El lugar inalcanzable
I. Es mentira que la muerte iguala
Es mentira que la muerte iguala. Hablemos en serio: no es lo mismo morir solo y pobre que rodeado de afectos. Y no es menos cierto que, si bien hay muertes más tristes que otras, todas tienen algo de belleza. Es la belleza de lo grotesco, la fealdad llevada a un horror tan insoportable que se vuelve necesario encontrarle un destello estético. Los poetas son expertos en esto. Convierten carroña en poesía, encuentran en la muerte alguna forma sutil de lo bello.
También es mentira esa estupidez de que a nadie se le desea la muerte. ¡Qué va! Cuando el odio es puro, la muerte se desea. Incluso se perpetra. Claro que no todos llegan a este extremo. Pero que nadie se engañe. Es más fácil explicar por qué matamos que esgrimir las razones por las que no lo hacemos. Algunos no lo hacen por cobardía o por temor a ser descubiertos. El deseo existe, sin embargo, hundido en lo más profundo de la conciencia.
Uno no se conoce del todo, no desciende hasta el abismo de su miseria hasta que se permite experimentar ese deseo. Lo que después haga con él es otra historia. Quizá allí esté la verdadera diferencia entre el bien y el mal. En lo que cada uno hace con sus deseos. Y en cómo luego construye un relato para sostener eso que ha hecho.