El hilo dorado
Capitulo 4
Hemos intentado contactar repetidamente con él, en vano. La verdad es que he venido a verte porque creí que quizá podrías decirnos dónde está, ya que nadie más parece saberlo.
—¿Cómo dices? —Me incliné hacia ella y la fotografía cayó de mi regazo, dando un par de vueltas en el aire antes de posarse sobre la alfombra.
—Uwe Vogel ha desaparecido, Vera. Es como si la tierra se lo hubiese tragado.
CAPITULO 4
Abrigny, febrero de 1941
La gente desaparecía sin dejar rastro. Era como si la tierra se los hubiese tragado.
Abrigny se había convertido en un pueblo fantasma. Cada vez había menos gente y más casas cerradas, a medida que sus habitantes huían a la zona libre o eran detenidos por algún delito real o imaginario contra el nuevo régimen. Los informes que llegaban desde París eran devastadores: la ciudad de la luz se había quedado a oscuras y la bandera con la esvástica ondeaba en la torre Eiffel como una lengua burlona.
Habían pasado ocho meses desde la ocupación y Margot no podía soportarlo más. Al día siguiente de su encuentro con los jóvenes parisinos en la plaza, hordas de refugiados de la capital habían pasado por Abrigny en su éxodo hacia ninguna parte: hombres, mujeres y niños cargando maletas y sacos, con los rostros desencajados y llenos de polvo, veloces a pesar del agotamiento. Los vecinos del pueblo los contemplaron asombrados desde las ventanas, incapaces de reconocerse en aquellos compatriotas que habían visto el horror de primera mano. Rumores terribles empezaron a correr de boca en boca sobre familias separadas, niños abandonados en los caminos, cadáveres desmembrados en los campos tras los bombardeos alemanes. En octubre, el mariscal Pétain se había manifestado por fin a través de un discurso radiado en el que admitía la derrota e instaba al cese de las
hostilidades y que no hizo más que agravar el pesimismo: Francia se había sometido.
Pocos días después del anuncio en la radio, los alemanes comenzaron a llegar a Abrigny. Las Aubier los vieron desfilar desde la ventana de su cocina, decenas de ellos, como enormes hormigas orgullosas en sus uniformes de la Wehrmacht. Recorrieron las calles con gran estruendo, pavoneándose y entonando cánticos de victoria. Desoyendo los consejos de su madre, que instaba a sus hijas a no salir de casa, Margot se escabulló por las callejuelas para verlos más de cerca: la mayoría parecían muy jóvenes, eufóricos con sus condecoraciones brillando en los uniformes gris verdoso.
Muchos incluso tenían cara de niño y costaba creer que hubieran alcanzado la edad de afeitarse, pero Margot no se dejó engañar. Tras sus rostros lampiños y sus miradas azules, ella era capaz de distinguir el brillo de la codicia, la borrachera de la victoria. Eran monstruos y los odiaba con todas sus fuerzas.
No tardaron en mostrar su puño de hierro. En apariencia, trataban a los franceses con fría amabilidad, pero se apresuraron a imponer una serie de normas y disposiciones: todos debían entregar sus armas y municiones, aparatos de radio e incluso cualquier vehículo a motor que funcionase. Se impuso un toque de queda y también comenzaron a controlar los alimentos: el género de las tiendas y los productos del campo. Era como estar en el interior de una cárcel sin barrotes.
Las Aubier no tenían armas ni vehículos, pero Delphine se apresuró a entregar la vieja radio de Edouard, con una premura que a Margot le pareció servil. Por si fuera poco, los soldados y los oficiales se instalaron en las mejores casas del pueblo, ante la impotencia de sus habitantes. La casita de las Aubier era tan pequeña que se libraron de esa molestia, pero corrían rumores de que Villa Lorraine, que permanecía cerrada desde la gran discusión entre su abuela y su madre, estaba reservada para algún pez gordo que llegaría de Berlín en las próximas semanas. Margot sentía ganas de gritar cuando pensaba en la casa de su infancia pisoteada por aquellas ratas.
—Al menos no estaremos bajo el mismo techo que ellos —intentó confortarla Violette. Estaban las dos en la cocina, tratando de calentarse las manos llenas de sabañones ante la estufa de leña y esperando a que su
madre y Claire bajasen a desayunar. Los rostros de ambas se reflejaban en la superficie metálica de la estufa, dos lunas casi idénticas en las que el rasgo más dispar eran los ojos: mansos los de Violette, fieros y casi desorbitados los de Margot. Una, aguardando. La otra, deseosa de actuar.
Así había sido siempre.
—Vaya consuelo —resopló Margot.
—Es mucho mejor que la otra opción. —Violette bajó la voz—. Lucie me ha contado que hay un oficial instalado en su casa y toda la familia ha tenido que apiñarse en la planta baja. ¿Te lo imaginas? Incluso los padres de Christophe tienen a un cabo viviendo con ellos, lo cual es todavía peor con todo lo que les ha pasado.
Margot rechinó los dientes al pensar en Christophe. Un par de días después de la rendición, sus padres habían recibido una carta con matasellos oficial confirmando la muerte en el frente de Gaspard, su hijo mayor. Los gritos desgarradores de la madre habían resonado en todo el pueblo como los quejidos de un pájaro herido. Desde ese día, su pelo se había vuelto completamente gris, tan gris como las águilas bordadas en los uniformes de los alemanes.
—Yo no soportaría estar en su situación —aseguró—. Los mataría mientras duermen. Los degollaría con mis propias manos. Jamás podría tener en mi casa a los asesinos de mi hermano.
—Calla, calla. —Violette la sujetó por la muñeca— ¡No sabes lo que dices!
No nos queda más remedio que aguantar, resistir en silencio hasta el final.
No podemos enfrentarnos a ellos, sería como pulgas luchando contra leones.
Margot levantó la barbilla, irritada con su hermana. Resistir en silencio, eso era lo que todo el mundo hacía. O casi todo el mundo, porque algunos, como los jóvenes parisinos que se habían encontrado en la plaza meses atrás, decidían luchar. Margot pensaba en ellos cada día, se preguntaba si estarían vivos, si habrían conseguido llegar a su destino. El rostro del chico moreno, burlón y anguloso, se colaba en su mente en los momentos más inoportunos: cuando recogía leña en la parte trasera de la casa o cuando
pelaba verduras para el mezquino estofado de la cena. ¿Habría conseguido matar ya a algún alemán? Había oído rumores acerca de grupos clandestinos que se ocultaban en los bosques, los maquisard , soldados franceses que habían desertado o simples civiles deseosos de luchar contra los invasores. ¿Se habría unido a ellos? ¿O estaría preso en algún campo de detención o, peor aún, colgado de una horca en alguna plaza pública para escarmiento de los demás? Cuando pensaba en él, a Margot le entraba una urgencia inexplicable por salir corriendo, por huir de Abrigny, porque cualquier destino le parecía mejor que el agujero lleno de temores en que se había convertido el pueblo.
Su relación con Didier tampoco era ya la misma. El apoyo que habían sido el uno para el otro, esa roca firme, se había desgastado hasta convertirse en un montón de escombros. Didier bajaba la cabeza como todos los demás.
Temía por su madre, una viuda que regentaba una panadería, y por sus tres hermanos pequeños, siempre hambrientos. Él trabajaba sin descanso, día y noche, y a Margot le repugnaba que el resultado de su esfuerzo, aquellos panes tiernos y blancos que florecían bajo sus manos, estuviesen ahora destinados a las mesas de los alemanes.
Incapaz de estarse quieta, Margot comenzó a preparar el brebaje de achicoria molida que llevaba meses sustituyendo al café de sus desayunos.
Últimamente subsistían a base de sopas aguadas, pan duro y la poca carne que les proporcionaban sus cartillas de racionamiento. Violette había empezado a hacer conservas de todo aquello que tuviera un aspecto mínimamente comestible: cebollas, setas, pepinillos, incluso raíces. «Para cuando vengan los malos tiempos», decía con una voz cavernosa que a su hermana le ponía los pelos de punta. Los malos tiempos. ¿Acaso podían empeorar mucho más las cosas?
Claire entró en ese momento en la cocina, con su melena rubia flotando tras ella y su cuaderno de dibujo en la mano. Margot empezó a cortar el pan rancio en finas rebanadas, disponiéndolas sobre la mesa como pétalos de flor. Cualquier tarea era buena para dejar de pensar. Cualquier cosa para espantar el recuerdo de aquel desconocido de ojos fieros que no dejaba de revolotear en su mente.
Delphine se paró en el umbral de la cocina y miró a sus tres hijas sentadas alrededor de la mesa. Media hogaza de pan de centeno (nada que ver con las tiernas baguettes que habían disfrutado en días mejores) y apenas un poco de mantequilla formaban todo su desayuno y aun así, solo Claire parecía comer con cierto apetito. Las gemelas se inclinaban sobre sus tazas de sucedáneo con idénticas expresiones hurañas. Delphine las valoró con ojos de madre: Margot llevaba semanas inquieta, como un volcán a punto de entrar en erupción. Si ya de natural tenía un carácter impaciente y poco dado a sutilezas, en los últimos tiempos había empeorado hasta tal punto que era casi imposible hablarle sin recibir un bufido por respuesta. Violette parecía la viva imagen de una mártir medieval, con los mechones de pelo sucio sobre la cara, la falda arrugada y las manos crispadas sobre el regazo.
Delphine suspiró. Así estaban las cosas: una hija tensa como un junco a punto de romperse y la otra desdibujada como una acuarela manchada de agua.
Su mirada se suavizó al contemplar a Claire. Ella todavía no había empezado a sentir en sus carnes el pellizco de la guerra. Sus mejillas estaban sonrosadas y sus dientes relucían en una pequeña sonrisa. Al menos todavía podía conservar eso. Al menos a ella podía mantenerla a salvo.
Cruzó la cocina en silencio —en esos días, más que nunca, las palabras escaseaban en su casa—, y se sirvió una taza del agrio brebaje que le quemó la lengua. Después se puso el raído abrigo de paño que había conocido tiempos mejores y salió de la casa.
Caminó por las calles vacías, sorteando charcos de agua congelada hasta llegar a la iglesia. Cécile Ferrec le abrió la puerta de la sacristía arrebujada en su enorme bata de franela pero no comenzó a darle instrucciones para la limpieza diaria como tenía por costumbre, sino que se quedó mirándola con una mezcla de preocupación y tristeza.
—Lo siento, Delphine. Me temo que no podemos seguir dándote trabajo.
Con los alemanes aquí, el racionamiento y todo eso… Son malos tiempos para la Iglesia y Maurice ha tenido que recortar gastos. —Miró por encima del hombro hacia el rincón donde su hermano gruñía mientras sacaba lustre a los incensarios—. Cada franco cuenta, ¿comprendes? Y los alemanes no ven con buenos ojos a los sacerdotes católicos.
—Comprendo. —Delphine sintió que algo se hundía en su estómago, un vacío molesto que iba más allá del hambre—. No se preocupe.
Trató de retirarse, pero la mujer la sujetó por un brazo.
—Hay algo más. Sé que estos últimos meses has estado ayudando a mi hermana Aurélie con su bebé. Me ha pedido que te diga que tampoco puede seguir contando contigo. A su marido lo han echado de la fábrica. Han despedido a todos los franceses.
—¿A todos? —Delphine la miró con asombro. El marido de Aurélie trabajaba en una pequeña factoría de zapatos en una localidad vecina. Él se encargaba de coser las suelas. ¿Qué podían haber hecho todos esos padres de familia para ofender a los nazis?
—Dicen que van a militarizar la fábrica, que van a hacer botas para el ejército alemán. Han traído obreros extranjeros, polacos creo… Les pagan una miseria, por supuesto. ¡Esos cerdos! —La mujer soltó una maldición que hubiera hecho estremecerse a su hermano—. Parece que las cosas están cambiando, ¿verdad? Nos esperan malos tiempos.
—Sí. Sin duda están cambiando. Cuídese, madame , y salude de mi parte al padre Ferrec.
—Te deseo suerte, Delphine. Cuando termine la guerra, y confío en que lo haga pronto, nos gustaría que volvieras con tus hijas. La iglesia no será la misma sin los arreglos florales de Margot.
Delphine asintió y echó a andar con la cabeza gacha. ¿Qué iban a hacer ahora? En los últimos años las cuatro se las habían arreglado con su salario como limpiadora para salir adelante. Quedaba una pequeña parte del dinero
que Edouard les había dejado y Delphine lo estaba guardando para sus hijas. Habían terminado la escuela y Margot deseaba ir a la Universidad mientras que Violette, cuyo sueño era casarse y tener muchos hijos, necesitaría un buen ajuar. Suponía que ahora las gemelas tendrían que buscar trabajo también, si es que quedaban trabajos disponibles en alguna parte. Con Francia ocupada, con París agonizando bajo el puño de Hitler, todos sus sueños estaban comenzando a dispersarse como cenizas en el viento.
Delphine siguió pensando en sus problemas mientras se adentraba por las callejuelas centrales del pueblo. Los víveres escaseaban cada vez más, ya que los alemanes acaparaban para sí las mejores provisiones: el trigo, los quesos y los jamones que los campesinos habían puesto a curar durante el invierno. Incluso las dos bodegas del pueblo eran ahora propiedad de los nazis. El nuevo gobierno había expedido cartillas de racionamiento con cupones para comida y queroseno, pero las cantidades que se podían conseguir eran ínfimas: un litro de leche, un kilo de harina, apenas unas lascas de tocino. El gobierno había repartido octavillas en las que animaba a la población a adaptarse a la economía de guerra: beber leche desnatada, prescindir del café y comerse las patatas enteras con la piel. ¿Cómo iban a salir adelante? ¿Cómo iban a permitirse las medicinas para Claire?
Delphine se estremeció y se arrebujó en su abrigo. Los charcos del suelo le devolvieron la imagen de su rostro preocupado. La guerra era una vieja conocida para ella: la anterior le había enseñado que más allá de los mutilados y las listas de bajas había otras secuelas que afectaban a los que se quedaban: el hambre, las noches sin dormir por la preocupación, el frío que parecía adueñarse de los huesos. Y, sobre todo, el miedo. Miedo a que los seres queridos no volvieran del frente o, casi peor, a que regresasen transformados en despojos de sí mismos que podían terminar sus días en una bañera llena de sangre.
Siempre se hablaba de lo que la guerra les hacía a los hombres, pero Delphine sabía muy bien qué les hacía a las mujeres. Y rezaba para que esta nueva guerra fuese lo más corta posible, para que a ninguna de sus hijas les diese tiempo a descubrirlo.
Apretó el paso. Las calles estaban casi desiertas; muchas de las tiendas habían cerrado y las que quedaban abiertas ya no exhibían alegres toldos de colores. Entró en la panadería y se puso a hacer cola tras las cuatro o cinco mujeres que ya esperaban para recibir la pequeña hogaza que les correspondía según el racionamiento. Tras el mostrador Émilie Briand, la madre de Didier, examinaba concienzudamente las cartillas y repartía los panes oscuros y redondos. El calor de los hornos encendidos caldeaba el local y a través de la puerta del obrador abierto, Delphine pudo ver la oscura cabeza del novio de Margot, que amasaba con vigor sobre la artesa.
Algunas mujeres murmuraron saludos al verla. Encabezando la fila estaba Sabine Labonne, la mujer que mucho tiempo atrás había estado a punto de comprometerse con Pierre Reynaud. De joven había sido robusta, muy rubia, como una vikinga orgullosa, pero los últimos años no habían sido bondadosos con ella. Se había casado con un viticultor, un hombre rudo que prefería el vino embotellado a las uvas que crecían en sus tierras. Tenían tres hijas pequeñas, tres rubitas que en ese momento se aferraban a la falda de su madre con dedos sucios. Sabine desvió la mirada al verla entrar, pero ya no había ni pizca de orgullo en ella, ni gota de soberbia.
—No puedo darte pan, Sabine —dijo Émilie secamente mientras devolvía la cartilla de racionamiento soltándola de un golpe sobre el mostrador.
—¿Cómo? ¿Por qué? —Sabine palideció.
—A esta cartilla ya le ha sido suministrada la ración diaria. ¿Lo ves? Está marcada aquí, con una X. Tu familia ya tiene el pan para hoy.
Se hizo el silencio en la panadería. Las otras mujeres contemplaron a Sabine, que tragó saliva.
—Eso no es posible —dijo ella—. Acabamos de salir de casa con la cartilla para conseguir las raciones diarias. Mis hijas todavía no han comido nada hoy.
Una mujer delgada de rostro amargo que estaba dos puestos detrás en la fila alzó una vocecita burlona:
—Mi hijo mayor salió a buscar leña al amanecer y me ha contado que tu marido andaba ya a esas horas rondando por la plaza. Parece ser que estaba un poco… bueno, que ya no mantenía muy bien el equilibrio. Quizá fue él quien usó la cartilla para hacerse con la ración de hoy. Lo siento, Sabine.
—Ya lo ves. —La panadera agitó una mano como si espantase una mosca
—. Alguno de mis hijos debió entregarle el pan esta mañana a monsieur Labonne, está claro. Es una lástima que tu marido haya sido el primero en madrugar hoy.
Las mujeres sonrieron con malicia ante el comentario acerado de la panadera. Derrotada, Sabine comenzó a apartarse del mostrador y en ese momento la campanilla de la tienda tintineó ante la entrada de dos nuevos clientes: dos alemanes uniformados. Como si se tratase de una ola barrida por el viento, la fila de mujeres se hizo a un lado, despejando el mostrador para ellos. Émilie corrió hacia el obrador, reapareciendo minutos después con una bolsa de papel llena de panecillos y brioches , piezas blancas y tiernas que antes solían adornar el escaparate pero que hacía ya meses que no se veían, pues estaban reservadas para ellos. El apetitoso olor se extendió por toda la panadería y las mujeres esponjaron la nariz involuntariamente.
Delphine observó a los alemanes con curiosidad. El más bajo era muy joven, casi tanto como su Edouard cuando partió hacia aquella otra guerra, la que lo destruyó para siempre. ¿Habría visto ya este chico cosas tan horribles como su marido? ¿También él iba a salir de la guerra destruido para siempre, si sobrevivía? ¿Se lo merecía, a pesar de ser alemán, un cerdo fascista, como no se cansaba de repetir Margot? Lo repasó de arriba abajo con una mezcla de lástima y repulsión y después su mirada se posó en el otro hombre, de más edad y también mayor rango a juzgar por la hilera de medallas y cruces de hierro que le adornaban el pecho. Era muy alto, de cabello ralo y rubio y hombros anchos y de él emanaba un aura de autoridad y poder que a Delphine le puso los pelos de punta. El pantalón bombacho del uniforme le sentaba como un guante y sus botas estaban tan lustrosas que parecían espejos. Un brazalete rojo con la esvástica rodeaba su bíceps derecho.
Él captó su mirada y la observó a su vez, con ojos azules y estrechos como rendijas. Delphine desvió los suyos, estremecida.
El soldado joven arrancó la bolsa de pan de las manos de Émilie y ambos se encaminaron hacia la calle, donde los esperaba un Mercedes-Benz negro con cruces gamadas en los guardabarros. En el umbral, el hombre de mayor edad se dio la vuelta.
— Danke [iii] —dijo, dirigiéndose a la panadera pero mirando a Delphine.
Su voz le recordó a un pañuelo hecho de la seda más pura: fría y suave a la vez.
Tras su marcha, la cola de mujeres volvió a su lugar. Delphine recibió su ración cuando le llegó el turno y se apresuró a salir a la calle, deseosa de recibir el aire frío en las mejillas. Alguien chistó a sus espaldas y vio que Didier la había seguido al exterior.
—Para usted, madame Aubier —dijo tendiéndole cuatro panecillos blancos envueltos en papel—. Han sobrado unos pocos de la hornada de hoy.
Ella sintió ganas de llorar. En los tiempos que corrían, los actos de amabilidad eran tan raros y escasos como los tréboles de cuatro hojas.
—Oh, Didier… ¿Estás seguro? Tu familia también tiene muchas bocas que alimentar.
—He guardado unos cuantos para nosotros. Esta mañana han traído algo más de harina que de costumbre. Salude a Margot de mi parte, ¿quiere? —
añadió con un guiño antes de volver a entrar en la tienda.
Delphine aferró el pan contra su pecho y emprendió el camino de regreso a casa, sintiendo el corazón más ligero que antes. Un poco más adelante divisó la figura encorvada de Sabine que caminaba arrastrando los pies, con sus niñas tras ella como sombras diminutas. La mujer pisó un charco de agua congelada que se rompió con un chasquido y pese al frío que debió calarle los pies pareció no darse cuenta.
Delphine sintió una oleada de lástima por su antigua rival. Si ya de por sí la vida era dura en esos tiempos, no podía imaginar tener un marido alcohólico que ni siquiera era capaz de compartir el pan con sus hijas.
Apuró el paso hasta situarse a su lado y le tendió en silencio su propia hogaza. Sabine le dirigió una mirada acuosa e interrogante.
—Cuando yo me quedé sola… —Delphine se detuvo en mitad de la frase.
¿Qué podía decirle? ¿Que ella también sabía lo que era avergonzarse sin saber muy bien de qué? ¿Que comprendía lo que se sentía al no poder contar con nadie?— A veces, los que deberían estar a nuestro lado no saben o no quieren hacerlo, y somos nosotras las que debemos luchar contra viento y marea. Salir adelante, por nosotras mismas y por nuestras hijas —
dijo al fin.
Sabine vaciló. En su mirada clara Delphine vio que la había comprendido.
La mujer echó un vistazo a los rostros delgados de sus hijas y finalmente cogió la hogaza.
—Algún día te devolveré el favor —aseguró con solemnidad. Delphine asintió, sintiendo una inesperada afinidad con la que había sido su enemiga.
El fantasma de Pierre Reynaud, que había flotado entre ellas durante tantos años, se desvaneció en ese instante, ante la redondez de una hogaza de pan negro.
Delphine se despidió y siguió su camino, ansiosa por llegar a casa. Supo que algo iba mal en cuanto llegó a la plaza del pueblo. No se veía ni un alma y sin embargo, los visillos de las casas cercanas aleteaban como si hubiera rostros espiando tras ellos. Al lado del abrevadero para el ganado había un grupo de soldados alemanes, apiñados en torno a un mismo punto como enormes hormigas grises despedazando una lombriz. Desde donde estaba, Delphine no podía ver qué hacían pero algo, quizá un sexto sentido, hizo que el estómago se le encogiese de miedo. Uno de los soldados dijo algo en alemán y los otros lo corearon entre carcajadas. Había crueldad en esas risas, pensó Delphine, crueldad mezclada con arrogancia. Eran las risas de los vencedores.
Uno de ellos se giró de medio lado para encender un cigarrillo protegiéndose del viento y en ese momento Delphine la vio, allí mismo, en
el centro del grupo, rodeada por aquella manada de lobos. El relampagueo de un pelo rubio, un rostro aterrorizado. Unos brazos largos y pálidos apresados a la espalda por unas manos de hierro. Unos ojos que se desorbitaban de pánico. Su Claire. Su hija.
Un gemido se escapó de su garganta. ¿Qué hacía Claire ahí? ¿Cómo había salido de casa ella sola, sin la compañía de alguna de las gemelas? Tiró al suelo el paquete con los bollos que le había dado Didier y echó a correr hacia los soldados con una única idea en mente: salvar a su hija.
Claire, cuyos gemidos de terror rivalizaban con los de su madre, se debatía y luchaba como una diminuta culebra, tratando de desasirse del firme agarre del soldado que le mantenía los brazos sujetos a la espalda. Otro alemán, un joven con el rostro lleno de granos, le levantó la barbilla y trató de obligarla a mirarlo.
—Eres una auténtica muñequita…. —dijo en un pésimo francés—. Vamos, dame un beso y te dejaré marchar.
Por toda respuesta, Claire hincó los dientes en su mano y desgarró con fuerza. El soldado soltó un chillido similar al de un lechón y después le cruzó el rostro de una bofetada. Claire gritó.
—Pequeña zorra… Ahora sí que te has metido en un serio problema.
—¡Dejadla en paz, bestias inmundas! —chilló Delphine deteniéndose a su lado sin aliento.
Ellos se giraron para mirarla con ojos burlones. Se oyeron nuevas risotadas.
—¿Cómo nos ha llamado, madame ? —dijo con tono amenazador el que sujetaba los brazos de Claire.
—Dejadla en paz —repitió ella con voz temblorosa.
Otro de los soldados, que se había mantenido un poco al margen, puso una mano sobre el brazo del de los granos.
—Es su madre. ¿No veis cómo se le parece? Vamos, Rolf, dejémoslo ya.
—Su madre, ¿eh? —El tal Rolf esgrimió una sonrisa llena de dientes amarillos—. ¿Y qué me dará a cambio de dejar marchar a su hijita? ¿Querrá la señora acompañarme un rato a ese callejón, para ver si consigue hacerme olvidar el mordisco de esta fierecilla?
Delphine le sostuvo la mirada. Él se llevó la mano al costado, revelando la culata plateada de un arma, y ella captó de inmediato el significado del gesto: «Estoy armado. Estoy al mando». Tragó saliva. ¿Hasta dónde estaba dispuesta a llegar para proteger a Claire?
Abrió la boca para decir algo, quizá para seguir suplicando, pero el ruido de un motor a sus espaldas ahogó sus palabras. El Mercedes-Benz acababa de entrar derrapando en la plaza y los dos alemanes que habían estado antes en la panadería salieron del vehículo. El de mayor rango barrió la escena con la mirada y su rostro se endureció. Ladró una orden y los soldados soltaron a Claire de inmediato y se cuadraron.
—¿Qué sucede aquí? —siseó el hombre en un francés mucho mejor que el de Rolf.
— Herr Kommandant …yo… nosotros…
—No diga más, Schütz. Se les abrirá un expediente por esto. Desaparezcan de mi vista de inmediato.
La plaza se vació en un abrir y cerrar de ojos. Delphine corrió hacia su hija y la abrazó con fuerza, murmurando palabras tranquilizadoras. Claire se hizo un ovillo en brazos de su madre, temblando. Sus ojos empezaron a ausentarse y Delphine rezó para que no le diera una de sus crisis convulsivas. Lo que acababa de vivir hubiera sido terrible para cualquier chica de trece años, mucho más para ella que no tenía la capacidad de comprenderlo.
—Creo que esto le pertenece.
El alemán se había acercado a ellas y le tendía un objeto. Delphine se dio cuenta de que era el cuaderno de Claire, con un esbozo del abrevadero a medio dibujar. Por eso se había escapado para ir a la plaza: le encantaba