El hijo de Caín
Capítulo 6: Karim Assad
Día 5. 21 de diciembre. Base Miguel de Cervantes, el Líbano.
Después de desayunar un café con leche, unos huevos fritos y un zumo de naranja, cortesía del capitán de cocina, Miguel y Carlos se dieron la obligada ducha desinfectante y se quitaron el traje de bioseguridad antes de abandonar la base. Desde su salida de Madrid habían descuidado su higiene personal, haciendo del olor axilar su carta de presentación. Antes, Miguel había solicitado un vehículo ligero que estaba estacionado delante de la puerta de acceso, un todoterreno URO VAMTAC con la llave puesta en el contacto. Se subieron, Miguel en el asiento del conductor y Carlos en el del acompañante.
Con la asistencia del GPS para localizar la comisaría, tomaron el camino de tierra y llegaron al cruce con la carretera que el día anterior habían cruzado a pie. Miguel giró a la izquierda y aceleró, pronto tuvo que reducir la velocidad, obligado por los socavones que poblaban la carretera, haciendo que el vehículo militar, pese a su tracción en las cuatro ruedas, perdiera la trayectoria. En cinco minutos ya habían llegado a la comisaría de Blat. Miguel estacionó el URO junto a un par de destartalados y polvorientos coches de policía. Los dos agentes se bajaron del vehículo dando un pequeño salto ante la mirada de varios viandantes y dos policías que apuraban sus cigarrillos en la entrada de la comisaría. Nada parecía indicar que en ese pueblo se produjesen muchos delitos.
—Buenos días —saludó Miguel en inglés a los policías—. Nos está esperando el comisario Mohamed Dumani.
—Un momento, por favor —le contestó uno de los policías en un inglés que no superaría los exámenes finales de primaria en España.
Después de hablar por radio unos segundos, el policía le dijo a Miguel que podían pasar.
—El capitán les espera en la tercera puerta a la izquierda.
Miguel y Carlos recorrieron el pasillo central del edificio de una sola planta hasta llegar a la puerta, cerrada y con una placa metálica donde se podía leer en árabe el nombre del capitán de la policía. Tanto Miguel como Carlos hablaban árabe, pero preferían no utilizarlo si no era necesario. Por otro lado, les daba una ventaja estratégica si sus interlocutores lo utilizaban pensando que ellos no lo entendían. Dentro del despacho se escuchaban las voces de al menos dos personas, pero no estaban dispuestos a esperar. Carlos miró a Miguel y este golpeó la puerta con sus nudillos. La conversación cesó de inmediato y una voz autoritaria se escuchó al otro lado de la puerta.
—Ya están aquí los españoles. —Fue lo que oyeron los dos agentes, seguido de unos pasos que precedieron la apertura de la puerta.
Un hombre alto y orondo, de unos cincuenta años, fue el que abrió la puerta. Al fondo del espacioso despacho y, de espaldas, había otro hombre sentado delante de una mesa de trabajo repleta de carpetas que apenas permitían ver el mueble archivador adosado a la pared.
—Buenos días. ¿Cuál es el motivo de su visita? —preguntó en español el que parecía ser Mohamed Dumani, sin invitarles a pasar dentro del despacho.
El comisario era un hombre de aspecto cuidado. Más cerca de los sesenta que de los cincuenta años, tenía cara de pocos amigos y una cabeza rala.
—Soy el teniente Miguel Gómez y este es mi compañero, el teniente Carlos Fernández. Venimos de parte del general Ramírez para hacer unas preguntas al capitán Dumani.
Después de escrutarlos, el hombre se presentó sin hacer ningún ademán de estrecharles las manos.
—Entonces soy yo con quien tienen que hablar. Pasen y tomen asiento, por favor.
El comisario recorrió los pocos metros que lo separaban de la mesa seguido por Miguel y Carlos mientras el hombre sentado se levantaba de la silla.
—Les presento al subcomisario Michel Diab, mi mano derecha —dijo Dumani.
El subcomisario les saludó llevándose la mano derecha a la frente, se dirigió hacia la puerta y la cerró, quedándose dentro y en pie mientras los agentes se sentaban en dos sillas, delante del comisario.
—¿Les importa si Michel se queda mientras conversamos?
—En absoluto —contestó Miguel—. Por cierto, ¿dónde ha aprendido a hablar tan bien español?
—En un centro de lenguas de Beirut, aunque realmente aprendí a desenvolverme en la lengua de Cervantes durante mi estancia en la Academia de Oficiales de la Guardia Civil de Aranjuez. Me gustó su país, al menos lo poco que puede ver. Bien, ustedes dirán a qué debo su visita.
—¿No se lo dijo el general Ramírez? —preguntó Miguel.
—Me habló de un robo en la base española, pero no me dio más detalles.
Miguel dejó sobre la atestada mesa el falso documento a nombre de Farid Abboud que lo acreditaba como trabajador externo de la base militar, confiando en que el comisario no lo contrastase con el documento de identificación de Abboud, que deberían tener en la base de datos de la comisaría, puesto que las fotografías serían las mismas en ambos documentos: el de identidad y el de permiso de trabajo.
El comisario cogió el documento y lo miró detenidamente, mientras de soslayo, lanzó un par de miradas a los agentes. Carlos pudo apreciar en la mirada de Abboud la duda sobre la autenticidad del permiso de trabajo. El capitán devolvió el documento a Miguel y dijo:
—Sí, es Farid Abboud, un ratero de poca monta. ¿Qué les ha robado?
—No estamos autorizados para facilitarle ese tipo de información — contestó Miguel.
—Sí, claro —afirmó en árabe el comisario con un tono de voz desafiante.
—Solo le podemos decir que lo que robó es… por decirlo de alguna manera, material peligroso si cae en manos inapropiadas —añadió Miguel dando por hecho que Dumani interpretaría que se refería a armamento o explosivos.
—Supongo que Abboud no tendría autorización para acceder al lugar en donde se almacena ese… «material peligroso».
—Así es —intervino Carlos—. Le acabamos de decir que lo robó. No forzó la cerradura, utilizó una ganzúa, entró y se lo llevó unos minutos antes de acabar su jornada laboral. Está registrado por las cámaras de seguridad de la base.
—No parecen tener mucha seguridad en la instalación militar. ¿Me permiten que les haga una pregunta? Si es que están autorizados a contestarla —dijo con sarcasmo el comisario.
—Pregunte —accedió Miguel.
—Normalmente, antes de contratar a alguien en la base nos piden sus antecedentes penales. No me consta ninguna solicitud a nombre de Farid Abboud.
«Touché», pensó Miguel, mientras el comisario tamborileaba con los dedos repletos de anillos de su mano derecha sobre la mesa, esperando la respuesta, aunque fue la agilidad mental de Carlos la que les sacó del atolladero.
—Farid Abboud se presentó en la base anteayer solicitando un trabajo, precisamente el día en que urgía un limpiador para una carpa desalojada. Dada la prisa por volver a usar esa instalación, se le contrató el mismo día con la intención de solicitar el certificado de penales al día siguiente; es decir, ayer.
—¿Y cuándo perpetró el robo?
—El mismo día que empezó a trabajar —contestó Miguel.
—¿Y no sospecharon nada cuando no se presentó a su puesto de trabajo al día siguiente, o sea, ayer?
—Suele suceder, por eso ahora pagamos por meses o semanas en lugar de cada día, para evitarlo —le informó Carlos—. No nos percatamos del robo hasta ayer, en una revisión rutinaria. Fue entonces cuando revisamos las grabaciones de las cámaras de seguridad de la base.
El comisario ya se había percatado de que Carlos tomaba la iniciativa cuando la conversación se complicaba, y se preguntaba si esos dos tenientes, a los que no había visto nunca, habían sido enviados a la base española para llevar la investigación sobre Farid Abboud; en cuyo caso, debía haber algo más que un robo. Miró a Carlos y habló:
—No sabemos nada de Farid Abboud desde el día en que lo contrataron, pero Ismail Chedraui, el pastor que lleva su rebaño a diario a pastar junto al cobertizo que usa Abboud como vivienda, me ha contado esta mañana que la cerradura había sido forzada y la puerta estaba abierta. También me ha comentado que vio a unos soldados españoles merodear por la zona ayer, y que uno de ellos le hizo una serie de preguntas sobre el propietario del cobertizo. No tendrán nada que ver, ¿verdad?
—No, puede estar tranquilo —mintió Carlos—. Es cierto que, en una inspección rutinaria de la zona perimetral de la base, uno de nuestros compañeros le preguntó al pastor por el propietario del cobertizo, y que este le dijo que vivía en Beirut, aunque hacía tiempo que no lo veía por el pueblo. También que Abboud lo utilizaba como vivienda. Eso, y ver el cobertizo cerrado con una cadena y un candado, le hizo pensar que Farid había huido tras el robo. Por eso estamos aquí. ¿Conoce a alguien a quien pudiera recurrir Farid Abboud para ocultarse?
—No —afirmo el comisario.
—¿Y a alguien a quien pudiese vender el material robado? —preguntó de nuevo Carlos.
—Tampoco.
«Dos respuestas negativas sin pestañear. No me lo creo. El comisario sabe más de lo que nos está contando», pensó Carlos.
—Por cierto. Hace días que no vemos a sus vehículos blindados españoles recorrer nuestras carreteras, más o menos desde el día que desapareció Abboud…, quiero decir desde el día en que lo contrataron. ¿Ocurre algo?
«Ha dicho desapareció, no que hubiese huido; además de la referencia a la ausencia de los carros blindados. El comisario es un buen observador y con grandes dosis de deducción. No debemos minusvalorarlo», se dijo Carlos, que ya había preparado una respuesta.
—Nada grave. Ha habido un brote de gripe en la base que aconseja que los soldados no abandonen la instalación si no es imprescindible. De paso, se les han asignado mejoras en la seguridad de la base, supervisados por especialistas enviados desde Madrid.
—Creo que no le molestaremos más por hoy —intervino Miguel, que había notado como crecía la tensión entre Carlos y el comisario—. Le agradeceríamos que, si tiene noticias sobre Farid Abboud, se pusiese en contacto con el general Ramírez.
—El subcomisario les acompañará hasta su vehículo —dijo Dumani, sin levantarse de la mesa ni hacer intención de estrecharles las manos.
—No es necesario —afirmó Miguel.
—Es una cuestión de cortesía profesional —insistió Dumani.
«Y una mierda cortesía. Lo que no quiere es que preguntemos a nadie más de la comisaría», dedujo Carlos mientras se dirigían a la puerta del despacho.
Los dos agentes y Michel, que cerró la puerta antes de abandonar el despacho, se encontraban ya en el largo pasillo central cuando el subcomisario miró hacia atrás y les comenzó a hablar en voz baja, casi inaudible, en un inglés más que aceptable.
—No son los únicos que buscan a Abboud.
—¿Y por qué nos cuenta esto? —Quiso saber Miguel.
—Porque el comisario es un hombre muy desconfiado. Para él son una fuerza de ocupación. Yo, por el contrario, valoro su trabajo, considero que hacen una labor encomiable, conteniendo tanto los ataques de Hezbolá como los del ejército israelí.
—Nos puede dar algún nombre —preguntó Miguel mientras caminaban lentamente hacia la salida de la comisaría.
—Karim Assad. También está buscando a Farid Abboud desde hace días. Assad es un traficante de drogas, armas y mujeres, que opera con impunidad en el Mediterráneo Oriental. Estuvo ayer en la comisaría hablando con el comisario, pero yo no estuve presente en la conversación. Sabemos, gracias a las informaciones de la Jefatura Central, que Assad ha atracado su yate en el puerto de Beirut varias veces en los últimos meses. La agencia de aduanas ha hecho varios registros en el yate, pero no han encontrado nada. Es posible que recoja la mercancía en otro puerto, aunque también es factible que alguno de sus acólitos lo haga en un lugar que desconocemos y la trasladen por tierra.
—¿Cuál es el puerto o la ciudad costera más próxima? —preguntó Carlos.
—La más cercana es Biblos. Allí hay un puerto pesquero —afirmó el subcomisario Diab.
Al llegar a la entrada, los dos policías ya no estaban, pero sí los dos coches de policía que los agentes habían visto al llegar a la comisaría. Michel Diad les acompañó hasta el blindado y les deseó suerte estrechándoles las manos, después desanduvo el camino hasta la comisaría. Miguel utilizó las llaves para abrir las puertas del vehículo y se subió, introdujo la llave en el contacto y la giró. El motor rugió como una alimaña a la que se molesta. Miguel acababa de poner su mano sobre el cambio de marchas cuando Carlos le agarró el antebrazo. Iba a pronunciar algo, entonces vio que Carlos se llevaba el dedo índice a los labios y después a su oído izquierdo, indicando que se mantuviese en silencio ante la posibilidad de que los estuviesen escuchando. Miguel se encogió de hombros y condujo por las intrincadas calles anexas al zoco hasta llegar a la carretera que les llevaría a la base. No había recorrido ni dos kilómetros cuando Carlos habló:
—Para, tengo ganas de orinar.
—¿Ahora? —protestó Miguel, que detuvo el vehículo en el estrecho arcén.
Carlos saltó del vehículo y se introdujo debajo del coche. Miguel, sin saber muy bien qué estaba sucediendo, salió del todoterreno para hablar con Carlos.
—Pero que… —Es todo lo que alcanzó a decir antes de que Carlos sacara su brazo mostrando en su mano un objeto metálico y cúbico.
Carlos le entregó el objeto a Miguel, salió de debajo del coche, se puso en pie, caminó alejándose del vehículo y se sacudió el uniforme generando una polvareda que lo envolvió unos segundos.
—Joder Carlos. Ese cabrón nos ha colocado un rastreador. ¿Crees que además nos pueden estar escuchando? —dijo Miguel cuando lo alcanzó.
—¿Tienes el móvil a mano? —preguntó Carlos.
—Por supuesto —contestó Miguel mientras extraía el teléfono de uno de los bolsillos del pantalón.
—Pues úsalo para llamar ahora mismo a la base. Dile a Marcos o Ahmed que soliciten a la central la autorización para usar Pegaso. Una vez que la reciban, que vayan inmediatamente al despacho del general Ramírez, que conecten el equipo a la línea telefónica del general y que este haga una llamada al comisario Dumani preguntando por nosotros. Con suerte tendrá conexión a través de un enrutador con fibra y el móvil conectado al wifi. Si es así, rastrearemos todas sus llamadas, mensajes y movimientos. Espero que no sea tarde.
Miguel marcó un número en el teclado de su móvil de alta seguridad y transmitió a Marcos y Ahmed las instrucciones precisas para activar Pegaso, un programa espía, o spyware, que habían clonado los informáticos del CNI a partir de Pegasus. Desarrollado por la empresa israelí NSO Group, Pegasus se vendía a gobiernos y agencias de inteligencia para introducirlo en cualquier dispositivo con conexión a internet, y así poder leer mensajes de texto, rastrear llamadas, recopilar contraseñas, rastrear la ubicación del teléfono y recopilar información de las aplicaciones. Los hackers del CNI habían conseguido acceder al código fuente y lo habían modificado para implementar su seguridad, eliminando las «puertas» de entrada instaladas por NSO y, así evitar un posible rastreo por parte de la compañía o de cualquier agencia de inteligencia.
Miguel pulsó la tecla de desconexión y se quedó mirando abstraído su teléfono unos segundos, hasta que el sonido de un automóvil, que en esos momentos circulaba por la carretera, lo sacó de su ensimismamiento.
—Nos ha utilizado —afirmó Miguel—. ¿Crees que es posible que los dos policías de la entrada hayan instalado un micrófono dentro del blindado?
—Es posible. Han desaparecido y no han utilizado ninguno de los dos vehículos policiales. Tú o yo también podríamos abrir el blindado sin llave y colocar un diminuto e imperceptible micrófono. Esto huele mal.
—Vámonos —dijo Carlos—. Volvamos a colocar el rastreador donde estaba y hablemos durante el trayecto de la presunta desaparición del «fiambre» libanés. Será lo mejor para no despertar sospechas si nos están escuchando.
—Muy listo. Pretendes utilizar otro vehículo y usar este para despistar.
—No exactamente. Mi intención es usar este blindado y seguirles el juego, solo que ahora la iniciativa la llevamos nosotros. Ya sabemos que nos vigilan, pero no por qué. El comisario sabe mucho más de lo que nos ha contado el subcomisario. Además, ahora cobra sentido la insistencia en que nos acompañase al vehículo Michel, cuestión de deducción, lo supuse al comprobar que nos mentía. Quería asegurarse de que no comprobásemos los bajos del todoterreno al abandonar la comisaría. Y luego está esa reunión con el traficante.
—Crees que el comisario está implicado.
Carlos asintió con la cabeza antes de responder.
—Para mí está claro. Es la historia de siempre: un puesto de responsabilidad mal pagado con una inflación galopante, el desengaño de toda una vida dedicado al servicio público sin un ascenso ni reconocimiento por los servicios prestados. El terreno abonado para que alguien sin escrúpulos te haga una oferta que no puedes rechazar y que te garantiza una jubilación en un país con playas de esas que salen en las fotos de las agencias de viajes. Ahora vámonos. Tenemos que volver a la base.
Miguel y Carlos se subieron al blindado y llegaron a la base Miguel de Cervantes. Durante el trayecto vieron como un avión realizaba la maniobra de aterrizaje. No era un avión cualquiera, era un Airbus A400M del ejército español. Hablaron de lo extraño que les parecía todo, de sus dudas sobre que el comisario les hubiese contado toda la verdad sobre Farid Abboud y de intentar encontrarlo por su cuenta. De que posiblemente estuviese escondido en algún lugar de la costa esperando poder salir del Líbano. En definitiva, preparando el terreno para que Dumani conociese los pasos que supuestamente seguirían.
Ambos bajaron del blindado y se encaminaron a la puerta de la base. Se colocaron el traje de bioseguridad y atravesaron la puerta principal. Observaron un cierto revuelo en un corrillo de soldados que hablaban entre ellos hasta que llegaron a su altura, momento en el que algunos de los soldados les lanzaron unas miradas amenazadoras. Ellos prosiguieron hasta entrar en el cuartel de mando y se dirigieron al despacho del general, donde Marcos y Ahmed ya estaban rastreando las llamadas con todo el equipo de transmisiones y varios ordenadores, mientras el general Ramírez observaba con perplejidad el trabajo de los dos agentes, de manera que no los vio llegar.
—Buenos días —saludó Miguel, provocando que Ramírez dejase de prestar atención a Ahmed y Marcos para centrarse en los recién llegados.
—Buenos días. ¿Me puede explicar qué están haciendo sus subordinados?
—¿No se lo han dicho? —preguntó Miguel.
—Me han hablado de tecnicismos mientras irrumpían en mi despacho con sus trastos y empezaban a manipular las líneas de comunicación. Después me han dicho que hiciese una llamada al comisario Dumani preguntando por ustedes dos.
—¿Y la ha hecho? ¿Ha hablado con Dumani? —le interpeló Carlos, haciendo un gesto con la mano a Marcos para que se callase cuando este intentaba decir algo.
—Sí, he hecho lo que me han pedido que haga —dijo Ramírez con un tono de voz que denotaba hastío—. Y ahora, ¿me van a aclarar qué está sucediendo?
Carlos miró a Miguel y este le hizo un gesto de aprobación con su cabeza.
—Verá —intervino Carlos—, el comisario nos ha ocultado información crucial, lo que nos hace sospechar que podría estar implicado en el tráfico de viales de la viruela. El subcomisario Diab nos ha contado que un tal Karim Assad, un traficante internacional, se reunió ayer con el comisario, y que el tal Assad había estado haciendo preguntas sobre Farid Abboud. Poco después, alguien forzó la entrada a la caseta que utilizaba Abboud como vivienda. El comisario fue informado de este hecho por el pastor que a diario lleva a pastar sus cabras donde está la caseta, mucho antes de nuestra incursión nocturna. Además, después de la reunión con el comisario descubrimos un dispositivo de geolocalización en los bajos del blindado, y no descartamos que quien lo colocó también haya instalado un micrófono dentro del vehículo.
Ramírez se recostó en su cómoda silla ergonómica con la mirada perdida en algún punto del amplio barracón de mando. Después, tomó aire por la nariz y lo expiró por la boca, miró a Miguel y dijo:
—Lo que insinúan es preocupante, muy preocupante. Si es así, esto excede las competencias de la misión en el Líbano.
—Las suyas sí, pero no las del CNI —repuso Miguel, quien se situó al lado de Ahmed y Marcos.
—¿Habéis podido instalar Pegaso en algún dispositivo del comisario?
Marcos alzó la mano mostrando su pulgar mientras escuchaba, con ayuda de unos auriculares, algo que no alcanzaba a oír Miguel. Ahmed ya se había desprendido de los suyos y se dirigió a Miguel.
—Ha habido suerte. Cuando el general llamó a Dumani, este estaba hablando por teléfono y utilizaba su móvil conectado a la red de internet de la comisaría. Al estar el teléfono fijo asociado con el enrutador, pudimos instalar Pegaso durante la llamada. Ahora mismo Marcos está rastreando la llamada que estaba haciendo Dumani desde su móvil.
—El cabrón interrumpió la llamada con un «ya hablamos en otro momento» nada más colgar al general. Pero Pegaso ha hecho su trabajo y tenemos localizada la llamada —añadió Marcos, que ya se había quitado los auriculares y giró la pantalla del ordenador para mostrar un mapa—. Se hizo desde Biblos, en concreto, desde el puerto y utilizando una conexión vía satélite.
Carlos y Miguel cruzaron sus miradas. Sin decir nada lo estaban diciendo todo.
—Así que el puerto de Biblos —dijo Miguel—. ¿Puedes darnos la ubicación exacta?
—Un momento. Aquí está, con un margen de error de un metro. Es una embarcación de unos ochenta metros de eslora, un yate de lujo. Ese no cuesta menos de cien millones de euros. La llamada se ha hecho desde la cubierta. Gracias a las cámaras térmicas del satélite puedo contar más de veintidós personas, algunas armadas.
—¿Cuántas? —inquirió Miguel ante la atónita mirada del general.
—¿Armadas?
—Sí, Marcos, armadas.
—Cinco con lo que parecen subfusiles, pero no podemos descartar que haya algunos más con armas cortas. Dame un momento.
Marcos amplió la imagen para observar uno a unos a los ocupantes del yate. Gracias al contraste térmico podía distinguir cualquier objeto de pequeñas dimensiones que portasen los observados.
—Cuento cuatro más con pistolas —dijo finalmente Marcos—. Nueve en total.
—Parece que, a pesar del tamaño, el barco atracado en el puerto de pescadores podría tratarse del yate de Karim Assad —intervino Carlos señalando con el dedo el monitor.
—Podría —apuntó Miguel—, pero hay una cosa que no encaja. ¿Cómo tardaron tanto en darse cuenta de que les faltaba el material robado por Farid Abboud? ¿Es posible que Abboud solo robase un vial de la caja y no se percatasen hasta que las abrieron?
—No lo creo —afirmó Carlos—. Tendría que haber desprecintado la caja para volver a precintarla después. Demasiado tiempo. Lo más rápido era llevarse una caja llena de viales, es pequeña y pesa poco. Además, en la caseta que utilizaba de vivienda había un plástico, y al lado, en la tierra, la marca rectangular de lo que podría ser una caja de laboratorio de las que se usan para transportar viales o tubos de ensayo. Puede que escondiesen el vehículo con el que trasladaban la carga a la espera de la llegada de Karim Assad y no se percatasen de la sustracción hasta que hicieron la trasferencia al barco.
—¿Y por qué no se han ido si tienen la carga completa desde ayer? — preguntó Miguel.
—Quizás ya esté en camino de su destino en otro barco —sugirió Carlos —. No tiene por qué transportarla en su yate. Puede que Assad haya decido estar unos días por la zona para averiguar el paradero de Farid Abboud. Dudo que solo buscasen la caja. Esa gente no es de la que deja cabos sueltos, y me temo que pretenden acabar con Abboud, al fin y al cabo, no saben que ha muerto. Creo que sospechan que el finado está en la base. Por eso nos han colocado un rastreador y posiblemente un micrófono.
Carlos interrumpió su explicación para hablar con el general. Ramírez había asistido a la conversación sin decir nada, imperturbable, como si no entendiese nada de lo que decían.
—General, ¿han llegado los resultados de los análisis de los soldados de la base? Hemos visto como aterrizaba el Airbus.
—Sí, justo estaba revisando el informe del laboratorio cuando sus compañeros han irrumpido en mi despacho.
Un tenso silencio se instaló en el despacho mientras el general extraía varias hojas de un portafolio. Alzó su mirada y sonrió.
—Están limpios. Todos los efectivos que no se encuentran en las instalaciones hospitalarias están sanos. Ninguno presenta anticuerpos para la viruela, aunque lamentablemente han fallecido dos de los hospitalizados.
—Lo sentimos, señor —dijo Carlos—. Pero entonces, los sanos podrían salir de la base. Es que vamos a necesitar que cuatro de los soldados hagan una «excursión» esta noche con el blindado que acabamos de usar.
—¿El que lleva el rastreador y probablemente un transmisor? No me gusta que utilicen a los soldados en sus operaciones. No quiero ni puedo poner en riesgo sus vidas —replicó Ramírez.
Miguel, sin tener ni idea de lo que pretendía Carlos, era perfectamente consciente de que no podía garantizar la seguridad de los soldados. No tenía más remedio que mentirle al general para desbloquear la situación y conseguir su colaboración.
—General, le doy mi palabra de que sus soldados no van a asumir ningún riesgo innecesario.
—En tal caso, en principio no hay problema, aunque debo consultarlo con el teniente Soriano. Es quien tiene la última palabra, pero las órdenes se las daré yo. Ya he tenido una reunión con la tropa esta mañana y les he explicado la situación sanitaria de la base. Creo que los ánimos están más calmados, espero que aún se tranquilicen más cuando les comunique que han dado negativo en el test de la viruela. Pero insisto, si el teniente Soriano da el visto bueno, seré yo quien les diga lo que tienen que hacer. ¡Y por Dios, localicen ese transmisor antes de que salgan!
El general buscó la mirada de Miguel.
—Una cosa más, Gómez. Si les ocurre algo a los soldados, aunque solo sea un rasguño, me encargaré personalmente de usted. ¿Ha quedado claro?
—Sí, señor. Alto y claro.
Carlos hizo un gesto de desaprobación con la cabeza. «No puedo permitir que la arrogancia del teniente de la UME mande a la mierda toda la misión», se dijo a sí mismo.
—Ahmed —continuó Carlos—, necesitamos un automóvil civil. Ve a la carpa y busca por internet cualquier anuncio de venta de un coche. A ver si tenemos suerte y encontramos uno en Ebel El Saqi. Ni se te ocurra comprarlo en Blat.
—Pensaba que las órdenes las daba Miguel —remarcó Ahmed lanzándole a Carlos una mirada cargada de rabia que este aguantó sin inmutarse.
Miguel, que percibía como crecía la tensión entre los dos agentes, decidió intervenir.
—Ahmed, haz lo que te ha pedido Carlos. La decisión es mía —mintió—, Carlos no ha hecho más que transmitírtela.
Ahmed mostró una sonrisa impostada y abandonó el despacho.
—Y tú, Marcos —continuó Miguel—, desmonta el material del despacho del general y utiliza el detector de radiofrecuencia para ver si han colocado un micrófono dentro del vehículo.
—¿Y qué hago si lo encuentro? —preguntó el agente.
—Lo dejas donde está y me lo comunicas.
—Está bien —admitió Marcos.
Cuando Marcos abandonó el despacho, Miguel cerró la puerta y miró al general unos segundos antes de hablar.
—Lamento muchísimo las molestias que le hayamos podido causar. También le pido disculpas por no avisarle, pero no había tiempo que perder si queríamos pillar a Dumani con las manos en la masa.
—Ya ha conseguido lo que quería, ¿verdad? Imagino que tengo las comunicaciones intervenidas —dijo resignado Ramírez, que se había sentado en su silla, tras el escritorio.
—No, sus conexiones están libres del programa espía —afirmó Miguel—. Marcos se aseguró de ello antes de marcharse. Solo se utilizaron como puente para instalar el programa en el teléfono móvil del comisario. Con suerte, pronto se autoinstalará en todos los dispositivos con conexión a internet con los que se comunique.
—Ya —dijo no muy convencido Ramírez—. ¿Y qué instrucciones debo de darles a los soldados?
—Eso dependerá de si, como sospechamos, han colocado un micrófono en el todoterreno —dijo Miguel mientras miraba de reojo a Carlos, esperando que le sacase del atolladero, puesto que el plan era de su compañero.
Carlos captó la señal de socorro que le envió Miguel e intervino.
—General, lo que pretende decir el teniente Gómez es que vamos a necesitar que cuatro de sus hombres rastreen hoy la edificación que utilizaba Farid Abboud como improvisada vivienda, así como los alrededores de la misma. Si Marcos encuentra un micrófono lo dejará en su sitio, y nosotros cuatro grabaremos dos conversaciones que deberán reproducir dentro del blindado, una para la ida y otra para vuelta al cuartel, absteniéndose de conversar durante ambos trayectos o si están a menos de diez metros del vehículo. Saldrán poco después de que lo hagamos nosotros, sobre las 03:00 h, y tienen que permanecer en la zona unas cuatro horas. En el improbable caso de que vean o sospechen que pueden estar observándolos, abandonarán la misión y regresarán a la base. En todo momento deben llevar pasamontañas cubriendo sus rostros.
—Y durante ese tiempo ustedes irán a Biblos. Una maniobra de distracción —añadió el general.
—Así es, señor —continuó Carlos—. Escoja usted los hombres que considere adecuados para la misión de esta noche.
—¿Desean algo más, agentes?
—Por el momento no, señor —contestó Miguel.
—Entonces les agradecería que saliesen del despacho. Tengo muchas cosas que hacer y estoy seguro de que ustedes también.
Miguel y Carlos se disponían a salir del despacho cuando, a través del cristal de la puerta, vieron como Marcos se acercaba hasta llegar al umbral de la puerta cerrada. Carlos la abrió.
—Nada. No he encontrado ningún transmisor dentro del blindado — afirmó Marcos.
—¿Estás seguro? —preguntó Miguel ante la atenta mirada del general Ramírez.
—Por supuesto. He pasado el detector de radiofrecuencia por todas las superficies, incluso las cerradas, como la guantera. He explorado con mis manos todos los recovecos y solo he encontrado un mechero y alguna moneda entre las juntas de los asientos —dijo mientras exponía en su mano el miserable botín: varias monedas de veinte y cincuenta céntimos de euro y un mechero en el que la fotografía de una mujer semidesnuda en relieve parecía contonearse ante la mirada de sus inesperados observadores.
—Entonces, ya no es necesario que grabemos nuestras conversaciones para el corto viaje de sus hombres —apuntó Miguel mirando al general—. Nos vamos, señor. Si tiene alguna duda háganosla llegar. Ya sabe donde estamos.
Cuando entraron en la carpa, Ahmed estaba hablando por teléfono con alguien, seguramente un vendedor. Los móviles cifrados de los agentes tenían la posibilidad de cambiar el prefijo y el número del teléfono por el de cualquier país, incluyendo la compañía suministradora del servicio telefónico, para ello solo tenía que entrar en la configuración del dispositivo y modificarla. Por otro lado, también eran imposibles de rastrear, por tanto, un agente podía estar llamando por teléfono a la cajera de la cola del supermercado y ella pensaría que la llamada procedía de Londres.
—Creo que lo tengo —dijo Ahmed tras colgar—. Se trata de un Renault Megane de 1990. Pide 3000 euros, pero tengo que verlo y regatear el precio. Le he dicho que soy un empresario marroquí visitando la zona, que he quedado con un buen amigo de negocios y que solemos hacernos bromas cada vez que nos vemos. Que quería ver la cara que pone cuando me presente en su residencia de Beirut con un coche destartalado. Casi me cuelga, se ha sentido herido en su orgullo al denominar de esa manera a su coche. He tenido que disculparme y decirle que estaba seguro de que el coche era magnífico, pero que suelo conducir vehículos de alta gama. Al final he quedado dentro de un rato en su domicilio de Ebel El Saqi. Alguien me tendrá que acercar, yo no me puedo presentar con un vehículo militar.
—Te puedo llevar yo —se ofreció Carlos.
—No —repuso Miguel—, te quiero aquí por si hay algún problema con la asignación de los soldados que irán esta noche con el blindado a rastrear la zona de la vivienda de Abboud. Que te aproxime Marcos con otro vehículo hasta Ebel El Saqi. Una vez te hagas con el coche, vuelves a la base con él.
—¿Qué es eso de los soldados? —preguntó Ahmed.
—Mientras nosotros nos desplazamos esta noche a Biblos con el Megane, cuatro soldados irán con el blindado que utilizamos esta mañana a dar una vuelta por los alrededores de la caseta de Abboud.
Miguel descolgó el teléfono y llamó al general Ramírez para pedirle otro vehículo. Tras unos tonos, el general descolgó.
—¿Qué es lo que quieren ahora? —pregunto Ramírez con una entonación que denotaba hastío.
—Lamento interrumpirle de nuevo, pero necesitamos un vehículo para ir a Ebel El Saqi.
—Pueden usar el que han utilizado esta mañana.
—No es conveniente que rastreen esta salida. ¿Nos puede facilitar otro?
—Hay que desinfectarlo, teniente. ¿Para cuándo lo quiere?
—Lo antes posible, señor, es urgente. ¿Cuándo podría estar disponible?
—Haré lo que pueda. Ahora daré la orden de que se lo preparen y lo dejen fuera de la base. Calcule una media hora. ¿Alguna cosa más?
—¿Ha hablado ya con el teniente Soriano?
—Sí, acaba de venir para leer el informe del laboratorio. Ahora se dirige hacia su carpa.
Miguel se asomó a la puerta sin soltar el teléfono. Soriano venía hacia él sin el traje de biocontención y con cara de pocos amigos.
—¿Qué es eso de que necesitan cuatro soldados para hacer su trabajo? — espetó Soriano.
—Buenos días… teniente —contestó Miguel, que dio un paso adelante, hasta invadir el espacio personal de Soriano y escrutarlo lentamente de arriba abajo—. Veo que se ha quitado el traje de bioseguridad. ¿Significa eso que ya ha pasado el peligro?
—Significa que solo los soldados del hospital están infectados. Teniendo en cuenta la rápida evolución de la enfermedad, creo que ya no será necesario que los efectivos de esta misión lleven trajes de bioseguridad. Pero no debemos bajar la guardia. Hoy volveremos a extraer muestras de sangre a todo el personal, a ustedes también.
—¿Eso significa que podemos contar con los cuatro soldados que le hemos solicitado al general Ramírez?
Soriano apretó los dientes y se tomó unos segundos antes de contestar.
—Supongo que sí, pero me gustaría saber a dónde van a ir, por si pueden tener contacto físico con alguien.
—¿Sabe, teniente? Se trata de un asunto confidencial y cuanta menos gente lo sepa mejor. No tenemos la obligación de decírselo.
Soriano contuvo la rabia que le provocaba la actitud chulesca del agente. Podría impedir la salida de los soldados, pero no tenía ningún motivo que lo justificase, e inventarse cualquier excusa lo podría comprometer ante sus superiores.
—Está bien. Cuenten con los cuatro soldados, pero, por su bien, espero que no les suceda nada —espetó Soriano mientras se encaminaba hacia el hospital.
—¡Teniente! —dijo Miguel desde la puerta de la carpa con una sonrisa burlona, obligando a Soriano a detenerse y girarse para clavar su mirada en la de Miguel—. Buenas tardes.
—Buenas tardes —respondió Soriano herido en su orgullo.
Cuando el teniente de la UME se alejó lo suficiente, varias carcajadas sonaron al unísono dentro de la carpa.
—Vaya demostración de autoridad —afirmó Marcos aún riendo.
—Menudo engreído. Ya se lo estaba mereciendo —añadió Ahmed, que rebuscaba en el contenedor, del que sacó ropa para mostrársela a sus compañeros.
—¿Qué os parece? ¿Pasaré por un empresario marroquí? —preguntó mostrando una camisa blanca, un pantalón de pinzas negro y unos lustrosos zapatos de marca.
—Pasarás por un moro de mierda bien vestido —contestó Marcos, provocando de nuevo una risotada por parte de Carlos y Miguel a la que se sumó el propio Ahmed.
Unos minutos más tarde sonó el teléfono, Miguel descolgó. Era el general Ramírez.
—Dígame, señor.
—Por fin me he deshecho del maldito traje de plástico. Comenzaba a parecerme a… ¿cómo se llama esa serie infantil?… A uno de los Teletubbies. Ya tiene el vehículo que solicitó en la entrada de la base. ¿Ha hablado con Soriano?
—Sí, acabo de hablar con él y ha autorizado la salida de los cuatro soldados.
—Recuerde que deberían estar preparados para las 03:00 h —concretó Miguel.
—Lo estarán. No se olvide de lo que le he dicho sobre la seguridad de los soldados.
—Gracias, señor. No le molesto más —añadió Miguel antes de colgar.
Marcos y Ahmed se deshicieron de sus trajes de bioseguridad en la entrada de la base, junto a la cual, ya les esperaba un todoterreno URO VAMTAC. Se subieron, lo arrancó Marcos y pusieron rumbo a Ebel El Saqi.
En la carpa de los agentes, Carlos tenía la mirada perdida y el rostro pálido, como si hubiese visto un fantasma.
—Carlos, ¿te encuentras bien? —preguntó Miguel sin obtener respuesta. Así que, cogió a Carlos por los hombros y lo zarandeó. Estaba sudando y cerró los ojos un momento. Cuando los volvió a abrir, miró a Miguel.
—Ha vuelto a pasar. Lo mismo que algunas de las veces antes de que Marisa tuviese un aborto espontáneo. Lo mismo que antes del atentado de Irak, donde fui el único superviviente. Ya te lo intenté contar una vez, pero te reíste de mí.
—Pues cuéntamelo ahora.
—Desde que era un niño, a veces tenía presentimientos que siempre anunciaban la muerte de alguien cercano, aunque nunca sabía ni quién ni cuándo moriría. No es que pudiese ver el futuro, era una sensación acompañada de un pensamiento que aparecía sin que yo pudiese evitarlo ni elegirlo. Simplemente llegaba, como llegan las tormentas de verano, sin avisar. La primera vez me sucedió unos días antes de que muriese mi abuelo materno de un infarto.
»Oculté esa capacidad innata porque ni siquiera estaba seguro de que la tuviese, hasta que, pasados unos años y unas muertes presentidas, lo conté, primero a mi madre y luego a Marisa. Mi mujer se lo tomó a risa, pero mi madre no. Me dijo que me sentase en una silla de la cocina mientras ella dejaba de amasar la harina con la que luego haría una tarta casera. Cerró la puerta y se sentó frente a mí. Como si fuese un niño, me acarició la cabeza con su mano y me contó que era algo familiar: «Mira, hijo. Esto siempre ha pasado en la familia. Tú lo has heredado de mí y yo de mi padre, que a su vez lo heredó de tu bisabuela. Todavía recuerdo las visitas que, siendo yo niña, recibía en la casa del pueblo. A veces aparecía alguien del pueblo, incluso de otros pueblos preguntando por la tía María. Entonces, tu bisabuela me decía que me fuese a jugar y no volviese en una hora. Pero claro, a veces regresaba antes y me sentaba en el banco de piedra granítica, junto a la puerta. De vez en cuando, solía ver a alguna mujer que salía llorando, porque casi siempre eran mujeres; otras, al contrario, mostraban una inmensa sonrisa. En cualquier caso, todas le daban las gracias y algunas pesetas, “la voluntad” decía la abuela María, dinero que ponía a buen recaudo en el bolsillo de su bata de luto; porque en aquella época todas las mujeres mayores de edad vestían de riguroso luto. Tres años tenían que guardar el luto, ya fuese por un padre, un hermano o un primo segundo.
»Tu bisabuela podía ver el pasado y el futuro de las personas con solo mirarlas y tocarlas y, aconsejar o consolar, según fuese el caso. Mi padre, tú y yo, solo podemos percibir que algo malo va a pasar. No sabemos ni a quién ni cuándo, y eso no es un don, es una maldición, porque no podemos hacer nada para evitarlo, solo esperar que suceda».
—¿Y crees que alguno de nosotros morirá en esta operación? —preguntó Miguel, que obligó a sentarse a Carlos junto a él agarrando la mano temblorosa de su amigo.
—No tengo ni idea, pero podría ser.
—Extremaremos las precauciones —afirmó Miguel.
—Claro, claro… extremaremos las precauciones —repitió Carlos, sabedor de que, si alguno de sus compañeros iba a morir, nada lo podría evitar.
—¿Qué, haciendo manitas? Si molesto me voy —dijo Marcos desde la entrada de la carpa.
—No seas gilipollas —dijo Carlos—. Has vuelto muy pronto de Ebel El Saqi.
—La carretera estaba en mejor estado que la de Blat. Tampoco encontramos tráfico. Además, he dejado a Ahmed en la entrada del pueblo. No era buena idea que lo viesen salir de un vehículo militar.
—Y eso lo decidió Ahmed o tú —preguntó Carlos, quien ya había recuperado el color de su cara por la adrenalina que recorría su organismo.
—Lo sugirió Ahmed y yo estuve de acuerdo. Cuando cierre la compra del automóvil me llamará.
Carlos frunció el ceño ante la explicación de Marcos, pero no añadió nada más.
Marisa se detuvo delante de la puerta de la calle Velázquez. Se trataba de un edificio histórico, con escaleras de mármol, techos de cuatro metros de altura y un ascensor al final del recibidor de más de cien años de antigüedad. La normativa urbanística impedía realizar reformas de la fachada y los espacios comunes que no fuesen más allá del mantenimiento o por motivos justificados de causa mayor. El portero, Antonio, un hombre en edad de jubilación, se percató de su presencia desde su puesto, junto al ascensor. Se levantó de la silla y bordeó el mostrador de madera noble con una agilidad impropia de su edad. Al llegar a la puerta de entrada del edificio, acercó su cara al cristal y, mostrando una sonrisa, abrió la enorme puerta.
—Señora Marisa. ¡Qué alegría verla de nuevo por aquí! ¿Cuándo fue la última vez que vino?… Más de tres años, ¿verdad? La señora Sonia me ha dejado el aviso de que vendría. Por favor, pase.
—Gracias, Antonio. Yo también me alegro de volver a verte —dijo nada más entrar en el regio recibidor—. ¿Cómo está la familia?
—Bien, señora. Manuela con los achaques de la edad, ya sabe, la hipertensión, la artrosis… Y mis hijos ya abandonaron el «nido». José vive con su novia en Vicálvaro, y Daniel se fue a estudiar a Granada, como si no hubiese universidades en Madrid… Dice que la Facultad de Derecho de Granada es la mejor, aunque yo creo que es más bien una cuestión de faldas. Estuvo el verano pasado haciendo un recorrido por las provincias de Granada y Málaga con sus amigos y volvió con otra cara, esa cara de bobo que se te queda cuando estás enamorado. Yo ya se lo he insinuado varias veces, pero no suelta prenda. Supongo que es por cómo son las relaciones hoy, ya me entiende —dijo el portero guiñando un ojo—. Hoy con una y mañana con otra. Disculpe, la estoy entreteniendo con mis cosas y debe de querer reunirse con la señora Sonia.
—No se preocupe. Nunca me supone una molestia hablar con usted. Me alegro de que la familia esté bien. Dele recuerdos a su mujer de mi parte. Por cierto, ¿ya han llegado Carla y Paloma?
—No, señora, aún no han llegado.
Marisa se encaminó hacia el vetusto ascensor. Viendo el portero que llevaba una bolsa en la mano derecha, se adelantó y le abrió la puerta.
—Gracias, Antonio —dijo ella.
—Huele muy bien. ¿Unos dulces? —preguntó Antonio mirando la bolsa.
—Una tarta casera.
—Que la disfruten. Cómo en los viejos tiempos, ¿verdad?
—Sí, como en los viejos tiempos —afirmó ella.
Marisa presionó el botón de la tercera planta y comenzó a ascender, lentamente, envuelta por los chirridos de las cadenas del ascensor. Cuando se detuvo el elevador, abrió la puerta metálica y se dirigió a su derecha, hacia la puerta con la letra C, en la que destacaba una gran mirilla circular dorada con trabajados troquelados. Pulsó el timbre y poco después escuchó unos pasos acercándose. Sonia abrió la puerta y le dedicó su mejor sonrisa.
—Hola, Marisa. Eres la primera.
—Ya me lo ha comentado Antonio.
—¿A qué sé lo que traes en esa bolsa?… Una tarta de manzana, ¿verdad? Si es que huele todo el rellano. Pero pasa, pasa. Vayamos al salón —le sugirió Sonia.
Todo estaba como recordaba Marisa: el recibidor, el larguísimo pasillo con puertas a ambos lados, los mismos cuadros de montañas y marinas colgados de las paredes, el amplio salón, con muebles de diseño que ponían un toque de color al antiguo piso… Todo menos un par de detalles: el aroma a la crema de afeitar de Miguel, que había sido sustituido por una fragancia a cítricos proveniente de algún ambientador, y las fotografías. Ya no estaban las instantáneas de Miguel, únicamente quedaban las fotos familiares donde los tres sonreían, Sonia, Miguel y Miguelín. El niño jugaba a la Play Station, ajeno a su presencia. «Tenía razón Miguel, ha crecido mucho», se dijo a sí misma.
—Miguel. ¡Mira quién ha venido a visitarnos! Te acuerdas de Marisa, ¿verdad?
El niño miró a Marisa un instante y continuó jugando.
—Hay que ver como son los niños de ahora —dijo Sonia—. Los malcriamos y luego pasa lo que pasa, se vuelven maleducados.
—Deja que juegue, no importa —añadió Marisa, que comenzó a sentir como la tristeza la embargaba. «No, por favor, ahora no. Aguanta Marisa», pensó, intentando infructuosamente infundirse ánimos.
En ese momento sonó el timbre de la puerta.
—Deben ser Carla y Paloma —apuntó Sonia, que se perdió en el pasillo.
Unos segundos después, una algarabía de voces infantiles inundó la entrada, y más tarde, conforme los niños llegaban al salón, toda la vivienda. Entretanto, la desazón de Marisa seguía creciendo.
—¡Qué alegría volver a verte, Marisa! —dijo Paloma, que ya había soltado a sus dos retoños y le dio un abrazo y dos besos.
—Hola, Marisa. Te veo espléndida. Se ve que te ha sentado bien el campo —añadió Carla, mientras intentaba calmar el llanto de su bebé moviendo rítmicamente el cochecito y haciendo malabarismos para darle un par de besos a su amiga.
A pesar de su forzada sonrisa, los ojos de Marisa empezaban a tornarse vidriosos.
—¿Qué hacéis todavía de pie? Dejad a los niños y sentaos en el sofá mientras preparo café para acompañar la rica tarta de manzana que ha hecho Marisa —les sugirió Sonia.
—Lo siento, Sonia —intervino Paloma—, yo no he podido traer nada, he tenido una tarde de locos. Primero la reunión con la asociación de padres de la escuela, después recoger a los niños de extraescolares. El tiempo justo para cambiarnos de ropa y venir aquí.
—Yo he llevado a Mikel a la revisión de los seis meses con el pediatra. Ya sabes lo que son esas visitas. Tú tienes que estar a la hora y el doctor te atiende una hora más tarde. He venido directamente desde la consulta y tampoco he podido traer nada —se excusó Carla.
—No os preocupéis por esas cosas, no nos vamos a acabar la tarta de Marisa —añadió Sonia, que se adentró en la cocina.
Marisa quedó atrapada en medio de Carla y Paloma, estratégicamente sentadas a ambos lados, por si tenían que salir corriendo para deshacer cualquier entuerto en el que se viesen involucrados sus hijos, o atender al pequeño de seis meses, que ya había dejado de llorar; ahora le tocaba a ella tomarle el relevo, aunque en silencio, el mismo que había guardado desde que llegaron Carla y Paloma con sus hijos. Unas lágrimas recorrieron sus mejillas, sacó un pañuelo de papel de su bolso, se sonó la nariz y aprovechó para enjugarse las lágrimas. «Por favor, ahora no, ahora no. Aguanta, puedes hacerlo», se dijo. La visión de los niños jugando…, del bebé a menos de un metro de ella… Sus fantasmas maternales habían despertado después de mucho tiempo, en el peor momento, cuando se había reencontrado de nuevo con sus amigas. Por suerte, estaban demasiado pendientes de sus hijos como para percatarse del rictus de su cara.
Sonia entró en el salón portando una bandeja en la que destacaba una humeante cafetera y una lechera de porcelana. Depositó la bandeja sobre la mesita situada frente al sofá y sacó cuatro servilletas de algodón con motivos florales del cajón de la mesita, sirvió café en cuatro tazas, también de porcelana, y comenzó a cortar la tarta de manzana en porciones.
—Voy a por los platos para la tarta. Para los niños traeré unos de cartón que me sobraron del cumpleaños de Miguelín —dijo Sonia antes de encaminarse de nuevo a la cocina, momento que aprovechó Marisa para levantarse.
—Tengo que ir al baño.
Fue entonces cuando sus tres amigas se dieron cuenta de que algo no iba bien. Marisa se llevaba el pañuelo a la cara.
—¿Te encuentra bien? —preguntó Carla.
—Sí. No es nada. Enseguida vuelvo —respondió sin detenerse.
—Me parece que está llorando —musitó Paloma—, la he visto con un pañuelo en las manos.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Carla.
—Dejadme a mí, creo que ya sé lo que le pasa —añadió Sonia, que había hecho un corrillo con Carla y Paloma—. Me parece que es por los niños. Ya sabéis que ella y Carlos… Bueno, que no pueden tener hijos.
—¿Pero no estaba yendo a una clínica de fertilidad? —preguntó Paloma.
—Estaba —afirmó Sonia—, pero lo dejó cuando lo del accidente de Carlos en Irak. Me lo dijo ella misma poco antes de irse a vivir a la sierra. Voy a hablar con Marisa —dijo, yendo hacia el baño. Una vez allí, llamó suavemente a la puerta.
—Marisa, soy Sonia —dijo con voz tranquilizadora. Al otro lado de la puerta del baño se escuchaba el llanto ahogado de su amiga—. Venga, mujer. Ábreme y hablamos. Apenas has probado bocado. Carla y Paloma están preocupadas.
Unos segundos más tarde, Sonia escuchó cómo se descorría el pestillo, pero la puerta no se abrió, lo que interpretó como una invitación a entrar y eso hizo, cerrando la puerta tras ella y echando el cerrojo. Marisa se encontraba sentada en el inodoro, enjugándose las lágrimas con papel higiénico, cabizbaja.
—Lo siento mucho, Sonia. No debería haber venido. Recojo mi bolso, mi abrigo y me voy. Vosotras seguid con la merienda, disfrutad de…
—No digas tonterías —la interrumpió Sonia—. Tú te quedas con nosotras, que ha costado mucho volvernos a encontrar. Es por los niños, ¿verdad?
Marisa comenzó a sollozar. El llanto se alternaba con suspiros quejicosos. Sonia se acercó, se arrodilló delante de su amiga y le ofreció unos pañuelos de papel que acababa de coger de uno de los cajones del mueble de baño que soportaba dos senos con sus correspondientes grifos. Marisa sustituyó el papel higiénico por varios pañuelos que extrajo del envoltorio plástico.
—Huele a menta.
—¿Qué? —preguntó Sonia.
—Que los pañuelos huelen a menta —contestó Marisa, que ahora reía.
—Mira que eres tonta. ¡Venga, levántate y vayamos con las demás!
—Vale, pero déjame que me maquille un poco. Ya tengo un aspecto bastante deplorable como para salir con el rímel corrido —dijo con una risa contagiosa.
Las dos salieron del baño y se encaminaron hacia el salón.