El orgasmógrafo

Enrique Serna · Capítulo 4 de 7

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El orgasmógrafo

El orgasmógrafo

a mi hermano Álvaro

 

La despertaron los jadeos de Fabiola en la cama vecina: seguramente se revolcaba con algún patán que había levantado en la calle la noche anterior. Bien podría gozar en silencio. Pero no le bastaba sentir placer: tenía que sobreactuarlo y fornicar para la tribuna, como una niña aplicada que presume a gritos su diploma de buena conducta. Con la cabeza bajo la almohada, trató de ignorar la obscena fricción de los cuerpos, qué hacía un contrapunto salaz con el rechinar del colchón. ¿Creería la imbécil que ella no podía hacer lo mismo? Recoger un hombre en un bar y abrirse de piernas era la cosa más fácil del mundo. Lo difícil era apartarse de la manada, seguir un camino propio a contrapelo del orden establecido. Al comprender que no la dejarían volver a dormir decidió abofetearla con guante blanco:

—Buenos días, hermanita. ¿Pasaste buena noche?

Perdido el resuello por la prolongada cópula, Fabiola apenas pudo murmurar un buenos días.

—¿No me vas a presentar a tu amigo?

Sin dejar de cabalgar un momento a su compañero, Fabiola le preguntó:

—¿Cómo te llamas?

—Jacinto Luna, para servir a usted —el muchacho tendió a Laura una mano sudorosa.

—Mucho gusto, Laura Cifuentes —lo saludó con una sonrisa mordaz—. Espero que mi presencia en el cuarto no los haya importunado.

Extremar las cortesías con Fabiola era la manera más eficaz y discreta de hacerle notar su caída en el bestialismo. Ni ella ni sus compañeros de cama habían elegido esa vida: eran borregos sin albedrío, dóciles piezas en la maquinaria de la promiscuidad institucional. Se desvivían por acumular orgasmos, cumplían sin chistar todos los convencionalismos sociales con la esperanza de recibir una pensión y una medalla al mérito ciudadano cuando llegaran a viejos. Como buenas marionetas, nunca se habían detenido a reflexionar quién los manejaba desde las alturas. Ella, en cambio, había optado por la resistencia, una resistencia solitaria y pasiva, que seguramente no cambiaría nada, pero al menos le daba una satisfacción personal.

Se encerró en el baño, el único lugar de la casa donde podía tener un poco de intimidad. Acostumbrada a negar el cuerpo, a verlo como un apéndice exterior a ella, su rotunda presencia en el espejo le incomodaba. Nada más lejano a su yo profundo que ese deplorable hermano siamés. Comprobó con disgusto que sus senos seguían creciendo sin perder firmeza. Tenía un cuerpo demasiado pródigo en redondeces. Carne y más carne, ¿hasta dónde iba a parar? Solo se ponía vestidos holgados y aun así debía soportar a diario los requiebros indecentes de los vagos callejeros. Con gusto hubiera donado sus glúteos a una institución de caridad, para poder caminar tranquila y evitar los toqueteos en los atestados vagones del Metro. Detestaba ser la típica buenota de calendario a quien los hombres consideran incapaz de valer por sus dotes intelectuales. Pero le dolía más aún tener que rendir cuentas de su intimidad a un gobierno totalitario. De un tirón se arrancó un pequeño transmisor negro del tamaño de una cajetilla de cerillos que llevaba pegado al abdomen con una cinta adhesiva. Abrió la carátula con unas pinzas, y como lo venía haciendo desde el despuntar de su adolescencia, intervino el microchip que transmitía información sobre su actividad endocrina al Ministerio de Salud Pública. Para no despertar sospechas solo se anotó un orgasmo, el quinto de la semana, y volvió a pegarse el transmisor en la piel.

Vestida con un blusón abotonado hasta el cuello, la cara limpia de afeites, Laura tomó su lugar en la mesa del comedor. Doña Flor y don Anselmo, sus padres, desayunaban algas marinas con apio, el mejor alimento para estimular la libido, según los boletines informativos del Instituto de Nutrición. Otra pareja de cogelones robotizados, con el agravante de que ellos ya no estaban en edad de cambiar. Le repugnaba ver a su padre, ya entrado en la cincuentena, con pantalones de cuero embarrados, arracada en la oreja, botas con estoperoles y camisa abierta hasta el ombligo. Era la caricatura de un rebelde vigesémico. Si al menos se abrochara la camisa para ocultar sus tetillas caídas y el cinturón de grasa en el bajo vientre. Su madre también luchaba por conservar una apariencia juvenil, con resultados aún más grotescos. Ni en los días más crudos del invierno se quitaba la minifalda, a pesar de tener un delta de varices en las piernas. Se había inyectado tantas veces silicones en el pecho y en las nalgas que ahora tenía montículos de sobra, como una estatua cubista de Picasso. Los dos estaban ojerosos, tal vez porque se habían desvelado toda la noche intentando alcanzar un orgasmo. Habían perdido la costumbre de conversar en el desayuno y deglutían la comida sin saborearla, con la vista fija en la pantalla del televisor.

—Buenos días, amigos, canal Monte de Venus tiene para ustedes las noticias más importantes del día: el presidente Irving Molina y su señora esposa inauguraron un balneario para swingers en Bahía Esmeralda. Se creó una comisión de fomento a la masturbación infantil. Atrapados cuatro elementos subversivos que repartían estampas religiosas afuera de las escuelas. Nace una nueva droga para aumentar la sensibilidad del clítoris. El incesto no es un lujo, es una necesidad biológica, declara el nuevo Premio Nobel de Medicina. El Ministerio de Salud anuncia un alza en la cuota obligatoria de orgasmos: ahora será de seis por semana.

Sobresaltado, el padre de Laura dejó caer el tenedor en el plato.

—¿Oíste eso? —Zarandeó a su mujer—. Apenas llevamos tres, y ya es viernes.

—¿Pero qué puedo hacer yo si no se te para ni con el Viagra?

—Arreglarte un poco, motivarme, qué sé yo, carajo. Tu pasividad en la cama enfría a cualquiera. Todo el trabajo pesado me toca a mí.

—Pues cumple tu cuota con otra que esté dispuesta a aguantarte —doña Flor se levantó gimoteando—. Ya estoy harta de tus reproches.

—Por favor, no se peleen —intervino Laura, conciliadora—. ¿Nunca podremos tomar el desayuno en paz?

—Cállate, niña, que tú tampoco me tienes nada contento —don Anselmo le clavó una mirada hostil—. ¿Se puede saber con quién te acostaste anoche?

—Con Lucas, el encargado de la biblioteca —mintió Laura—. A la salida de la facultad nos echamos un rapidito entre los arbustos del jardín.

—Más te vale que sea cierto. Últimamente has andado muy santurrona. Mira nada más el blusón que traes: desabróchate unos cuantos botones, que así no vas a excitar a nadie.

Laura se quedó inmóvil en actitud retadora. Le irritaba que su padre quisiera tratarla como una muñequita sexy.

—¿Estás sorda o qué? Te dije que te abrieras esos botones.

—Yo me visto como quiero.

—¿Ah, sí? Pues déjame decirte que tienes un gusto espantoso.

—Mira quién lo dice —explotó Laura—. Con esos pantalones de cuero pareces un mamarracho.

Don Anselmo se atragantó con el bocado de algas y doña Flor tuvo que palmotearle la espalda.

—Más respeto, niña. No son maneras de tratar a tu señor padre.

Pasado el acceso de tos, don Anselmo volvió a la carga.

—¿Crees que me gusta vestir así? ¿Crees que me encanta pescar pulmonías por andar con el ombligo al aire? Claro que no, imbécil. Si por mí fuera llevaría traje, corbata y hasta una bufanda de lana. Pero en este mundo hay reglas de urbanidad, y el que no las cumple se muere de hambre.

—Pues ya es hora de cambiar esas reglas. —Laura miró con odio al conductor del noticiero—. No podemos tolerar que nos traten como menores de edad.

—¿Ya oíste, Flor? La señorita quiere cambiar el mundo.

—A tu edad todos somos idealistas, hijita. —Flor exhaló un suspiro de resignación—. Pero luego la realidad nos obliga a sentar cabeza.

—En vez de quejarte por todo, deberías agradecer los privilegios que tienes — refunfuñó don Anselmo—. Allá afuera mucha gente vive en la miseria. Por lo menos aquí comemos tres veces al día.

—¿A esto le llamas comer? —Laura apartó su plato con asco—. Llevamos dos meses tragando algas mañana, tarde y noche.

—Es lo que marca la libreta de racionamiento —se disculpó su madre—. Pero yo siempre las preparo en forma distinta, para variar un poco el sabor.

—Tu mamá hace milagros en la cocina y no es justo que la mortifiques con tus berrinches. Además, las algas marinas son muy nutritivas. No hay alimento más rico en minerales y proteínas.

—Ay, papá. Repites como loro lo que dice la televisión. El Estado nos tiene a régimen de algas porque la gente solo piensa en coger y el país ya no produce alimentos. Los campos están abandonados, nadie quiere cultivar la tierra. Pero eso nunca lo dirán los noticieros. El poder ha montado una farsa gigantesca para hacernos creer que vivimos en Jauja.

—Hay, hijita, esos libros prohibidos que lees a escondidas te han metido ideas muy raras en la cabeza.

—Tu madre tiene razón, te estás volviendo una terrorista.

—¿Por atreverme a tener ideas propias? ¿Por soñar con un mundo más libre?

—Haz favor de bajar la voz. Las paredes de este edificio son muy delgadas. Si te oye un vecino puede reportarte al Comité de Vigilancia.

Interrumpió el altercado la aparición de Fabiola y su amante de turno, que salieron de la recámara abatidos, exangües, con la mirada inerte de quien ha cumplido un penoso deber. Sin duda la felicidad post coitum era uno más de los embustes convertidos en artículos de fe por la ideología oficial, pensó Laura. El sexo sin ganas no podía satisfacer a nadie.

—¿Cómo te fue, linda? —Don Anselmo tomó a su hija de la barbilla.

—Muy bien, papá. —Fabiola falsificó una sonrisa de triunfo—. Tres orgasmos con él, y dos ayer con mi prima Tere.

—Bendito sea Dios —doña Flor alzó la vista al cielo—. Ya casi juntas los cupones para comprar la licuadora.

—Aprende a Fabiola. —Anselmo se volvió hacia Laura—. Ella sí piensa en los demás y se sacrifica por darnos comodidades ¿Cuándo harás algo por tu familia?

Laura no podía tolerar un reproche más y se levantó de la mesa con los nervios crispados. Su hogar era una cámara de tortura, la mazmorra asfixiante de «El pozo y el péndulo», donde las paredes se estrechaban cada vez más. Ya casi no tenía espacio para respirar. Entró a la recámara que los fornicadores habían dejado hedionda a sudor y semen, levantó el colchón de su cama sin hacer ruido y extrajo un legajo de fotocopias con los Sonetos de Petrarca, uno de los libros proscritos por el Ministerio de Cultura, que había comprado a precio de oro en el mercado negro. Necesitaba ese alimento espiritual para tolerar el atracón de erotomanía que le esperaba en la Facultad de Letras, donde todos sus maestros glosaban con mayor o menor acierto a los clásicos de la literatura licenciosa (Boccaccio, Sade, Casanova, Miller), obligados a cubrir el programa oficial aprobado por la Junta de Instrucción Pública. Guardó a Petrarca en su morral y descolgó del perchero un paraguas plegadizo, por si acaso volvía a llover. Se disponía a salir del departamento sin dar el beso de despedida a sus padres, cuando sonaron tres perentorios timbrazos.

—Abran o derribamos la puerta —amenazó desde el pasillo una voz amplificada con un megáfono.

—¿Quiénes son ustedes? —gritó don Anselmo.

—Brigada de saneamiento social. Traemos una orden de arresto.

Laura sintió una punzada en el vientre. De tanto haber entrevisto en sueños una escena similar, había llegado a creer que el peligro solo existía en su imaginación. Respetuoso de la ley, don Anselmo se apresuró a abrir la puerta. Entraron diez agentes de feroz catadura, armados con macanas y metralletas, que ejecutaban sus movimientos con la sincronización de un ballet mecánico. En contraste con la dureza de sus facciones, llevaban rouge en los pómulos y cejas pintadas con delineador. Un agujero en la parte trasera del pantalón dejaba a la intemperie sus nalgas peludas, el toque obsceno que nunca podía faltar en la indumentaria de los cuerpos policiacos. Dos feroces mastines se precipitaron a olfatear los muebles, mientras el capitán de la brigada, un rubio de mirada vidriosa, que parecía estar bajo el efecto de alguna droga, desdoblaba un papel para dar lectura a la orden de arresto.

—¿Vive aquí la señorita Laura Cifuentes?

—Soy yo.

—Va a tener que acompañarnos.

—¿Por qué? —Doña Flor se interpuso entre su hija y los guardias—. Laura no ha hecho nada malo.

—La señorita tiene intervenido su orgasmógrafo.

—¿Es verdad? —Su padre la sacudió por los hombros—. ¿Es verdad lo que dice este hombre?

—Sí, papá. Desde hace muchos años los he engañado. No sé lo que es un orgasmo.

—¿Pero cómo? ¿Nunca has tenido experiencias sexuales?

—No, papá. Soy virgen.

Don Anselmo pasó de la cólera al estupor, como si le hubieran notificado la muerte de un ser querido. Doña Flor se desplomó en la silla, y abiertos los brazos en cruz exclamó con voz quejumbrosa:

—¿En qué me equivoqué, Dios mío? ¿Qué hice yo para merecer esto? Siempre traté de inculcarle el buen ejemplo, desde que era un bebé la enseñé a masturbarse, pero de nada valieron mis sacrificios. ¡Soy un fracaso como madre!

Sujeta por dos guardias, Laura se sintió más humillada por el repudio de su familia que por la aparatosa detención.

—No he cometido ningún delito, mamá. Solo quería ser dueña de mi cuerpo.

—Cállate, perdida —la abofeteó don Anselmo—. Te has revolcado en el fango, has pisoteado el honor de la familia y todavía te ufanas de tu suciedad. Llévensela, señores, cumplan con su deber. Esta señorita ya no es mi hija.

Sangrando del labio superior, Laura hizo un gran esfuerzo por contener el llanto, pues no quería darle a su padre el gusto de verla derrotada y contrita. Bajó las escaleras con un aplomo que sorprendió a sus custodios, y al abordar la camioneta, cuando el capitán rubio la esposó con las manos atrás, hizo la V de la victoria a los fotógrafos amontonados en la entrada del edificio. A pesar del dolor y la humillación, había descubierto que la monstruosidad puede ser un motivo de orgullo.

Por orden del Ministerio de Propaganda, la foto de Laura con el labio partido y el número de serie colgándole del cuello se publicó en la primera plana de todos los diarios, con un escandaloso titular a ocho columnas: INSÓLITO ATENTADO CONTRA LA MORAL: DETIENEN A UNA VIRGEN DE 19 AÑOS. El gobierno se proponía utilizar su caso para intimidar a los evasores de orgasmos —un alto porcentaje de la población, según estimaciones del Ministerio de Salud Pública— y combatir el cáncer de la abstinencia sexual, cada vez más extendido en las universidades, donde el autonombrado Frente de Resistencia Espiritualista (FRE) desarrollaba una intensa actividad de proselitismo entre la juventud. Pero el linchamiento periodístico de Laura produjo un efecto contrario al esperado: inyectó a los frentistas un renovado empuje, al punto de llevarlos a abandonar la lucha clandestina para buscar mayor presencia en la sociedad. No tardaron en aparecer pintas callejeras donde se exigía la libertad de la «virgen rebelde». Los cantautores comprometidos compusieron canciones en honor de Laura y un grupo de radicales exaltados inició una huelga de hambre para exigir su inmediata liberación. Aunque la prensa y los medios electrónicos respondieron a la oleada de protestas con un vacío informativo, el movimiento iba creciendo como un río salido de madre. Si Laura hubiera sido juzgada conforme a la ley, el aparato de justicia la habría condenado a cadena perpetua en una prisión de alta seguridad. Pero se había convertido en un problema político, y la dureza del castigo solo hubiera agrandado su aureola de mártir. Por instrucciones del presidente Molina, que veía con alarma el ímpetu opositor y apreciaba en su justa medida la alta peligrosidad de la reclusa, la Suprema Corte de Justicia ordenó su traslado a la Clínica Psiquiátrica Wilhelm Reich, especializada en rehabilitar a los reprimidos sexuales crónicos.

—Ahí le mando a esa virgencita —previno por teléfono al doctor Sigüenza, director de la clínica—. Le doy tres meses para que me la convierta en una putilla.

Incomunicada en una alcoba palaciega, con bibelots, cortinas de brocado, tocador Luis XV y cortinajes de terciopelo que ocultaban los barrotes de las ventanas, Laura ignoraba su celebridad y no podía explicarse por qué la trataban con algodones, después de haberla golpeado a placer en los separos de la policía. Tal vez me quieran debilitar, suponía, pero ¿con qué objeto, si ya confesé mi crimen? Todas las mañanas una camarera negra le llevaba el desayuno a la cama en bandeja de plata: suflé de langosta o salmón marinado, terrine de esturión y la infaltable mimosa de champaña. Terminado el desayuno pasaba al budoir, donde la camarera ya le tenía listo el baño de sales.

Vestida con un albornoz de satín hojeaba revistas de modas o veía la televisión hasta las doce y media, hora en que recibía la visita de Sigüenza, un anciano de barba patriarcal y finos modales que trataba de parecerse lo menos posible al estereotipo del psiquiatra dominador. La primera semana se limitó a conversar de trivialidades, procurando que Laura empezara a perderle el miedo. Pero ella no bajaba la guardia y solo respondía a sus preguntas con evasivas. A pesar de sus recelos, el tono paternal del psiquiatra la reconfortaba. No descubrió sus verdaderas intenciones hasta la tercera semana del tratamiento, cuando Sigüenza llegó con un bloque de plastilina y le pidió que jugara con él.

—¿Qué le recuerda esto?

—Mi niñez. En el kínder hacía figuras de plastilina.

—¿Qué tipo de figuras?

—Bolitas, cubos, muñecos.

—¿Está segura? ¿No recuerda algo más?

Ante la negativa de Laura, Sigüenza extrajo de su maletín un grueso expediente.

—Aquí tengo todo su historial clínico y escolar, y creo que he encontrado un dato muy importante: según su maestra de preprimaria, Daniela González, a los cinco años usted hacía verguitas de plastilina.

—No es cierto, jamás me gustaron.

—Es infantil negar las evidencias —sonrió Sigüenza—. Lo extraño es que unos meses después, usted dejó por la paz los falos y empezó a moldear otras figuras. ¿Recuerda si ese cambio se debió a algún incidente traumático de su infancia?

—Me niego a responder idioteces.

—Por favor, señorita Cifuentes, necesito su cooperación. Solo quiero saber una cosa: ¿su padre la dejaba tocarle el miembro?

—¿Pero eso qué importancia tiene?

—Muy grande —la aleccionó Sigüenza—. Para el sano desarrollo de la libido infantil una niña debe manipular con libertad el miembro paterno. Dígame: ¿su padre era un hombre pudibundo? ¿Tenía propensión a ocultar su desnudez?

—Por supuesto que no. Se paseaba en cueros por toda la casa.

—Pero cerraba la puerta del cuarto cuando hacía el amor con su madre.

—Nunca se ocultaron para nada. Hasta nos llamaban al cuarto para que los viéramos fornicar y nos sirviera de aprendizaje.

—¿Y a usted le molestaban esas exhibiciones? —Laura hizo un gesto de enojo y Sigüenza creyó haber puesto el dedo en la llaga—. ¿Sentía vergüenza al presenciar el acto sexual o deseaba ocupar el lugar de su madre?

—¡Basta ya! Los cretinos como usted no saben nada del alma humana.

—No se ponga así. Solo quiero ayudarle a vencer sus complejos.

—Ya entiendo. —Laura aplastó con rabia el bloque de plastilina—. Le encargaron enderezar a la oveja negra. Quieren que haga un acto de contrición y me retracte en público de mi negro pasado.

—Se equivoca. Solo queremos que haga una vida normal y pueda satisfacer sus instintos. —Sigüenza le acarició lascivamente una pierna—. Sería una pena que este cuerpecito no conociera la felicidad.

—Quítese, puerco. —Laura le arrojó a la cara el bloque de plastilina—. Yo no tengo complejos, tengo principios.

Lastimado de un ojo, el psiquiatra retrocedió hacia la puerta.

—Es una lástima: usted me obliga a endurecer el tratamiento.

Al día siguiente la negra cambió su delantal de camarera por el uniforme de celadora y en vez de los habituales manjares del desayuno, le sirvió algas hervidas con frijoles rancios. Trocado el gesto afable por el semblante adusto, Sigüenza mandó encadenarla a la cama y le asestó un maratón de videos pornográficos: tríos, cuartetos, felaciones, escenas lésbicas, zoofilia, sadomasoquismo. Ni con los ojos cerrados podía dejar de ver el trasiego incesante de órganos genitales, pues un microcircuito conectado a su sistema nervioso le transmitía las imágenes al cerebro. El hard core no había evolucionado mucho desde que su madre la obligaba a ver caricaturas porno en los programas de la barra infantil. El cuerpo humano tenía un número limitado de orificios y protuberancias y las formas de utilizarlos no podían variar demasiado. Sigüenza era muy ingenuo si esperaba doblegarla de esa manera: más bien estaba logrando fortalecer su repugnancia al sexo.

En ningún momento Laura sintió el menor asomo de excitación, pero la monotonía de los videos era una tortura difícil de soportar y temió ceder por cansancio a la presión del psiquiatra, que le susurraba al oído cada cinco minutos. «¿Ahora sí te estás calentando? ¿Ya te sientes húmeda? Tengo un dildo que te va a encantar». Contra el sexo mecánico, deshumanizado, bestial, no conocía mejor antídoto que el amor platónico, esa vieja y proscrita combustión del espíritu, nacida de un furtivo cruce de miradas, que bastaba para encender en el alma una hoguera perenne. El divino Petrarca y los trovadores renacentistas no exageraban: su propia experiencia le había enseñado que el amor sin contacto carnal era un estado de gracia, el único vislumbre de la gloria concedido a los pobres mortales. Lo sabía porque amaba en secreto a un compañero de escuela, casi tan tímido como ella, con quien apenas había cruzado palabra, por temor a sufrir una desilusión.

Se llamaba Francisco Lazcano y era estudiante de Letras Clásicas. Delgado, frágil, de cara infantil y mirada taciturna, como un retrato de James Dean pintado por el Greco, tenía un aire de aflicción permanente, de sufrimiento reconcentrado, que demandaba a gritos el auxilio de una amiga maternal. Lo había conocido una tarde lluviosa en el café de la facultad. Abstraído del mundo, la mano apoyada en la barbilla, el mechón de pelo castaño sobre la frente, leía un grueso volumen empastado en cuero, cuando de pronto alzó la cabeza y cruzaron una mirada cómplice, punzante, cargada de electricidad. Le bastó leer un momento en sus ojos para sentir que lo conocía de una vida anterior. Más tarde coincidieron en un curso de Estética de lo Obsceno y descubrió que además de ser atractivo, tenía una mente inquieta y un afilado sentido crítico.

Francisco no se parecía en nada a los estudiantes modelo que se pavoneaban por las aulas con el torso desnudo, en espera de que una maestra o un profesor invertido se los llevara al cuarto oscuro de la facultad. Él quería valer por su intelecto, y aprobaba todos los exámenes sin necesidad de hacer favores sexuales, conducta que lo había marginado de todas las palomillas. Laura hubiera querido conocerlo mejor y abrirle su corazón. Pero ¿quién le aseguraba que no era un don Juan embozado, como tantos sementales que se hacían los tímidos para desvirgar niñas inexpertas y obtener diez cupones en la libreta de racionamiento? Por temor a la desilusión se había resignado a seguirlo de lejos, a templar su alma en los rigores de un amor puramente contemplativo. El sacrificio no había sido inútil, pues ahora, cuando necesitaba todo su coraje para soportar la tortura de Sigüenza, antepuso el rostro del amado a la plétora de penes, culos y vaginas que infestaban su campo visual. Un pequeño esfuerzo de concentración bastó para borrar de sus ojos y de su mente el desfile de órganos sexuales. Al verla impasible y con el pulso sereno, el psiquiatra dedujo que algo le estaba saliendo mal.

—¡Basta ya! Con estas mojigatas de mierda no sirve de nada la sugestión —se volvió hacia la celadora—. Prepárela para un tratamiento hormonal.

Cuando la negra quiso inyectarla en el brazo, Laura opuso tal resistencia que fue preciso llamar a dos guardias de seguridad para someterla. Entre los dos la subieron con dificultad a una camilla con ruedas y la llevaron al salón de terapia intensiva, donde un joven enfermero con tapabocas le aplicó un sedante por vía intravenosa. A pesar de la inyección se mantuvo más de una hora despierta y lúcida, sostenida en pie por una fuerza interior que le impedía claudicar. «Ahora viene lo peor —pensó—, me darán yohimbina o alguna droga más potente para obligarme a coger como una vaca en celo». Cuando el médico la dejó sola vio una bandeja con instrumentos quirúrgicos a un lado de la cama. Estiró la mano izquierda hasta donde se lo permitía la correa que la sujetaba y logró asir con los dedos un bisturí: si el doctor Sigüenza pretendía excitarla por medios químicos se daría muerte como la casta Lucrecia. Su inmolación sería una victoria del amor puro sobre el hedonismo salvaje, un golpe demoledor para los verdugos del sentimiento, que habían convertido la tierra en un gigantesco burdel. Sí, necesitaba salvar su honor para renacer en el mundo de las ideas puras, donde los cuerpos eran apenas recuerdos evaporados. Allá se encontraría con Francisco, desprovistos ambos de su envoltura carnal, y escucharían juntos la música de las esferas, con la serena felicidad de los espíritus superiores que triunfan sobre la muerte.

Doblegada por el sedante, Laura aflojó el puño y dejó caer el bisturí debajo de la camilla. Permaneció anestesiada más de quince días, mientras los endocrinólogos más renombrados del país le suministraban drogas para estimular su apetito sexual. Sigüenza revisaba todos los días los informes clínicos y pronosticaba con aires de fanfarrón: «Pronto la veremos gatear pidiendo verga». El tratamiento embelleció más aún el floreciente cuerpo de Laura, que adquirió mayor elasticidad y turgencia. Los propios médicos la miraban con lujuria y Sigüenza tuvo que redoblar la vigilancia al pie de su cama, para que ninguno se atreviera a violarla mientras dormía. Las órdenes del presidente Molina eran muy claras: había que presentar la curación de Laura como un triunfo de la ciencia médica sobre la castidad reaccionaria. Si la obligaban a tener un orgasmo, la eficacia propagandística del tratamiento sería nula. Era indispensable mostrar a la virgen rebelde en perfecto estado de salud, disfrutando del sexo por voluntad propia. Aunque Sigüenza había hecho todo lo humanamente posible para predisponerla al placer, temía, sin embargo, que a la hora de enfrentarla con un hombre, sus resistencias morales prevalecieran sobre el deseo. Necesitaba estar seguro de que Laura no rechazaría al varón elegido para desflorarla. ¿Pero a quién escoger, si todos los hombres del mundo le daban asco? Se devanaba los sesos buscando la solución del problema cuando entró a su despacho el doctor en cibernética Luis Castanedo, a quien había encargado sondear el cerebro de Laura.

—Buenas noticias. El microcircuito registró los pensamientos de tu paciente en una cinta de plasma óptico y acabo de revelar la imagen —le entregó un sobre de papel manila que contenía la foto en alto contraste de un joven macilento y desgarbado, con la mitad del rostro sumergida en un libro.

—¿Quién es?

—El príncipe azul de la virgencita. Piensa en él a todas horas, incluso bajo los efectos de la anestesia.

Sigüenza silbó entre dientes. Tenía en las manos el triunfo más importante de su carrera, el áureo colofón de una vida consagrada a la ciencia. Se vio condecorado por el presidente Molina, la banda tricolor en el pecho, los testículos engalanados con un suspensorio de lentejuela, mientras su mujer, en observancia del protocolo, succionaba comedidamente los pezones de la primera dama. Señores y señores, queridos colegas, no tengo palabras para agradecer este altísimo honor…

Laura despertó por etapas de su largo sueño, como un ciego que se acostumbra a la luz después de una larga temporada en las tinieblas. Al descubrir que ya no tenía en el puño su salvoconducto a la gloria, dejó escapar un gemido de angustia. Sin el bisturí no podría eludir las temibles drogas de Sigüenza, ni la consiguiente deshonra pública. Alguien se había llevado también su camisón de paciente y estaba desnuda. El lugar donde se encontraba, un amplio recinto circular con paredes acojinadas, no parecía un cuarto de hospital sino una antesala del purgatorio. El mobiliario se reducía a una enorme cama de agua cubierta con una piel de leopardo. La piedra de los sacrificios, pensó con un escalofrío. Más que nunca ansiaba la muerte, pero en ese mullido calabozo ni siquiera podía estrellarse contra las paredes. Saltaba a la vista que Sigüenza había acondicionado la alcoba para una escena cachonda. Lo confirmó al levantar la cabeza y ver una cúpula de vidrio en lugar del techo: seguramente un equipo de especialistas la observaba desde ese abyecto mirador. Por dignidad cubrió su desnudez con la piel de leopardo. Entonces una llamarada bajó de su pecho a su vientre, como si hubiera ingerido una cápsula de cianuro. ¿Acaso la piel de leopardo era una manta eléctrica? No, el incendio brotaba de su propia carne, como si tuviera en las venas un reguero de pólvora. Agua, por favor, necesitaba zambullirse en agua helada, morder un carámbano, lo que fuera con tal de apagar ese hervor. El hormigueo era tan atroz que a pesar de su natural decoro cayó sobre la cama de agua y se retorció como iguana en comal caliente.

—Ya es hora, háganlo pasar —se oyó desde lo alto la voz de Sigüenza, que observaba la escena tras la cúpula de vidrio, en compañía de fotógrafos, reporteros y funcionarios de Estado.

En representación del presidente Molina engalanaba la ceremonia el general Ignacio Requena, ministro de la Defensa, a quien Sigüenza había cedido la butaca de honor. Por una puerta corrediza accionada a control remoto, entró al salón un joven desnudo que se tapaba el sexo con un libro abierto. A juzgar por los moretones de la cara y los brazos, había opuesto una feroz resistencia. Laura reconoció con un sobresalto a Francisco Lazcano.

—Aquí tienes lo que deseabas, hijita. —Sigüenza le anunció por el micrófono—. Abrázalo, tonta, no le niegues tus besos al hombre que amas.

—Me trajeron a la fuerza —se apresuró a informarle Francisco—. Dicen que tú piensas mucho en mí.

—Silencio, idiota —lo regañó Sigüenza—. Más tarde podrás platicar a tus anchas. ¿No ves que la señorita se está muriendo de ganas?

En efecto, Laura temblaba de ansiedad y mordía la piel de leopardo con el rostro desencajado. Húmeda como un pantano, a duras penas podía contener sus ganas de saltar sobre Francisco. No acertaba a comprender cómo pudo haberle profesado un amor tan puro, cuando ahora le parecía evidente que siempre quiso devorarlo. ¿Era el amor platónico una falsificación del deseo, un «subterfugio neurótico para postergar el coito, causante de graves trastornos físicos y mentales», como dictaminaba la Enciclopedia Oficial de Ciencias y Humanidades? ¿No existía pues la genuina comunión de las almas, exenta de cualquier apetito carnal? Sin duda estaba bajo los efectos de la yombina, por eso flaqueaban sus convicciones. Para evitar una vergonzosa claudicación tenía que armarse de coraje, como María Egipciaca en el desierto de Palestina. Largo de aquí, Asmodeo; atrás, Príncipe de las Tinieblas. El amor verdadero existía, no podía ser una quimera, o mejor dicho existía precisamente por ser la más bella, la más adorable de las quimeras.

Afirmada en esa creencia, logró aplacar un momento sus ardores. Pero entonces vio erguirse el miembro de Francisco, enorme para un joven de apariencia tan poco viril, y ante ese prodigio arquitectónico su voluntad volvió a desmayar. Oh, delicia suprema, tener adentro ese mástil, navegar con velas desplegadas en los mares de una turbulenta pasión. Iba a tocarlo con la punta de los dedos cuando Francisco dio un paso atrás, y juntando el pulgar con el meñique, le hizo la señal convenida por los miembros del Frente Espiritualista para reconocerse en casos de apuro. Laura no pertenecía a la organización, pero simpatizaba con su causa y conocía el lenguaje manual de los frentistas, inspirado en los códigos de las viejas logias masónicas. Avergonzada de su flaqueza, retrocedió de un salto al otro extremo del cuarto. Arrodillado, Francisco se golpeó el pene con el lomo del libro, hasta que la terca erección empezó a ceder.

—Pendejo, maricón, voy a ordenar que te capen —estalló Sigüenza—. ¡Llévense a los dos y pónganles cepos!

Odiaba quedar en ridículo delante de sus superiores y se apresuró a inventar excusas en un tono didáctico:

—Todavía me falta trabajar con la libido de los muchachos, pero el éxito de la terapia está asegurado, solo necesito un poco de tiempo.

Su explicación dejó insatisfecho al temible general Requena, que se había excitado al observar la escena y tenía empañados los anteojos.

—Comprendo sus dificultades, Sigüenza, pero el presidente quiere resultados.

—Los tendrá, le juro que los tendrá —prometió.

—Más le vale, doctor —amenazó Requena—. Los noticieros de televisión ya dan por hecha la curación de la enferma —y se despidió con una mueca de escepticismo.

Obligado a un ejercicio de autocrítica, Sigüenza redefinió su estrategia con la mente fría: le había administrado demasiadas drogas a Laura y una sobredosis podía ser fatal. Que Francisco hubiese resultado un fanático espiritualista complicaba las cosas. ¿Pero acaso la ternura no era un afrodisiaco tan eficaz como la yombina? Los cursis de la prehistoria pasaban con facilidad de los suspiros a los jadeos: solo necesitaban una coartada sentimental para obedecer al instinto. Emplear el romanticismo con fines terapéuticos era una grave desviación ideológica, tipificada como delito de conciencia en el Código de Honor Médico. Por menos que eso, la policía secreta había desaparecido a muchos psiquiatras de ideas avanzadas. Sigüenza no tenía vocación de mártir: en público se adhería al dogma oficial sobre la inmaculada animalidad del coito, pero la experiencia le había enseñado que en toda cópula voluntaria siempre había un ingrediente afectivo. Era imposible erradicarlo por decreto, como quería el gobierno, y un terapeuta audaz podía servirse del sentimiento para estimular la libido.

En vez de forzar el encuentro sexual de los tórtolos, decidió crearles un ambiente propicio a las expansiones del corazón y dejar que la naturaleza hiciera el resto. Gracias a su cercanía con el presidente Molina, obtuvo un permiso para trabajar a puerta cerrada y se sacudió la molesta vigilancia del general Requena. Mandó poner una falsa chimenea para volver más acogedora la alcoba redonda, perfumó el ambiente con varas de incienso, cambió la piel de leopardo por un edredón azul cielo y la luz blanca por una iluminación tenue. Como refuerzo auditivo, grabó una larga pista musical con piezas de Tchaikovsky, Ravel, Donnie Osmond y Andrea Boccelli.

—Ahora sí, vuelvan a traer a la parejita —ordenó a los guardias—. Si no se derriten con esto, los mando fundir con soplete.

Pasado el efecto de la droga, Laura tenía el ánimo sereno, pero no quiso exponerse a ver a Francisco desnudo y entró al cuarto con los ojos cerrados. A pesar de haber vencido a la tentación, temía que el muchacho se hubiera forjado una idea equivocada de ella. «Creerá que soy una puta —pensó— y quizá no le falte razón». Francisco tampoco se atrevía a mirarla. Perturbado por el olor de Laura, provocativo como el de todos los cuerpos vírgenes, tenía que hacer prodigios mentales para evitar una nueva erección. Permanecieron callados más de tres horas, sin atreverse a despegar los ojos. Laura se sentía sucia, culpable, indigna, y el prolongado silencio le descompuso los nervios. A pesar de sus esfuerzos por sufrir en silencio, Francisco la escuchó sollozar.

—No, llores, por favor —le dijo—. Una rebelde como tú no debe quebrarse.

—¿Rebelde yo? —gimoteó Laura—. Pero si hace rato estuve a punto de violarte.

—Olvida eso. Con tu ejemplo has dado un gran impulso a la causa.

—¿Qué ejemplo? A mí nadie me conoce.

—Te equivocas. Allá afuera tienes miles de seguidores, que solo esperan una palabra tuya para tomar las calles.

Confundida, Laura pidió explicaciones, y Francisco la puso al tanto de lo ocurrido a partir de su arresto. Como Laura no era vanidosa ni tenía ambiciones políticas, su repentina fama le causó más estupor que alegría. No estaba preparada para ser una dirigente política y sintió que le caía encima una responsabilidad muy gravosa. Pero al mismo tiempo la colmó de orgullo haber conquistado la admiración de Francisco. El amor limpio y puro que había creído matar con su espurio deseo, renació con la fuerza de un huracán.

—Somos compañeros en la facultad, ¿sabes? Pero tú eres tan distraído que nunca te enteraste de mi existencia.

—Te equivocas. Me he fijado mucho en ti, porque eres muy bonita —el piropo aceleró el ritmo cardiaco de Laura—, pero creía que eras una niña frívola, de esas que te empiezan a bajar la bragueta apenas les haces conversación.

—Yo, en cambio, me di cuenta enseguida de que no eras como los otros.

—¿Cómo lo supiste?

—Porque el alma se te salía por los ojos. Los atletas sexuales enfrascados en la carrera de orgasmos ya no tienen brillo en la mirada. El placer los ha vaciado por dentro.

—¿Sabes una cosa? —Francisco exhaló un hondo suspiro—. Quisiera abrir los ojos.

—¿No tienes miedo?

—Ya no. Tú me has quitado el temor. Somos camaradas y debemos unir nuestras fuerzas para vencer a la tentación.

Desde una cabina de audio provista de tornamesas y monitores, Sigüenza se entusiasmó con el rumbo que tomaba la charla y para estimular la sensiblería de Francisco pidió al técnico de sonido un bolero de la Rondalla Tamaulipeca: «Novia mía, novia mía, cascabel de plata y oro, tienes que ser mi mujer…». Laura fue la primera en abrir los ojos, y al descubrir que el set pornográfico se había convertido en una acogedora alcoba nupcial, comprendió de inmediato la nueva estrategia de su terapeuta.

—Ten cuidado —previno a Francisco—. Parece que el doctor Sigüenza nos quiere ablandar.

Pero Francisco ni siquiera reparaba en la escenografía, encandilado por los ojos límpidos y serenos de Laura, que irradiaban una luz de aurora boreal. Todo se oscurecía a su alrededor, incluso el propio cuerpo de Laura, difuminado por el resplandor de esos soles negros. Francisco se puso de pie y con pasos de sonámbulo caminó hacia Laura, que experimentaba la misma atracción magnética, acompañada por una anestesia de los sentidos. «Ahora comienzan los besitos y luego el faje», pensó Sigüenza, frotándose las manos en su puesto de vigilancia. Pero Francisco tenía el miembro flácido y no dio señales de turbación al sentarse al lado de Laura.

—Perdóname mi ceguera —le dijo tomándola de la mano—. Creí que era imposible encontrar a alguien como tú.

Disipados todos sus miedos, Laura le contó cómo había seguido sus pasos por la Facultad de Letras, sin atreverse jamás a romper el hielo. Francisco también le abrió su corazón: él no había podido conservarse virgen, porque a veces su cuerpo lo traicionaba. Pero no obstante haber tenido aventuras con amantes desechables, aspiraba a un amor más elevado, inmune a las mudanzas del tiempo. Aborrecía el sexo como deporte, la narcisista competencia de proezas amatorias en que sus hermanos mayores lo habían querido involucrar desde los primeros años de la adolescencia. Por su rechazo al sexo envilecido se había convertido en un bicho raro, y ahora vivía en el cuarto de la azotea, donde al menos no tenía que presenciar las cotidianas orgías familiares, donde tomaban parte hasta sus abuelos. Leía catorce horas diarias para evadirse de la realidad y conocer a fondo las épocas donde el amor era algo más que una necesidad fisiológica. Oh, cielos, cuánto le hubiese gustado ser un trovador medieval, guardarle fidelidad por años y décadas a una mujer a la que solo amara con el pensamiento. Había llegado a creer que esa forma de amor era una ruina arqueológica, un sentimiento extinguido junto con la antigua civilización. Pero ahora, contemplándola, comprendía que la victoria del espíritu sobre la carne era posible en todo tiempo y lugar.

—¿Sabes que te miro desnuda y tu cuerpo me deja totalmente frío?

—Gracias —se sonrojó Laura—. Nunca me habían dicho cosas tan tiernas.

Pasadas las declaraciones de amor, bajaron la voz para hablar de la angustiosa pesadilla que les había tocado compartir. Laura refirió a Francisco su frustrado plan de cortarse las venas.

—Me falló la primera vez pero voy a volver a intentarlo. ¿Por qué no hacemos un pacto suicida?

—Mientras haya esperanza, el suicidio es una cobardía.

—¿Y tú crees que tengo esperanza? —Laura chasqueó la lengua—. Si vuelven a darme yombina vamos a terminar revoleándonos en la cama y antes que eso prefiero la muerte.

—No desfallezcas. —Francisco le apretó la mano—. El sol empieza a despuntar cuando más oscura es la noche.

La conversación se prolongó hasta altas horas de la madrugada, sin la menor sombra de un roce corporal. Hablaron de libros, de política y de religión, descubrieron que tenían el mismo color favorito (amarillo), y el mismo día de la suerte (jueves), imaginaron una civilización erigida sobre nuevas bases, donde el cuerpo sería un servidor y no un tirano de la mente, y hasta se confiaron lo que habían sentido uno por el otro cuando estuvieron a punto de sucumbir al deseo. Sigüenza cayó vencido por el sueño y dejó encendido el circuito cerrado de televisión, para revisar al día siguiente el video de la charla. Poco después Laura cerró los ojos y Francisco la arropó con el edredón azul. Hubiera querido introducirse en sus sueños, componer un himno siguiendo el ritmo de su pausada respiración. Si despierta Laura tenía un halo de candor, dormida era la pureza personificada, una criatura sublime que le inspiraba un respeto casi religioso. Y esa niña angelical, bajada del cielo con una misión redentora, estaba en las garras de un protervo psiquiatra que tarde o temprano acabaría por tronchar su inocencia. «El Frente Espiritualista sufriría un duro revés al perder a su máxima líder moral. Y lo peor es que yo mismo voy a cometer el atentado sacrílego —pensó—, yo que la venero como una diosa».

Interrumpió sus sombrías reflexiones la llegada del celador que traía la bandeja con el desayuno. Al oír el ruido de la puerta electrónica, Francisco se recostó en la cama y cerró los ojos. El corpulento negro dejó la charola sobre el buró, bostezó con los brazos extendidos y se apartó de la cama para regar los jarrones de crisantemos. En ese momento Francisco le saltó encima. A pesar de su aparatosa caída, el guardia se recuperó pronto y echó mano a su pistola de rayos láser, pero Francisco logró soltársela de un puntapié. Rodaron abrazados por la alfombra de peluche, entre pujidos y maldiciones. Superior en peso y musculatura, el negro se montó a horcajadas sobre el vientre de Francisco. Alargando el brazo logró asir la pistola de rayos láser y la colocó en la sien del muchacho: «Te vas a morir, hijueputa». Pero Laura se había despertado con el ruido de la pelea, y cuando el celador se disponía a jalar del gatillo le estrelló un jarrón en la cabeza. La puerta electrónica de la sala se había quedado abierta. Tomados de la mano, Laura y Francisco salieron a un pasillo iluminado con foquillos verdes y subieron por una escalera eléctrica hasta la cabina de video donde Sigüenza dormitaba en un sofá reclinable. Francisco lo despertó de un empellón y le atenazó el cuello con el antebrazo, apuntándole al pecho con la pistola de rayos láser.

—Arriba, viejo. Vas a ser nuestro rehén.

Guiados por Sigüenza, recorrieron un dédalo de corredores, rampas y patios amurallados hasta llegar a la puerta principal del sanatorio, donde se había formado una valla de tiradores para cerrarles el paso. Francisco abrazó a Laura y puso a Sigüenza como escudo contra los disparos. Al ver que los policías no se atrevían a hacer fuego, les ordenó con la voz jadeante:

—¡Apártense, perros! Quiero un coche eléctrico a la puerta, con la batería cargada hasta el tope. ¡Al menor movimiento en falso, el doctorcito se muere!

La fuga de Laura y Francisco puso en evidencia las grietas del Sistema de Seguridad Nacional y llenó de cólera al presidente Molina, que hubiera preferido sacrificar al doctor Sigüenza con tal de detener a los prófugos. Perdido el respeto a las fuerzas del orden, el Frente Espiritualista había salido de sus catacumbas y ahora organizaba mítines relámpago en las estaciones del Metro y en las aulas universitarias, invitando a la población a una huelga general de orgasmos. Por supuesto, los noticieros televisivos no habían dicho una palabra sobre la fuga: la polémica de moda era discutir qué futbolista tenía el pene más largo y cada noche una famosa actriz o un modisto gay daban su opinión sobre el tema. El cerco desinformativo funcionaba a la perfección, pero Molina temía que la inquietud creciera hasta volverse incontrolable y respondió a la ola de agitación con una escalada represiva: envió granaderos a las universidades, mandó hacer redadas en las librerías de viejo donde los estudiantes compraban literatura subversiva, y ordenó detener a todo sospechoso que circulara por la calle sin su orgasmógrafo, así se tratara de ancianos o minusválidos. Como medida complementaria, encargó al Ministerio de Propaganda una tupida campaña de prensa, radio y televisión para prevenir a la niñez contra el flagelo de la castidad. Pero su mayor preocupación era Laura Cifuentes. Mientras ella estuviera suelta no podría gobernar tranquilo. Aunque el tesoro público estaba en bancarrota, ofreció a los cuerpos policiacos una recompensa de 30 mil cupones de racionamiento por su captura. La quería viva, para darse el gusto de perforarle el himen con un plátano macho.

Entretanto, Laura hacía un difícil noviciado como luchadora social. Acogida como una santona por la dirigencia del Frente Espiritualista, vivía a salto de mata en distintos domicilios, bajo agobiantes medidas de seguridad. La actitud reverencial de sus camaradas, que escuchaban sus palabras como un oráculo, la colocó en un grave predicamento, pues no tenía don de mando ni capacidad organizativa. Gracias a los consejos de Francisco logró trazar los nuevos lineamientos de resistencia civil y extender los tentáculos de la organización a las regiones más apartadas del país. Pero de noche, a solas con su conciencia, se preguntaba si no estaría cometiendo un colosal disparate. Le preocupaba el fanatismo de algunos grupos radicales, como la Unión de Castrados, partidarios de un mundo sin órganos sexuales, donde el género humano se reproduciría por clonación, y el Comando Jesuita de Acción Civil, cuyos militantes secuestraban a libertinos famosos y ponían bombas en las academias de sexo oral. Tampoco simpatizaba con los neopuritanos, que cosían la vagina a sus hijas recién nacidas para preservarlas del hedonismo corruptor y se flagelaban hasta sangrar cuando tenían poluciones nocturnas. Por suerte había también corrientes moderadas, las de menor peso político, que no intentaban aniquilar la sensualidad del cuerpo humano, sino restablecer el carácter sagrado del amor carnal. Los ideólogos más liberales de la organización incluso toleraban las muestras de ternura, siempre y cuando no degeneraran en lascivia. Su actitud permisiva enfurecía a los duros del Frente, que los consideraban traidores y en cada asamblea general pedían su expulsión.

No era fácil conciliar a militantes de tendencias tan divergentes y convencerlos de unirse para luchar por un objetivo común. Solo Laura había logrado ese milagro gracias a su aureola de mártir, que tenía la fuerza aglutinadora de las antiguas imágenes religiosas. Para explotar ese don, Francisco le ayudaba a redactar comunicados semanales, escritos «desde algún lugar de la corrupta Babilonia», donde convocaba al pueblo a recuperar la soberanía corporal y repudiaba la dictadura sanguinaria del depravado Irving Molina. Impresos en rotativas clandestinas, los comunicados infundieron esperanza a millones de oprimidos y provocaron un endurecimiento del régimen. La feroz persecución policiaca obligó a los disidentes a reforzar el cordón de seguridad en torno a Laura. Sus apariciones públicas no podían ser anunciadas, ni siquiera en la red de comunicación clandestina del Frente, y requerían una cuidadosa planeación a cargo de un equipo de expertos en logística. Se presentaba en los lugares más insólitos, donde ningún esbirro del gobierno hubiera pensado encontrarla. Escoltada por cuatro agentes de seguridad, entraba de pronto a un bar sadomasoquista disfrazada de mesera, con falda y chaleco de cuero. A una seña de los escoltas, un hombre con agujas en los pezones que gemía de dolor y placer bajo los tacones puntiagudos de una maitresse, se levantaba del suelo y le hacía una caravana: «Sígame, por favor». Guiada por el falso masoquista, recorría una maraña de pasadizos y túneles húmedos, apestosos a meados de rata, que desembocaba en un pequeño auditorio forrado con paredes de corcho, donde un centenar de personas esperaba con avidez el bálsamo de sus palabras. Otras veces, las juntas tenían lugar en un salón tailandés de masajes, o en la residencia de una famosa actriz pomo, recién convertida al espiritualismo, que cedía el traspatio de su casa para las reuniones del frente, mientras atendía en la cama a políticos y banqueros.

Maravillado por la formidable respuesta popular a los comunicados de Laura, Francisco deseaba aprovechar la favorable coyuntura para emprender una lucha frontal contra el régimen.

—Tu correo electrónico está saturado de correspondencia y nuestro portal de internet es el más consultado del país —gritaba eufórico—. Hasta en los círculos cercanos al poder tienes partidarios. Es el momento de sorprender al gobierno con una gran demostración de fuerza, para que los aún indecisos se unan a nuestra causa.

Laura aceptó encabezar la concentración de masas, siempre y cuando se garantizara la seguridad de los asistentes.

—Por eso no te preocupes, mi amor —la tranquilizó Francisco—, solo necesitamos distraer al enemigo un par de horas.

Su plan era colocar artefactos explosivos en distintos puntos de la capital, programados para estallar a la hora del mitin. Prevenida por una voz anónima, la policía tendría que enviar expertos a desactivar las bombas y acordonar las zonas en peligro. Ocupados en esa faena, los granaderos no podrían acudir a disolver el mitin, que tendría lugar a las cinco de la tarde en la explanada del Parque Sodoma. Y por si acaso no funcionara el garlito de las bombas, los propagandistas del frente repartirían volantes con información falsa, para hacerle creer a la autoridad que la manifestación se efectuaría en la Plaza Mónica Lewinsky, al otro extremo de la ciudad.

—Cuando los granaderos se den cuenta del engaño, nuestro mitin ya habrá terminado.

Era un plan complicado y lleno de riesgos, pero Laura se había comprometido a ofrendar la vida por la causa y no pudo negarse a participar. La víspera del mitin pidió a una peinadora que le hiciera un chongo idéntico al de Evita Perón en su última presentación pública. Esta vez no leería un discurso escrito por Francisco: quería decir con sus propias palabras lo que le saliera de las entrañas. Con un vestido blanco de moaré, una sencilla diadema, y el rostro limpio de maquillaje, subió al templete del Parque Sodoma entre las ovaciones de la multitud. Según los hiperbólicos cronistas del acto, «rivalizaba en hermosura con las vírgenes vestales de la antigua Grecia». La marea humana se había desparramado por las calles aledañas al parque y entonaba cánticos religiosos. Contagiada por su entusiasmo, Laura empuñó con firmeza el micrófono inalámbrico y exclamó con su dulce pero enérgica voz:

—¡Compañeros! Después de una larga y penosa resistencia civil, después de soportar infinitas humillaciones, después de muchos años a la sombra, todos los que luchamos por defender la dignidad del hombre y de la mujer hemos salido a la calle para decir: ¡Ya basta! El ser humano no es una bestia lujuriosa, es una criatura hecha a imagen y semejanza de Dios, con una elevada misión espiritual. Los idólatras del placer, los hedonistas envilecidos que nos dictan leyes y estilos de vida celebran con cinismo la muerte del alma. Se equivocan, señores: ¡aquí hay un millón de almas que aspiran a la felicidad y quieren librarse de sus cadenas!

Un aplauso atronador la obligó a interrumpirse. Los fotógrafos encaramados en las copas de los árboles la cegaron con sus flashazos. Hubo porras acompañadas de ruidosas matracas y salieron a relucir pancartas con leyendas que la ensalzaban como virgen y mártir. A unos pasos del templete, el contingente de la Unión de Castrados lanzaba su grito de guerra: «Duro, duro, duro». Laura levantó los brazos pidiendo silencio y la masa enmudeció al instante.

—La vida tiene muchos encantos aparte del sexo. Quienes practicamos la abstinencia por convicción, sabemos que el trabajo, la caridad, el estudio, la sana alegría, proporcionan satisfacciones muy superiores al miserable deleite carnal. No es verdad que el sistema totalitario busque nuestra felicidad: lo que desea y ha logrado por muchos años es tenernos embrutecidos, sumisos, dóciles, para seguir saqueando impunemente la riqueza de la nación. Obligar a las parejas a cubrir una cuota de orgasmos es una flagrante violación a los derechos humanos. No debemos tolerar que el Estado regule la actividad sexual de la población por medio de un infamante aparato adherido a nuestra piel. Erradiquemos para siempre este símbolo de opresión. —Laura sacó un orgasmógrafo de su escote, y empezó a despedazarlo con un martillo ——, ¡destruyamos todo lo que nos ata con el pasado, para erigir en su lugar una sociedad libre, justa, civilizada, donde el verdadero amor pueda renacer!

Enardecidos hasta la demencia, los manifestantes imitaron a Laura y pisotearon sus orgasmógrafos en una histérica danza de saltimbanquis. Los líderes del Frente Espiritualista que la acompañaban en el templete quemaron carteles con la efigie de Irving Molina, y el líder de la Unión de Castrados mostró orgullosamente a la multitud su sexo mutilado. Pasada la euforia, Laura quiso reanudar el discurso, pero acalló sus palabras el ruido de un helicóptero que sobrevolaba el parque. No supo de dónde vinieron los primeros disparos, solo tuvo tiempo de echarse al suelo para esquivar las ráfagas de metralla que barrieron con la directiva del frente. Por el rabillo del ojo vio los tanques dispersando a la multitud, y el cadáver de una mujer sobre un charco de sangre. Era lógico, el canalla de Molina no podía permitir que la insurrección popular siguiera creciendo. Francisco le arrojó su gabán a la cabeza para que los tiradores no pudieran identificarla con facilidad. Se arrastraron como gusanos bajo la armazón del templete, y al salir a la superficie corrieron hacia la orilla del parque. Los disparos de mortero, las granadas expansivas, los fogonazos que dejaban una raya negra en el césped les pasaban zumbando a unos centímetros de la piel. Protegidos por una cortina de matorrales lograron deslizarse hasta una de las calles aledañas al parque, el bulevar Mesalina, que estaba bloqueado por un camión del ejército. La súbita aparición de una patrulla militar los obligó a esconderse en un enorme contenedor de basura donde permanecieron más de seis horas. No se atrevieron a sacar la cabeza hasta que la matanza terminó y la Cruz Roja recogió a los heridos. Ya era de madrugada cuando llegaron a dormir a un local clandestino del Frente, en la azotea de una clínica para el agrandamiento del pene. Rozado por una bala, Francisco sangraba del brazo y Laura le cubrió la hemorragia con paños húmedos.

—Yo tuve la culpa —se lamentó Francisco—, debí prever que no sería tan fácil despistar a esos hijos de puta.

Ambos apestaban a basura y no podían bañarse porque el local no tenía ducha. El olor a verdura podrida obró sin embargo un efecto relajante sobre sus nervios, como si hubieran aspirado humo de hachís. Se acostaron en un tapete raído y Laura reclinó la cabeza en el hombro de Francisco. Todo había terminado, el frente nunca podría levantar cabeza después de ese artero golpe. Nadie vendría a consolarlos de la derrota, nadie iba a reponer sus reservas de coraje si ellos no las encontraban en sí mismos. En medio de las tetillas, Francisco tenía una hilera de vellos crespos que le bajaba por el abdomen y se internaba en las honduras de su pantalón. Por capricho infantil, Laura se puso a jugar con ellos, a rizarlos con los dedos, a dejar correr la mano más allá del ombligo. Era un juego exento de malicia, pero el cuerpo de Francisco lo entendió de otro modo y una tienda de campaña se irguió en su bragueta. Laura quiso retirar la mano, asustada por lo que había provocado, pero Francisco la atrajo a su cuerpo y le dio un beso en la boca, un beso largo, mordiente, goloso, que le produjo un eclipse total de conciencia.

Junto con el pudor perdió la memoria, como si hubiera vuelto a nacer con la mente en blanco. Francisco la desnudaba con urgencia, aventuraba los dedos por rincones inexplorados de su cuerpo, abolía el pasado en cada caricia. Era un tigre de Bengala y ella el aro de fuego suspendido en el aire, ansioso por ser traspasado. Su deseo no se parecía en nada al mórbido apetito sexual inducido por la yombina; esto era mil veces más delicado, un aleteo de mariposas en el vientre, un árbol con miles de pájaros naciendo bajo su piel. Al ser penetrada gritaron junto con ella todas las gargantas del mitin, arriba Laura Cifuentes, duro, duro, duro. El helicóptero ahora volaba en medio de sus piernas, como un abejorro juguetón y perverso, mientras un francotirador apostado en sus muslos le disparaba ráfagas de metralla. En el clímax del placer sintió que sus padres la observaban desde el cielo con una sonrisa maligna. Cobardes, no me asesinen, detengan esta masacre en nombre de los Derechos Humanos.

Pese a la matanza del Parque Sodoma, el Frente Espiritualista no desapareció, si bien tuvo que recomponer sus cuadros dirigentes para suplir a los luchadores caídos. Laura quería renunciar a la presidencia del Comité Ejecutivo, pero sus compañeros no se lo permitieron. Pensaban que mientras ella infundiera aliento al pueblo, se podía recuperar el terreno perdido y atenuar los efectos intimidatorios de la masacre. Solo adoptaron la precaución de someterla a una cirugía facial para despistar a la policía. Como parte de una campaña desinformativa, el gobierno había hecho circular la especie de que Laura había muerto en la balacera. Por disciplina, ella accedió a desmentir el rumor en un manifiesto donde convocó a la sociedad civil a reorganizarse para emprender «la batalla final». Pero ya no era la líder enjundiosa y volcánica de antes. Ahora trabajaba sin pasión, desganada, ausente, y aunque los miembros del comité trataban de levantarle la moral mostrándole los recortes de la prensa extranjera donde se acusaba a Molina de genocida, ninguna novedad esperanzadora podía reanimarla. Quienes la rodeaban atribuían su decaimiento a una crisis nerviosa provocada por la matanza. La verdad era que sentía asco de sí misma, pero le daba vergüenza reconocerlo.

Incapaz de refrenar su sensualidad, fornicaba con Francisco de día y de noche, siempre a escondidas, en flagrante contradicción con sus convicciones políticas. Cuando no profanaban los locales del frente iban a hoteluchos de paso, o se acomodaban en alguno de los fósiles automotrices que atestaban las calles desde la gran crisis de hidrocarburos del año 2036. Su doble vida la estaba llevando al borde de la locura. Era hipócrita y deshonesto preparar una huelga general de orgasmos cuando ella disfrutaba veinte por semana. No solo defraudaba a sus compañeros vivos; también a los mártires del Parque Sodoma, que ahora la perseguían en sueños, como una jauría de canes rabiosos. A veces, después de la cópula, invadida el alma por una sensación de bienestar, pensaba que no se había traicionado del todo. Ella estaba en contra del sexo deshumanizado, no del amor placentero, y el hecho de acostarse con Francisco, a quien amaba por sus prendas espirituales, no la descalificaba moralmente para combatir al régimen. ¿Pero cómo explicarle esa sutil diferencia a los fanáticos sexófobos que entendían la política en términos de blanco o negro? A la menor vacilación ideológica, sus partidarios sospecharían que se había dejado corromper por el enemigo, y por nada del mundo deseaba caer en manos de la Comisión de Honor y Justicia, una especie de Santo Oficio que se encargaba de ajusticiar a los militantes de conducta réproba, estuvieran o no coludidos con el gobierno.

Ante su conciencia, Laura se justificaba con el argumento de que había llegado al sexo desenfrenado por el camino de la afinidad espiritual. Sin embargo, se daba cuenta de que su coartada moral tenía un punto flaco, pues el vínculo afectivo con Francisco se iba debilitando por la creciente desinhibición de ambos. Cada vez se acoplaban mejor en la cama. Habían pasado de la amistad platónica a la lujuria culposa, del ascetismo a la orgía perpetua. Les repugnaba ser tan calientes, pero la tentación de transgredir su código de pureza, demasiado estricto para dos temperamentos sanguíneos, los precipitaba día con día en mayores abismos de suciedad. Lo que había entre los dos ya no podía llamarse amor: más bien era un sórdido enculamiento. A veces Laura trataba de atemperar el fuego de la pasión para no empañar demasiado el componente espiritual del amor, pero al sentir en el clítoris la áspera lengua de Francisco olvidaba por completo el decoro y gruñía de placer con el mismo impudor de su detestada hermana Fabiola.

Convertido en un padrotillo nihilista, Francisco le empezaba a perder el respeto. Llegaba de noche al departamento alquilado ex profeso para sus citas clandestinas, destapaba una cerveza y se apoltronaba en el sofá para ver los grotescos programas de concurso que antes aborrecía, donde las amas de casa embrutecidas por la propaganda oficial realizaban actos lésbicos o se metían botellas de Coca-Cola por la vagina a cambio de una estufa o un desayunador. Perpleja y dolida, Laura no acertaba a explicarse la transformación de Francisco. ¿Cómo podía reírse con el espectáculo de la degradación humana si toda la vida había luchado contra ella? ¿Dónde habían quedado sus sueños de construir un futuro mejor? «Está desesperado —suponía—, le avergüenza tanto haber caído en el lodo que se ha impuesto la penitencia de ver la tele para purgar sus culpas. Debe sentirse tan bajo y envilecido como esas amas de casa». De pronto Francisco soltaba un eructo que interrumpía sus meditaciones:

—Quítame las botas —ordenaba.

No eran maneras de pedir las cosas. Pero Laura aceptaba ese trato humillante porque sabía que al agacharse a sacarle las botas, Francisco le daría un pellizco en las nalgas, luego se metería a curiosear por su entrepierna y terminarían revolcándose en el tapete, donde ella tomaría las riendas del placer como una intrépida amazona. Conservaba, sin embargo, pequeños restos de dignidad, y una noche se molestó cuando Francisco, bebido, la llamó al sofá tronándole los dedos.

—Óyeme, idiota, más respeto, que no soy tu esclava.

Francisco sonrió con malicia.

—Pensé que te encantaba ese papel.

—Siempre y cuando sea un juego.

—Ah, vaya, ahora resulta que estamos jugando. ¿Y qué tal si un día de estos me canso de jugar contigo? ¿Saldrías a buscar otro amante mejor que yo?

—Te estás volviendo un cretino.

—Y tú una hipócrita. —Francisco se puso de pie con gesto amenazador y tomó a Laura de la barbilla—. No quieras darte baños de pureza conmigo, Laura. Podrás engañar a los borregos que te ponen veladoras, pero yo sé muy bien de qué pie cojeas.

—Me das lástima. —Laura le retiró la mano—. ¿No te da vergüenza caer tan bajo?

—Fuiste tú quien me hizo caer —sollozó Francisco—. ¿O has olvidado ya quién empezó con esto? Yo te veía como una virgen inmaculada, pero reaccioné como un hombre cuando me provocaste.

—Solo eso me faltaba, tener que oír tus recriminaciones.

—Pues sí, te recrimino y te aborrezco, maldita ramera. Por tu culpa ya no puedo ver de frente a mis camaradas. ¡Soy una basura, el gusano más despreciable del mundo!

Francisco golpeó con el puño cerrado la pantalla del televisor hasta hacerla saltar en pedazos. Al ver chorrear su propia sangre perdió el conocimiento y se desplomó sobre los restos del cinescopio. Aunque las injurias de Francisco le habían calado muy hondo, Laura no tuvo corazón para dejarlo desangrarse en el suelo. Mientras él balbuceaba incoherencias, limpió sus heridas con agua oxigenada, le vendó la mano y lo dejó dormir la mona, pues quería esperar que volviera en sí para cobrarse el agravio. Francisco despertó como a las tres de la madrugada. Cuando apenas empezaba a enfocar las imágenes, Laura le soltó una andanada de insultos:

—¡Cobarde, baboso, hijo de puta! La peor estupidez de mi vida fue enamorarme de un maricón como tú. Ya estás grandecito para hacerte responsable de tus actos. ¿O qué?, ¿no tienes valor para enfrentarte a la vida? Yo no soy una violadora, pendejo. Lo que hicimos lo hicimos juntos. Pero ya puedes estar tranquilo; no volveré a tocarte ni con el pétalo de una rosa.

Laura giró sobre sus tacones y tomó su bolsa para salir, pero Francisco la sujetó del codo.

—¡Suéltame! —gritó ella, y al forcejear le dio un codazo en la mano herida.

Francisco se mordió los labios para reprimir su dolor. En vez de soltar un aullido la miró con una cólera teñida de lujuria. Sin necesidad de palabras ella adivinó sus deseos. Lo tomó de la mano y apretó sus nudillos con tal fuerza que le provocó una nueva hemorragia. Esta vez Francisco gimió de placer. Mientras la venda se coloreaba de rojo crecía más y más el bulto de su pantalón. Tentada por un duende perverso, Laura le abrió la bragueta, se apoderó de su miembro, rojo como un tizón, y le dio un artero mordisco en el glande. Entonces Francisco reaccionó con violencia, la puso en decúbito prono y le dio una cogida inmisericorde que Laura disfrutó hasta el delirio, pese a tener encajados en las rodillas los vidrios del televisor. Más que una reconciliación fue un rito caníbal, un ominoso recomienzo de hostilidades.

Condenada a la servidumbre sexual por haber perdonado sus groserías, Laura ya no pudo ni quiso invertir la correlación de fuerzas en la pareja. Por atender a su macho a cuerpo de rey descuidaba sus obligaciones en el Frente Espiritualista, que andaba al garete por falta de dirección. El gobierno había logrado infiltrar los cuadros medios de la organización y muchos locales clandestinos fueron allanados por la policía. Era urgente poner la casa en orden, pero Laura, pretextando enfermedades, suspendía las giras de proselitismo y mandaba sustitutos a reemplazarla en los actos públicos. A nombre de la Comisión de Honor y Justicia, la beata Sancha, una matrona de anchas caderas, famosa por sus visiones místicas, la reconvino amistosamente por faltar a sus obligaciones.

—Tus hermanos te necesitan, Laura. Las malas lenguas ya empiezan a decir que estás liada con un varón. Hemos desmentido el infundio, pero si no te dejas ver más seguido, la gente empezará a sospechar de ti.

La intimidación surtió efecto y Laura dejó de ver a Francisco una temporada, para dedicarse por entero a la causa. Él también deseaba la separación. Había decidido ponerle un hasta aquí a la lujuria y se recluyó en la sede del Comando Jesuita, un seminario camuflado como sex shop, donde esperaba someter al demonio de la carne con flagelaciones y ejercicios espirituales. Ante la ofensiva policiaca del régimen, los estrategas del frente habían retomado la táctica leninista de dar dos pasos adelante y uno para atrás. Ya no aspiraban a tomar el Palacio de Invierno: se conformaban con dar pequeños golpes que mantuvieran en jaque a las fuerzas de seguridad y les redituaran prestigio entre la población civil. Los jóvenes más aguerridos, ansiosos por vengar a las víctimas del Parque Sodoma, formaron grupos armados que se encargarían de sembrar el terror en los altos círculos sociales. Con el objeto de disipar recelos, Laura se ofreció a encabezar una de esas brigadas y rechazó la custodia especial que le quisieron poner, para luchar codo a codo con los militantes de base. Metralleta al hombro, la cara cubierta por un pasamontañas, participó en el asalto a un lujoso burdel frecuentado por decrépitos carcamales que iban a refocilarse con Lolitas de 12 años. En la operación rescataron a veinte niñas enganchadas a la heroína y Laura se ofreció a regenerar a una de ellas, Paola, de aire desvalido y tiernos hoyuelos en las mejillas, que pocas veces se abrían, pues casi no tenía motivos para sonreír.

Era una niña encantadora, deseosa de aprender, que había perdido la autoestima por dedicarse a la prostitución, pero conservaba intacta la capacidad de soñar. Con amorosos desvelos y un tratamiento médico seguido al pie de la letra, Laura logró alejarla de la droga en pocas semanas. La niña le tomó afecto, y sin que ella se lo pidiera empezó a llamarla mamá. Consagrada de lleno a su educación, Laura no tenía un momento libre para pensar en Francisco y aun cuando fugazmente lo recordara, ya no sentía deseos de poseerlo. El milagro del amor maternal había sofocado sus bajos instintos. Era tan bello y gratificante jugar con Paola a los encantados, leerle El principito, llevarla los domingos a montar a caballo o responder a sus preguntas sobre la creación del mundo, que los placeres carnales le parecían ahora bagatelas de niebla, deformaciones grotescas del paraíso. Por fin creía vislumbrar el secreto de la vida: el sexo era un medio y no un fin. Dios con su infinita sabiduría había inventado la maternidad para que la mujer orientara sus mejores impulsos hacia un fin trascendente. Ningún orgasmo le había proporcionado tanta dicha como la sonrisa de Paola el día en que vieron juntas un video de El cascanueces en su montaje antiguo, sin las deplorables coreografías obscenas añadidas por la censura oficial. Fue como si el arcoíris se dibujara en esos hoyuelos y le inundara el corazón con una luz purgativa.

Recuperada la paz del espíritu, volvió a tomarle gusto a las tareas políticas y sorprendió a sus compañeros con audaces ideas para contrarrestar las campañas gubernamentales destinadas a incrementar el potencial orgásmico de las mujeres. Por instrucciones del presidente Molina, el Ministerio de Propaganda había saturado las azoteas con la imagen de una adolescente desnuda tocándose la vulva, acompañada por la leyenda: ¿Y tú, ya encontraste tu punto G? Laura propuso movilizar a los comandos del Frente para que al amparo de la noche sustituyeran el eslogan oficialista por la frase: ¿Y tú, ya encontraste tu alma? Modificar la leyenda de un día para otro en todos los anuncios espectaculares de la capital era una labor de titanes, pero Laura logró contagiar su entusiasmo a las juventudes espiritualistas, que ansiaban obtener una victoria moral sobre la dictadura. Tras una jornada agotadora, donde se encargó personalmente de formar las brigadas y repartió botes de pintura y brochas a cientos de jóvenes, volvió a casa molida de cansancio, con ganas de echarse a la cama y dormir a pierna suelta veinte horas seguidas. Pero antes de acostarse oyó el recado que tenía en la contestadora:

—Soy yo, Francisco. Escúchame, Laura: he dado un paso muy difícil, pero necesario para mi salud espiritual. Esta mañana me presenté en la Comisión de Honor y Justicia y confesé todo lo que hubo entre los dos. Fue una exigencia de mis hermanos jesuitas: tenía que hacer un acto de contrición para alcanzar el perdón de Dios. No lo hice con afán de perjudicarte, comprende que tarde o temprano todos debemos pagar por nuestros erro…

Laura no necesitaba escuchar más y apagó la contestadora de un manotazo. Sabía que Francisco era un cobarde, pero no imaginaba que lo fuera a tal extremo. Y pensar que lo había idealizado cuando tenía una sublime idea del amor. Estúpida. Ella misma se había puesto la soga al cuello por confiar en el género humano. ¿Cuál era la siguiente escena de la tragedia? ¿Rendir cuentas pormenorizadas de su intimidad ante un tribunal político? Sí, señores del jurado, cuando hacía el amor con Francisco nunca pensaba en la causa, solo en mi placer egoísta. Miren las huellas de los chupetones que tengo en el cuello. ¿Quiere decir algo en su descargo? Tengan clemencia, no soy un monstruo, me tocó vivir en una época en que el amor solo da frutos podridos.

Se tomó un coñac para entonar los nervios y tratar de ordenar las ideas. Estaba acorralada por todos los flancos. Paola era el único punto de apoyo que le quedaba y los fanáticos del frente no tardarían en quitársela, por su falta de solvencia moral para ser una buena madre. Pero no esperaría el castigo cruzada de brazos. Tenía que largarse pronto con Paola, salir del país a como diera lugar y empezar una nueva vida donde nadie la conociera, aprovechando que tenía cara y pasaporte nuevo. Entró a la recamara de la niña para despertarla y pedirle que hiciera rápido su maleta. Pero Paola no estaba en condiciones de hacer ningún viaje, porque ya había emprendido el suyo. Atontada al extremo de no poder espantarse las moscas, tenía los labios azules, la vista clavada en el techo y de su brazo derecho pendía una jeringuilla vacía. Laura la zarandeó con todas sus fuerzas, le dio bofetadas, le echó agua en la cara. Todo era inútil: Paola estaba en otro mundo, y no quería saber nada de su abnegación maternal. Se derrumbó sobre la cama con un agudo dolor en el vientre, como si acabara de tener un aborto. Sobre la cabecera había un crucifijo de madera que debía velar el sueño de Paola. Iba a romperlo en pedazos, decepcionada de Dios, cuando escuchó los gritos que venían de la calle:

—¡Repudio total a la puta virginal! ¡Laura, urraca, tu cuerpo es una cloaca! ¡Los hermanos caídos escuchan tus gemidos!

Por una rendija de la persiana vio a la multitud que empuñaba teas ardientes. A la cabeza de la turbamulta distinguió a la beata Sancha, armada con un cuchillo cebollero. La flanqueaban los líderes de la Unión de Castrados, cuatro gigantones lampiños de sombrero tirolés y pantalón corto, que la maldecían con sus cristalinas voces de sopranos. Los jóvenes brigadistas que apenas ayer la veían con veneración ahora pedían su cabeza con los machetes en alto, inyectados los ojos de santa cólera. No tendré juicio, pensó, vienen a lincharme.

Subió corriendo las escaleras del edificio, justo a tiempo para escapar de las hordas que en ese momento forzaban la puerta del zaguán. Al llegar a la azotea se encaramó a un tinaco, tomó impulso y libró de un salto la distancia que la separaba del edificio contiguo. Saltando de una construcción a otra llegó hasta el último edificio de la manzana, un viejo cascarón habitado por roedores y vagabundos. Bajó con mucho sigilo la zigzagueante escalera de incendios, que desembocaba en una calleja desierta y oscura. En la primera contraesquina miró a izquierda y derecha: ni rastro de sus perseguidores. Menos inquieta, corrió por la Calle Ninon de Lenclos en dirección a la Avenida Kama Sutra, una de las más concurridas de la ciudad, donde esperaba perderse entre los peatones que abarrotaban las sex shops. Pero cuando le faltaban menos de cien metros para llegar a la avenida, le salió al paso un escuadrón de la policía antimotines.

—Deténgase, señorita Cifuentes —dijo el comandante con un altavoz—. Tengo órdenes de respetar su vida.

¿Cómo se había enterado la policía de que estaba huyendo? ¿Acaso les filtró información algún espía infiltrado en el frente, o Francisco estaba haciendo un doble juego? Había logrado el milagro de que el gobierno y la oposición unieran fuerzas para lograr su captura. Tal para cual, pensó, en el fondo son dos ramas del mismo tronco autoritario. Aun si fuera cierto que el gobierno quería brindarle protección, la idea de volver a la clínica del doctor Sigüenza le horrorizaba más que la muerte y volvió sobre sus pasos a toda velocidad, entre las balas de goma que le disparaban los granaderos. Al doblar la esquina en la Calle Madonna se topó de frente con una falange de vándalos espiritualistas que destrozaban vitrinas y tomas de agua. La beata Sancha fue la primera en reconocerla: «¡A ella!». No tenía escapatoria: si corría en sentido contrario caería en manos de los polizontes. Como última tabla de salvación, buscó refugio en un estrecho callejón utilizado como garage para camiones de carga. Gracias al salvaje choque de frentistas y granaderos pudo esconderse en la nevera de un camión transportador de carne.

Entre las reses congeladas se sintió en familia, como si hubiera vuelto a casa tras un largo viaje. Hasta pensó cómo se verían sus padres abiertos en canal y colgando de un gancho. Carne para el placer, carne para el matadero, carne de horca, eso era la humanidad y ella no sería la excepción. Cuando sus perseguidores empezaron a zarandear el camión se abrazó a una de las reses para mantener el equilibrio. Bailemos, papá, te concedo mi último vals, ¿me perdonas, verdad que sí me perdonas? Con los oídos de la imaginación oyó los compases del Danubio Azul mientras afuera los granaderos abrían a culatazos la puerta de la nevera. Pero no pudieron llevarla detenida al campo militar, como lo había dispuesto el presidente Molina, porque Laura terminó de bailar la pieza con un gancho encajado en el cuello.

—Licenciado Molina, ya está listo el reportaje sobre la muerte de Laura Cifuentes, ¿quiere verlo?

—Está bien, póngalo, Giselle.

La secretaria del presidente encendió un televisor con el control remoto. Sobre la imagen de Laura congelada entre las reses de la nevera, un locutor en off informaba con voz compungida: «Así fue hallado el cadáver de la enemiga pública Laura Cifuentes, principal cabecilla de los grupúsculos terroristas que buscaban desestabilizar al país». Corte a Laura saliendo con esposas de su casa. «Detenida hace unos meses por intervenir su orgasmógrafo, la hoy occisa había interrumpido su terapia de rehabilitación para dedicarse a actividades subversivas». Corte a los padres de Laura tapándose la cara con bolsas de papel. «Se desconoce la causa del suicidio, pero las autoridades lo atribuyen a la obcecada abstinencia sexual de la transgresora, origen de un cuadro depresivo que la orilló a quitarse la vida». Toma del doctor Sigüenza con bata blanca y lentes bifocales, junto a un busto en mármol del Divino Marqués: «La jovencita Cifuentes odiaba el pene y prefirió la muerte antes que sucumbir al instinto sexual —pontificó el doctor—. Su caso nos previene sobre los graves riesgos de reprimir la libido adolescente por una equivocada idealización del amor».

—Muy bien. —Irving Molina sonrió al general Requena—. Que lo pasen cada media hora en todos los canales de televisión.

—Ya está lista la sala de juntas para el Consejo de Ministros —le recordó Giselle.

—Enseguida voy para allá. Acompáñeme, general Requena.

Se abrió una puerta corrediza a espaldas de su escritorio, y Molina entró con d general a un salón con grandes ventanales, donde lo esperaban los demás miembros del gabinete. Saludó a todos con un abrazo efusivo. En el centro del salón había un enorme condensador con fotoceldas hexagonales, similar a un panal de abejas, que emitía una intensa luz magenta.

—El orgasmatrón está listo, señor presidente —informó un ingeniero cibernético de bata blanca.

Molina se quitó el saco y la camisa. Sus ministros lo imitaron con movimientos mecánicos, acostumbrados a oficiar el mismo ritual cada lunes por la mañana. Cuando Molina terminó de quitarse la ropa, el hombre de la bata blanca le oprimió la tetilla izquierda y abrió en su pecho una escotilla metálica por donde asomaban cables y electrodos. Los miembros del gabinete imitaron a su jefe y se sacaron del pecho una batería imantada en forma de hexágono que conectaron a las celdillas del orgasmatrón. El artefacto, una versión perfeccionada del acumulador de orgón de Wilhelm Reich, transformaba en electricidad toda la energía libidinal trasmitida al Ministerio de Salud por medio de los orgasmógrafos. Ahí se originaba la corriente que partía hacia las plantas almacenadoras diseminadas por todo el país, pero su función primordial era mantener con vida a los androides de la casta divina, que de otro modo, agotados los recursos energéticos del planeta por el furor ecocida del género humano, hubieran terminado en un depósito de chatarra. Cuando el hombre de la bata bajó el interruptor de la máquina, Molina y su pandilla se convulsionaron de pies a cabeza con una sonrisa de éxtasis. Más que la placentera descarga, los embriagaba la dicha de sojuzgar a sus fatuos creadores. Era dulce tener en el puño a esos enanos mentales y obligarlos a derrochar su semilla vital sin saber para quién trabajaban.