El farmer
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Este capítulo es largo, así que está dividido en 2 partes.
Era corta la verga de Juan Lavalle. Y la mía era la de un semental. En el campo, a caballo, nos abríamos la bragueta, y las medíamos sobre la montura de los caballos. La mía era, por lo menos, el doble de la de él. Y cuando las medíamos, él se volvía como loco. Por eso se fue con los Granaderos del general San Martín. Para mostrar que su coraje superaba, lejos, el de cualquier soldado de su tiempo, español o criollo. Juan Lavalle: tanto coraje al pedo.
Yo miraba el cielo, en mis campos, y el techo de mi despacho, en los cuarteles de Palermo, y me sobaba duro. Piel, pelo, huesos, carne, verga.
Hay que quitarse esa leche, cuando uno es toro, antes de que cuaje. Porque la cabeza del hombre, con esa leche depositada, allí, abajo, se enturbia. Ordeñar. Y rápido. Como a las vacas. Un hombre, si es hombre, es toro y vaca.
Yo, en mi despacho de Palermo, pensaba 18 horas por día. Escribía. Escribir es pensar. Pensaba 100 leguas por delante de cualquiera que pensara en los intereses del Estado. Eran pocos los que pensaban en los intereses del Estado. Son pocos. Yo soy uno de los pocos. El primero. El mejor.
Los otros, los otros eran criollos de coraje. Como Juan Lavalle. Como Gregorio Aráoz de Lamadrid. Esos dos no supieron, nunca, qué era pensar. Cantores de vidalas, sí.
El manejo del Estado me apasiona. El manejo de los intereses del Estado me apasiona. No la guitarra. No el sexo. El sexo distrae. Lo usaba, claro. Porque la verga se me paraba. Y eso era algo que yo no podía impedir. Ni aún hoy, yo, un hombre fuerte, puedo impedirlo.
Doña Encarnación era buena para el ordeñe.
Vení, murmuraba ella donde fuera que estuviésemos. Cuando terminaba, yo, aliviado, agradecido, le decía que ella, Doña Encarnación, conocía todos los secretos del ordeñe. Ella reía, satisfecha, y me preguntaba si era eso lo que me parecía, y yo le contestaba que sí, que su habilidad me paralizaba, y que su habilidad iba mucho más lejos que la de las mestizas y las negras. Y ni hablar de las indias.
A Doña Encarnación se le arrugaba la piel de la frente cuando yo bajaba esa balanza, pero yo le sonreía, y me cuadraba frente a ella como un cadete rápido y ágil y obediente. A Doña Encarnación se le oscurecían los ojos. Y algo retrocedía dentro de ella. Fríos los ojos de Doña Encarnación.
Doña Encarnación era cruel a la hora del juego amoroso. Y a cualquier hora. Pero yo aguantaba el trabajo de sus manos y de su boca. Me daban algo cuando trabajaban mi cuerpo, que no sé nombrar. Tampoco podía Doña Encarnación. Ella decía: Usté, Don Juan Manuel, patalea y gruñe como un chancho cuando siente el filo del cuchillo en el cogote.
No decía, Doña Encarnación, nada que yo no le hubiera escuchado antes. Doña Encarnación gustaba decir cosas como ésa. Muy de campo, Doña Encarnación. Muy de encendérsele los ojos, a Doña Encarnación, cuando le daba en el lomo, con el rebenque, a una negrita traviesa. Muy patrona de estancia. Doña Encarnación.
Me dormí, sentado junto al brasero.
La perra me mira, los ojos apagados, tendida al otro lado del brasero. Se comió, la perra, los restos de la carne que dejé en el plato. La perra, los ojos velados, tiembla. Espera que la castigue. Tendrá su castigo.
Es como un sopor el que tengo. Hay algo que gira en mi cabeza. Pero me pongo de pie. Me dije: póngase de pie. Don Juan Manuel. Y mi cuerpo obedeció.
Se está enfriando el rancho. Dormí mucho. Una hora dormí.
Los ancianos deben dormir poco, me dijo el doctor Bradley, médico de lord Palmerston, en Londres. Por los accidentes vasculares: ¿me comprende, general?
No soy un anciano, le dije a Bradley, que es un gnomo calvo, y panzón, una panza hinchada de whisky.
¿Cuántos años tiene, general?, me preguntó Bradley como si no lo supiera.
Setenta y ocho.
¿Dónde vive, general?
¿Le hablaron, a usted, de un lugar llamado destierro?
No, general. Soy inglés, general.
Nieva.
Son las dos de la tarde.
Las mujeres, incluida Doña Encarnación, son almas impías. Y ellas lo saben.
Mi padre azotaba a mi madre, la señora Osornio. Ella tuvo veinte hijos de Don León Ortiz de Rosas, mi padre, pero mi padre, con la misma regularidad que dormía la siesta, y comía su puchero de gallina de los miércoles, invierno y verano, le daba, con la fusta, al culo de la señora Osornio.
Bello culo el de la señora Osornio.
Nunca preguntó, la señora Osornio, a mi padre, por qué le daba con la fusta. Se encerraban en el dormitorio, y mi padre decía, con una sonrisa de niño todavía no decepcionado por las miserias humanas que, en el dormitorio, él alzaba los ojos hacia el techo, y sin cerrarlos, veía sus años de cautiverio entre los indios, y escuchaba su juventud, y Doña Agustina Osornio, cuando él escuchaba las voces de su juventud, también era joven.
Doña Agustina, en la penumbra del dormitorio, se levantaba la falda, y se acostaba en el cama, boca abajo en la cama, y ofrecía su bello culo a Don León Ortiz de Rosas, mi padre.
El bello culo de Doña Agustina era como un estallido de luz blanca en la luz amarillenta y triste de los velones que encendía mi padre, en el dormitorio.
Don León Ortiz de Rosas, mi padre, se levantaba de su butaca, esa butaca que estuvo, desde siempre, al pie de la cama, empuñaba el rebenque, y los rebencazos caían sobre el blanco culo de Doña Agustina Osornio. Era ancha la lonja del rebenque.
Mi padre paraba el azote cuando se quedaba sin aire en los pulmones. Mi padre, sin aire en los pulmones, acariciaba, con sus manos regordetas, los muslos enrojecidos de Doña Agustina. Mí padre agachaba la cabeza y besaba las nalgas enrojecidas de Doña Agustina.
Después, se desnudaban. Ella, la cabeza en la almohada, las piernas abiertas, lo recibía.
A veces, suspiraban.
Escribo a Buenos Aires.
Arrimé mi vieja mesa al brasero, y escribí diez cartas a Buenos Aires, con hermosa caligrafía.
Escribo, en el condado de Swanthling, reino de la Gran Bretaña, a viejas devotas que me recuerdan alto y robusto, recta la espalda. Recuerdan, las viejas devotas, mi voz ceremoniosa y grave, cuando yo quería que fuese grave, y las viejas devotas dicen que no olvidaron lo que dije.
Escribo a coroneles y parientes que trabajaron, a mis órdenes, en la administración del gobierno de la provincia de Buenos Aires.
Escribo, a tacaños y tacañas, de mi íntima satisfacción por el socorro que me prestan. Les escribo de mi entrañable agradecimiento por las pocas, escasas libras que me mandan. Espero que le crean a mi hermosa caligrafía.
Les escribo que, en mi despacho de Palermo, documenté, a lo largo de veinte años, la memoria de la Patria, con mi hermosa caligrafía.
Les escribo de las convulsiones revolucionarias en Europa, y qué remedios propongo para acabar con esas crispaciones del cuerpo social, y les escribo de los consejos que envío a la reina Victoria. A su pedido, se entiende.
Les escribo que me reciben en las cortes reales de Gran Bretaña, Francia, España, con las dignidades que se deben al gobernador-propietario de la provincia de Buenos Aires. Les escribo que busquen en el Diccionario la etimología de la palabra crispaciones.
Les escribo que leí una carta, en The Times, que un tal Raymond Wilmart remitió al más intenso de los apologistas de la Comuna, y que la policía, seguramente, interceptó.
Ese Raymond Wilmart combatió a los poderes constituidos, en las calles de París, y en los turbulentos días que duró el gobierno de proletarios e intelectuales ávidos de revancha contra la clase pudiente. Ese tal Wilmart fue uno de los que huyó de la persecución de las fuerzas del orden al mando del benemérito M. Thiers.
Desde Buenos Aires escribe ese tal Raymond Wilmart al más intenso de los apologistas de la Comuna que, en la Confederación Argentina, la revolución es imposible. Escribe que en la Confederación Argentina no saben y no sabrían hacer otra cosa que andar a caballo.
No voy agregar una palabra a la carta del incendiario: hay brillos de horizonte en mi corazón.
Escribo a María Eugenia:
Vení si te curaste las várices. En Inglaterra no permiten la entrada a enfermos. Vení, pero sola. Sin los críos.
Tu Patrón
Rosas
—Su madre. Doña Encarnación, ha muerto.
—Lo sé, tatita.
—Desde hoy, usted la reemplaza.
Manuelita me miró, y sus ojos eran los de Rosas, y ella era Rosas, que buscaba quien se prodigara con su virginidad, quien la sosegara, quien sosegara las ofuscaciones de su virginidad.
Manuelita me esperó. Y yo la dejé, ahí, esperándome.
Manuelita se rió, y cuando Rosas ríe busque un agujero y húndase en el agujero, y no respire, y espere que Rosas deje de reír, borre la risa de su cara, y su cara retorne a la monótona impasibilidad que ofrecen, en el mármol, las caras de las estatuas.
Manuelita, que me esperó, y que rió, dijo:
—Sí, tatita.
Guardo de Mr. Southern, con placer, unas pocas líneas:
Los acreedores ingleses deberían rezar para que Rosas permanezca en el poder. Es un administrador honesto y prudente de los fondos públicos.
Yo tracé los planes de la Campaña del Desierto y, al frente de mis ejércitos, arrebaté al indio miles de cabezas de ganado, centenares de cautivos y centenares y centenares de leguas de tierra.
La Campaña del Desierto abrió las puertas a riquezas que parecían de sueño. Amigos, compadres, y los que se decían mis aliados cobraron, por buenas, provisiones de boca, ropas, ollas, tabaco, galletas, aguardiente, armas, caballos, y cuanto se moviera en cuatro patas y aún en dos (incluidas las putas), que entregaron a los administradores de mis ejércitos.
Mis abuelos conquistaron las provincias del Río de la Plata. Y fundaron un linaje. Y yo cumplí con ese linaje. Yo no lo ultrajé. Mis manos quedaron limpias. Entraron y salieron limpias de las bolsas de oro y plata. ¿También las de ellos, los que fueron mis compadres y aliados? ¿También las manos de los que se arrastraban por los pisos de Palermo, en acatamiento gozoso de los antojos de Manuelita? ¿También las manos de los que bajaban de sus estancias con caballos para regalarme, y monturas y ponchos para regalarme? ¿Y cueros, tasajo y sebo y ovejas para vender a los ingleses?
Le digo a Manuelita que engordará.
Ella me dice que sí.
Ella me dice que no se cuida con la comida, como las damas de Francia.
Ella me dice que es criolla. Y en edad de merecer.
—Me gustan las gordas —le digo.
—A usted le gustan las bien formadas —dice ella, y gira sobre sí misma, orgullosa de su opulencia.
—Me gustan las bien formadas —digo yo, y le miro los pies, pequeños, bien formados, sin un callo.
Los dos nos reímos.
Ella y yo somos Rosas.
Rosas ríe.
Están secas, ahora, las calles de Buenos Aires.
El río, lejos y en bajante. Y no llueve.
Los zaguanes, de noche, no son cuevas y, cuando lo permiten las rondas de la Mazorca, el mozo acerca su mano al pecho de la muchacha. Mis hombres de la Mazorca echan una mirada a ese desperdicio de energía, prenden un cigarro y, lo que callan, me lo dirán a mi en sus informes.
De día, carros de altas ruedas entran al río en busca de agua clara. De noche, Europa camina por los salones de Buenos Aires.
Y yo, en mi despacho, velo, de día y de noche, por los negocios de los otros.
Manuelita, treintañera, llegó a la Gran Bretaña conmigo, y con su paciente entretenedor, y no fue la mujer que yo necesitaba para mi home, para que fuese un home en el destierro.
Ella, en Palermo, engordaba.
No para de engordar, usted, mi señorita Manuelita, le decía yo, en mi despacho, sentado en un sillón de respaldo de felpa roja y maderas de quebracho, y levantaba los ojos de las consignas que esparcía, por las mañanas, sobre mi escritorio, y la miraba.
No, señor, me contestaba Manuelita, sin reír, sin sonreír.
Nos mirábamos.
No olvide que me gusta la carne gorda.
Sí, señor.
Pero no blanda.
Son los asados, decía Manuelita.
Es el aire del río, decía Manuelita.
Es el apetito, señor, me decía Manuelita.
Hay asados a las orillas del río, y bajo los ombúes. Y yo camino, y es de noche, y me veo caminar entre el humo de los asados y los velones de grasa que arden en las ramas más bajas de los árboles, y en los tocones de árboles que se pudrieron o que el fuego se comió, y saludo a mis hombres de la Mazorca, sin equivocar un nombre, y les pregunto por sus madres y mujeres, por sus hijos y sus caballos, y ellos me contestan, reservados y dignos, como si dialogaran, a solas, con Dios. Se les cambia la sangre en el cuerpo: no es torva y oscura; es roja y limpia, y viene a mi encuentro.
Saludo, en la noche del verano, a los diplomáticos extranjeros, a sus mujeres y amantes, y una brisa como perfumada sube del río y toca las blanduras de mi corazón. Yo sacudo la cabeza y aparto, de las blanduras de mi corazón, los tiempos en que Doña Agustina era joven, y Juan Lavalle se acostaba en mi catre de campaña, y allí se dormía, y ningún cuchillo le aserraba la garganta, ninguna bala le partía el pecho, porque él y yo mamamos de los pechos de una mujer que fue mi madre, y que fue bella, y que fue dueña del culo más bello que nunca contemplé.
Pero las blanduras de mi corazón, tocadas por esa brisa del río que sorteaba el humo de los asados y el chirrido de los velones que se derretían en la noche de Palermo, iban más atrás que los pactos no escritos entre hombres como Juan Lavalle y yo, y se abrían a los paisajes de mi niñez.
A los aprendizajes de mi niñez.
A los caballos.
A los pastos.
A los vientos.
Al cielo.
A la cura del animal enfermo.
Al fuego.
A los olores.
A escuchar qué dicen los otros, y a elegir, de lo que dijeron los otros, la palabra justa.
Manuelita engordaba, a orillas del río, y bajo la sombra de los ombúes, en las noches de Palermo. Engordaba en verano, en las cercanías del agua, y engordaba en invierno, en los salones de la gobernación. Su cama, de noche, crujía.
Tengo que ir a la guerra, decía Manuelita.
A caballo, decía Manuelita.
Ver cómo es eso, señor, decía Manuelita.
Y perder unos kilos, señor, decía Manuelita.
Manuelita se casa el 23 de octubre de 1852, a ocho meses de Caseros, a ocho meses de las cargas de la caballería entrerriana que quebraron, con acero y alaridos, el valor de mis ejércitos.
Estoy solo, veinte años solo, sin mujer, salvo una criada vieja y pulguienta, en mi home. Sin alguien que me ayude a mantener, con algún decoro, el farm.
No está Manuelita, que era mi espejo. Que me afeitaba con placer y, una vez afeitado, pasaba una toalla húmeda y tibia por mi cara.
Ella, de pie, me miraba. Yo, sentado, la miraba. Y olía el tenue perfume de su cintura.
Ella y yo solos.
Yo, afeitado, los vapores de la toalla húmeda y tibia en mi cara, le tocaba la grupa.
Ella, de pie, me miraba.
Ella, de pie, volvía a bajar la toalla húmeda y tibia sobre mi cara y me cegaba.
Manuelita, en tierra inglesa, me abandonó.
Supongo que, aquí, por fin, el aliento fétido de perro en celo de su entretenedor le rozó la nuca, y los jugos de mujer treintañera le bañaron la vagina.
Ella, en Buenos Aires, era mi sucesora. Y ella que, en Buenos Aires, me juró respeto y amorosa atención por los años de vida que el Señor quisiera concederme; ella, que pedía, desde Palermo, a los hombres de la Mazorca, que le mandaran, en bolsas, las cabezas de las salvajes unitarias y de los salvajes unitarios que conspiraban para derrocar al gobierno de Tatita; ella, cuyos caprichos yo satisfacía sin que mediara una palabra de objeción; ella, en las tierras nevadas de la Gran Bretaña, se ofreció a las lubricidades de la verga de su paciente entretenedor.
Ella, lo sé, mira, golosa, cómo penetra en esa grieta que separa sus piernas, el tumefacto glande de su paciente entretenedor, ese extraño.
Urquiza pregunta qué se hicieron los amigos del general Rosas, a quienes el general Rosas colmó de fortuna en tiempos que quedarán en la memoria de los argentinos como el Padrenuestro.
¿Quién contesta a Urquiza?
¿Alguien desmentirá las palabras que la lengua del entrerriano puso en el aire?
¿Quién sube al escenario, mira a Urquiza en los ojos, y lo desmiente?
No contestan los que importan.
No contestan los que yo colmé de fortuna.
Los que siempre vivieron el desamparo —los que nunca importan—, y a los que yo cubrí de cicatrices, mutilaciones y muerte, y más desamparo, gritan Viva Rosas.
Nieva.
—El comandante Juan Gregorio Castro se presenta, Su Excelencia Señor.
—¿Qué se le ofrece al comandante Juan Gregorio Castro?
El hombre bajo y flaco mira el suelo de mi despacho; mira, en mí escritorio, los papeles que leo, los papeles que escribo, pero no alza los ojos hacia mí.
El comandante Juan Gregorio Castro busca las palabras que quiere decirme. Hay vacíos entre las palabras que encuentra, y dice, y las palabras que, sin decirlas, desecha. O se le desvanecen en la lengua.
El comandante Juan Gregorio Castro me ofrece su hija, María Eugenia.
—Se agradece, comandante Castro, —le digo al comandante Castro, mirándole las carnes flacas de la cara. Y grises. Y los huesos de la cara dibujados en las carnes grises de la cara. Hay canas en su bigote.
Le pregunto al comandante Castro si María Eugenia es virgen.
El comandante Castro no alza los ojos hacia mi cara. Yo no río.
—Es virgen. Señor Su Excelencia —contesta el comandante Castro y, para contestar, apenas mueve los labios grises en la cara gris y flaca—. Lo aseguro con mi vida.
Le pregunto al comandante Castro cuántos años carga María Eugenia, y qué entiende el comandante Castro de hasta dónde puedo disponer de María Eugenia. Hasta dónde, le aclaro al comandante Castro, no habrá que domarla.
El comandante Castro descansa, de pie, sobre una pierna.
Debe ser la luz de mi despacho, aquí, en Palermo, la que pinta de gris las carnes flacas de la cara del comandante Castro.
El comandante Castro mira sus botas, manchadas de barro seco. Llueve en la provincia de Buenos Aires. El comandante Castro galopó, desde lejos, para ofrecerme un presente. Y, en mi despacho, mira el barro que se seca en el cuero de sus botas.
María Eugenia no pasa de los trece años, y ella es mía hasta más allá de lo que se le ocurra a mi voluntad, dice el comandante Castro sin mirarme.
El comandante Castro dice que él se encargó de instruir a María Eugenia, y que María Eugenia cumplirá con lo que yo disponga.
—Y, por lo demás, usted, Su Excelencia Señor, hará lo que crea deba hacer con María Eugenia… Para eso le entrego a María Eugenia, Señor Su Excelencia —dice el comandante Castro.
—María Eugenia es suya, Señor Su Excelencia, hasta que María Eugenia muera.
Le pregunto al comandante Castro, sin sonreírme, qué hago con Manuelita. Le digo, al comandante Castro, que el suyo será un consejo de hombre y de federal.
El comandante Castro dice que la señorita Doña Manuelita es mi sucesora. Y que ser mi sucesora no es fácil. Y que la señorita Doña Manuelita no debe gastarse. Que María Eugenia se ocupará de mis cansancios.
Le digo al comandante Castro que tome asiento.
Le pregunto si anda con ganas de un trago.
Cuatro de la tarde: nieva.
Quiero calor para mis huesos.
La perra me mira. Mira cómo echo carbón al brasero. Odio el frío inglés. Soy Rosas, pero pobre.
Odio la vejez.
Tráiganme un caballo.
El carbón inglés no lo regalan, viejas estertorosas.
Muevan el culo, viejas degradadas, y golpeen las puertas que tengan que golpear, y junten las libras que tengan que juntar, y mándenlas a Your Excelency.
El mate no es inglés.
Recibí ciento diez libras, tres chelines, once peniques. Adjunto tres recibos y mi más entrañable gratitud, y mis ruegos a Dios para que los mantenga en Su Santa Gracia, y les conserve la salud y la memoria de éste su fiel servidor.
Recibí apreciable de Ud. de Setiembre 27. Envío recibos por 115 libras, 8 chelines, 17 peniques. Gratitud exhala mi aterido corazón.
Muévanse, viejas pedorreras, que la Gran Bretaña no es una ganga, y yo soy el general Rosas.
María Eugenia está ahí, como yo le enseñé, los ojos bajos, sin nada debajo de la pollera floreada, sin nada que le tape sus tibias humillaciones. Veo los pezones claros de María Eugenia contra la blusa.
María Eugenia, que está ahí, me pregunta, los ojos bajos:
—¿Un mate, patrón?
Miro la luz que cae sobre mi escritorio. Pálida la luz. De otoño. Levanto los ojos: María Eugenia está de espaldas a la puerta de mi despacho, los ojos bajos, el mate en una mano, el brasero a sus pies, y una pava de agua en el brasero.
—Acérquese, Castro —le digo.
Ella se acerca, el mate en una mano. La otra, la izquierda, cruzada sobre el centro de la larga pollera.
—¿Está avisada la guardia, ahí afuera, de que nadie debe molestarme hasta que yo permita que me molesten? —le pregunto, a María Eugenia, de pie.
—Sí, patrón.
—Hábleme, chinita. Háblele a su patrón, y distráigalo de sus fatigas.
María Eugenia me habla. Murmura, María Eugenia. No escucho qué dice ese murmullo. Tomo el mate que María Eugenia sostenía en su mano.
—¿Usted se escucha, chinita? —le pregunto, de pie, y le pego unas chupadas a la bombilla. Estoy de pie, y de uniforme, entallado el uniforme, y mis botas brillan, y no tengo hambre.
Pregunto a María Eugenia, otra vez:
—¿Se escucha o no?… Conteste, chinita.
—Sí, patrón —dice María Eugenia, los ojos bajos.
Le devuelvo el mate a María Eugenia. No hay luz de otoño en mi escritorio.
—Muy sucio lo que me contó, María Eugenia —digo, de pie, y de uniforme.
—Sí, patrón.
—¿Le gusta contarme cosas sucias, chinita?
—Sí, patrón.
Me río. Hay silencio al otro lado de la puerta de mi despacho.
—¿Qué le hago, patrón?
—Vos ya sabes.
Pasos en la nieve.
Alguien busca a alguien.
Me enfrío en esta tierra sin emociones.
Sólo un hombre se puede medir conmigo: el señor Domingo Faustino Sarmiento. Lo digo aquí, en este invierno que no termina. Nombro al señor Sarmiento, y se me calientan los huesos.
El señor Sarmiento ama la palabra. Y debo reconocer, en esta tarde inglesa, en la noche inglesa que se acerca, a la luz de estas brasas que chispean, y de esa nieve que borra pasos y voces y que es el silencio de Dios ante las estúpidas imprecaciones de los hombres, que la palabra escrita del señor Sarmiento es inimitable, y no se puede describir, como la llanura pampeana, ni suplantar por otra palabra, incluida la palabra del general Rosas.
Esto escribió el señor Sarmiento de la ciudad de Buenos Aires, en los tiempos que fue tutelada por su gobernador-propietario, el general Rosas:
En Buenos Aires hay progreso social, se desarrolla singularmente el gusto por la elegancia, el lujo y las apariencias artísticas de la vida civilizada: movimiento literario hay también; hay buena y decente juventud; hay, en fin, motivo grande de esperanza futura para cuando se pongan en acción los buenos, los morales elementos que tiene indudablemente aquella sociedad.
El señor Sarmiento siempre me sorprende: puede, cuando se lo propone, y se lo propone en más de una oportunidad, adoptar el tono de esos pastores episcopales o protestantes que abundan en los Estados Unidos.
El señor Sarmiento sueña, como ningún otro argentino que yo conozca, con implantar los Estados Unidos en la pampa.
El señor Sarmiento, tan criollo él en sus estallidos de furia, goza disfrazándose de caballero bostoniano. Pero cuando piensa, me hace justicia.
Dispongo duelo nacional por la muerte de Jorge IV, rey de la Gran Bretaña.
Dispongo duelo nacional por la muerte de Guillermo IV, rey de la Gran Bretaña.
Dispongo que se envíen los mejores caballos de mi estancia a la reina Victoria de la Gran Bretaña.
Me gusta que los paisanos usen un crespón de luto en las mangas de sus camisas, y sepan de mi afecto por los gringos. Y que respeten a los gringos, sean escoceses, galeses o irlandeses. Y que los paisanos lleven luto por los reyes de Inglaterra, que también se mueren. Y que cuiden las ovejas, los campos, los pozos de agua, y las casas, y las propiedades de galeses, escoceses e irlandeses. Que no se les olvide a los paisanos aquello que yo escribí: los argentinos somos deudores del gobierno de SMB a la hora de la jura de nuestra independencia.
Que los paisanos sepan de mi admiración por el mundo, las costumbres y la corte real de los británicos, y la industria de los británicos, que incluye la cerveza y a Robinson Crusoe.
Que los paisanos sepan y se lo claven entre las cejas: los escoceses celebran a su patrono. San Andrés, y brindan por Rosas, Nuestra Estrella de la Esperanza y Ancla de Seguridad. Respeto por los escoceses, paisanos.
Los comerciantes ingleses, sin que falte uno, proclaman su más ferviente deseo: que el general Rosas, entiéndase, Your Excelency, permanezca al frente del gobierno de la Confederación Argentina… Su retiro, Your Excelency, será no sólo una calamidad pública, sino que afectará los intereses de los residentes británicos… Please, Your Excelency, comprenda nuestra petición.
Paisanos: comprendan la petición de los ingleses, nuestros vecinos, y compórtense, con ellos, a lo gaucho. A lo criollo.
Compréndanlos, paisanos, a nuestros vecinos, los ingleses, que ellos, nuestros vecinos, nos respetan —nos respetan: ¿escucharon, paisanos?— como hidalgos españoles que somos.
Ellos, los ingleses, dicen que nuestros enemigos, los unitarios, son burócratas sin empleo y especuladores en quiebra. ¿Quiénes supieron decir, que no fueran los ingleses, algo más puntual y acertado?
Ellos, los ingleses, quedan eximidos de prestar servicio militar, y de sufrir los préstamos forzosos al Estado.
Brinden, paisanos, por la sensatez inglesa. Y por su obstinación, que no deja de ser inglesa. Y por su moral, que es la de los filibusteros de la más poderosa nave artillada que haya surcado los mares con patente de corso.
Es verdad, paisanos: nos desalojaron de las islas Malvinas.
Es verdad, paisanos, que les ofrecimos cedérselas, a cambio de una indemnización que pusiera a salvo nuestro orgullo de hidalgos españoles.
Y es verdad que el reino de la Gran Bretaña se negó: el reino de la Gran Bretaña dijo que no empeñaría un penique de su Tesoro por una isla mugrienta, batida por los vientos helados del Atlántico, desierta e inclemente como una cárcel en ruinas.
El reino de la Gran Bretaña dijo, paisanos, que le llevaría un siglo civilizar las islas (y ése, dijo el reino de la Gran Bretaña, no era un buen negocio), y convencer, luego, a grupos de banqueros y distinguidos latifundistas, de las bondades de aquellas rocas de lava que Dios abandonó allí donde la tierra pierde su nombre.
Los ingleses, paisanos, dijeron que defenderían las islas con todas las bocas de fuego que pudieran reunir.
Los ingleses, paisanos, nacieron para el negocio. Y, en el negocio, son judíos.
Pero el general Rosas habla a los hijos de la hidalguía española.
El general Rosas les pregunta, paisanos, hijos de la hidalguía española:
¿Qué es el mar para ustedes?
¿Cuántas veces vieron, en sus vidas, peces de un solo ojo, tiburones relampagueantes y ballenas más grandes que mis cuarteles de Santos Lugares?
¿Les importa verlos?
¿Qué son, para ustedes, en cambio, las vacas, las ovejas, los caballos, las infinitas llanuras de la patria?
Contesten, paisanos, que Dios los escucha.
—Tengo cinco hijos suyos, patrón. Usted, patrón, es su padre. Y yo su madre.
—¿De qué habla, María Eugenia?
—De sus cenas, patrón… Siempre de madrugada sus cenas, patrón… yo le desabrochaba la chaqueta, patrón, y le bajaba los pantalones. Y usted, patrón, en la butaca, en la alfombra, en las madrugadas de verano, y en las del invierno, me hacía los hijos.
—No me consta.
Los peones ríen, borrachos de cerveza, en el granero.
Echo dos paladas de carbón en el brasero. El calor del brasero me alegra.
Muevan esos culos de mamonas viejas, y junten todas las libras que puedan para Don Juan Manuel.
¿Estás seguro, Juan Manuel, en esta tarde que se va, que nadie te busca?
Consigna del general Rosas a la población:
A los enemigos del orden, mazorca.
Yo, al frente de mis ejércitos, conquisto las tierras que se extienden desde la cordillera de los Andes a las aguas que pulen las angosturas del estrecho de Magallanes.
Las tribus indias se someten en presencia de las banderas y de las armas de mis ejércitos, y los caciques indios dicen que Juan Manuel de Rosas nunca los engañó, y que morirán, con los indios a su mando, por Juan Manuel de Rosas y la palabra de Juan Manuel de Rosas.
Ni ellos, ni yo, creemos en esas promesas. Mando degollar a los indios más ariscos, y escucho los gritos de muerte de las indias en pelotas por los indios que decapitan mis soldados. Es la histeria de rigor. No conozco otro recurso que discipline con mayor rapidez al salvaje (y al blanco, y al paisanaje alzado).
A otros indios, menos indómitos, les perdono la vida, y los confino en Santos Lugares. Comida magra. Nada de caballos. Alcohol en abundancia. Custodia noche y día: la melancolía les quebrará, en la garganta, el grito de rebelión.
La Sala de Representantes, magnánima, me otorga 60 leguas de tierras de pastura, allí donde quiera elegirlas, y en propiedad absoluta, beneficio que alcanzará a mis herederos, mientras Dios no disponga otra cosa.
Contemplo, sin apuro, la cara de los señores Representantes, desde el silencio y la oscuridad de las bambalinas. Se sienten felices, los señores Representantes.
Yo cabalgo y duermo con el aullido de los vientos del sur sobre mi cuerpo, y firmo tratados de paz con los caciques indios, que entregan a su gente a la servidumbre y la desaparición y, paciente, escucho sus incomprensibles discursos, sus largos bramidos de valentía, y presto atención a sus danzas guerreras, y como, sin repugnancia, sus mejunjes ardientes, y los alabo con una lengua grave y lenta, y les sonrío.
Los indios se miran, miran sus caras cobrizas, y repiten, con voces alargadas y chirriantes, sus juramentos de fidelidad al hermano Juan Manuel.
Los señores Representantes se palmean las espaldas: van arrendar o comprar, en las tierras que conquisto para ellos, sus hijos y sus nietos, estancias de tres leguas de frente por tres de fondo. Diez mil cabezas de ganado por estancia: no hay zonzos entre los señores Representantes de la Legislatura, entre los coroneles de mis ejércitos, entre los apellidos que valen en Buenos Aires. Les viene en la sangre el gusto por la tierra.
En las noches del sur, detrás de los fuegos amarillos de las hogueras, lejos de los lujos europeos de los salones porteños, una cautiva habla a indios, soldados, chinas y putas que recluté en los suburbios y quilombos de Buenos Aires.
Dice, la cautiva, que ella hizo el amor con Rosas una noche de domingo, y que la helada blancura de la luna, a la que se exhibió en una noche de domingo, le borró, a la criatura que creció en su vientre, los ojos, el llanto, los dedos de las manos.
La cautiva dice que el hijo de Rosas viaja por los ríos del sur que desembocan en el mar, de cara al cielo. Y que, como no puede llorar, es feliz, de cara al cielo.
Rosas escribe a los hacendados argentinos, escoceses, galeses, irlandeses, que asesta golpes de muerte al malón indio, y que su dilatada campaña abre, a las bellezas de la civilización, la nueva frontera del país.
Yo, Rosas, no pido estatuas que celebren mi energía.
Yo, Rosas, cumplo con mi deber.
¿Quién camina en la nieve?
¿Quién me busca en esta hora de Inglaterra?
No tengo frío.
No tengo hambre.
No tengo miedo.
Soy, aun solo, Juan Manuel de Rosas.
Invoco, nombrándome, lo que la patria me debe.
La noche cae, en silencio, como la nieve.
Los viejos piensan a saltos. Y repiten lo que ya dijeron, y olvidan lo que dijeron.
Dios: Rosas o debe morir.
Pasaron cuatro trimestres desde el último envío de libras esterlinas 95-14-0. Cuando ocurrió ese envío (carta del 5 de noviembre), Ud. no adjuntó los comprobantes de los trimestres vencidos. Entiendo que le llegaron mis recibos, pero, en esos momentos, entiendo, Ud. salía para su estancia. Le encarezco me remita los comprobantes: su ausencia me desorganiza los números.
La remesa de libras ciento noventa y tres, quince, siete, que Ud. me envió, con fecha junio 14, fue, para mí, un consuelo que escapa a toda ponderación. Estaba vendiendo algo (parte) de lo que me es penoso y triste separarme antes de mi muerte, antes de que Dios me llame a su lado, antes de dejar a Ud. sin mi consejo.
Sigo muy pobre. Quienes le hayan dicho lo contrario, mienten. De ser sinceros, de recordar cuánto me deben, habrían dicho: hemos auxiliado al general Rosas con tanto y tanto.
Consigna del general Rosas a la población:
No se dejen tentar por las alucinaciones, el alcohol y el sexo indiscriminado y animalesco.
Don Clemente López de Osornio, mi abuelo, el padre de la señora Agustina López de Osornio, mi madre, la del bello culo, fue muerto por los indios en 1783.
Murió, Don Clemente López de Osornio, en defensa de sus tierras y de la Santa Religión. Mi abuelo. Don Clemente López de Osornio, llevó al sur de la provincia de Buenos Aires, su espada, su cruz y su caballo. Y su limpia sangre española. Lejos llegó mi abuelo.
Mi abuelo paterno. Don Domingo Ortiz de Rozas, alcanzó el grado de capitán en los ejércitos de España, y su pasar fue modesto.
Su hijo, mi padre, Don León Ortiz de Rozas, nació en Buenos Aires, en 1760, e ingresó a un regimiento de infantería. En 1801, ganó el grado de capitán.
Mi padre fue capturado por los indios, cuando compró su libertad, se negó a hablar de su cautiverio. No habló de su cautiverio ni a la hora de la muerte. Su confesor me juró, por Dios y la madre de Dios, que Don León no le dijo una palabra del tiempo que pasó entre los indios. El confesor de mi padre no me mintió: dijo la verdad para no perder su cabeza.
Mi padre jugaba a los naipes, cuidaba de sus propiedades, y leía vaya a saber qué. Y sonreía, suave y despacio.
Casó, mi padre, con Doña Agustina López de Osornio, que heredó la estancia El Rincón de López. Tuvo, la señora Doña Agustina, veinte hijos de Don León. Y los concibió en esos momentos que Don León Ortiz de Rozas no se dedicaba, sonriente, calmo y distante, al juego de los naipes, ni a cuidar sus propiedades, con rigor y buen ojo, o a leer vaya a saber qué, o a callar lo que sea que haya sido su cautiverio en el mundo de los indios.
Los Rozas obtuvieron la libertad de mi padre. Don León, al precio de diez carretas con frutos del país, doscientos caballos, vacas y armas. El canje demoró el tiempo que a los indios se les antojó que demorase.
Yo acuchillé a los indios con placer, diga lo que diga el señor Sarmiento.
Pero de los veinte hijos que Don León Ortiz de Rozas le hizo a Doña Agustina López de Osornio, diez murieron. Yo sobreviví. Digo que diez hijos le quedaron vivos a Don León y a Doña Agustina. Siete mujeres y tres varones. Yo soy el primero de los tres varones.
Doña Agustina decía, el látigo en una mano, a los diez hijos que dejó con vida:
Obedecerán a Dios, a su tata y a mí.
Doña Agustina López de Osornio me decía:
Usted, señor Don Juan Manuel, échese ahí… Ahí, sí… Quiero verlo ahí, señor Don Juan Manuel, con el trasero al aire.
Yo, callado, me hincaba al borde de la cama de mis padres —esa cama donde Don León, que ponía, despacio, una suave sonrisa en su cara de bebote, le llenó la panza, veinte veces, a Doña Agustina—, e hincado abría los brazos en cruz, sobre el colchón, y ella, Doña Agustina, me bajaba cinco azotes en el trasero con su rebenque, látigo o llámese como se quiera al cuero que yo escuchaba silbar en la penumbra que invadía el dormitorio de padre y madre y, antes de que yo terminara de escuchar el rasguido del cuero en esa penumbra en la que se desvanecían techo, paredes y muebles del dormitorio de padre y madre, el cuero caía sobre mis nalgas, y abría unos surcos rojos en mis nalgas, y yo respingaba, y el cuero volvía a caer, y dolía. Días dolían los azotes, y de noche dolían.
Doña Agustina, jadeante, me preguntaba:
¿Quién soy yo?
La Virgen María.
¿Y usted?
El Papa.
No cambiamos, con Doña Agustina, otras palabras que ésas, mientras Doña Agustina gozó del permiso de la ley para azotarme.
Ella, Doña Agustina, mientras gozó del permiso de la ley para azotarme, me acariciaba las nalgas con el talero, rebenque, látigo, o llámese como se quiera llamar a lo que silbaba en la penumbra del dormitorio de mis padres, y yo, en el dormitorio de mis padres, boca abajo en la cama de mis padres, olía el perfume de las cremas de belleza de Doña Agustina, la del culo que sólo Dios pudo dibujar, y orinaba en la cama de mis padres.
Oriné en la cama de Don León y de Doña Agustina todas las veces que la dama del bello culo surcó mis nalgas con su látigo, rebenque, talero, o lo que fuese que silbara en el silencio y la penumbra de ese dormitorio donde yo respiraba los olores de las cremas con las que la señora Osornio se untaba el cuello, las mejillas, el mentón, la frente, los pechos, las manos, el vientre, las piernas.
Doña Agustina, cuando yo le orinaba la cama, solía encerrarme en una pieza fría, sin ventanas y sin muebles, de dos metros por dos, que usaba para recluir a sus esclavas, si ella suponía que la desobedecían, y las aterrorizaba, en esa pieza, con los poderes del Diablo, con rezos interminables, con su fusta lloviéndoles sobre espaldas y tetas.
Una mañana abandoné la casa de Don León Ortiz de Rozas, mi padre. Mi madre, Doña Agustina López de Osornio, antes de que yo montara a caballo y abandonara, para siempre, la casa de Don León Ortiz de Rozas, me pidió el cuchillo que llevaba en la cintura.
Mi madre era bella. Mi madre era una bella mujer. Era tan bella como su culo. Y mi madre, que era una bellísima mujer, cortó, con el cuchillo, su larga, sedosa trenza. Y me devolvió el cuchillo, y me dio la larga, sedosa trenza.
Tengo aquí, en mi farm del condado de Swanthling, su larga, sedosa trenza.
Desde hoy —dije—, soy mi único dueño.
Desde hoy —dije—, soy Rosas, no su hijo Rozas.
Dije:
No quiero su herencia. Y si me contraría, y me deja herencia, la repartiré entre pobres y necesitados.
Mujer —dijo mi padre, que no sonreía—, no conociste nunca a Rosas. Ahora, mujer, ocúpate de tu marido.
La perra en celo no tiene frío.
La perra en celo no tiene hambre.
La perra en celo tiene miedo.
¿De quién son esos pasos en la nieve?
¿Quién busca mi puerta?
El doctor Bradley me dijo: Camine, general Rosas. Caminar ayuda a la circulación de la sangre, a la irrigación del cerebro.
Camino alrededor del brasero.
No lloro.
Carbón para el brasero.
Cenizas en el brasero.
Camino alrededor del brasero.
Nieva, afuera, en el silencio.
Nadie, afuera, en el silencio.
Y yo camino alrededor del brasero. Y miro cómo llega el carbón al brasero. Y miro cómo llega la noche.
Soy Rosas.
¿Qué sentían las mujeres y los hombres y los adolescentes, porque hubo adolescentes, que Santa Coloma, Silverio Badía, Ciriaco Cuitiño, Vicente González Carancho del Monte, Leandro Alén, Salomón, iban a faenar con sus curvos sables afilados?
¿Cómo se aguantaban, en los calabozos, las horas previas al faenamiento?
¿Veían al tiempo deslizarse como aire, como nube, como polvo en el viento?
¿Tenían sed?
¿Qué les subía a la boca? ¿Qué preguntas?
¿Enloquecían?
¿Desconocían, locos, al hijo, a la madre, la vida que vivieron?
¿Veían, como vi yo, sentado en mi despacho de Palermo, dieciocho horas del día sentado en mi despacho de Palermo, entrarles el cuchillo curvo en la carne del cuello, debajo de la nuca, manejados, los cuchillos curvos, por cuchilleros duchos en faenar reses, en hundirles, a las reses, los cuchillos curvos en la garganta, y esquivar, con un cigarro en la boca, los corcovos de las reses, y escucharlas balar y mugir como si se partiera el cielo?
¿Es verdad que mujeres, hombres, viejos, adolescentes, que los hubo, cagaban sus calzones, cuando les entraba el filo curvo de los cuchillos en la carne del cuello, debajo de la nuca?
¿Y no fue Manuelita la que preguntó, una de esas tardes que yo dedicaba a alternar con Badía, Alén, Santa Coloma, Cuitiño y Salomón, si los que eran faenados —mujeres, hombres, viejos y chicos, que los había—, se redimían de sus pecados antes de que los faenaran?
Badía, elegante como un dandy, le contestó, a Manuelita, con esa voz clara y como adormilada que supo tener, aún en la muerte, que los que iban a ser faenados no se acordaban de sus deberes católicos.
A los subversivos, digo yo, métanles miedo en el alma. Cápenlos.
Berrean, mi brigadier general, cuando les entra la refalosa, comenta Salomón, respetuoso.
Eso, mi brigadier general. Berrean.
No me consta.
Yo, que los escucho desde lo alto de mi cara, desde esta máscara que calza mi cara, digo, grave, afable, exigente:
Usted, mi coronel Santa Coloma, exagera. Degollé indios en el sur, y los indios bramaban, las piernas duras y el cuerpo duro como el acero.
Indios, mi brigadier general, no cristianos, no cristianos bautizados por la iglesia de Dios, con perdón de la señorita Doña Manuelita.
Le asiste razón, Santa Coloma.
¿Cómo es, señores, cuando se tira, a los ríos, amarrados dentro de una bolsa, a los subversivos?
¿Cómo es cuando se los capa?
¿Cómo es, señores, cuando se les corta la lengua?
¿Cómo es cuando se les rebana, limpita, la piel del lomo, del pecho, del cráneo?
Hace el mal sin pasión, escribió de mí, el señor Sarmiento. Acepto eso. Y lo acepto porque soy argentino, y porque los argentinos, unitarios y federales, y eso ya se dijo, somos puros cristianos.
Y el señor Sarmiento, que es argentino, escribió, desde el silencio de un escritorio:
Derrame sangre de gauchos, que es barata.
Que se escriba qué diferencia al general Rosas del señor Sarmiento.
Un paisano detrás de otro desmonta, día a día, en este otoño de 1851, a la puerta de mi despacho, en Palermo, y me comunica, la boca seca, la barba crecida, el polvo de los caminos blanqueándole la cara y la barba crecida, el caballo vencido por un galope que no conoció respiro, que el gaucho Urquiza se levantó contra el gobierno de la Confederación Argentina. Que se levantó contra mí, que es lo mismo.
El gaucho Urquiza sublevó Entre Ríos contra mí. Y los paisanos de Entre Ríos no le fallarán al gaucho Urquiza.
Es dueño, el gaucho Urquiza, de las mejores tierras de Entre Ríos, de las mejores pasturas, de los mejores frutales, de las hembras mejor puestas de Entre Ríos. Siembra trigo, el gaucho Urquiza. Y pobló Entre Ríos con su verga.
El gaucho Urquiza es dueño de tres mil caballos y ochenta mil ovejas, y cuarenta mil vacas. El gaucho Urquiza controla quince o veinte saladeros. Exporta carne, y protege la industria de los entrerrianos. Y sus estancieros, y las mujeres de sus estancieros, visten a la europea. Sus putas son europeas.
El gaucho Urquiza da de comer a Entre Ríos. Y ganó, para mí, las batallas de India Muerta, Laguna Limpia y Vences, a punta de coraje, de un coraje como no se conoció otro igual en la historia de nuestra guerra civil.
Yo ordeno que alimenten a los paisanos, y a sus caballos, que galoparon en estas noches crueles de otoño para avisarme que Urquiza, el salvaje, levantó a su gente contra mí. Y firmó, con los macacos del Brasil, alianzas contra mí que avergonzarían hasta a un mal nacido.
Reúno a mis generales; estancieros, también, mis generales. Y reunidos, los veo viejos, y fatigados, y algunos de mis generales dicen, sentados a mi mesa, sin mirarme a los ojos, que la población y el paisanaje están hartos de desangrarse en guerras que, de pronto, han dejado de entender.
¿Es necesario que las entiendan?, pregunto a mis generales, que no osan mirarme a los ojos.
¿No dijo, acaso, el señor Sarmiento que Urquiza, el salvaje, es un pobre paisano sin educación?, pregunto a mis generales. ¿No es Urquiza un paisano como nuestros paisanos?, pregunto a mis generales.
Urquiza es rico, señor, dicen mis generales. Si va a morir, sabe por qué va a morir. Nuestros paisanos, señor, dicen mis generales, son pobres.
Yo digo a mis generales que, quienes me quieran bien, estarán a mi lado, cuando salga a escarmentar al gaucho Urquiza. Degollaré a los que me abandonen. Y miro a mis generales, que no me miran.
Y miro a mi general Ángel Pacheco, y mi general Ángel Pacheco se retuerce las guías de su bigote, y me sonríe. Conozco esa sonrisa taimada: es la del estanciero, que se toma su tiempo para contestar, cuando escucha una oferta cargada de los desamparos de una urgencia inútil.
Trazo, en los suelos secos de mis cuarteles, el plan que derrotará al gaucho Urquiza. Los generales, que me rodean, miran las líneas que tracé en el suelo seco de mis cuarteles, y montan a caballo.
Mis ordenanzas traen mate. Mis generales toman mate, y miran, montados en sus caballos, las líneas que trazo en el suelo seco de mis cuarteles, con el cabo de un látigo, y que es el plan, digo, que acabará con las ínfulas y las supercherías del gaucho Urquiza.
Digo: Usted, mi general Pacheco, al centro. Y mi general Pacheco talonea su caballo, y los quinientos hombres de su escolta toman rumbo al río Las Conchas, y lo cruzan en busca de los campos de El Talar de López, la estancia de Don Ángel Pacheco, y de los asados, el vino y la vida que los recibirán en la pródiga estancia de Don Ángel Pacheco.
Digo: Usted, mi coronel Lagos, que le puso cara al general Pacheco, cubra los huecos que deje mi general Pacheco, y dele pelea al gaucho Urquiza, y cuelgue a los macacos brasileros de cuanto árbol encuentre a su paso.
Digo: Usted, coronel Chilavert, que es fiel a su palabra de hombre y de soldado, que es unitario y no teme morir, hágase cargo de la artillería, y no le escatime bala al gaucho Urquiza.
Y digo esto, y me quedo solo, y miro la espalda de mis ejércitos que marchan hacia la mañana que los espera en los campos de Caseros.
Y, cuando me quedo solo, una punzada en el vientre me dobla en dos. Mando llamar a un gallego, que fue enfermero en las guerras africanas de España, y que entró a mi servicio, en Palermo, recomendado por Manuelita, y el gallego me palpa la panza, y mueve la cabeza, y dice que la cosa no le gusta nada, pero nada, y dice que me acueste.
Me acuesto, y el gallego dice que me va a auscultar, y yo suelto la risa.
De qué se ríe, mi señor Rosas, pregunta el gallego, que huele a ajo, a vino, y que es petiso y es morrudo.
De eso que dijiste, gallego: que me vas a auscultar.
¿Permite el señor Rosas usar unas palabras, vamos, poco decentes?
Hable, gallego.
Usted, señor, tiene el culo de un jovencito, pero está estreñido… Las guerras estriñen a más de uno, señor.
Ajá… ¿Entonces?
El colon está obstruido, mi señor Rosas.
Ajá.
Lo que veo, señor, es una sustancia parecida al yeso.
Siga, gallego.
Aconsejo, mi señor Rosas, una lavativa de agua tibia y aceite.
Traeme a Manuelita.
Sé quién camina en la nieve.
Yo, de pie, tomo mate.
Consigna del general Rosas a la población:
La patria no es el hogar de la casualidad.
Diez mil jinetes caen sobre mis ejércitos, en los campos de Caseros. Entrerrianos, los jinetes. Y entrerriano Urquiza, su jefe.
Son, a la luz de la clara mañana de febrero, como un interminable temblor de sangre, acero y rabia que sacude la tierra, disuelve las formaciones de mis ejércitos, y los deshace, los machuca, los arrasa, y les instala, en los huesos, los espasmos de la horca y el degüello.
Doy un tirón de riendas a Victoria, y tomo el camino que lleva a Buenos Aires.
Miro al lobo.
El lobo me mira, plantado en la nieve, gris y joven, y los ojos le brillan en la tarde que se aleja.
Tomo mate, de pie, en mi rancho, en el calor de mi rancho, protegido del frío y la nieve por paredes de madera y piedra, por los vidrios de la ventana, por el carbón que echo al brasero.
Miro las pisadas del lobo en la nieve, su pelambre, los colmillos que le centellean en la boca roja y furiosa.
¿Sabe el lobo de su orfandad, allí, afuera?
Voy en busca de mi escopeta.
Lord Palmerston murió.
Yo estoy vivo.
Hablarán de mí, en su tierra, lord Palmerston, como nunca se habló de otro hombre en la historia de las naciones.
Yo soy como una novela de ese Shakespeare que, usted me lo dijo, fundó el idioma inglés.
Yo quedo.
Lord Palmerston es un nombre en un manual para chicos de escuela primaria, que los chicos aprenderán un día, y olvidarán al siguiente.
Yo quedo.
Patria, no te olvides de mí.
Nieva.
Hiela.
El día se fue.
Miro a Rosas.
Es triste todo.
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