El lugar inalcanzable
III. La muerte no se le desea a nadie
Villa Carlos Paz, 1992
Estaban también los dos hombres —el viejo y el más joven— que se habían ubicado a distancia prudente. Unos minutos después compartirían mesa, algo aturdidos, sin saber qué hacer ante el imprevisto de aquella muerte, con ese instinto solidario que surge en los seres solos cuando un drama acontece. La imponencia del instante iba a sumirlos en un clima denso donde parecería lo más natural enfrascarse en una conversación solemne.
La muerte, por supuesto, sería el tema excluyente. A ella se dedicarían en los minutos posteriores al descubrimiento del cuerpo, seguros de que otros se encargarían de los asuntos prácticos, mientras esperaban la llegada de la policía, el juez y los médicos.
El hombre más joven vio un revistero junto a la mesa del viejo. Pensó que sería bueno leer algo para distraerse. Se acercó a buscar un diario del día anterior y notó la mirada del otro que le sonreía. El hombre más joven quiso ser amable e inició la charla con un lugar común. Por decir algo y romper la incomodidad del momento. La muerte es terrible, dijo. El viejo volvió a sonreír.
—¿Sí?
—Sí, por supuesto.
—A mí no me lo parece. Al menos, no siempre. Hasta puede ser deseable, ¿no cree?
—No, claro que no. La muerte no se desea. No se le desea a nadie.
—¿En serio?
—¿Usted deseó que alguien muriera?
—¿Si yo deseé…? ¿Si yo deseé que alguien muriera, dice usted? Disculpe, disculpe que sonría…
—No le veo ninguna gracia. ¿Se burla de mí?
—¿Yo?
—Usted mismo, sí. Suena irónico.
—No, para nada. Soy un viejo. Los viejos no tenemos tiempo para la burla. Ni para la ironía. Además, no podría aunque quisiera. La ironía es el lujo de los inteligentes. Borges, por ejemplo. El resto, apenas tiene derecho a un poco de sarcasmo, con suerte. Pero ironía… no, amigo, la ironía requiere inteligencia. Y yo no la tengo. Usted, en cambio, es un hombre joven y parece tener bastante de los dos.
—¿Disculpe?
—Tiempo e inteligencia. Venga, siéntese…, acompáñeme, siéntese.
—¿Ahora?
—No podemos hacer otra cosa. Los médicos tendrán para un rato. Y todavía no llegó la policía.
—¿Tampoco podemos salir?
—Tampoco. Además, ¿para qué quiere salir? Lo bueno está aquí dentro.
—¡¿Bueno?! ¿Un hombre muerto?
—La muerte no tiene por qué ser algo malo. No siempre. Créame lo que le digo. Sabiduría de viejo. Y eso me lleva a la otra pregunta.
—¿La otra? ¿Cuál…?
—Bueno, usted dijo que no se le desea la muerte a nadie. Y fue, ¿cómo decirlo? Un cliché. Como cuando decimos que el agua no se niega ni a un enemigo, esas cosas. Usted dijo que no con énfasis. Los clichés son así. No hay que pensar mucho sobre ellos. Ofrecen comodidad a nuestra pereza intelectual. Para colmo, algunos son ingeniosos. Mi pregunta fue si es cierta esa máxima de que no se le desea la muerte a nadie. Venga, siéntese. No hay mucho más para hacer y me gustaría contarle una historia. Si quiere, por supuesto.
El hombre que hablaba —el viejo— levantó la mirada como para bucear en sus recuerdos y vio el paisaje azul del lago de aguas mansas. Se distrajo por unos instantes en los que casi alcanzó una leve sensación de placer. Alguien dejó caer un tenedor y lo devolvió a la realidad.
Estaban en un salón amplio y era la hora del desayuno. La muerte del muchacho había terminado de despertar a los huéspedes que hasta hacía unos minutos lucían adormilados. El viejo, sin embargo, parecía el más espabilado de todos. No porque hubiera dormido bien. De hecho, hacía años que no descansaba una noche completa. La noche anterior, mientras oía el traqueteo de los preparativos para la cena, el ir y venir de tacones, el roce de vestidos, mientras el aire se caldeaba con perfumes, había sentido una soledad inmensa. Pensó que bajar a la fiesta solo empeoraría las cosas. Con un estoicismo casi masoquista esperó en la cama el griterío de las doce y el estampido de los fuegos que estallaban en el cielo. Privado de la misericordia del sueño, sintió como pocas veces la punzada de la soledad que arrastraba desde ya no recordaba cuánto. Se llamaba Jacinto Arnau y pronto cumpliría setenta y siete.
Le dolía la supuesta felicidad de los otros. Sabía que idealizaba, pero aun así le dolía. A veces se deleitaba inventando historias terribles y otorgando a las personas características monstruosas. Gozaba cuando veía a alguno perderse en sus pensamientos con prescindencia del resto. Creía que allí había un germen de soledad, que esa persona estaba presente con su cuerpo, aunque la mente y el alma volaran lejos. Podía sentirlos sus compañeros, sus iguales. Pero no. Porque aquellos tenían a alguien a quien engañar, alguien cuya compañía soportaban y, aun así, alguien con quien compartir la comida y el desprecio. Él ni siquiera tenía eso. El sonido del tenedor sobre el piso lo sacó de su ensoñación.
—¿Decía…?
Jacinto Arnau volvió como de un largo desmayo.
—Me distraje. Si me permite, voy a contarle una historia… Si no lo aburro, claro. Es que vaya usted a saber hasta cuándo nos tendrán aquí. ¿Le parece? ¿Sí? Bien, entonces vayamos a Montevideo a mediados del siglo XIX.