El elegido
Prólogo
La habitación privada se encuentra en el cuarto piso del ala geriátrica del hospital Edward Hines Jr. para veteranos, en las afueras de Chicago.
Ancianos encorvados recorren los pasillos en sus batas de hospital, con enfermeras que los escoltan y catéteres en los brazos.
Entra una mujer, de unos cincuenta y tantos años pero aún con una apariencia juvenil, bien vestida, con una chaqueta acolchada y corta de Burberry, una bufanda color verde oliva y el oscuro cabello recogido en una cola de caballo. Ve a su padre sentado en una silla; nunca le ha parecido tan pequeño, tan frágil, ni siquiera en los dos meses posteriores al funeral. Por primera vez alcanza a distinguir las huesudas y prominentes líneas de sus pómulos, aunque conserva una cabellera bastante abundante, canosa pero no del todo blanca. Una manta cubre su regazo, la televisión está encendida.
La CNN. Si había algo que nunca fallaba, incluso a la mitad de un partido de los Chicago Bears, durante el Día de Acción de Gracias y con todos los nietos a su alrededor, era su padre pidiendo que pusieran las noticias. «¡Sólo para enterarme de lo que está pasando! ¿Qué tiene de malo?» Sin embargo, esta vez tiene la mirada perdida y no ve nada más que el vacío.
Ella se percata de que le tiembla la mano.
—¿Papá?
La enfermera del turno de día que está sentada frente a él deja su libro y se levanta.
—¡Mire quién ha venido!
Él apenas aparta la mirada del televisor; ya no oye tan bien del lado
derecho. Su hija le sonríe a la enfermera, una mujer grande y negra de Santa Lucía a quien contrataron para estar prácticamente todo el tiempo con él.
Cuando su padre al fin la ve, su rostro se ilumina y esboza una sonrisa.
—Hola, cariño.
—Te dije que vendría, papá.
Ella se agacha para darle un abrazo y un beso en la mejilla.
—Te he estado esperando —dice él.
—¿Ah, sí?
—Claro. ¿Qué otra cosa podría hacer aquí?
La mirada de ella se dirige a la repisa que se encuentra junto a su cama, más específicamente a las cosas que trajo consigo y colocó ahí después de su última visita, un mes antes.
La placa de «Hombre del Año» del Colegio de Abogados del Norte de Illinois que estaba en la pared de su oficina. La foto de sus padres en la Gran Muralla china. Una instantánea del yate Hatteras de once metros de eslora que tenía en Júpiter, Florida, el cual ya habían puesto a la venta.
Fotos de sus nietos, entre ellos, los hijos de ella, Luke y Jared.
Recuerdos de una vida plena y feliz.
—Greg ha dicho que vendría un poco más tarde. —Su marido—. Tenía algunos negocios que atender.
Por «negocios» se refería a algunos asuntos que tenía que resolver en relación con la vieja casa de Highland Park y a algunas cuestiones relativas a la herencia de su madre.
Su padre alza la mirada.
—¿Negocios? ¿Aquí?
—Cosas sin importancia, papá... No te preocupes, nosotros nos encargaremos.
Él asiente dócilmente.
—Está bien.
Hace un año, se habría puesto sus gafas y habría insistido en revisar cada documento y cada factura personalmente.
Ella acaricia con afecto su cabellera, muy abundante aún.
—Así que..., noventa y dos, ¿eh? Sigues siendo bastante guapo, papá.
—No estoy mal para ser un viejo. —Se encoge de hombros con una
sonrisa huesuda—. Pero tampoco estoy para correr maratones.
—Bueno, tal vez el próximo año, ¿no? —le dice ella mientras aprieta su brazo—. ¿Cómo está en realidad? —pregunta a continuación dirigiéndose a la enfermera—. Espero que se esté portando bien.
—Oh, siempre se porta bien —responde ella riendo—. Pero, de hecho, no habla demasiado últimamente, desde que falleció su esposa. Duerme mucho. A veces damos un paseo por el hospital. Tiene algunos amigos a los que le gusta ir a ver. La mayor parte del tiempo permanece sentado, justo como está ahora, y ve la tele. Le gustan las noticias, desde luego. Y el béisbol...
—A decir verdad, nunca ha sido un hombre de muchas palabras —
admite su hija—. A no ser que se trate de negocios. O de sus preciados Cubs. Los adora. Sobre todo, teniendo en cuenta que ni siquiera sabía lo que era el béisbol cuando vino a este país. Ciento siete temporadas de sequía y subiendo, ¿verdad, papá?
—Pero no me rindo —responde con una sonrisa.
—No, apuesto a que no. Oye, ¿quieres dar una vuelta conmigo? —Se agacha junto a él y coge su mano temblorosa—. Te contaré cosas sobre Luke. Acaba de ser aceptado en la Universidad del Noroeste, tu alma mater, papá. Es un chico inteligente. Y está en el equipo de boxeo. Igual que tú...
Una mirada de preocupación aparece en el rostro de su padre.
—Dile que tenga cuidado con esos granjeros de la Universidad de Michigan. Son muy grandes. Y hacen trampa... Sabes que son...
Por el sonido que hace, parece como si quisiese agregar algo. Algo importante. Pero sólo asiente, se reclina en su silla y se queda contemplando el vacío. Sus ojos se ensombrecen.
Ella acaricia su mejilla.
—¿En qué piensas todo el tiempo, papá? No sabes cómo desearía que me dejaras entrar en tu mente, aunque fuera por una vez.
—Es probable que no piense mucho, no desde... —dice la enfermera, evitando mencionar a su esposa—. No estoy muy segura de que sea del todo consciente de lo que sucede a su alrededor.
—Claro que soy consciente —replica él de golpe—. Perfectamente consciente. —Se vuelve para mirar a su hija—. Es sólo que... olvido
algunas cosas de vez en cuando. ¿Dónde está tu madre? —Mira en derredor, como si esperase verla en su silla—. ¿Por qué no está aquí?
—Mamá ya no está con nosotros, papá —contesta su hija—. Murió.
¿Recuerdas?
—Ah, sí, murió. —Asiente y sigue mirando al vacío—. A veces me confundo.
—Siempre fue un hombre muy enérgico —le dice su hija a la enfermera
—. Aunque también es verdad que siempre tenía una especie de tristeza que nunca llegamos a comprender del todo. Creíamos que se debía al hecho de haber perdido a toda su familia en Polonia durante la guerra. Nunca supo qué fue de ellos. Alguna vez intentamos localizarlos, sólo para descubrir lo que en verdad les había ocurrido. Existen registros, pero él nunca quiso saber lo que contenían, ¿verdad, papá?
Su padre se limita a asentir, su mano izquierda sigue temblando.
—Mira, tengo algo que mostrarte. —Saca una bolsa de plástico de su bolso. Ésta contiene algunas cosas que le gustan. La revista The Economist.
Unas cuantas fotos nuevas de sus nietos. Una tableta de chocolate Ghirardelli—. Nos topamos con algo... mientras limpiábamos la casa.
Estábamos revisando algunas de las cosas viejas que mamá tenía guardadas en el desván. —Saca una caja de cigarros puros de la bolsa—. Mira lo que encontramos...
Abre la caja. Ésta contiene algunas fotografías viejas. Una de su padre y su madre durante la segunda guerra mundial, recibiendo una medalla de dos militares de alto rango. Un pasaporte viejo y papeles de la milicia. Una foto en blanco y negro, pequeña y arrugada, de una mujer rubia y hermosa en una barca de remos, con el borde delantero de su gorra de marinero blanca levantado. La primera página de un concierto de Mozart partida por la mitad y pegada con cinta adhesiva. Una lustrosa pieza de ajedrez blanca, una torre.
Por un segundo, los ojos de su padre parecen iluminarse levemente.
—Y esto... —Le muestra una bolsa de terciopelo y saca algo de ella.
Es una medalla, una cruz de bronce con un águila que cuelga de una cinta azul y roja. La bolsa tiene algo de polvo; se nota que lleva mucho tiempo guardada en la caja. Ella coloca la medalla sobre la palma de su
mano.
—No es una insignia cualquiera, papá. Es la Medalla al Mérito Militar.
El anciano contempla la cruz durante un segundo antes de apartar la mirada. Es evidente que no se alegra de verla.
—Sólo la otorgan por actos de extrema valentía. Los chicos investigaron al respecto. Jamás solías tocar el tema de tus experiencias durante la guerra, cuando vivías en Polonia. Sólo sabemos que estuviste en...
Se detuvo. Siempre que el tema se desviaba a los horrores vividos en
«los campos», su padre se apartaba o salía de la habitación. Durante varios años, se negó incluso a usar manga corta, y nunca le mostraba a nadie su número.
—Mira... —le dice mientras le entrega una foto de él con un grupo de oficiales militares—. Ni siquiera habíamos visto esta foto antes. ¿Cómo es posible? Fuiste un héroe.
—No fui un héroe. —Niega con la cabeza—. No lo entiendes.
—Entonces ayúdame a entenderlo —le dice ella—. Siempre hemos querido saber la verdad, por favor.
Abre la boca, como si se dispusiese a decir algo al fin, pero entonces niega con la cabeza de nuevo y vuelve a mirar al vacío.
—Si no hiciste algo importante, ¿por qué te dieron esa medalla? —le pregunta su hija. Le muestra la fotografía de la hermosa mujer en la barca
—. Y ¿quién es ella? ¿Era parte de tu familia allí, en Polonia?
—No, no era parte de mi familia...
Esta vez, su padre coge la partitura y la observa con detenimiento. Hay un brillo distante en sus ojos. Una sonrisa tal vez, algo enterrado hace tiempo que ha vuelto a la vida inesperadamente.
—Así son muchos —dice la enfermera—. No quieren recordar los viejos tiempos. Sólo guardan todos esos recuerdos para siempre, hasta que...
—Dolly... —murmura finalmente su padre.
—¿Dolly? —Su hija toca su brazo.
—Era la abreviatura de Doleczki. Quiere decir «hoyuelos». —Una sonrisa de lo más leve se dibuja en su rostro—. Ella tocaba tan bien por aquel entonces...
—¿Quién, papá? Por favor, dime quién es ella. Y cómo fue que obtuviste esto. —Coloca la medalla en la palma de su mano—. Ya no hay motivo para que sigas ocultándolo.
Su padre deja escapar un suspiro, un suspiro que parece haber estado conteniendo toda una vida. Finalmente, se vuelve para mirar a su hija.
—¿De verdad quieres saber?
—Sí. —Se sienta junto a él—. Todos queremos saber, papá.
Él asiente.
—Entonces, tal vez haya llegado el momento. —Mira la fotografía nuevamente. Los recuerdos lo invaden como la arena del desierto invade una tumba con el paso del tiempo—. Sí, tengo una historia. Pero si de verdad quieres conocerla toda, debes saber que no empieza con ella. —Deja la foto sobre la mesilla—. Empieza con dos hombres. En un bosque. En Polonia.
—Dos hombres... —repite su hija, tratando de alentarlo a que siga hablando—. Y ¿qué hacían esos hombres?
—Corrían. —El anciano desvía la mirada, pero esta vez sus ojos están llenos de vida y de recuerdos—. Corrían tratando de salvar sus vidas...
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