El mago de la guerra

David Fisher · Capítulo 5 de 21

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El mago de la guerra

Capítulo 3

III

 

El debut de Maskelyne como mago de la guerra se produjo justo a tiempo. A las 6.30 de la tarde, hora de Egipto, del 30 de abril, mientras los defensores de Tobruk salían de las trincheras encubiertas en las que se habían defendido del calor sofocante de la jornada, el Afrika Korps lanzó repentinamente su más feroz ataque. Tras los aullidos de bombarderos Stukas que se lanzaban en picado y una barrera de artillería masiva, los tanques panzer hacían un agujero de tres millas de ancho y dos de hondo en el perímetro sudoeste. Sólo la heroica resistencia de las tropas comandadas por el general australiano Leslie Morshead, apodado «el Implacable», impidió que Rommel se hiciera con el mando de la ciudad aquella misma noche.

En el Cairo, desde «Columnas Grises» se preparaba la evacuación de Egipto. Cientos de vehículos de transportes fueron enviados al área de acción. Se distribuyeron raciones de comida, se llenaron los depósitos de agua y se sellaron. Las mujeres y el personal administrativo recibieron órdenes de que empaquetaran sus pertenencias y se prepararan para ser evacuados. El 2 de mayo, agentes británicos en Siria informaron de que el Imán de los derviches había retirado su amenaza y se prestaba a ofrecer colaboración. Con el corredor de huida finalmente abierto, ya no quedaba más que esperar el final de la lucha en Tobruk. La retirada comenzaría cuando la ciudad se rindiese.

A la espera de la inmediata batalla que habría de librarse en el Nilo Bajo, los precios de las mercancías almacenadas subieron vertiginosamente, y se pusieron por las nubes en los mercados. Los europeos tenían que vender sus coches para obtener el dinero en metálico que les ofrecieran. Los dueños de las tiendas empezaron a poner los letreros en alemán, pero temporalmente los mantuvieron ocultos bajo sus mostradores. Y los jóvenes oficiales Gamal Nasser y Anwar el-Sadat, pertenecientes al movimiento anti-británico dentro del Ejército egipcio, se reunieron en secreto para preparar la bienvenida a los alemanes.

La lucha por el imprescindible puerto de aguas profundas de Tobruk transcurrió sin cese durante cinco días y sus noches. El 4 de mayo, ambos ejércitos habían sufrido muchísimas bajas y pérdidas. El Afrika Korps había perdido mil soldados y era incapaz de imponerse, mientras que las tropas de contraataque de Morshead se encontraban ya demasiado mermadas como para rematar a su enemigo. Finalmente, sus superiores ordenaron a Rommel que se atrincherase, y los británicos botaron el «Transbordador de Tobruk», un suministro nocturno que llegaba de la bahía de Alejandría empleando barcos ligeros de la Armada Real y destructores australianos. El sitio de Tobruk había comenzado.

Por primera vez se había detenido a Rommel. Su leyenda creciente había quedado deslucida. La amenaza inmediata al Delta del Nilo había sido aliviada. Los europeos se vieron obligados a recomprar sus coches a precios inflados, los mercados volvieron a proveer sus almacenes y los mercaderes tiraron sus letreros en alemán. Los oficiales de las fuerzas del desierto occidental se sentían seguros haciendo planes para asistir a las carreras de caballos o a los partidos de cricket en la encantadora isla Gezira. De nuevo se volvía a la guerra de costumbre.

Oliendo el aroma a sangre de Rommel, el primer ministro Winston Churchill apremió al general Wavell a que lo atacara antes de que el Afrika Korps se reforzase. Wavell vaciló, a sabiendas de que sus tropas serían incapaces de realizar una ofensiva definitiva hasta que un convoy naval no descargase doscientos tanques que habían sido enviados desde Inglaterra (se trataban de tanques Matilda especialmente confeccionados para el desierto). Pero para ablandar a Churchill se mostró de acuerdo en que era crucial la «operación “Brevedad”», un ataque limitado que planeaba asegurar un área importante del desierto desde la cual poder más adelante lanzar un ataque mayor.

No había sitio para un mago en esa ofensiva. El coronel Beasley se mostraba encantado del éxito de Jasper Maskelyne en su misión en Damasco, aunque en el fondo le molestaba que el mago se negara a contarle cómo se habían realizado aquellos trucos de ilusionismo. Si bien Beasley estaba fascinado con el potencial que podía tener la magia en la guerra, se dio cuenta de que los demás militares encontrarían ese apoyo totalmente absurdo. Por tanto, en vez de emprender una inútil batalla contra las tradiciones, consiguió el consentimiento de Maskelyne para que formara parte de su propia unidad, sugiriéndole que ello supondría librarlo de las tareas habituales en el Ejército. Para corresponderle, Jasper se prestó a producir algunos espectáculos en los que él intervendría como número principal para distraer a las tropas británicas en Egipto.

Oficialmente, la unidad fue denominada «Sección Experimental de Camuflaje» y fue puesta bajo el mando del mayor Geoffrey Barkas, jefe de camuflaje en el Oriente Medio. De manera no oficial se le encomendó a Maskelyne que tratara de crear algunos de los inverosímiles trucos de ilusionismo que a menudo había propuesto. En la primera semana de mayo, Jasper y Frank Knox se establecieron en el suburbio de Abbasia en el Cairo, a una distancia suficiente de las «Columnas Grises» como para pasar totalmente desapercibidos. Knox puso en marcha la mecánica del rumor que recorrería toda la cuenca del río desvelando que Jasper Maskelyne estaba formando una unidad sin parentesco alguno con las que integraban hasta ahora el Ejército. Para hacerse el interesante, el profesor aclaraba que no entrarían en combate, que no tenían que formar a las horas programadas, que no habría inspecciones, y ningún oficial regular del Ejército podría embrollar sus actividades. Él se encargaría en persona de que todo esto llegase a ser verdad.

Maskelyne trataba de atraer a hombres a los que no se les había permitido que desarrollaran sus labores habituales en el Ejército y cuyas iniciativas creativas no habían podido encontrar un lugar fuera de sus fantasías. El acatamiento de la disciplina no se encontraba entre sus exigencias. La gente que necesitaba no tenía por qué saber cómo marchar o hacer un saludo: lo que se precisaba es que tuvieran ideas y éstas pudiesen ser puestas en práctica.

En el día acordado setenta y dos hombres se presentaron voluntarios. Algunos iban sólo movidos por la curiosidad, pero a la mayoría lo que les movía era la necesidad: sencillamente no se encontraban a gusto en los lugares en los que habían sido destinados. Entre ellos se encontraba un realizador de películas de acción, un perfumista, un óptico, un árbitro de cricket, un dibujante de tebeos, dos políticos y un sargento que aseguraba que tenía la capacidad de leer la mente. Knox, educadamente, rechazó al Sargento diciéndole:

—Entonces no tengo que explicarle por qué no podemos contar con usted.

Después de entrevistar a todos los candidatos, cinco de ellos recibieron la oferta de ser trasladados a la nueva «Sección Experimental de Camuflaje». Jasper había decidido que el grupo inicial fuese muy reducido para que fuera más manejable, a sabiendas de que podría aumentar fácilmente sus efectivos cuando fuera necesario.

Al primero que reclutó Maskelyne fue al soldado de primera clase Michael Hill, guía de infantería que había descrito su ocupación civil como «hacer cualquier cosa que haya que hacer si alguien está dispuesto a pagar por ella». Tenía veinte años y era guapo y de tipo rudo. Era fuerte y pasaba del uno ochenta: daba la impresión de que un montón de clavos de acero habían sido metidos en un saco donde habían sido esculpidos para cobrar las proporciones adecuadas. Sus maneras eran bruscas, pero regidas por el deseo de complacer, y sus ojos verdeazulados resultaban hermosos bajo el pelo color arena que llevaba mucho más largo de lo que se permitía.

—¿Qué significaba eso exactamente? —le preguntó Frank Knox.

Hill tomó una larga bocanada de aire. Le gustaba discutir con oficiales.

—Bien, señor, —sacó pecho— lo que significa exactamente es que en ciertas ocasiones yo tomo prestadas algunas cosas de modo permanente. Un par de zapatos, una bicicleta. Soy un oportunista. Sea como fuere, es eso lo que me ha traído hasta aquí. Era o esto o el asilo.

El joven soldado se había expresado con una audacia y osadía que encantaron a Maskelyne. La vida no había sido nunca un paseo grato para aquel joven, Jasper lo sabía, pero él se había batido con solvencia para defenderse. Si bien Knox no se sentía cómodo, la sección necesitaría de gente tenaz para realizar el trabajo sin pararse a respetar los procedimientos y las formas, y Hill ciertamente parecía esa clase de tipo que no se detiene ante algo por culpa de las reglas.

Hill explicó que había llegado a Egipto a comienzos de abril pero que todavía no lo habían asignado a ninguna compañía. La unidad a la que en principio fue destinado había sido puesta fuera de combate en el ataque de Rommel y no había vuelto a reorganizarse.

—Resulta divertido: yo estoy aquí pero la compañía a la que pertenezco no está. Es la primera vez, que yo sepa, que un ejército deserta de un soldado.

Knox miró fijamente a Maskelyne cuando éste apuntó el nombre de Hill en su lista. Había hombres que tenían la habilidad de afear el más hermoso de los días, y Knox tenía la deprimente impresión de que aquel soldado pertenecía a ese grupo de hombres.

El carpintero Theodore Albert Graham, apodado el Clavos, estaba tratando de arreglar el depósito de un tanque cuando oyó el soplo, o rumor, sobre la unidad de Maskelyne. Se encaminó inmediatamente a Abbasia. Graham odiaba trabajar en «los féretros de hierro», con el argumento de que «yo fabrico cosas, no las arreglo». Como Jasper, Graham pertenecía a la tercera generación de una saga familiar dedicada orgullosamente a un mismo negocio. «Trabajar con la madera es un arte, como pintar o colorear vidrios», explicó, para completar: «Trabajo con las manos y con la mente, como hacen los pintores. La única diferencia entre lo que ellos hacen y lo que hago yo, es que las cosas que yo hago sirven para algo».

Clavos era un tipo corpulento, que también sobrepasaba el metro ochenta de altura, de rasgos rotundos y un corte de pelo corriente. Aunque sus hombros eran lo suficientemente extensos como para dar la sensación de que podía haber llevado sobre ellos a todo el ejército de Wavell, lo que más impresionó a Maskelyne fueron sus manos. Eran colosales, llenas de callos, pero extrañamente sus dedos muy largos eran también delgados y finos. Dedos inesperadamente delicados. Tenía las manos de un obrero y los dedos de un artista. Knox pensó en él como en una herramienta que les reportaría mucho provecho.

Jasper sabía que Clavos iba a ser un fichaje vital para su sección. Una cosa era idear grandiosos planos e inventar armas increíbles y otra muy distinta ponerse a fabricar artefactos que tuviesen un perfecto acabado. Graham podría encargarse de la producción.

Los planos a partir de los cuales la gente de Graham tendrían que ponerse a trabajar los realizaría William Robson, un artista pacifista cuyas viñetas, antes de la guerra, se publicaban a menudo en la revista satírica Punch. Maskelyne conocía el trabajo de aquel artista de veintinueve años, y le gustaba su habilidad para transformar rápidamente en rudas viñetas cualquier tipo de instrucciones.

Bill Robson era alto, aproximadamente metro noventa, y tan delgado que cuando caminaba parecía que diversas partes de su cuerpo estaban operando con independencia unas de otras, y que, vagamente, se movían en la misma dirección. A esto se agregaba el hecho de que su vista era muy deficiente, y aunque llevaba lentes correctoras muy gruesas, caminaba adelantando mucho la cabeza como si estuviese tratando de descubrir ante él objetos con los que pudiese chocarse. Siempre parecía estar en peligro de arremeter contra cualquier cosa que se interpusiese en su camino.

Durante la entrevista, Knox quiso saber cómo era posible que un pacifista como él se hallase en medio de la más salvaje de las guerras. Robson respondió en una voz tan tenue que Jasper tuvo que pedirle que la alzase.

—No era mi intención estar aquí —dijo— y no quiero herir a nadie. Pero menos todavía quisiera convertirme en un alemán.

Fue la única vez en la que se pusieron en cuestión sus creencias pacifistas.

El único artista de prestigio en el grupo original era el cabo Philip Townsend, un pintor que principalmente se había dedicado al óleo.

—Sé todo lo que hay que saber acerca de los colores —dijo— conozco los pigmentos, sé cómo mezclarlos y sé trabajar duro.

Preguntado por sus razones para ser transferido a aquella unidad, les dijo:

—Quiero formar parte de este grupo porque mi Mayor es el campeón de los bestias. Todo lo que sabe es mandar a fregar suelos y matar alemanes. Queréis matar a un nazi con una fregona, él es el tío adecuado para hacerlo. No se puede aprender demasiado de él. Así que si me dejáis quedarme y me dejáis que haga mi trabajo solo, todo irá bien y realizaré todos vuestros encargos obedientemente.

Townsend tenía en sí toda la esencia del narcisismo de los artistas. Sus rasgos oscuros, hermosos y mediterráneos estaban faltos de cualquier asomo de calidez, de manera que parecían esculpidos en mármol romano. Maskelyne quiso saber cómo se le daba trabajar con otros hombres.

—Sin problemas —respondió—, me basta con que me dejen realizar mi trabajo en paz. No estoy aquí porque yo quiera ni estoy aquí para hacer amigos.

Aunque Jasper era renuente a meter en la lista al hosco artista, Townsend era el único candidato con el conocimiento suficiente acerca de pintura y perspectiva, y su colaboración podría llegar a ser muy útil. Cuando su cuaderno de dibujos confirmó su talento, se decidió a concederle una oportunidad.

—Será más llevadero después de una temporada —predijo Jasper esperanzadamente.

Knox lo ponía en duda.

—Es el único tío que he conocido que tiene que pedirle una cita a su cara para poder sonreír.

El sargento Jack Fuller fue uno de los pocos soldados regulares que se presentaron para optar por un puesto. Fuller se había alistado al cumplir veintiún años y había servido durante diecinueve años, los últimos siete en Oriente Medio. Después de pasar la mayor parte de su carrera lamentándose de haberse perdido la Primera Guerra Mundial, se encontró atrapado en un almacén de suministros en este conflicto. Su respeto a las reglas y procedimientos, tanto como su licencia para conducir vehículos militares, lo convirtieron en alguien muy valioso para su oficial de mando, quien se negó a concederle permiso para ser transferido a otra unidad. Cuando Fuller oyó que Maskelyne tenía vínculos con el Cuartel General, se puso su uniforme, tan almidonado que al caminar hacía un muy audible shush, y fue a pedir una entrevista.

Aunque Fuller estaría tan fuera de lugar en aquella nueva unidad como una ballena en mitad del desierto, Jasper se dio cuenta de que su conocimiento de la ciudad de El Cairo, de los dialectos locales y de los procedimientos militares serían de extraordinaria ayuda y se mostró de acuerdo en iniciar el papeleo para que se le transfiriera a aquel hombre.

—Nos gustaría contar con usted, si podemos hacer que eso sea posible —le dijo, extendiendo su mano para felicitarle. Fuller permaneció en posición de firme, estirando sus hombros hacia atrás hasta que un hombro estuvo a punto de tocar al otro, y saludó elegantemente.

—A sus órdenes —gritó.

Jasper le devolvió el saludo marcial como un borrego. Después el sargento Fuller completó un perfecto giro completo y marchó militarmente para alejarse de allí. Knox preguntó con desdicha:

—¿Cómo vamos a permitir que el Ejército se meta dentro de nuestra unidad?

En cuanto la oficina del coronel Beasley procesó sus instancias, los cinco elegidos se trasladaron al campamento de Abbasia y se prepararon para empezar a trabajar. Cualquier petición para suministros y ayuda debía ser realizada por los canales habituales al Cuartel General —no había ningún atajo en esos canales para una unidad que iba a dedicarse a crear trucos de magia. En otra parte y en otra época, algunos oficiales jóvenes podían haber deseado encomendar algún trabajo menor a Maskelyne, pero con los alemanes a una sola batalla de distancia de allí, el solo hecho de pensar en el valor de la ayuda de un mago resultaba todavía más improbable que en la tranquila Farnham.

Una vez más Maskelyne asaltó las «Columnas Grises». Como antes, su fama se volvió contra él. Nadie lo tomaba en serio. Los pocos oficiales que aceptaban recibirlo le solían pedir que les hiciera algunos trucos sólo para divertirse un rato.

Iba a ser una época complicada para los nuevos miembros de la Sección de Camuflaje. Mientras alrededor todas las unidades se preparaban a conciencia para la operación «Brevedad», ellos pasaban los días sentados frente al horizonte hablando y bronceándose, y contando cuidadosamente el número de moscas que cazaban.

—Sólo contamos las muertas —dijo Hill después de terminada la competición.

Frank Knox carraspeó disgustado.

—¿Culpa nuestra o de ellos, Frank? —le dijo muy serio Hill.

Jasper trató lo mejor que pudo de sosegar a sus hombres.

—Sé que estáis ansiosos por empezar a trabajar —les dijo—. Creedme, también yo lo estoy. Somos una rama nueva y lleva tiempo que se corra la voz de que estamos aquí. Hemos de ser pacientes.

Y para apoyarle Knox completó:

—Y recordad que Roma no se construyó en un solo día.

—Desde luego no si el Mariscal Graziani tuvo que ver en su construcción — intervino Robson.

 

Los hombres pasaban el tiempo conociéndose los unos a los otros, enterándose de a qué se habían dedicado, midiendo el sentido del humor de los demás, comparando experiencias, y así fue estableciéndose una especie de ruda camaradería. No estaban haciendo nada, pero al menos no lo estaban haciendo juntos. El rígido Hill se convirtió en el bromista del grupo mientras que Clavos Graham se convirtió en el serio maestro de obras. En contra de su apariencia frágil, Bill Robson demostró ser un voluntarioso participante en cualquiera de las patochadas que Hill proponía, y de vez en cuando se convertía él mismo en instigador de tales patochadas. Fuller, convertido en administrador del regimiento, entabló una batalla perdida de antemano por conseguir que se contemplaran las reglas y apariencias de la disciplina militar dentro del grupo. Sólo el pintor Townsend las respetaba, dejando en cualquier caso bastante claro que le importaba muy poco lo que los demás pensaran de él.

Aunque sus conversaciones podían tratar cualquier tema del abanico de intereses de los hombres, lo común es que versaran sobre la guerra y sobre las mujeres. Ninguno de ellos era un entusiasta partidario de Churchill como Comandante General, pero estaban de acuerdo en que su deber patriótico les exigía apoyarle. En cuanto a las mujeres, no era fácil que llegasen a un acuerdo.

—Un hombre necesita que detrás de él haya una mujer fiel —declaró con firmeza una tarde Fuller—. Eso es lo natural.

—De acuerdo —intervino Hill—, traigámosle su cena en una bandeja. Os diré algo: dadme a elegir entre una mujer y un coche, y elegiré el automóvil siempre.

—No piensas eso de verdad —le dijo Graham.

—Sí que lo pienso —replicó Hill— así es. Según yo lo veo un automóvil te llevará adonde quieras ir, mientras que una mujer te dirá donde quieres ir.

Después de que se apagaran las risas, Robson se lamentó:

—Hablar con Hill es como hablar con una pared, sólo que con la pared, de vez en cuando, podrías tener la sensación de que puede responderte.

—No me malinterpretéis, amo a las mujeres —le corrigió Hill, y luego añadió con voz lechosa—… tanto como está a mi alcance, en cada oportunidad que ellas me dan.

Townsend prefirió mantenerse callado. Si era posible estar solo formando parte de un grupo de siete hombres, él lo estaba. En raras ocasiones, voluntariamente, ofrecía alguna mínima noticia acerca de sí mismo. Estaba casado con una muchacha de pelo oscuro y tenían un bebé. En cierta ocasión les mostró a los demás una fotografía de su mujer y su hijo. Fue el momento en que se mostró más amable. La mujer era muy bonita. Sostenía al bebé en los brazos delante de una casita blanca. Ninguno de ellos sonreía. La mujer parecía posar a disgusto por cumplir con una obligación. Cuando le llegó la foto que iba de mano en mano, Knox la miró y la alabó educadamente, pero sabía que no era el tipo de recuerdo que un hombre suele llevar consigo a una guerra.

El 10 de mayo, mientras Maskelyne estaba otra vez en «Columnas Grises» rogando porque se le asignase alguna tarea a la Sección de Camuflaje, y sus hombres se pasaban el día entre burlas, tuvo lugar uno de los más extraños acontecimientos de la guerra. Rudolf Hess, reputado líder del Partido Nazi y segundo en la línea de sucesión de Hitler, salió del aeropuerto de Ausburgo y voló en un Messerschmitt especialmente equipado 110 millas a través del mar del Norte hasta Pettersfield, cerca de Glasgow, Escocia, para tratar de llegar a un acuerdo y firmar un tratado de paz entre Alemania e Inglaterra. Capturado después de que se arrojara en paracaídas de su avión siniestrado, dijo que su nombre era Alfred Horn, pero enseguida admitiría su verdadera identidad.

Al principio Churchill se negó a creer que el piloto de aquel avión era el líder del Partido Nazi. Le dijo a su ayudante mientras se encaminaba hacia la habitación del cinematógrafo:

—Incluso en caso de que sea Hess, ahora voy a ver una de los Hermanos Marx.

Incluso después de que se confirmara la identidad del Reichsführer, el Primer Ministro no se tomó en serio su propuesta de paz. Hess fue internado como prisionero de guerra.

La respuesta de Hitler a este extraño episodio fue ordenar a la Gestapo que arrestara a todos los astrólogos y ocultistas alemanes y prohibir todas las formas de adivinanzas, los horóscopos y los negocios de supersticiones.

En los días siguientes al anuncio de la captura de Hess, todo el mundo en Egipto hizo cabalas para intuir el sentido de aquella acción. La respuesta de Hitler indicaba claramente que aquel vuelo tenía su base en algún indicio astrológico, lo que hizo que la gente se preguntara acerca de las relaciones entre los nazis y el ocultismo. Maskelyne fue inmediatamente acosado con preguntas, dado que los oficiales relacionaban inmediatamente el negocio de la magia con lo paranormal y daban por hecho que el mago debía ser un experto en ambos temas. De hecho Jasper era un experto en ocultismo y en lo paranormal, dado que tanto su abuelo como su padre habían gastado fortunas desacreditando leyendas y mitos, pero él sabía muy poco acerca de la importancia que los nazis le daban al misticismo. En realidad, nadie lo sabía.

Desde la meteórica toma de poder de Hitler con la simbólica esvástica del Partido Nazi, se había especulado sobre la importancia de la magia y el ocultismo en el movimiento nacionalsocialista. No había duda de que el Partido Nazi hundía sus raíces en la secreta y cuasi-ocultista Sociedad Thule, un movimiento antisemita y anticomunista, o que muchos de los miembros de la jerarquía del partido creían en las artes místicas. También se sabía con certeza que Hitler tenía considerable conocimiento de las magias negra y blanca y del ocultismo, pero si creía de veras en tales poderes o simplemente los usaba para manipular a los demás parecía no haber obtenido una respuesta suficientemente satisfactoria.

Hitler creía en el uso de las fuerzas oscuras para alcanzar sus objetivos, y el mago Jasper Maskelyne no tenía homólogo en el rango nazi. Pero después de que el Ejército Alemán invadiera Austria en 1938, el Führer se pasó muchas horas a solas en una habitación con la Lanza del Destino, la lanza que supuestamente utilizó el soldado germano Longinus para atravesar el costado de Jesucristo y poner fin a su sufrimiento. Era obviamente consciente de la leyenda que aseguraba que el hombre que poseyese la lanza regiría los destinos del mundo, y decidió trasladarla en secreto del Palacio Horfburg para ponerla en una cámara acorazada ubicada bajo las calles de Nuremberg.

Antes de la guerra, los Servicios Británicos de Inteligencia habían informado de que el Führer empleaba a cinco astrólogos y no tomaba nunca una decisión importante sin consultar con ese grupo. La Oficina de Guerra ordenó a Ludwig von Wohl, un famoso astrólogo alemán que había emigrado a Londres en 1935, que tratara de infiltrarse en ese círculo. Se le pidió al Capitán Von Wohl que tratara de predecir qué tipo de vaticinios darían estos astrólogos a Hitler. En los más oscuros días de 1940 aseguró que los alemanes no invadirían Inglaterra, señalando que los otros astrólogos verían que la posición de las estrellas no era favorable. Más tarde, ya en plena guerra, editó una revistilla de astrología que contenía propaganda subrepticia, pero la Inteligencia Alemana descubrió fácilmente este fraude.

Aunque se sabe poco acerca de los astrólogos de Hitler, la existencia de ese grupo no resulta sorprendente. La creencia en la magia y en los poderes sobrenaturales es una constante en la historia de Alemania. En el siglo vi las trescientas autonomías del Sagrado Imperio Romano torturaron y quemaron más de 100 000 personas acusadas de practicar brujería. Entre los métodos de tortura que se empleaban destacaba el «taburete de la oración», un escaño rectangular con afilados clavos. Se obligaba al prisionero a arrodillarse sobre él hasta que confesaba su crimen. Una vez que se acusaba a alguien, resultaba vano que se resistiese. Un oficial de la ciudad de Bamberg escribió a su hija que había confesado por el aviso de su compasivo carcelero que le había dicho: «Invéntate cualquier cosa, pues no podrás soportar la tortura que van a aplicarte… Una tortura seguirá a otra hasta que confieses que has hecho brujería».

Al terminar la Primera Guerra Mundial todos los especímenes de practicantes de las artes ocultas podían ser encontrados trabajando exitosamente en cualquier parte de Alemania. Los alemanes derrotados estaban deseosos de encontrar cualquier cosa que les aportara una solución a sus problemas sociales y económicos. Hipnosis, clarividencia, lectura del tarot, lectura de manos y particularmente la astrología, florecieron en esa época, y los médiums más conocidos eran capaces de llenar hasta los topes grandes salas con sus demostraciones. Los actos de telepatía recorrieron la nación, y grandes anuncios prometiendo hechos milagrosos decoraron las paredes de las principales calles de las ciudades.

Era también muy común la creencia en fenómenos esotéricos como el I Ching, el vudú y la alquimia. El general Erich Ludendorff, Comandante del Ejército Alemán en la Primera Guerra Mundial, trató de conseguir oro a partir de metal común. Otro militar de alto rango aseguró que había descubierto un rayo capaz de desintegrar aviones y tanques. Una línea de barcos de vapor despidió a un empleado de la compañía por el examen de un grafólogo que había descubierto en los trazos de su letra cierta inclinación a la traición. Una carretera que comunicaba Hamburgo y Bremen fue escrupulosamente evitada por culpa de ciertos «misteriosos rayos» que supuestamente emanaban de Milestone 113. Un mago que aseguraba ser capaz de ponerse en comunicación con el espíritu del Canciller Otto Von Bismark, y que curaba cualquier enfermedad aplicando queso blanco, consiguió atraer a seguidores suficientes para fundar una ciudad. En Hanover, un carnicero llamado Fritz Arman fue condenado por actos de vampirismo. Después de golpear a algunos jóvenes hasta matarlos, vendía si carne en su tienda. Y en una villa pequeña a las afueras de Mannheim, un granjero mató a su mujer después de que un hechicero de la zona la acusara de haber embrujado al ganado de la granja familiar.

Adolf Hitler se aprovechó de la necesidad de creer en fuerzas sobrenaturales de los alemanes, y creó el Movimiento Nacional Socialista. El símbolo del Partido Nazi, la esvástica, había sido usado por muchas civilizaciones como un amuleto de buena suerte o como un símbolo de fertilidad. Los colores del Partido, rojo, blanco y negro, eran los de las vestimentas de los sacerdotes de la ocultista religión de los maniqueos. Las SS que daban nombre a los soldados de élite del partido fueron diseñadas siguiendo el estilo del mítico alfabeto rúnico. Los oficiales de los campos de concentración nazi lucían la insignia de las cruces de huesos y la calavera del diablo.

Todo este simbolismo sólo reflejaba las creencias de los más altos oficiales del Partido. Heinrich Himmler, Reichsführer de la aterradora SS y el segundo hombre con más poder en la Alemania Nazi, creía que él era la reencarnación del rey alemán del siglo X Enrique I, el Cazador de aves, que se comunicaba con él a través del sueño. En 1937 mandó que exhumaran los huesos del monarca y los volvió a sepultar en una cripta de la Catedral de Quedlinburg después de una procesión sagrada. Todos los años, en la medianoche del 2 de julio, aniversario de la muerte del Rey, organizaba un ritual en la cripta de la catedral.

Himmler creía en la visualización. Durante el juicio del general Werner von Fritsch, acusado de homosexualidad, reunió a doce miembros de las SS en una habitación próxima a la sala donde se celebraba el interrogatorio del General, y les ordenó que intentaran ejercer influencia sobre Von Fritsch para que este contase toda la verdad sobre sus prácticas. Para conceder credenciales a sus propias convicciones, formó el Ahnenerbe (la búsqueda ancestral), una rama de las SS dedicada a investigar teorías ocultistas sobre los orígenes del arrianismo, y también patrocinó una expedición al Tíbet para buscar restos fosilizados de gigantes.

Rudolf Hess era todavía más creyente en las teorías ocultistas que Himmler. Hess tomaba todas sus decisiones importantes basándose en informes que le daban adivinadores y astrólogos, lo que llevó a Hitler a pensar que su vuelo a Escocia le había sido recomendado por su séquito de hechiceros. Antes de dormir en una habitación cualquiera tenía que saber que bajo ella no corrían aguas subterráneas, y una vez que se le demostraba que no tenía de qué preocuparse, colocaba imanes sobre su lecho y bajo él para evitar que cualquier sustancia dañina impidiese que su cuerpo descansase convenientemente.

El ministro de propaganda Joseph Goebbels también era consciente del potencial del ocultismo, aunque no era muy creyente. Entre otras cosas, había reinterpretado las profecías del visionario francés Nostradamus para adecuar sus palabras a una victoria alemana. Publicó los resultados de esos análisis en todo el territorio ocupado por los nazis.

Uno de los que practicaban ocultismo favorecido por el auge de esa tendencia en Alemania fue Erik Jan Hanussen, conocido tanto por el apelativo de «el Mago de Berlín» como por el de «el Profeta del Tercer Reich». Aunque el así llamado Decreto de Brujería, promulgado en 1933, prohibía expresamente «la adivinación del presente o del pasado y todas las demás formas de veneración no basadas en prácticas naturales o perceptivas, incluyéndose la lectura de cartas, los horóscopos, el examen de las estrellas y la interpretación de los sueños y los presagios», a Hanussen se le permitió que siguiera ejerciendo en su popular Palacio del Ocultismo; en sus sesiones predecía la victoria del Ejército Nazi. Entre sus predicciones figuraba también la de que el Reichstag, la sede del Gobierno legal, sería incendiado —un acontecimiento que permitió a Hitler consolidar su poder— la noche antes de que sucediese.

El Palacio del Ocultismo de Hanussen fue el precursor de un experimento de magia y ocultismo muy real. En el año 39 las milicias paramilitares alemanas establecieron algunos centros donde examinar las sugerencias o invenciones realizadas por civiles que pudieran tener algún valor militar. Finalmente estos centros empezaron a investigar las fuerzas sobrenaturales. El centro de la Armada germana acogió representantes de la mayoría de las áreas del ocultismo, incluyendo espiritualistas, médiums, astrónomos y astrólogos, expertos en péndulo Indio, y también científicos. El objetivo consistía en aislar los poderes de lo supranatural para aplicarlos a la guerra moderna, pero los resultados del experimento, como era de esperar, resultaron decepcionantes. Con este experimento pseudocientífico al que se le dio el aprobado oficial, el mando militar alemán ridiculizó el uso de la magia en la guerra. Poco después de que Jasper Maskelyne llegara a Egipto, la Inteligencia Británica le mostró un ejemplar de un periódico turco en el que su publicaba una grosera viñeta en la que él aparecía vestido con ropas de brujo ancestral. El titular decía que el mago estaba en el Sumaria y daba la fecha en la que estaba programado que llegara a Egipto, para concluir que el único mago real que había en aquella guerra era Hitler, porque él había hecho desaparecer de Europa a los ejércitos inglés y francés.

La viñeta disgustó a Jasper menos de lo que le molestó el hecho de que el enemigo fuera capaz de estar al tanto de sus movimientos. Este conocimiento le hizo ver que el incidente del chocolate envenenado fuera mucho más peligroso de lo que en principio había considerado. Agentes británicos desplazados en Ankara empezaron a investigar al periódico para tratar de revelar dónde estaban sus fuentes de información. Aunque la situación incomodó a Maskelyne, no le quedaba tiempo para preocuparse por ella. El 11 de mayo su Sección Experimental de Camuflaje recibía su primer encargo.

 

Diez días antes un convoy había entregado 238 tanques nuevos en el puerto de Alejandría. «Confiad en que hoy es el día de nuestra salvación», le había dicho Churchill a Wavell con una cita de la Biblia. Examinando los tanques, el General dudaba de que ello fuese así. La mayoría de ellos habían sido dañados por el viaje y a muchos de ellos le faltaban filtros para la arena, sin los que sus motores reventarían después de unas pocas horas de operar en el desierto. Además, como la mayoría de los equipamientos que llegaban a Egipto, los tanques habían sido cubiertos con camuflaje de bosque, lo que los convertía en un blanco fácil en el monocromático desierto.

—Supuestamente estaban destinados a Grecia —les explicó el mayor Geoffrey Barkas cuando derivó el problema a Maskelyne y a Knox— pero fueron enviados aquí cuando cayó el gobierno. Desgraciadamente no queda una gota de pintura para hacer un nuevo camuflaje apropiado para el desierto en todo el norte de África. Wavell quiere que intentemos conseguirle una partida, y pensé que podría ser algo de lo que se ocupara su sección. Sé que no es mucho como encargo…

—¿De cuánto es la partida que se necesita? —preguntó Knox con cautela.

—Diez mil galones.

Frank sonrió.

Sin la nueva pintura de camuflaje los nuevos tanques —incluso aunque se repararan sus averías mecánicas— no podrían ser eficaces en el desierto, y pasarían semanas antes de que una partida urgente de pintura pudiese ser empleada. Si cualquiera de las otras unidades no hubiera sido involucrada en la preparación de la operación «Brevedad», no se le hubiera hecho ese encargo a la sección de Maskelyne, pero no había ninguna unidad disponible para que se hiciese cargo de él.

Producir diez mil galones de pintura para camuflar con los colores del desierto los tanques y que resistiera las fluctuaciones extremas de la temperatura del desierto resultaba un auténtico desafío. Tal y como dijo el pintor Philip Townsend, hacer pintura no era difícil en sí mismo. Todo lo que se precisaba era un sustrato o base para sostener un color, y pigmentos para suministrarlo.

—Casi ninguna cosa que se solidifique puede ser usada como base —les dijo a los del grupo—. Todo lo que necesitamos encontrar es un líquido o polvo que sea soluble para que el pigmento que usemos pueda soportar el intenso calor y el frío extremo. También necesitaremos alguna sustancia colorante, y por supuesto pigmentos.

—Así que lo que necesitamos es todo —le tradujo Clavos Graham.

Hill había permanecido en silencio durante la conversación, pero el pensamiento de tener que hacer pintura, o quizá tener que pintar, le desazonaba notablemente.

—Malditos pintores —soltó finalmente—. Este es el equipo más patético que haya yo visto nunca. Debería haberme quedado en el Ejército.

Knox le recordó que todavía estaba en el Ejército.

Jasper estaba sentado fumando su pipa y oyendo las explicaciones de Townsend. Se trataba ciertamente de un encargo poco usual —precisamente el tipo de trabajo extraño que había esperado que atrajese a su unidad. Pero si su sección no era capaz de producir un poco de elemental pintura marrón claro, iba a ser muy difícil convencer a nadie de que ellos podrían encarar pruebas más difíciles. Se trataba de una ecuación simple: el futuro de la Sección Experimental de Camuflaje dependía de su capacidad para producir diez mil galones de pintura hecha de aire.

Los siete hombres fueron a El Cairo y buscaron un sustrato adecuado. Bill Robson aportó un montón de cemento italiano abandonado. Hill descubrió un saco de serrín húmedo y de color mate. Aunque llegaran a servir, la cantidad de ambos descubrimientos era muy limitada, y la búsqueda prosiguió.

Fue Townsend el que descubrió el vertedero. Una grieta en su avejentado equipaje le hizo acordarse del único lugar en El Cairo donde cualquier cosa podía ser encontrada. Como cualquier otro que hubiese servido en la Cuenca del Nilo, el pintor sabía vagamente de la existencia de aquel lugar, pero hasta que no fue allí a darse una vuelta y verlo con sus propios ojos no fue consciente de su valor. El vertedero se extendía por acres y acres de desierto al norte de la ciudad. De vez en cuando una brisa cambiante hacía que variara el rumbo de su tremendo olor y lo dirigía hacia El Cairo, pero antes de que llegaran estos tiempos difíciles era poca la gente que le había prestado atención. Existía, parecía haber existido desde siempre, desde la Primera Guerra Mundial y quizá desde antes, y como cualquier otro monstruo insaciable crecía y crecía. Era algo más que un vertedero en realidad. Era quizá el más inmenso almacén de chatarra militar que hubiera en el mundo. Aquí todo lo que no servía para la guerra era abandonado en desiguales montones oscuros. Entre las montañas de deshechos era posible encontrar casi cualquier cosa. El vertedero era ese lugar donde las cosas que no pertenecían ya a ningún lugar encontraban un lugar donde quedarse. Cargas enteras salvadas de sus barcos hundidos podían ser encontradas allí, y los chasis de vehículos que los desesperados mecánicos de Wavell no habían podido salvar, y tuberías de metal de todos los tamaños, y vigas de madera, y acanaladas láminas de hojalata, y máquinas de escribir rotas, y destrozados escritorios, y miles de llantas, y bandas de rodadura de tanques destruidos, y los millones de cajas de obuses, y uniformes inservibles y ropa interior usada, y cascos oxidados, e incontables cartones de raciones caducadas, y bolsas de yeso, y bolígrafos rotos, y presillas para el pelo de las mujeres, y cajas de papeles que no servían ni para ser quemados, y más, mucho más.

El vertedero era una especie de monumento de la glotonería de la guerra moderna. Nadie sabía qué había sido dejado allí, pudriéndose bajo el sol del desierto. Nadie llevaba ningún registro porque nadie tenía tiempo ni interés o la necesidad de llevarlo. Lo que allí había no valía para nada. Como chatarra podía procurar una pequeña fortuna al que la vendiese, pero nada de aquello podría ayudar a un ejército o recobrar a un tanque, o salvar a un hombre en el desierto, o acabar con un enemigo, así que en los términos más reales de la guerra todo lo allí apilado era inútil.

Estrechas y sombrías callejuelas corrían entre los montones, empezaban y terminaban al azar y creaban las paredes de un escalofriante, oscuro laberinto en el que no era difícil sentirse completamente perdido. La única clave visible para localizarse era la arena acumulada sobre las cosas: los montones que estaban cubiertos de una fina película de arena eran más recientes que aquellos que prácticamente estaban enterrados en ella. Rara vez se patrullaba por aquel área, y al atardecer los basureros árabes se llegaban a ella para excavar en las montañas de hierro y cartón en busca de productos que pudieran vender en los bazares. De vez en cuando un montón podía derrumbarse y aplastar a alguien que moría bajo el peso de toda aquella basura, pero aparte de esos cazadores del depósito, nadie más se interesaba por aquel lugar decadente, y cuando pasara el tiempo desaparecería para siempre absorbido por las gigantescas dunas.

Dadas las circunstancias, era una de las vistas más hermosas que Jasper Maskelyne hubiera visto nunca.

—Se extiende en acres y acres —les dijo Townsend a los hombres que le acompañaban cuando empezaron a internarse en el vertedero—, nadie parece saber lo grande que es.

Jasper apenas podía cohibir sus deseos de explorar aquel lugar y bucear en él.

—¿Necesitamos un permiso? —preguntó.

Hill se rió. Townsend se llevó las manos a la cabeza.

—No parece que a nadie vaya a preocuparle lo que pasa aquí. Los gitanos son libres de hacer lo que les plazca en este lugar.

Jasper consultó con Knox con una mirada. Knox se encogió de hombros. Así que los siete componentes de la Real Sección Experimental de Ingenieros de Camuflaje de Abbasia, ingresaron en el vertedero y empezaron a hacer lo que habían ido a hacer. Abrieron cajas, curiosearon en los cráteres, fisgonearon en los contenedores, revisaron chasis y cascos y se lo pasaron bastante bien. Al principio no encontraron nada que pudiera serles de utilidad. Robson dio con ocho grandes cartones de corpiños militares. Fuller descubrió miles de pares de monturas de gafas. Hill descubrió una tonelada de inservibles botas con las suelas de cuero. Y poco después Townsend encontró el sustrato para la pintura.

Mientras hozaba en el cargamento de un carguero torpedeado, dio con un cajón de latas precintadas. Le quitó la tapa a una de ellas y miró con curiosidad lo que contenía: una sustancia viscosa y marrón. Mojó la punta de sus dedos y se los llevó a la boca. El gusto le resultó amargo pero familiar, y le costó apenas un segundo identificarlo. Salsa Worcester. Espesa salsa Worcester. Montones y montones y montones de latas llenas de esa rancia salsa Worcester. Cientos de galones de salsa Worcester. El sabor era abominable. Pero era maravilloso. Era consciente que había encontrado una base para la pintura.

La búsqueda les permitió encontrar además toneladas de harina aguada y otro cargamento de cemento. Se llevaron lo que pudieron a Abbasia para que Townsend experimentara hasta que fuera capaz de hacer que una mezcla de harina, cemento y salsa diera resultados. La mezcla serviría como sustrato de pintura. Desafortunadamente era de un color rojo fangoso, lo que lo hacía tan inútil para las condiciones del desierto como el original verde bosque. Se necesitaba un pigmento que volviese la pasta del color de la arena. Dos días después seguía sin resultados.

El maestro de pintores Townsend metió en un bote todas las sustancias colorantes que pudo encontrar, tintas variadas y jabón en polvo y minas deshechas de lápices. Había intentado, sin éxito, conseguir el tinte del camuflaje del desierto. Pero nada funcionó. El color resultante era siempre o demasiado luminoso o demasiado oscuro, o no se quedaba, deshaciéndose al sol del atardecer, descascarillándose con el frío de las noches. Pasaron otros dos días.

Los hombres estaban tan absortos en su búsqueda de un pigmento que apenas se apercibieron de los Temblores del aire.

A las 5.45 del 15 de mayo, la 22.ª Brigada de Centinelas se trasladó al área de acción del paso de Halfaya, una entrada estratégicamente importante hacia la escarpa, una alta cordillera que dividía el desierto. El control del paso occidental era absolutamente necesario para el éxito de una última campaña. Al sur de la 22.ª Brigada, el 4.º Regimiento de Tanques y el I Cuerpo de Infantería Ligera de Durham avanzaban para ocupar Fort Capuzzo, y a lo largo de la cosa elementos de la 7.ª División Acorazada marcharon hacia la asediada ciudad de Tobruk.

A las 6.15 la operación «Brevedad» comenzó con una breve barrera de tanques. El Afrika Korps fue cogido completamente por sorpresa y fue incapaz de responder apropiadamente. Al terminar la tarde, la 22.ª Brigada, apoyada por el 2.º Batallón de Centinelas Escoceses y parte del 4.º Regimiento de Tanques, se habían hecho con el control del paso de Halfaya. Fort Capuzzo había sido tomada después de una cruda batalla. La 7.ª División Acorazada tenía el control del flanco de la costa.

Las noticias sobre el éxito inicial de la operación «Brevedad» resplandecieron por todo el Delta. En El Cairo, los soldados se reunían en cualquier esquina para compartir chismes. En la abarrotada entrada del gigantesco Hotel Shepheards, en los humeantes cobertizos, en las casas ilegales, en las secretas reuniones de la Hermandad musulmana, no se hablaba de otra cosa. El derrumbe de la resistencia enemiga hizo recordar la primera campaña a través del desierto de Wavell. Nadie esperaba que Rommel fuera derrotado con tanta facilidad.

Atrapados en Abbasia, los hombres de Maskelyne siguieron los avatares de la batalla esencialmente a través de los rumores. Todos sus esfuerzos seguían dirigiéndose a encontrar un pigmento de color marrón claro. Comparado con la lucha que estaba teniendo lugar a muy pocas millas de distancia, su trabajo parecía trivial, pero los servía para mantener sus mentes ocupadas y reforzados sus espíritus.

Rommel había corrido a reforzar la desmenuzada línea delantera en el momento en que el combate comenzó. Erróneamente concluyó que Wavell intentaba acabar con el sitio sobre Tobruk, y sabía que el Afrika Korps sería forzado a retirarse a Libia si ese objetivo se alcanzaba. En vez de acogerse a la prudencia, decidió emplear todas sus reservas en el combate. La 7.ª y la 5.ª divisiones Panzer, con sus ametralladoras antiaéreas de 88 mm, acudieron a los frentes amenazados. Cuando los tanques Matilda de Wavell, los pesos pesados de la batalla, entraron en acción, los tanques alemanes abrieron fuego. A solo una milla de distancia, los obuses antiaéreos se incrustaron en los débiles cascos de acero de los Matilda con la facilidad con la que unos clavos entran en el agua.

Wavell no había calculado tanta resistencia a su modesta ofensiva, y las Fuerzas del Desierto occidental no estaban preparadas para afrontarla. En la tarde del día 16, el Afrika Korps ya había recobrado Fort Capuzzo y había detenido a la 7.ª Acorazada a lo largo de la costa. Se hicieron intentos en El Cairo por demostrar que el frente permanecía seguro, pero el ruidoso y llamativo ulular de las ambulancias procedentes del desierto lo hizo difícil. En todos los informes resultaba obvio que el ataque había fracasado.

Después de dos días de lucha brutal, la Fuerza del Desierto occidental todavía mantenía un obstinado agarre en el paso de Halfaya. Si podían conservarlo, la ofensiva de Wavell podía considerarse exitosa. Pero una vez que Fort Capuzzo estaba en manos de los alemanes y las tropas que sitiaban Tobruk no padecían más amenaza, Rommel estaba en condiciones de poner toda su atención en esa posición.

La 22.ª de Centinelas empezó a hacer sus preparativos para la retirada. El limitado ataque de Wavell se había saldado con un rotundo fracaso, y éste fue consciente de que necesitaba un equipo mucho más amplio y mejor dotado para vencer a Rommel. Incluso antes de que la 22.ª de Centinelas se marchase del paso de Halfaya, el Cuartel General hacía planes para realizar un ataque masivo. El nombre codificado era «operación “Hacha de Guerra”», y se programó para mediados de junio, antes de que el enemigo se pudiera recuperar del saldo de pérdidas que le había provocado la operación «Brevedad». Para entonces Wavell esperaba que todos sus tanques estuvieran listos para operar.

 

El pigmento para la pintura de camuflaje había estado bajo las narices de los hombres de Jasper Maskelyne todo el tiempo. Bajo sus pies también. Después de pasar una semana probando con todas las sustancias colorantes que pasaran por sus manos, el frustrado Townsend estaba por tirar la toalla. Pero cuando iba a hacerlo, mientras daba un paseo con Jasper contándole sus problemas, se detuvo y dio con la respuesta:

—Patatas de camello —dijo, agachándose y cogiendo una de las secas cagadas de un camello, de color marrón arena.

—Claro que sí, bofia de camello.

El estiércol de los camellos secado al sol tenía el color perfecto. Incluso conseguía las diferentes tonalidades de los colores del desierto dependiendo del tiempo que se expusiera al sol. Y era barato, y abundante. Después de unos cuantos ensayos, a Townsend se le ocurrió cómo hacerlo soluble en la salsa Worcester. Los exámenes probaron que resistía al calor y al frío. La mierda de camello era perfecta si bien hedionda, ya tenían un pigmento para hacer pintura del desierto.

Así fue cómo nació la Cuadrilla «Mojón».

—Nos ponemos detrás de los camellos —bromeó Maskelyne, pero de hecho no hacía más que contar la verdad. Uno de sus hombres o un trabajador egipcio tenía que seguir a todas las populosas caravanas que dejaban la ciudad. Y limpiar a diario en las cercanías de los oasis. Las calles fueron barridas cada amanecer para localizar remanentes nocturnos. Hill refunfuñaba quejándose, mientras cumplía con su deber:

—Esto es a lo que se ve abocado un hombre de mi posición.

Graham modeló una pequeña pala de metal para cada hombre. El profesor Knox explicaba que las heces del camello se habían usado desde tiempo inmemorial para cosas tales como construir cabañas o monedas.

—Sea cuando sea, será demasiado pronto cuando vuelva a ver un maldito camello —rezongaba Hill tarde en la noche cuando los hombres trataban de relajarse en la estación.

—Supongo que eso significa que pasas de tu cita de esta noche, ¿eh? —le dijo Robson. La vida social del joven había sido objeto de miles de chistes verdes.

—Vale, vale —dijo con voz pausada Graham—, no nos burlemos de las amiguitas de Michael, creo que tendríamos que dejar que sus pintas hablasen por sí mismas.

El carpintero estaba tallando un pequeño bloque de madera, paró de hacerlo y los miró.

—Me han dicho que él es muy bueno con ellas. Incluso llevo a una de ellas al espectáculo de los perros de Gezira el otro día.

Robson ya conocía ese chiste.

—¿Y ganó ella su carrera? —preguntó.

—No —concluyó Graham—. Quedó segunda.

Hill le echó encima un saco lleno de astillas secas de camello.

La Cuadrilla «Mojón» no sólo proveía del material que se usaba para la pintura, también atraía sobre la sección una considerable atención. La mirada de los burlones soldados les esperaba ansiosa detrás de cada camello, y las abiertas burlas hicieron mucho por subir los ánimos tras los días deprimentes que siguieron al fracaso de la operación «Brevedad». Todo el mundo en El Cairo quería saber cómo era posible que los de la pequeña unidad de camuflaje convirtieran las astillas de estiércol de los camellos en pintura. La circunstancia de que el grupo estuviera liderado por un mago como Maskelyne hizo aumentar la curiosidad. Se especulaba de manera constante, y sin temer a las invenciones. Cuando le preguntaban qué estaban haciendo sus hombres, el mayor Barkas se limitaba a sonreír enigmáticamente. Jasper sabía el valor que tenía toda aquella curiosidad que habían despertado, de ahí que hiciera todo lo que estaba en su mano para mantener oculta la verdad. Por fin decidió desvelar el secreto, para deleite de algunos y el disgusto de muchos otros que habían ideado mucho más exóticas posibilidades.

La comunidad árabe contempló a la Cuadrilla Mojón con menos diversión. La mierda seca de camello había sido el material que utilizaban para sus hornos de pan desde miles de años atrás, y la creciente demanda para satisfacer a aquella Cuadrilla había significado un florecimiento del mercado de la mierda de camello. La gente de Maskelyne tuvo que meterle prisa a los enfadados árabes tanto como a los niños mercenarios que de repente cobraban conciencia de lo valioso de los excrementos.

La pasta hecha con salsa Worcester y mierda de camello se mezclaba en grandes cubos que, previamente, habían sido utilizados por la unidad de lavandería. Una vez que se puso en marcha la producción, se conseguían dos mil galones de pintura cada semana. El producto final se metía en latas de gasolina y se entregaba a la compañía de transportes, que tenía que encargarse de que la pintura de camuflaje para los tanques fuese efectiva. Después de unos cuantos días expuesta al sol, su infecto aroma desaparecía.

La Sección Experimental de Camuflaje celebró el éxito inicial con una alborotada fiesta en El Cairo. Jasper tocó su ukelele, acompañado por Frank Knox a la armónica: tocaron algunos éxitos del music hall. Hill recitó algunos epigramas obscenos. Incluso Townsend se les unió, cantando a cápela una versión propia del éxito local: «Aquí llega Farouk con su traje de cincuenta borlas».

Después de muchos estribillos, Jasper le dijo a sus hombres:

—Quiero agradecer a cada uno de vosotros todas las miradas amenazantes que me habéis dirigido.

Se mofaron de él.

—Este éxito ha atraído sobre nosotros muchas expectativas —continuó— y sospecho que dentro de poco se nos encargarán unas cuantas tareas todavía más absurdas. Recordad que cuando alguien os pregunte si nosotros seremos capaces de encargarnos de un trabajo cualquiera, la respuesta es siempre sí. No penséis en ello, no os preocupéis por ello, sencillamente responded que sí. Ya nos ocuparemos de los detalles más tarde. ¿Entendido?

La respuesta fue sí.

Maskelyne pasó la mayor parte de mayo trabajando en el proyecto pintura, pero después de que el sol cayese volvía su atención a las cosas de la magia. Aunque no le resultaba grato ocuparse de idear un show para pagar el permiso de formar la sección de Camuflaje, la idea de aparecer ante el público de nuevo le resultaba excitante. Había dejado de estar en el candelero. Descubrió enseguida que todas sus artimañas se habían vuelto torponas. Había realizado unos cuantos shows en el Sumaria y cuando le dejaban sus ocupaciones había estado ejercitándose con las bolas de acero, pero sus manos habían dejado de estar en forma. El éxito de un truco de magia depende de la destreza del mago, y las manos de Jasper no eran ahora más rápida que los ojos. Se pasó horas delante de un espejo nocturno, repitiendo los ejercicios básicos una y otra vez hasta que le salían de un modo natural. Cuando dejaba de practicar con sus herramientas sus dedos le dolían, pero gradualmente volvieron a él los matices, los viejos amigos se le mostraban en una reunión de habilidades especiales. Y cada uno de ellos era bienvenido, y apreciado, y encajado en su posición correcta, y por fin la existencia individual de cada uno de ellos era olvidada y sólo existían en un espléndido, suave todo en el que se unían a los demás.

Definitivamente haberse despedido de la magia durante un tiempo fue beneficioso para él. Había estado trabajando duramente en el negocio de la magia durante quince años. Delante de sus incontables clientes en numerosos países había hecho levitar damas y las había cortado en dos, había hecho desaparecer de todo, desde un gorrión a un elefante, había hecho conjuros contra malos espíritus, se había deslizado dentro y fuera de espacios imposibles, e incluso había hecho que le cortaran su propia cabeza. La vida se le había convertido en un interminable ciclo de actuaciones: actuar, hacer el equipaje, actuar. Había realizado tantos tours que confundía a los príncipes y a los pashas. En su ciudad había impulsado los espectáculos en St. George’s Hall, había ayudado a planificarlo todo, las tarifas, la audición, descubrir nuevos talentos, seguir desarrollando nuevos trucos de ilusionismo que vender en las tiendas y preocuparse de las facturas. Había pasado demasiado poco tiempo con Mary y sus hijos, o trabajando en campos afines. Hasta cierto punto, antes de la guerra todo estaba programado para él. La alegría que había sentido antaño derivada del placer de entretener a los demás, la había perdido, y la magia se había convertido en un trabajo difícil. Pero ante aquel espejo a las afueras de El Cairo, y asombrándose ante su propio reflejo, era distinto. Sus extremidades recobraban la energía. En alguna ocasión, cuando los pañuelos se desplegaban correctamente y desaparecía la paloma en perfecta sincronía, se sintió cautivado. Un viejo y profundo y largamente perdido amor regresaba a él y le devolvía una euforia antigua de calidez confortable. Que el Ejército le obligase a actuar ya no le resultaba molesto, porque de nuevo estaba enamorado del ilusionismo.

Había un problema más que tenía que resolverse, y para hacerlo recurrió a Michael Hill. Frank Knox había sido un ayudante responsable a bordo del barco, pero se necesitaba algo más que un profesor tarugo con peluca de fregona para convencer al público de El Cairo. Jasper le dio la noticia a Frank con toda la amabilidad que pudo:

—Tus piernas son terribles —le dijo.

Enviar a Michael Hill a buscar mujeres en El Cairo era algo así como dar con una nación europea que no hubiese caído ante Hitler. Recorrió calles y bazares de El Cairo horas y horas durante una semana, parándose ante cada mujer atractiva con la que se cruzaba a la que le ofrecía la oportunidad de meterse en el negocio del espectáculo. Finalmente, agotado, reparó en una hermosa danzarina de club de pelo negro. Salvo por el hecho de que le faltaba un diente frontal, resultaba de lo más atractiva.

—No sonrías —le pidió Hill cuando la llevó ante Maskelyne.

—Vale —le respondió ella sonriéndole.

Jasper estaba terminando de diseñar el número que había denominado provisionalmente «El maleficio de la momia» cuando ellos llegaron. Ese número no era más que una variación de la caja donde se desaparece, pero le parecía que lo de la momia le daba un sabor local. Hill le presentó a la muchacha y Jasper le extendió educadamente la mano.

—¿Cómo estás?

Ella sonrió. Y no dijo nada.

Hill murmuró en su oído, y luego ella dijo:

—Estoy muy bien, muchas gracias.

Jasper miró con escepticismo al soldado.

—No habla inglés, ¿verdad?

—Sé que eso es un problema, admitió Hill, pero estoy deseoso de trabajar con ella y…

Maskelyne no se lo podía creer.

—De verdad quieres colarme una ayudante que no sabe hablar inglés.

Ella alucinaba. Se dio cuenta de que los hombres estaban discutiendo por su culpa, así que dijo:

—Gracias muchas a ustedes cinco castañas por favor.

—Me parece que deberías llevártela de aquí.

—Pero, señor, es una huérfana y…

—Fuera. Ahora.

La búsqueda de Hill concluyó con el descubrimiento de la cabo Kathy Lewis, empleada en la Fuerza A, el decepcionante grupo del brigadier Dudley Clarke. El brigadier Clarke había creado el comando de élite «Ratas del Desierto» mientras trabajaba en Whitehall en Londres, y había sido llevado a Egipto por Wavell para que se ocupara de algunas operaciones que cubrieran el área del Mediterráneo. Su modesto despacho de la Fuerza A ocupaba el piso bajo de un edificio de dos plantas situado en Kasr el Nilo. La planta de arriba había sido ocupada durante muchos años por uno de los más populares burdeles de la ciudad, y Clarke no consideró que ello fuera razón para no instalarse allí, aunque su decisión fue fuente de numerosos rumores. Hill encontró a la cabo Lewis después de pasarse un buen rato entrevistando mujeres en el piso de arriba, y en cuanto oyó su correcto inglés le ofreció el empleo.

—Suena muy divertido —dijo antes de aceptar presentarse a la prueba.

Kathy Lewis no era el tipo de mujer que solía atraerle a Hill. Su cabello era suficientemente rubio, pero demasiado corto. Su figura era esbelta, pero demasiado delgada. Y su cara era bonita, pero no era llamativa.

Jasper echó un buen vistazo y oyó durante un rato a la muchacha y supo que ya tenía ayudante.

—Tiene una figura preciosa —le dijo inocentemente.

Ella se ruborizó.

—O sea, quiero decir —titubeó Jasper— que su figura cabrá estupendamente en la caja.

Kathy Lewis se comportó como una actriz profesional. Dedicó tantas horas a los ensayos como los demás componentes del equipo sin quejarse una sola vez, aprendió rápidamente sus pies y no tuvo problemas con manejar aparatos. Desaparecía con rapidez, daba verídicos gritos de terror, y entregaba los utensilios correctos de la manera correcta. Y además, ella le recordaba mucho a Maskelyne a otra muchacha ayudante que trabajó para él dos décadas antes. Se casó con ella y no lo había lamentado un solo día. A menudo, observando a Kathy moverse grácilmente por el escenario, pensaba en Mary y se preguntaba qué estaría haciendo en aquel momento. Solía imaginar que estaba haciendo cosas mundanas. Asegurándose de que la camisa de su esmoquin estaría almidonada convenientemente. Vigilando que los niños hicieran los deberes. Sentándose a comer caliente entre una actuación y otra. El suyo era un matrimonio del teatro, y cuando se la imaginaba no era en una cena formal con un mandatario persa, sino dándole un rápido cepillado a su chaqueta antes de empujarlo al escenario. Vivían por el placer de complacer al público, guardando los momentos de arrebato privado para sí mismos.

¿Cómo habían podido llenar tan fácilmente todos aquellos años?, se preguntaba. No habían ido a ver otras funciones de teatro a menudo, raramente a eventos deportivos y sólo de vez en vez a cenar fuera. ¿Qué cosas hacían? Amaban los picnics familiares, las noches en casa después de la función oyendo el viejo gramófono o la nueva radio, las fiestas de cumpleaños de sus hijos. La casa estaba siempre llena de amigos. No, no hacían muchas cosas, en verdad, para tanto tiempo. Sólo cosas normales que comprimen los días y pasan a ser una vida entera. Pero estar juntos era más que suficiente, y no pasaba un instante en que no la echara mucho de menos.

El proyecto pintura había conseguido que durante algún tiempo la atención se fijara en la unidad de Maskelyne, pero cuando la sección de Mecánicos se hizo cargo de la producción, su unidad volvió a quedarse sin trabajo. Esta vez no tendrían que esperar mucho.

El primer ministro Winston Churchill instó públicamente a Wavell a que reanudara enseguida la ofensiva con sus nuevamente equipados tanques Matilda. Pero Wavell se resistía. Sabía que sus hombres no estaban preparados aún para un nuevo asalto, y era consciente de que Rommel estaba esperándolo en el desierto como un gato herido.

Mientras el Afrika Korps controlara el paso en los declives del terreno había pocas posibilidades de vencerles. Como se le diría pronto a Maskelyne, el éxito de la operación «Hacha de Guerra» lo determinaría la capacidad para transformar un tanque en un camión.