El ladrón de céntimos

Christophe Paul · Capítulo 3 de 78

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El ladrón de céntimos

Capítulo 2

—Étienne, cariño, son las siete, acaban de repicar las campanas de Saint Jean, ¿estás listo?

—Sí, mamá.

—¿Te has lavado la cara y te has peinado?

—Sí, mamá.

—Ven aquí que te vea y dame un beso.

El muchacho entró como un torbellino en la cocina y le dio un sonoro beso a su madre, que se quedó mirándolo con cariño y admiración.

—Pero qué grande estás. ¡Has crecido otra vez esta noche! Como sigas así tendremos que cambiar todas las puertas de la casa.

—Mamáaa… —dijo Étienne con voz cansina.

—¡Hala!, coge tu bicicleta y vete corriendo a por los cruasanes mientras yo despierto a tu hermanita. Cuando vuelvas desayunamos y enseguida nos vamos a ver a la abuela.

Y viendo cómo el niño salía volando añadió:

—Ve despacio y no bajes por las escaleras, recuerda la última caída…

Pero ya había sonado el portazo. Se encogió de hombros negando de impotencia con la cabeza, dirigiéndose hacia la habitación de los niños. Étienne era un simpático trasto de diez años que sabía hacerse querer.

Étienne salió corriendo de la portería en la que vivía con su madre y su hermana, abrió la puerta del cuarto de las escobas del patio y sacó su flamante bicicleta azul. Se la habían regalado sus padres para su cumpleaños, algunos meses atrás. La antigua no había resistido la última caída por las escaleras de Montmartre. La culpa la tenía ella por haberse quedado pequeña y que le chocasen las rodillas con el manillar. No era de extrañar que perdiese el control y que los dos hubieran acabado enmarañados en el suelo. Afortunadamente un abuelo que acompañaba a su perro en su paseo, asistió a la catástrofe y pudo avisar a los bomberos para que los separasen. El asunto se saldó con un esguince y algunos raspones y hematomas.

Ahora, con la nueva bicicleta, no había escalera en Montmartre que se le resistiera, sobre todo a esta hora de la mañana, cuando todavía no habían salido los turistas.

Cruzó con cuidado la pequeña reja de la finca que daba a la rue Girardon, no había coches ni alma viviente. Fue por la izquierda haciendo fuerza en los pedales para atacar la pequeña cuesta. A los pocos metros, llegando a la place Marcel Aymé,

giró de nuevo a la izquierda por la [5] rue Norvins y dejando atrás el Passe Muraille,

se puso de pie en los pedales para salvar la pendiente, que se hacía cada vez más fuerte. Por fin llegó lo alto de la cuesta, avistando la panadería de monsieur Bernard, Le Fournil du Village, los mejores cruasanes de Montmartre según su madre.

Pero a Étienne le gustaban más los cruasanes de la rue des Trois Frères. No porque fueran mejores, sino porque representaban dos tramos de escaleras en bajada, uno de ellos muy empinado y estrecho, de los que no dejan margen al error. Pero primero tenía que entrar en la panadería de monsieur Bernard, si su madre se enteraba de que no lo había hecho estaría castigado una semana como mínimo.

Así que después de haber apoyado con mucho cuidado su maravillosa bicicleta en la vitrina del Fournil du Village para tenerla a la vista en todo momento, entró rezando para que la hornada de cruasanes no estuviese lista, o que se hubiesen acabado.

—Bonjour! —le dijo madame Bernard al verlo, con una enorme sonrisa, sin dejar de ordenar el mostrador.

—Bonjour, madame Bernard —contestó Étienne, mirando en la vitrina en busca de los cruasanes, deseando no verlos.

Madame Bernard no llevaba el apellido Bernard, de hecho monsieur Bernard tampoco. Monsieur Bernard se llamaba así por ser su nombre de pila y madame Bernard por ser su mujer, o por simpatía; cosa que Étienne no discernía todavía muy bien y que ocasionaba más de una larga y confusa discusión en casa, siempre en los momentos más inadecuados.

Le Fournil du Village era un vestigio del pasado, un lugar agradable y apacible, tenía unas cuantas mesas donde la clientela podía sentarse a tomar un café o un sándwich o una ensalada… Pero a estas horas del domingo estaba vacío.

—¿Querías unos cruasanes? —preguntó madame Bernard con una mueca de buen presagio.

—Sí, seis, por favor.

—Aún queda un cuarto de hora para la próxima hornada…

Ante la expresión de felicidad del niño, que no supo bien cómo interpretar, se sintió obligada a decir:

—Puedes bajar a la pastelería des Trois Frères, a lo mejor tienes suerte, con la bicicleta no tardarás nada.

—Muchas gracias, madame Bernard, eso voy a hacer, au revoir! —contestó el muchacho mientras salía escopetado, con una sonrisa de oreja a oreja.

Madame Bernard se quedó con la palabra en la boca y se encogió de hombros; demasiado tarde para decirle adiós, ya había tintineado la campanita de la puerta. Los niños eran así. Este por lo menos era educado.

Étienne saltó sobre la bicicleta calle abajo, directamente hacia la place Jean Batiste Clément; una vez allí, en vez de bajar por la rue Lepic, atajó y se lanzó sin frenar por las empinadas escaleras de la rue de la Miré, con la buena providencia de que ningún peatón, perro o gato estuviese en el paso.

—¡Bien! —exclamó el niño al llegar abajo sano y salvo.

Y prosiguió su vertiginosa bajada hacia la pastelería de la rue des Trois Frères, esquina con el tramo ancho de la rue Ravignan, desde donde se abría una fantástica vista de París.

Instantes después avistaba la place Émile Goudeau.

La farmacia de la esquina debía de estar de guardia porque el farmacéutico que estaba fuera fumando, con su bata blanca, le gritó:

—¿Adónde vas tan rápido?, te vas a romper los huesos…

Pero Étienne tenía cosas más urgentes que atender, como, por ejemplo, salvar los

pivotes de piedra que protegían la plaza, los árboles, la fuente Wallace[6], los bancos verdes, para llegar al fin sin haber perdido velocidad a su segundo objetivo: bajar de un salto los diez peldaños de piedra que conducían a la explanada que bordeaba la rue des Trois Frères, y luego frenar derrapando delante de la pastelería.

La bicicleta llegó a lo alto de la escalera lanzada como un misil, todo estaba en su sitio: la explanada totalmente despejada, la pastelería abierta, las mesas de la terraza del Relais de la Butte a la izquierda perfectamente colocadas, la vista de París por la apertura de la rue Ravignan… Pero había algo nuevo para Étienne, un espectáculo fantástico e irreal que atrajo la mirada del niño de diez años: el sol parecía prender fuego al oro de la cúpula de Les Invalides.

El sonido de una motocicleta le devolvió de nuevo a la realidad.