El Lector

Bernhard Schlink · Capítulo 3 de 4 · parte 1/2

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El Lector

Segunda parte

Este capítulo es largo, así que está dividido en 2 partes.

Después de marcharse Hanna de la ciudad, estuve un tiempo buscándola por todas partes, hasta que me acostumbré a que las tardes carecieran de forma, y hasta que pude ver un libro y abrirlo sin preguntarme si sería una buena lectura para Hanna. Pasó un tiempo hasta que mi cuerpo dejó de añorarla; a veces yo mismo me daba cuenta de que mis brazos y mis piernas la buscaban mientras dormía, y mi hermano contó más de una vez en la mesa que yo había llamado en sueños a una tal Hanna. También recuerdo haberme pasado clases enteras soñando con ella, pensando sólo en ella. Pero luego el sentimiento de culpa que me había atormentado en las primeras semanas se disipó. Empecé a evitar su casa, a tomar otros caminos, y al cabo de medio año mi familia se mudó a otro barrio. No olvidé a Hanna, desde luego, pero en algún momento su recuerdo dejó de acompañarme a todas partes. Quedó atrás, como queda atrás una ciudad cuando el tren sigue su marcha. Está allí, en algún lugar a nuestra espalda, y si hace falta puede uno coger otro tren e ir a asegurarse de que la ciudad todavía sigue allí. Pero ¿para qué hacer tal cosa?

Mis últimos años en el instituto y los primeros en la universidad los recuerdo como una época feliz, Pero al mismo tiempo no tengo gran cosa que contar sobre ellos. Fueron años de pocas fatigas; la selectividad no fue un gran obstáculo para mí, y la carrera de Derecho, que había escogido por no saber qué otra escoger, tampoco era demasiado difícil; ni me costaba hacer amigos, relacionarme con mujeres o separarme de ellas; nada me parecía difícil. Todo era fácil, ligero.

Quizá por eso es tan pequeño el bagaje de recuerdos que guardo de aquella época. ¿O quizá es que lo quiero ver pequeño? También me pregunto si todos esos recuerdos felices son de verdad. Cuando profundizo un poco más con el pensamiento, empiezo a recordar bastantes episodios teñidos de vergüenza y dolor. Y también es cierto que había conseguido desterrar el recuerdo de Hanna, pero no borrarlo. Nunca más me dejaría humillar ni humillaría a nadie; nunca más haría sentirse culpable a nadie ni cargaría yo con las culpas; nunca más amaría tanto a una persona como para que me hiciera daño perderla: todas esas cosas no las pensaba claramente por entonces, pero las sentía con toda certeza.

Adopté una actitud de fanfarronería y superioridad; me esforzaba por mostrarme como alguien que no se dejaba afectar, conmover ni confundir por nada. No estaba dispuesto a hacer ninguna concesión, y recuerdo que despaché con arrogancia a un profesor que se había dado cuenta de mi actitud y me lo comentó.

También me acuerdo de Sophie. Poco después de marcharse Hanna, a Sophie le diagnosticaron tuberculosis. Se pasó tres años en el sanatorio y volvió justo cuando yo empezaba a ir a la universidad. Se sentía sola y buscaba la compañía de los amigos de antes, y no me resultó difícil metérmela en el bolsillo.

Después de dormir juntos, se dio cuenta de que en realidad yo no estaba interesado en ella, y se echó a llorar y me dijo: «¿Qué te ha pasado, qué te ha pasado?» Y me acuerdo de mi abuelo, que en una de mis últimas visitas antes de su muerte quiso darme su bendición, y le expliqué que yo no creía en esas cosas, que para mí todo eso no tenía ningún valor. Se me hace difícil creer que después de comportarme de tal modo pudiera sentirme bien, pero es así. También recuerdo que ante cualquier pequeño gesto de cariño, fuera dirigido a mí o a otra persona, se me hacía un nudo en la garganta. A veces me bastaba con una escena de película.

Aquella combinación de cinismo y sensibilidad me parecía sospechosa incluso a mí mismo.

Luego volví a ver a Hanna. En el Palacio de Justicia.

No era el primer juicio contra criminales de guerra, ni tampoco uno de los más importantes. El catedrático, uno de los pocos que por entonces trabajaban sobre el pasado nazi de Alemania y los procesos judiciales relacionados con él, lo escogió como tema de un seminario, con la intención de hacer un seguimiento del proceso y evaluarlo en su totalidad con ayuda de los estudiantes. Ya no me acuerdo de qué era lo que pretendía comprobar, confirmar o refutar. Sólo recuerdo que en el curso del seminario discutimos sobre el asunto de la prohibición de las penas retroactivas. La cuestión era: para condenar a los guardas y esbirros de los campos de exterminio, ¿bastaba con aplicar un artículo que estuviera recogido en el código penal en el momento de sus crímenes, o bien había que tener en cuenta el modo en que se entendía y aplicaba el artículo en el momento del juicio? ¿Qué pasaba si en aquella época esas personas no se consideraban afectadas por el artículo en cuestión? ¿Qué era la justicia? ¿Lo que decían los libros o lo que se imponía y aplicaba en la vida real? ¿O más bien lo que, independientemente de los libros, obligaba a cumplir el ordenamiento de la época? El catedrático, un señor mayor que había vuelto del exilio hacía algún tiempo y mantenía una actitud relativamente heterodoxa en cuestiones de jurisprudencia alemana, participaba en aquellas discusiones con toda su erudición y al mismo tiempo con la distancia de alguien que ya no cree en la erudición como instrumento para resolver los problemas.

—Fíjense en los acusados —decía—. No encontrarán ninguno que crea de verdad que en aquella época le estaba permitido asesinar.

El seminario empezó en invierno, y el proceso en la primavera siguiente. Duró muchas semanas. Las sesiones tenían lugar de lunes a jueves, y para cada uno de esos días el catedrático tenía previsto enviar al juzgado a un grupo de estudiantes encargados de levantar acta literal de la sesión. El viernes, durante la clase, revisábamos la información recopilada a lo largo de la semana.

La palabra clave era «revisión del pasado». Los estudiantes del seminario nos considerábamos pioneros de la revisión del pasado. Queríamos abrir las ventanas, que entrase el aire, que el viento levantara por fin el polvo que la sociedad había dejado acumularse sobre los horrores del pasado. Nuestra misión era crear un ambiente en el que se pudiera respirar y ver con claridad. Tampoco nosotros apostábamos por la erudición. Teníamos claro que hacían falta condenas. Y también teníamos claro que la condena de tal o cual guardián o esbirro de este u otro campo de exterminio no era más que un primer paso. A quien se juzgaba era a la generación que se había servido de aquellos guardianes y esbirros, o que no los había obstaculizado en su labor, o que ni siquiera los había marginado después de la guerra, cuando podría haberlo hecho. Y con nuestro proceso de revisión y esclarecimiento queríamos condenar a la vergüenza eterna a aquella generación.

Nuestros padres habían desempeñado papeles muy diversos durante el Tercer Reich. Algunos habían estado en la guerra, entre ellos dos o tres oficiales de la Wehrmacht y uno de las SS; otros habían hecho carrera en la judicatura y en la Administración; había médicos y profesores, y uno de nosotros tenía un tío que había sido alto funcionario del Ministerio del Interior. Estoy seguro de que tenían respuestas muy diferentes para las preguntas que les pudiéramos hacer, si es que se avenían a contestarlas. Mi padre no quería hablar de sí mismo. Pero yo sabía que había perdido su puesto de profesor universitario al anunciar un curso sobre Spinoza, por tratarse de un filósofo judío, y que durante la guerra se había mantenido a flote a sí mismo y a toda la familia trabajando en una editorial de mapas y guías para excursionistas. ¿Acaso tenía derecho a condenarlo a la vergüenza eterna? Y sin embargo lo hice. Todos nosotros condenamos a la vergüenza eterna a nuestros padres, aunque sólo pudiéramos acusarlos de haber consentido la compañía de los asesinos después de 1945.

Entre los estudiantes del seminario se creó una fuerte identidad de grupo. Los otros estudiantes empezaron a llamarnos «los del seminario de Auschwitz», y pronto nosotros mismos adoptamos ese nombre.

A los otros no les interesaba lo que hacíamos; a muchos les parecía raro, y a algunos incluso les repugnaba.

Ahora pienso que el entusiasmo con que descubríamos los horrores del pasado e intentábamos hacérselos descubrir a los demás era, en efecto, poco menos que repugnante. Cuanto más terribles eran los hechos sobre los que leíamos y oíamos hablar, más seguros nos sentíamos de nuestra misión esclarecedora y acusadora. Aunque los hechos nos helaran la sangre en las venas, los proclamábamos a bombo y platillo.

¡Mirad, mirad todos!

Yo me había matriculado en el seminario por pura curiosidad. Representaba una novedad: por una vez, nada de Derecho comercial, nada de culpas ni complicidades, nada de jurisprudencia medieval ni antiguallas de la filosofía del Derecho. Entré en el seminario con la misma fanfarronería y superioridad con que me movía por todas partes. Pero en el curso del invierno se me hizo cada vez más difícil mantenerme apartado tanto de los hechos que íbamos descubriendo, como del entusiasmo que nos invadió a todos los estudiantes del seminario. Al principio me empeñé en creer que sólo participaba del entusiasmo científico, o acaso también político y moral. Pero en realidad quería más, quería compartir el hecho mismo de estar entusiasmado, como los demás. Es posible que los otros continuaran viéndome como una persona distanciada y arrogante, pero durante aquellos meses de invierno tuve la agradable sensación de pertenecer a un grupo y tener la conciencia tranquila respecto a mí mismo y a mis actos y a quienes me acompañaban en ellos.

El juicio se celebraba en otra ciudad, a poco menos de una hora de distancia en coche. Yo normalmente nunca iba por allí. Un compañero se ofreció para conducir; se había criado en aquella ciudad y la conocía bien.

Era jueves. El juicio había empezado el lunes. Durante los tres primeros días se habían visto las recusaciones de los abogados defensores. Éramos el cuarto grupo, y el que iba a asistir al verdadero inicio del juicio: las declaraciones de los acusados.

Avanzábamos por la carretera de montaña, entre frutales en flor. Estábamos de un humor solemne y entusiasta: por fin íbamos a poner a prueba todo lo que habíamos aprendido. Nuestra asistencia al juicio iba más allá del mero hecho de mirar, escuchar y tomar nota de todo: íbamos a contribuir a la tarea de revisión del pasado.

El Palacio de Justicia era un edificio de principios de siglo, pero carente de la suntuosidad y el aire siniestro de los edificios de juzgados de aquella época. La sala de sesiones tenía a la izquierda una hilera de grandes ventanas, cuyo vidrio esmerilado impedía ver el exterior, pero dejaba entrar mucha luz. Delante de las ventanas estaban sentados los fiscales, de los que en los días claros de primavera y verano sólo se reconocía la silueta. El tribunal, formado por tres jueces con togas negras y seis jurados, estaba sentado al fondo de la sala, y a la derecha estaba el banco de los acusados y los defensores, que, debido a lo numeroso del grupo, había sido ampliado con mesas y sillas hasta llegar al centro de la sala, justo delante de las hileras del público. Algunos de los acusados y defensores estaban sentados de espaldas a nosotros. Era el caso de Hanna. No la reconocí hasta que la llamaron, se puso de pie y dio un paso adelante. Por supuesto reconocí el nombre de inmediato: Hanna Schmitz. Luego reconocí también la figura, la cabeza, que me resultaba extraña con el pelo recogido en un moño, la nuca, las anchas espaldas y los brazos robustos. Estaba muy erguida. Se mantenía firme sobre las dos piernas. Los brazos le colgaban relajados. Llevaba un vestido gris de manga corta. La reconocí, pero no sentí nada. No sentí nada.

Sí, prefería quedarse de pie. Sí, había nacido en Hermannstadt, actualmente Sibiu, Rumania, el 21 de octubre de 1922 y tenía cuarenta y tres años. Sí, había trabajado en la empresa Siemens en Berlín y había ingresado en las SS en 1943.

—¿Ingresó usted voluntariamente en las SS?

—Sí.

—¿Por qué?

Hanna no respondió.

—¿Es cierto que entró usted en las SS aunque en la empresa Siemens le habían ofrecido un puesto de encargada?

El abogado de Hanna se levantó de un salto.

—¿Qué significa ese «aunque»? ¿Se pretende insinuar que una mujer debería preferir ser encargada en la empresa Siemens a ingresar en las SS? No me parece justificable plantear semejante pregunta en relación con la decisión de mi defendida.

Se sentó. Era el único abogado joven; los demás eran todos viejos, y algunos, como se demostró pronto, antiguos nazis. El abogado de Hanna evitaba la jerga y las tesis de sus colegas. Pero hacía gala de un entusiasmo demasiado fogoso, que perjudicaba a su defendida no menos que las parrafadas nacionalsocialistas de los otros abogados a las suyas. Ciertamente, consiguió que el juez pareciera desorientado por un momento, y que retirase la pregunta. Pero no disipó la impresión de que Hanna había ingresado en las SS con plena conciencia y sin que nada la forzase a ello. Otro de los miembros del tribunal le preguntó a Hanna qué clase de trabajo había esperado encontrar en las SS, y ella replicó que las SS habían ido a Siemens, y también a otras empresas, a reclutar mujeres para trabajar como guardianas en los campos de concentración, y que ésa era la tarea para la que ella se había alistado y la que efectivamente le habían adjudicado. Pero eso no contribuyó a borrar la impresión negativa.

A preguntas del presidente, Hanna confirmó con monosílabos que había prestado servicios hasta la primavera de 1944 en Auschwitz y hasta el invierno siguiente en un campo más pequeño, cerca de Cracovia; que posteriormente se había puesto en camino en dirección oeste con los prisioneros; y que hacia finales de la guerra se instaló en Kassel y desde entonces había vivido en diferentes lugares. En mi ciudad se había quedado ocho años; era el periodo más largo que había pasado en un mismo lugar.

—¿Se pretende insinuar que el cambio frecuente de residencia implica el peligro de que mi defendida se fugue? —terció el abogado con indisimulada ironía—. Sepan entonces que cada vez que ha cambiado de residencia, mi clienta se ha dado de baja y de alta en el registro civil. No hay ningún motivo para pensar que vaya a huir, ni puede destruir pruebas, porque no las hay. El juez de primera instancia consideró, ante la gravedad del presunto delito y del peligro de perturbación del orden público, que mi defendida no podía quedar en libertad. Pero eso, señorías, es un razonamiento nazi. La costumbre de decretar la prisión incondicional en esos casos la introdujeron los nazis y después de los nazis fue anulada. Ya no existe.

El abogado se recreaba maliciosamente en sus palabras, como quien revela un picante secreto.

Me asusté. Me di cuenta de que me parecía natural y justo que le aplicaran a Hanna la prisión incondicional. No por la naturaleza de la acusación, por la gravedad del delito o por la verosimilitud de la sospecha, cosas de las que yo no estaba informado con exactitud, sino porque, mientras estuviera encerrada, Hanna estaría fuera de mi mundo, fuera de mi vida. Quería tenerla lejos, inalcanzable, para que siguiera siendo sólo el recuerdo en que se había convertido durante los últimos años. Si el abogado se salía con la suya, tendría que hacerme a la idea de encontrarme cara a cara con ella, y tendría que plantearme cómo quería, cómo debía actuar en tal caso. Y me parecía evidente que aquel hombre había de salirse con la suya.

Si Hanna no había intentado huir hasta entonces, ¿por qué iba a hacerlo ahora? ¿Y qué pruebas podía destruir? En aquella época no había otros motivos para decretar la prisión incondicional.

El juez volvió a parecer desorientado, y empecé a comprender que ése precisamente era su truco.

Cada vez que alguien hacía una afirmación que le parecía obstruccionista o molesta, se quitaba las gafas, proyectaba sobre la persona en cuestión una mirada miope e insegura y fruncía el ceño. Y a continuación hacía como si no hubiera oído nada, o bien decía: «O sea que según usted…» o «Si le entiendo bien, usted opina que…», y repetía la afirmación de una manera que dejaba bien claro que no estaba dispuesto a tomarla en consideración y que no valía la pena insistir en el asunto.

—O sea que, según usted, el juez de primera instancia no habría debido tener en cuenta que la acusada no ha respondido a ninguna de las citaciones que se le han enviado y no ha comparecido ante la policía, ni ante el fiscal ni ante el juez. Muy bien, ¿desea usted presentar una instancia para el levantamiento de la prisión incondicional?

El abogado presentó la instancia, y el tribunal la rechazó.

No me perdí ni un solo día del juicio. Los otros estudiantes no lo entendían. Al catedrático, en cambio, le parecía estupendo que uno de nosotros se encargara de informar al siguiente grupo de lo que había visto y oído el grupo anterior.

Hanna sólo miró una vez hacia el público y hacia mí. Normalmente, tras entrar en la sala acompañada de una agente de policía y ocupar su asiento, fijaba la vista en los bancos del tribunal y ya no la apartaba de allí. Aquello producía una impresión de arrogancia, igual que el hecho de que nunca hablase con las otras acusadas y apenas cruzase palabra con su abogado. Las otras acusadas, todo hay que decirlo, iban hablando también cada vez menos entre sí a medida que avanzaba el proceso. Durante las pausas se juntaban con sus parientes y amigos, y por la mañana, cuando los veían entre el público, les hacían gestos y les llamaban.

Durante las pausas, Hanna se quedaba sentada en su asiento.

Así que yo siempre la veía de espaldas. Veía su cabeza, su nuca, sus hombros. Leía su cabeza, su nuca, sus hombros. Cuando hablaban de ella, erguía la cabeza aún más que de costumbre. Cuando creía que la trataban injustamente, la calumniaban o la atacaban, y sentía el deseo imperioso de replicar, echaba los hombros hacia adelante, y su nuca se hinchaba, haciendo resaltar la musculatura. Sus réplicas siempre eran en vano, y siempre acababa dejando caer los hombros. Nunca se encogía de hombros ni meneaba la cabeza en gesto de desaprobación. Estaba demasiado tensa como para permitirse ligerezas de ese tipo. Tampoco se permitía torcer la cabeza, dejarla caer o apoyarla en una mano. Parecía congelada. Estar sentado así tenía que ser por fuerza doloroso.

A veces algún mechón de pelo se escapaba del rígido moño, se rizaba, quedaba colgando y se balanceaba acariciando la nuca, movido por la corriente de aire. A veces Hanna llevaba un vestido lo suficientemente escotado para que se viera el lunar de la parte superior del hombro izquierdo. Entonces yo me recordaba soplando levemente los pelos de aquella nuca y besando aquella nuca y aquel lunar. Pero la memoria se limitaba a constatar. No sentía nada.

Durante las semanas que duró el juicio, no sentí nada; tenía los sentimientos embotados. A veces intentaba provocarlos: me esforzaba por imaginarme a Hanna con toda claridad haciendo las cosas de las que la acusaban, o evocaba los momentos que el pelo de su nuca y el lunar de su hombro me traían a la memoria.

Era como cuando la mano pellizca un brazo adormecido por la anestesia. El brazo no sabe que la mano lo está pellizcando, la mano sí sabe que está pellizcando el brazo, y en el primer momento el cerebro no consigue diferenciar ambas cosas. Pero en el momento siguiente ya las diferencia. Quizá la mano ha pellizcado tan fuerte que la zona queda lívida durante unos instantes. Luego la sangre vuelve, y la zona recupera su color. Pero sigue siendo insensible.

¿Quién me había puesto la anestesia? ¿Quizá yo mismo, sabiendo que para aguantar aquello necesitaba un cierto grado de aturdimiento? Ese estado me acompañaba también a la salida del Palacio de Justicia, y me sugería que era otra persona la que había amado y deseado a Hanna, alguien a quien yo conocía bien, pero que no era yo. Y no sólo eso: en todos los demás aspectos también me sentía fuera de mí mismo. Me observaba, me veía funcionar en la universidad y en la relación con mi familia y con mis amigos, pero en mi interior no me sentía implicado.

Al cabo de un tiempo creí observar también en otras personas un estado de aturdimiento semejante.

No en los abogados, que mantuvieron durante todo el juicio su aire insolente y pendenciero, su puntillosa acritud, incluso su ruidoso e impertinente cinismo, según cuál fuera su temperamento personal y político. El juicio los dejaba agotados, y por la tarde se les veía más cansados, o a veces más irritables. Pero por la noche reparaban energías o se envalentonaban, y a la mañana siguiente bramaban o chirriaban igual que lo habían hecho el día anterior. Los fiscales procuraban no quedarse atrás y demostrar día tras día el mismo grado de combatividad. Pero no lo conseguían, primero porque el objeto y los resultados del juicio les horrorizaban demasiado, y luego porque el aturdimiento empezaba a hacer efecto también en ellos. Quienes daban muestras más claras de sufrirlo eran los jueces y los jurados. En las primeras semanas del juicio, los horrores que se narraban o confirmaban, a veces con lágrimas, a veces con voz entrecortada, a veces con atormentamiento o trastorno, producían en ellos una visible perturbación o les parecían inconcebibles. Pero luego las caras recuperaron su expresión normal, y unos y otros empezaron a susurrarse cosas al oído con una sonrisa o a mostrar amagos de impaciencia cuando un testigo se iba un poco por las ramas. Al mencionarse la posibilidad de viajar a Israel para tomar declaración a una testigo, se notó que el viaje les ilusionaba. Los que siempre acababan horrorizados eran mis compañeros de curso. Cada grupo venía sólo una vez a la semana, y cada vez vivían la irrupción del horror en la vida cotidiana. Yo, presente en las sesiones día tras día, observaba sus reacciones con distanciamiento.

Como el interno de un campo de exterminio que, tras sobrevivir mes a mes, se acostumbra a la situación y observa con indiferencia el espanto de los que acaban de llegar. Que lo observa con el mismo estado de embrutecimiento con que percibe el asesinato y la muerte. Todos los supervivientes que han narrado por escrito sus experiencias hablan de ese embrutecimiento, en el que las funciones de la vida quedan reducidas a su mínima expresión, el comportamiento se vuelve indiferente y desaparecen los escrúpulos, y el gaseo y la cremación se convierten en hechos cotidianos. También los criminales, en sus escasos relatos, presentan las cámaras de gas y los hornos crematorios como su entorno de cada día, y ellos mismos se pintan reducidos a unas pocas funciones, como embrutecidos o embriagados en su falta de escrúpulos y su indiferencia, en su embotamiento. Las acusadas me parecían presas todavía, y para siempre, de ese embrutecimiento, como petrificadas en él.

Ya por entonces, cuando me llamaba la atención ese aturdimiento, y especialmente el hecho de que no afectara sólo a los criminales y a las víctimas, sino también a nosotros —los jueces, jurados, fiscales o meros espectadores encargados de levantar acta, involucrados a posteriori—, cuando comparaba entre sí a los criminales, las víctimas, los muertos, los vivos, los supervivientes y los nacidos más tarde, no me sentía bien, ni me siento bien ahora tampoco. ¿Es lícito hacer tales comparaciones? Cuando, conversando con alguien, intentaba establecer comparaciones de ese tipo, siempre me curaba en salud recalcando que no pretendía relativizar la diferencia entre haber sido forzado a entrar en el mundo de los campos de exterminio o haber entrado en él voluntariamente, entre haber sufrido o haber hecho sufrir, sino que, al contrarío, la diferencia me parecía de enorme importancia y totalmente decisiva. Pero la reacción de mis interlocutores siempre era de extrañeza o indignación, por más que me anticipara a su réplica con esas explicaciones.

Al mismo tiempo me pregunto algo que ya por entonces empecé a preguntarme: ¿cómo debía interpretar mi generación, la de los nacidos más tarde, la información que recibíamos sobre los horrores del exterminio de los judíos? No podemos aspirar a comprender lo que en sí es incomprensible, ni tenemos derecho a comparar lo que en sí es incomparable, ni a hacer preguntas, porque el que pregunta, aunque no ponga en duda el horror, sí lo hace objeto de comunicación, en lugar de asumirlo como algo ante lo que sólo se puede enmudecer, presa del espanto, la vergüenza y la culpabilidad. ¿Es ése nuestro destino: enmudecer presa del espanto, la vergüenza y la culpabilidad? ¿Con qué fin? No es que hubiera perdido el entusiasmo por revisar y esclarecer con el que había tomado parte en el seminario y en el juicio; sólo me pregunto si las cosas debían ser así: unos pocos condenados y castigados, y nosotros, la generación siguiente, enmudecida por el espanto, la vergüenza y la culpabilidad.

En la segunda semana se procedió a la lectura de la acusación. La lectura duró un día y medio: un día y medio de tecnicismos jurídicos. La acusada número uno fue vista en compañía de… Igualmente se la acusa de infringir el artículo tal de la ley de cual… Incurrió en tal cosa y en tal otra, por lo cual recae sobre ella la responsabilidad fijada por el artículo de más allá… Cometió este o aquel acto culposo… Hanna era la acusada número cuatro.

Las cinco acusadas eran guardianas de un pequeño campo de concentración situado cerca de Cracovia, adonde las habían trasladado en la primavera de 1944 para sustituir a otras guardianas muertas o heridas a causa de una explosión en la fábrica donde trabajaban las internas del campo. Uno de los puntos de la acusación hacía referencia a su comportamiento en Auschwitz, aunque en un segundo plano con respecto a los demás puntos. No recuerdo de qué se trataba. ¿Quizá era algo que no afectaba a Hanna, sino sólo a las otras? ¿O quizá era de menor importancia, aunque fuera en comparación con los demás puntos? ¿Quizá era que no había tribunal capaz de resistir la tentación de acusar a cualquier persona que hubiese estado en Auschwitz, sobre todo aprovechando que la tenía delante?

Por supuesto, no eran las acusadas quienes mandaban en el campo. Había un comandante, varias compañías de soldados y otras guardianas. Pero la mayoría de ellos no sobrevivieron a las bombas que pusieron fin una noche a la marcha de los prisioneros hacia el oeste. Otros se dieron a la fuga aquella misma noche, y estaban ilocalizables, igual que el comandante, que se había volatilizado nada más empezar la marcha.

Se suponía que ninguna de las prisioneras había sobrevivido al bombardeo nocturno. Pero en realidad había dos supervivientes, madre e hija, y la hija había escrito y publicado en Estados Unidos un libro sobre el campo de concentración y la marcha hacia el oeste. La policía y la fiscalía habían localizado no sólo a las cinco acusadas, sino también a unos cuantos testigos que vivían en el pueblo en el que las bombas interrumpieron la marcha hacia el oeste. Los testigos más importantes eran la hija, que había venido a Alemania para el juicio, y la madre, que se había quedado en Israel. Para tomar declaración a la madre, los miembros del tribunal, los fiscales y los defensores viajaron a Israel; fue la única parte del juicio que me perdí.

El primer punto principal de la acusación hacía referencia a las selecciones que se llevaban a cabo en el campo. Cada mes llegaban de Auschwitz unas sesenta mujeres, y debían enviarse de vuelta otras tantas, descontando las que hubieran muerto. Todos sabían perfectamente que las mujeres que volvían a Auschwitz eran asesinadas nada más llegar; se enviaba de vuelta a las que ya no servían para trabajar en la fábrica. Era una fábrica de munición, que en sí no era un trabajo demasiado duro, pero las mujeres no fabricaban munición, sino que se dedicaban a la reconstrucción de la nave, que había quedado muy dañada en la explosión de la primavera anterior.

El otro punto principal de la acusación estaba relacionado con el bombardeo nocturno que acabó con todo. Aquella noche, al llegar a un pueblo medio abandonado, los soldados y las guardianas encerraron en la iglesia a las prisioneras, varios centenares de mujeres. Cayeron sólo unas pocas bombas, quizá dirigidas en principio a la línea de ferrocarril cercana, o lanzadas simplemente porque habían sobrado del ataque a una ciudad más grande. Una de las bombas cayó en la casa del párroco, en la que dormían los soldados y las guardianas. Otra acertó en el campanario. Primero ardió el campanario, luego el tejado, y después el armazón del tejado se vino abajo en llamas sobre el interior de la iglesia y el fuego se extendió a la sillería. Las gruesas puertas no cedieron. Las acusadas pudieron haberlas abierto. Pero no lo hicieron, y las mujeres encerradas en la iglesia murieron quemadas.

Las cosas no podían ir peor para Hanna. Ya en el interrogatorio previo causó una mala impresión al tribunal. Tras la lectura de la acusación, pidió la palabra para quejarse de una inexactitud; sin embargo el juez la reconvino recordándole que había tenido tiempo para estudiar a fondo la acusación y hacer todas las objeciones que quisiera, pero que ya se había iniciado el juicio oral y sólo las pruebas aportadas por las partes indicarían qué cosas eran ciertas y cuáles no. Cuando empezó el examen de las pruebas, el juez propuso renunciar a la lectura de la versión alemana del libro de la hija, ya que el manuscrito, que estaba siendo preparado para su publicación por una editorial alemana, había sido puesto a disposición de todos los implicados; pero Hanna no estaba de acuerdo, y su abogado tuvo que convencerla, bajo la mirada irritada del juez, de que diera su conformidad. No quería.

Tampoco admitía haber reconocido, en una declaración anterior ante el juez, que ella tuviera la llave de la iglesia. Es más, decía ahora: nadie la tenía; ni siquiera existía «la llave de la iglesia», sino varias, una para cada puerta, y estaban metidas en los cerrojos. Pero no era eso lo que decía el acta de su declaración ante el juez, que ella había leído y firmado, y Hanna empeoró todavía más las cosas al preguntar por qué querían cargarle con una culpa que no era suya. No levantó la voz, ni preguntó con impertinencia, pero sí con terquedad; y me pareció que también con una confusión y un desconcierto que se palpaban en su cara y en su voz. Sólo quería quejarse de que estuvieran culpándola de algo de lo que no era culpable, y no pretendía ni mucho menos acusar al juez de prevaricación, pero éste lo entendió así y reaccionó con dureza. El abogado de Hanna se levantó de un salto y protestó enérgica y atropelladamente, pero al preguntarle el juez si se adhería al reproche de su defendida, volvió a sentarse.

Hanna quería dejar las cosas claras. Cuando creía que la trataban injustamente, contradecía al tribunal; en cambio, admitía las acusaciones que consideraba justificadas. Contradecía con terquedad y admitía sin empacho, como si al admitir se ganara el derecho a contradecir, o como si al contradecir contrajera la obligación de admitir las acusaciones que se le hacían legítimamente. Pero no se daba cuenta de que su terquedad enojaba al juez. No era consciente del contexto, de las reglas de juego, del mecanismo por el cual todo lo que decía, y todo lo que decían las otras acusadas, se convertía en un factor en favor o en contra de su inocencia, en favor de su condena o de su absolución. Para compensar esa inconsciencia habría necesitado un abogado más experto y seguro de sí mismo, o, simplemente, un abogado mejor. Pero, desde luego, también era cierto que Hanna le estaba poniendo las cosas difíciles; era evidente que no se fiaba de él, pero de hecho tampoco había querido escoger un abogado de confianza. Era un defensor de oficio, designado por el juez. — A veces Hanna tenía algo parecido a pequeños éxitos. Recuerdo cuando la interrogaron acerca de las selecciones que se llevaban a cabo en el campo. Las otras acusadas negaban haber participado en ellas en ningún momento. En cambio, Hanna sí admitió haberlo hecho, no ella sola, pero sí en el mismo grado que todas las demás, y lo admitió tan de buen grado, que el juez creyó oportuno entrar en detalle en el asunto.

—¿Cómo se efectuaban las selecciones?

Hanna explicó que las guardianas tenían a su cargo seis grupos del mismo número de prisioneras, y habían acordado seleccionar cada una la misma cantidad de prisioneras, diez por grupo, en total sesenta; pero cuando en un grupo había pocas enfermas y en otro muchas, podía ser que las cifras divergieran, por lo que en último término todas las guardianas de turno decidían conjuntamente a quién había que enviar de regreso a Auschwitz.

—¿Ninguna de ustedes se negó a participar? ¿Actuaron todas de común acuerdo?

—Sí.

—¿No sabían que enviaban a las prisioneras a la muerte?

—Sí lo sabíamos, pero cada mes nos mandaban prisioneras nuevas, y había que hacer sitio.

—¿Así que, para hacer sitio, ustedes decían: Tú, tú y tú os volvéis a Auschwitz para que os maten?

Hanna no entendió lo que el juez quería decir con aquella pregunta.

—Bueno, yo… O sea… A ver, ¿qué habría hecho usted en mi lugar?

Hanna lo preguntaba en serio. No se le ocurría qué otra cosa debía o podía haber hecho, y quería que el juez, que parecía saberlo todo, le dijera qué habría hecho él.

Por un momento se hizo el silencio. En los usos judiciales alemanes no está previsto que los acusados hagan preguntas a los jueces. Pero ahora la pregunta ya estaba planteada, y todos esperábamos la respuesta del juez. Tenía que contestar; no podía pasar por alto la pregunta o borrarla con un reproche o con otra pregunta en tono de reconvención. Todos nos habíamos dado cuenta, él mismo también, y entonces comprendí por qué utilizaba el truco de adoptar una expresión de desconcierto. Esa expresión era su máscara. Oculto tras ella, podía ganar un poco de tiempo para encontrar una respuesta. Pero no podía demorarse demasiado; cuanto más tardara, más crecerían la tensión y la expectación, y más convincente tendría que ser la respuesta.

—Hay cosas en las uno no debe mezclarse, y que uno debe negarse a hacer a menos que le cueste la vida.

Quizá le habría bastado con decir lo mismo pero hablando de Hanna o incluso de sí mismo. Pero hablar de lo que uno debe o no debe hacer, o de lo que le puede costar algo a uno, no estaba a la altura de la seriedad de la pregunta de Hanna. Ella quería saber qué debería haber hecho en su situación, no que le contaran que hay cosas que no deben hacerse. La respuesta del juez pareció torpe y penosa. Todos lo sintieron así. La sala reaccionó con un suspiro decepcionado y miró sorprendida a Hanna, que en cierto modo había vencido en aquel combate de esgrima dialéctica. Pero ella estaba sumida en sus pensamientos.

—Entonces, ¿debería… no debería… no debería haberme alistado cuando estaba en Siemens?

La pregunta no iba dirigida al juez. Hablaba consigo misma, se preguntaba a sí misma, vacilante, porque todavía no se había planteado la pregunta, y dudaba de que fuera la pregunta correcta, y de cuál podía ser la respuesta.

La misma terquedad que irritaba al juez cuando Hanna le llevaba la contraria, irritaba a las otras acusadas cuando le daba la razón, pues era desastrosa para su causa. Pero también para la de Hanna.

En realidad no había pruebas suficientes para acusarlas. Las únicas que apoyaban el primer punto principal de la acusación eran el testimonio de las supervivientes y el libro que había escrito la hija. Una buena defensa habría podido negar de manera convincente, sin alterar en lo sustancial las declaraciones de madre e hija, que hubieran sido precisamente las acusadas las encargadas de llevar a cabo las selecciones. Las declaraciones de los testigos no eran lo bastante precisas, ni podían serlo; al fin y al cabo, había un comandante, compañías de soldados, otras guardianas y toda una jerarquía de tareas y disciplina de la que las prisioneras sólo veían una parte, y por lo tanto no podían conocer al completo. Algo parecido podía aplicarse al segundo punto de la acusación. En el momento de los hechos, la madre y la hija estaban encerradas dentro de la iglesia y no podían saber qué pasaba fuera. Las acusadas, desde luego, no podían afirmar que no estaban allí, ya que los otros testigos, los habitantes del pueblo, habían hablado con ellas y las recordaban. Pero esos otros testigos tenían razones para andarse con cuidado, no fuera a ser que les acusasen también a ellos de no haber hecho nada por salvar a las prisioneras. Si allí sólo quedaban unas pocas guardianas, ¿qué les habría costado a los aldeanos reducir a un puñado de mujeres y abrir las puertas de la iglesia? No tenían más remedio que coincidir con la defensa en que las acusadas se habían visto forzadas a actuar como lo hicieron, lo cual, si era cierto, los exculpaba a unos y a otros. Al fin y al cabo, estaban bajo la opresión o bajo las órdenes de los soldados, que, según la defensa, todavía no habían huido, o bien, como afirmaban las acusadas, no tardarían en volver, pues sólo habían salido para llevar a los heridos a un hospital de campaña.

Cuando los abogados de las otras acusadas se dieron cuenta de que Hanna echaba por tierra sus argumentos al admitir la verdad, cambiaron de estrategia. Aprovecharían la actitud de Hanna para convertirla en única culpable y descargar a las otras acusadas. Lo hicieron con una frialdad muy profesional. Las acusadas, en cambio, los secundaron con arrebatos de indignación.

—Dice usted —le preguntó a Hanna el abogado de otra de las acusadas— que sabía que enviaba a las prisioneras a la muerte. Pero usted sólo puede hablar por sí misma, ¿no? Usted no puede saber lo que sabían sus compañeras. Puede suponerlo, pero, a fin de cuentas, no puede juzgarlo, ¿no?

—Pero es que todas nosotras sabíamos…

—Decir «nosotras» o «todas nosotras» es más fácil que decir «yo» o «sólo yo», ¿verdad? ¿No es cierto que usted, y sólo usted, tenía sus protegidas en el campo, chicas jóvenes, cada una durante una temporada, y luego otra, y así sucesivamente?

Hanna vaciló.

—Me parece recordar que yo no era la única que…

—¡Mentira podrida! ¡Tú eras la única que tenía favoritas! —profirió, visiblemente exaltada, otra de las acusadas, una mujer grosera, con un aspecto de apacible gallina clueca y al mismo tiempo una lengua viperina.

—¿No puede ser que esté usted diciendo que «sabía» cosas que, como mucho, sólo podía suponer, y «suponiendo» cosas que en realidad se saca de la manga?

El abogado meneó la cabeza cariacontecido, como si Hanna hubiera respondido ya afirmativamente a su pregunta.

—¿No es cierto también que todas sus protegidas, cuando usted se hartaba de ellas, iban a parar a Auschwitz en el siguiente envío?

Hanna no contestó.

—Ésa era su parte personal de la selección, ¿verdad? Usted se niega a reconocerlo y pretende disimular acusando a las demás de haber hecho lo mismo. Pero en realidad…

—¡Dios mío! —exclamó de pronto, tapándose la cara con las manos, la hija, que después de declarar se había instalado entre el público—. ¿Cómo he podido olvidarme?

El juez le preguntó si quería ampliar su declaración. Sin esperar a que la hicieran salir al estrado, se puso de pie y habló desde su sitio entre el público.

—Sí, tenía favoritas, siempre alguna de las más jóvenes, alguna chica débil y delicada. Las ponía bajo su protección y se encargaba de que no tuvieran que trabajar, las alojaba en sitios más cómodos y las alimentaba y las mimaba, y por la noche se las llevaba a su habitación. Les tenía prohibido contar lo que hacían con ella por la noche, y todas pensábamos que… Estábamos convencidas de que se divertía con ellas y luego, cuando se cansaba, las metía en el siguiente envío. Pero no era así; un día, una de las chicas habló, y nos enteramos de que sólo las obligaba a leerle libros, noche tras noche. No era tan malo como nos lo habíamos imaginado… Y también era mejor que tenerlas en la obra trabajando hasta reventar; debí de pensar que era mejor, si no no se me habría olvidado tan fácilmente. Pero ahora me pregunto si de verdad era mejor.

Y se sentó.

Entonces Hanna se volvió y me miró. Su mirada me localizó de inmediato, y comprendí que ella había sabido todo el tiempo que yo estaba allí. Se limitó a mirarme. Su cara no pedía nada, no reclamaba nada, no afirmaba ni prometía nada. Se mostraba, eso era todo. Me di cuenta de lo tensa y agotada que estaba. Tenía ojeras, y las mejillas cruzadas de arriba abajo por una arruga que yo no conocía, que aún no era honda, pero ya la marcaba como una cicatriz. Al verme enrojecer, apartó la mirada y volvió a fijarla en el tribunal.

El juez se dirigió al abogado que acababa de interrogar a Hanna y le dijo si tenía más preguntas.

También se lo preguntó al abogado de Hanna. Pregúntale, pensé. Pregúntale si escogía a las chicas más débiles y delicadas porque sabía que no resistirían el trabajo en la obra y de todos modos iban a volver a Auschwitz en el siguiente envío, y ella quería hacerles más grato el último mes de su vida. Díselo, Hanna.

Diles que querías hacerles más grato el último mes de su vida. Diles que por eso escogías precisamente a las más delicadas y débiles. Que no había ningún otro motivo ni podía haberlo.

Pero el abogado no preguntó nada, y Hanna también calló.

La versión alemana del libro de la hija sobre su paso por los campos de exterminio no apareció hasta acabado el juicio. De hecho, el manuscrito ya estaba listo, pero sólo se les había facilitado a los implicados en el proceso. Yo tuve que leer el libro en inglés, algo que por entonces todavía era para mí una empresa inusual y trabajosa. Y, como siempre que se lee en una lengua extranjera que no se domina y con la que hay que pelearse, el resultado fue una extraña combinación de distancia y cercanía. Uno se esfuerza en profundizar todo lo posible en el texto, pero no consigue hacerlo suyo. Sigue siendo extraño, lo mismo que la lengua en que está escrito.

Años más tarde volví a leerlo y descubrí que esa distancia está en el libro mismo. No invita al lector a identificarse con nadie, y no pinta con rasgos amables a ningún personaje, ni a la madre y la hija ni a las personas con las que ambas compartieron su destino en diferentes campos de concentración, y finalmente en Auschwitz y en las afueras de Cracovia. En cuanto a las jefas de barracón, las guardianas y los soldados, no les imprime suficiente carácter y perfil como para que el lector pueda definirse respecto a ellos o juzgarlos con mayor o menor severidad. El libro está embebido en ese embrutecimiento que ya he intentado describir. Pero el embrutecimiento no hizo perder a la hija la capacidad de anotar y analizar lo que había visto. Y tampoco se dejó corromper por la autocompasión ni por el orgullo que evidentemente le producía el haber sobrevivido a aquellos años en los campos de exterminio y haber sido capaz no sólo de superarlos, sino de plasmarlos literariamente. Al hablar de sí misma no oculta su comportamiento de adolescente prematuramente desengañada y, cuando hacía falta, taimada, y lo describe con la misma sobriedad que aplica a todo lo demás.

Hanna no aparece mencionada en el libro con su nombre, ni siquiera como personaje mínimamente identificable. A veces creí reconocerla en una guardiana que la autora describe como una mujer joven, guapa y de una «escrupulosidad sin escrúpulos» en el cumplimiento del deber. Pero no estaba seguro. De entre todas las acusadas, estaba claro que sólo Hanna coincidía con la descripción. Pero ellas no habían sido las únicas guardianas. La hija cuenta que aquella mujer le recordaba a otra guardiana que había conocido en uno de los campos, también joven, guapa y concienzuda, pero cruel e incapaz de dominarse, a la que llamaban «la yegua». Quizá la hija no fuera la única persona que había notado el parecido. Y quizá Hanna lo sabía, lo recordaba y por eso se había sentido molesta cuando la comparé con un caballo.

El campo de las afueras de Cracovia fue para madre e hija la última etapa después de Auschwitz. Fue un cambio para mejor. El trabajo era duro, pero no tanto como en Auschwitz; se comía mejor; y también era preferible dormir con seis mujeres más en una habitación a compartir un barracón con un centenar. Además, las prisioneras no pasaban tanto frío, gracias a la leña que recogían en el camino de la fábrica al campo.

Existía, desde luego, el temor a las selecciones. Pero tampoco ese miedo era tan intenso como en Auschwitz.

Cada mes enviaban de vuelta allí a sesenta mujeres, sesenta de un total de unas mil doscientas, así que quien estuviera mínimamente dotada para resistir el trabajo podía contar con una esperanza de vida de unos veinte meses, y siempre cabía la posibilidad de tener más fuerzas que la mayoría. Además, podía ser que la guerra se acabase antes de esos veinte meses.

El desastre empezó cuando el personal del campo recibió la orden de desmantelarlo e iniciar la marcha hacia el oeste. Era invierno y nevaba. Con la ropa que tenían, las prisioneras pasaban mucho frío en la fábrica, aunque no tanto en el campo; pero desde luego aquella ropa era insuficiente para una marcha de muchos kilómetros. Sin embargo, lo peor era el calzado, que en muchos casos se limitaba a unos trapos envueltos en papel de periódico y atados de modo que aguantaban las caminatas, pero de ningún modo una larga marcha por la nieve y el hielo. Además, las mujeres no caminaban: las hacían correr. «¿Marcha de la muerte?», se preguntaba la hija en el libro. «No: trote de la muerte, galope de la muerte.» Muchas se desplomaron por el camino, otras no se levantaban después de pasar la noche en un pajar o recostadas contra una pared. Al cabo de una semana habían muerto casi la mitad.

Dormir en la iglesia era preferible a hacerlo en un pajar o contra una pared. Cuando se quedaban a pasar la noche en alguna granja abandonada, los soldados y las guardianas se instalaban en la vivienda. En aquel pueblo poco menos que abandonado, escogieron la casa del párroco, y las prisioneras encontraron, por una vez, un refugio mejor que un pajar o una mera pared. Esto, sumado al hecho de que en el pueblo les dieron sopa caliente, les hizo ver más cercano el fin de sus padecimientos. Y se durmieron. Poco después cayeron las bombas. Al principio el fuego afectó sólo al campanario, y las mujeres encerradas lo oían, pero no lo veían. Cuando la aguja del campanario se desprendió y cayó sobre el tejado de la iglesia, pasaron unos cuantos minutos hasta que se hizo visible el resplandor del fuego. Y entonces empezaron a llover llamas que prendieron las ropas de las mujeres; las vigas en llamas, al desplomarse, incendiaron los bancos y el pulpito, y al cabo de poco rato el tejado se vino abajo sobre la nave y todo empezó a arder como una tea.

Según la hija, las mujeres podrían haberse salvado si hubieran unido sus fuerzas desde el primer momento para forzar una de las puertas. Pero cuando se dieron cuenta de lo que había pasado, de lo que iba a pasar y de que no les iban a abrir las puertas, era ya demasiado tarde. Cuando las despertó el impacto de la bomba, era noche cerrada. Durante un rato sólo oyeron un ruido extraño y amenazador que provenía del campanario, y guardaron silencio para poder oírlo e interpretarlo mejor. Hasta que el tejado empezó a arder visiblemente no comprendieron que aquel ruido era la crepitación y el chisporroteo de un fuego; que lo que de vez en cuando se agitaba tras las ventanas, iluminándolas, era el resplandor de las llamas; que el golpe que oyeron por encima de sus cabezas significaba que el fuego se extendía del campanario al tejado. Lo comprendieron y empezaron a chillar horrorizadas, a pedir socorro a gritos, y se arrojaron sobre las puertas, sacudiéndolas, golpeándolas, chillando sin parar.

Cuando el tejado en llamas se precipitó sobre la nave, los muros de la iglesia envolvieron el fuego como las paredes de un horno. La mayoría de las mujeres no murieron asfixiadas, sino que ardieron entre el fragor y la luz cegadora de las llamas. Al final, el fuego llegó a calcinar por completo las puertas y a fundir los herrajes. Pero eso fue horas más tarde.

La madre y la hija sobrevivieron porque la madre hizo lo que había que hacer, aunque fuera por motivos equivocados. Cuando el pánico hizo presa en las mujeres, no pudo aguantar más allí abajo y huyó a la tribuna. No le importaba estar más cerca de las llamas; sólo quería estar sola, lejos de aquellas mujeres que gritaban y se arremolinaban envueltas en llamas. La tribuna era estrecha, tanto que las vigas incendiadas apenas la rozaron al caer. La madre y la hija se quedaron acurrucadas contra la pared, viendo y oyendo las llamas. Al día siguiente no se atrevieron a bajar ni a salir de la iglesia. Por la noche tampoco, pues temían perder pie al bajar por la escalera o extraviarse en la oscuridad. Al amanecer del día siguiente, cuando salieron de la iglesia, se encontraron con unos cuantos aldeanos que, pasmados y mudos de asombro, les dieron ropa y comida y las dejaron marchar.

—¿Por qué no abrió usted la puerta?

El juez hizo la misma pregunta a todas las acusadas, una tras otra. Y ellas dieron una tras otra la misma respuesta: no podían. ¿Por qué? Una dijo que porque había resultado herida al caer la bomba en la casa del párroco. Otra, que se encontraba bajo un fuerte choque emocional debido al bombardeo. Otra, que, después de caer las bombas, había estado ocupándose de los soldados y las otras guardianas, sacando heridos de entre las ruinas, aplicando vendajes, cuidando a las víctimas. Otra, que no se le ocurrió pensar en la iglesia y no vio el incendio ni oyó los gritos, porque no estaba por aquella parte.

Y a todas las acusadas, una tras otra, el juez les replicó lo mismo: no era eso lo que se deducía del informe. La frase estaba formulada con calculada prudencia. No podía afirmarse que el informe de las SS negara directamente las alegaciones de las acusadas, pero de algún modo parecía desmentirlas. Nombraba a todos los muertos y heridos de la casa del párroco, y especificaba quiénes habían transportado a los heridos en camión al hospital de campaña y quiénes les habían seguido en otro vehículo militar. Añadía que varias guardianas se habían quedado en el lugar de los hechos para esperar a que se extinguieran los incendios, impedir que se extendieran y prevenir los intentos de fuga que pudieran tener lugar al amparo de las llamas.

También mencionaba la muerte de las prisioneras.

El hecho de que los nombres de las acusadas no apareciesen en el informe indicaba que formaban parte del grupo que se había quedado en el pueblo. Y, a su vez, el hecho de que les hubieran encargado impedir los posibles intentos de fuga indicaba que cuando se acabó de rescatar a los heridos de la casa del párroco y el camión se puso en marcha hacia el hospital, las prisioneras todavía estaban vivas. Del informe se deducía que las guardianas que se habían quedado en el pueblo habían dejado que ardiera la iglesia sin intervenir, es decir, sin abrir las puertas. Y se deducía también que entre ellas estaban las acusadas.

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