El gran silencio
1. Ecce homo
Tardé más de quince años en descubrir que la estampita con la cara de Cristo que colgaba del dormitorio de mis padres era mi propia cara. Lo descubrí en los lavabos de un vestuario, en México D. F., después de un combate a doce asaltos que no debió pasar de cinco. Unos brazos me bajaron del cuadrilátero, igual que a Cristo de la cruz, mientras mi alma seguía tendida sobre la lona y mi cuerpo balbuceaba en pie, flotando en medio de una espesa niebla de sangre. Mi alma y mi cuerpo se reencontraron en el espejo del vestuario, cuando las grandes larvas rojas que caían de mi nariz se estampaban pesadamente sobre la loza y mi mano abría el grifo para dejar correr el agua. Agaché la cabeza para mojarla y recibir un chorro frío en la nuca, y sufrí un acceso de pánico al erguirme y no reconocer en los párpados cerrados, los pómulos hinchados y los labios tumefactos, el estandarte habitual de la cara.
La estampita a la que mi madre había puesto marco y había colgado encima de su cama, era un primer plano de Cristo camino del Calvario, con el rostro ensangrentado y magullado, y debajo, una leyenda en latín que rezaba «ecce homo». No era un retrato muy bueno ni muy realista tampoco. Representaba el momento más humano de Cristo, expuesto como un luchador en un mercado de esclavos, jadeante y exhausto, cubierto de marcas de latigazos, unos momentos antes de que su espalda crujiera bajo el peso de la cruz y cuando su rostro no era ya más que un lienzo torturado y agobiado por una trama de diversos fluidos corporales: sudor, sangre, saliva.
Como se ve, los gustos artísticos de mi madre dejaban mucho que desear, porque aquel cuadro, desde luego, no era una obra de arte ni un artículo de fe, sino una salvajada: se veía que el artista, fuese quien fuese, había disfrutado lo suyo pintando los latigazos, los gargajos y las bofetadas, casi tanto como los sádicos que los propinaron. No era un pintor muy bueno, de hecho, la corona de espinas parecía un buñuelo y la expresión del rostro era más de animal que de hombre, pero eso acentuaba más si cabe el sufrimiento de aquel Dios que, según mi madre y el cura de la parroquia, había muerto por nosotros.
Yo contaba diez años y la muerte todavía no era más que una idea abstracta, algo que sólo pasaba en los telediarios y en las películas, o a algún anciano del barrio. La muerte era una posibilidad remota que latía agazapada en las ruedas de los coches, en la calle que cruzábamos treinta veces al día para ir hasta el descampado y fabricar una pista de tierra donde jugar a las chapas. Volvía a casa con las manos sucias de tierra y las rodillas desolladas por alguna caída y entonces mi madre decía: «Mírate, pareces un ceomo, vienes hecho un ceomo». Ella no sabía, y yo tampoco, que ese calificativo no era más que una contracción popular del latinajo que orlaba la estampita de su dormitorio. Un cura listillo condescendió a explicármelo en mitad de una clase, con una sonrisa de desprecio y de lástima, y yo subí a la tarima y le rompí la sonrisa y la cara.
Por aquella época, ya había cumplido los quince, ya no jugaba a las chapas y seguía sin mirar a los lados al cruzar la calle que llevaba a mi casa. Entre otras cosas, ya había descubierto que Cristo no había muerto por nuestra culpa ni se había llevado una somanta de hostias por nosotros. Las hostias no se endosan igual que los cheques. La tunda se la llevó él sólito y todos los demás inventos de los curas del colegio —el rollo de la culpa y la expiación, la intercesión y el alma lavada de pecados— eran cuentos chinos. Puede que la cruz fuese su destino, pero la cruz no incluía forzosamente los latigazos y las bofetadas, las pedradas y los escupitajos: todo eso vino gratis, igual que el sobre extra de champú que regalan con un gel de baño.
«Ecce homo»: he aquí el hombre. Ésa fue la última lección que recibí en el colegio antes de que me expulsaran. Le rompí la cara a aquel listillo por corregir a mi madre, por reírse del modo en que mi madre usaba una expresión en latín para explicar un labio partido, un moratón en el brazo o una rozadura en el codo. Hice bien: aunque entonces aún no sabía que me ganaría la vida con las manos, empezaba a comprender que podía tropezar con aquella estación del vía crucis en cualquier momento, lo mismo sobrio que borracho, temblando entre las doce cuerdas o en el zapateado de un gitano, en un combate reglamentario por el título mundial o en una pelea de críos pegándose por unos cromos. Lo que no sabía es que iba a volver a encontrar ese rostro de dolor y de desamparo absoluto dentro del sobre de un informe forense, en una fotografía donde sólo faltaba la corona de espinas.
Para quien siempre consideró el colegio como un embrión de la cárcel, los domingos por la tarde siempre tienen el aroma triste y rancio de la vuelta al colegio. La semana ha muerto y su cadáver empieza a corromperse justo en esos platos todavía manchados de grasa, en esos minutos turbios que preceden a la siesta. Incluso la siesta en el sofá, delante de la televisión encendida, que nadie ve ni oye, es como un anuncio publicitario de la muerte, con nieblas grises sacadas de mañanas de lunes, sotanas prehistóricas y jirones de himnos. Todavía amodorrado, oí cómo mi madre me gritaba desde la cocina que cogiera el teléfono y respondí al móvil —«¿diga, diga?»—, oyendo la voz de Sebas como si viniera desde otro mundo, desde los oscuros corredores de un colegio que ya no existía, entre los fantasmas de tiza de mis compañeros muertos.
Sebas me dijo que una especie de galápago llamado Morales me estaba buscando. Le cité en el Oso Panda a las siete de la tarde y apagué el móvil. Por un instante, con la cabeza embotada de sueño, tuve una reminiscencia del mismo plato sucio donde mi padre dejaba caer la ceniza del cigarrillo después de comer. Pero mi padre llevaba muchos años muerto, nadie fumaba ya en la casa, y los platos estarían escurriéndose en el fregadero, porque mi madre siempre se levantaba como un resorte para fregar los platos sucios, ya fuese fiesta, domingo o Navidad. Fui a la cocina a beber un vaso de agua y la encontré con el delantal puesto, frotando la bandeja del horno, y mirándome con esa expresión de lástima y de tristeza inquebrantable con la que las madres se enfrentan a lo que no tiene remedio.
—¿Estás sordo, hijo? El teléfono llevaba una hora sonando.
—Me quedé dormido, mamá —dije, acercándome hacia el armario. Ella adivinó mis intenciones y se me adelantó: abrió el grifo, cogió un vaso y lo llenó de agua fresca.
—¿Quién era? —preguntó, secándose las manos en el delantal.
—No lo sé —dije, después del primer trago—. Alguien que quiere encargarme un trabajo, supongo.
—¿Un trabajo? ¿En domingo?
—Los domingos ya no son lo que eran.
Mi madre meneó la cabeza con el mismo gesto de fatalidad y desamparo con el que había aceptado todas las decepciones de mi vida: la expulsión del colegio, la decisión de hacerme boxeador, la primera victoria, la única derrota. Incluso el cinturón de campeón de Europa, que tanto hubiera alegrado a mi viejo, lo había aceptado a regañadientes, como un regalo demasiado caro elegido con muy poco gusto que ahora tuviera que llevar aunque no le agradase. El cinturón, una cincha de cuero gruesa y con brillantes falsos, colgaba de la pared de mi antiguo dormitorio, pero supongo que mi madre lo hubiera arreglado con un par de puntadas —conforme a esos patrones que recortaba de anticuadas revistas de moda— para adaptarlo a un vestido de noche.
Aparte de la pensión miserable que le pasaban todos los meses, mi madre sobrevivía gracias al arreglo de vestidos para algunas señoras de los barrios ricos: mujeres demasiado orgullosas o demasiado inútiles para enhebrar una aguja llamaban a mi madre para que les acortara una falda o les cosiera un dobladillo. El ruido de la máquina de coser —un viejo artilugio de pedal que traqueteaba con el mismo ritmo de una locomotora fatigada— solía picotear mis oídos cuando era un niño y jugaba por los pasillos de la casa. Con la bolsa de una de mis primeras peleas le regalé a mi madre una máquina de coser eléctrica, la más cara que encontré, pero nunca terminó de acostumbrarse a ella y la acabó guardando dentro de su estuche en un rincón del trastero. En realidad, no le gustaba el dinero que provenía de mis peleas y hoy, cuando hacía años que me había retirado del boxeo, me costaba un mundo conseguir que aceptara alguna ayuda mía, como si supiera que aquellos billetes que recogía a regañadientes estaban manchados de sangre.
—Bueno —dije, dejando el vaso en el fregadero—. Tengo que irme.
—¿Tan pronto, hijo?
Me encogí de hombros. Siempre que aceptaba la invitación de mi madre un domingo me quedaba sin palabras a mitad del almuerzo. Nunca habíamos tenido mucho que decirnos y el reproche mudo de sus ojos, los muros de silencio entre cucharada y cucharada, sus rápidos paseos hasta la cocina para retirar una fuente o traer el salero, todo eso no contaba nada ante el hecho de que ella era mi madre y yo su único hijo. Quizá no era un buen hijo, pero así eran las cosas. Aquellas quejas no expresadas se iban acumulando en el mismo despacho de correos donde se almacenan las cartas sin remite, junto con las invitaciones desdeñadas, las mujeres que dejamos pasar de largo en una barra, los golpes bajos y los combates nulos.
Le di un beso en la mejilla y salí a la calle. El sol de las cuatro me golpeó en plena cara, dejándome ciego durante unos segundos. Un chucho perdido se acercó a husmearme los zapatos y lo aparté de una patada. La luz daba de lleno sobre las paredes encaladas de aquella hilera de casas bajas que habían sido el decorado de mi niñez. Una acera llena de cacas de perro, un bosque de antenas de televisión, tabiques de hojaldre junto a los que me sentaba a oír las broncas de los vecinos. Durante mi breve carrera pugilística no había ganado dinero suficiente para comprar a mis padres la mansión que me prometí a mí mismo darles algún día: una casa de dos plantas rodeada de jardines de verdad, con piscina, perro guardián y una alta verja de hierro, igual que los chalés de Arturo Soria donde mi madre iba a entregar sus vestidos. Cuando no era más que un crío, me gustaba acompañarla, subir al autobús atestado de gente mientras mi madre apretaba contra el pecho el paquete donde había envuelto delicadamente los encargos. Yo no era más que un renacuajo, pero en aquellos viajes alcancé a percibir la frontera sutil que traspasaba el autobús cada vez que dejaba atrás la Cruz de los Caídos: los coches caros, las alfombras de césped, el olor a eucalipto y a lavanda, los árboles que derramaban generosamente su sombra por las calles. Ni siquiera los críos jugaban con los mismos juguetes descoloridos y baratos que los chicos de mi barrio: no llevaban cochecitos de plástico o espadas de madera, sino autos teledirigidos y rifles de pistones, y años más tarde, en las terrazas de verano, aspiré perfumes caros, comprobé la distinta calidad de las ropas, el resplandor de la piel de las jovencitas ricas y el brillo de los cabellos femeninos cuando han crecido sin otra preocupación que parecerse a la seda.
Envidia, sí, puede ser. Piensen lo que quieran. Miraba la cabeza gris de mi madre y sus manos, estropeadas por la costura y por años de coladas con jabón casero, y pensaba en la injusticia de haber nacido en un barrio sin jardines ni verjas, un barrio flanqueado por un solar sembrado de cascotes donde abundaban las arañas y las lagartijas, el olor a repollo de los portales, los bares atestados de gente a cualquier hora, siempre llenos de hombres taciturnos que bebían cerveza tras cerveza en un silencio maligno, y mujeres que volvían a casa después de pasarse el día fregando escaleras.
Por aquel entonces, ni siquiera sabía que existía algo llamado paro. Si me mandaban a comprar vino blanco a la bodega, me quedaba mirando el calendario donde una rubia espectacular me sonreía desde otro mundo, mientras sentía clavados en mi nuca los ojos de aquellos hombres nublados de vino. Pasaba el tiempo y las chicas se turnaban en los calendarios, cambiaban de bikini o de peinado, eran pelirrojas o morenas, llevaban lencería fina o iban desnudas, pero no envejecían, no morían, no se quejaban. Ése era su trabajo: hacer felices a los hombres que bebían solos en las bodegas o que se tiznaban de grasa en un taller de coches. En cambio, los ojos que resbalaban sobre el espejismo dorado del calendario eran siempre los mismos, vacíos, sanguinolentos, trémulos, igual que las manos que apretaban el vaso o la jarra de cerveza con otro fardo de tiempo a las espaldas. Años después comprendí que el paro había diezmado a toda una generación de mi barrio, del mismo modo que las jeringuillas y las cucharas se llevaron a buena parte de la siguiente o la cirrosis a mi padre.
Cuando pasaba frente al centro de recreo para la tercera edad que habían levantado en medio del descampado donde solía jugar de niño, me asaltó un recuerdo espurio: por un instante, pensé que las arañas que habitaban el viejo muro carcomido, y que cazábamos con palos, seguían habitando los intersticios de los ladrillos. Tres ancianos tomaban el sol sentados en un banco, junto a uno de los muros. El de en medio levantó su bastón en un vago ademán de reconocimiento, como si espantara a una avispa. Respondí a su saludo y entonces alzó una mano, haciendo una señal para que me acercara.
—¿Esteban? —preguntó con un golpe de tos—. ¿Tú eres Roberto Esteban?
Afirmé con la cabeza. El anciano refunfuñó algo en voz baja a sus colegas, algo como «¿Qué os decía yo?», y hundió el bastón en la arena.
—¿Seguro que eres Esteban? ¿El boxeador, el hijo de la Nati?
—¿Le conozco? —pregunté, lamentando haberle dado pie.
—No te acuerdas de mí —dijo el anciano, moviendo la cabeza muchas veces—. No te acuerdas. Yo era amigo de tu padre. Salvador.
Miré aquel rostro viejo y arrugado, tan parecido a los estropajos que mi madre se empeñaba en usar hasta que se le deshacían entre las manos. Miré la boca fláccida, sostenida por la dentadura postiza, y los ojos perdidos entre un montón de telarañas, pero no encontré nada, ni el menor signo que lo atara al pasado. No era más que un anciano anónimo bajo una boina, perfectamente intercambiable con cualquier otro anciano del barrio, con cualquiera de los colegas que le hacían compañía.
—Salvador, claro —dije—. ¿Cómo vamos?
—Cómo vamos a ir —masculló en una mezcla de exclamación, pregunta y responso—. Como el barrio.
—Ya —dije, y estreché la mano que se había quedado tendida en el aire desde su saludo con la paciencia de una vieja araña—. Me alegro de verlo.
Ya me alejaba calle abajo cuando vi que el viejo me hacía señas otra vez con el bastón. Volví a acercarme, me pareció que quería decirme algo. O eso o la dentadura se le había desajustado: el viejo movía la boca muy despacio y las palabras parecían flotar a un palmo de su cara.
—¿Qué ha sido de ti? —descifré al fin—. ¿Qué ha sido de ti todos estos años?
La pregunta del viejo me estuvo escociendo toda la tarde. ¿Qué había sido de mí?
Era fácil de responder: había sido reciclado, lo mismo que aquel descampado, el antiguo colegio de los curas, o los pantalones campana que usaba a los catorce años. Mi madre —que jamás tiraba nada— usaba aquellos viejos vaqueros como piezas de recambio para otros pantalones —perneras, parches, rodilleras—; el colegio, que ocupaba la planta baja de un piso de vecinos, ya no era más que una tienda de ultramarinos; el descampado, mi antiguo campo de recreo, servía ahora para que unos cuantos jubilados jugasen al dominó o a las cartas. Mi carrera de boxeador, que tiempo atrás había llenado de orgullo a esos mismos jubilados, obedecía las leyes de la física, las cuales dictan que todo cuerpo debe caer a tierra cuando se agota el impulso que lo arrojó a lo más alto. Como una comadrona que juega con una criatura, la gravedad me había cogido otra vez entre sus brazos, obligándome a describir la misma caprichosa parábola que todos los púgiles que me habían precedido en el trayecto. El alcohol, las drogas, el matrimonio, la cárcel: daba igual el atajo que uno tomara, siempre iba a dar a la barranca, al despeñadero donde hacían cola los campeones que reinaron un día y que ahora se dedicaban a aparcar coches o a montar guardia en la entrada de las discotecas de moda.
Por mi parte, excepto el matrimonio, había tomado todos los atajos. Había bebido hasta embalsarme el hígado y había probado no la cárcel, pero sí un par de calabozos de comisaría. Había alquilado mis puños en peleas de mala muerte y había sido matón en casinos y burdeles. Mientras conducía de vuelta a casa, recordé aquellas trifulcas nocturnas con niñatos que gastaban cortaúñas en lugar de navajas y borrachos que ni siquiera se sostenían en pie solos. Era triste, pero era lo que había. El cura aquel al que rompí la cara de una hostia se presentó en el despacho del director, delante de mis padres, el día que me expulsaron. El muy hipócrita dijo que me perdonaba; yo apreté los puños de rabia y por poco no le parto otra vez la cara. El director se atrevió a sermonear a mi madre, luego se volvió hacia mí y me dijo que tuviera cuidado con el camino que eligiera a partir de entonces. Elegir, no me jodas. Como si en la vida se pudiera elegir.
Mis manos eligieron por mí, el barrio eligió por mí. Había intentado escapar de allí mediante el boxeo, y el boxeo —mejor dicho: su envilecimiento, su reventa callejera— me había traído de vuelta al barrio. Daba igual que hubiera combatido en México o que viviera en un apartamento en Ópera: aunque cruzase medio mundo para disputar una pelea que me convertiría en aspirante al título mundial, subía al cuadrilátero con el aroma de mi barrio pegado a mis calzones. Aunque ahora, después de tantos años, tuviera que cruzar todo Madrid para volver a casa, seguía llevando encima el viejo olor a bodega y las chicas desteñidas de los calendarios.
En cuanto llegué a casa, me pegué una ducha. Sin saber por qué estaba furioso y mientras me secaba con la toalla, pensé de repente si con esos restregones quería despegarme la roña del pasado. Después de todo, San Blas no era tan malo; en Madrid había sitios mucho peores, calles donde la gente jamás mira de frente y plazas arboladas donde señoras que no merecerían limpiar los pies a mi madre sacaban a cagar a perritos cursis que no podrían hacer frente a una pelusa.
Llené la cafetera y la puse al fuego. Luego fui hacia la pecera y espolvoreé una pizca de comida para peces en el agua. Las partículas de colores se hundieron lentamente mientras el Señor Rodríguez las miraba sin prestarles mucha atención, mordisqueándolas de vez en cuando, como si sólo aceptara alimentarse al borde del hambre, empujado por un chantaje biológico. Algunas veces me tentaba la idea de soltarlo en un río, pero no estaba muy seguro de que el Señor Rodríguez, por muy duro que fuese, pudiese sobrevivir en el Manzanares. Cuando Sebas me lo regaló, años atrás, en una fiesta de cumpleaños que celebramos en el Oso Panda, ni siquiera supo decirme si era un pez de agua dulce. El tipo de la tienda sólo le había dicho que se trataba de un luchador tailandés y se lo había vendido junto con una pecera llena de corales de plástico y rocas falsas.
Fue lo más parecido a una auténtica fiesta de cumpleaños que había tenido desde la niñez. Sebas insistió para que me quedase hasta la hora del cierre e incluso invitó a algunas de las chicas que trabajaban en la calle y en los topless cercanos. En un momento dado se agachó y, cuando ya pensaba que iba a sacar una tarta con velitas, apareció con la pecera y su pequeño inquilino inspeccionando los cuatro rincones de su transparente prisión. Desde el momento en que lo vi, el Señor Rodríguez me recordó a un boxeador en el momento de saltar al ring, impaciente, nervioso, con la bata echada sobre los hombros, calentando los músculos y brincando de un lado a otro de la lona. Entonces, en ese preciso instante, tuve una sensación extraña, una revelación, una suspensión del tiempo, un hechizo. No había bebido ni una gota (hacía años que no probaba el alcohol) pero volví a tocar fondo, oí otra vez la cuenta de protección del árbitro en un rincón neutral, antes de que Chamaco se lanzara a por mí, y reviví el crujido de terror con el que mi alma se despegó de la carne. Yo creía (lo creí durante todos estos años) que mi alma y mi cuerpo se habían reencontrado en los lavabos, después del combate, pero ahora, contemplando ensimismado los lentos giros de aquel minúsculo embrión rojo, comprendí que no, que mi alma seguía flotando en un limbo cercano, tanteando paredes de carne, golpeando las puertas de los aposentos de donde Chamaco la había expulsado a puñetazos. Allí había estado todos esos años, revoloteando fuera de mí, ajena a mis caídas y mis derrotas, y allí seguía en silencio, dando tumbos, como el feto de un aborto flotando en un frasco de formol, esperando que la dejen entrar de nuevo al mundo. No era más que una polilla asustada aleteando entre putas de mil duros, chocando contra las botellas de ron y de ginebra que había alineadas en las estanterías del Oso Panda. Alguien soltó un chiste que no oí: cuando levanté toda la cabeza, Sebas y las chicas se estaban riendo a carcajadas. Una de ellas dijo que lo mejor era que colocase un espejo en la pecera para aliviar la melancolía del animal (y desde entonces, el Señor Rodríguez solía pasar las horas muertas enfrente del espejo, escudriñándose minuciosamente, hipnotizándose a sí mismo, flameando sin esfuerzo, como un pequeño coágulo de sangre al que, de repente, le brotaran alas) y, con algo parecido a la envidia, añadió que aquel pececillo solitario no toleraba otros peces cerca, ni siquiera de su misma especie. Se matarían a mordiscos. Le pregunté si lo sabía porque era tailandesa. En realidad me dieron ganas de preguntarle cómo es que, sabiendo tanto de peces, trabajaba donde trabajaba. Entonces Sebas, que no había dejado de observar cuidadosamente al pececillo, comentó que empezaba a parecerse al dueño, y le mandé a tomar por culo. No sé si lo decía en broma o en serio, no sé si refería a la incesante persecución de un fantasma o a su perenne aire de mala leche, pero a mí el Señor Rodríguez, con sus bruscas idas y venidas y su perpetuo mal humor me pareció un pobre gilipollas, un matón de pecera siempre en busca de bronca. La verdad es que ya le tenía lástima, me hubiera gustado soltarlo en un estanque o en un río, pero no en Madrid: aquí no hubiese tenido la menor oportunidad. ¿Qué se podía esperar de una ciudad que en vez de río tenía un churrete de agua sucia y mierda?
Encendí el aparato de música y Schumann inundó la habitación. Me serví el café en una taza y añadí azúcar. El Señor Rodríguez nadaba en medio de la música de cristal de su pecera, sorteando anémonas de plástico y rocas artificiales, mientras yo lo miraba flotar en las aguas turbulentas del piano, entre las burbujas de mi propia soledad. Es posible que si alguien —alguien que no nos conociera— nos contemplase justo en ese instante, pudiera sacar una idea equivocada de la situación: una escena nada violenta, apacible, hogareña; un hombre solo que toma un café un domingo por la tarde mientras escucha la Fantasía en Do Mayor de Schumann y contempla tranquilamente a su pez en su pecera. En cierto modo era verdad, pero nuestro hipotético espectador no debería olvidar que el pez era un luchador tailandés y que el hombre era yo.
Llegué al Oso Panda con media hora de retraso. Saludé a Sebas al entrar y él me señaló con la cabeza a un tipo sentado al final de la barra. Debía de tener bastante interés en verme si había malgastado buena parte de la tarde en un garito infecto como el Oso Panda, pero soy de la opinión que pocas cosas mejores pueden hacerse con una tarde de domingo, aparte de esperar el lunes.
Lo estudié durante un minuto largo y convine en que la descripción que me había hecho Sebas por teléfono era bastante acertada: una especie de viejo galápago desecado que observaba su vaso de whisky con hielo como si se tratara de alguna especie de insecto paleolítico. Me fijé en que apenas había probado la bebida y que, en el tiempo que llevaba esperándome, el whisky casi se había disuelto por entero en el agua, teñida de un vago color ámbar.
—¿Señor Esteban? —dijo de repente.
Se volvió hacia mí con un movimiento elegante y elástico que desmentía la impresión de vejez. Se hacía difícil calcularle la edad: tenía uno de esos cutis apergaminados, inmortales, dorados a fuego lento bajo la parrilla del sol y las travesías náuticas; los ojos claros circundados de arrugas que, más que edad, parecían revelar experiencia, sabiduría marina, crueldad tal vez. Llevaba unas gafas ahumadas, unas zapatillas de deporte y un chándal azul fluorescente que no desentonaba del todo con la decoración del local; unos colgantes de oro que relucían sobre el vello blanco del pecho, justo bajo la piel colgante del cuello que se dividía en dos pellejos de carne morena, estriada y cuarteada. Tenía el mismo gusto descaradamente hortera que muchos empresarios dueños de equipos de fútbol; de hecho parecía que venía de asistir a un entrenamiento. Pero Sebas se había equivocado: no parecía un galápago sino una iguana, una milenaria y canosa iguana calzada con unas deportivas sin estrenar y un chándal del inserso.
—¿Es éste su local favorito? —preguntó—. Permítame decirle que el whisky no es muy bueno.
—No sabría decirle —dije—. No bebo alcohol.
—Es uno de los vicios que un anciano puede permitirse, digan lo que digan los médicos. ¿Puedo preguntarle por qué no bebe?
—Sí. Puede preguntarlo.
El viejo se quitó las gafas y alineó una risita feroz, hecha con dos hileras de dientes blancos y perfectos, más dos pupilas azul antártico. Sacó la pitillera de oro de la chaqueta del chándal. Entre eso, el mechero que extrajo a continuación, las Rebook de importación y el trabajo del dentista, calculé que llevaba encima el alquiler de mi casa por un par de años.
—Y tampoco fuma, claro —dijo encendiendo un cigarrillo.
—Tampoco fumo.
—Entonces no me habían mentido sobre usted —dijo, aspirando una bocanada de humo y soltándolo poco a poco por la nariz: una vieja iguana respirando en tierra volcánica—. Me llamo Morales, Nicolás Morales.
—Encantado de conocerlo —dije—. ¿Puedo saber quién le ha estado aleccionando sobre mis costumbres y vicios, señor Morales?
El anciano se relajó en la butaca y echó un vistazo a la penumbra moteada del local como si se tratara de un parque de atracciones. En una de las mesas, un par de putas charlaban bajo una cristalera de colores; en otra, una pareja de mediana edad hacía manitas entre daiquiris y almendras. En la televisión, colocada en un pedestal alto, al fondo, Sebas tenía puesto un vídeo de patinadoras, como siempre. Una chiquilla rubia, vestida con un trajecito blanco, se deslizaba sobre las cuchillas como si llevase alas en los pies, un emblema de la fragilidad de los actos humanos y de la rapidez con que se esfuman las promesas.
—¿Les gusta el patinaje artístico?
—No lo sé —repuse—. Pregúntele a Sebas.
No iba a contarle que a Sebas su esposa le abandonó a los dos años de matrimonio y que, desde entonces, él grababa todos los campeonatos de patinaje femenino como una especie de recordatorio de lo que eran para él las mujeres: ángeles sonrientes que se deslizaban sobre hielo y cuyos pies cortaban como navajas. La muy zorra —una rubita menuda, con cara de niña— le partió el corazón. Fuese la hora que fuese, de día o de noche, de tarde o de mañana, en el Oso Panda siempre había puesto un vídeo con un delicado facsímil de su esposa sonriendo y volando sobre una nube congelada. Pero no tenía suficiente confianza con Morales como para contarle eso. Mejor que pensase que se trataba de una variante espiritual del cine porno.
—Tenemos amigos comunes, señor Esteban —empezó, al fin—. No sé si será excesivo llamarlo amigo, pero el comisario Muñoz es un hombre al que conozco desde hace bastantes años y que, en ciertos asuntos, me merece toda confianza.
—Bueno, yo no diría que Muñoz es un amigo precisamente.
Morales me estudiaba ahora con ferocidad, como si tuviera hambre. Sin embargo, su plato de almendras parecía intacto.
—El comisario me advirtió que también diría eso. Se ve que lo conoce muy bien, señor Esteban. Y eso quiere decir que es usted justamente el hombre que necesito.
—¿Para qué?
—Protección —dijo Morales, poniéndose las gafas, ocultando el destello de sus pupilas azules—. Soy representante artístico y me encuentro en una situación comprometida. Yo no, una de mis estrellas. Al principió empezó con lo típico: anónimos, ramos de flores, llamadas de teléfono a las tantas de la madrugada, amenazas. Ahora la cosa ha pasado a mayores. Alguien destrozó su coche a la puerta del teatro y la semana pasada intentaron atropellarla. Se salvó por un pelo.
—¿De quién hablamos, señor Morales?
Sus ojos se clavaron en mí como un par de chinchetas. Pensé si tenía párpados de verdad o sólo se los habían dibujado para terminarle la cara.
—¿Conoce a Laura Lasalle?
—No.
—¿Y a Laura Chacón? Era su nombre de guerra.
El nombre salió envuelto en una placenta de humo blanco. Repentinamente sentí calor y me quité la chaqueta. La colgué en el respaldo de mi butaca: el peso del teléfono móvil —un armatoste antediluviano que de móvil no tenía más que el nombre— tiraba de ella como un ahorcado de la soga. Busqué en los bolsillos y saqué un caramelo de eucalipto.
—¿La bailarina? —pregunté mientras desenvolvía el caramelo—. Claro. ¿Quién no?
—¿Qué sabe de ella, señor Esteban?
—Lo que todo el mundo, me imagino.
Todo el mundo era un decir. Pero quien haya estado alguna vez en la antesala de un dentista o en una peluquería y haya ojeado revistas atrasadas, forzosamente tiene que haberse encontrado alguna vez con ella. Una rubia delgada y lánguida, bella como una actriz de cine mudo, y famosa porque era la novia de Carlos Chacón, el bailaor gitano más grande de los últimos años. Pero Laura ya no ocupaba las portadas de las revistas del corazón, ni los reportajes a primera plana, cuando su boda con Chacón la convirtió, de la noche a la mañana, en la prima donna de la danza. Laura ascendió de golpe del anonimato al firmamento y los aficionados a la danza se frotaban las manos en espera de verlos a los dos sobre un escenario: una cópula de aire y fuego, la arrogancia del genio ardiendo al lado de una mariposa extenuada. Sin embargo, nunca bailaron juntos, no sobre un escenario al menos. Poco después de la boda, Chacón se fracturó una pierna en un accidente y los médicos aseguraron que no podría volver a las tablas, que se quedaría cojo para siempre. No pudo soportar la desgracia y cerró la compañía. En cuestión de unos pocos meses el mito flamenco se fue a pique, empezó a beber y pasó del desdén alegórico a una mueca de disgusto rancio. Ahora era Chacón quien parecía ir a remolque del prestigio de su flamante esposa y entre las malas lenguas circuló el rumor de que en realidad no se aguantaban el uno al otro y que el gitano la maltrataba.
—¿Sabe las últimas noticias? —añadió Morales.
Negué con la cabeza. Morales me miraba ahora divertido, con un brillo remoto en sus ojos voraces. Volví a fijarme en que no parpadeaba y por un instante sus pupilas azules parecieron contener toda la luz del bar.
—Se divorciaron hace unos meses, pero es algo a lo que preferimos no dar publicidad. Laura ha renunciado al apellido de su marido y quiere hacerse un nombre propio en los escenarios. Cualidades no le faltan, se lo aseguro. Pero Chacón está enloquecido desde el accidente, no la deja en paz. Mucho me temo que anda detrás de todo esto.
—¿Ha hablado con la policía? —dije, llevando el caramelo de un lado a otro de la boca.
—He hablado con Muñoz —respondió, como si hubiera alguna diferencia—. Muñoz me dijo lo que ya me temía: que la policía no puede hacer nada sólo por unas amenazas y unos anónimos. Que necesitan pruebas. Pero la danza es un arte frágil y delicado; requiere una concentración y una precisión absolutas. Laura no puede ensayar pensando que cualquier día, al doblar una esquina, un gitano del clan de los Chacón puede aparecer y rajarle la cara.
—Y Muñoz le dio mi teléfono.
—Me dijo que usted sabría hacerse cargo. Ésas fueron sus palabras. Que hablaría con Chacón y todo quedaría solucionado.
—¿Cree usted que un hombre como Chacón va a atender a razones?
Tal vez por primera vez en su vida, Nicolás Morales parpadeó.
—Mire, no sé qué entienden Muñoz o usted por hablar, pero está claro que hablando no va a solucionarse este asunto. Soy un hombre de negocios y tengo bastante experiencia, pero, la verdad, no sé cómo enfocar el problema. —Dio otra chupada al cigarrillo y lo aplastó contra el cenicero—. Usted sí, me imagino. Muñoz me dijo que es un profesional, el mejor según su criterio. Yo le pago para que proteja a Laura, para que dejen en paz a Laura. Lo que haga o deje de hacer con Chacón no es asunto mío.
—Mi especialidad es partir piernas —dije, jugueteando con el envoltorio del caramelo—. Me temo que, en el caso de Chacón, ya se me han adelantado.
—Le pagaré un millón y medio. Limpio de impuestos.
Lo dijo muy despacio, como si fuese contando los fajos con los dientes, y como vio que la cantidad no parecía impresionarme, añadió de inmediato:
—Dos.
—Perdone, pero, según parece, yo no veo la mano de Chacón por ningún sitio. Podría ser cualquiera. Reflexione un momento: no voy a partirle la otra pierna sólo porque sea demasiado gitano.
—Quizá me he explicado mal —dijo Morales, recogiendo velas—. Sólo quiero que proteja a Laura.
—No soy un guardaespaldas, ni tampoco un detective privado. Me temo que el bueno de Muñoz ha exagerado mis habilidades.
Morales movía la cabeza de un lado a otro, con un resto de sonrisa en sus labios.
—No necesito un detective, ya tengo gente encargándose de eso. Pero su presencia ahuyentaría a los matones y daría confianza a Laura. Vamos, señor Esteban, yo vi algunas de sus peleas. Era usted muy bueno. No irá a decirme que tiene miedo.
—¿Usted cree?
—La verdad, no entiendo sus escrúpulos. Ano ser que formen parte de una maniobra para aumentar sus honorarios.
Arrugué el envoltorio y lo deposité en el cenicero. Yo tampoco sabía muy bien por qué estaba rechazando aquel chollo, pero no me gustaba el olor que desprendía: un aroma que salía directamente del pecho de Morales, un perfume de colonia masculina mezclado con oro rastrillado y canas. Morales suspiró, sacó la cartera y dejó un billete sobre la barra. Luego se bajó del taburete, alargó la mano y me entregó una tarjeta.
—Llámeme si cambia de opinión —dijo—. Buenas noches, señor Esteban.
Salió del Oso Panda balanceándose como si todavía le pesara en los pies el recuerdo de la última travesía en yate. Un tipo enorme le esperaba en la calle. Yo me quedé mirándome en el espejo, pensando cómo podía infundir confianza a nadie. En mis tiempos del colegio es posible que hubiese sido guapo, pero el boxeo siempre pasa factura. Alguna de mis antiguas novias, tal vez, guardaba fotos de la época en que todavía tenía una cara, en que la nariz fracturada y el mentón hundido no estaban delante de una cadenita, formando la primera línea de la guardia pretoriana de una discoteca. En fin, también había tías a las que les molaba ese rollo. También Joe Louis, el grande, había acabado de portero en un club nocturno. Pero Joe Louis, al menos, fue campeón del mundo de los pesos pesados.
—¿Un amigo? —preguntó Sebas mientras alineaba las copas.
—Ésa es una palabra demasiado fuerte, Sebas.
Sebas asintió y dejó un zumo de naranja sobre el mostrador. Mientras bebía un trago, pensé que dos kilos eran mucho dinero. No servirían para retirarme del negocio, desde luego, pero podrían echar una mano. No tenía ganas de pensarlo, de manera que ojeé la carta de bebidas del Oso Panda, una ristra de cócteles exóticos que, en mi otra vida, había probado uno tras otro. Aunque no era muy partidario de los sabores sofisticados y un buen bourbon era por aquel entonces mi mejor amigo, podía asegurar que Sebas era un maestro de las mezclas. Ahora debía contentarme con los combinados abstemios, donde, en mi opinión, Sebas no tenía rival. Por ejemplo, el Barbarella era un brebaje de su invención; llevaba zumo de zanahoria, fresas y manzanas, pero también un ligero toque de canela o de jengibre, no sé, algo que le daba un toque a imperios remotos. Sebas era el único hombre capaz de hacer que un zumo de fruta supiera a algo, pero se negaba a darme las recetas para que yo pudiera ensayar en casa con la licuadora. Alguna vez intenté sonsacarle repasando algunas variaciones sobre los grandes cócteles clásicos, pero en ese terreno tampoco había nada que yo pudiera enseñarle. De modo que aquella noche mi austera ración de zumo de naranja se transformó en una melancólica añoranza de gotas de limón y pellizcos de sal, una genealogía de sabores fogosos y arcoiris translúcidos en la que me perdí como un eunuco en un harén turco.
Sebas seguía limpiando vasos tras la barra, flaco y calvo, silencioso y displicente, tal y como se supone que debe de ser un barman. Entonces tropecé con un nombre en la carta.
—Sebas, ¿cómo era esa anécdota que me contaste sobre el tipo que inventó el dry martini?
—Es una anécdota falsa, probablemente una fábula —dijo Sebas, acercándose hasta ponerse frente a mí—. Por lo visto, el dry martini lo inventó un barman cubano o español, no recuerdo. Se llamaba Martínez y de ahí lo de dry martini. Bien, en su vejez, el dueño de un local francés muy famoso quiso comprarle la receta. Le ofreció una millonada. Una estupidez, por supuesto, porque el cóctel ya era famoso en todo el mundo y nadie podía cambiarle el nombre. De haber aceptado, Martínez se hubiera forrado. Era pobre y murió en la miseria pero ¿sabes qué le contestó al francés? — Negué con la cabeza—. «No se puede vender la luna, monsieur». Qué te parece.
—El toque está en el monsieur —dije.
—Claro —repuso Sebas, sin dejar de limpiar los vasos—. Si algo tenía Martínez era toque.
—¿Tú harías lo que fuera por mí, verdad, Sebas?
—Ya lo sabes, tío.
—Dime la receta del Barbarella.
Soltó una carcajada y se metió en la cocina. Yo también me reí, saludé a las chicas y salí del local. La luna llena inundaba el callejón, volviendo innecesario el anuncio de neón del Oso Panda, donde el garabato de un plantígrado parpadeaba en morado y en verde. Media docena de rameras esperaban de pie, a la salida de los garitos, o apoyadas sobre los capós de los coches. Un viejo borracho, con un cartón de vino en la mano, farfullaba a nadie en particular, envuelto en una pelea con algún fantasma del pasado.
—Anda, anda. Muérete, gilipollas.
Al pasar junto a él, le puse un billete en la mano y el borracho me miró como si me reconociera, como si fuese algún adversario brotado de la nada. Luego miró el billete arrugado, murmuró otra vez «gilipollas» y me saludó con la mano. Me fui calle abajo, pensando en la réplica de Martínez. La frase tenía estilo. No se puede vender la luna, pensé. Ni comprar. Estaba sola, en otra órbita, en otro mundo, muy, muy lejos, danzando para todos, los hambrientos y los pobres de la tierra, pálida y viuda. También para mí, también para las putas, las mulatas que fumaban apoyadas en el muro, también para el borracho que había reanudado su pelea justo en el punto donde mi limosna la había interrumpido.
—Anda, gilipollas, sal a la calle. Sal de una vez.