El efecto Transilvania
Capítulo II
LA INCLINACIÓN DE LA CIUDAD
A lo largo de los siglos, el manicomio donde debía infiltrarme había ido creciendo a un ritmo muy superior al del pueblo que lo rodeaba, los habitantes se habían mezclado con los enfermos, y ya nadie sabía dónde comenzaba uno y terminaba el otro.
La orden de la buhonería
—¡Otra rata y aquí va el tío que las mata!
Esta vez, el grito de guerra del Bumper, el bedel-vigilante, tenía un destinatario muy concreto.
Paco Ballesta me esperaba en el centro del patio del colegio, tal y como habíamos quedado.
Sería mi falta de sueño, pero nos veía a todos como tomados por varias cámaras distintas, muy altas o muy bajas, al ritmo de la recta final de una pista de aterrizaje demasiado corta y con la música reventando altavoces, como esos video-clips de los que a veces surgen voces que solo yo escucho y ante los que me paso las horas muertas.
A media mañana se había corrido la voz de que alguien había robado el Averroes del expositor de la biblioteca. El director estaba de viaje, venía urgentemente de vuelta. La policía enviaría a alguien en cuanto le fuera posible. Había llegado la hora del final de las clases, pero las puertas seguían cerradas: nadie saldría de allí mientras no apareciera el Kitab.
El patio era un avispero, y Paco, con la mochila entre las piernas, intentaba guardar el equilibrio mientras me esperaba.
Yo me había encontrado a Tona y a Peña; junto a ellas, me dirigía al encuentro de mi amigo desde la zona de las aulas.
Y desde el otro extremo del patio, el Bumper también avanzaba hacia él; según pasadas promociones de alumnos, se le llamaba Bumper a causa de una antigua serie de televisión protagonizada por un policía que hacía la ronda a pie con una porra en la mano. Nuestro Bumper tenía más de sesenta años, pesaba media tonelada, medía casi tres metros, tenía bastante mala leche y la zancada muy larga porque llegó a Ballesta antes que nosotros.
Se agachó, le quitó la mochila de un tirón, descorrió la cremallera e, inmediatamente, extrajo el viejo libro de Averroes que, incapaces de memorizar y pronunciar su nombre completo, conocíamos como el Kitab; volvió a meterlo en la mochila y la sostuvo con Una sucia sonrisa mientras descargaba la otra mano sobre el hombro de Paco, que no entendía nada, como para evitar que escapara.
El patio entero se había detenido a mirarles.
Nosotros ya estábamos allí cuando le habló.
—Ya sé que no has podido robarlo tú solo porque eres un ciego —
apenas se le notó el asco con el que pronunció la palabra— pero te aseguro que terminarás diciéndome cuál de estos te ayudó —señalándonos—. ¡Otra rata y aquí va el tío que las mata!
Repitiendo su frase victoriosa y empujando a un Paco al que yo veía por primera vez en mi vida mudo, tan blanco, se dirigió hacia el despacho del director.
Peña y Tona me ayudaron a recoger algunos libros y cuadernos que se le habían caído de la mochila, corrimos detrás de ellos esquivando al resto de los alumnos paralizados con el espectáculo, pero el Bumper tuvo tiempo de introducir a mi amigo en el despacho del director y cerrarnos en la cara la puerta acristalada.
Al menos podíamos verlo.
Paco estaba de pie, en posición de firmes; debía de ser terrible que te llevaran y te trajeran de aquella forma sin ver ni saber la razón de lo que estaba ocurriendo.
El Bumper estaba hablando por teléfono con su sonrisa de nicotina.
Después de colgar, se agachó junto a Ballesta, no había soltado la mochila
con el libro de Averroes, y le estuvo hablando un rato al oído; seguramente lo había estado poniendo en situación, porque al final Ballesta dijo algo a lo que el bedel respondió lo bastante fuerte para que lo escucháramos:
¡avisaremos a tu padre cuando yo lo diga!
La gente se había ido reuniendo a nuestro alrededor, todos pendientes del despacho.
—Tenemos que hacer algo —me dijo Tona.
Peña se adelantó, mirando fijamente al interior del despacho.
Yo temía que Paco no resistiera, que se viniera abajo en cualquier momento.
Llamé a la puerta.
Esperaba que el Bumper me abriera en canal y se comiera mis tripas, pero, cogiendo la mochila, que no había soltado ni una sola vez, se acercó lentamente a la puerta, la abrió y se quedó allí sin decir nada.
—¿Puedo hablar con mi amigo? —le pregunté.
—Claro que no. El director viene en camino; cuando termine con él podréis hablar todo lo que queráis. —Parecía con ganas de compartir su triunfo—. Ah, se me olvidaba. Será en comisaría, porque la policía también está avisada.
—¿Cómo ha sabido que el libro estaba en la mochila de Ballesta?
—Alguien me lo ha dicho —se le abre la boca y se le derrama algo de saliva café con leche—, uno que lo ha visto meterlo dentro.
—Usted sabe perfectamente que Paco no ha cogido el libro.
—Sé lo que me han dicho y lo que he visto —levanta la mochila y me la pone ante la cara, amenazador—. Y me voy a enterar de quién estaba con él, así que ándate con ojo, Tobasa. —No me gustó que recordara tan bien mi apellido.
Cerró la puerta y se lanzó a un sillón, sin dejar atrás la sonrisa manchada ni la mochila. No invitó a Paco a sentarse.
En el tiempo que llevaba en el colegio, a pesar de lo mucho que me gustaban los libros, ni siquiera me había fijado en el Kitab; para mí era solo un objeto colocado en un expositor de cristal al fondo de la biblioteca, excesivamente venerado por todos para despertar mi interés. Esta mañana, la noticia se había corrido por el colegio en muy poco tiempo. No nos
explicábamos la razón del robo, ya que nadie podría revender algo así, a no ser que se tratara de un ajuste de cuentas con el director y propietario del centro, al que muchos detestaban. Ahora veía el asunto de otra manera. Tal vez el motivo era otro, tal vez el objetivo era Paco. O éramos los dos.
Peña estaba tan cerca de la puerta que su aliento dejaba imágenes de ida y vuelta en el cristal al ritmo de su respiración.
Intenté imaginar qué es lo que haría el Infiltrado, el protagonista sin nombre de La orden de la buhonería, si estuviera en mi situación, pero ninguna de sus reacciones me parecía practicable; yo no podía abrirme paso a golpe de espada y hechizo como él para sacar a mi amigo del mal paso.
Paco seguía de pie, más pálido todavía; procuraba no moverse, pero vi cómo buscaba apoyo en la mesa con una mano que temblaba. El pelo rubio pegado a la frente sudorosa. Si para mí resultaba incomprensible, no quería ni pensar en cómo estaba viviendo aquello desde dentro de su oscuridad.
Cuando llegara el director, todo estaría perdido, no habría forma de convencerle de que no había tenido nada que ver con el robo; todos sabíamos lo importante que el libro de Averroes era para él. Lo estaba viendo salir del colegio esposado entre dos policías.
También Peña debe de estar muy preocupada; con las manos en los bolsillos, tiene apoyada la frente en la puerta de cristal descargando todo su peso en ella, formando un ángulo agudo con su cuerpo.
—Ahí está el director —me dice Tona.
Desde donde estamos podemos verle, mientras paga el viaje al taxista.
Después recoge la enorme maleta y sube los escalones. Podemos oírle jadear antes de que entre en el colegio. Tendrá unos cincuenta y sigue pareciendo demasiado joven e inseguro para su puesto, pero eso lo hace aún más peligroso cuando se enfada.
Peña, torre inclinada, empieza a dejarse caer, deslizando la frente por el vidrio de la puerta, dejando un rastro húmedo, hasta que se queda de rodillas, bloqueando la entrada.
Allí la encuentra el director, que nos mira a todos, asombrado, preguntándose qué hace aquella chica en el suelo.
Tiene que ser Tona la que agarre a su amiga del jersey y la aparte de allí.
El director tiene demasiada prisa por entrar para hacer indagaciones sobre ella.
En el interior, lo espera el Bumper de pie, reblandecido, dándole explicaciones y la mochila de la que no ha llegado a separarse, con su sonrisa mojada. Su jefe la toma y mira en el interior, lo mira a él, vuelca el contenido, mira hacia el suelo.
El libro de Averroes no está allí.
El Bumper busca en el interior de la mochila, entre los cuadernos y libros del suelo, levanta las manos, desesperado, casi lloroso.
Después vimos aparecer en el patio al profesor de lengua con el libro de Averroes en la mano y cara de no entender nada; venía desde la biblioteca.
Peña estaba sentada en el suelo, con la cara oculta entre los brazos y estos apoyados en las rodillas, como si hubiera realizado un gran esfuerzo; darle las gracias no me parecía, ni de lejos, suficiente.
Es curioso, aprendí a jugar al ajedrez a los seis o siete años; me enseñó mi padre, que era un gran aficionado; echábamos una partida cada dos por tres, decían que yo era muy bueno. Pero desde unos meses antes, desde que estuve enfermo, el juego se me había olvidado por completo, no recordaba ni una sola regla, se me había borrado.
Y no quería recordarlo.
Por eso no dejaba de dar vueltas por el local, aburrido, esperando que Fritz terminara.
Me había llamado por teléfono a la hora de la comida para que fuera a recogerlo del salón de la parroquia; el padre Añil lo había invitado el día que nos lo encontramos en la biblioteca y no había sabido excusarse. Pero cuando llegué, estaba jugando una partida de ajedrez con un anciano cadavérico y me pidió que lo esperara.
Fritz es el tío más noblote que conozco; al margen de su aspecto —
cualquier día va a reventar de gordo, es más bajo que la mayoría de su edad y se está dejando la pelusa del bigote desde hace siglos— y de tener mucha facilidad para terminar a golpes con cualquiera que se meta con él o con sus amigos, es incapaz de negarle un favor a nadie.
El Centro de Convivencia Parroquial, estrecho y alargado, corría paralelo a la iglesia de San Pedro y se perdía en lo más recóndito de esta; formaba parte del edificio, se entraba por una puerta contigua que solía estar abierta todo el día, pero por la que casi nunca veía entrar a nadie. Los primeros metros del local, bien iluminados, estaban ocupados por unas cuantas mesas con algunos juegos muy usados, unas estanterías vacías y una mesa de ping pong a la que faltaban dos patas. Según profundizabas, se hacía más oscuro y abundaban más cacharros viejos, sobre todo bancos rotos del templo, hasta convertirse en un colosal trastero.
Así soy yo, ni se me ocurre quedarme en la zona divertida y habitada de los sitios, siempre buscando sucios pasadizos.
Había llegado casi al final, cuando descubrí una extraña mancha en la pared. La vi de refilón. Separé una mesa coja para verlo mejor. Parecía la cara de un niño.
—De un niño muerto —me dijo el párroco.
Había llegado junto a mí sin hacer ruido y se había plantado allí, con su panza y sus gruesas gafas de cristales y montura marrones. Hasta ahora, ni me había dado cuenta de que estaba en el local. A mi lado, miraba fijamente la mancha de la pared.
—¿Lleva mucho tiempo ahí?
—Va y viene —respondió—. Hemos intentado limpiarla o pintar encima, pero siempre reaparece.
—Esta zona es muy húmeda, se ve hasta el vaho.
—¿Cómo te llamas? —El día que se acercó a nosotros en la biblioteca ni siquiera se fijó en Ballesta o en mí.
—Eme. Emeterio.
—Así que eres tú —pensativo.
—…
—¿Crees en los fantasmas, Emeterio? —Mirándome de frente por primera vez.
—Claro.
Los dos volvimos a examinar las marcas en la pared. Fritz se había puesto de pie, lo veía de reojo. Y yo tenía que irme a casa, mi abuela me
esperaba para llevarme al médico. Me pareció que al padre Añil Jacobo le temblaba la voz al hablar.
—Cuando tenía tu edad fui testigo de horrendos crímenes.
En días como aquel, en los que tenía que ir a revisión, me sentía muy nervioso desde que me levantaba, y cada vez más a lo largo del día. Hasta que llegaba a la consulta y se acababa todo.
—Ven a verme siempre que quieras —me dijo el sacerdote aún sin mirarme.
—¿Qué?
—No te preocupes, estoy hablando solo —le grité a mi abuela desde mi habitación.
—Entonces me preocuparé lo normal. Date prisa.
Bajé la escalera, salté por encima de mi hermano que jugaba en el pasillo, salí de la casa junto a mi abuela que me esperaba en la puerta, tomamos un taxi hasta Dos Hermanas —que es el pueblo donde el médico que me atendió en el hospital tiene su consulta privada—, hablamos de mil cosas por el camino, llegamos.
Y ahora era de noche y acabábamos de subir a otro taxi camino de casa.
No recordaba nada de lo que había pasado en medio.
Este taxista estaba borracho. Completamente borracho. Todo el vehículo apestaba a un licor dulzón. Era un hombre de unos cincuenta años, con el rostro rojo que se quedaba dormido en los semáforos y aceleraba demasiado en las curvas.
Mi abuela me había regalado un cómic, como siempre que íbamos al médico, como si fuera un niño pequeño al que tuviera que premiar o distraer o sobornar; siempre los guardé sin leerlos.
Lo único que recordaba de la consulta del médico es que estaba decorada con una serie de animales exactamente iguales a los que había en su despacho del hospital.
El taxista nos miraba con los ojos fruncidos a través del espejo retrovisor. Se balanceaba sobre el volante. Mi abuela me cogió la mano. Yo también estaba un poco asustado.
Cuando tenía catorce años me veía como un tipo de unos treinta que merodeaba por la ciudad dispuesto a hundirse en cualquier misterio, un vengador, un justiciero, un héroe. Ahora que tengo casi treinta me veo como un chico de catorce aterrorizado por los misterios que me acosan, en los que cada vez estoy más hundido, y de los que no puedo huir por más que lo intento.
Aún me duraban los nervios tras el viaje con el taxista alcoholizado. En cuanto se acostaron en casa, me puse el abrigo negro de mi abuelo y me largué. El corazón me resonaba en el pecho; los latidos, que iba contando por el camino, me llevaron a casa de Peña.
Me senté en el columpio que había en la plaza de enfrente, comencé a balancearme observando el suelo para ver si encontraba algo útil, me agaché para recoger un peine metálico roto, y cuando levanté la cabeza estaba a mi lado. Tarde para esconderme.
—Te he visto desde mi ventana —Peña.
—Estaba dando una vuelta. —No se me trabó mucho la lengua.
Ocupó el otro asiento del columpio y se quedó en silencio un rato, mirando al suelo como yo. Llevaba un periódico en la mano.
—Tengo que ir al centro. A la plaza del Ayuntamiento —me dijo sin mirarme—. ¿Te vienes?
—Sí. ¿A esta hora? Vamos, que a mí me da igual.
Volvió a callarse unos segundos; después abrió el periódico, buscó una página y me lo tendió.
Le temblaban las manos.
Alguien había pegado una foto reciente de Peña bajo los titulares de la noticia de la chica que ejecutarían el 4 de abril en Sevilla. Después, habían escrito con rotulador: «Tienes que salvarla».
—¿Tienes idea de quién lo ha hecho? —Le devolví el periódico, que dobló de nuevo para guardárselo en el bolsillo del chaquetón.
Se puso en pie, negó con la cabeza y comenzó a andar sin decirme nada.
Cuando reaccioné tuve que dar una carrera para alcanzarla.
Eran más de las doce. No íbamos a pillar ningún autobús. Era más que extraño ver a dos chavales de nuestra edad caminando por las calles.
Me sentía más hombre que nadie en el mundo con ella a mi lado.
Volvió a hablar cuando se tranquilizó.
—¿Qué piensas de esto? —Señaló el periódico.
—No sé. ¿Puede ser una broma?
—Me refiero a la chica, a la condena.
—No es porque tenga catorce años. Y me da igual lo que haya hecho.
Nadie puede matar a nadie, ni las personas ni los gobiernos. —La miré de reojo; era muy importante para mí haber dado con la respuesta correcta.
Asintió, muy seria.
Me daba igual seguir todo el rato en silencio, iba bien, muy bien, pero a lo mejor ella prefería hablar, así que le pregunté:
—¿Cómo es que no le has dicho a Tona que te acompañe?
—Me daba no sé qué. A esta hora. Ella tiene que cuidar de su padre y eso.
—Debe de ser… Ella sola…
—Me ha contado que durante un tiempo lo pasaron fatal. Sin dinero ni nada. Hasta que el Grupo Sábato, que era el dueño de la fábrica donde trabajaba el padre antes de caer malo, empezó a pasarles una pensión y les buscó el piso.
—Se portaron, ¿no?
Negó con la cabeza pero le costó unos metros explicar por qué.
—No te creas. Tuvo que hacer algo a cambio. O dar algo.
No le pregunté el qué ni creo que lo supiera, más bien pensé que, como yo, se imaginaba lo peor. La edad nos estaba dando un cursillo intensivo de cómo se desarrollaban las más bajas relaciones entre las personas.
Seguimos dejando calles atrás, no sé si tardamos treinta minutos o treinta horas, demasiado poco para mí en todo caso.
Cuando estábamos a punto de llegar a la plaza San Francisco, habló de nuevo.
—No, no es una broma —volvió a tocarse el periódico que sobresalía del bolsillo—. Algo debe de haber que nos conecte a esa chica y a mí. Por eso he querido venir a ver el patíbulo, a ver si se me ocurre algo.
Pues allí estaba.
Aún en obras, una formidable estructura alrededor de cuatro columnas y una tarima a la que se subía por una escalinata. La parte central, donde se elevaría la horca, no era más que un hueco. Resultaba impresionante, en medio de la enorme plaza, flanqueada por el edificio del banco de España y por el Ayuntamiento, los dos poderes que manejaban la ciudad.
No se veía a nadie; bueno, se aproximaba un mendigo pero Peña volvía a hablar, así que no le presté atención.
—La verdad es que desde que me enteré de la noticia y leí algunos detalles sobre la chica que van a ejecutar, supe que estaba relacionada conmigo de alguna forma.
—¿Se lo has dicho a tu padre?
Me miró como si hubiera dicho la más increíble barbaridad o como si quisiera traicionarla.
En ese momento, el mendigo llegó junto a nosotros; hasta entonces no lo había mirado.
Yo había visto antes a ese hombre vendado hasta los ojos, hasta la frente, hasta las yemas de los dedos… De pie a mi lado, me pareció más bajo y aparentemente frágil, pero infinitamente más aterrador.
Jadeaba.
Las vendas estaban sucias, como manchadas de medicamentos.
Despedía un olor que no se parecía a ninguno que hubiera percibido antes.
Extendió la taza de hojalata en la que se leía Grupo Sábato, y antes de que pudiéramos decirle que no teníamos dinero, llevó rápidamente el brazo hacia atrás. Era solo para tomar impulso. Con una fuerza impredecible en aquel cuerpo, golpeó a Peña en la cabeza con la taza, tan fuerte que pensé que se la había arrancado, que la hizo saltar un par de metros hacia atrás, que la dejó inconsciente en el suelo.
Mientras la miraba como un idiota, se fue la luz por un momento, también los sonidos, y todo lo demás. Y el mundo se desplazó de forma que todo lo que tenía enfrente, ahora estaba arriba.
Debió de golpearme a mí también, y también me había dejado sin sentido.
Ahora estaba solo, no se veía a Peña ni al Vendado por ningún sitio. Me puse de pie despacio, me dolía la sien izquierda, estaba mareado y me costó llegar a la conclusión de que el ruido que escuchaba no procedía del interior de mi cabeza. Era como si alguien arañara los adoquines de la callejuela de enfrente.
Eché a correr en aquella dirección, no había a la vista quien pudiera ayudarme, creo que grité, pero no estoy seguro; la única forma de seguir adelante era no pensar.
Los vi en cuanto doblé la esquina.
El mendigo llevaba a Peña en brazos, se la llevaba.
Corrí hacia ellos esforzándome por no pensar pero no podía evitar imaginarme cómo arrastraba a Peña dentro de un agujero asqueroso y oscuro del que ya no podríamos recuperarla nunca.
Andaba deprisa, cargándola sin ninguna dificultad.
El callejón estaba mal iluminado y no se veía en qué terminaba. En una pared. En una encrucijada. En un abismo.
Conseguí dejar de pensar del todo en los últimos metros, aceleré a todo lo que mi maquinaria daba de sí y me lancé contra él. Los tres rodamos por el suelo en direcciones opuestas.
Peña estaba amarrada y amordazada con las inmundas vendas del mendigo pero despierta, seguro que el golpe había servido para terminar de despejarla. Logró incorporarse un poco sin utilizar las manos. No me miro a mí sino a él.
Cerró los ojos.
El mendigo ya se había levantado.
Venía a por mí.
De pronto, dio un traspié y cayó de frente. Sus vendas se estaban moviendo solas. A la altura de los tobillos, los vendajes se estaban deshaciendo para volver a envolverle los dos pies al mismo tiempo, imposibilitándole para caminar.
Peña inclinaba la cabeza en dirección al mendigo, con los ojos muy apretados, totalmente concentrada en manipular las vendas.
Yo no sabía cuánto tiempo podría mantenerlo atrapado, así que intenté liberarla de las tiras de tela con las que le había trabado a ella las piernas.
No podía deshacer el nudo. Miré hacia atrás y vi que aquella cosa se estaba arrancando las vendas a tirones y que muy pronto estaría libre.
Por fin recordé el peine metálico que había recogido del suelo; con la parte rota logré cortar las vendas. No tenía tiempo de quitarle las de las manos ni las de la boca, por repulsivas que fueran. La levanté y salimos corriendo hacia la oscuridad del final de la calle que, por suerte, no era una pared ni un abismo.
Estaba desayunando con los ojos pegados, a punto de hundir la cabeza en la tostada, cuando vi aquella especie de cruz en la portada del periódico al que estaba suscrita mi abuela; levanté la mirada y vi la misma cruz en la pantalla del televisor. «Toda Sevilla consternada por la catástrofe».
Aquellas líneas que se cruzaban eran una toma aérea de la ciudad: la tarde anterior se había producido una serie de derrumbamientos en las proximidades de la calle Resolana, frente a la Cartuja; «dos hileras de casas o edificios, con las obras del duplicado de la pirámide de Mahuachi en su intersección, se han desplomado como si los hubieran volado con explosivos o hubiera tenido lugar un terremoto». Pero no había habido demolición alguna ni los sismógrafos registraban nada. Nadie sabía la causa. Lo más sorprendente, «lo casi milagroso, es que no se ha producido ninguna desgracia personal. Todas las viviendas, todas, o estaban abandonadas o se encontraban desocupadas en el momento del desastre; tampoco sufrieron daño algunos los transeúntes que pasaban junto a las edificaciones afectadas. Expertos…».
Por suerte, a mí ya nunca podría pasarme algo así.
Que tu padre se presente en medio de una clase debe de ser de lo peor que te puede ocurrir en esta vida.
En el aula, nos sentábamos por orden alfabético, yo caía por la mitad, y Peña de las primeras. El de francés descomponía una frase escrita en la pizarra, pero yo le había perdido el hilo hacía ya unos cuantos meses. De pronto se quedó helado.
Me volví y el padre de Peña estaba allí, de pie en la entrada, sonriendo, me habían dicho que se llamaba Mario Mesmer. Hoy no vestía exactamente de etiqueta; llevaba un traje rojo oscuro con la chaqueta hasta la rodilla y una camisa blanca sin corbata con bordados.
Peña lo miraba, muy colorada, sin atreverse a levantarse.
Él disfrutaba de ser el centro de atención de todos, y sobre todo de Ana, una chica rubia, muy guapa, la más pequeña de la clase, que se sentaba sola al final. Mario se agachó a su lado y le dijo algo que la hizo sonreír, a lo que el hombre correspondió dedicándole una elegante reverencia con mucho aspaviento de brazos; de la manga derecha surgió una llamarada que se perdió en el suelo; Mesmer hizo como si no hubiera reparado en ello y Ana se llevó las manos a la boca para no gritar por la impresión.
El profesor de francés seguía inmóvil pero no lo estaría para siempre, así que Peña se levantó y cruzó el pasillo. Se podía ver claramente lo que le costaba dar cada uno de los pasos que le separaban de su padre.
Cuando llegó junto a él, Mesmer le dijo algo al oído y abrió aún más su sonrisa; era un tipo muy bien parecido, Ana y el resto de las chicas y algunos chicos lo miraban embelesados.
Peña se sacó algo del bolsillo de atrás de los vaqueros, creo que dinero, y se lo dio. Él no se movía, parecía encontrarse muy bien allí.
No como mucho ni me gusta casi nada, y en aquella época aún menos; estaba terminando los huevos con patatas fritas, que solía ser el último remedio de Águeda al verme dispuesto a levantarme de la mesa sin haber tocado los platos del día, cuando vi de nuevo la portada del diario con la toma aérea del desastre, las casas caídas alrededor de la pirámide, la forma de cruz que habían adoptado los derrumbamientos.
No era una cruz.
La línea horizontal subía en el extremo de la izquierda.
Era un cuatro.
Lo vi claramente, y tuve la impresión de que aquello era una señal que yo debía interpretar, que aquel cuatro era un aviso de que los desastres no habían hecho más que comenzar. Nunca he querido efectuar asociaciones
que solo yo pueda apreciar ni mucho menos adivinar nada. Dejé la comida y me fui a mi cuarto que no estaba lo bastante lejos.
—¿Estáis seguros de que fue Peña la que devolvió el libro de Averroes a la biblioteca del colegio? —preguntó Fritz antes de lanzar otra piedra con la honda, a la que él denominaba su «máquina de partir la madre».
Por una vez Ballesta, que se apoyaba en mi hombro, no dijo nada; yo tampoco; no hacía falta.
Era media tarde, ya se había ido el sol, y los tres paseábamos por el vertedero situado frente a la Charca que delimita al sur el Barrio Hundido; se conoce así a la zona que resultó casi inundada por la alteración del curso del río para las construcciones de la Exposición Universal del 92. Tarde o temprano, todo aquel terreno, que comprendía la vieja Factoría Sábato y varios barrios del norte de la ciudad, terminarían en el lecho del río, pero las obras estaban paralizadas, así que, en la actualidad, se trataba de una extensión oficialmente deshabitada y olvidada entre la nueva autovía Hipernorte y un inmenso lago de agua cenagosa conocido como la Charca.
Un puñado de cometas negras surgía del corazón de aquellas calles.
Aunque el lago nauseabundo medía unos cuantos cientos de metros de longitud, y alcanzaba una profundidad inimaginable en alguno de sus puntos, las cometas parecían estar muy cerca, tan próximas como el mensaje que transmitían, e igual de imposible de descifrar. Oficialmente, allí no vivía nadie, aparte de esas sombras que apenas distinguimos desde la orilla, delincuentes, adictos, poetas, el Facineroso y el resto de los compañeros de nuestro colegio con los que nunca habíamos cruzado una palabra, borrachos, prófugos, actores, violadores, malditos, dementes, criminales. Refugiados. Nadie.
El Barrio Hundido era una zona triangular rodeada por el río, que le ganaba terreno cada día, la carretera —donde se encontraba el único acceso, un desvío no señalizado—, y la Charca que contemplábamos, por la que habría que estar loco para cruzar.
—Mis padres siempre me odiaron —nos dice Ballesta alegremente—; hasta que cumplí los nueve, intentaron matarme una y otra vez. De hecho,
aún me odian, y si encontraran una forma segura de eliminarme sin despertar sospechas, no se lo pensarían dos veces. Pero hasta los nueve años, cuando me era mucho más difícil defenderme, lo intentaban continuamente —habla tranquilo mientras caminamos al borde de la orilla, esquivando desperdicios—. Os lo digo porque una de las últimas veces que intentaron asesinarme, fue precisamente aquí. Me narcotizaron por la noche, me encerraron en una nevera vieja cerrada con una cadena y un candado, y me dejaron entre la basura para que me muriera de hambre.
Menos mal que un mendigo que había sido catedrático de neurología en Budapest me salvó en el último momento.
En mi vida había conocido a nadie que se llevara mejor con sus padres que Ballesta.
—¡Algo deberán significar las pinches cometas! —Fritz, sin molestarse en responderle a Paco—. No es normal que todas las tardes, más o menos a la misma hora, hagan volar unas cometas negras.
Desde donde estábamos no se veía quién las manejaba.
—Tienen que ser un mensaje —Ballesta—. Deberíamos averiguar de quién a quién, y qué es lo que significa.
—Deberíamos averiguar muchas cosas —yo.
Nos desviamos para esquivar los restos de la cabaña piloto de una urbanización que nunca se llegó a construir; del bungaló solo quedaba la fachada delantera edificada con troncos, derribada en el suelo.
Al volver a aproximarnos a la orilla, me pareció ver grandes sombras nadando a poca profundidad, masas negras, no identificables con ningún pez que yo conociera; no les dije nada a mis amigos.
—¿Estáis seguros de que fue Peña la que devolvió el libro de Averroes a la Biblioteca? —repitió Fritz.
Escuché algo.
Anochecía.
Algo chirriaba; pero no. Me acerqué, era un ronquido. Estaba acostada detrás del esqueleto de una moto abandonada. Dormía, con un vestido o un hábito morado subido hasta la cintura y una botella en la mano. La expresión muy torturada. Nunca antes había visto a una mujer desnuda.
No hay manera de entrar de noche en el cementerio.
Mi padre no vivía en este, sino en el de Madrid, pero me imaginaba que todos los cementerios están conectados, y que recorrer sus alrededores cada noche era algo así como hacerle una visita.
Comenzaba por la entrada principal y seguía la tapia, confundido en las sombras gracias al abrigo negro de mi abuelo, hasta rematar una vuelta completa. Después me iba al piso de Peña. Merodeaba. Esperaba a que saliera del patio el hombre del bastón; sin saber por qué, no había vuelto a seguirlo. Me quedaba un rato por allí y volvía a casa.
En los últimos tiempos, pensaba en Peña casi todo el día. En sus ojos como de estar y no estar.
Una de estas noches iba a saltarme la tapia del cementerio. Siempre me repetía lo mismo. Había un guardia, pero debía de estar dormido, porque nunca se le veía el pelo.
Llevaba en los bolsillos dos chinas algo más grandes que un huevo de codorniz y bastante más suaves, una pistola minúscula de muñeco articulado, el capuchón dorado de una estilográfica, un lápiz, de cera color violeta, el chip de un artefacto nuclear y una carta muy comprometedora con la tinta corrida pero prácticamente legible. Al llegar a casa cada noche, escondía lo que me encontraba por las calles en un rincón del altillo del armario, pero ya casi no quedaba sitio.
Cuando ya terminaba mi recorrido, al volver a pasar por la puerta principal, vi a alguien. Me fui acercando despacio, de árbol en árbol. Los dos pilares de la verja que formaban la entrada estaban rematados por las cabezas de dos grandes lagartos. Apoyadas en la base, sentadas en el suelo, se encontraban dos chicas. Parecían mendigas. Una llevaba en la mano un capullo y la otra un ramillete de flores mustias casi deshechas que suponían la única fuente de color en aquel cuadro. Las dos silenciosas, casi inmóviles.
Me pareció que se parecían.
Tanto, que me sorprendí de no haber comprendido desde el principio que eran gemelas. Me llevé un siglo comparándolas con el lagarto de la
columna correspondiente. Me acordé del lagarto de dos cabezas de la furgoneta. Las gemelas no se movían.
A veces me dormía en clase o durante la comida, con los ojos abiertos, y otras estaba tan nervioso que no quería ni hablar de dormir. Así me encontraba cuando salí de clase a mediodía con Paco, con ganas de empezar a andar y no detenerme en mi casa ni en ningún lado, solo seguir, hasta haber recorrido un millón de millones de kilómetros.
—Ahora en serio, Eme —Ballesta, apretándome el hombro.
—Si es en serio, paso.
—Escucha. Esa tía tiene poderes. Tenemos que averiguar de dónde los ha sacado, de dónde viene. Quién es. Qué es.
—Peña parece buena gente.
—¿Y eso qué tiene que ver…? —Serio de verdad.
Había asuntos de los que me costaba hablarle incluso a Paco, que era sin duda mi mejor y más viejo amigo. De la enfermedad que me obligó a pasar esos días en el hospital. De mis padres. De mis salidas por la noche. De que mi familia tenía, era, lo que se dice muy rica, o como lo decía mi abuela, del patrimonio que me tocaría administrar. Me cuesta casi tanto hablar de estos temas como pensar en ellos.
—Eme…
Como desde el día en que vi la furgoneta con los chicos del Barrio Hundido esperándola, me quedaba mirando el callejón al pasar de vuelta a casa, por si volvía a ver a Peña.
Allí estaba.
Arrinconada contra la pared. El tipo que excavaba por las noches en su patio, el que intentaron secuestrar, estaba plantado delante de ella, hablándole muy alterado.
—Está ahí —le susurré a Ballesta—. Peña. Un hombre que he visto rondar por su casa, ya te contaré, le está echando la bronca. Están en un callejón. Vamos a acercarnos.
—Vamos.
De día daba la impresión de ser aún más elegante, con todos esos colores oscuros perfectamente conjuntados. Como supuse, casi cuarenta años, la edad y el aire de Mario Mesmer, y jugaba más que apoyarse en el bastón.
—¿Qué sabes de ese tío? —Me machaba el hombro Paco—. ¿Por qué no me has dicho nada?
—Calla —le dije al oído.
—… pienses en ello. —Ya podía oír las palabras del tipo que apuntaba a Peña con un dedo.
—Déjame —asustada.
—¡Esto no es ningún juego! ¡Tienes que hacerme caso! ¡No pienses, no te plantees nada! ¡Solo haz lo que te digo!
—…
—¡Venirte conmigo es la única solución!
—¡Deja que me vaya!
—¡Te irás cuando entres en razón!
Pero ella decidió que se iba ya. Y él la empujó para detenerla. Tan fuerte que la estrelló contra la pared. Cayó, sentada, al suelo; y se levantó inmediatamente; después, se quedó apoyada en la pared de nuevo. Desde allí nos vio; el tipo lo notó en su mirada porque se volvió y se separó de ella al descubrirnos.
Se veía arrepentido de haberla empujado; intentó tocarla pero no se atrevió; intentó explicarse…
—Ya sabes qué…
… y tampoco lo consiguió.
Se dio la vuelta para marcharse, furioso, lanzado en nuestra dirección, mirando hacia el suelo, ignorándonos. Yo intenté apartar a mi amigo de su camino, pero no tuve tiempo de hacerlo.
Al pasar a su lado, lo golpeó en el hombro y Paco cayó de espaldas, golpeándose la cabeza contra el suelo.
Yo llevaba todo el día muy nervioso.
Me daban igual sus palabras de disculpa y su mirada de estar sintiendo de verdad lo que había ocurrido.
—Eres un mierda —le grité, avanzando hacia el hombre que me superaba en dos cuartas de alto y de ancho—. Ahora me vas a tirar a mí.
Cerré los puños.
No veía nada.
Iba a saltar encima de él.
Me tranquilicé de golpe.
En los años siguientes, cuando necesité, tantas y tantas veces, algo que me tranquilizara, me acordé de este momento en más de una ocasión.
El tipo había extraído el estoque del interior del bastón y la punta descansaba justo en mi garganta, un milímetro más y me hubiera rasgado la piel. La hoja no temblaba. Su mirada tampoco. Puedo ver perfectamente el bastón hueco, decorado con una especie de laberinto de colores desvaídos, balanceándose en su otra mano, a su espalda. El hombre tenía las piernas flexionadas, de forma que le bastaba un movimiento para atravesarme.
Me sentí muy despierto y muy calmado.
Peña había desaparecido.
Y Paco se había puesto de pie y me llamaba; no me gustaba dejarlo así ni un momento, desorientado.
Un anciano con un perro azul apenas se paró a nuestro lado y siguió su camino con la cabeza gacha.
—Nada es lo que parece, chico —me dijo el hombre de la barba, haciendo retroceder ligeramente el sable, la voz suave y agradable—. No le des más vueltas. No eres mal tío.
Terminó de separar el estoque con una finta, lo enfundó en el bastón, me saludó descubriéndose de un sombrero imaginario.
Me dio la espalda.
Se fue.
Cuando el Infiltrado ingresó en La orden de la buhonería , lo obligaron a memorizar la consigna última que regía todos los movimientos del grupo. En algún momento, mediante un hechizo, la consigna fue borrada de su mente. Ahora, al comienzo de la misión, escuchaba como una voz sin palabras
que no lograba comprender pero que de alguna manera controlaba sus actos.
Era de noche con lluvia espesa y maloliente. Le pesaba sobre los hombros la capa de pieles bajo la que se encontraba desnudo, a excepción de las espadas colgadas del pecho y la cintura.
Al fin sobrepasó el último recodo de la cordillera y encontró el campamento enemigo. Parte de la empalizada y algunas de las chozas estaban ardiendo.
Sacó las dos espadas en un solo gesto y corrió hacia el recinto emitiendo el rugido de la bestia con el que anunciaba su sed de muerte.
Saltó la empalizada y se encontró con una primera línea de elfos, atados por correas al cuello, como perros. Los Resucitados los usaban como animales defensivos. Las llamas habían corroído las correas de algunos de ellos, que no sabían qué hacer, si huir o dejarse abrasar como estúpidos.
Uno se acercó al Infiltrado, pero a este le bastó con uno de sus alaridos para ahuyentarlo.
A partir de ahí, comenzaba la aldea propiamente dicha, cuesta arriba hasta la casi verticalidad, adentrándose en la montaña, ganándole terreno.
A partir de ahí comenzaba la inclinación de la ciudad que le llevaría hasta el destino que no quería recordar.
El suelo estaba lleno de cadáveres y, entre ellos, se movían rarísimas bestias cuya forma jamás había visto. No sabía por qué, pero estaba seguro de que aquellos seres no habían sido los responsables de la matanza.
La calle central serpenteaba para adaptarse a la forma de la falda de la montaña, que parecía culebrear bajo sus piernas doloridas por el esfuerzo de la subida.
Al pasar por una de las chozas escuchó algo que podía ser una palabra y saltó por la ventana abierta con las espadas por delante. Justo a tiempo descubrió que era un
búho, que escapó asustado por su incursión. Dentro estaba a salvo de la lluvia, pero notó todo el cuerpo mojado por el sudor del miedo: había estado a punto de atravesar al búho, el animal sagrado.
Un poco más adelante, aunque sería más adecuado decir más arriba, se encontró una encrucijada, marcada como todas por un tótem; este estaba adornado por un lagarto con dos cabezas.
Siguió la dirección de la mirada de la cabeza de la izquierda.
Dobló una revuelta que le impedía ver nada de la calle siguiente. La lluvia era tan dura que le dolía en los ojos.
Nunca había visto nada así.
En medio de las chozas, se encontró una construcción de adobe; se llevóun buen rato contemplándola. Había oído hablar de las pirámides a los viajeros locos de las tierras oxidadas, pero era impensable que este pueblo, que ni siquiera dominaba las chozas de maderos, hubiera construido algo como esto. Siguió allí, la mirada perdida en las siete plataformas, que se sustentaban las unas a las otras hasta perderse en el cielo negro sangre.
No solo no había visto nada tan grande construido por el hombre en toda su vida, sino que, ni en los muertos ni en la muerte a los que se había enfrentado tantas veces, encontró nunca la sensación de irrealidad que le había desestabilizado las rodillas y le había revuelto el estómago a la primera visión de la pirámide.
Cuando descubrí esta novela entre los libros de mi abuelo, me leí casi doscientas, 191, de las seiscientas sesenta y seis páginas, 666, de las que consta, de una sentada. Paré. Si no tenía cuidado la acabaría enseguida.
Empecé de nuevo y decidí leer trece páginas al día, no más. 13. Voy por algo más de la mitad.
La orden de la buhonería, de Michael McFarland, 1978. Editorial El espejo del monstruo.
Tona estaba sentada en el escalón de su portal, tomando el sol de media tarde y echando un cigarro; nunca la había visto fumar, pero no me extrañó nada que lo estuviera haciendo.
Ballesta y yo le llevábamos unos estupendos cómics antiguos de Dossier Negro que habían sido de mi padre como excusa para visitarla; estábamos decididos a averiguar algo más de Peña, y el ataque que habíamos compartido al salir del colegio nos había dejado preocupados.
—¡Cuidado! ¡No lo piséis! —nos gritó Tona, señalando una red de líneas dibujadas con tiza azul alrededor de su portal.
—¿Qué es esto? —le pregunté.
—Tienes que alejarte para verlo.
Lo hice, mientras ella le explicaba a Paco de qué estábamos hablando.
Regresé a la plazoleta y tuve que subir media escalera del tobogán para verlo en su totalidad: una cabeza de búho de más de tres metros cuadrados, simple pero perfectamente dibujada.
—En realidad, no pasa nada si lo pisas —me dijo Tona cuando regresé a su lado—, era broma; ya ha pasado mucha gente por encima.
—¿Quién lo ha hecho?
—No lo sé, pero Peña sí lo sabe. Yo estaba aquí cuando salió, hace un rato, y se quedó mirándolo y sonriendo como una tonta; cuando le pregunté qué era, me dijo: «una disculpa». Y se fue.
Nos sentamos en el escalón, junto a ella.
—¿Sabéis que Peña sabía que ibais a venir? —Tona, explorando nuestra reacción.
—Anda ya —le dije, pero claro que me lo creía.
—En serio. Me dijo que cuando llegarais os dijera que estamos todos invitados a comer mañana en su casa; nosotros cuatro y también vuestro amigo mexicano. A eso de las dos. Dice que su padre estará fuera.
Es difícil no mover un músculo ni decir nada cuando has recibido la mejor noticia del mundo, pero logré hacerlo.
—Y ahora, ¿dónde está? —Paco.
—La estaban esperando ahí enfrente sus amigos del Barrio Hundido —
señalando los bancos de la plaza.
—¿No son amigos tuyos también?
—Yo no conozco de nada a esos julays, ni siquiera he hablado con ellos.
—Tira el cigarro y mira las líneas del suelo—. Una vez le pregunté por qué no me los presentaba y me dijo que no quería meterme en líos. Si ella supiera la cantidad de gente rara con la que he salido… —A veces se le notaban muchísimo los dos años de ventaja—. No sé. De todas formas, ni ellos, ni vosotros, ni nosotras pegamos en un colegio de pijos, así que no sé por qué debemos mantenernos separados.
—Este los llama finústicos. A los pijos —comenté.
—La palabra existe, os lo juro. Yo estoy allí porque es de los pocos colegios de Sevilla que tienen clases de apoyo —no pudo hablar en serio mucho tiempo Ballesta—. Y porque su fundador, el abuelo del actual director, le debía la vida a mi bisabuela, que lo salvó de morir abrasado en un caldero de aceite hirviendo.
—Yo estoy allí con una beca del Grupo Sábato, la dueña de la factoría del Barrio Hundido; mi padre trabajaba allí antes de caer enfermo —torció el gesto; recordé lo que, según su amiga, había tenido que hacer para conseguir que el Grupo los ayudara—. Y Peña gracias a la parroquia, que también le ha buscado el piso.
Yo no quería decirles que mi familia tenía dinero de sobra para pagar las mensualidades sin necesidad de ninguna beca, así que cambié de tema.
—¿Hace mucho que la conoces? A Peña.
—Desde un poco antes de principio de curso. Yo me mudé en verano —
baja la cabeza—; antes vivía en otro piso, propiedad también del Grupo Sábato, pero mi padre ya no podía subir las escaleras, y la compañía nos buscó este bajo. Peña llevaba uno o dos meses viviendo aquí.
Otra vez el Grupo Sábato. Sábato. Cada vez que oía aquel nombre tenía la certeza de que debía descifrarlo de alguna manera, que era muy importante para mí, y que no debía hacerlo.
—Pero la Factoría del Barrio Hundido está abandonada hace años —
Ballesta.
—El Grupo Sábato tiene otros muchos negocios. Con favores como el de la beca, cree pagar el daño que nos hizo.
—Por aquí, todo el mundo sabe que la factoría del Barrio Hundido tenía algo que afectaba a los trabajadores —Paco—, radioactividad o algo así; por eso tuvieron que cerrarla y desalojaron los barrios cercanos, y por eso cambiaron el curso del río para que pasara por encima y borrar todas las huellas.
—Como Prípiat —sarcástica, quizás para desviar el tema de su padre.
—¿Prípiat? —pregunté.
—¿No habéis oído hablar de Prípiat?
—Demasiado —Paco, misterioso.
—Es un sitio de Ucrania —me explicó Tona—. El más próximo al desastre nuclear de Chernóbil. Una maravilla de ciudad de la que hubo que desocupar a toda su gente en unas cuantas horas. La radioactividad tardará siglos en desaparecer. Pero ¿sabéis qué? Algunos vecinos están volviendo a sus casas, incluso sembrando de nuevo, a pesar del peligro. Estamos todos locos.
Tuvo mucho cuidado en incluirse.
Después quedó callada, hundida en viejos odios, propios y heredados.
De pronto me parecía conocerla, que todos nos conocíamos, desde hacía muchos, muchos años, que no teníamos secretos entre nosotros, que estábamos unidos frente a todos, que seguiríamos juntos para siempre. Más tarde me vencería de nuevo la sensación de que no me unía ningún lazo con nadie, pero no tenía prisa por volver a sentirme así.
—¿Qué querrá decir Peña con que no te presenta a los del Barrio Hundido para no meterte en líos?
—No lo sé —me respondió, quizás preguntándoselo, y volviendo al silencio.
Ya era de noche cuando regresaba a casa para cenar, después de haber dejado a Paco en casa de sus tíos, donde lo esperaban sus padres; eran gente simpática, tan bromistas como mi amigo, que me apreciaba de verdad, y me
había entretenido con ellos más de la cuenta; para mi abuela era muy importante la puntualidad en las comidas.
Pasé muy deprisa frente a la parroquia de San Pedro, sin apenas mirar.
En los soportales solo había sombras, alejadas por la verja rojiza, ya cerrada a aquella hora para mantener a raya a los pobres y marginados del barrio.
Pero alguien salía.
Casi siempre que pasaba junto a una iglesia, y otras muchas veces, estuviera donde estuviese, notaba la seguridad de que iba a producirse alguna tragedia. Que no siempre tuvieran lugar mientras yo estaba allí no quería decir que tarde o temprano no se cumplieran mis profecías.
Estuve a punto de no detenerme.
Tuve que agarrarme a la cancela, no porque me temblaran las piernas, eso nunca lo reconoceré, sino para fijar la vista en las personas que salían de la puerta lateral de la iglesia.
La anciana morena, bajita y resuelta, con el abrigo gris de modelo anticuado; y a su lado, dejándose abrazar, más bien sostener, por ella, el chico peruano, un poco débil, pero sin ningún daño que yo pudiera apreciar desde allí.
El mismo chaval que había desaparecido en el confesionario el día que yo había acompañado a mi abuela a la iglesia.
Quería marcharme de allí antes de que me vieran, aunque venían en mi dirección y no era capaz de moverme; les dejaba acercarse más y más, estaba como paralizado.
De pronto, detrás de ellos se abrió la puerta y salió el cura de las gafas marrones. Su presencia sirvió para romper el encantamiento.
Me fui de allí a toda prisa. Pero sabía que el sacerdote había tenido tiempo de verme perfectamente.
Tenía que ser muy tarde. Yo había vuelto de madrugada, tras vagar unas cuantas horas por las calles, aunque cuando escuché aquel grito ya estaba completamente dormido.
Resonó en toda la casa.
Salí de mi cuarto desorientado, todavía era de noche; abajo, Águeda cojeaba en dirección a la escalera. Enseguida me acostumbré lo suficiente a
la penumbra para ver a mi abuela en la puerta del dormitorio de mi hermano, con las dos manos en la boca.
En dos saltos, bajé el tramo de escalones. Me paré a su lado, tan incapaz como ella de decidir lo que debía hacer.
Un enorme búho, de más de un metro de altura, había entrado en la habitación y se había posado sobre los barrotes de la cabecera de la cama de mi hermano, las garras peligrosamente cerca de sus ojos cerrados.
Era tan grande que casi se podía apreciar el calor de su cuerpo o el sonido de sus latidos. Nunca había visto un ejemplar a esta distancia en un lugar cerrado. Todavía me parece una de las presencias más aterradoras con las que me haya enfrentado en toda mi vida.
Pareció oírme.
Sin alterar la posición de su cuerpo, movió la cabeza unos ciento ochenta grados.
Me miró a los ojos. Me dijo algo ininteligible.
Volvió a girar la cabeza en dirección a la ventana y se lanzó fuera de la casa; con las alas extendidas parecía llenar todo el dormitorio.
No me podía creer que mi hermano no se hubiera despertado.
En cuanto comprobé que se encontraba bien, me acerqué de un salto a la ventana y saqué medio cuerpo por ella. Ni rastro del búho.
Lo que vi allí fuera fue peor. La urbanización Montedalia era una alargada plazoleta peatonal, rodeada por chalés de tres pisos con jardín; a los garajes se accedía por la parte de atrás. Tras la entrada de la valla metálica se veían dos coches desvencijados, y junto a ellos, un puñado de sombras, anchas pero de baja estatura, como talladas en la niebla. No las veía con claridad, pero estaba seguro de que miraban fijamente hacia mi casa. Las siluetas de las armas que llevaban me confirmaron que se trataba de los mismos seres que intentaron secuestrar al hombre que rondaba el patio de Peña.
OceanofPDF.com