El niño que quería ser Tintín
Capítulo 4
4
D esde lejos veo a Félix en la puerta de Golosinas. Ya he dicho que en ese sitio hay mucha luz y se ve todo muy bien. Lo malo es que Félix está solo. Yo creía que estaría con las
chicas, sobre todo con Leticia.
—¿Qué te pasa, chaval? –me pregunta Félix cuando me acerco a él–.
Vaya pinta que traes.
—Es que... he tenido que correr un poco –respondo con la voz
entrecortada–. Quería venir pronto.
—Pues has llegado un poco tarde. Estábamos a punto de irnos.
—¿Irnos?
—Las chicas y yo –responde. —¡Hola! –dice una voz detrás de mí.
—¿Qué tal? –dice otra voz de chica.
Me quedo un poco cortado cuando veo que se trata de Julita y Leticia.
Hago un esfuerzo y trato de sonreír.
—Yo... bueno, estoy bien.
—Ha venido corriendo para estar con nosotros –dice Félix.
—¡No...! Bueno, no es eso. Sí, he venido corriendo, pero no para...
—¿No quieres estar con nosotras? –pregunta Leticia.
—Si quieres irte –la apoya Julita–, lo dices y ya está.
Me he vuelto a meter en un lío. No sé qué decir, no sé qué hacer. Si me
pongo a llorar de nuevo, pensarán decididamente que soy un payaso.
—¿Queréis caramelos? –digo metiendo la mano en el bolsillo para que
entiendan que tengo dinero–. Puedo invitaros si queréis.
—¿Seguro que tienes dinero? –pregunta Julita, que es una desconfiada–.
A ver si vamos a pedir y luego no tienes para pagar.
—Sí, mira –respondo enseñando un puñado de monedas–. Podéis pedir
lo que queráis.
—¿Cómo es que tienes tanto dinero? –pregunta Félix con mucho
interés.
No me parece bien explicarles que se trata de mis ahorros del mes y que
los llevo encima para comprarme el álbum y unos cuantos sobres de cromos
de Tintín.
—Bueno... –digo, como si no tuviera importancia–, es que no me gusta
salir de casa sin dinero.
—Ya –responde Félix con poco convencimiento.
Entramos en la tienda y nos ponemos a mirar las estanterías en busca de
algo que nos guste. Hay muchos frascos de cristal llenos de caramelos,
palotes, chupa–chups y mil cosas más. Cada uno de un color distinto, de una
forma diferente y de todos los tamaños. Es para volverse loco.
—¿Qué queréis, niños?
Es el señor Plans, el dueño de la tienda. El señor Plans es un poco
antiguo: es calvo y le brilla mucho la cabeza, lleva gafas pequeñas y
redondas, un pequeño bigote y una ridícula pajarita roja y blanca que parece
un caramelo.
—Estamos mirando –le respondo con mucha educación.
—Aquí no se viene a mirar, jovencito –me dice con ese estilo tan repipi
que tiene–. Aquí se viene a comprar.
Saco las monedas del bolsillo y se las enseño.
—Podéis mirar –me dice–, pero no tardéis mucho en decidiros.
—Yo quiero de estos –dice Julita, que en ese momento está con Félix.
El señor Plans se acerca a ellos.
Entonces me doy cuenta de que Leticia está sola y decido aprovechar la
oportunidad.
—¿Ya sabes lo que quieres? –le pregunto, acercándome por detrás.
—No estoy segura –responde ella–. Me gustan todos.
—Mira estos, son masticables y tienen forma de mora. Están
buenísimos.
—Ya... –contesta alejándose un poco de mí. Me vuelvo a acercar a ella y,
con un poco de timidez, le digo:
—Somos vecinos. Vivimos en el mismo barrio...
—Sí –responde mirando un envase de cristal con caramelos de color
rosa–, y también vamos al mismo colegio... y estamos en la misma clase.
—Sí, y me alegro.
—Pero no somos novios.
—¿Eh...? ¿Cómo...?
—No te hagas el tonto conmigo –responde sin mirarme–. Yo no quiero
nada con un chico como tú.
—Yo no... –digo titubeando.
—Vives en la luna –dice sin mirarme.
Hago que me intereso por unos caramelos que parecen corazones y
después lo intento de nuevo.
—¿Te gusta Tintín?
—A lo mejor.
—Es mi personaje favorito –insisto.
—A ti sólo te gustan las fantasías.
Me entra mucha vergüenza cuando me dice eso. Es la primera vez que
me pongo tan colorado. Noto que las mejillas me arden. Es como si tuviera
fuego en la cara.
—Me gustan las historias de Tintín porque son muy divertidas.
En aquel momento, Julita y Félix se acercan a nosotros.
—¡Mirad lo que hemos comprado! –dicen casi a la vez, enseñándonos
una bolsa llena de caramelos de colores.
—Pues nosotros no nos hemos decidido todavía –contesto.
—Entonces os esperamos fuera –dice Julita.
—Yo ya sé lo que quiero –dice Leticia cuando nos quedamos solos.
—¿Sí? –pregunto ilusionado.
—Nada –responde–. No quiero nada.
—¿Cómo?
—No quiero que me invites a nada hasta que no dejes de hacer el
payaso.
Y, dándose la vuelta, sale de la tienda dejándome con un palmo de
narices.
—Bien, jovencito..., ¿ya sabéis lo que queréis? –me pregunta en ese
momento el señor Plans.
—El caso es que... –digo titubeando–. Creo que hoy no vamos a comprar
nada.
—¿Y para eso habéis estado tanto tiempo dando vueltas por aquí? –dice
el hombre con cara de enfado.
—Bueno, es que...
—Ni es que ni nada. Aquí se viene a consumir, no a presumir –insiste el
tendero–. Ven a la caja a pagar lo que han comprado tus amigos.
Me entrega el tique de caja y pago sin rechistar, aunque me parece un
poco caro.
Salgo de la tienda para reunirme con mis amigos, que me esperan fuera.
—¿Están buenos esos caramelos? –les pregunto.
—No están mal –dice Julita–. ¿Quieres uno?
Me dispongo a coger alguno cuando vuelve a aparecer el señor Plans.
—Eh, chicos... Aquí no se puede estar. Poneos un poco más allá, que me
espantáis la clientela.
Le miramos con mala cara y estoy a punto de decirle algo, pero me
contengo.
—Bueno, adiós –dice entonces Leticia–. Es tarde y me tengo que ir a
casa.
—Si quieres podemos ir juntos, ya sabes que somos vecinos –digo
rápidamente.
Ella no responde, se encoge de hombros y comienza a caminar sin
esperarme.
Mi madre actúa igual cuando mi padre quiere decirle algo y ella está un
poco enfadada.
—¡Hasta mañana, chicos! –les digo a Julita y a Félix–. Nos veremos en
clase.
—Sí –dice él–, ya nos contarás.
Corro un poco hasta ponerme a la altura de Leticia, pero no digo nada
para no molestarla. La verdad es que no parece de muy buen humor.
Un rato más tarde, nos detenemos ante un portal.
—Ya he llegado –dice, mirándome fijamente–. Mañana nos veremos en
clase.
—Si quieres –le digo–, mañana te puedo traer un libro de Tintín en el
que hay una chica.
—Lo que quiero –responde– es que dejes de ser el tontorrón de la clase.
—Entonces... ¿Lo leerás si te lo traigo?
—No sé.
—Se titula “Las joyas de la Castafiore” y sale una chica morena... como
tú. Ya verás como te gusta.
—Tráelo y ya veremos si me lo leo –dice mientras agita levemente la
mano para despedirse. A continuación se da la vuelta y se mete en su portal.
Me quedo un ratito observándola cuando un señor cargado con una caja
grande me da un empujón, me doy cuenta de que es muy tarde y salgo
corriendo hacia mi casa.
El capitán Haddock, Milú, Tintín y yo estamos dando un paseo por el bosque de Moulinsart
cuando, de repente, oímos llorar a una niña. Inmediatamente, nos acercamos a ella para ayudarla.
Se trata de una gitanilla que se ha perdido y que tiene aproximadamente mi edad.
El capitán, que es un poco brusco, discute con ella. La niña huye de nosotros después de dar
un mordisco al viejo marinero.
Nos quedamos cuidando la mano de nuestro amigo cuando los ladridos de Milú nos alertan y
salimos corriendo en busca de la niña temiendo que le haya pasado algo grave y... ¡la encontramos desmayada al pie de un árbol!
Tintín y yo la ayudamos a levantarse, la acompañamos hasta el campamento gitano en el que
vive y nos despedimos de ella.
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