El pequeño libro del feminismo

Harriet Dyer · Capítulo 5 de 35

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El pequeño libro del feminismo

Idea clave

VOTO PARA LAS MUJERES

La campaña más famosa de la primera ola del feminismo es, sin duda, el llamamiento al derecho a votar de las mujeres. Incluso alguien que no sea experto en la historia del feminismo (o sea, casi todos, seamos sinceros) sabe que a principios del siglo XX las sufragistas lucharon para que las mujeres pudieran votar en Gran Bretaña, y al final lo consiguieron. Pero lo que ocurrió es un poco más complejo. Las sufragistas eran la rama militante de las activistas que reclamaban el voto femenino, conocidas por sus turbulentos actos de protesta como hacer explotar buzones, romper escaparates, llevar a cabo protestas e, incluso, en un incidente que llevó al límite la desobediencia civil, volar por los aires la casa del ministro de Hacienda. Nacieron del movimiento sufragista, que abogaba por la reforma electoral mediante la formación de grupos de presión, el envío de cartas y la publicación de artículos, y la presentación de proyectos de ley en el Parlamento por partidarios masculinos, como John Stuart Mill. Aunque el Daily Mail las bautizó despectivamente con el término suffragette, algunas de ellas se apropiaron del nombre con regodeo, alegando que iban a lograr el voto «sufra quien sufra». Esto demuestra que incluso a la gente inteligente y bienintencionada le encantan los juegos de palabras.

Tal vez la sufragista más famosa sea Emmeline Pankhurst, figura insigne

del movimiento y fundadora del Sindicato Político y Social de las Mujeres (WSPU, por sus siglas en inglés), una poderosa fuerza en la campaña por el sufragio femenino. Reconoció que con las protestas «silenciosas» del movimiento, las mujeres no estaban más cerca del voto, y en 1903 creó el WSPU, cuyo lema era «¡Hechos, no palabras!». Es fácil entender por qué a las integrantes del movimiento les frustraba su situación: tras más de cincuenta años de campaña, no habían conseguido el voto. En 1908, más de medio millón de activistas se reunieron en el británico Hyde Park para exigir el sufragio femenino, pero el Gobierno no les hizo demasiado caso. A partir de 1909, los grupos de protesta británicos intensificaron sus acciones. Se encarceló a las mujeres por sus ofensivas, y Pankhurst hizo un llamamiento a la huelga de hambre en las prisiones para reforzar sus protestas, liderando con el ejemplo. Entre las prácticas de las sufragistas también figuraban el infligir daños materiales, el vandalismo y los ataques contra los diputados que según ellas obstaculizaban su camino hacia el sufragio. Sin duda, estas tácticas extremas sacaron a la luz la campaña por el sufragio femenino, aunque despertaron sentimientos encontrados entre el público y los movimientos sufragistas pacíficos y militantes por igual. Algunos creían que los daños causados y la violencia eran una prueba de que las mujeres eran demasiado irracionales como para tener derecho de voto, mientras que otros opinaban que la violencia y el vandalismo eran inaceptables en cualquier circunstancia. En 1914, estalló la primera guerra mundial y, ante este peligro nacional, las activistas suspendieron su campaña. Finalmente, acabada la guerra en 1918, la Ley de Representación del Pueblo concedió en Gran Bretaña el derecho a votar a todos los hombres mayores de veintiún años y a todas las mujeres mayores de treinta.