El Círculo

Dave Eggers · Capítulo 3 de 3

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El Círculo

Libro tercero

Haber estado tan cerca del Apocalipsis era algo que todavía la perturbaba. Sí, Mae lo había evitado, había sido más valiente de lo que ella misma se creía capaz, pero sus nervios, después de tantos meses, seguían deshechos. ¿Y si Kalden no se hubiera puesto en contacto con ella cuando lo había hecho? ¿Y si no hubiera confiado en ella? ¿Y si hubiera decidido actuar por su cuenta, o peor todavía, le hubiera confiado su secreto a otra persona? ¿A alguien que no tuviera la integridad de ella, que no tuviera su fuerza, su decisión y su lealtad?

En el silencio de la clínica, sentada al lado de Annie, Mae dejó que su mente vagara. Allí reinaba la serenidad, entre el susurro rítmico del respirador, el ruido de las puertas que se abrían de vez en cuando y el zumbido de las máquinas que mantenían con vida a Annie. Se había desplomado estando sentada a su mesa, la habían encontrado en el suelo, catatónica, y la habían llevado allí a toda prisa, donde la atención médica era superior a la que podría recibir en ninguna otra parte. Desde entonces se había estabilizado y el pronóstico era optimista. La causa del coma seguía siendo objeto de cierto debate, había dicho la doctora Villalobos, pero lo más seguro era que lo hubieran provocado el estrés, el shock o el simple agotamiento. Los médicos del Círculo confiaban en que Annie saldría del coma, igual que otros miles de médicos del mundo entero que habían observado sus constantes vitales, animados por los temblores frecuentes de sus pestañas y por el estremecimiento ocasional de algún dedo. Al lado de su electrocardiograma había una pantalla con un hilo cada vez más largo de buenos deseos de congéneres humanos del mundo entero, a la mayoría de los cuales, o bien a todos los cuales, pensó Mae con tristeza, Annie nunca llegaría a conocer.

Mae miró a su amiga, con su cara inmutable, su piel reluciente y el tubo estriado que le salía de la boca. Se la veía maravillosamente en paz, durmiendo un letargo reparador, y por un breve momento Mae sintió una punzada de envidia. Se preguntaba qué le estaría pasando por la cabeza a Annie. Los médicos le habían dicho que lo más seguro era que estuviera soñando; durante todo el coma se habían dedicado a medirle continuamente la actividad cerebral, pero nadie sabía con exactitud qué estaba pasando dentro de su mente, y Mae no podía evitar que aquello la molestara un poco. Desde donde estaba sentada Mae se veía un monitor, una imagen en tiempo real de la mente de Annie, estallidos de color que aparecían de forma periódica y que sugerían que allí dentro estaban sucediendo cosas extraordinarias. Pero ¿qué estaba pensando?

La sobresaltaron unos golpecitos. Miró más allá del cuerpo tendido boca arriba de Annie y vio a Francis al otro lado del cristal, en la zona de espectadores. Francis levantó una mano vacilante y Mae le devolvió el saludo. Lo iba a ver más tarde, en un evento de todo el campus para celebrar el nuevo récord de transparencia. Ya había diez millones de personas transparentes en el mundo, y el movimiento era irreversible.

El rol que había tenido Annie de cara a posibilitar aquello era inestimable, y Mae desearía que ahora pudiera verlo. Había muchas cosas que Mae tenía ganas de contarle a Annie. Obedeciendo a un deber que le había parecido sagrado, Mae le había contado al mundo que Kalden era Ty y había revelado sus grotescas afirmaciones y sus esfuerzos errados por hacer descarrilar el Cierre del Círculo. Cada vez que se acordaba de aquello, le parecía una especie de pesadilla, el hecho de haber estado tan hundida en el subsuelo con aquel loco, desconectada de sus espectadores y del resto del mundo. Pero Mae había fingido que cooperaría, se había escapado de él y se lo había contado todo inmediatamente a Bailey y a Stenton. Con su compasión y su sabiduría de costumbre, ellos habían permitido a Ty que se quedara en el campus, en calidad de asesor, con una oficina aislada del resto y sin tareas específicas. Mae no lo había visto desde su encuentro subterráneo y tampoco tenía ganas.

Mae llevaba ya unos meses sin ponerse en contacto con sus padres, pero era una mera cuestión de tiempo. No tardarían en encontrarse de nuevo, en un mundo donde todos pudieran conocer a los demás de forma verdadera y completa, sin secretos, sin vergüenza y sin que hiciera falta pedir permiso para ver o para conocer, sin que nadie acaparara su vida de forma egoísta, ni un solo recodo ni un solo momento de ella. Muy pronto todo eso sería sustituido por una apertura nueva y gloriosa, un mundo de luz perpetua. El Cierre ya era inminente, y traería la paz, y traería la unidad, y todo el desorden que había vivido la humanidad hasta ahora, todas aquellas incertidumbres que acompañaban al mundo anterior al Círculo, ya no serían más que un recuerdo.

Otro estallido de color apareció en la pantalla que supervisaba las operaciones de la mente de Annie. Mae estiró un brazo para tocarle la frente, maravillándose de la distancia que aquella carne interponía entre ellas. ¿Qué estaba pasando dentro de aquella cabeza? Resultaba verdaderamente exasperante, pensó Mae, el no saberlo. Era una afrenta, un robo a ella y al mundo. Tenía intención de sacar aquel tema con Stenton y Bailey, con la Banda de los 40, en cuanto se le presentara la oportunidad. Necesitaban hablar de Annie y de las cosas que estaba pensando. ¿Por qué no podían enterarse de eso? El mundo no merecía nada menos, y no estaba dispuesto a esperar.

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