El engaño populista
Epílogo
Simón Bolívar dijo alguna vez que hemos vivido dominados por el engaño, y tenía
razón. En América Latina y algunas partes de Europa se nos ha contado una historia
llena de mentiras y falacias con el fin de hacer aceptables proyectos políticos e
ideológicos que buscan concentrar el poder en unas pocas manos y enriquecer a
diversos grupos de interés de manera corrupta.
No es que todos los que han apoyado programas populistas e ideológicos
totalitarios o autoritarios hayan tenido malas intenciones o no hayan creído de verdad
lo que promovían. No hay duda de que el Che Guevara creía en sus ideales, pero eso
no significa que haya sido una buena persona ni lo exime de la responsabilidad por
los asesinatos y torturas que llevó a cabo. Es posible también que Chávez creyera
fervientemente en su socialismo del siglo XXI, pero eso no lo exculpaba de su
autoritarismo, de las violaciones a los derechos humanos que su régimen cometió y
de la miseria generalizada que su sistema de ideas causó en Venezuela. Lo mismo
puede decirse de Castro, los Kirchner, Morales, Correa, Ortega, Rousseff, Bachelet y,
usando otro término de Plinio Apuleyo, Carlos Alberto Montaner y Álvaro Vargas
Llosa, otros aspirantes a «fabricantes de miseria», como Pablo Iglesias y López
Obrador. Todos ellos han promovido deliberadamente un gran engaño que es el de
prometer bienestar para todos con ideas y proyectos políticos cuyo resultado no
puede ser otro que la destrucción de las posibilidades de progreso y la libertades de
los ciudadanos a quienes gobiernan o pretenden gobernar.
Ciertamente, hay diferencias de grado entre ellos. Bachelet y Chávez no son lo
mismo en términos de intensidad, pero son lo mismo en términos de la naturaleza
ideológica de lo que rechazan. En común tienen todos los populistas un desprecio
profundo por la libertad personal y la dignidad humana, a pesar de que su creencia en
la igualdad es revestida siempre de humanismo. Pero, la verdad es que su idolatría
por el Estado es incompatible con el aprecio del individuo en cuanto agente digno,
capaz de diseñar su plan de vida y perseguir sus fines responsablemente. Y sus
propuestas refundacionales son delirios ideológicos cuyos costos transfieren a
terceros, mientras ellos viven rodeados de lujos y fuera del alcance de la miseria que
fabrican para otros.
Afortunadamente, hay esperanza. El populismo comienza a sufrir reveses en
América Latina con las derrotas, por ahora electorales, de Kirchner y Maduro, con los
escándalos de corrupción que sacuden a Bachelet y Dilma y con los problemas
económicos que enfrentan Correa, Morales y sus seguidores. Sin embargo, para que
el ciclo populista llegue a su fin y no regrese, es imprescindible cambiar el sentido
común prevaleciente entre las élites y la población para de hacer de las ideas liberales
republicanas un patrimonio cultural común. Si ese trabajo no se realiza, volveremos a caer en el engaño populista y sus desoladoras consecuencias una y otra vez.
Los autores de este libro tenemos fe en que es posible cambiar las cosas para
bien, y también en que las nuevas generaciones tienen un rol esencial en ese cambio.
Estas tienen hoy más herramientas que nunca para informarse, educarse y movilizarse
en pos de aquellos ideales que han permitido a otras naciones prosperar y que, incluso
en las nuestras, han mostrado tener éxito cuando se han aplicado de la manera
correcta. Lo que esto nos demuestra es que el subdesarrollo no es un problema
geográfico ni de recursos naturales, sino eminentemente mental y cultural. La titánica
tarea de cambiar la mentalidad y las conciencias de las personas es lo único que nos
permitirá superar el subdesarrollo, y también la miseria económica, social, política y
humana a la que el populismo nos condena.