperando a su dueño.

Junto con nosotros entró al archivo un hombre alto, de aire triste y ropas fúnebres. Empezó a excavar entre los papeles y me arrodillé a su lado para ayudarlo. Bajo el peso de aquellas cartas amarillentas, atadas con cordel, alguien tosía y gemía.

Saqué un fajo de cartas comidas por las polillas; casi se deshicieron en mis manos. En el fondo había una cara tan sepultada por el polvo del papel que parecía formar parte de la correspondencia.

—Saquemos al pobre Barras —dijo el hombre alto—. Usted tire de un brazo, yo del otro.

Sacamos a un muchacho enclenque, a quien le sangraban la cabeza y el labio superior. Apenas pudo se libró de nuestras manos, apurado por apartarse de los papeles, como si en la espesura lo acechara una fiera. Se alejó cojeando por el pasillo, mientras gritaba:

—¡Vuelvo a la cocina! ¡Al archivo, jamás!

—Creo que necesitamos un nuevo ayudante para la clasificación de su correspondencia— dijo el hombre alto.

—Aquí lo tiene. Wagnière, le presento a Dalessius. Dalessius: ordene este desastre. De ahora en adelante, además de escribir cartas, tendrá a su cargo el archivo.

—¿No es peligroso para un aprendiz? —preguntó Wagnière—. Barras por poco muere y el mes pasado, ese estudiante de Alsacia…

—Si el señor Dalessius se esfuerza, aprenderá. Y si no, volverá a su hogar… en el mismo transporte que lo trajo hasta aquí.

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