El desafío

Colleen McCullough · Capítulo 2 de 19 · parte 1/3

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El desafío

2. Tras los pasos de Alejandro Magno

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

2. Tras los pasos de Alejandro Magno Cuando huyó de su casa, la noche en que cumplía quince años, Alexander no llevaba consigo más que un pan y un trozo de queso. Las únicas ropas decentes que tenía eran las que usaba para ir a la iglesia, todas las demás estaban tan gastadas y raídas que no valía la pena cargar con ellas. Aunque no era corpulento, las duras condiciones de vida a las que lo había sometido su padre lo habían dotado de una fuerza poco común, así que caminó a paso vivo toda la noche sin necesidad de detenerse ni un minuto para descansar. Otros jóvenes de Kinross se habían fugado alguna que otra vez, pero siempre los encontraban a no más de dos o tres kilómetros de sus casas; Alexander pensaba que no estaban realmente convencidos de lo que hacían. En cambio él estaba absolutamente seguro, y, al amanecer, cuando hizo un alto para beber un poco de agua de un arroyo, ya se encontraba a unos treinta kilómetros de Kinross. ¿Qué le ofrecía aquel sitio si no iba a poder marcharse algún día a Edimburgo, a estudiar en la universidad? Un trabajo de por vida en la fábrica de tartanes, que sería peor que ser condenado a muerte.

Le llevó una semana llegar a las afueras de Glasgow —no tenía recursos suficientes para dirigirse a Edimburgo— donde esperaba conseguir un empleo. Durante el trayecto había cortado leña o quitado la maleza en algún que otro jardín a cambio de comida, pero ésas eran tareas que hacía sin el menor esfuerzo. Lo que Alexander quería era una oportunidad de trabajar en algo que le permitiera aprender, algo que además de fuerza requiriera inteligencia. Y lo encontró apenas hubo llegado a Glasgow, la tercera metrópolis en importancia de las islas británicas.

El artefacto, que estaba instalado en un taller e inyectaba aire en una fundición, tenía una chimenea humeante y toda su circunferencia estaba envuelta en un vapor blancuzco. ¡Una máquina de vapor! En los molinos harineros de Kinross había dos máquinas de vapor, pero Alexander nunca las había visto, y aunque se hubiera quedado en Kinross tampoco lo habría hecho jamás. El territorio industrial estaba dividido entre las familias locales, y Duncan y James Drummond eran hombres de la fábrica de tartanes, lo que significaba que con el tiempo sus hijos también lo serían.

Yo, en cambio, pensaba Alexander, me propongo seguir los pasos de mi tocayo, Alejandro Magno, e incursionar en un territorio completamente desconocido.

Aunque tenía apenas quince años, no carecía de don de gentes. Hasta entonces sólo lo había ejercitado con el doctor Robert MacGregor, pero cuando entró en el taller de fundición se dio cuenta enseguida de a quién debía dirigirse: no a aquella figura mugrienta que alimentaba con paladas de carbón el buche llameante de la espantosamente candente caldera. Más bien a un hombre mejor vestido que rondaba por allí con un trapo en una mano y una llave inglesa en la otra pero que no estaba haciendo nada en particular.

—Disculpe, señor —dijo Alexander, dirigiéndose al hombre ocioso con una sonrisa en los labios.

—¿Sí?

—¿Qué es lo que hacen aquí?

¿Por qué, pensaría el hombre tiempo después, no le di un puntapié en el trasero para echarlo sin miramientos a la calle? Lo cierto es que alzó las cejas y le devolvió la sonrisa.

—Calderas y máquinas de vapor, muchacho. No hay suficientes calderas y máquinas de vapor, no las hay…

—Gracias —repuso Alexander, pasó junto a él y se internó en la cacofonía de la fundición.

En una de las esquinas de aquel infierno había una escalera de madera que conducía a un recinto con ventanas de vidrio desde el cual era posible

ver fácilmente todo cuanto ocurría abajo. La guarida del encargado.

Alexander subió de a cuatro por vez los escalones y golpeó la puerta.

—¿Qué buscas? —preguntó el hombre de edad mediana que la abrió.

No había duda alguna de que era el encargado. Llevaba un pantalón bien planchado, y una camisa blanca impecable, arremangada y con el cuello desabotonado; de todos modos, se arrugaría fácilmente con semejante calor.

—Quiero aprender a hacer calderas, señor. Después, en cuanto sepa hacerlas, quiero aprender a hacer una máquina de vapor. Puedo vivir en cualquier cuchitril y arreglármelas sin cuarto de baño, así que no necesito un gran salario —repuso Alexander, siempre con su sonrisa en los labios.

—Un chelín al día. Eso significa un penique la hora. Y tabletas de sal gratis. ¿Cómo te llamas, muchacho?

—Alexander… —estuvo a punto de decir Drummond, pero cambió rápidamente de idea—, Kinross.

—¿Kinross? ¿Cómo la ciudad?

—Sí, como la ciudad.

—Un aprendiz no nos vendrá mal, y prefiero tomar a alguien que viene a pedir trabajo antes que a alguien a quien me traiga su padre. Soy el señor Connell, y no vaciles en preguntar. Si no sabes cómo se hace algo, no lo hagas hasta después de haber preguntado. ¿Cuándo puedes comenzar, muchacho?

—Ahora —le replicó Alexander—. Tengo una pregunta, señor Connell.

—¿Cuál?

—¿Para qué son las tabletas de sal gratuitas?

—Para que te las tomes. Trabajar aquí le hace a uno sudar litros. La sal sirve para no tener calambres.

El chico nuevo no sólo aprendía rápidamente; también tenía la virtud de hacerse querer por los otros trabajadores a pesar de su evidente excelencia, una cualidad que suele irritar a los que son menos capaces o menos voluntariosos. Tal vez no lo vieran como un peligro porque no ocultaba su deseo de marcharse en cuanto hubiese aprendido todo lo que se pudiera aprender en Lanark Steam. Pasaba las noches en una esquina del taller

contiguo a aquél en el que se encontraba la máquina de vapor que producía aire comprimido; su alojamiento estaba protegido de las inclemencias del tiempo por una chapa de hierro y lo mantenía suficientemente caldeado si se tomaba el trabajo de alimentar la caldera durante la noche, algo que el señor Connell lo autorizó a hacer dadas las precarias condiciones del lugar.

En aquel año de 1858 en que Alexander la conoció, Glasgow era una ciudad espantosa. Tenía la tasa de mortalidad más alta de Gran Bretaña, y también la tasa de criminalidad más elevada, porque la mayoría de sus habitantes se hacinaban en tugurios que no tenían agua, luz ni cloacas y formaban un tortuoso laberinto en el que no había policía o funcionario que se atreviesen a entrar. Los concejales hablaban de una demolición total, pero como en la mayoría de las ciudades, la acción no venía nunca unida a la palabra; se trataba nada más que de una forma de apaciguar al creciente número de ricos que estaban desarrollando un cierto grado de conciencia social. Las industrias del hierro y del carbón eran de una importancia crucial porque estas materias primas abundaban en la zona cercana a Glasgow, lo que significaba que la ciudad entera estaba cubierta por una sofocante capa de humo blanco a la que se incorporaban, además, los vapores de una pujante industria química especializada en producir sustancias capaces de corroer los pulmones más saludables.

Aunque no era un sitio en el que Alexander quisiera quedarse, sabía que debía permanecer allí el tiempo suficiente para ganarse su billete y una buena carta de referencia, un testimonio escrito que certificara sus conocimientos en materia de calderas y máquinas de vapor.

Una vez que hubo dominado el trabajo de la fundición y lo trasladaron al sector en el que se construían las máquinas propiamente dichas, su incansable cerebro descubrió muchas formas de mejorar el producto. Por supuesto, tenía plena conciencia de que como aprendiz que era, sus ideas eran propiedad del señor Connell, quien patentó a su nombre todas sus invenciones. Estrictamente hablando, eso significaba que el señor Connell no estaba obligado a ceder a Alexander ni siquiera una mínima parte de los beneficios, pero era un hombre justo para la época en que le había tocado vivir y, bastante a menudo, como muestra de su gratitud, recompensaba a

aquel muchacho maravillosamente dotado con diez soberanos de oro.

También abrigaba la esperanza de que Alexander, una vez terminado su aprendizaje, se convenciera de que lo mejor para él sería quedarse; gracias a sus invenciones, Lanark Steam aventajaba con mucho a sus competidores.

Aparte de eso, el salario de Alexander pasó de un chelín al día por una jornada de doce horas a cinco chelines a partir del segundo año, y a una libra en el tercero. El señor Connell lo necesitaba.

Pero Alexander no abrigaba intenciones de quedarse. Casi todo lo que ganaba lo guardaba en un escondite secreto que tenía detrás de lo que parecía ser un ladrillo más de la pared del taller. No confiaba en los bancos, y mucho menos en los de Glasgow. En 1857 había sido testigo de la quiebra del Western Bank, lo que había tenido consecuencias terribles para la industria, el comercio y los ahorros de la gente común.

Seguía viviendo en su pequeño rincón, compraba ropa de segunda mano y una vez por mes se subía a un tren que lo llevaba al campo, donde lavaba sus prendas y aprovechaba para bañarse en algún tranquilo arroyuelo. La comida representaba su gasto más importante; estaba creciendo tan aprisa que su estómago gruñía de hambre a cada rato. El sexo no había entrado en su vida porque estaba siempre demasiado cansado para buscarlo.

Por fin llegó el día en que recibió el papel en que el señor Connell, quien le rogó en vano que se quedara, certificaba sus conocimientos. En aquella hoja decía que Alexander había trabajado como aprendiz durante tres años con resultados satisfactorios, que sabía soldar, trabajar con un martillo pilón y una fresadora, manipular tubos y láminas de hierro, y, llegado el caso, incluso construir una máquina de vapor; que comprendía los principios, la teoría y la mecánica del vapor y tenía talento para la hidráulica.

Sus conocimientos superaban en mucho a los de cualquiera de los que trabajaban en Lanark Steam, entre ellos el propio señor Connell, y eso se debía a que dedicaba los domingos a estudiar en la biblioteca de la Universidad de Glasgow; aquella ocupación era mucho más fructífera, estaba seguro, que ir a la iglesia. Sólo los estudiantes de la misma universidad estaban autorizados a usar esa biblioteca, pero Alexander no se

había dejado amilanar por la prohibición y había arrebatado su pase a un estudiante demasiado aficionado a la bebida para usarlo.

Con el compartimiento secreto que estaba debajo del falso fondo de su caja de herramientas lleno de monedas de oro, Alexander atravesó Cumberland a pie en dirección a Liverpool como si no cargara nada.

Durante aquellos pocos días de ocio se deleitó con la superlativa belleza y la paz de los más hermosos condados ingleses hasta que por fin llegó a la segunda ciudad en importancia de Gran Bretaña, casi tan mugrienta como Glasgow, aunque apenas un poco menos insalubre.

Su intención no era quedarse en Liverpool. Alexander iba en busca de un barco que se dirigiera a California y sus yacimientos de oro, y encontró amarrado el Quinnipiac. Era uno de esos barcos nuevos, un velero de madera de tres palos con una máquina de vapor impulsada a hélice en lugar de la rueda de paletas. Su capitán y propietario, un hombre nacido en Connecticut, se alegró de poder contar con los servicios de un joven que realmente conocía las máquinas de vapor que se utilizaban en el mar, tal como Alexander demostró cuando lo examinaron in situ. Los yanquis no se fiaban de lo que hubiera escrito en un trozo de papel.

La carga que llevaba el Quinnipiac era variada —equipamiento para la explotación minera como baterías y enormes retortas de hierro fundido que Alexander no sabía para qué servían, máquinas de vapor y bocartes—, pero también transportaba accesorios de latón, juegos de cubiertos de Sheffield, whisky escocés o polvo para preparar curry.

—Es por la guerra civil —explicó el mecánico—. Todo el hierro y el acero de la Unión se usan para fabricar armas de fuego y otros materiales para la guerra, así que los californianos tienen que comprar todo lo que necesitan en Inglaterra.

—¿Pasaremos por Nueva York? —preguntó Alexander, que ansiaba conocer la fabulosa ciudad de las esperanzas y los sueños.

—No, vamos directamente a Filadelfia, pero sólo para cargar un poco más de carbón. Navegamos a vela únicamente cuando no hay más remedio;

el vapor es más rápido y sencillo, no hay que virar para encontrar el viento, ni luchar contra las corrientes que se nos oponen.

Una vez que el Quinnipiac abandonó el mar de Irlanda para internarse en el océano Atlántico, Alexander comprendió por qué el capitán se había alegrado tanto de poder contar con un segundo mecánico capacitado; el viejo Harry, como lo llamaban todos, sucumbió al mareo y hacía su trabajo tambaleándose de un lado a otro mientras sujetaba un cubo en el que no paraba de vomitar.

—Ya se me pasará —decía jadeando el viejo Harry—, pero mientras tanto es un fastidio.

—Váyase a su camastro, viejo testarudo —le indicó Alexander—. Yo me las arreglaré.

Pero después de haber descubierto que tratar de obligar a una bestia mecánica a dar lo mejor de sí en un mar embravecido era un trabajo que requería todo el esfuerzo de al menos dos hombres, un par de días después Alexander se sintió aliviado al ver que el viejo Harry reaparecía, evidentemente recuperado. Los enormes cojinetes a través de los cuales las bielas movían el cigüeñal tendían a calentarse en exceso debido a que el aceite no los lubricaba como correspondía, pero no se podía culpar al viejo Harry por eso, porque era un problema que se presentaba con todos los aceites disponibles entonces. La caldera solía desarrollar demasiada presión, y uno de los dos fogoneros, que se había aficionado al whisky escocés, estuvo a punto de morir de tanto alcohol que bebió.

Esto suscitó en Alexander una primera reflexión a propósito de los norteamericanos: no tenían tanta conciencia de clase como los ingleses o los escoceses. A pesar de que era un mecánico profesional, el viejo Harry no tuvo reparos en alimentar el fuego, de modo que después de que el segundo fogonero cayó misteriosamente al mar tras ganar una áspera partida de barajas, el Quinnipiac se quedó con tres maquinistas. Ningún mecánico u oficial de barco inglés o escocés se habría rebajado a hacer una tarea manual, pero estos hombres, prácticos por naturaleza, preferían alimentar el

fuego con sus propias manos antes que ordenar a alguno de la tripulación que lo hiciera. La tripulación estaba formada por hombres que eran marineros en el verdadero sentido de la palabra, y temían que gracias a esa cosa jadeante y peligrosa que latía en las entrañas del barco la desaparición de su profesión fuera algo inminente.

Llegaron al puerto de Delaware doce días después de haber partido de Liverpool, pero Alexander no desembarcó para conocer Filadelfia. Se le encomendó supervisar la carga del carbón, y se pasó el tiempo observando cómo los carboneros acomodaban los sacos en la carbonera mientras el viejo Harry y los oficiales se iban a cenar unos cangrejos que, al parecer, añoraban desde hacía mucho tiempo.

Traqueteando hacia el sur con un clima más apacible y en aguas más calmas, el gallardo buque utilizó menos carbón que el que el viejo Harry había calculado gracias a que el viento soplaba en la dirección apropiada, lo que aumentó la capacidad de su máquina de vapor, de modo que ya había partido de Florianópolis, al sur de Brasil, antes de que hubiera sido necesario apagar la caldera.

Para su sorpresa, Alexander se enteró de que Suramérica contaba con grandes reservas de carbón y de toda clase de minerales. ¿Por qué? —se preguntó—, ¿en Inglaterra pensamos que todo el patrimonio Industrial del mundo está limitado a Europa y a Norteamérica?

Un barco de vapor de ruedas remolcó al Quinnipiac hasta la entrada de una larga y apacible ensenada de la frontera uruguaya llamada laguna de los Patos, y en Porto Alegre volvieron a cargar todo el carbón que necesitaban.

Solía ser húmedo, y un poco gaseoso, porque las mejores vetas están en la zona norte del país —dijo el viejo Harry—, pero ahora tiene la concesión una empresa inglesa que transporta el carbón por ferrocarril.

La navegación en torno al cabo de Hornos, en cambio, se hizo a vela, y fue una experiencia impresionante. Mares montañosos, furiosas tormentas, todo cuanto Alexander había leído acerca del cabo de Hornos era verdad.

No fue necesario encender de nuevo la caldera hasta después de que el Quinnipiac zarpó del puerto chileno de Valparaíso.

—El carbón chileno es el último que conseguiremos —se lamentó el viejo Harry—. Ni siquiera en California hay un carbón decente. Lo que tienen no es más que lignito lleno de agua y un carbón bituminoso de baja calidad mezclado con azufre, nada que sirva para las máquinas de vapor de los barcos, moriríamos envenenados por los gases. Tendríamos que seguir hasta la isla de Vancouver y lo único que conseguiríamos sería el mejor carbón de una variedad espantosa, pero habríamos de navegar a vela por el Pacífico occidental hasta Valparaíso.

—Me preguntaba por qué las máquinas de vapor que llevamos están construidas para ser alimentadas con madera —comentó Alexander.

—¡Madera sí que hay, Alexander! Miles de hectáreas —replicó el viejo Harry. Sus astutos ojos grises centellearon cuando agregó—: Te propones hacer una fortuna en los yacimientos de oro, ¿eh?

—Así es.

—El de aluvión se agotó hace ya tiempo. Ahora lo del oro es una industria.

—Lo sé. Por eso creo que a alguien que sepa de máquinas de vapor puede irle bien.

San Francisco había cuadruplicado su población gracias a la fiebre del oro de 1848 y 1849, y exhibía los rasgos típicos de cualquier ciudad sometida a semejante nacimiento demográfico en un lapso tan breve. En los alrededores abundaban las casuchas y las chozas abandonadas hacía ya mucho tiempo. En el centro de la ciudad, donde se advertían ciertas pretensiones de belleza arquitectónica, era más fácil ver el poder del oro.

Muchos de los que se habían embarcado en la conquista del Oeste habían terminado por establecerse allí para dedicarse a tareas más prosaicas que buscar oro, pero tras el estallido de la guerra entre el Norte y el Sur, al otro lado de las Rocallosas, no fueron pocos los que regresaron al Este a pelear.

Sí, Alexander era tan ahorrativo con sus peniques como su tío James, pero sabía que lo mejor que podía hacer para encontrar a un par de entusiastas buscadores de oro era ir a una taberna, así que eso fue lo que

hizo. ¡Aquel lugar no se parecía en nada a los locales de Glasgow! Allí no se ofrecía comida, atendían las mesas mujeres de aspecto vulgar y todo cuanto los clientes bebían se servía en vasos pequeños. Pidió una cerveza.

—Tú sí que eres guapo —dijo la camarera, dejando ver provocativamente sus pechos—. ¿Quieres llevarme a casa cuando este antro cierre?

Él la miró con los ojos entrecerrados, y después negó terminantemente con la cabeza.

—No, gracias, señora —dijo.

—¿Qué pasa contigo, señor Acento Raro? —le espetó ella, hecha una furia—. ¿No soy lo bastante buena para ti?

—No, señora, no es usted lo bastante buena. No quiero que me pegue la sífilis. Tiene usted un chancro en el labio.

Cuando volvió, la mujer descargó la jarra sobre la mesa con tanta violencia que parte de la cerveza se derramó; después, echó la cabeza hacia atrás y se alejó contoneándose. Desde un rincón en penumbras dos hombres observaban atentamente la escena.

Alexander tomó la jarra y se encaminó hacia ellos: ambos tenían la fiebre del oro visible en el rostro.

—¿Me permiten? —preguntó.

—Por supuesto, tome asiento —dijo uno de ellos, que era delgado y rubio—. Soy Bill Smith, y este tío lleno de pelos es Chuck Parsons.

—Alexander Kinross, de Escocia.

Parsons rio entre dientes.

—Bien, amigo, supe enseguida que venías de muy lejos. No tienes pinta de ser norteamericano. ¿Qué te trae a California?

—Soy un mecánico que entiende de máquinas de vapor y no ve la hora de encontrar oro.

—¡Hombre, eso sí que es bueno! —exclamó Bill, exultante—. Nosotros somos geólogos y no vemos la hora de encontrar oro.

—Una profesión útil para eso —dijo Alexander.

—También la de mecánico lo es, amigo. En realidad, con dos geólogos y un mecánico a bordo, un tren repleto de oro no parece una quimera —dijo

Chuck, y abarcando con un ademán de su callosa manaza al resto de la clientela, todos hombres de aspecto hosco y taciturno, agregó—: Míralos.

Están de malas y lo único que quieren es volver a casa. A Kentucky, Vermont, o donde fuere, los hay de todas partes. Son incapaces de distinguir el esquisto de la mierda, son novatos por donde se los mire. Cualquier idiota es capaz de lavar con batea o construir un saetín, pero extraer oro del filón es algo que sólo puede lograr un hombre que sabe lo que hace. ¿Podrías construir una máquina de vapor, Alex? ¿Hacerla funcionar?

—Si dispongo de los elementos necesarios, podría.

—¿Cuánto dinero tienes?

—Depende —replicó Alexander con cautela.

Bill y Chuck intercambiaron una mirada cómplice.

—Eres listo, Alex —dijo Chuck sonriendo tras su espesa barba.

—En Escocia usamos la palabra astuto.

—De acuerdo, entonces hablemos sin pelos en la lengua —propuso Bill, inclinándose furtivamente sobre la mesa y bajando la voz—. Chuck y yo tenemos dos mil dólares cada uno. Aporta esa cifra, y seremos socios.

Una libra inglesa equivale a cuatro dólares, calculó Alexander.

—Es justo lo que tengo —replicó.

—Entonces, ¿trato hecho?

—Trato hecho.

—Venga esa mano.

Alexander les estrechó la mano a los dos.

—¿Qué tenemos que hacer? —preguntó.

—Mucho de lo que necesitamos lo conseguiremos sin tener que pagar nada en las instalaciones que han quedado abandonadas a lo largo del río American —explicó Bill, y bebió un trago de su cerveza.

Ninguno de nosotros, pensó Alexander, es aficionado a la bebida. Un buen augurio para esta sociedad. Son un par de optimistas, pero no tontos.

Instruidos, jóvenes, fuertes.

—¿Qué es, exactamente, lo que necesitamos? —preguntó.

—Los elementos para construir esa máquina de vapor, por un lado. Un bocarte para triturar las piedras. Madera cortada para hacer saetines y cosas

por el estilo. Un martillo pilón. Todo eso lo podemos encontrar en instalaciones montadas por los mineros que vinieron con la esperanza de encontrar oro de filones. También algunas mulas. Las que fueron abandonadas todavía andan por ahí —dijo Chuck—. El dinero lo destinaremos a lo que tenemos que comprar aquí, en Frisco: barriles de pólvora, que se fabrican aquí y son bastante baratos considerando que en el Este hay guerra. El salitre viene de Chile, en California hay azufre en abundancia, y también, por todas partes, árboles que dan un buen carbón vegetal. Papel para hacer los cartuchos de las cargas. Mechas. El mayor gasto será el de los matraces de mercurio, pero por suerte en esta costa también se los consigue.

—¿Mercurio? ¿Quieres decir azogue?

—Así es. Si vamos a buscar oro incrustado en cuarzo tenemos que separarlo, y eso no se puede hacer sin un cuño o un bocarte. Mueles el cuarzo en un bocarte hasta que quedan trozos de unos cinco centímetros, y después éstos se trituran en un mortero hasta pulverizarlos. Al mortero se lo alimenta con una corriente continua de agua en la que el mercurio está suspendido en finísimas gotas. ¿Sabes?, el oro se amalgama con el mercurio, y así es como se extrae, por lixiviación, el cuarzo. —Chuck frunció el entrecejo—. No podemos transportar las retortas de hierro fundido que separan el oro de su amalgama con el mercurio porque pesan literalmente toneladas, y tampoco se las puede desarmar en partes. Además, no creo que traten de robarnos. Así que cuando encontremos una veta, tendremos que amalgamar nuestro oro hasta que agotemos el mercurio.

—El mercurio es muy pesado, eso lo sé —dijo Alexander.

—Sí. Un matraz pesa unos treinta y cinco kilos. Pero permite amalgamar una gran cantidad de oro, Alex, unos veinte kilos. Seremos ricos antes de que tengamos que separarlo —dijo Bill.

—¿Qué más tenemos que comprar aquí? A propósito, yo tengo mis herramientas.

—Comida. Aquí es mucho más barata que en Coloma, o cualquier otra ciudad aurífera. Sacos de judías secas y semillas de café. Tocino. Verduras comestibles crecen por todas partes, y hay muchos ciervos. Chuck es un

excelente tirador —dijo Bill alzando una ceja—. Uno de nosotros debe serlo. Los osos son más grandes que un hombre corpulento, y los lobos cazan en manada.

—¿Debería tener un arma?

—Un revólver, por supuesto. Dejémosle el rifle a Chuck. Nadie debería andar desarmado en California, Alex. Y llévalo donde todos lo vean.

—¿Y con seis mil dólares podremos comprar todo eso?

—Claro. Incluso un caballo para cada uno de nosotros, y mulas para transportar todo lo que compremos en Frisco.

El único punto de toda esta logística que despertaba el escepticismo de Alexander era la fe ciega que Chuck Parsons y Bill Smith tenían en la predisposición de los buscadores decepcionados a abandonar máquinas de tanto valor. Pero en cuanto comenzaron a cabalgar hacia las estribaciones de la Sierra Nevada, comprendió por qué eran tan optimistas: el terreno abundaba en gargantas, que ellos llamaban cañones, y era tan escarpado que ya no se extrañó que los desilusionados aventureros se sintieran tentados de dejar allí la mayor parte de sus pertenencias.

Y, en efecto, en cada lugar de las estribaciones del American en el que podía sospecharse la presencia de una veta de cuarzo encontraron restos de máquinas de vapor, bocartes y martillos pilones, todos más maltratados que oxidados, como si los hombres que los habían utilizado no hubieran sabido manejarlos. Las tierras que bordeaban el río tenían el aspecto que Alexander imaginaba que podrían tener las tierras de una región después de que una terrible guerra, con sus cañonazos y explosiones, la hubiese descuajado, desperdigado por todas partes sus rocas y su grava, desviado sus cursos de agua y excavado agujeros, hoyos, cuevas. Saetines caídos, trozos de tuberías, morteros, cribas. Una tierra corrompida: si no se le sacaba provecho, se la abandonaba y se dejaba que se pudriera, se disolviera, se desintegrara.

De los hombres que habían perpetrado esa destrucción no vieron señal alguna; unos habían regresado a San Francisco, otros habían ascendido en

busca de las gravas altas para extraer el oro de placer allí enterrado mediante poderosos chorros de agua apuntados a las paredes de grava, y algunos habían ido mucho más lejos, en busca de la veta madre, los esquivos filones de cuarzo que contenían oro en su forma más pura. Estos últimos eran los más resueltos, los que sufrían de verdad la fiebre del oro.

A medida que cabalgaban, los dos geólogos enseñaban a un Alexander ávido de aprender los rudimentos de su ciencia.

—No se han publicado demasiados trabajos acerca de la naturaleza de las rocas de California —explicó Bill, el más estudioso de los dos—, pero para empezar por el principio, en algún país de Europa hay un clérigo llamado Fisher que sostiene que el planeta tiene una corteza rocosa flexible y un núcleo interno rígido. Entre ambas capas habría un fluido viscoso y más bien líquido, que sería la lava que vemos cuando los volcanes entran en erupción. Es una teoría un tanto audaz, pero a nosotros nos parece bastante acertada.

—¿Qué antigüedad tiene la Tierra? —preguntó Alexander, dándose cuenta que nunca antes se había preguntado por el planeta en que vivía.

—La verdad es que nadie lo sabe, Alex. Algunos dicen que doscientos millones de años, otros aseguran que unos sesenta millones.

Lo que es seguro es que ha estado girando desde mucho antes de lo que dice la Biblia.

—Eso tiene sentido —replicó Alexander—. En la época en que se escribió la Biblia no había geólogos. —De pronto, una nueva idea lo asaltó

—. ¿Y la corteza? ¿Es totalmente rocosa? ¿De dónde vienen los minerales?

—Los minerales son en su mayor parte rocas.

—La corteza —intervino Chuck— está formada por capas que los geólogos llamamos estratos, que clasificamos de acuerdo con los fósiles que se encuentran en las rocas. Por eso sabemos que Darwin tiene razón cuando habla de la evolución. Cuanto más antiguas son las rocas, más primitivas son las formas de vida que aparecen en ellas. Algunas rocas, las que llamamos gneis fundamental, son tan antiguas que no contienen ningún resto fósil, pero hasta ahora nadie ha encontrado una muestra de gneis

fundamental, aunque en Inglaterra hay una piedra arenisca roja en la que no hay señales de vida.

—Pero —objetó Alexander— en la mayoría de los barrancos de todos los cañones que vemos no hay capas ordenadamente superpuestas. En realidad, es difícil ver capas.

—La corteza se mueve todo el tiempo debido a los terremotos —aclaró Bill—, así que las capas, después de haberse formado, se desplazan, se contraen, se dislocan, dilo como quieras, pero eso es lo que pasa. Además, las erosiona el viento y el agua, o bien están bajo las aguas en un momento dado y después emergen. Lo de las rocas es un baile que viene de antiguo.

California, aprendió Alexander, era bastante joven, sobre todo en la zona costera. Y allí, aunque él no había percibido ninguno desde su llegada, los terremotos eran frecuentes.

—Las montañas costeras son sumamente jóvenes, son de piedra arenisca y esquisto, pero hacia el norte están cortadas por intrusiones de granito del plioceno, una etapa geológica muy reciente. Hay afloramientos de piedra caliza en las estribaciones de la Sierra, pero la cadena en sí parece ser prácticamente de granito puro. Es en las zonas graníticas donde se encuentran los filones de cuarzo que contienen oro puro, y eso es justamente lo que nosotros buscamos —concluyó Bill.

Se dice que hay hombres que pueden olfatear el oro, y que juran que realmente lo huelen, aunque esté bajo tierra; Alexander resultó ser uno de ellos.

Cabalgaron hacia el sur bordeando el American al comenzar aquella primavera de 1862, arreando una nutrida caravana de mulas que cargaban todo lo que habían comprado en San Francisco y todo cuanto habían recogido en las instalaciones abandonadas, como un martillo pilón roto, un bocarte, y, sobre un precario armazón cuyas patas traseras se apoyaban en el suelo, una caldera que Alexander utilizaría en la máquina de vapor que habría de fabricar. Bill y Chuck propusieron dirigirse a la parte más alta de las sierras, pero el prudente Alexander se opuso, teniendo en cuenta que

cuando estuvieran en condiciones de comenzar a explotar una mina ya habría llegado el invierno. Además, era plenamente consciente de que era capaz de olfatear el oro aunque viniera de un empaste en una muela. Y

sintió que eso era lo que rezumaba un valle que no parecía en nada diferente a cualquier otro, con sus cantos rodados dispersos en las laderas de la montaña parcialmente despojadas de vegetación.

—Intentémoslo aquí primero —dijo resueltamente—. Si no encontramos nada, iremos más arriba, pero creo que aquí hay oro, y cerca de la superficie. ¿Ves ese crestón, Chuck? Ve, obsérvalo. Esta será nuestra primera concesión.

Debajo del mantillo y la tierra blanda que estaba en la base del crestón había una gruesa veta de cuarzo que centelleó cuando Chuck la restregó para limpiarla y luego la partió.

—¡Dios santo! —exclamó, poniéndose en cuclillas—. Alex, ¡eres un verdadero brujo! —Se puso de pie de un salto y dio unos pasos de baile—.

De acuerdo, nos quedaremos aquí por un tiempo, así que vamos a construir una buena choza, y un corral para los caballos. Las mulas no irán muy lejos, aquí abundan los lobos. Alex, tú dedícate a la máquina.

—Más tarde —repuso Alexander, curiosamente sereno—, primero tenéis que enseñarme a usar la pólvora.

El verano transcurrió en medio de un frenesí de trabajo; hubo que derribar muchos árboles para alimentar la máquina con su leña y construir la casucha, y preparar las herramientas para ocuparse de los montones cada vez más grandes de cuarzo desmenuzado. Al principio, Chuck y Bill cavaban con picos; después, siguiendo la veta, utilizaban la pólvora. Hubo algunos accidentes inevitables; Chuck estuvo a punto de resultar gravemente herido cuando una carga explotó antes de tiempo, Bill se hizo un profundo tajo en una pierna con el hacha, y Alexander se quemó con un chorro de vapor. Bill cosió la herida de su pierna con una aguja de zurcir común y corriente, y Chuck, que renqueaba y caminaba ayudándose con una muleta improvisada, preparó un ungüento pestilente con grasa de oso

para aplicarlo sobre la quemadura. Pero el trabajo continuó sin pausa, porque ¿quién podía adivinar cuándo irían al valle otros buscadores, que no tardarían en descubrir lo que ellos estaban haciendo?

Para cuando llegó el invierno, lluvioso y abundante en aguanieve, ya estaban en plena producción, fracturando la piedra, moliéndola hasta desmenuzarla con el martillo de hierro del bocarte. Aquella región prodigiosamente provista de agua, la tenía en cantidad más que suficiente para lavar el material en el cilindro del bocarte y hacer que el oro se amalgamara con las gotas de mercurio en el interior de la cámara. El oro que no se amalgamaba allí se escurría por un plano inclinado al final del cual una chapa de cobre cubierta de mercurio lo capturaba.

En plena primavera se acabó el mercurio, que habían ido guardando apilado en trozos amarillentos bajo un matorral.

Alexander acababa de cumplir veinte años, y había desarrollado el cuerpo típicamente enjuto y robusto de quien se ha acostumbrado al trabajo arduo. Medía algo más de un metro ochenta, y comprendió que ya no seguiría creciendo.

Pero, pensó, estoy cansado de esta vida que llevo. Durante casi seis años seguidos no he tenido un techo que me protegiera del frío o que no goteara cuando llueve. Hasta en el Quinnipiac el agua empapaba mi hamaca, pues la cubierta no estaba calafateada como es debido. Si es que una cubierta puede calafatearse bien. Como hasta hartarme, pero en Glasgow la comida era en un noventa y cinco por ciento harina, y aquí no hay más que judías y carne de venado. La última vez que comí asado y patatas al horno fue en una boda, en Kinross. Bill y Chuck son buenas personas, inteligentes, y han estudiado mucho de geología, pero saben más sobre George Washington que sobre Alejandro Magno. Sí, estoy cansado de la vida que llevo.

Así que cuando Chuck habló, aquella límpida mañana de mayo, Alexander escuchó como si lo que oía fuera el sonido distante de una melodiosa trompa.

—Eso —dijo Chuck, con la vista clavada en el botín que habían acumulado— es un montón de oro. Aunque nuestro lingote esté más cerca del treinta que del cuarenta por ciento de la amalgama ya somos ricos. Es

hora de descubrir el pastel. Uno de nosotros tendrá que ir a Coloma a conseguir retortas de separación. Los otros dos, tendremos que quedarnos para defender nuestro sitio de los intrusos.

—Iré yo, porque quiero irme —dijo Alexander—. Me refiero a que quiero marcharme definitivamente. Me quedaré con un tercio de nuestra amalgama. Podéis ofrecer mi parte de la mina a quien quiera ocuparse de las retortas y sepa hacer funcionar la máquina. Dadme una libra de oro del mejor para aquilatarlo, y los socios potenciales brotarán como hongos.

—¡Pero falta mucho para agotar la veta! —exclamó Bill, horrorizado—.

¡Alex, cuanto más cavemos, más oro podremos sacar! ¡Nunca encontraremos un socio tan trabajador y generoso como tú! ¡Dios santo!

¿Por qué quieres dejarnos?

—Pues… Supongo que quiero ser libre. He aprendido todo lo que podía, así que es hora de seguir con el viaje —dijo entre risas—. Hay más oro bajo otras montañas en alguna otra parte. Os enviaré el mercurio separado si no se ha estropeado.

Alexander obtuvo su tercio de la amalgama separada en Coloma, y se quedó con veinticinco de los veintisiete kilos de oro que rindió, en forma de lingote. Lo llevó consigo, guardado en el falso fondo de su caja de herramientas, que cargó en una mula. Por supuesto, enseguida se corrió la voz de que tenía oro, pero cuando se había alejado un par de kilómetros de la ciudad ya se las había arreglado para eludir a aquéllos que iban tras él: desapareció sin dejar huellas.

Más adelante, se unió a una nutrida partida de hombres muy bien armados que viajaban hacia el Este a meterse de lleno en la mortífera angustia de la guerra civil, y estuvo impecable en el papel que se había propuesto representar, el de un buscador de oro contrariado y sin suerte. No obstante, dormía todas las noches abrazado a su preciosa caja de herramientas, y se acostumbró a la incomodidad que significaba llevar las monedas de oro cosidas a sus ropas. Tanto, que en sus movimientos nunca se advertía que iba cargado en exceso.

Una vez que hubieron cruzado las Rocallosas se sintió fascinado al ver a los pieles rojas en su estado natural. Eran hombres altivos y arrogantes que cabalgaban sus ponis a pelo, vestían ropas de gamuza que en algunos casos mostraban intrincados adornos hechos con cuentas, blandían lanzas decoradas con plumas y tenían siempre a mano sus arcos y flechas. Pero por mucho que odiaran a los blancos eran demasiado prudentes para atacar a aquella nutrida partida de hombres de aspecto belicoso, y se limitaban a observarlos durante un rato, siempre montados en sus ponis, para luego desaparecer. Cientos de búfalos vagaban por las praderas junto a ciervos y otras criaturas más pequeñas; para regocijo de Alexander, un minúsculo conejo se sentó en sus piernas, como si fuera un verdadero gnomo.

A medida que los asentamientos europeos aparecían cada vez más a menudo, atravesaban pequeños poblados en los que se alzaban desgastadas edificaciones de madera agrupadas a ambos lados de un camino de tierra; allí, los pieles rojas vestían como los blancos e iban de un lado a otro inmersos en una suerte de letargo alcohólico. La bebida, reflexionó Alexander, ha arruinado al mundo; incluso Alejandro Magno había muerto porque su estómago estalló después de una pantagruélica borrachera. Y, vaya a donde vaya, el hombre blanco siempre lleva consigo un buen cargamento de bebidas alcohólicas baratas.

Viajaban siguiendo un camino de carretas, aunque, gracias a la guerra, se cruzaron con muy pocos de aquellos colonos que se dirigían al Oeste, organizados en largas caravanas que los protegían de las incursiones de los indios. El grupo atravesó Kansas en dirección a Kansas City, una ciudad bastante grande situada en la confluencia de dos importantes ríos. Allí, Alexander se despidió de sus compañeros y siguió el curso del Missouri en dirección a St. Louis y el Mississippi. Estos deben de ser los ríos más grandes del mundo, pensó sobrecogido, y se maravilló una vez más ante la generosidad con que la naturaleza había dotado a Norteamérica. Tierra fértil, agua en abundancia y un buen clima para los cultivos, a pesar de que allí los inviernos eran más fríos que en Escocia. Algo bastante extraño, ya que Escocia estaba mucho más al norte.

Se preocupó por evitar las zonas de guerra, pues no tenía el menor deseo de involucrarse en una lucha de la que no se sentía parte interesada, y en la que no tenía derecho alguno a participar. Un día, al anochecer, cuando cruzaba el norte de Indiana, se detuvo ante una casa solitaria y pidió lo de siempre: una comida y una cama en el granero a cambio de realizar alguna tarea pesada. Faltaban hombres, de modo que nunca le decían que no; las mujeres se fiaban de él, y él nunca traicionaba esa confianza.

La mujer que salió a atenderlo llevaba una escopeta, y Alexander comprendió muy bien por qué: era joven y bella, y no parecía haber niños por ninguna parte. ¿Estaría sola?

—Baje el arma, no le haré ningún daño —dijo con aquel acento escocés que tan extraño y atractivo sonaba a los oídos norteamericanos—. Si me da un poco de comida y abrigo en el granero para pasar la noche, cortaré leña, ordeñaré, quitaré las malezas del huerto, o cualquier otra cosa que necesite, señora.

—Lo que necesito —dijo ella lúgubremente mientras apoyaba el arma en la pared— es que vuelva mi marido, pero eso no ocurrirá.

Se llamaba Honoria Brown, y unas semanas después de casarse su esposo había muerto en la batalla de Shiloh; desde entonces vivía sola, cultivando lo que podía y resistiéndose a los ruegos de su familia, que insistía en que volviera al hogar.

—Me gusta mi independencia —dijo Honoria mientras cenaban pollo, patatas fritas, judías verdes de su huerto y la salsa más apetitosa que Alexander había saboreado desde que se marchara de Kinross. Sus ojos eran del color de las aguamarinas, enmarcados por unas espesas cejas tan rubias que parecían de cristal, y rezumaban gracia, fortaleza y un espíritu indomable. De pronto, se volvieron calculadores: Honoria dejó el tenedor sobre la mesa y miró a Alexander fijamente y sin disimulo—. Pero sé muy bien que cuando la guerra termine y los hombres comiencen a regresar, no podré seguir viviendo sola. ¿Tú no estarás buscando una esposa que posea una granja de unas cuarenta hectáreas?

—No —repuso Alexander amablemente—. Indiana no es el punto final de mi viaje, y nunca seré un granjero.

Ella se encogió de hombros, las comisuras de sus carnosos labios se curvaron en una mueca de desencanto.

—Valía la pena intentarlo. Sé que algún día tú serás un buen esposo.

Terminada la comida él afiló el hacha y, manejándola rítmicamente y sin esfuerzo, cortó leña durante una hora a la luz de un candil. Hacia el final, ella apareció por la puerta trasera y se quedó mirándolo.

—Has trabajado como un condenado —dijo, cuando él bajó el hacha y se dispuso a afilarla una vez más—. Hace frío, así que puse un poco de agua caliente en la tina que tengo en la cocina. Si traes más agua del pozo, puedes tomar un buen baño caliente mientras yo lavo tu ropa. No se secará hasta mañana, y eso significa que no podrás dormir en el granero. Puedes dormir en mi cama.

Cuando entró en la cocina, donde habían comido, Alexander vio que todo estaba otra vez impecable: los platos ya estaban lavados, la enorme cocina económica caldeaba agradablemente el ambiente y, delante de ella, se encontraba la tina de estaño en la que ella, con su enorme olla de hierro, había vertido agua caliente hasta la mitad. Alexander volvió a llenar la olla con agua del pozo para verterla luego en la tina. Con la mano extendida, Honoria esperó a que él le alcanzara sus ropas —el pantalón tejano, la camisa, los calzoncillos largos de franela— y sonrió agradecida.

—Estás muy bien formado, Alexander —dijo, mientras se dirigía a una pequeña tinaja que había sobre la mesa.

Él se sintió tan a gusto cuando por fin se sumergió en el agua caliente que se quedó un buen rato sentado, con las piernas flexionadas, la barbilla apoyada en las rodillas y los ojos cerrados.

El contacto de la mano fuerte y áspera de la mujer en la espalda lo despertó.

—Ésta es la parte que no puedes hacer por ti mismo —dijo, mientras le friccionaba la piel.

Después, Honoria extendió una gran alfombra tejida en el suelo y cuando él hubo salido de la tina envolvió su cuerpo con una toalla y lo frotó enérgicamente.

Si antes se había sentido exhausto, ahora se sentía vivo, alerta, con todos sus sentidos despiertos. Se volvió sin desprenderse de la toalla, para mirarla a la cara, y la besó torpemente. La reacción de ella no se hizo esperar: profundizó el beso hasta provocar en él una sensación física más intensa que cualquier otra que hubiese sentido en su vida. Una vez despojada de su raído vestido, de su combinación y sus bragas, de sus medias de lana, por primera vez en su vida Alexander Kinross sintió en su piel el contacto de una mujer desnuda. Sus pechos generosos lo atrajeron irresistiblemente, y no pudo evitar hundir su rostro entre ellos mientras acariciaba los pezones con las palmas de las manos. Todo sucedió con la mayor naturalidad, y su falta de experiencia no fue impedimento para que sintiera lo que ella quería, y lo que él quería, y cuando llegó, el momento culminante fue compartido, una suerte de éxtasis luminoso y pleno que no se parecía en nada a la vergüenza que lo asaltaba cuando se estimulaba a sí mismo en soledad para alcanzarlo.

En algún momento de la noche se metieron en la cama, pero Alexander siguió haciendo el amor a aquella mujer hermosa, apasionada, maravillosa, que estaba tan hambrienta como él.

—Quédate aquí, conmigo —rogó ella al amanecer, al ver que él comenzaba a vestirse.

—No puedo —replicó él entre dientes—. Éste no es mi sino, no es mi destino. Si me quedara aquí, sería Napoleón decidiendo quedarse en Elba.

Ella no lloró ni se quejó. Se levantó y le preparó un desayuno mientras él se ocupaba de ensillar su caballo y cargar su mula. Por primera y única vez en el curso de su odisea americana el oro había quedado olvidado toda la noche bajo la paja del granero.

—Destino —dijo ella reflexivamente, mientras servía huevos, tocino y sémola en un plato—. Curiosa palabra. La he oído antes, pero no sabía que los hombres pudieran pensar en ella del modo en que lo haces tú. Si puedes, cuéntame cuál es tu destino.

—Mi destino es llegar a ser importante, Honoria. Tengo que mostrar a un viejo mezquino y vengativo, un pastor presbiteriano, qué es lo que trató de destruir, y demostrarle que un hombre puede progresar por muy oscuro

que sea su origen. —Frunció el entrecejo y miró fijamente el rostro sonrosado de la mujer, radiante tras aquella noche esplendorosa—. Querida mía, consigue cuatro o cinco perros bien grandes y fieros. Tú eres fuerte y decidida, así que ellos te respetarán y harán lo que les ordenes. Enséñales a atacar directamente a la garganta. Te protegerán mejor que una escopeta; usa el arma más bien para cazar conejos, pájaros, o lo que encuentres y sirva para alimentarlos. Así podrás vivir sola y tranquila hasta que aparezca ese marido. Llegará. Llegará.

Cuando él partió, ella se quedó mirándolo desde el porche hasta que se perdió de vista; Alexander se preguntaba si Honoria tenía idea de cuan extraordinario era el cambio que había obrado en él. Había abierto la caja de Pandora, Honoria Brown. No obstante, gracias a la clase de mujer que era, él nunca haría lo que tantos hombres hacían, dispuestos a resignar su orgullo ante la oportunidad de tener una mujer cada vez que podían.

Su mayor dolor al partir fue la certeza de que no podía hacer lo que más le habría gustado: dejarle un pequeño saco de monedas de oro que la sacarían del apuro si sobrevenían tiempos más difíciles. De habérselas ofrecido, ella las habría rechazado y pensado de él lo peor, y si se las hubiera dejado para que más tarde las encontrara, el recuerdo que tuviera de él se habría empañado. Todo cuanto había podido darle había sido un poco de leña, un huerto sin malezas, una polea reparada para el pozo que ahora funcionaba mucho mejor, un hacha afilada y su propia esencia.

Nunca más volveré a verla. Nunca sabré si la dejé embarazada, nunca me enteraré de cuál es su destino, se dijo Alexander.

Para su horror, Nueva York resultó ser una ciudad muy semejante a Glasgow o Liverpool, pues muchos de sus habitantes se apiñaban en tugurios igualmente pestilentes. Pero se diferenciaba de aquéllas por el carácter alegre de sus pobres, convencidos de que no estaban condenados de por vida a ser la escoria de la humanidad. En parte se debía a la naturaleza políglota de aquellas gentes, que habían llegado desde los más diversos países de Europa y se agrupaban de acuerdo con su nacionalidad.

Aunque vivían en condiciones espantosas, no estaban imbuidos de esa horrible desesperanza que tanto abundaba entre los pobres de Inglaterra. Un inglés o un escocés pobres no soñaban siquiera con la posibilidad de salir de su miseria, de ascender, mientras que en Nueva York todo el mundo parecía estar seguro de que vendrían tiempos mejores.

O al menos ésa fue la conclusión a la que llegó durante su brevísimo recorrido por la ciudad; no tenía la menor intención de separarse de su caballo y su mula hasta no haber subido por la pasarela de un barco que lo llevara a Londres. La gente de mejor posición que frecuentaba las anchas avenidas de la zona comercial sonreía ante su aspecto, suponiendo que era algún paleto venido de las llanuras, con su chaqueta de gamuza, su abatido caballo y aquella paciente y tenaz mula.

Y, finalmente, llegó a Londres, otra fabulosa metrópoli en la que nunca había estado.

—A Threadneedle Street —dijo al conductor del coche de punto mientras se acomodaba en el asiento. Por supuesto, la caja de herramientas en la que llevaba su oro iba con él.

Todavía vestido con su chaqueta de gamuza y su sombrero de ala ancha, cruzó las venerables puertas del Banco de Inglaterra acarreando su caja, la depositó en el suelo y miró alrededor.

Los acólitos no se habrían atrevido a mostrarse descorteses, y mucho menos desdeñosos, con nadie que ingresara en aquel recinto sagrado, de modo que pronto un empleado meloso y sonriente se acercó a Alexander.

—¿Es usted norteamericano, señor?

—No, soy escocés, y necesito un banco.

—Oh, entiendo. —Olfateando riquezas, el melifluo empleado no cometió el error de derivar a aquel hombre de aspecto tan singular a alguno de sus adláteres, y pidió a Alexander que se sentara hasta que un gerente estuviera disponible para atenderlo.

Poco después, hizo su aparición un personaje importante.

—¿En qué puedo ayudarlo, señor?

—Me llamo Alexander Kinross, y quiero que su banco tenga en custodia mi oro —replicó él, empujando suavemente la caja con la punta de

su bota—. Tengo veinticinco kilos aquí.

Dos adláteres levantaron la caja y la acarrearon hasta el despacho del señor Walter Maudling.

—¿Quiere decir, señor Kinross, que ha venido usted desde California hasta Londres cargando veinticinco kilos de oro? —preguntó el señor Maudling con los ojos desmesuradamente abiertos.

—La caja pesa unos cuarenta y cinco kilos en realidad. Encima del oro están mis herramientas.

—¿Por qué no un banco de San Francisco, o al menos uno de Nueva York?

—Porque el Banco de Inglaterra es el único que me inspira confianza.

Supongo —dijo Alexander empleando inconscientemente la forma de hablar de la tierra desde la que acababa de llegar— que si el Banco de Inglaterra se hunde el mundo dejará de girar. No soy uno de esos hombres que aprecian a los bancos, como ya le dije.

—El Banco de Inglaterra se siente muy halagado, señor.

Martillos, llaves inglesas, limas y otros esotéricos objetos quedaron desparramados por el suelo; Alexander levantó el falso fondo de la caja para dejar a la vista su contenido, once pequeños lingotes de oro que irradiaban un tenue destello.

—Lo separé de la amalgama en Coloma —dijo Alexander, repentinamente comunicativo, apilando los lingotes sobre el escritorio y volviendo a colocar en su sitio el falso fondo y las herramientas—. ¿Me lo guardarían?

El señor Maudling parpadeó.

—¿Guardarlo? ¿Así? ¿No quiere convertirlo en dinero contante y sonante, y ganar algo con él?

Seguir: parte 2 de 3