El consejero

Cormac Mccarthy · Capítulo 1 de 1 · parte 1/4

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El consejero

El consejero

Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.

Cormac McCarthy

El consejero

ePub r1.1

Piolin 10.04.2020

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Título original: The Counselor

Cormac McCarthy, 2013

Traducción: Luis Murillo Fort

Diseño de portada: Drew Hadley

Editor digital: Piolin

Primer editor: Maki

ePub base r2.1

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El dormitorio en el apartamento del consejero. Las cortinas están echadas y la habitación casi a oscuras. Se ve la cama desde detrás y a dos personas acostadas en ella. El diálogo suena a veces amortiguado por las sábanas, de ahí que aparezca en SUBTÍTULOS en la pantalla.

LAURA: ¿Estás despierto?

CONSEJERO: No.

LAURA: Bueno.

CONSEJERO: ¿Qué hora es?

LAURA: Las dos. Casi.

CONSEJERO: Las dos y qué más.

LAURA: ¿Cómo?

CONSEJERO: De la mañana o de la tarde.

LAURA: No hablarás en serio.

CONSEJERO: Solo a medias.

LAURA: De la tarde.

CONSEJERO: Ya lo sé. Eres lo más sexy del mundo. ¿A qué hora sale tu avión?

LAURA: A las siete cuarenta.

CONSEJERO: ¿Qué haces?

LAURA: ¿Yo? Nada.

CONSEJERO: Tendrán que sacarme de aquí con una grúa.

LAURA: Si quieres, hablamos.

CONSEJERO: ¿Crees que deberíamos tomar un café?

LAURA: ¿Lo crees tú?

CONSEJERO: Supongo que no.

LAURA: Me he pasado dos semanas sin verte. Y tengo que volver esta noche.

CONSEJERO: Ya lo sé. Dime algo sexy, anda. Las palabras significan mucho para los hombres.

LAURA: Está bien.

CONSEJERO: Pues venga.

LAURA: Estoy pensando.

CONSEJERO: Bueno.

LAURA: Quiero que me metas la mano por dentro del vestido.

CONSEJERO: Si no llevas vestido…

LAURA: ¿Y qué más da? Es una cosa que te gusta oírme decir.

CONSEJERO: Ya lo sé. Pero tendría que ser de verdad, ¿no?

LAURA: Vale, de acuerdo. Quiero que metas la mano por dentro de mis bragas.

CONSEJERO: Estamos en las mismas. Casi será mejor que digas claramente lo que quieres que te haga.

LAURA: Quiero que me toques.

CONSEJERO: Que te toque dónde.

LAURA: Que me toques ahí abajo.

CONSEJERO: Lo deseas de verdad.

LAURA: Mucho.

CONSEJERO: Dilo un poco más sexy.

LAURA: Quiero que me lo toques.

CONSEJERO: Cielo santo. ¿Estás mojada?

LAURA: Sí. Oooh… Cariño…

CONSEJERO: Pero si estás chorreando.

LAURA: Ya lo sé.

CONSEJERO: ¿Se puede saber cómo te has puesto en este estado?

LAURA: Oooh… Pensando en ti.

CONSEJERO: Pensando qué de mí.

LAURA: En tu dulce cara entre mis muslos.

CONSEJERO: Dios, cómo eres.

LAURA: Cariño… Ay, creo que debería ir a arreglarme.

CONSEJERO: No quiero que te arregles. Quiero que me hagas cosas.

LAURA: ¿Estás seguro?

CONSEJERO: Segurísimo.

LAURA: De acuerdo.

CONSEJERO: ¿Cómo te volviste tan mala?

LAURA: Saliendo contigo. ¿Puedo decirte una cosa?

CONSEJERO: Naturalmente.

LAURA: Pienso que anoche te superaste a ti mismo. Creí que no podía dejar de correrme.

CONSEJERO: ¿Sabes las consecuencias que eso tiene para el ego de un hombre?

LAURA: Sí. ¿Continúo?

CONSEJERO: Por favor.

LAURA: Dios. Despacio. Despacio. Sí. ¿Cómo aprendiste a hacer eso?

CONSEJERO: Saliendo con chicas guarras.

LAURA: Me has echado a perder. Lo sabes, ¿verdad?

CONSEJERO: Eso espero. Dios. Tienes el coño más suculento de toda la cristiandad, ¿lo sabías?

LAURA: ¿Qué dicen las chicas cuando les haces eso?

CONSEJERO: No hay ninguna otra chica. Solo tú.

LAURA: Pero las ha habido.

CONSEJERO: Hace mucho tiempo. Ni me acuerdo.

LAURA: Claro que te acuerdas.

CONSEJERO: ¿En serio quieres saberlo?

LAURA: Sí.

CONSEJERO: Está bien. Normalmente decían «Oh, Dios mío», o «Cristo Jesús». Pero casi siempre algo así, tipo religioso.

LAURA: Eres muy divertido.

CONSEJERO: A ellas les gusta que las hagan reír. Dime qué más quieres que te haga.

LAURA: Tú ya lo sabes.

CONSEJERO: Dilo.

LAURA: ¿Y si te escandalizo?

CONSEJERO: Mala suerte.

LAURA: ¿Seguro?

CONSEJERO: Sí.

LAURA: Vale. Quiero que me folles con el dedo.

CONSEJERO: ¿Qué?

LAURA: Ya me has oído.

CONSEJERO: No me lo puedo creer.

LAURA: Pues créetelo.

CONSEJERO: Estás ya en el siguiente nivel de depravación, ¿no? Yo pensaba que a las chicas no les gustaba demasiado.

LAURA: Depende de la chica.

CONSEJERO: A ti sí.

LAURA: Quiero que metas el dedo y busques el punto y empujes.

CONSEJERO: Cielos. ¿Ahora?

LAURA: No. El jueves.

CONSEJERO: Dios.

LAURA: Oooh… Dios, sí, sí. Oh. Creía que no sabías hacerlo.

CONSEJERO: Yo no he dicho tal cosa. Dios, eres tan seductora…

LAURA: Calla.

CONSEJERO: Vale.

LAURA: Calla. Oh. Dios. Oh, Dios mío.

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CRÉDITOS

Taller mexicano. Un operario ataviado con mono y gafas de faena y provisto de un soplete está cortando lateralmente el depósito de un camión cisterna Ford modelo F-650 para aguas residuales.

Taller mexicano. El depósito del camión ha sido cortado en dos y una grúa está introduciendo un bidón de doscientos litros por la parte superior del depósito. El operario está metido dentro esperando para aflojar los ganchos y el cable.

Pradera en el desierto, parecida a la región que rodea Patagonia ( Arizona ) o a la zona al este de Las Vegas ( Nuevo México ). Cae la tarde.

Hay un Cadillac Escalade blanco aparcado a la vera de un arroyo bajo unos imponentes álamos de Virginia. Enganchado a la trasera del vehículo hay un remolque para dos caballos y el Escalade tiene el portón trasero bajado. La puerta del conductor está abierta y un hombre —Reiner—

sentado al volante mira desde la puerta con unos prismáticos. Va bien vestido, con pantalones chinos, camisa de sport y botas de piel, unas Gokey a prueba de serpientes.

Desierto. Cae la tarde. Un guepardo pasa corriendo a gran velocidad.

Amsterdam, una calle con tiendas, un canal. El consejero cruza un puente. Viste un traje de verano, sin corbata, y en una mano lleva una cartera de nailon negro.

Desierto. Una mujer muy atractiva —Malkina— está sentada con las piernas cruzadas en el portamaletas del techo del Escalade. Luce un sombrero de cowboy negro con la copa chata y barbuquejo de cuero trenzado. Camisa blanca y chaleco de piel, unos pantalones de montar de

pana y botas de cuero caras. Lleva la cabellera negra recogida atrás y está mirando por unos prismáticos de los caros acodada sobre sus rodillas.

Taller mexicano. El operario soldando otra vez la parte superior del depósito.

Taller mexicano. El operario está aplicando el cordón de soldadura a lo largo del costado del depósito con una amoladora eléctrica en medio de una lluvia de chispas.

Desierto. Una liebre corre entre la hierba. El guepardo la atrapa y acaba con ella en medio de una nube de polvo.

Desierto. La mujer baja sus prismáticos, cierra los ojos y se aprieta los costados con los codos. Casi da un respingo. Desde tan cerca se ve el gato egipcio que lleva tatuado en un lado del cuello. Un segundo guepardo, que está encadenado al Escalade, se levanta y gira sobre sí mismo antes de echarse otra vez y fija la mirada en la lejanía.

Taller mexicano. Un hombre con mono de faena y mascarilla autofiltrante está pintando a espray el depósito del camión cisterna dentro de un cubículo para pintar.

Oficina de un vendedor de diamantes en Amsterdam. Habitación con paneles de madera, estilo antiguo. El vendedor está en mangas de camisa, con tirantes y corbata. Empuja el microscopio por encima de la mesa. El consejero se inclina sobre el microscopio. Encima de la mesa, entre ambos, hay un paño negro de joyero con siete u ocho diamantes de entre tres y cinco quilates. El consejero levanta la vista y el vendedor alarga el brazo y tira del microscopio hacia sí, hace un gesto con la mano, como quien se encoge de hombros, y retira el diamante de la pinza y lo deja sobre el paño y monta otra piedra en la pinza y empuja de nuevo el microscopio. El consejero examina la piedra. El vendedor le observa.

Pequeña localidad portuaria mexicana en el golfo de California. Varios camiones están siendo descargados y luego recorren un trecho de muelle en dirección a un almacén con un rótulo sobre la puerta donde reza Aduana.

Uno de los vehículos es el camión cisterna de aguas residuales. Le hacen señas para que se arrime y el conductor entrega un sobre marrón al inspector de aduanas, que se lo guarda dentro de la chaqueta. El camión parte hacia la carretera.

Desierto, al ponerse el sol. La mujer cabalga por la pradera casi a galope tendido a lomos de un buen caballo árabe. Silla de montar inglesa.

Hace girar a su montura y mira hacia atrás y luego se inclina sobre el pescuezo del caballo para apremiarlo. Los dos guepardos la adelantan y desaparecen entre el polvo.

Desierto en el sudoeste. Montañas rielando a lo lejos. Perspectiva de una larga y recta carretera de asfalto casi líquida en las ondas provocadas por el calor.

Desierto en el sudoeste. El camión cisterna está detenido en el chaparral. El conductor abre la puerta y se yergue, sujetándose al techo de la cabina y a la parte superior de la puerta. Su compañero mira a través del parabrisas con unos gemelos. En lontananza una hilera de rezagados atravesando el chaparral: hombres y mujeres con maletas, con bolsas de ropa al hombro. El que está erguido se saca un cigarrillo del bolsillo de la camisa y lo enciende y expulsa el humo despacio.

Oficina del vendedor de diamantes.

CONSEJERO: Tiene que ser algo que a ella no le resulte incómodo llevar. No quiero regalarle un diamante tan grande que le dé miedo lucirlo.

VENDEDOR ( asintiendo, un amago de sonrisa ): Seguro que ella es más valiente de lo que imagina.

Saca la piedra de la pinza y ajusta otra y la mira a través de la lupa. Se la acerca a la boca, le echa el aliento y vuelve a examinarla. Se inclina para colocarla bajo el microscopio y se echa hacia atrás otra vez. El consejero adelanta el torso para examinar la piedra. El vendedor le observa.

CONSEJERO: ¿Es un cojín?

VENDEDOR: No. Es un Asscher. Fíjese en las esquinas.

CONSEJERO: Ya veo.

VENDEDOR: Vamos a ponerlo en la caja de luz.

El consejero levanta la vista y extrae la piedra de la pinza con las tenacillas y coge una pequeña gaveta de cartón blanco y coloca encima de

ella el diamante.

VENDEDOR: Los lados del cojín forman un ligero arco. Es una versión moderna del llamado corte de la mina vieja. Miremos el color.

El consejero ajusta el microscopio y gira la piedra con las tenacillas.

VENDEDOR: Póngalo de cara a la mesa.

CONSEJERO: Para mirarlo a través del pabellón, quiere decir.

VENDEDOR: Sí. Hay otras cosas que mirar.

CONSEJERO: Parece amarillo.

VENDEDOR: Sí. Es lo que se denomina color del cuerpo. Sigue siendo una piedra blanca, pero el color del cuerpo probablemente es marrón o amarillo.

Los colores empiezan en la D. Un diamante D carece de color.

CONSEJERO: Y los colores van hasta la Z.

VENDEDOR: Así es.

CONSEJERO: Entonces ¿lo que estoy mirando…?

VENDEDOR: Un H.

CONSEJERO: ¿Es bueno, ese color?

VENDEDOR: Sí, muy bueno. El tono amarillo se lo da el nitrógeno. Lo cierto es que cualquier cosa que se diga de un diamante tiene que ver con una imperfección, un defecto. El diamante ideal estaría compuesto únicamente de luz. ¿Ve usted la inclusión?

CONSEJERO: No.

VENDEDOR: Fíjese bien. Es pequeña. Nosotros lo llamamos una pluma. Gire un poquito la piedra.

CONSEJERO: Sí, creo que ya lo veo. ( Levanta la mirada y se retrepa en la silla). Bueno, ¿y de qué calidad es?

VENDEDOR: VS-1. Aunque algunos quizá le darían una cualificación más alta.

CONSEJERO: ¿Usted, por ejemplo?

El vendedor se encoge de hombros.

CONSEJERO: A usted le gusta esta piedra.

VENDEDOR: Sí, me gusta.

CONSEJERO: ¿De cuántos quilates es?

VENDEDOR: De tres coma nueve.

CONSEJERO: Es un diamante caro.

El vendedor se encoge de hombros. Tira del microscopio hacia sí y coloca otra piedra en la pinza y lo empuja de nuevo.

VENDEDOR: Dígame lo que ve. Recuerde que no está mirando si encuentra virtudes. Este negocio es muy cínico. Solo buscamos la imperfección. Esta piedra es de cinco quilates. Dígame usted qué ve.

CONSEJERO ( inclinándose hacia el microscopio): Tal como está.

VENDEDOR: Sí.

CONSEJERO: La faceta del fondo es grande, parece.

El vendedor se encoge de hombros. El consejero examina la piedra.

CONSEJERO: La corona y la parte inferior no encajan. Es como si la faja estuviera torcida.

VENDEDOR ( levantando las cejas): Muy bien.

CONSEJERO ( mira al vendedor): Pero no hay diamante perfecto.

VENDEDOR: En este mundo nada es perfecto[*]. Como diría mi padre.

CONSEJERO: Usted es sefardí.

VENDEDOR: Lo soy.

CONSEJERO: ¿Conoce España?

VENDEDOR: Sí. Y ella me conoce a mí. Hubo un tiempo en que pensé que España volvería de la tumba, pero no va a ser así. Todos los países que han expulsado a los judíos han sufrido el mismo destino.

CONSEJERO: ¿Cuál?

VENDEDOR: Bah, mejor que no se lo cuente. Hablemos de las piedras. La más valorada es el diamante rojo. Procede de la mina Argyle. Es, por tanto,

muy raro. En mi larga vida he visto solo dos. El precio no lo quiera usted ni imaginar.

CONSEJERO: Pues me gustaría conocerlo.

VENDEDOR ( echándose hacia atrás y escrutando al consejero): ¿En serio?

CONSEJERO: Sí.

VENDEDOR: Uf. Veamos. No existe otra cultura que la semítica. Ya está. La última cultura conocida antes de la semítica fue la griega, y ya no habrá otra después.

CONSEJERO: Me parece una afirmación muy atrevida.

VENDEDOR: El núcleo de toda cultura está en la naturaleza del héroe. ¿Quién es ese hombre venerado? En el mundo clásico fue el guerrero. Pero en el mundo occidental es el hombre de Dios. Desde Moisés hasta Cristo. El profeta. El penitente. Una figura desconocida para los griegos. Inaudita, inimaginable. Porque puede haber un hombre de Dios, pero no un hombre de dioses. Y este Dios es el Dios del pueblo judío. No existe otro. En Occidente asistimos a su… ¿cómo se dice?, a su sustracción. Sustraer es la palabra. ¿Y cómo se roba un Dios? El judío contempla al torturador ataviado con las vestiduras de su propia cultura milenaria. Todo tiene una extraña familiaridad. Pero las prendas no caen bien y de las manos siempre mana sangre. Esa capa, ¿no era del tío Chaim? ¿Y esos zapatos? Basta. Ya veo cómo me mira. Dejemos la filosofía. Schiller probablemente tenía razón. Cuando los dioses eran más humanos los hombres eran más divinos.

Las piedras mismas tienen su propia visión de las cosas. Tal vez no son tan silenciosas como usted piensa. Brotaron de la tierra cuando aún no había testigos, pero ya ve, aquí están. Bien. ¿Quién será su testigo? Nosotros dos.

Aquí. ( Ajustando una piedra en la pinza). Ésta es una piedra con moraleja.

CONSEJERO: Un diamante con moraleja.

VENDEDOR: Claro. ¿Y por qué no? Aunque imagino que todo diamante tiene su moraleja. Aun tratándose de algo con frecuencia inalcanzable, no es un pequeño objeto de deseo. Participar del destino infinito de la piedra: ¿no es ese acaso el sentido del embellecimiento? Realzar la belleza del ser amado es admitir tanto su fragilidad como la nobleza de dicha fragilidad. En un alarde de noble comportamiento pregonamos ante la oscuridad que lo fugaz

de la vida no nos intimida. Que no nos dejaremos menoscabar por ello.

Permita que se lo muestre. Ya verá.

Cae la tarde. Malkina está sentada en una silla de camping ante una mesa plegable cubierta con un mantel de hilo, además de porcelana y cubiertos.

Una lámpara de aceite alumbra sobre la mesa y la mujer está leyendo un libro. Reiner le deja delante un vaso alto con una cereza dentro y se inclina coctelera en mano y le sirve un manhattan. Ella alza los ojos y sonríe. Él se acerca al fuego y le da la vuelta a dos filetes que se están haciendo en la parrilla. Los dos caballos pacen a escasa distancia de allí. Los guepardos, atados, se agitan; uno se alza y gira sobre sí mismo antes de tumbarse de nuevo. La mujer toma un sorbo del combinado.

Desierto. Cae la tarde. Reiner y Malkina están en un promontorio en medio de la pradera contemplando el ocaso. Medio sol se ha puesto ya. El cielo es enorme y rojo.

REINER: Te gusta porque te recuerda a Argentina.

MALKINA: Es como Argentina, igual. La pampa. Pero no me gusta por eso.

Me gusta por sí mismo.

REINER: No tiene por qué ser igual que otra cosa.

MALKINA: Claro.

REINER: ¿Te recuerdo yo a otra persona?

MALKINA: Sí, la verdad.

REINER: ¿Alguien a quien echas de menos?

MALKINA: Alguien que murió. No creo que eche de menos nada. Las cosas están y de un día para otro ya no están. Echarlas de menos es confiar en que volverán. Pero las cosas no vuelven. Eso lo he sabido siempre, desde que era una niña.

REINER: ¿No te parece un poco frío?

MALKINA: Yo creo que la verdad no tiene temperatura. Mira, ya está.

El sol desaparece tras el horizonte.

Desierto. El sol acaba de ponerse. Montañas peladas de un tono morado recortándose oscuras contra un cielo vespertino con franjas de un

rojo intenso. En la lejanía el gemido agudo y fino de una motocicleta; lentamente va cobrando volumen. Muy lentamente. Luego cruza la media distancia en una pequeña fracción de segundo, apenas un parpadeo, y se pierde a lo lejos hacia el silencio.

FIN DE LOS CRÉDITOS

Un coqueto restaurante en el interior de un club privado. Una veintena de mesas, los comensales bien vestidos, las mujeres con traje de noche y enjoyadas. Candelabros, copas de cristal, cubertería de plata, mantel de hilo. Por los altavoces suena Anne-Sophie Mutter tocando el Concierto número 2 para violín de Mozart. Los camareros visten corbata y pantalón negros con chaquetilla blanca. En una de las paredes hay ocho grandes retratos al óleo de gente famosa: Bogart, Marilyn, Dean, Elvis, Lennon, Miles Davis, Billie Holiday y el marqués de Portago, piloto español de Fórmula 1. Los cuadros son llamativos y de colores vivos, pero no chabacanos o de mal gusto. Son óleos que podrían pasar por retratos al pastel de excelente calidad. Al fondo de la sala hay una plataforma elevada

—un pequeño escenario— y sobre la misma un piano de cola. La tapa del piano está cubierta con una colcha o manta de color rojo y asegurada por debajo del piano mediante pulpos. Encima del instrumento yace un guepardo. El segundo guepardo avanza por la sala dejando atrás las mesas. Al pasar, una mujer lo acaricia distraída sin mirarlo siquiera. El guepardo salta grácilmente sobre el piano y olfatea al otro guepardo y le lame el pelo. Llevan gruesos y complicados collares provistos de transpondedores de color negro. Colgado de la tercera pared, el morro apuntando hacia abajo, un auténtico Lotus de Fórmula 2. Hay una pared llena de fotografías de coches y pilotos y gente famosa. En la mesa esquinera un hombre y una mujer están sentados cara a cara. Él tiene cuarenta y tres años, ella treinta y seis. Visten con elegancia y son muy atractivos. Un camarero está despejando la mesa y otro acaba de servirles champán. Ciñe nuevamente el cuello de la botella con el paño y embute la botella en el hielo del cubo y se marcha.

CONSEJERO: Bueno, he de hablar contigo de una cosa y me da un poco de miedo.

LAURA ( sonriendo): ¿Has sido malo?

CONSEJERO: No. En realidad no es que tenga que hablar de nada. Deja que te dé esto y luego me dices qué te parece.

Saca del bolsillo de su americana un pequeño estuche de terciopelo negro y lo pone encima de la mesa. Ella se lleva el dorso de la mano a la boca y le mira. Luego coge el estuche y lo abre. Vuelve a mirarle.

LAURA: Oh, cariño.

CONSEJERO: ¿Quieres…?

LAURA: Sí, quiero.

CONSEJERO: Caray.

LAURA: ¿No lo sabías?

CONSEJERO: Sí, pero me daba miedo de todos modos.

LAURA: Es precioso.

CONSEJERO: ¿Estás bien?

LAURA: Sí. Me siento un poco rara.

CONSEJERO: No irás a echarte a llorar…

LAURA: Creo que no. ¿Estás seguro de esto?

CONSEJERO: ¿Yo? Segurísimo.

LAURA: Es una preciosidad.

CONSEJERO: Tú eres una gloria.

LAURA: ¿Cómo que una gloria?

CONSEJERO: Pues eso. Que eres una gloria de mujer.

LAURA: Muchas gracias. Y tú tienes un gusto impecable. No debería haber dicho eso.

Él levanta su copa.

CONSEJERO: No se admiten devoluciones.

Ella saca el anillo del estuche y se lo pone en el dedo y extiende la mano para contemplarlo. Gira la mano para que él lo vea. Coge su copa, la hace chocar con la de él y beben.

LAURA: Entonces de acuerdo.

CONSEJERO: Pienso amarte hasta que me muera.

LAURA: Antes me muero yo.

CONSEJERO: De eso nada.

Un pequeño colmado. Un joven vestido con prendas de motorista de cuero verde chillón —cazadora, pantalones ajustados, botas y guantes verdes—

está en la cola para pagar. Lleva el casco colgando de un brazo. Es de tez oscura. Medio mexicano. La mujer que tiene delante ha dejado su compra sobre la cinta transportadora y el empleado va haciendo la cuenta. Ella se vuelve y sonríe al chico, que sostiene en brazos una bolsa de cinco kilos de comida para perros.

MUJER: ¿Tienes perro?

JOVEN: Que si tengo perro…

MUJER ( sonriendo): Sí.

JOVEN: No, señora.

MUJER ( un poco desconcertada): Ah.

JOVEN: No tengo.

MUJER: Vale.

JOVEN: Esto es para mí.

MUJER: ¿Para ti, dices?

JOVEN: Sí, señora. Es una dieta.

MUJER: ¿Una dieta?

JOVEN: Sí, señora. Bien. No sé si debería hablarle de esto. Lo he probado un par de veces y la verdad es que funciona bastante. No comes casi nada.

¿Que tienes hambre? Pues te zampas un par de cosas de éstas. Yo voy a

todas partes con una bolsita llena. ¿Que te despiertas por la noche? Nada de ir a saquear la nevera. Es cuestión de dejar un platito de esto en la mesita de noche y zamparse dos o tres. Al lado un vaso con agua. La última vez bajé doce kilos en cuatro semanas. Yo se lo recomiendo a todo el mundo. ¿Las dietas que anuncian por ahí? ( Señalando). Yo sé que esto funciona.

Naturalmente es como todo, hay que usar la cabeza. La vez anterior me desperté en el hospital. Simplemente hay que centrarse. Es como todo. Pero si quiere perder peso, esto es ideal. Lleva todo lo que uno necesita: vitaminas, minerales. ¿Y sabe una cosa? Pasados unos días ya no quieres probar nada más. Ya le digo, yo lo recomiendo a todo el mundo.

La mujer se vuelve hacia el empleado y éste le devuelve la tarjeta de crédito. El otro empleado ha terminado de meter los artículos en bolsas. El chico empuja su paquete de comida para perros.

MUJER: Pero has dicho que te despertaste en el hospital. ¿Qué te pasó?

¿Tuviste una reacción sistémica o algo así?

JOVEN ( sacando dinero para pagar la bolsa de comida para perros): No, qué va. Nada de eso, señora. Estaba sentado en la calle tocándome las pelotas y un coche me atropelló. Bueno, cuídese, ¿de acuerdo?

El ático de Reiner. Una habitación grande que da a una terraza con piscina. Hay unas veinte personas entre la habitación y la terraza, incluido un buen número de chicas atractivas. Junto a la piscina hay mesas y tumbonas y jóvenes desnudas chapoteando en el agua. En el patio exterior hay una cabaña y una barra con un barman preparando bebidas y a su lado un corpulento levantador de pesas negro asando filetes y costillas en una parrilla de acero inoxidable para exterior. En la sala hay mesas y sofás. Dos camareras con patines de ruedas llevan bebidas y comida a la gente, una en biquini y la otra en bragas y camiseta estampada. Uno de los guepardos está tumbado en un sofá y el otro cruza la habitación en ese momento. La camarera rueda hasta la barra y pide dos Budweiser. La camiseta, que lleva sin sujetador debajo, ostenta un coche trucado de

dibujos animados con ruedas descomunales y un enorme sobrealimentador GMC 671 instalado en el motor. La leyenda dice: «La inyección mola pero prefiero ir colocado». El barman abre la nevera y saca dos botellas de cuello largo y grita ¡Birra va! y el cocinero, que lleva un peto de pantalón corto, se coloca en posición y el barman le encaja la botella en el trasero del peto y quita la chapa de la botella y luego hace lo propio con la segunda y deposita las dos cervezas en la bandeja de la camarera. La chica se aleja rodando hasta una mesita baja y deja allí las botellas de cerveza y dos mujeres jóvenes echan sendos tragos. En la pared hay una pantalla enorme donde se suceden imágenes de gente, fotos a color tomadas en fiestas celebradas en el ático. El consejero cruza la sala y va hasta una puerta y pulsa tres botones de un teclado numérico. Espera. Se oye un clic y el consejero abre la puerta, entra y se vuelve para cerrarla. La habitación es moderna y elegante. Arrimada a una de las paredes una batería de ordenadores y equipo electrónico.

Una elegante mesa de madera noble y acero inoxidable. Reiner está sentado en el canto de la mesa hablando con Malkina, que está de pie entre las rodillas de él. Malkina se vuelve y sonríe al consejero y Reiner le saluda.

REINER: Buenos días, consejero.

CONSEJERO: Buenas.

Malkina susurra algo al oído de Reiner y le da una palmadita en la rodilla antes de volverse para salir. Es alta, morena y muy atractiva. Dedica otra sonrisa al consejero cuando pasa junto a él.

MALKINA: Hola, guapo.

CONSEJERO: Qué tal.

Ella se marcha cerrando la puerta. Reiner baja de la mesa y coloca bien su butaca giratoria y se sienta en ella y le indica al consejero un sofá de piel cercano a la mesa y perpendicular a la misma. El consejero va hasta el sofá y toma asiento.

REINER: ¿Cómo está la novia?

CONSEJERO: Ennoviada.

REINER: Muy oportuno. Linda chica. Imagino que ella no estará al corriente de tu última aventura empresarial.

CONSEJERO: Imaginas bien. ¿Y tu chica?

REINER: Sí.

CONSEJERO: Sí ¿qué?

REINER: No hay problema. No sé lo que ella sabe. Y no quiero saberlo.

CONSEJERO: No te fías de ella.

REINER: Coño, consejero. Es una mujer.

CONSEJERO: Vaya.

REINER: Bueno, tampoco lo digo en ese plan. Me refiero a que con respecto a los hombres ellas tienen sus propias ideas. Siempre me han gustado las chicas listas, pero es un hobby que sale caro.

CONSEJERO: Sí, ya. ( Señalando hacia la pared electrónica). ¿Tú sabes qué es todo eso?

REINER: Bastante. Y lo que no sé puedo preguntárselo a ella. Cosa que me preocupa todavía más.

CONSEJERO: Mmm…

REINER: Sí.

CONSEJERO: Nunca me has contado lo que pasó entre tú y la encantadora Clarissa.

REINER: Ah, la señorita Clarissa. De extraordinaria anatomía. ¿Que qué pasó? Creo que si cortamos fue por celos.

CONSEJERO: ¿Celos?

REINER: Pues sí. Se follaba a más tías que yo.

CONSEJERO ( sonriendo): ¿Es cierto eso?

REINER: No lo sé. Podría ser. Debo decir que para ser una chica a la que le iban las chicas tenía un extraordinario interés por el miembro viril. Me lo chupaba con tal ahínco que al final se me arregló la vista. Me dejó por una negra que estaba muy buena. El novio jugaba en los Oilers. Buen tipo. Una vez estuvimos tomando copas en un club de Dallas para hablar de nuestras

desavenencias. Él se lo estaba tomando bastante mal, la verdad. Las mujeres se lo montan mejor, ¿no crees?

CONSEJERO: Será que tienen más práctica.

REINER: Igual sí. Yo diría que por regla general si uno siguiera con la mujer a la que llora, todavía lloraría más.

CONSEJERO ( sonriendo): Desde aquí dentro no se oye nada, ¿verdad?

REINER: Mejor aún.

CONSEJERO: ¿De veras?

REINER: Desde ahí fuera no se oye nada.

CONSEJERO: Entonces ¿es un sitio seguro?

REINER: Quién sabe. Yo no hablo con frases reprochables, nunca. Ese teléfono lleva un emisor de interferencias, pero eso no quita que ahí fuera haya un montón de gente lista. Pero el que se crea el más listo lo tiene claro, eso sí.

CONSEJERO: ¿Te refieres a mí, quizá?

REINER: No, hombre. Aunque siempre he pensado que saber de leyes es como tener licencia para robar. Y que tú, por ejemplo, no le habías sacado mucho partido.

El consejero se encoge de hombros.

REINER: En fin. A ver, tú no eres el tipo recto que la gente piensa, ¿verdad?

CONSEJERO: Supongo que no.

REINER: Y no estoy hablando del golpe. Me refiero a ti. Tú a las mujeres les gustas.

CONSEJERO: Bueno.

REINER: ¿Sabes lo que les gusta de ti?

CONSEJERO: ¿Que tengo un buen polvo?

REINER: Bueno, aparte de eso. Las mujeres tienen un olfato especial para el dilema ético. La paradoja.

CONSEJERO: El dilema ético.

REINER: Sí. Les atrae, no sé muy bien por qué. Será que como carecen de todo sentido de lo moral les fascina que nosotros lo tengamos. ¿Tú quieres

saber si un tío tiene problemas? Pues observa cómo reaccionan las mujeres ante él.

CONSEJERO: Muy interesante.

REINER: Los hombres también sienten atracción por mujeres con defectos, cómo no, pero se engañan pensando que pueden arreglarlas. Ellas pasan de arreglar nada; solo quieren que las entretengan. A las mujeres, de hecho, puedes hacerles cualquier cosa menos aburrirlas.

CONSEJERO: Bueno, yo de Laura no hay nada que quisiera arreglar.

REINER: Tú sabrás.

CONSEJERO: Pero a ti te parece que quizá sabe cosas de mí que yo mismo desconozco.

REINER: Joder, consejero. Ahora sí que me he perdido.

CONSEJERO: Déjalo. ¿Y qué me dices de ti? Con respecto a tu inamorata.

REINER: No lo quieras saber. Yo no lo quiero saber.

CONSEJERO: Dilemas éticos.

REINER: Sí. Continúa por ese camino en el que te has metido y al final llegarás a decisiones éticas que te van a sorprender mucho. No las verás venir.

CONSEJERO: ¿Por ejemplo?

REINER: Cargarte a alguien. O hacer que se lo carguen.

CONSEJERO: ¿Te has enfrentado alguna vez a una decisión como ésa?

REINER: Tú eres miembro del tribunal.

CONSEJERO: Digamos que no tengo pensado dedicarme a este oficio.

REINER: Una vez y no más, ¿eh?

CONSEJERO: Cosa que habrás oído un millar de veces.

REINER: No tantas, en realidad. Suele pasar que después de un par de trabajos ya saben más que tú y se montan su negocio justo en la acera de enfrente.

CONSEJERO: ¿Y qué tal les va?

REINER: Bien no.

CONSEJERO: ¿Eso sería un problema ético?

REINER: No para mí.

CONSEJERO: Para tus socios.

REINER: Hombre, ellos le tienen mucha manía a mezclar negocios y placer.

¿Sabes qué es un bolito?

CONSEJERO: No. Sé lo que es una corbata de bolo. ¿O es una cosa de ésas que se lanzan? En Argentina.

REINER: Ya. En este caso es un artilugio provisto de un pequeño motor eléctrico con un increíble engranaje compuesto que va soltando un fino cable de acero. Funciona con batería. El cable está hecho de una aleación impura, es casi imposible de cortar y forma una lazada; te acercas al tipo por detrás y se lo pasas por encima de la cabeza y tiras del cabo suelto de cable y te vas. No te ha visto ni Dios. Al tensar el cable se activa el motor y el nudo va apretando y apretando hasta que se cierra por completo.

CONSEJERO: Y el tío se queda sin cabeza.

REINER: Es una posibilidad.

CONSEJERO: No puede hacer nada.

REINER: Nada.

CONSEJERO: Joder.

REINER: Pues sí.

CONSEJERO: ¿Cuánto tarda la cosa?

REINER: Tres o cuatro minutos. Cinco como mucho. Depende de la talla de camisa.

CONSEJERO: Te estás quedando conmigo.

REINER: ¿Yo? Bueno, digamos que exagero un poquito. Es que no sería nada fácil desconectar el trasto. Ni haría falta tampoco. El artefacto sigue funcionando hasta que el nudo se cierra del todo y luego se autodestruye.

De hecho, probablemente estés muerto en menos de un minuto.

CONSEJERO: Estrangulado.

REINER: No. Lo que pasa es que el cable corta las arterias carótidas, y cuando la sangre empieza a chorrear los espectadores se largan todos a casa.

CONSEJERO: Joder.

REINER: Pues sí.

CONSEJERO: Bolito, ¿eh?

REINER: Sí. Otro juego de palabras, seguramente. «Boleto», con «e», significa «billete» en español. El tuyo, que te lo acaban de perforar.

CONSEJERO: Me extraña que el cable pueda cortar hueso.

REINER: Es que no lo corta. Tendría que pasar entre vértebra y vértebra. Es un engranaje de tornillo sin fin provisto de una abrazadera con incremento integrado. De hecho, es un reductor de velocidad. Cada vez aprieta más pero más despacio; de ese modo contrarresta la resistencia que ofrece el tejido.

CONSEJERO: ¿Y tú cómo sabes todo esto?

REINER: Ya me conoces, me gustan las maquinitas. Resulta que un amigo mío mangó una. En Calexico. Propiedad del condado.

CONSEJERO: Supongo que deben de ser caras.

REINER: Y lo son. Ésta era de segunda mano.

CONSEJERO: Fantástico.

Reiner se encoge de hombros.

CONSEJERO: ¿Cómo es que no lo ve nadie?

REINER: ¿A quién?

CONSEJERO: Al verdugo, digamos.

REINER: Bueno, si te dan a elegir entre mirar a un tío alejándose por la calle y mirar cómo alguien es decapitado lentamente por un aparato que se diría inventado y patentado en el mismísimo infierno, seguro que eliges esto último. Es así, créeme. Quizá piensas «No tendría que mirar», pero miras.

CONSEJERO: Y esa manía de cortar cabezas, ¿de dónde viene? Antes por aquí no se estilaba.

REINER: Es verdad. La cosa ha venido del este.

CONSEJERO: Del este. ¿Quieres decir Oriente?

REINER: Sí. Tú mete a nueve mexicanos y a un árabe en la misma habitación, dale cien dólares a cada uno y vuelve al cabo de un par de horas: ¿quién crees que tendrá los mil en la mano?

CONSEJERO: Así que te estás preparando para hacer negocios con ellos en un futuro próximo.

REINER: ¿Con los árabes?

CONSEJERO: Sí.

REINER: No.

CONSEJERO: ¿Y eso?

REINER: A ellos no les hace falta tu dinero.

Desierto en el sudoeste. El camión cisterna y una pickup aparcados en el chaparral. Los dos conductores mexicanos están hablando con otros dos hombres. Acuclillados en el suelo. Uno ofrece un paquete de cigarrillos.

Luego coge un palo y dibuja un mapa en la tierra.

Un almacén con reflectores. La puerta metálica se eleva ruidosamente y el motorista de cuero verde entra a lomos de una Kawasaki ZX-12 y frena en seco y hace un trompo sobre el suelo de cemento y se detiene. Apaga el motor y se quita el casco. Una perra doberman corre hacia él y se yergue y él la abraza y le revuelve las orejas y se baja de la moto. En la parte del fondo se ve un Cadillac Escalade negro último modelo. El motorista camina con la perra dando brincos a su lado hacia un espacio en el rincón del fondo donde hay una pequeña cocina y una cama, una taquilla metálica, una poltrona de piel; lleva consigo la bolsa de comida para perro. Llena el cuenco de la doberman y enciende el equipo de música y luego va a la nevera y saca cena congelada y la mete en el microondas y abre una cerveza y se sienta a mirar cómo come la perra. Deja la cerveza encima de la mesa y se levanta para quitarse la chupa de cuero y de un bolsillo con cremallera saca una bolsa de plástico transparente y la tira sobre la mesa. Está llena de billetes de cien dólares. Abre un cajón y saca un paquete de marihuana y papel de fumar y se sienta a liar un porro. Lo enciende y se retrepa con los ojos cerrados. La perra termina de comer y se le acerca y olfatea y estornuda. Él le sopla humo a la cara y la perra estornuda y gira en redondo.

JOVEN: Ya. Qué se le va a hacer.

Suena el timbre del microondas. Se levanta y abre la puerta del microondas y saca la cena. La perra le observa.

JOVEN: Tú no comes lasaña. Échate otra vez.

En el club. El consejero y Laura sentados a una mesa. Un joven con camiseta estampada, cazadora y tejanos va camino de la salida, en compañía de una chica. Se detienen, él retrocede un paso y mira al consejero con una sonrisa.

TONY: Hombre, consejero, ¿qué tal le va?

El consejero se lo queda mirando.

CONSEJERO: Muy bien.

TONY: ¿Es su chica?

CONSEJERO: Sí.

TONY: ¿Cómo está usted, señora?

LAURA: Bien. Gracias.

TONY: El consejero y yo nos conocemos desde hace mucho. ¿Verdad que sí, consejero?

CONSEJERO: Me temo que sí.

TONY: Pues no tema, hombre. Yo hice borrón y cuenta nueva. ¿Usted ha hecho borrón y cuenta nueva, consejero?

CONSEJERO: Si tú sí, yo también.

TONY ( dirigiéndose a Laura): ¿Lo ve? En mi vida he conocido a un hijoputa tan hijoputa como él.

CHICA: Vámonos, Tony.

TONY: ¿Cuánto hace que sales con este tipo, Petunia?

LAURA: Lo suficiente.

TONY: ¿Y cómo se come eso de «lo suficiente», eh?

CONSEJERO: Quizá deberías hacerle caso a tu amiga, Tony.

TONY: ¿Es lo que hace usted, consejero?

CONSEJERO: Por regla general.

TONY ( a Laura): ¿La entretiene bien?

LAURA: Eso no es asunto suyo.

TONY: Porque a mí me parece que es de las que se aburren fácil.

CHICA: Tony. Larguémonos.

TONY: Está bien. Ya voy. Eh, vamos a hacer una prueba. A ver si sabéis lo que es esto. Os gustará.

Se levanta la camiseta y apoya las palmas de las manos a cada lado del ombligo y mueve la piel del abdomen arriba y abajo alternativamente, muy deprisa, siete u ocho veces y luego las separa dejando el ombligo al descubierto. Lo hace otra vez.

TONY: ¿Qué? ¿Lo captáis?

Laura se ha vuelto y ha cerrado los ojos.

TONY: Lo voy a hacer otra vez. Mirad.

Repite el truco.

TONY: Venga, consejero. Es una chica saltando vallas.

Laura baja la cabeza, los ojos cerrados.

TONY: Venga, bomboncito. ¿Qué? No me digas que no es gracioso. Su chica es un poquito estrecha, ¿eh, consejero?

El consejero echa la silla hacia atrás y se pone de pie.

CHICA: Yo me voy, Tony.

TONY: Coño, consejero. Por mí no hace falta que se levante. Sabes, Petunia, aquí tu amigo es de los que se mosquean cuando no se salen con la suya.

Juraría que probablemente ya lo has notado. De todos modos el problema no es ése. El problema es que fíjate si será susceptible que le da lo mismo que tú acabes bajo las ruedas de un autobús. No sé si me entiendes. En fin, yo al menos lo veo así. ( Levanta las manos). Está bien. Ya me marcho. Me marcho. A cuidarse, ¿vale?

Una cafetería en un centro comercial. Malkina y Laura almorzando sentadas a una mesa.

MALKINA: ¿Y de cuántos quilates es?

LAURA: Ni idea.

MALKINA ( a punto de llevarse el tenedor a la boca con un poco de ensalada y bajándolo otra vez): No me digas que no lo sabes.

LAURA ( sonriendo): Te lo digo.

MALKINA: Me tomas el pelo, ¿verdad?

LAURA: No.

MALKINA: Déjame ver.

Laura extiende el brazo.

MALKINA: No. Quítatelo.

Laura se quita el anillo y se lo entrega. Malkina mira el anillo, le da la vuelta, lo pone a la luz. Se lo devuelve a Laura.

MALKINA: Es de tres quilates y medio. O tres coma ocho. Bonita piedra.

Corte Asscher.

LAURA ( se pone el anillo): Gracias.

MALKINA: Buen color. Seguramente un F o un G. Nada visible, o sea que por lo menos es un VS-2. ¿Te interesa saber su valor?

LAURA: No.

MALKINA ( sonriendo y meneando la cabeza, mientras pincha la ensalada): Lo dices en serio, ¿eh?

LAURA: Sí.

MALKINA: Bueno, ¿habéis fijado ya una fecha?

LAURA: No. Yo quiero casarme por la Iglesia. A él le parece bien. Como está divorciado yo pensé que eso sería un problema, pero la Iglesia católica no reconoce otros matrimonios. Ahora estoy buscando trabajo por aquí,

¿sabes?

MALKINA: ¿Tienes miedo?

LAURA ( sonriendo): No. Estoy un poquito nerviosa. A ratos.

MALKINA: ¿Tú eres de ir a misa y eso?

LAURA: Suelo ir. Para mí es importante.

MALKINA: ¿Y lo de confesarse?

LAURA: También. Bueno, no muy a menudo.

MALKINA: ¿El cura hace preguntas sobre sexo?

LAURA: Él no pregunta, pero se supone que tienes que decírselo todo.

MALKINA: ¿Y no te presiona para que le cuentes los detalles morbosos?

LAURA ( sonriendo): No.

MALKINA: Me tocó, padre. ¿Dónde, hija mía? En el pompis, padre. Y hay que confesarse quieras o no, ¿verdad?

LAURA: Sí. Para poder comulgar.

MALKINA: Y se supone que prometes no volver a hacer esas guarradas.

LAURA: Exacto.

MALKINA ( menea la cabeza): Mmm… ¿Y si yo, que no soy católica, fuera a confesarme? ¿Qué diría el cura?

LAURA: No sé. ¿Por qué habrías de ir?

MALKINA: Pues no sé. Porque guardarse las cosas es malo para la salud. ¿Él me escucharía?

LAURA: No lo sé. Ten en cuenta que si no eres católica no puede darte la absolución.

MALKINA: ¿Tú crees que solo los católicos van al cielo?

LAURA: Eso es lo que enseña la Iglesia. Yo no estoy tan segura.

MALKINA: Ya. Pero cualquiera podría ir a la caseta esa, ¿no?

LAURA: ¿Al confesionario? Sí, supongo.

MALKINA: ¿Y qué hay que hacer?

Seguir: parte 2 de 4