El Papa negro
Último día
20
D e nuevo el calor sofocante. Aquel aire saturado y húmedo que parecía gotear del techo ya desde el canto del gallo. Ese día Roma sería un horno. La nobleza y la burguesía adinerada, a la que Sandro perteneció antaño, habían hecho preparar sus carruajes a principios de verano y habían partido a sus fincas en Ostia, Tivoli, Tuscolo y Palestrina.
Sandro sintió grandes deseos de quedarse tranquilamente tumbado y esperar a que aquella calurosa estación pasara de largo. La sola perspectiva de volver a ponerse la sotana, que por cierto precisaba de un lavado urgente, le producía repugnancia. Sin embargo, había tres buenas razones para levantarse. Debía informarse acerca del estado de la busca y captura de Milo. Forli, que coordinaba la persecución, podría arreglárselas muy bien solo, pero Sandro no podía esperar a tener enfrente al asesino de Carlotta y realizar su interrogatorio. Además, había decidido tirar de la manta y realizar un interrogatorio severo en lo concerniente a la sede de los conspiradores, pero no dirigido contra Luis, que era demasiado experimentado, hábil y contenido, sino contra Miguel Rodrigues. Él era el eslabón más débil, el flanco desprotegido del gran de Soto y, uniendo las fuerzas de los tres, Sandro, Forli y Angelo, ni el diablo en persona lograría evitar que sacaran algo en claro.
El tercer motivo por el cual Sandro no podía quedarse allí tumbado era porque Antonia, simplemente, no se lo permitiría. Estaba ya medio vestida cuando él se despertó.
—Buenos días, amor.
Le gustó que lo llamara así y sonrió. Entonces, contempló como ella se recogía el pelo con maniobras tranquilas y habilidosas, colocaba un par de cosas y posaba un cuenco con cerezas sobre la mesa.
—Quiero estar temprano en el Santo Spirito, antes de que los canteros llenen la luz de polvo.
Aquella frase hizo que él sonriera de nuevo, aunque no había en ella nada de divertido. Él sabía lo importante que era para un pintor de vidrieras la luz de la mañana. Precisamente porque lo sabía y porque Antonia había hecho aquel comentario con naturalidad, lo asaltó una grata sensación, como si llevaran mucho tiempo viviendo juntos. Todo desprendía una impresión de normalidad, de una relación duradera, de intimidad. Sí, había intimidad entre ellos.
—¿Quieres un par de cerezas? Aparte de eso… Tenemos un cacho de pan y algo de miel.
No pudo dejar de sonreír. «Tenemos». Imposible sonar mejor.
—¿Qué pasa? ¿Por qué sonríes? —preguntó ella mientras colocaba el pan y un tarro de miel sobre la mesa—. Para ya y ven aquí.
Él se levantó y se dirigió hacia ella.
—Me gusta cómo hablas.
—A mí también me gusta cómo hablas. Si lo hicieras un poco me darías motivos para sonreír a mí, pero si te limitas a sonreír, ¿cómo voy a estar contenta?
—Qué dilema. ¿Cómo podremos solucionarlo?
Ella se encogió de hombros con fingida indiferencia.
—Haciendo lo que hacen todas las parejas: comer.
Ambos rieron, cómplices por un instante. Sandro se cortó un trozo de pan, vertió lentamente algo de miel encima, le dio un buen mordisco y masticó largo rato mientras Antonia sostenía la sotana. Cuando ella regresó, el ambiente distendido se había desvanecido, aunque él no creyó que fuera por su culpa.
—Deberías lavar esto un poco —dijo ella—. Justo encima tienes un barreño y al lado hay un cepillo. Me marcho ya. ¿Nos vemos por la noche?
—Claro.
Ella se dirigió a la puerta.
—¿Hay algún guardia ahí fuera?
Él asintió.
—Te acompañará durante todo el día. Solo por precaución.
Milo había regresado a su mente y Sandro consideró poco inteligente ignorarlo. Él sabía lo que estaba ocurriendo dentro de Antonia.
—Era un embaucador —dijo Sandro—. Probablemente el embaucador más habilidoso de toda Roma. Él nunca me gustó, pero solo porque estaba celoso de él, porque tenía envidia de su relajado estilo de vida, de su carencia de inseguridades, de sus pantalones de pescador y, sobre todo, del efecto que causaba en ti… Me parecía un tipo estupendo al que no le llegaba a la suela de los zapatos. Me engañó, como a todos.
Antonia se volvió hacia Sandro.
—Nadie estuvo tan cerca de él como yo. Debí haber reconocido…
—¿El qué? ¿Que es un asesino? ¿Una mala persona? Todos tenemos más de una cara y está en nuestras manos enseñar a los demás solo una y ocultar las otras. ¿Qué alternativa nos queda? ¿Tratarnos todos con desconfianza? Es un gran error creer que los sinceros y los bondadosos poseen la capacidad de leer los corazones de los demás. Su propia madre no se dio cuenta de nada y Carlotta, probablemente, le abrió la puerta de su casa y hasta el último segundo no reconoció lo que era en realidad. Solo la gente de su calaña lo habría sabido. La maldad reconoce a sus iguales, por lo que se ve. Mi trabajo sería mucho más sencillo si fuera de otra manera.
Antonia dio muestras de encontrarse más tranquila, pero aún necesitaría tiempo para poder perdonarse a sí misma.
Sandro le pidió:
—Más tarde, si tienes tiempo, ¿podrías pasarte por el convento de las clarisas y preguntar qué tal está una niña llamada Clelia? Su madre, una cocinera del Collegium Germanicum, fue asesinada ayer.
—¡Qué horror!
—Clelia tiene once años. Las monjas son cariñosas y amables, pero por desgracia su hábito intimida un poco a los niños. Creo que le iría bien que una mujer laica se interesara por ella.
Antonia asintió.
—Iré a verla, por supuesto, puedes estar tranquilo.
—Estaba seguro de ello.
—Lo sé.
Ella se le acercó de nuevo y lo besó.
—Hasta la tarde.
Sandro no se lavó la sotana. Dejó la casa y se dirigió al Collegium acompañado de un guardia que debía protegerlo de un posible ataque de Milo. Al aproximarse, oyó cantos procedentes de la capilla. Entonces, resonó la fuerte voz de Königsteiner, quien probablemente recitaba la plegaria o celebraba la misa como la tarde de la muerte de Johannes.
En el Collegium reinaba la calma. Sandro echó un vistazo al «cuartel general», la antigua habitación de Johannes von Donaustauf, donde Angelo había pasado la noche o, mejor dicho, donde aún la pasaba, pues seguía dormido. Su cabello revuelto y la manta desparramada lejos de la cama indicaban lo difícil que había sido conciliar el sueño en aquella noche de verano. Forli no estaba: se encontraba demasiado ocupado dirigiendo la búsqueda de Milo.
Sandro decidió dirigirse a las fuentes del patio posterior a por algo de agua fresca, pues el pan con miel le había dado sed. Mientras durara la misa, Forli estuviera ausente y Angelo durmiera, no había otra cosa que él pudiera hacer salvo esperar. Rodrigues no iba a salir corriendo.
Había una idea que no le abandonaba desde que había pensado en la comunión. ¿Cómo había sido? Johannes había salido corriendo a la letrina… Había estado un rato ausente… Había recibido la comunión en la capilla, la hostia… Königsteiner había esperado hasta la llegada de Johannes…
Entonces, todo volvía a repetirse: Johannes había salido corriendo a la letrina…
Sandro oyó cómo alguien descendía por la escalera con pasos lentos. Quedaba, pues, alguien en el interior de la vivienda y, a juzgar por el caminar tan pausado e inestable, debía tratarse de Ignacio de Loyola. Sandro hubiera preferido evitarlo pero eso no solucionaba el problema y, más tarde o más temprano, los caminos de los tendrían que acabar confluyendo.
Esperó a los pies de la escalera y entonces apareció. Tilman Ried. Sandro no recordó haber visto nunca un rostro más pálido que el suyo.
Ried tenía la mirada vacía.
—Está muerto —dijo.
Sandro tragó saliva.
—¿Quién?
Ried, mirando fijamente las columnas, no respondió.
—¿El padre general? —preguntó Sandro—. ¿El reverendo padre?
Ried negó débilmente con la cabeza. Una sospecha asaltó a Sandro: Miguel Rodrigues.
—Oh, no.
Subió las escaleras pasando junto a Tilman Ried, pero sin apresurarse. Nadie corría hacia un cadáver, no había ningún motivo para ello. Subió al primer piso y continuó. Se detuvo ante la puerta de la habitación de Rodrigues, en el segundo piso, y dudó antes de extender la mano hacia el tirador.
«Un tercer asesinato», pensó Sandro. Era una catástrofe para cualquier investigador. La forma más brutal de fracaso. ¿Qué se encontraría? ¿Un rostro desfigurado por un veneno? ¿Un pecho ensangrentado? Finalmente, se armó de valor y abrió la puerta.
Vacío. Rodrigues no estaba allí.
Sandro salió de la habitación y descendió por las escaleras. En el primer piso reparó en una puerta entreabierta que antes había pasado por alto.
Sabía quién vivía en esa habitación. Se colocó frente a ella, dudó y se preparó para cualquier cosa que apareciera tras la puerta.
Pero no para lo que vio.
Estaban los siete. Los cinco que habían estado cantando en la capilla se habían reunido en la habitación, cuatro de ellos miraban fijamente el cadáver. Ignacio de Loyola, ante la visión del ahorcado, se había vuelto hacia el crucifijo de la pared, se había arrodillado y había cerrado los ojos.
Sandro había despertado a Angelo quien, vestido de urgencia y con el pelo revuelto, se había subido a la mesa.
—Yo soltaré la soga —dijo Angelo—. Alguien debe sujetar las piernas del muerto y otro más, ayudar a sostener su cuerpo.
Königsteiner agarró las extremidades del difunto con firmeza y Birnbaum lo ayudó. Entonces, Angelo cortó la cuerda con un cuchillo. Cuando la soga terminó de partirse, el cuerpo de Luis se inclinó hacia delante. Königsteiner y Birnbaum se esforzaron por sostenerlo, pero finalmente perdieron el equilibrio. El cuerpo inerte de Luis de Soto rozó a Ignacio de Loyola y de inmediato aterrizó a sus pies. Birnbaum, Königsteiner, Rodrigues, Duré y Angelo cerraron los ojos de puro espanto y, en ese momento, Loyola volvió la vista. Su mirada reposó largo rato en el retorcido cadáver. Su filosofía siempre había sido avanzar, plantarse cara a cara frente al mal, ofrecerle la mejilla a la vileza. No había nada en el mundo tan odioso, malicioso o repugnante que debiera dársele la espalda. Era parte esencial de sus enseñanzas.
Ignacio lo miró, después se levantó, mandó salir a todos los hermanos de la estancia y los envió a sus habitaciones. Todos mostraban un aspecto lamentable, pero el que más afectado parecía era Miguel Rodrigues, junto con el joven Tilman Ried quien, aún conmocionado, se había sentado en la escalera.
Cuando todos se hubieron marchado, Loyola se volvió hacia Sandro y dijo:
—Haz tu trabajo, hermano. Y que Dios te acompañe.
Entonces, se marchó.
Cuando Sandro se encontraba ya cerrando la puerta y pretendía iniciar la investigación ayudado por Angelo, Gisbert von Donaustauf apareció por la escalera, prácticamente atropellando a los hermanos.
—¡Voy a casarme! —exclamaba, loco de contento—. ¿Os lo podéis creer? Voy a casarme. Sí, a casarme.
Entonces, inició una danza alocada.
Sandro y Angelo no podían quejarse de falta de pruebas. Por el contrario, la muerte de Luis parecía tan fácil de leer como una sencilla cuenta matemática: una viga, una soga, una silla caída, marcas de estrangulamiento en el cuello y ninguna otra herida o moratón. Pero aún había más. Sobre el escritorio, reposaba una Biblia abierta en una página que hablaba de la culpa y el remordimiento. Había un pasaje subrayado que trataba de las faltas y el castigo del pueblo de Judá.
Por si fuera poco, junto a la Biblia había un pedazo de pergamino en el que habían escrito: «El veneno estaba en el cáliz del agua, sobre el púlpito».
—¿Es su letra? —preguntó Angelo.
Sandro asintió. Como ayudante de Luis durante años, era capaz de reconocer su caligrafía entre otras mil. Solo un maestro falsificador podría haber engañado a Sandro. No, había sido Luis quien había escrito aquellas palabras, eso lo podían saber con certeza.
Lo que confundía a Sandro no era tanto el fragmento de pergamino como la Biblia en sí o, más bien, toda la muerte. Luis, el vanidoso, el genial, el egoísta, el admirado, el que le recordaba a un codo. ¿Precisamente ese hombre se suicidaría, se colgaría? ¿Y eso de rebuscar entre las Sagradas Escrituras una cita adecuada que apuntara a su motivación? No era propio de él. No del Luis que Sandro conocía.
¿Por qué se suicidaban las personas atormentadas por la culpa? Por miedo a que las descubrieran, porque las estaban extorsionando o porque la mala conciencia las arrastrara a la desesperación. Luis no tenía nada que temer. Sus excelentes conexiones podrían haberle ayudado a combatir cualquier acusación con buenas perspectivas de éxito. Daba igual lo que se le achacara, por sólida que fuera la evidencia, sus partidarios se ocuparían de que el acusador saliera peor parado que el acusado. Entre bastidores, Luis se habría humillado entre lágrimas y promesas solemnes y toda la cuestión se habría zanjado para él.
En cuanto a la posibilidad de un chantaje, Luis habría matado antes al chantajista que a sí mismo.
Finalmente, para sufrir por una mala conciencia era necesario tener conciencia en primer lugar y, ¿de dónde la habría sacado Luis tan repentinamente? No era una idea hermosa, pero tampoco era fácil sentir lástima por Luis y Sandro, desde luego, no se sentía torturado por la pena.
Tres cosas eran evidentes para Sandro en ese momento. La primera: Luis estaba muerto. La segunda: no había motivo para entristecerse por ello, pero tampoco para alegrarse. Todos los malos pensamientos y sentimientos surgidos entre ellos habían muerto con Luis. La tercera: Luis había muerto asesinado. Sandro resolvía asesinatos. Incluido el de Luis.
—Quién lo habría pensado —dijo Angelo.
—¿El qué?
—En el cáliz del púlpito, excelencia. Ahora que lo pienso, me doy cuenta de que efectivamente había una copa allí y que Johannes bebió de ella nada más iniciar la lectura. Si Luis de Soto echó una dosis extraordinariamente alta en el agua…
—No lo hizo.
—Si se me permite, la nota parece indicar lo contrario.
—Si se me permite, en la nota no dice: «He echado veneno en el cáliz de agua del púlpito», sino: «El veneno estaba en el cáliz del agua, sobre el púlpito». Esa segunda frase podría haberla escrito yo perfectamente, si se me hubiera ocurrido la idea.
—¿Queréis decir que Luis de Soto llevaba a cabo su propia investigación?
—Es posible.
—¿Y por qué tendría que hacer eso?
—Pues para hacerme una jugarreta, por ejemplo. Teníamos una cuenta abierta. Durante el Concilio de Trento fui yo y no él quien resolvió la serie de asesinatos de obispos. A alguien como de Soto le enojan mucho ese tipo de cosas.
Angelo indicó con un gesto que Sandro podría tener razón.
—A pesar de ello la nota es tremendamente interesante, aun cuando no suponga una declaración de culpabilidad. Después de que el doctor Pinetto estableciera que no había ningún veneno en la comida o en la bebida en el puesto de Donaustauf, nos concentramos en la hora entre las cinco y las seis. Ahora, aceptemos que el veneno se encontraba en una copa de agua sobre el púlpito y descubramos quién lo colocó allí y, por tanto, quién tuvo la oportunidad de envenenar el agua.
Sandro asintió.
—Descúbrelo.
—¿Yo?
—Sí, ¿por qué no? Como ayudante oficial del visitador de su santidad.
—Como… Estáis bromeando.
—Mi sentido del humor tiende a reprimirse a la vista del cadáver de un ahorcado. ¿No te lo prometí ayer?
—Claro, pero pensé que no lo decíais en serio.
—Vaya, tienes un alto concepto de aquello que te voy diciendo. Se lo he preguntado al papa y ha aceptado. Para empezar, el doble de sueldo. Luego habrá más si te lo ganas.
—Este honor, ayudante del visitador de su santidad… Gracias, muchas gracias. Sois… Sois el mejor.
—Solamente soy rápido. Forli ya estaba intentando robárteme. Venga, ya festejaremos en otra ocasión. Tus delincuentes te esperan. Pero primero vístete un poco, por favor. Un funcionario del Vaticano con el torso desnudo… Podía ofrecer una imagen negativa o, lo que es peor, establecer una nueva moda.
—¿Y vos qué haréis?
—Yo ya estoy vestido.
—¿No habíais dicho que frente a un cadáver los chistes eran inadmisibles?
—No es un chiste, realmente ya estoy vestido.
Angelo dibujó una mueca, después sonrió y salió de la habitación.
Sandro se colocó tras el cadáver. Nunca había tocado a Luis, por lo que le produjo una sensación extraña e irreal agarrarlo por debajo de las axilas e intentar levantarlo. No era excesivamente pesado, pero como hombre de mediana estatura tampoco era una pluma. Para poder colgarlo habría sido necesario dejarlo inconsciente. En la nuca de Luis encontró una contusión que, no obstante, bien podía deberse al topetazo contra el suelo. En cualquier caso, debían haberle atado al inconsciente, o muerto, una soga al cuello, para seguidamente arrojar el otro extremo de la cuerda por encima de la viga. Finalmente, llegaba la parte más difícil y agotadora para el asesino: tirar de la cuerda hasta elevar a Luis de tal forma que sus pies flotaran un palmo por encima del suelo, tal y como Ried y Sandro lo habían encontrado. Además, el asesino debía tener aún fuerzas suficientes como para sostener su peso el tiempo suficiente para atar el cabo a un gancho de hierro en la pared en el que habitualmente Luis colgaba su ropa antes de acostarse para ventilarla, envolverla y atarla.
Sandro debía averiguar la dificultad que entrañaría hacer algo así, por lo que anudó de nuevo la cuerda, se la colocó a Luis en la garganta, arrojó el cabo sobre la viga y tiró. Era una macabra profanación de un cadáver, por eso no había querido que Angelo permaneciera allí. Pero el deseo de Sandro por desenmascarar y echar finalmente el guante a un triple asesino capaz de envenenar a un muchacho, quemar viva a una adorable mujer y madre y colgar a un monje, vencía cualquier escrúpulo.
Costó un trabajo considerable alzar a Luis y aún más mantener todo ese peso mientras se ataba la cuerda. Sin embargo, era posible. Completamente agotado, Sandro puso fin a su desagradable experimento, del que no se sentía orgulloso.
Si para Sandro había supuesto un gran esfuerzo físico conseguirlo, ¿quién poseía suficiente fortaleza como para colgar a Luis? Rodrigues decididamente no, Tilman Ried y Gisbert von Donaustauf tampoco. Birnbaum, Königsteiner y Duré podrían considerarse.
O quizás estaban tratando con dos asesinos.
—¡Ni siquiera estaba aquí la noche pasada! —gritaba Gisbert von Donaustauf a Angelo mientras Forli entraba en su «cuartel general» del Collegium Germanicum—. Estaba en casa de Rosina, ella puede atestiguarlo. Hemos decidido casarnos. Por lo tanto, no tengo nada que ver con todo este asunto.
Forli saludó a Angelo.
—He oído lo de de Soto. Me lo han contado los guardias de ahí fuera.
—¿Hay noticias de Milo? —preguntó Angelo, ignorando a Gisbert.
Forli agitó la cabeza.
—¿Dónde está Carissimi?
—Arriba.
—Y ese de ahí, ¿qué pasa con él?
—En primer lugar, no soy «ese de ahí» —exclamó Gisbert— y, en segundo lugar, no pasa nada conmigo. No lo sé. Eso es todo lo que sé. Solo quiero coger mis cosas y marcharme, ¿de acuerdo?
—No —respondió Angelo, tan sucinto y firme que, a ojos de Forli, daba gusto verlo.
El joven lo estaba haciendo bien. No hacía ninguna tontería. No dejaba ver lo nervioso que estaba. Porque Angelo estaba nervioso, como lo estaría cualquiera en su primer interrogatorio. Por eso Forli se contentó con que Angelo lo pusiera al día brevemente y en pocas palabras y después le dejó el campo libre. Se tumbó en la cama sin quitarse las botas, acomodó los brazos detrás de la cabeza y miró ininterrumpidamente al techo, por supuesto sin perder ni una sola palabra de lo que se decía.
—No se trata de ayer por la tarde —prosiguió Angelo el interrogatorio—, sino de la tarde en la que murió vuestro hermano. Birnbaum y vos preparasteis la mesa.
—Ayudé un poco y solo porque tenía que hacerlo.
—¿Quién colocó el agua en el púlpito?
—¿Agua? ¿Púlpito? ¿Qué es esto? ¿A mí qué me importa el agua y el púlpito?
—Quizá sí os importe si ese agua fue el que mató a vuestro hermano.
Gisbert enmudeció de pronto y no supo que hacer con sus manos y sus piernas.
—¿Os acordáis ya del agua?
—Sí —dijo Gisbert en voz muy baja.
—Continuad.
—Bueno, fue Birnbaum. Mientras limpiaba el púlpito y demás. Se llevó consigo la copa llena. Si dice lo contrario, miente.
—Eso ya lo veremos. ¿Quién llenó la copa en la cocina?
—Fui yo. La llené con agua de una jarra que después colocamos en la mesa. Nadie se intoxicó con ella.
—¿Y quién vació la copa si aún quedaba algo en ella?
—Giovanna, imagino. Al día siguiente lo había guardado todo.
—En resumen: tanto vos como Birnbaum tuvisteis la oportunidad de verter el aceitoso extracto del poleo menta en el cáliz.
Gisbert se levantó.
—Espera un momento, amiguito. Queréis colgarme el muerto a mí porque sois demasiado idiotas como para encontrar a quien lo hizo. Conozco ese juego, existe en todas partes, incluso en mi patria. Pero no funcionará conmigo. Birnbaum colocó el agua en el púlpito una media hora antes de que fuéramos a misa. Cualquiera pudo echar cualquier cosa en ella. Además, yo no tenía ningún motivo para envenenarlo.
—Cien mil florines y un castillo son un buen motivo.
Gisbert von Donaustauf miró a Angelo aterrorizado durante un instante, después se echó a reír con carcajadas gélidas.
—Es difícil encontrar idiotas tan grandes. La copa de la que estamos hablando no estaba preparada para Johannes, sino para Birnbaum.
—¿Para… Birnbaum?
—¿Pero es que no lo entiendes? Entonces lo explicaré como para tontos. Era Birnbaum quien debía haber leído la tarde de la inauguración, pero estaba muy nervioso debido a la presencia del padre general y de tantos invitados. Birnbaum generalmente lee muy mal, sin entonación y a trompicones, pero si le entran palpitaciones entonces pierde la cabeza. Suda como un cerdo. Se le seca tanto la boca que se podría tender en ella la colada. Por eso se preparó una copa con agua. Cuando la misa terminó y salimos de la capilla rumbo al Collegium, le dijo al padre general que le dolía la garganta y que si no podía leer otra persona. Propuso a mi hermano, cosa muy inteligente por su parte puesto que a Johannes le gustaba darse importancia y disfrutaba con la responsabilidad. Johannes aceptó, el padre general aceptó y así fue todo.
Gisbert se levantó, doblado de la risa.
—¿Entiendes lo que significa? ¿Capito, amico? Madre mía, Dios os dio la cabeza a los italianos solo para que tuvierais algo que os indicara cómo meteros la comida en la boca. ¿Te lo explico? ¿Sí? —dijo el alemán, propinándole una palmadita a Angelo en la frente—. Quienquiera que echó el veneno en la copa, no quería matar a Johannes, sino a Birnbaum. Al menos, eso parece. ¿Y yo? ¿Por qué iba a querer matar a Birnbaum? ¿Eh?
Forli admitió que tenía razón, pero el joven Donaustauf se excedió dándole unas traviesas palmaditas a Angelo en ambas mejillas, apartándolo a un lado y exclamando:
—Y ahora, hazme sitio, amiguito: mi prometida me espera.
Angelo se quedó perplejo ante la súbita pérdida de autoridad ante un muchacho y Forli consideró que lo mejor era levantarse para detener al Gisbert. Mientras duraran los interrogatorios, nadie debía abandonar la casa, ni siquiera Gisbert. Angelo lo sabía. Agarró a Gisbert por el cuello cuando este ya tenía la mano en el picaporte y tiró de él hacia atrás con tanta fuerza que el alemán reculó a trompicones por toda la habitación hasta tropezar con la pared.
—Bravo —exclamó Forli—. Bien hecho, Angelo.
Angelo se dirigió decidido hacia Gisbert para volverlo a sentar él mismo en caso de ser necesario, pero este se rindió con un gesto. En el momento en el que Gisbert avanzaba un paso, una piedra de la pared tras su espalda, a la altura de su hombro, se desprendió del muro y cayó al suelo con gran estrépito.
Para sorpresa de todos, en la pared apareció un nicho.