El gran silencio
10. El Minotauro
El sabor del metal en la boca. Nada sabe igual, ni de coña, ni remotamente. Todo lo demás es accesorio: el frío, el calor, otra vez el frío, la vibración en la raíz de la mandíbula, el hormigueo en el interior de la boca, los ojos grandes y flemáticos que flotan a un palmo de mi cara. Aun con media dentadura anestesiada, basta un toquecito del metal para que al resto de mis dientes se les erice el vello que no tienen, como si supieran, en su terca y ciega existencia de hueso, que las cosas no van bien por ahí dentro. Lo demás —por ejemplo, el tubo de plástico encallado en las encías o el diminuto remolino de succión en la lengua— es simplemente molesto, secundario; el gusto del metal es lo verdaderamente obsceno, como besar a una mujer enmascarada en medio de una fiesta de disfraces y tropezar con la lengua en un aparato de ortodoncia.
—Abre más la boca, ¿quieres?
Los ojos no cambian su expresión ni un ápice. Es increíble el tiempo que puede tirarse sin parpadear un dentista. Lo sé por experiencia, porque no tengo otro sitio donde mirar, aparte de la luz de la lámpara. Por el precio que cuesta, podría poner una película. Sus ojos siguen flotando a un palmo de los míos, encima de la mascarilla que de vez en cuando palpita, ocultando palabras que sólo puedo descifrar a medias. Por suerte, no tiene mucho que decir. Abre la boca, muerde esto, aprieta los dientes. Al fin y al cabo, nunca hubo mucho que decir: te quiero, pásame la sal, jódete. Abajo, al cuerpo, baila, baila, baila. Los ojos revolotean encima de los míos, por un instante parecemos dos enamorados a punto de besarse en mitad de un sofisticado numerito, con enemas y pinzas y máscaras y tubos en la boca. La visita al dentista siempre tiene algo de sexual. Te tumbas bocarriba, te relajas y esperas que un extraño, vestido con una bata, se asome por la ventana rota de tu boca para husmear cómo van las cosas. Mala suerte que no sea una tía. Entonces la película podría animarse un tanto, con la sombra de ojos y el rímel sobre las pestañas, y el enigma de la nariz y los labios bajo la mascarilla. En vez de observar los pelos de las orejas, uno podría entretenerse adivinando qué clase de mujer te está torturando sólo por los pendientes que adornan sus lóbulos —fríos y geométricos, o rebuscados y barrocos, o bien diminutas perlas de nácar—. Menudo numerito. Sólo faltaba imaginarme atado a la silla anatómica, con correas de cuero en las muñeca, indefenso. Al fin y al cabo, era un especialista en sueños con manos atadas.
—Esto va a dolerte un poco, ¿vale?
Qué remedio. Asiento con la cabeza, mientras el tipo introduce en mi boca unas pinzas y un espejito de metal. Hurga un rato, luego las saca y coge una especie de fórceps como si él fuese un cirujano del Olimpo preparado para una trepanación y yo el puto Zeus en medio del parto. Un jodido dios griego con la cabeza preñada que fuese a parir de un momento a otro por su divina boca, en medio de un dolor puntual e increíble que atraviesa mi boca como un latigazo.
—Ya me contarás cómo cojones has podido hacerte esto —dice, sacando algo con las pinzas que prefiero no mirar—. Estás para una foto.
—Tropecé con una puerta.
Intento ser gracioso pero no sé cómo suenan mis palabras detrás de mis labios dormidos. Se pierden con el ruido de las pinzas al dejar caer su carga sobre la bandeja metálica.
—Pues sería la de un ascensor —dice, bajándose la mascarilla con un dedo.
—¿Hemos terminado?
Niega con la cabeza, con esa media sonrisa de lástima que esgrimen los médicos cuando están a punto de joderte vivo.
—Qué más quisieras. Todavía nos queda un ratito, querido. Toma, enjuágate la boca y escupe.
—Joder —digo, al ver el cuajo sanguinolento que gorgotea un instante en el remolino del desagüe—. Nunca más volveré a tomar caramelos.
—Vamos, vamos —bromea el muy hijoputa, antes de colocarse otra vez la mascarilla—. Tampoco duele tanto. Imagínate que estás en el ring.
—Entonces dame unos guantes.
No sé si ha llegado a comprender mi última réplica: tengo la boca como un pie dormido. Me reclino otra vez hacia atrás mientras él le guiña un ojo a la ayudante que acaba de entrar por la puerta, una morena alta y estirada, con cara de asco. Me pregunto si baila flamenco. Tiene pinta de no tener ni puta idea de odontología, pero a lo mejor folla como Dios sobre este mismo sillón anatómico ideal para echarse una siesta. Cierro los ojos e intento visualizarla en mi fantasía sexual de hace un momento, pero no lo consigo, no puedo concentrarme entre el dolor y la mierda de música que flota en la sala, una ristra de cancioncillas de moda que pasa por mis oídos como hilo dental y que, igual que el hilo dental, apenas logra rebañar la roña.
—Vamos allá —dice, inclinándose otra vez sobre mi boca.
Otra vez Zeus y el feto de su hija encajonada en su cabeza. La verdad, empezaba a asustarme del provecho que le estaba sacando al manual de mitología griega. Lo llevaba encima, en la guantera del coche, y me servía para distraerme en los ratos muertos de la consulta, mientras otros tipos aguardaban hojeando las revistas de moda o los boletines médicos. Adivinar dónde y cuándo habíamos copiado todas aquellas historias era mucho mejor que hacer crucigramas. Desde que me echaron del colegio no había leído más libros que ése y los cuadernillos que acompañaban los discos de Schumann, pero hay que reconocer que les había sacado partido. Por ejemplo, sabía que Schumann había escrito la Fantasía en Do antes de extraviarse para siempre en las tinieblas, aunque de qué me servía eso a mí, si a duras penas podía distinguir las notas del piano. Ahora también sabía que aquel ballet que ensayaba Laura con su compañía no era más que otra partitura. A lo mejor tenía razón aquel cura listillo del colegio —el mismo al que le había roto la cara— cuando solía decir, con la misma mueca de asco que la enfermera, que no habíamos hecho otra cosa desde que el mundo es mundo que repetir a los griegos. También yo me había perdido en el interior de un laberinto y había salido indemne, con una muchacha rescatada en mis brazos. Poco importaba que Teseo hubiese abandonado a su chica en Naxos y que yo simplemente dejase tirada a la mía en el lago del Retiro. Me preguntaba ahora, mientras el torno empezaba a escarbar en mis encías, cómo terminaría el ballet de Laura. ¿Saldría ella sola, bailando suavemente, caminando sobre un escenario desnudo que haría las veces de playa mientras fingía mirar a lo lejos, en la pantomima del patio de butacas, el barco donde su héroe se alejaba para siempre? ¿O tal vez volvería al regazo de su padre, el poderoso Minos, y le pediría perdón por su travesura? Al fin y al cabo, no era más que una niña, una princesa: tampoco en eso el juez se había equivocado. ¿Y Minos? ¿Qué pasaba con Minos? ¿Saldría también danzando, viejo y libidinoso, en pos de su hija perdida? ¿O bien presidiría una gran escena final, en el infierno, con un banquete de marisco? Una de las notas a pie de página del libro decía que, después de su muerte, los dioses otorgaron a Minos el honor de convertirse en juez, junto a un par de colegas, para calibrar las almas de los muertos. Una especie de portero de discoteca infernal (tú puedes pasar, vosotros a la mierda, tíos) y todo porque los dioses consideraban que Minos había sido un dirigente justo. Hay que joderse, justo, un tipo que daba de comer remesas de niños a un toro antropófago. Se los mire por donde se los mire, los griegos eran unos cachondos. Y desde luego, sabían de qué iba la historia, al contrario que los guionistas de la tele. Seguro que ellos hubiesen acabado con un final feliz: el juez en la cárcel, Ariadna y Teseo jurándose amor eterno, y Schumann saliendo del hospital con su mano nueva y su cerebro intacto, gracias a los milagros de la cirugía y a los adelantos de la psiquiatría de la época. Gilipollas.
En cuanto al Minotauro, no hizo falta ningún hilo. Me bastó esperar un par de días frente al teatro, sentado en mi coche, hasta que lo vi salir por una de las puertas de servicio. Lo seguí entre el laberinto de callejuelas de Lavapiés, los bares abiertos, las tiendas chinas, los moros sentados en los bancos, los grupos de chavales que se escindían al paso de aquella especie de tanque con chaqueta y corbata. Mientras lo veía andar, balanceando despacio los hombros, exagerando innecesariamente la impresión de peligro, su cabeza emergiendo entre las riadas de tráfico, recordé que había matado a varios tipos a golpes, entre ellos un boxeador profesional. No estaba asustado: uno era un enano indefenso, otros eran yonquis, y el boxeador probablemente iba atiborrado de pastillas, porque sólo ciego hasta los topes podía uno desafiar con las manos desnudas a aquel tren de mercancías.
Fuentes me había dicho que evitara su derecha. Lo conocía, mejor dicho, había oído hablar de él. Aunque despreciaba el circuito de las peleas ilegales, el full contact, el kick boxing, toda aquella basura que, según él, tenía que ver tan poco con el boxeo como una cagarruta de perro con una uva pasa, le habían llegado noticias suyas. El Cáncer no era un mote que pasara desapercibido y por el gimnasio desfilaron tipos a los que había vapuleado en sus tiempos de poli, raterillos de tres al cuarto, chavales de barrio que iban sólo a entrenar o a hacer pesas y que de pronto se presentaron con la mandíbula rota o un brazo en cabestrillo.
—Por lo visto, no le hace falta la porra —comentó Fuentes, mientras terminaba de atarme los guantes.
—Ya no —dije—. Lo echaron del cuerpo.
Fuentes masajeó suavemente mis guantes, como si estuviera bailando con una mujer hermosa. Luego los soltó y dejó caer sus brazos sobre las cuerdas, sin apenas rozarlas, con el gesto de un niño que se apoya en el alféizar para mirar por la ventana. Cuántas veces le había visto repetir aquella ceremonia antes de empezar un entrenamiento.
—¿Lo echaron? —preguntó—. Si era perfecto para policía. ¿Por qué lo echaron? ¿Por aparcar en doble fila?
—No —contesté, sacudiendo la cabeza, empezando a bailar sobre la lona—. Mató a un tío a hostias. O a dos tíos, no sé.
Fuentes asintió con la cabeza y dirigió mis movimientos con su mano derecha.
—Lo que dije —comentó—. El poli perfecto.
No dijo mucho más durante el resto del entrenamiento, fueron sus manos las que hablaron, revoloteando para señalarme los pasos donde me había equivocado y corregir las trayectorias, sin que él se moviera ni un ápice del rincón donde se había instalado, gordo y tranquilo, como un niño inválido que mira sin ninguna envidia, sin esperanza ni rencor, cómo juegan los otros niños.
Cuando terminó el entrenamiento y me dirigía hacia la ducha, cubierto de sudor de la cabeza a los pies, Fuentes masculló algo que no alcancé a oír. Seguí adelante y de repente sentí la mano sobre su hombro:
—¿Estás sordo?
Me volví hacia él. No, no sabía nada. Tenía la misma cara de buda afable de siempre. Sólo era una manera de hablar.
—Te decía que te andes con ojo. Si le llaman el Cáncer, será por algo. Debe de llevarte como treinta o cuarenta kilos de peso. Así que no dejes de bailar. Y cuidado con su derecha.
Ambos sabíamos que no hablábamos de boxeo. El boxeo es un arte, una ciencia, le pese a quien le pese, y su laboratorio está circundado por las doce cuerdas. Fuera de ese espacio, de ese círculo, lejos de la tutela angélica del árbitro, el boxeo es sólo un chiste, una quimera, una farsa. Yo sabía muy bien que el Cáncer no sabía nada de esquivas ni de técnicas de lucha ni puñetera falta que le hacía. Enfrentarme a él sería una nueva edición de la pelea contra Parro en el descampado, pero esta vez no serviría de nada liarme a mordiscos. Ya no tenía doce años.
De manera que, mientras acechaba aquella espalda monumental que remontaba una calleja de Lavapiés con la cadencia de un monarca salvaje, rodeado de ruidos de coches y de conversaciones que apenas llegaban a arañar mis oídos, pensé por primera vez si yo no repetía también los pasos de una danza. Tampoco Teseo se había atrevido a matar a Minos, el responsable último de todas las injusticias, prefiriendo cebarse con el pobre Minotauro. Quizá Teseo, igual que yo, sabía de sobra que el juez era intocable, que nunca podría acercarse a él, rondar con una espada por los aledaños del palacio de Creta o esperar afilando una navaja a la salida de un restaurante atiborrado de cáscaras de gambas. No, eso sólo pasaba en las películas, en los panfletos de la tele donde los buenos obtienen su premio y los malos su castigo. Venga ya, no jodas.
Aquí no había buenos ni malos, si acaso lo último, porque a mí no me movía la justicia ni la venganza, sino las ganas de joder, de hacer daño, de ver el miedo en la cara de ese gordinflón capaz de matar a un enano a golpes sólo para satisfacer la avaricia de un viejo chocho. Por mucho que Laura lo creyera, por mucho que deseara creerla, yo no era bueno: había pegado demasiadas hostias y desbaratado demasiadas caras como para saber que no lo hacía por obligación, que sí, que disfrutaba con ello. Era un mal bicho y no sabía hacer otra cosa: así de sencillo. Para convencerme, había tenido que ir hasta Mallorca y ver a un gitano con una pierna lisiada que no sabía más que bailar y que seguía bailando, igual que una cucaracha a la que arrancan una pata y sigue arrastrándose, sigue jodiendo la marrana, da igual que la pisotees, que la fumigues o que intentes convencerla: una cucaracha es una cucarachas, me cago en Darwin. Igual que en los chistes, el del escorpión que va a cruzar un río y acaba por picar al cocodrilo aunque sabe que se acabará ahogando, el del mañico que se pasa mil años en un pozo sólo por no dar su brazo a torcer ante Dios: una jodida cuestión de carácter. Por eso nos reímos, por eso nos hacen gracia: joder, macho, un bailaor cojo, un boxeador sonado, qué bueno. No es el adjetivo lo que importa, sino el sustantivo. Por muchos adjetivos que les pongas, por muchas hostias que les des, por muchas patas que les arranques, seguirán siendo un boxeador, un bailaor, una cucaracha, un hijoputa que sigue a otro hijoputa porque sí, por nada, porque tiene ganas de romperle el alma a hostias y esparcir los trozos por la calle, porque de alguna forma tiene que quitarse de encima el recuerdo de una mujer que huele a niña y los ojos de una araña arrinconada en una gruta inaccesible de la infancia.
Apreté los puños mientras seguía guardando la distancia. Había demasiada gente en el barrio como para empezar una pelea, así que no me quedó más remedio que esperar, fingir que miraba distraídamente los escaparates, apoyarme en un banco para atar un cordón del zapato. El Cáncer se detuvo ante un portal y llamó al portero automático. Me preparé para seguirle en cuanto entrase al edificio y cogerle desprevenido en un descansillo, pero no le abrieron, dijo alguna cosa a través de la redecilla metálica y se quedó esperando de pie, alisándose la corbata enorme y coloreada. Después sacó un paquete de tabaco, encendió un cigarrillo, lo fumó despacio, apoyando un hombro sobre la entrada. Era una vieja casa de vecinos, como tantas del barrio, de balcones mordisqueados y muros vencidos, y la mole que aguardaba en la calle, inclinada en ángulo sobre el portal, parecía una viga de carga del ayuntamiento sujetando un edificio en ruinas.
Apenas habían transcurrido unos minutos cuando el Cáncer se enderezó, tiró el cigarrillo al suelo y lo aplastó atolondradamente con el zapato, como si le diera vergüenza de que le sorprendieran fumando. Se ajustó la corbata y la chaqueta y, de repente, sus facciones rocosas se suavizaron con una sonrisa que yo nunca habría sospechado en una cara como la suya. La puerta metálica se abrió y un niño pequeño apareció en el umbral. Llevaba una cartera de colegial a la espalda: no tendría más de seis o siete años. El Cáncer se arrodilló y le pasó una mano por el pelo, un gesto cariñoso que pareció molestar al crío, ya que se revolvió inquieto y miró hacia todos lados, con el mismo gesto de su padre desembarazándose de su cigarrillo un momento antes. Supe que eran padre e hijo sin necesidad de nada más, sin que hiciera falta que examinara el libro de familia. Descendieron la calle, pasaron a mi lado sin que yo hiciera nada por apartarme. No hizo falta, ni siquiera me vieron, envueltos como estaban en una burbuja de felicidad que los aislaba del mundo y sus miserias, de tipos como yo, de tipos como el Cáncer cuando no estaba con su hijo. Probablemente estaba divorciado y yo había tenido la mala suerte de elegir el día en que le tocaba la custodia. Me acordé instantáneamente de aquel mierda y de su hija subnormal, el carrito de niño lleno hasta los topes de carne blanda, los gordos pies enfundados en calcetines de ganchillo que le cortaban la circulación en los tobillos, el momento en que me eché atrás, avergonzado, vencido por aquellos ojos mongólicos sin malicia ni mundo.
Todos hemos sido niños alguna vez, todos llevamos un niño muerto dentro de la calavera, pero hay que ser muy mal nacido para dar de hostias a un padre delante de su hijo pequeño. Sin saber por qué, los seguí calle abajo como si les protegiera, como si creyera que algún demonio acudiría en mi ayuda, que en algún momento recobraría el ronco y furioso grito de la sangre, aquel espíritu inmortal, despiadado y vengativo que me abrasó de arriba abajo cuando Muñoz me enseñó la foto de aquel enano macerado en el depósito de cadáveres.
Monté guardia frente a un Todo a Cien donde el niño se detuvo un momento, embelesado frente el escaparate antes de señalar algo a su padre y convencerle para que entraran. Salieron al poco rato con un camioncito de plástico atado con una cuerda que el niño se negaba a dejar en el suelo. Fue su padre quien lo convenció de que lo soltara, de que el juguete estaba hecho para llevarlo a rastras, detrás de uno, así, ves, no se escapa, no puede. Los seguí de lejos, a remolque de aquel volquete de colores que trotaba entre los guijarros descabalados de la calle, mientras el crío se volvía a cada momento, temeroso y desconfiado, como si pensara que el juguete podía echar a rodar por su cuenta en cualquier momento, hacia cualquier destino.
Es posible que yo hubiera tenido un juguete parecido en mi infancia: si lo había tenido no podía, no quería recordarlo. El niño que había sido alguna vez murió dentro de mí, estaba enterrado entre mis huesos, en un rincón demasiado profundo y demasiado oscuro para que la pala de la memoria pudiese exhumarlo. En mi barrio había que crecer deprisa, si uno no quería que lo pisaran. No pensé en ningún instante que aquel niño hubiera podido ser yo, tampoco pensé que pudiese ser su padre. Siguiendo a aquella pareja a lo largo de la ronda de Atocha, cruzando detrás de ella los pasos de cebra, los semáforos, comprendí cuán lejos me hallaba de los vínculos humanos, si hasta un matón de mierda era capaz de entrar en el juego, de tener un hijo, quererlo, cuidarlo. Había que estar sordo para no haberse dado cuenta antes, si hasta una borracha despreciable, que abandonaba a su bebé en el fregadero, sabía de qué iba el juego. La paternidad, la familia, el amor, el matrimonio: todo lo había sacrificado a cambio de nada, de unas cuantas victorias, de unos cuantos combates, de una paliza monumental en un estadio, en México, de una borrachera interminable, de un silencio que atronaba mis oídos a ráfagas, como las olas de un mar en una playa, el rumor confuso al fondo de una caracola.
Padre e hijo remontaron las casetas de Moyano y se internaron en el parque del Retiro. En cuanto vio el césped, el crío se soltó de la mano del padre y echó a correr con el camión de juguete a sus espaldas, dando vueltas en torno a un árbol, agachándose para dirigirlo ahora con una mano, mientras su padre lo miraba, inmenso y satisfecho, orgulloso y feliz. No importaba yo ni nadie más, ninguno de los visitantes del parque, ni un perro que se acercó a husmear el camión y el niño arrodillado, ni el tipo que paseaba al perro, ni la anciana que leía sentada en el banco y que de pronto abandonó la lectura para mirar también al niño y a su juguete con ojos de madre desahuciada. Ninguno podíamos entrar ahí, en la burbuja, en la felicidad, en ese pacto entre padre e hijo, ni siquiera el pasado, ni siquiera el mote de su padre, ni siquiera el trabajo inmundo del padre que servía para pagar el camión y los juguetes y la pensión y el tiempo que podía arrancarlo de su madre para llevarlo al parque, verlo jugar, comprarle un helado. Yo menos que nadie. Yo que no tenía perro ni hijos ni quería tenerlos. Yo que no era padre ni hijo, ni humano ni perro, si acaso el camión, el juguete de plástico, un añadido artificial, ilegítimo, atado con una cuerda y conducido a rastras entre el césped. Yo que no oía nada o casi nada, ni siquiera las risas de un niño, ni siquiera el ladrido del perro cuando el dueño tiró de la correa para alejarlo de la escena.
Tal vez fue eso lo que me decidió, la sensación de estar fuera de la vida, fuera de todo, sordo y solo, sin más contacto con el mundo que la cuerda de un camioncito barato que tiraba de mí con la terquedad de una placenta. Por qué tenía que volver al Retiro sólo un mes después de mi última cita con Laura. Dónde estaba mi excusa, dónde estaba el Minotauro, si el Minotauro devoraba a los niños, no les compraba juguetes ni los alzaba en brazos hacia un sol desmantelado entre hojas verdes, filtrado por las ramas de los árboles en un laberinto sin muros ni recodos. La envidia, la rabia, la venganza: piensen lo que les dé la gana. Me da mucho por culo lo que piensen. Yo todavía tenía una madre que hacía ganchillo junto a una estufa y había perdido a un pez cabrón que bailaba solo en una pecera. Ésa era mi estirpe porque ni Fuentes ni Sebas ni Laura ni los polvos con Laura contaban. Es lo malo de echar un polvo con condón, que te libras del contagio y de los gérmenes, pero también de la verdad y de la muerte, del abrazo inmemorial de otra raza. Tu semen agoniza en un plástico, se va por el desagüe, lo mismo que un pececillo muerto que tiras a la basura como si fuese un feto de dos semanas.
Si le hubiera pegado, si le hubiera gritado, si aquel niño pequeño, vestido con pantalones cortos, hubiese mirado a su padre con algo remotamente semejante al miedo, qué fácil hubiese resultado todo. Por eso tuve que acompañarles de lejos, mientras ellos remoloneaban entre los árboles, mientras se sentaban para tomar un refresco en una terraza, mientras se detenían en uno de los puestos ambulantes y el Cáncer le compraba a su hijo un cucurucho de helado. Por eso tuve que seguir su rastro a lo largo de aquella mañana, abyecto y espectral, deslizándome como una sombra entre los turistas y las parejas que abarrotaban el Retiro, hasta que de repente el Cáncer se detuvo cerca del templete de la banda de música, acarició con su manaza la rubia cabeza de su hijo y descendió la escalera de los servicios públicos. No lo pensé dos veces: crucé a la carrera la plaza donde una fuente barbotaba su chorro, interrumpí varias fotografías, y me detuve frente al niño. Se había agachado y, mientras sostenía con una mano el cucurucho, con la otra, sin soltar la cuerda del juguete, dibujaba algo en el suelo. La sombra de mi cabeza invadió su dibujo. El niño alzó la cara.
—Hola —dijo.
No le oí pero leí sus labios.
—¿De qué sabor es? —pregunté—. ¿Chocolate?
El niño asintió, dando una lenta y golosa lametada al helado, sin despegar los ojos del suelo.
—¿Quieres? —dijo alzándose hacia mí, acercándome el cucurucho.
Negué con la cabeza. Mi alma pasó por encima de nosotros, como la sombra de una paloma, y me susurró que lo matara. El bullicio de la banda sobraba para tapar su voz, pero en mis oídos la agitación lejana de los músicos y las convulsiones del director no eran más que el fondo de una coreografía insensata, una algarabía de paelleras y platillos, otro karaoke. Me bastaba leer sus labios, que volvieron a doblarse hacia el suelo, hacia la arena que se abría al paso de sus dedos, tomando la forma de un renglón en un cuadernillo de caligrafía.
Mientras bajaba los escalones mugrientos, pensé que yo ya había visto aquella letra antes —grande, redonda, inocente—, pero aparté ese pensamiento de mi cabeza al mismo tiempo y casi con el mismo ademán con el que busqué la navaja en el bolsillo. Ya no estaba ahí, lo había olvidado: Skeletor había igualado las apuestas. El olor de las letrinas me llegó en una oleada densa y ácida, mezclada con un aroma a desinfectante y amoníaco. Vi la espalda enorme del Cáncer ocupando el lugar de tres urinarios, el movimiento enérgico de su brazo sacudiendo las últimas gotas. Estábamos solos. Empuñé la banqueta donde el encargado de la limpieza había dejado el plato con las propinas. No oí el tintineo de las monedas al rebotar por el suelo de baldosas, pero el Cáncer se volvió, extrañado, sólo para encontrarse con un banquetazo en la cara. Reculó y le zumbé otra vez con la banqueta; esta vez cayó de culo en el suelo, y resbaló al intentar incorporarse con una de sus manazas aferrada a la loza del urinario. Abrió y cerró la boca. No oí sus gritos ni los golpes, pero cuando le pisoteé la mano sentí el crujido de los huesos partiéndose bajo la suela de mi zapato.
—¿Qué se siente, grandullón? —pregunté, inclinándome hacia él, tan cerca que podía notar el vaho de su respiración—. Dime: ¿qué se siente?
Cuando alzó la cara hacia mí, el dolor le había llenado los ojos de lágrimas. Quizá fue eso lo que me distrajo, porque en ese instante se alzó de golpe y lanzó un gancho de trayectoria ascendente, directo a mi mandíbula. Logré esquivar su mano, pero no su cabeza que chocó contra la mía como un buque contra el muro del muelle. Sentí el desplazamiento de la mandíbula, la fractura, el golpe de los dientes unos contra otros, pero el dolor no se presentó, se agazapó en el estruendo de la sordera, en la sirena de barco que de improviso aserró mis oídos. El Cáncer trastabilló y se puso en pie, profiriendo amenazas e insultos a borbotones, sujetándose la mano rota que, para mi desgracia, era la izquierda. Yo retrocedí contra una de las puertas de los retretes, acariciándome la boca, sorprendido por la longitud que tenían ahora mis dientes. Esquivé su primera acometida, y el derechazo recto que me hubiera partido el esternón desbarató la puerta. Le golpeé el hígado y el costado con una serie de ganchos cortos, como una máquina de coser, sin encontrar la resistencia que hubiese esperado en un cuerpo tan grande. El Cáncer se revolvió, furioso por el dolor, y me lanzó un manotazo con la izquierda, pero tampoco me costó nada esquivarlo mientras le golpeaba abajo, en el estómago. Entonces vi la bragueta abierta y la polla fuera, todavía moqueando con unas últimas gotas de orina. No lo pensé: cerré la cremallera de golpe, de abajo a arriba, y el Cáncer abrió la boca en un gesto no de dolor, sino de asombro absoluto, cayó de rodillas al suelo y se toqueteó la pequeña piltrafa que ensangrentaba sus manos.
—¿Tú eres el Cáncer? —dije jadeando, intentando oír mi voz por encima del silbido de la sirena en mis oídos—. ¿El bicho ese que hace que la palme tanta gente? No me hagas reír.
Fui al lavabo y abrí el grifo. Dejé correr el agua y me la eché en la cara a manotadas. Escupí un par de muelas y de fragmentos de muelas, pero apenas sentía dolor, fuera de un adormecimiento general del rostro. Cuando alcé la cara, pensé que el espejo estaba partido, igual que el que adornaba el camerino de Chacón. Fue sólo un momento, hasta que comprendí que tenía la mandíbula desencajada.
—¿Eso es todo lo fuerte que puedes pegar? —dije, mientras me enjuagaba las manos—. No me jodas. Hasta el mierda de tu hijo debe de pegar más fuerte.
—¿Mi hijo? —balbuceó, mirándose incrédulo la carnicería que asomaba por su bragueta—. ¿Qué sabes tú de mi hijo, maricón?
—Sí, tu hijo. ¿Qué pasa? ¿Te entrenas con él? Por lo que he visto, debe de tener el mismo tamaño que el enano que mataste.
El Cáncer intentó levantarse pero no pudo. Todo lo que logró fue quedarse de rodillas, a cuatro patas, con la polla amoratada asomando por la bragueta abierta, un sanguinolento pingajo que no hacía juego con el resto. Jadeó varias veces, intentando tomar aire, rebatir aquella hilera de dientes metálicos incrustados en lo más tierno de su carne, hasta que de pronto su rostro se destensó. Me volví y vi a su hijo de pie, con el cucurucho de helado en una mano y el camión en la otra, abrazándolo muy cerca del pecho. Miró a su padre con los ojos muy abiertos, atónito, desconcertado, luego a mí y luego otra vez a su padre, apretando más aún el juguete contra el pecho, juntando y abriendo los labios, en una sola sílaba repetida, inconfundible: pa. Papá. Papá.
Fue entonces cuando se me vino a la memoria la cara de ese tipo cabrón que arrastraba en un carrito de bebé a su hija subnormal, gorda y desparramada, por el sótano de un garaje. No había amor en sus ojos: la observaba no con cariño ni con piedad ni con ternura, sino con miedo, como quien arrastra una cicatriz y todavía no se ha acostumbrado a ella, como quien lleva a cuestas una enfermedad de la piel, una desgracia que no puede sacudirse de encima y con la que ha convivido tanto tiempo que ni siquiera se acuerda de mirar al otro lado para ocultar la marca. Todo lo contrario del Cáncer que —tirado en el suelo, con la cara partida a banquetazos y la chorra ensangrentada fuera de la bragueta— alargó una mano hacia el niño que lo observaba derrotado por primera vez, por primera vez humillado, y esbozó para él una sonrisa desvencijada desde las baldosas sucias, una sonrisa que intentaba calmarlo, disculparlo, como si le dijera: «Tranquilo, hijo, no es más que un juego. Este señor y yo estamos jugando. Esto que me cuelga de la bragueta no es sangre de verdad. Tranquilo, hijo. Vuelve arriba, a jugar con tu camión».
Entonces yo también miré al fondo de aquellos ojos intactos, no golpeados todavía por ninguna pérdida, y supe lo que había sabido desde siempre. Nadie salvaría a ese niño de ese recuerdo, nadie sacaría a Schumann del río, nadie procesaría al juez por todos sus pecados, ningún dios le fabricaría a Chacón otra pierna. Con la mandíbula colgando y los dientes adormilados por la fractura, me invadió una especie de alegría salvaje, una felicidad insobornable, austera, purísima.
—Así que fuiste tú, pequeño mamón, fuiste tú quien escribió el cartel que me llevó hasta Mallorca. Recuerdo bien esa letra infantil y esa falta de ortografía. Yo pensé que había sido Cerero porque estaba colgado a su altura, pero ¿para qué iba Cerero a enviarme a Mallorca?
El niño parpadeó y retrocedió un paso. Me miró aterrado, como se mira a un loco o a una bestia incomprensible, pero tuvo bastante valor (o quizá bastante pánico) como para no echar a correr, para quedarse ahí, de pie, para no dejar solo a su padre. Soltó el cucurucho de chocolate, que se estampó contra el suelo blanco de los servicios.
—¿Se lo mandaste tú? —dije, volviéndome hacia el corpachón arrodillado en el suelo—. ¿Fuiste tan gilipollas como para meter a tu hijo en toda esta mierda?
El Cáncer jadeaba, tosía en busca de aire. Le barrí los brazos de una patada y su cara se estrelló contra el suelo con un impacto fofo, blando, una apoteosis orquestal del helado espachurrado. Me agaché y le cogí de un mechón del cogote. Al pestazo a mierda y amoníaco se sumaba ahora otro olor, un perfume de virilidad o de coraje, una emanación de la pelea o eso pensé yo, hasta que me di cuenta que el Cáncer se había echado encima, para ver a su hijo, medio litro de Varon Dandy o de Patrichs o de cualquier otra mariconada por el estilo. Era una versión barata de la colonia de viejo que se echaba Morales bajo el chándal y ahora la tenía bajo las narices. Estudié aquel rostro magnificado por el dolor, mientras su hijo, en un arranque de fiereza inútil, se echaba contra mi espalda y empezaba a golpearla con el camión de juguete.
—Mira, chaval —dije, escarbando en sus ojos anegados en lágrimas, en la pequeña boca que se abría y se cerraba en una súplica desesperada—. Fíjate bien. Aprende.
Agarré fuerte la cabeza de su padre y la dejé caer contra el suelo; luego le restregué la cara contra las baldosas, en círculos, como si pretendiera limpiarlo con su boca. El niño me soltó, soltó el camión y empezó a berrear a gritos «deja a mi padre, deja a mi padre»; incluso cuando ya no hacía falta, cuando ya lo había soltado y la cara del Cáncer se alzaba desde el suelo, magullada, abatida, mirándolo con unos ojos alquilados en la pared del dormitorio de mis padres.
Me levanté, fui al lavabo y me lavé la cara y las manos. Tenía el pecho y las mangas de la camisa salpicadas de sangre. Reflejado en una esquina del espejo, vi al Cáncer que se arrodillaba junto a su hijo y le acariciaba la cabeza, intentaba tranquilizarlo, le explicaba, con lo que quedaba de boca, que yo era un viejo amigo, que todo había sido una broma y que ni siquiera había sentido los golpes.
—Es una broma, sí —dije, frotándome las manos—. Pero procura que sea la última. Porque la próxima vez le tocará al crío.
En ese instante, después de pronunciar aquella amenaza horrible, mi alma resplandeció, brillante de poder entre los baldosines blancos, gimió añorante y se alojó de nuevo en su envoltorio mortal, como un cuchillo en su funda. Pude sentirla —vibrante, anhelante, aterida de frío— y la recibí igual que al huérfano que regresa al hospicio después de años de errar por los caminos, el hijo pródigo a quien no echamos en cara los arrepentimientos ni los crímenes. El espejo me devolvió mi rostro maltratado por la pelea, con todo un lado de la boca inflamado, pero reconocí, como si fuese un amor del pasado, la luz de mis ojos. Me enjuagué, cerré el grifo y pulsé el secador. Una tromba de aire caliente lamió mis manos en un silencio hipócrita. El silbido de sirena empezaba a desvanecerse de mis oídos, tan deprisa que llegué a oír los gemidos del niño mientras salía del urinario.
—Y guárdate la polla, anda —dije desde la puerta.
Subí los escalones despacio, empezando a masticar el dolor que me irradiaba de la boca. No, la historia no decía en ningún lado que el Minotauro tuviera hijos, pero así son las cosas. El chico tendría que crecer conmigo dentro, con el recuerdo de su padre tendido en el suelo de unos servicios públicos, con la cara hecha un Cristo, y un hijo de puta que se secaba las manos junto a un lavabo. La moraleja de mi historia es que no hay moraleja, que la araña que vivía en un ladrillo de mi barrio y Morales y el Cáncer y Muñoz y yo, en definitiva, éramos iguales. El mal descendió y habitó entre nosotros, nos pagó unas copas, nos invitó a unas rondas, pero no había comprado nuestras almas ni nada por el estilo. Qué va, no valíamos tanto para eso. No, hombre, no: el mal sólo se había divertido un rato con nosotros, igual que un borracho con una furcia alquilada o un crío con un camión de plástico que no le dura ni el tiempo de aburrirse antes de comprar otro nuevo. Así era, un capricho, una gana. No había buenos ni malos, ni ángeles ni demonios, ni lucha entre la luz y las sombras, si acaso una carrera de relevos. Alguien me había pasado el testigo y yo se lo había entregado a otro. Sencillo, muy sencillo. Unos pegan hostias, otros las reciben. Unos matan, otros tienen hijos. La euforia que se aplacaba en mi pecho después de aquella paliza (algo semejante al entusiasmo en medio de la borrachera, a las gotas de sudor enfriándose sobre la piel una vez alcanzado el orgasmo) no era un remedo ni una falsificación de la alegría posterior a un combate, sino un asentimiento, un ajuste, como si las piezas sueltas de las que estaba hecha mi vida empezaran a encajar, a soldarse. Mi alma había vuelto hasta su funda tantos años después sólo para asegurarme que seguía siendo yo mismo, que el castigo asimilado en México no había cortado sus alas; había vuelto para decirme que yo no era un boxeador, ni siquiera un ex boxeador, ni un alcohólico, ni tampoco un ex alcohólico, sólo un tipo que se dedicaba a romper piernas. Sólo eso. Un hijo de puta que se estaba quedando sordo, que no quería admitirlo y al que acababan de romper la cara de un cabezazo.
Cuando salí a la luz, la banda seguía tocando. Puede que fuese un pasodoble o un aire de zarzuela: a mí me daba igual. Era una hermosa mañana de verano, la gente paseaba en manga corta; no importaban mucho una nota falsa o unas gotas de sangre en una camisa. La camisa tendría que tirarla y comprar una nueva. Ojalá hubiera podido hacer lo mismo con la boca, porque después de tres visitas al dentista, buena parte de la minuta del juez se me había ido en la reconstrucción de tres molares y unas cuantas florituras técnicas de las que prefería no conocer los detalles. Abre bien, muerde fuerte, escupe.
Terminé de parir por la boca, el dentista se quitó la mascarilla y me sonrió como si estuviera a punto de enseñarme al niño. Ya nos conocíamos antes de que llegara con la mandíbula colgando, pero ahora podía decirse que éramos amigos íntimos. Me había despedazado las encías y me había saqueado la cuenta corriente: nuestra intimidad pertenecía más bien al ámbito del matrimonio. Ningún beso de mujer había durado tanto, había sido tan intenso, húmedo y profundo como cualquiera de sus martirios.
—Creía que los boxeadores usabais un protector dental —dijo, sacándose los guantes.
—Y yo creía que los dentistas usaban anestesia.
—Te puse anestesia —respondió, mostrando una dentadura tan blanca que parecía un anuncio de la clínica—. Al principio. ¿No lo recuerdas?
Me levanté de la silla y recuperé el uso de mi cuerpo. Me froté las muñecas como si de verdad las hubiera tenido atadas con tiras de cuero. Pensé seriamente en darle dos hostias.
—Puede que yo me acuerde —dije—, pero mis dientes no.
Sin perder la sonrisa, se zambulló en una complicada explicación sobre los riesgos de la infección y las raíces de las muelas. Lamenté no estar sordo del todo. Me entretuve observando las piernas de su ayudante, que iba de acá para allá recogiendo instrumentos de tortura.
—Procura no comer ni beber nada en un par de horas —añadió, mientras me recetaba un analgésico.
Todavía me acordaba de la recomendación del médico cuando Sebas dijo que estaba dispuesto a sorprenderme con un nuevo combinado sin alcohol, de modo que tuve que declinar el ofrecimiento. Se encogió de hombros, sin darle la menor importancia, y se refugió en la lectura del periódico. Eran las nueve o las diez de la noche, muy temprano aún, y apenas había cuatro o cinco chicas sentadas en una mesa, charlando de sus cosas, tomando un café antes de empezar la jornada. Me entretuve mirando el televisor, donde Sebas tenía puesto uno de sus vídeos de patinadoras, tan viejo que la nieve de la pantalla parecía fundirse con el hielo de la pista. Era uno de nuestros favoritos. Una diosa nórdica, rubia y bellísima, se deslizaba sin esfuerzo aparente sobre sus cuchillas. La cabellera suelta la seguía a todas partes como una bandera al viento, mientras sus piernas se cruzaban y giraban sobre la superficie helada dibujando signos y esquemas inexplicables. Sebas, como siempre, tenía apagado el volumen, pero a mí me daba lo mismo. La muchacha parecía flotar sobre el blanco de la pista igual que si atravesara un sueño, un espejismo mental, inmaterial, un paisaje sacado de mis recuerdos, expurgado de objetos, despejado de dudas. Como si patinara a través de mis ojos cerrados, sin velocidad ni duración, en el salón de mi memoria, sonriendo a cada giro, a cada pirueta, sobre un silencio perfecto, impávido, infinito. En realidad, todo eso había sucedido hace mucho tiempo atrás, en algún puto campeonato, en el Canadá o en la jodida Suiza. En realidad, los patines iban acuchillando el hielo, que saltaba en esquirlas. En realidad, no había ningún silencio fuera de mis tímpanos.
—Te vas a dormir, tío.
Sebas me dio en un hombro con el periódico doblado. Me volví y vi moverse su boca bajo una de las luces de la barra.
—La chica —repitió—. La bailarina esa de la que me hablaste. Cómo se llamaba.
—Laura Lasalle.
—Lasalle, eso —dijo, desdoblando el periódico—. Mira. Aquí dicen algo sobre ella.
Giré el periódico. La noticia estaba en una de las páginas de cultura, en un recuadro pequeño, a dos columnas:
MADRID.— Laura Lasalle, la diva de la danza, que saltó a la fama gracias a su enlace con Carlos Chacón, ha decidido disolver su compañía unos día antes del estreno del ballet Ariadna, a causa de «diferencias artísticas irreconciliables con algunos de sus patrocinadores», según ha manifestado en una breve rueda de prensa. Interrogada acerca de la naturaleza de estas diferencias, la bailarina comentó que Ariadna es un ballet argumentad mientras que su actual concepción de la danza tiende más hacia lo abstracto. «Además, todavía no me he enfrentado sola a un escenario —dijo—. Ya va siendo hora.» Lasalle añadió que tiene proyectado un pequeño espectáculo sobre la base de piezas clásicas para piano, que incluirían, entre otras, la Fantasía en Do Mayor de Schumann.
—Qué mala leche —dijo Sebas—. Los muy hijos de puta podían haberse ahorrado la referencia a Chacón. ¿No te parece?
No contesté. Durante unos instantes lo vi todo rojo. Rojas las botellas alineadas al fondo. Rojas las copas, rojos los vasos. Rojo el rostro de Sebas, las tazas de café, los ojos de las chicas parloteando bajo luces rojas. Roja la cabellera de la patinadora enfundada en un vestidito rojo y con medias rojas, deslizándose sobre un desierto de sangre.
Salí a la calle. Un fogonazo de dolor iluminó mi boca, con destellos de noches perdidas en el ring y ráfagas de estrellas. El Oso Panda seguía encogiéndose sobre su hernia. De allí al locutorio donde trabajaba Caima no había más que unos cuantos pasos. Los recorrí con una mano en la mandíbula, hurgando con la lengua en el nuevo plano de mi boca, las vallas y carteles de una obra inconclusa en la que habían levantado el asfalto de mis dientes. No había músicos donde elegir. No, tenía que ser Schumann, claro, la Fantasía en Do Mayor de Schumann, la misma música que había sonado una y otra vez mientras nos revolcábamos juntos por el suelo de mi casa. Ahora quería bailarla, a solas, como si pretendiese establecer un pacto, una llamada. Podía imaginarla, de pie, bajo la luz de un único foco, en el silencio marino de mis tímpanos, danzando al hilo del recuerdo, llamándome, convocando la ausencia de otro cuerpo que se esculpiría en el viento de sus brazos, en el crecimiento vegetal de la danza. Fue sólo al ver su nombre escrito en el periódico cuando comprendí que no podía quitármela de la cabeza, que mi pensamiento volvía a ella una y otra vez, palpaba su falta de la misma manera que mi lengua no dejaba de hurgar en el hueco de las muelas rotas, aunque supiera que allí no obtendría nada, nada fuera del dolor, la pena y la derrota. Al fin y al cabo, no era la primera vez que me liaba con la chica inadecuada, como no era la primera vez que me rompían la boca de una hostia. Pero siempre es terrible sentir la raíz de los dientes al descubierto, el frío que penetra hasta los tuétanos igual que una mamada de la muerte.
En el locutorio sólo había tres ecuatorianos bajitos acompañados de una litrona de cerveza. Prácticamente los cuatro tenían el mismo tamaño. Bebían directamente de la botella, a morro, como si compartieran una quena.
—¿Dónde quiere llamar, señor? —preguntó el más pequeño, limpiándose los labios con el dorso de la mano.
—Avisa a Caima —dije.
—¿Caima? —preguntó, y las líneas de sus ojos se achicaron en una mueca indescifrable, un bajorrelieve esculpido en una ruina andina—. Aquí no trabaja ninguna Caima, señor.
—No me toques los cojones, Atahualpa —dije, alargando un brazo y descolgando el teléfono que había sobre el mostrador—. Anda, avísala. Dile que soy un viejo amigo.
Dudó apenas un segundo y cogió el teléfono. Mientras empezaba a marcar, di media vuelta y salí otra vez a la calle. Apoyado en la pared del locutorio, sentí la noche desnudándose suavemente sobre la ciudad, quitándose la túnica azul del verano. La estrecha línea de cielo encajonada entre dos fachadas de balcones parecía un paladar cerniéndose sobre dos hileras de dientes gastados. No logré ver la luna. Cuando el azul metálico iba dando paso al gris, apareció Caima en el portal, enfundada en un vestidito blanco y zapatos de tacón alto a juego.
—Roberto —dijo, y pude leer el alivio en su cara—. ¿Qué haces mirando la luna?
—No hay luna —dije.
Me besó en la mejilla. Percibí el calor de su piel bajo la capa de pintura de labios. El dolor había vuelto pero ahora apenas era un ronroneo, un murmullo en mi encía. Se separó de mí y la abracé de improviso, casi con ansia, pasando una mano por su espalda desnuda y estrechándola fuerte contra mi torso. Un gemido ahogado y un bosquejo de risa escarbaron hasta mi oído.
—Qué prisas, papi —exclamó, zafándose de mi abrazo—. ¿Quieres que vayamos a algún sitio?
—Vamos arriba —dije.
Subimos a su apartamento. Casi de inmediato, antes de que tuviera tiempo de ofrecerme una copa, le pedí que se desnudara y me preguntó cómo es que estaba tan impaciente, después de haber tenido tanto tiempo para cobrar mi deuda. Volví a abrazarla, se soltó de mis manos, riendo, se descalzó y se encerró en el lavabo. El ruido de la ducha reverberó desde el pasado, con chorros de agua que se escurrían por agujeros torvos. Miré a mi alrededor: había algunos muebles impersonales, una cama, unas cortinas verdes, una mesilla, unos cuantos cuadros sin dueño. Un piso de alquiler como otro cualquiera, nadie diría que se trataba de un burdel. Descorrí las cortinas, abrí la ventana y miré: ahora sí, una luna grande y solitaria, casi translúcida, me saludó desde los tejados. La función acababa de comenzar: esa noche todos estábamos invitados. Era gratis, pero nadie podía llevarle flores, llamar al camerino, invitar a una copa después del espectáculo. Oí un ruido y me volví: Caima estaba de pie, desnuda, chorreando agua sobre la moqueta.
—¿No has puesto música, papi? —preguntó, secándose los pechos con una toalla.
—Déjate de músicas —dije, quitándome la ropa.
Su cuerpo cobrizo resaltaba con una mezcla entre sólido y líquido, entre el ébano y el almíbar, con lunas minúsculas brillando sobre su piel. Entonces recordé que Laura también había salido goteando de la ducha, envuelta en un albornoz. Para romper la simetría, apagué la luz de la mesilla, pero en la penumbra aquella carne oscura se fundía con otra sombra. La tendí sobre la cama y me eché a beber entre sus muslos. Dijo: «No, Roberto, ahí no, Roberto», pero ignoré sus protestas, besé y lamí y mordí, intentando descifrar los signos de una partitura escrita mucho tiempo atrás, los temblores de la dicha bajo mi lengua, como si cualquier vientre de mujer fuese el nudo de la raza, como si el silencio que atronaba mis oídos fuese también una música. Desde la ventana abierta, la luna nos miró hacer, pálida y lejana, huérfana y viuda, ensimismada en otra danza. Obedecí a la música, seguí paso a paso la partitura, y cuando Caima abrió los ojos, sorprendida por la violencia de mi acometida, y gritó mi nombre, nada escuché, excepto el martilleo de la sangre, el viejo y aporreado piano del corazón latiendo entre mis sienes, antes de arrojarme al vacío, marchito y frío, espachurrado en una bolsa de plástico.
—Roberto —dijo una voz debajo de mí—. Roberto.
Me levanté. Con un chasquido saqué el condón donde había muerto y resucitado y lo dejé en la mesilla. Caima seguía tendida bocarriba, un brazo echado sobre los ojos. Fui al lavabo y me lavé la cara y las manos. El reproche llegó antes que su voz, antes que sus labios aleteando en el espejo.
—¿Cómo se llama? —dijeron los labios—. Por lo menos dime cómo se llama.
—¿Quién? —pregunté echándome un manotazo de agua sobre la cara.
—La tía a la que te has follado esta noche. Mira, puede que sea puta, pero no soy gilipollas.
Asentí con la cabeza. Volví a la cama y me puse los pantalones. Busqué en la cartera, saqué un par de billetes y los dejé sobre la mesilla, justo al lado del condón arrugado.
—Si falta algo, me lo dices —dije, calzándome los zapatos.
Desde la puerta del baño, Caima me miraba con atónita tristeza, la toalla anudada a la cintura.
—No hagas eso, Roberto —pidió—. Por favor. Tú no.
Me remetí la camisa, de cara a la ventana. Hacía calor. Sentía como un azúcar empalagoso pegado a mi piel. Quizá debería haberme dado una ducha.
—Venga, no me jodas —dije—. Con una zorra que no me cobre, ya tengo bastante.
Es posible que no quisiera decirlo, que sólo lo pensara en voz alta. Al fin y al cabo estoy medio sordo y todavía tenía la lengua entorpecida por la anestesia, adormecida después del trabajo. En cualquier caso, Caima se subió la toalla con una mano en un residuo de pudor inútil.
—Muy amable, Roberto —dijo—. Todo un caballero.
Me encogí de hombros. Un velo de sudor me cubrió la frente y, casi al instante, me empapó la camisa. Los restos de perfume barato y las gotas de sudor se aparearon en mi pecho, un tardío acompañamiento de nuestros abrazos. Crucé el cuarto sin mirarla, abrí la puerta y, mientras bajaba la escalera, me invadió una sensación de maligno bienestar, un regocijo feroz que brotaba directamente de mi pecho. Echaba de menos una ducha, pero aún así, a pesar de los jirones del perfume y de las manchas de sudor, me sentía limpio y puro, lavado de culpas, igual que cuando era un niño y salía del confesionario recién comulgado, recibida la bendición y rezada la penitencia, listo para una nueva tanda de pecados.
Una vez en la calle, la luna volvió a esconderse tras la calva de un edificio. No importaba, podía sentir su blanca bendición esparciéndose a través de la luz de las farolas, sobre los coches, sobre las aceras, sobre pobres y ricos, sobre las vallas amarillas de una obra que probablemente no hacía ninguna falta. Me pregunté cuántas veces le habían roto a Madrid la jeta, a cuántas tías se habría tirado, a cuántos tíos habría jodido vivos.
Rehice el camino hasta el Oso Panda, dispuesto a sobornar a Sebas hasta el límite, hasta sacarle la receta del Barbarella. No sabía cuánto me duraría aquel dinero y, de momento, tampoco importaba mucho. Todavía no había llegado el día en que no me quedase más remedio que hacerme entender por señas; aún podía oír mi propia voz resonando en el interior de mi cráneo y, la verdad, no tenía mucho qué decirme. Hasta que el gran silencio clausurara el bar, el karaoke seguiría.
En la acera del Oso Panda estaba el mismo borracho de todas las noches, peleando con nadie, farfullando en voz alta, lanzando puñetazos al aire con un cartón de vino barato en la mano.
—Venga, gilipollas. Sal, si tienes cojones.
Cuando pasaba a su lado, me soltó un directo de derecha al hombro. No es que me hiciera mucho daño, pero me llenó la pechera de manchas de vino. Justo en ese momento, por una vez, oí el pitido del móvil y lo saqué a tiempo, antes de que colgaran. Miré un instante el número parpadeando en la pantalla, dudé unos segundos y luego le pasé el teléfono al borracho.
—Es para ti —dije.
Se detuvo, estupefacto, lo recogió a mitad de camino de un gancho de izquierda y se lo llevó a una oreja tapada de bucles canosos. Balbuceó dos o tres insultos y luego arrojó el móvil al contenedor de una obra, donde se partió contra unos cascotes. Sin soltar el cartón de vino, reanudó el combate. Decidí ayudarle. Después de todo, tenía tiempo: Sebas no cerraría en toda la noche. Armé una guardia clásica y bailé a su alrededor, de puntillas, haciéndole la sombra, moviendo la cabeza, parando sus acometidas, lanzando golpes sin fuerza, formando estelas de vacío donde pudiera arremeter a su gusto, prestando un cuerpo a sus viejos fantasmas. Derecha, izquierda, izquierda. Eso es. Esquiva, esquiva, pega. El tipo estaba furioso, tenía cuerda para toda la noche. No es bueno que un hombre pelee solo.
Terminaste El gran silencio
David Torres
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