El engaño populista

Axel Kaiser · Capítulo 21 de 27

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El engaño populista

Epílogo

 

Simón Bolívar dijo alguna vez que hemos vivido dominados por el engaño, y tenía

razón. En América Latina y algunas partes de Europa se nos ha contado una historia

llena de mentiras y falacias con el fin de hacer aceptables proyectos políticos e

ideológicos que buscan concentrar el poder en unas pocas manos y enriquecer a

diversos grupos de interés de manera corrupta.

No es que todos los que han apoyado programas populistas e ideológicos

totalitarios o autoritarios hayan tenido malas intenciones o no hayan creído de verdad

lo que promovían. No hay duda de que el Che Guevara creía en sus ideales, pero eso

no significa que haya sido una buena persona ni lo exime de la responsabilidad por

los asesinatos y torturas que llevó a cabo. Es posible también que Chávez creyera

fervientemente en su socialismo del siglo XXI, pero eso no lo exculpaba de su

autoritarismo, de las violaciones a los derechos humanos que su régimen cometió y

de la miseria generalizada que su sistema de ideas causó en Venezuela. Lo mismo

puede decirse de Castro, los Kirchner, Morales, Correa, Ortega, Rousseff, Bachelet y,

usando otro término de Plinio Apuleyo, Carlos Alberto Montaner y Álvaro Vargas

Llosa, otros aspirantes a «fabricantes de miseria», como Pablo Iglesias y López

Obrador. Todos ellos han promovido deliberadamente un gran engaño que es el de

prometer bienestar para todos con ideas y proyectos políticos cuyo resultado no

puede ser otro que la destrucción de las posibilidades de progreso y la libertades de

los ciudadanos a quienes gobiernan o pretenden gobernar.

Ciertamente, hay diferencias de grado entre ellos. Bachelet y Chávez no son lo

mismo en términos de intensidad, pero son lo mismo en términos de la naturaleza

ideológica de lo que rechazan. En común tienen todos los populistas un desprecio

profundo por la libertad personal y la dignidad humana, a pesar de que su creencia en

la igualdad es revestida siempre de humanismo. Pero, la verdad es que su idolatría

por el Estado es incompatible con el aprecio del individuo en cuanto agente digno,

capaz de diseñar su plan de vida y perseguir sus fines responsablemente. Y sus

propuestas refundacionales son delirios ideológicos cuyos costos transfieren a

terceros, mientras ellos viven rodeados de lujos y fuera del alcance de la miseria que

fabrican para otros.

Afortunadamente, hay esperanza. El populismo comienza a sufrir reveses en

América Latina con las derrotas, por ahora electorales, de Kirchner y Maduro, con los

escándalos de corrupción que sacuden a Bachelet y Dilma y con los problemas

económicos que enfrentan Correa, Morales y sus seguidores. Sin embargo, para que

el ciclo populista llegue a su fin y no regrese, es imprescindible cambiar el sentido

común prevaleciente entre las élites y la población para de hacer de las ideas liberales

republicanas un patrimonio cultural común. Si ese trabajo no se realiza, volveremos a caer en el engaño populista y sus desoladoras consecuencias una y otra vez.

Los autores de este libro tenemos fe en que es posible cambiar las cosas para

bien, y también en que las nuevas generaciones tienen un rol esencial en ese cambio.

Estas tienen hoy más herramientas que nunca para informarse, educarse y movilizarse

en pos de aquellos ideales que han permitido a otras naciones prosperar y que, incluso

en las nuestras, han mostrado tener éxito cuando se han aplicado de la manera

correcta. Lo que esto nos demuestra es que el subdesarrollo no es un problema

geográfico ni de recursos naturales, sino eminentemente mental y cultural. La titánica

tarea de cambiar la mentalidad y las conciencias de las personas es lo único que nos

permitirá superar el subdesarrollo, y también la miseria económica, social, política y

humana a la que el populismo nos condena.