El Libro de Rachel

Martin Amis · Capítulo 1 de 4 · parte 1/4

Páginas del PDF

El Libro de Rachel

Start

Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.

El Libro de Rachel

Sobrecubierta

None

MARTIN AMIS

Traducción de Antonio Mauri Título de la edición original: The Rachel Papers Jonathan Cape Ltd., Londres, 1973 Martin Amis, 1973 © Editorial Anagrama, 1985, Barcelona ISBN 84-339-1273-9 Depósito legal: B. 33094-1985

Siete en punto: Oxford

................................................................................................

.................. 4 Siete y veinte:

Londres...................................................................................

............................. 10 Ocho menos cuarto: Costa Brava

...............................................................................................

18 Ocho y treinta y cinco: El Libro de Rachel, Primer Volumen ...................................................... 42 Nueve en punto: el baño

................................................................................................

............. 63 Y media: bien, Charlie

................................................................................................

................. 75 Diez y cinco: la arboleda

................................................................................................

............. 87 Once menos veinticinco: horas bajas

......................................................................................... 99

Once y diez: El Libro de Rachel, Segundo Volumen

................................................................ 104 Y veinte: las chicas también

cagan......................................................................................

..... 117 Menos veinte: la

canícula...................................................................................

....................... 138 Medianoche: llegar a la mayoría de edad

................................................................................. 148

Inteligente, frívolo, descarado, narcisista incluso cuando le sale un grano en la nariz, Charles Highway, el narrador y protagonista de esta excelente y divertidísima novela, es un joven que, a falta de ritos de paso institucionalizados, se inventa uno por su cuenta y riesgo. Cuando le falta poco para cumplir los veinte años se da cuenta de que todavía no se ha acostado con ninguna mujer, aunque lo haya hecho

con montones de chicas de su edad, y decide que su obligación ineludible es tener esa experiencia a modo de despedida de la inmadurez. Pero Charles Highway, niño prodigio y neurótico precoz, es un joven con altas aspiraciones literarias, y lo que pudo haber sido un ligue más se le convierte en una complicadísima operación autobiográfica y autoanalítica que da, como resultado final, este Libro de Rachel. Un libro en el que tienen cabida desde la revolución sexual, los años setenta y el rock hasta el conflicto de generaciones y el propio mito de la juventud, todo ello observado desde un punto de vista satírico y escéptico. A esta actitud rabiosamente moderna se unen una prodigiosa naturalidad y un gran talento literarios, que convirtieron la publicación inglesa de esta obra en un auténtico acontecimiento. «El ingenio, el talento y la mordacidad de Martin Amis le convierten, de lejos, en el más interesante escritor de la nueva generación inglesa. »

(Dennis Potter)

«Ingenio desdeñoso, disparatada obscenidad, astucia literaria, petulancia, lujuria, ansiedad: un libro tan gracioso como malévolo. » (Anthony Thwaite)

Martin Amis (Oxford, 1949), hijo del conocido escritor Kingsley Amis, obtuvo el prestigioso Premio Somerset Maugham para jóvenes autores con El libro de Rachel.

Posteriormente ha publicado otras cuatro novelas que también han tenido una gran acogida por parte de crítica y lectores, en especial la titulada “Dinero”.

Siete en punto: Oxford

Me llamo Charles Highway,* aunque si pudiesen echarme una ojeada seguro que jamás se lo imaginarían. Es un apellido enérgico, viajado, cipotudo, y por mi aspecto nadie deduciría ninguna de esas cualidades. Empezando porque llevo gafas, y las llevo desde los nueve años. Y porque mi figura de estatura mediana, desprovista de culo y de cintura, con una caja torácica ondulada y piernas estevadas

borra todo indicio de aplomo. (En ningún sentido, por cierto, debería confundirse este modelo con el tipo ágil y elástico tan popular entre mis contemporáneos. No nos parecemos en nada. Recuerdo que tenía que hacerme un par de dobleces en los extremos de mis pantalones, y que rellenaba sus fondillos con camisas de talla de adulto. Ahora elijo mi ropa más reflexivamente, aunque lo que ha mejorado no es mi gusto sino mi intuición. ) Pero sí poseo una de esas voces cachondas que ahora están de moda, esas que acostumbran a tener un irónico gangueo y que resultan excelentes para inquietar a los mayores. Y supongo que, además, mi rostro tiene expresiones extrañamente amedrentadoras. Es anguloso, pero delicado; nariz larga y delgada, labios anchos y delgados..., y unos ojos: con pestañas exuberantes, ocre oscuro salpicado de motitas siena tostada... Ay, qué pobres resultan las palabras.

El dato más importante, sin embargo, es que tengo diecinueve años de edad, y que mañana cumplo los veinte.

Los veinte son, naturalmente, la frontera decisiva.* Los dieciséis, dieciocho, veintiuno no son más que mojones arbitrarios que sólo te permiten ser detenido por evasión de impuestos, contraer matrimonio, ser sodomizado, ejecutado, y así sucesivamente: cosas exteriores.

Naturalmente, yo evito como la peste doctrinas tales como la que dice que «somos jóvenes mientras nos sentimos jóvenes», la cual ha sido sin duda alguna la causa de que tantos elegantes cincuentones hayan caído muertos en sus monos deportivos, de que tantos ojerosos hippies hayan quedado fuera de juego víctimas de una sobredosis, de que a tantos precarios maricas les hayan partido la crisma autostopistas salvajes. Los veinte pueden no ser el comienzo de la madurez, pero les aseguro que marcan para todos el final de la juventud.

A fin de obtener, inmediatamente, tensión dramática y simetría temática, elijo como instante de mi nacimiento las

doce en punto de la medianoche. De hecho, las labores de parto de mi madre eran prolijas y, en general, muy poco elegantes; empezó a parir en este momento (es decir, a eso de las siete de la tarde del cinco de diciembre de hace veinte años), para no terminar hasta después de las doce, dando como resultado un húmedo y desamparado niño de un kilo ochocientos que tuvo que ser conducido al hospital para una puesta a punto de quince días. Mi padre había tenido la intención — Dios sabrá por qué— de presenciar todo el proceso, pero se hartó del asunto a las dos

* Literalmente «carretera». (N. del T. )

*Desde los trece hasta los diecinueve años los jóvenes anglosajones son llamados «teen-agers»; literalmente, aquellos cuya edad termina en «teen». De ahí el cambio que supone, en esas culturas, la llegada de los veinte. (N.

del T. )

horas. Hace mucho tiempo que estoy convencido de la importancia de esta anécdota, aunque jamás he sido capaz de averiguar su significado. Es posible que pueda encontrar la solución en ese instante en el que, hace dos décadas, olisqueé el aire por primera vez.

Confieso que hace meses que esperaba esta noche.

Cuando hace una media hora se presentó Rachel pensé que iba a echarlo todo a perder, pero se ha ido a tiempo.

Necesito llevar a cabo la transición decorosa y oficialmente, y experimentar de nuevo el final de mi juventud. Porque me ha ocurrido una cosa, no cabe la menor duda, y tengo muchísimas ganas de saber qué es. Bien: si recorro, digamos, mis tres últimos meses, y si intento aislar y descartar toda mi precocidad y todo mi infantilismo, mi listeza de alumno de sexto y mi marrullería de alumno de quinto, y toda mi autocomplacencia y autorepugnancia y autoloquequieran, quizá pueda localizar mi hamartanein y averiguar qué clase de adulto voy a ser. O, cosa que también es posible, quizá no lo logre. De todos modos, seguro que será muy divertido.

Ahora son —veamos— un poco más de las siete. Me quedan cinco horas de juventud. Cinco horas; y luego entraré en ese ruidoso Brobdingnag que es, para los niños, el mundo de los adultos.

Suelto el cierre de mi preciosa maleta negra y la abro encima de la cama: carpetas, cuadernos de notas, archivadores, abultados sobres de papel manila, líos de papeles atados con cuerda, cartas, copias, diarios; las notas marginales de mi juventud cubren por entero la colcha de retazos. Barajo los papeles para establecer una clasificación provisional. ¿Habría que organizarlos cronológicamente, por temas, por personajes? Es evidente que esta noche tendré que dedicar un rato a realizar rigurosas labores de oficinista.

Tomo un diario al azar, cruzo la habitación, y me apoyo en la crujiente estantería de libros. Sorbo un poco de vino y vuelvo la página.

El segundo fin de semana de septiembre. En ese momento ya sólo tenía que soportar otro par de días en casa antes de irme a Londres. Fue el jueves en que mi padre, mientras tomaba su primera copa en muchos años, me preguntó por qué no intentaba ingresar en Oxford y yo contesté con un gesto de asentimiento, como diciendo que por qué no. De todos modos, antes de ingresar en la universidad estaba previsto que tuviese un año libre. Mi profesor de Lengua siempre había remachado la idea de que yo era un chico condenadamente listo. A mí no me apetecía especialmente ningún otro lugar. Parecía lógico.

Madre fue un frenesí de actividad a la mañana siguiente (preparándolo todo), pero a la hora del almuerzo parecía más bien despistada y espiritual, y decidió hacer la siesta.

Cuando le pregunté si quedaba alguna cosa por arreglar, ella se lanzó a una serie de asociaciones libres hasta que quedó bien claro, de la misma forma que se aclara un rompecabezas, que lo único que había conseguido era decirle a mi hermana que yo viviría una temporada en su casa y también (supuse) que había estado dándole el típico

rollo de media hora acerca de los peligros de la menopausia tardía, y demás guarradas femeninas de la misma especie.

—Así que —le dije—, lo mejor es que llame a la Oficina de Preinscripciones de Oxford y a alguna academia.

Madre abandonó la cocina con la palma de una mano apoyada en la frente y la otra suspendida en el aire, a su espalda.

—Sí, hijo —gritó.

Tardé una hora entera porque soy asombrosamente ineficaz con el teléfono. Hablé con las furcias clave del complejo administrativo de la universidad y finalmente conseguí hablar con la oficina de los Tutors, donde un escurridizo y necio anciano me dijo que, aunque él no era nadie para decirlo, estaba bastante seguro de que podrían encontrarme sitio. Fue entonces cuando comprendí que había estado esperando que apareciese algún obstáculo insuperable, un problema de fechas de matrícula, por ejemplo. Y, sin embargo, todo parecía avanzar sin trabas.

No sabía por qué lo esperaba. Oxford significaba más trabajo, pero eso no era lo malo. Significaba más exámenes, pero, del mismo modo, prefiero tener horizontes definidos, crisis previsibles en las que centrar mis ansiedades. Es posible que, dado que soy una persona con tendencia a estructurar muy bien su vida, hubiese planeado los meses siguientes pensando en la inminencia de mi vigésimo cumpleaños. Aún me quedaban por hacer algunas cosas propias de jóvenes: conseguir un empleo, preferiblemente rastrero y no cualificado; tener un primer amor, o al menos acostarme con una Mujer Mayor; escribir más poemas primerizos y endebles para, de este modo, completar mi serie «Monólogo adolescente»; y, bueno, ordenar, simplemente, mi infancia.

Hay otra explicación menos agradable. Mi familia vive cerca de Oxford, de modo que si elegía esta universidad tendría que pasar mucho tiempo en casa. Es más, la ciudad me resulta antipática. Lo siento, pero abundan demasiado

los tipejos de chillona elegancia, las putas de la aristocracia, y los gilipollas provincianos con cara de empanada. Y las calles me parecen afectadamente estrechas.

Una de las tradiciones de los Highway consiste en que los domingos por la tarde, de cuatro a cinco, cualquiera de los miembros de la familia puede visitar a su superior, en lo que este último llama su «estudio», para discutir allí el asunto que sea, o para implorar su ayuda o airear sus quejas. Basta con llamar y entrar.

Mi padre, que ahora es una figura notablemente pequeña y con aspecto de perseguido, dijo hola y me preguntó en qué podía ayudarme, inclinándose al mismo tiempo sobre la jarra de litro de zumo de naranja auténtico, su ración diaria, que generalmente ya se había tomado a las once de la mañana. Sus ojos se asomaban cansados e hinchados por encima del cristal descolorido mientras yo le decía que ya estaba todo arreglado. Hubo una pausa, y se me ocurrió que ya no se acordaba del asunto. Pero se recobró pronto. Su hostil frivolidad adoptó la siguiente forma de expresión:

—¡Fantástico! Mañana iré a Londres en coche. Supongo que puedo llevarte a ti también, a condición de que no tengas intención de cargar con todas tus propiedades, claro.

Y no te preocupes por Oxford. No es más que la alcorza del pastel.

—¿Cómo?

—Quiero decir que no es más que un gasto extra.

—Oh, desde luego. Por cierto, gracias por el ofrecimiento pero bajaré en tren. Hasta luego.

Me preparé un café en la cocina y ojeé los escasos restos de periódicos dominicales que no estaban arrugados encima de mi madre, que parecía una tienda de campaña instalada en el sofá de la sala. En mi rostro brillaba una sonrisa satisfecha y cansada.

¿Qué esperabas?, pensé. Afuera, el cielo empezaba a adquirir un aspecto aborregado y oscuro. ¿Cuánto tardaría

en anochecer? Decidí irme inmediatamente a Londres, ahora que aún estaba a tiempo.

Supongo que en realidad tendría que explicarlo mejor.

La cuestión es que soy miembro de esa triste y cada vez más reducida mayoría formada por los hijos de los hogares no despedazados. Cargo con este albatros desde los once años, cuando empecé el bachillerato. No pasaba ni un solo día sin que alguno de mis amigos resultara ser hijo adoptivo o ilegítimo, o cuya madre estuviese a punto de largarse con algún tipo, o que fuera huérfano o que tuviera a un desarrapado padrastro. Qué vidas tan agitadas las suyas.

Cómo les envidiaba que tuviesen tantas excusas para la introspección, que poseyeran esos receptáculos especiales para sus legítimas hostilidades y nobles lealtades.

Una vez, el año pasado, mientras holgábamos en el bar del colegio, como alumnos de sexto que éramos (todos los demás tenían que estar en clase), fui tediosamente criticado por un amigo que me acusaba de «odiar» a mi padre, que al fin y al cabo no era ni un tipo vil ni tampoco un déspota, sino simplemente prescindible. Mi amigo comentó sin alzar la voz que él no albergaba «sentimientos de odio» hacia su padre, aunque éste se pasaba aparentemente la mayor parte de los días con una mano en torno a la garganta de su esposa y la otra en el culo de la au pair. Exacto, pensé. Eché mi silla hacia atrás hasta apoyarla en la pared y le contesté (con mentalidad en parte altruista, tras haber leído esa semana una antología de ensayos de Lawrence):

—Te equivocas, Pete, completamente. El odio es la única reacción emocionalmente educada frente a un ambiente familiar estéril. Es una emoción destructiva y... dolorosa quizá, pero creo que si pretendo mantener viva a mi familia en mi imaginación y mis vísceras, ya que no en mi corazón, no me queda más remedio que fomentarla.

Joder, pensé, y lo mismo pensaron ellos. A partir de ese momento Pete me miró con melancólico respeto, como a alguien que permanece escéptico después de una

impresionante sesión de espiritismo..., que es, naturalmente, el aspecto que yo tenía; por fin resultaba para los demás inteligible, al menos moralmente.

No es que no haya, en mi opinión, apremiantes y sobradas razones para odiarle; lo malo es que constituye un correlativo objetivo demasiado insignificante, que nunca hace nada que sea brillantemente desagradable. Y, por todos los dioses, en esta época los muchachos necesitan tener cerca de sí algo que les excite, por tacaño que sea quien proporciona la materia prima. De modo que la emoción que se cuela en nuestra casa como un ladrón que trata de forzar todas las puertas, sólo ha encontrado sin cerrar, y hasta completamente abierta, la mía: porque dentro no hay nada de valor.

Ahora me arrodillo, tomo de la cama el montón más grande de papeles, y lo extiendo en el suelo.

Es extraño; aunque probablemente sea el personaje mejor documentado de mis archivos, mi padre no se ha hecho merecedor de un cuaderno, ni siquiera de una carpeta, con su nombre. Madre tiene, naturalmente, un archivador, y mis hermanos y hermanas encabezan cada uno el clásico folletito en cuarto (con la excepción de la intrascendente Samantha, a la que sólo he dedicado un bloc de tres peniques). ¿Por qué no hay un bloc especial para mi padre? ¿Es éste un modo de contraatacarle?

Escribo «P» en el extremo superior izquierdo de todas las páginas en las que aparece.

Mi padre ha engendrado seis hijos en total. Antaño yo sospechaba que había tenido este número sólo por demostrar la catolicidad de sus gustos, para enaltecer su imagen de patriarca tolerante, para informar al mundo que tenía los huevos muy potentes. De hecho somos cuatro varones, y nos ha ido dando nombres cada vez más a la moda: Mark (veintiséis), Charles, el abajo firmante (a punto de cumplir los veinte), Sebastian (quince) y Valentine (nueve). Y sólo dos chicas. A veces pienso que me hubiese

gustado ser chica, aunque sólo fuese para nivelar esta balanza.

La característica menos atractiva, o al menos una de las características menos atractivas, de mi padre es que va estando más en forma a medida que envejece. Desde el momento mismo en que empezó a enriquecer (proceso éste extraordinariamente misterioso, que se remonta ocho o nueve años atrás), empezó también a interesarse cada vez más intensamente por su salud. Se fue a jugar a tenis los fines de semana, y a squash tres veces a la semana en Hurlingham. Dejó el tabaco y se abstuvo del whisky y otras bebidas perjudiciales. Yo entendí correctamente todo esto como una vulgar admisión por parte de mi padre de que ahora que era rico tenía intención de vivir más años. Hace pocos meses sorprendí al viejo plasta haciendo flexiones en su dormitorio.

Además tiene un aspecto sudoroso. Debido sin duda a los efectos retardados de la conmoción, el pelo empezó a caérsele en cuanto comenzó a reunir dinero. Durante una temporada probó cosas como peinarse esos rizos a modo de algas, hacia adelante, prácticamente desde la nuca, formando así un gorro sostenido con fijapelo que cualquier movimiento brusco bastaba para partir, revelando la blancuzca piel. Pero con el tiempo acabó por comprender que no servía de nada y dejó que el pelo hiciera lo que le diera la gana, cosa que hizo, tomándose el pelo a sí mismo a base de reducirse a un par de canosas alas laterales que enmarcaron desde entonces el mondo resto de la cabeza.

Fue una gran mejoría, siento tener que admitirlo, porque desde entonces, combinada la calva con su cara grande y afilada y con su cuerpo paticorto, acabó obteniendo una presencia sexualmente huronesca.

Desde hace algún tiempo, sus favores huronescos son propiedad exclusiva de su amante, según me informó a los trece años mi hermano mayor. Mark aceptó el hecho de modo disolutamente maduro y se negó a mostrarse

paciente ante mi falsete de escándalo. Gordon Highway, me explicó, era todavía un hombre saludable y vigoroso; su esposa en cambio... Bueno, tú mismo puedes verlo, me dijo.

Y lo vi. Qué amasijo. Se le había encogido la piel de la cabeza hasta el extremo de acentuar su mandíbula y proporcionar espaciosas bodegas para los sombríos estanques en los que se habían convertido sus ojos; los pechos habían abandonado anos ha su primitivo lugar de residencia y ahora flanqueaban su ombligo; y sus nalgas, cuando se ponía pantalones elásticos, bailaban detrás de sus rodillas como sacos de arena. La literatura sentenciosa que acostumbraba a leer le daba fuerzas para descuidar su aspecto. Y mientras el pelo se le empezaba a caer, adoptó los pantalones vaqueros y los jerseys de pescador. Vestida con la ropa de cuidar el jardín parecía un campesino ligeramente afeminado pero perfectamente fortachón.

Fuera como fuese, me desmadré del todo en cuanto me enteré del asunto, más bien como reacción, pienso yo, ante la repugnante tolerancia de mi hermano. Además, no se me había ocurrido nunca pensar que mi padre fuera un hombre especialmente vigoroso, ni que mi madre fuese una mujer especialmente fea, ni tampoco que ni el uno ni el otro fueran nada más que una pareja mutuamente satisfecha del otro, de una manera tan tranquila como asexuada. Y, en términos sexuales, yo me negaba a verles así. Era demasiado joven.

Ni siquiera esto, sin embargo, ni siquiera esto sirvió para dar un poco de mordiente,

un poco de mala leche a mi vida familiar.

La cocina de los Highway, a las nueve en punto de la mañana de un lunes cualquiera.

—¿Te vas ya, cariño?

Mi padre empuja a un lado su pomelo, se seca la boca con una servilleta.

—Ahora mismo.

—¿Podré localizarte en el piso, o en el número de Kensigton?

—Bueno, en el piso esta noche y —entrecerrando los ojos

— creo que el miércoles. Así que en el número de Kensington el martes y probablemente —arrugando la frente

— , probablemente el jueves. Si tienes alguna duda, llama a la oficina.

Yo siempre trataba de evitar estos diálogos y me venían ganas de mearme en los pantalones cada vez que era testigo de uno de ellos. Pero si hay que ser justos, tampoco es que fuera la clase de asunto que te permite ponerte hecho una fiera. Ojalá mi madre no lo hubiese aceptado tan tranquilamente. Seguro, pensaba yo, seguro que debe de pasarse sus buenos ratos preguntándose cuándo empezará él a regresar el sábado por la mañana en lugar del viernes por la noche, cuándo empezará a irse el domingo por la noche en lugar del lunes por la mañana, cuándo su fin de semana familiar se transformará, repentina e inevitablemente, en su día con los niños.

Hice las maletas —cruciales cosas de jovencito, montones de libros de bolsillo, y algo de ropa— y luego eché una ojeada por toda la casa en busca de alguien de quien despedirme.

Madre dormía aún, y Samantha se había ido a pasar el día en casa de una amiga. El estudio estaba vacío, de modo que erré por los oscuros pasillos llamando a mi padre, sin obtener respuesta. Sebastian, teniendo en cuenta que ya había cumplido los quince, debía de estar mirando el techo de su cuarto. Quedaba un hermano.

Valentine estaba en el cuarto de jugar del último piso, hundido hasta las rodillas en una metrópolis de Scalextric y refulgentes coches de carreras. Le dije que iba a irme y le pedí que me despidiera de todos, pero él no podía oírme.

Dejé una nota en la mesa del vestíbulo, y salí a hurtadillas.

Siete y veinte: Londres

Ahora contemplo mi habitación y la encuentro un lugar agradable donde vivir: sobre todo gracias a las dos botellas de vino, la iluminación indirecta, la desmayada pero tranquilizadora presencia de papel y libros. El Londres de Highway, uno de mis cuadernos de notas, dice que encontré la habitación «deprimente, rebosante de nostalgia del pasado, acurrucada en melancólico desafío cuando me volví a mirarla» aquel domingo de septiembre. Palabra del abajo firmante. Imagino que lo que ocurre es que aquel día me sentía más tristón, o que les tenía más respeto a mis tristezas, o que tenía mayor tendencia que ahora a pensar que esos humores poseen algún valor.

Naturalmente, si hemos de fiarnos de Philip Larkin, todos detestamos nuestra casa y tener que estar en ella.

Fue sin duda maravilloso salir de casa y, pensándolo bien, me sentí muy animoso y varonil mientras recorría el sendero sembrado de nueces que me conducía al pueblo.

Faltaba todavía un cuarto de hora para que saliese el autobús de Oxford, de modo que me tomé una bien ganada caña en el pub y charlé con el dueño y su averiada esposa, Mr. y Mrs. Bladderby. (Es interesante señalar que la madre de Mrs. Bladderby estaba más averiada incluso que su hija; tenía ochenta años y, además, durante una reciente excursión, dejó que una infernal máquina agrícola se le llevara la pata; estaba demasiado cretinizada para morir del susto, y de hecho no había mencionado nunca la campestre escena. Mrs. Lockhart vivía ahora en la habitación situada encima del bar, y cada vez que necesitaba algo golpeaba el piso con un taco torcido de billar. ) Al desaparecer Mrs.

Bladderby para atender una de esas llamadas, Mr.

Bladderby señaló con el mentón mis maletas y me preguntó si me iba otra vez de vacaciones.

Estuve dando rodeos hasta que regresó la señora y entonces me sentí dispuesto a dejar claramente establecido

que, por mucho que yo fuera un presuntuoso imberbe y un mocoso arrogante de cara lechosa, lo cual era indiscutible, mi viaje a Londres no suponía que ellos, o el pueblo, me resultaran antipáticos, ni tampoco era un síntoma de desencanto en relación con las piadosas costumbres de los rústicos, etc., etc. Les di dos motivos. El primero, «para estudiar», que me permitió obtener una sombría aprobación por parte de Mr. Bladderby; el segundo, «para ver a mi hermana», gracias al cual conseguí una amistosa mirada de su esposa. Cuando terminé mi caña y miré el reloj, los dos parecieron lamentar de verdad que me fuera, y dos de los viejos inútiles del pueblo alzaron la vista y me dijeron adiós.

Cerrando la puerta después de salir, me sentí absolutamente seguro de que uno de ellos estaría diciendo ahora:

—Ese Charles, oye, el muy jodido, es un chico magnífico.

Y el otro:

—Estoy de acuerdo. El muy jodido...

Y tenían toda la razón. Pensándolo bien, en realidad eso de «autocomplacencia» me parece un calificativo poco apropiado. No es tanto que yo me guste o me quiera a mí mismo, sino más bien que cuando pienso en mí mismo me pongo muy sentimental. (Y pregunto: ¿es esto normal en alguien de mi edad?) ¿Qué pienso de Charles Highway?

Pienso: «¿Charles Highway? Oh, me gusta. Sí, siento debilidad por Charles. Ese Charlie está muy bien. Chuck..., un tipo fantástico. »

Incluso el autocar estaba bien. Me senté en primera fila, para admirar al regordete y serio conductor, cuya mirada, más fija que la de una serpiente, combinada con su prestancia natural, constituía un buen espectáculo. La alegría me subía por el cuerpo como una droga: sonreí a mis compañeros de viaje, miré por la ventanilla sin el menor interés, y me mostré educado y deferente ante el empleado de la compañía, a quien le di la cantidad exacta de dinero tras enunciar claramente el destino de mi recorrido.

Tampoco es que este viaje pareciese uno de esos que marcan una época. Quizá lo único que pasaba es que antes de salir había llamado a una chica, Gloria.

Fuera como fuese, la estación de Oxford, que desde que fue recientemente modernizada parece un establecimiento Wimpys, calmó mi exaltación. El kiosco estaba cerrado, de modo que tuve que sacar un libro de bolsillo de mi maleta.

Busqué un asiento adecuadamente alejado de la ventanilla y dejé Una habitación con vistas a mi lado, sin intención de abrirlo en todo el viaje.

Londres es la ciudad a la que va la gente a fin de regresar de ella más triste y más sabia. Pero yo ya había estado allí; de hecho, hacía sólo tres semanas que había regresado de Londres.

Cuando me dieron mis sobresalientes notas, mi padre me entregó impasiblemente setenta y cinco libras para que con ellas me largase de Inglaterra y me lo «pasara en grande».

Me sugirieron que me fuese a un país cálido y sano, y que me quedase una temporada allí; pero aparte de esto me dejaron elegir libremente. Un amigo tenía que irse a España la semana siguiente, así que le di una carta rebosante de noticias para mis padres, a fin de que la echase al correo una vez allí. Luego, junto con Geoffrey (un amigo de mentalidad parecida a la mía), me dirigí a la Gran Ciudad.

Nos guarecimos durante un mes en el apartamento que tenía en Belsize Park una tal Miss Lizzie Lewis, la hermana actriz de Geoffrey, que se hallaba ausente, en una gira de pantomima que se celebraba en unos campamentos veraniegos de Port Talbot. Es un mes que siempre me inspira cierto lirismo acnéico. Un mes de bares ruidosos, máquinas tragaperras, cacerías de chicas y húmedas ensoñaciones, blanco olor a sudores y tardes polvorientas, tomaduras de pelo por parte de hippies morbosos, y dilatación de los horizontes mentales por medio de drogas tales como vomitar chuletas de cerdo o padecer diarrea por culpa de un consomé. Terminaba una mañana de mediados

de agosto cuando bajé casualmente la vista hacia la zona ondulante que había entre mi estómago y el estómago de una chica con la que estaba follando en ese momento (y, debo añadir, en un estado sudoroso y resacoso). Lo que vi allí fueron gusanos de suciedad..., como cuando el obrero, terminada la jornada, regresa a su casa a grandes zancadas y frotándose las encallecidas manos de modo que el polvo sobrante se acumula hasta formar unas delgadas tiras negras que se quita rápidamente pasándose las manos por el pantalón. Con la diferencia de que nuestras tiritas estaban en nuestros estómagos y eran mucho más gruesas: del tamaño de una angula.

Llegué de vuelta a Oxford a tiempo para el almuerzo de ese mismo día, y conté febriles historias acerca de que España había tenido el peor verano desde la guerra, y de ahí mi palidez. Mis padres me informaron, sin embargo, que yo «había sido visto» en Portobello Road la última semana de julio. Lo negué y les hice callar fingiendo encontrarme mucho más enfermo de lo que estaba, aunque la verdad es que no tuve que esforzarme mucho para cerrarles la boca.

(También estaba el problema del pequeño regalo de despedida que me había hecho la chica —mi compañera de mugre —, pero eso es otra historia. )

El tren entró en Paddington a eso de las ocho y media. La estación, vacía teniendo en cuenta que aquel fin de semana era fiesta en todo el país, parecía enorme, ecoica, etc., y confié en que tuviera en mí efectos misteriosos y hemingwayescos. Es curioso (¿no?) que recuerde esto tan claramente: mucho más que los acontecimientos de las dos últimas semanas.

Al final decidí tomar un taxi, con el argumento de que sería indirectamente un ahorro, pues ya no podría salir con Gloria y la velada no me costaría más que una cucharadilla rasa del café instantáneo de mi hermana. Es más, era tarde, muy tarde para ir en metro sin ser denunciado por los borrachos o, como alternativa, ser castrado por los

skinheads. Cuando el taxi subía la rampa que desembocaba en la ciudad, empecé a tranquilizarme practicando el acento de la clase media-baja, pensando en mi cuñado. Desde detrás de los cristales ahumados contemplé las numerosas muchachas con camiseta púrpura y chaleco afgano que caminaban por las callejas que median entre Paddington y Notting Hill Gate.

Sólo en dos ocasiones había estado con Norman Entwistle, el aterrador marido de mi hermana. Ahora le vi por tercera vez cuando enfilé la cuesta que conduce a su casa de Campden Hill Square. Si no hubiera sido por el estruendo que armaba, seguro que ni me hubiese fijado en él.

Norman estaba en lo alto del solitario árbol que se encontraba en el centro del ralo jardín de la fachada. Daba la sensación de que estuviera tratando de serrarse a sí mismo en dos mitades; una actividad que, a juzgar por lo que le había visto hacer en las dos exhibiciones previas, no parecía superior a sus fuerzas. Tenía ambas piernas y un brazo enroscados en torno a una rama. Utilizando la mano que le quedaba libre como si fuera un pistón, trataba de serrar esa rama por su base. La rama, que se encontraba a casi dos metros del suelo, estaba evidentemente seca.

Me detuve.

—Cuando acabes de serrarla —le indiqué—, te caerás.

Norman me ignoró. Pude distinguir parte de su cara; estaba tensa, en plena concentración asesina.

—Al suelo —le expliqué.

Seguí mirándole durante unos segundos, y luego me acerqué a la casa y llamé al timbre. La puerta estaba a punto de abrirse cuando oí un violento crujido —como el que produce la madera al partirse— seguido de un fuerte estruendo. Me volví. Norman ya estaba en pie, sacudiéndose el cuerpo como si estuviera infestado de piojos.

—Vaya por Dios —dijo Jennifer Entwistle, mi hermana.

Nos dimos un beso, sonrojándonos, como siempre que nos besábamos, y de camino hacia la cocina me lanzó la consabida regañina por mi prematura llegada.

—¿Se puede saber qué pretende hacer Norman? —

pregunté después.

—Ah, sólo está serrando una rama seca.

Imaginé que estaba interrumpiendo el desenlace de alguna pelea. Probablemente Jenny se había preguntado en voz alta qué día iba Norman a decidirse a cortar la rama seca, y Norman salió corriendo para serrarla inmediatamente, y dejarla a ella en mal lugar.

Procuré no estorbar y me senté en la cocina, me puse las gafas y vi cómo preparaba

el té. La encontré la mar de bien. Cuando interpretaba su papel de hermana mayor siempre me había parecido una chica sin gracia y más bien mohína. Ninguno de mis amigos (por ejemplo) me había preguntado nunca qué tal estaba de tetas. Ni siquiera cuando volvía de Bristol a pasar las vacaciones en casa —época en la que yo era muy sensible para estas cosas— llegué ni una sola vez a masturbarme pensando en ella. Sin embargo, sí me masturbaba pensando en ella —febrilmente— a todo lo largo de las últimas vacaciones de Navidad. Esa languidez voluptuosa, esos movimientos rebosantes de vigor, lentos y ágiles: toda una transformación, una auténtica liberación física. Por citar a mi hermano Mark, que subió con su deportivo en Nochebuena para irse de nuevo al día siguiente de Navidad, Jenny parecía «ebria de semen». Y era evidente que la leche que mamaba era la de Norman, porque no regresó a Bristol para terminar su licenciatura de letras, y el siguiente abril ya se habían casado.

En este momento parecía un poco resacosa, pero la mar de sana. Era sobre todo digno de ver su cabello, largo, brillante y muy abundante para ser una Highway; y, sorprendentemente, aunque fuese una rubia más bien parduzca, y una mujer de huesos grandes, pechos

considerables, caderas anchas y, en general, un poco cetrina, no había motivos para creer que una vez desnuda olería a huevos duros y bebés muertos.

Entonces entró Norman. Me Saludó con un gesto y se sentó a la mesa, para alisar con ademanes nerviosos un sobado Sunday Mirror sobre su superficie artificial. Leyó concentradamente, con la nariz a unos veinte centímetros de la página, enjuagándose la boca con la taza de té que Jenny tuvo que rellenar repetidas veces. Ella se quedó en pie junto a su marido, con una mano extrañamente apoyada en su hombro, mientras charlaba conmigo de la familia y de mis planes.

En esa ocasión Norman no habló más que una sola vez.

Yo había dicho que quizá Gloria pasara a verme más tarde.

—¿Querrá quedarse a cenar? —me había preguntado Jenny.

—Qué va —dije yo—. No creo que llegue antes de las nueve o nueve y media.

Norman alzó la vista del periódico y, de forma burlona aunque no desaprobadora, me dijo:

—Un polvo y un café, ¿no es eso? Sólo un polvo y un café.

Después del té me fui a deshacer las maletas. Mi dormitorio estaba en la parte anterior del sótano, y dominaba una panorámica de bidones de basura y carbón redundante. Era evidente que Jen lo había arreglado un poco: cortina y colcha a juego, mesa de café de la Expo 59, escritorio y silla. Me tendí en la cama antes de arreglar el equipaje. La habitación no iba a exigir, después de todo, un acondicionamiento especial para recibir a Gloria: unas cuantas fundas de disco negligentemente esparcidas por todas partes, algunos libros de bolsillo populacheros, ventajosamente exhibidos desde la mesa y el despacho, y los suplementos a color, abiertos por la página más adecuada, en el suelo. Probablemente Gloria no tuviera aún

una idea muy exacta de cómo era yo, así que no tenía sentido exagerar los detalles.

Me pregunté si le había contado alguna mentira importante de la que pudiera ser necesario retractarse, pero no se me ocurrió ninguna. Aunque..., ah, sí, que yo tenía veintitrés años y era huérfano con padres adoptivos, eso era todo. (Era una chica poco exigente. ) Así que lo que hice fue sacar un cuaderno de notas y esbozar una breve lista de temas con los que entretenerla durante el paseo de regreso desde la estación y la media hora preparatoria. Podía explayarme hablándole de que mis padres adoptivos me habían pegado la bronca por lo del verano pasado, lo que me serviría de paso para explicar el motivo de que no me hubiese puesto en contacto con ella durante el último mes.

Además estaba el serial de las lecciones de conducir de Gloria (que le daba su padre, un peso pesado que trabajaba como instalador de moquetas), ya que sin duda ella disfrutaría de la oportunidad de ponerme al día. Por otro lado, siempre quedaba el tema de la música pop. Lo cual, por cierto, me recordó que había otra mentira: mi amistad con Mick Jagger. Pero antes de nada subí a la planta baja para hacer una llamada. No a Gloria, sino a Rachel.

De hecho, después de marcar seis números me acobardé, colgué, inspiré profundamente varias veces, y marqué de nuevo; se puso su madre, una europea del continente, y volví a colgar.

Cuando me dirigí al baño entreví a Jenny y Norman, que estaban en pie junto a la cocina. Disfrutaban un beso; bueno, en realidad un beso combinado con un achuchón. No resultó ni la mitad de extraordinario de lo que yo había esperado.

Había que ver a mis padres cuando les llegó la noticia.

Una vez más el desayuno de los Highway, el sábado antes de Pascua.

—¡Dios mío! —exclama mi madre—. Jenny va a casarse.

Gordon Highway:

—¿Jenny?

—Jennifer. Con un hombre de negocios. Treintañero.

«Norman Entwistle. »

—¿Qué clase de hombre de negocios?

—«Electrodomésticos» —Lee ella—. «Electrodomésticos de segunda mano. »

—¡Dios mío!

—Dentro de dos semanas. Piensa dejar Bristol.

Mi padre se inclina hacia adelante.

—¿A quién va dirigida la carta?

—A nosotros dos. La he abierto porque...

—Ya. Bien, ella ya tiene veinticuatro años (de hecho, sólo veintitrés) y es legalmente mayor de edad. No veo motivos para forzar el asunto —suspira—. Tendremos que organizar una reunión o algo así, ¿no?

—Jenny dice que ya comprende que nos avisa con muy poca antelación. Dice que le parece que lo mejor sería una cena. En casa de él.

Mi padre alza una mirada malévola desde el periódico.

—Bueno. Algo es algo.

El siguiente fin de semana la pareja vino en coche a tomar el té. Yo lo diluí. Mi envaliumada madre aleteó entre ellos dos en el sofá. Mi padre anduvo de un lado para otro frente a la chimenea. Cuando Norman articuló palabras tales como «canapé» y «disculpe», y, en otro momento,

«retrete», mi padre se retorció haciendo tales muecas de dolor que cualquiera hubiese dicho que padecía una horrible jaqueca. Le fastidiaron un poco la opulencia del coche y los avíos de Norman, pero no es de esos hombres que se acobardan ante lo que sólo son indicios de privilegio. (Es más, mi padre parecía tan bajísimo al lado de Norman, que de hecho éste tuvo prácticamente que doblarse por la cintura para darle la mano. )

Mientras mi madre y mi hermana celebraban su conferencia sobre bebés, lunas de miel y tensiones premenstruales, yo jugué con Norman al backgammon, que

luego abandonamos para echar una partida al veintiuno.

Parecía que nos llevásemos muy bien.

—Hubiera podido ser peor —supuso mi padre después de que se fueran.

Gloria y yo habíamos llegado a una situación de estancamiento en torno a la cuestión de si es o no legítimo

—excluyendo, en lo que se refiere al tema discutido, el género de la Tamla-Motown— utilizar el acompañamiento de viento en la música pop, cuando conté mentalmente atrás de diez a cero y me deslicé hacia ella con los ojos entrecerrados, los labios haciendo un puchero, los brazos bien abiertos.

Le pregunté si estaba cómoda. De hecho, se trataba de una cita directa de Conquistas y técnicas. Una síntesis, una de mis carpetas. La mayor parte del material que tengo reunido en ella se encuentra en forma de anotación, más algún que otro diagrama; pero cuando se me ocurre alguna idea realmente buena, o un detalle que vale la pena desarrollar, lo convierto en toda una frase vestida de etiqueta (que rodeo de un círculo trazado con tinta roja). La parte titulada, simplemente, «Gloria», ahora lo comprendo, está escrita en un estilo bastante pomposo y burlonamente heroico, como las descripciones de altercados de taberna en Fielding..., y éste es un estilo que casi no me merece ninguna consideración. Pero en cierto sentido armoniza con el tema, de modo que lo he dejado tal como está. Aquella velada fue inimitablemente adolescente y, al fin y al cabo, nunca jamás volveré a vivir un rato así.

En primer lugar, espero acertar cuando doy por supuesto que la sexualidad adolescente es muy distinta de la sexualidad postadolescente. No es una cosa que te limites a hacer, sino algo que tienes que hacer. Para los mayores de veinte años, lo admito, también debe de ser una obligación: pero para ellos es una obligación con respecto a la pareja, y no con respecto a uno mismo, como nos ocurre a nosotros.

Seguir: parte 2 de 4