El primer mandamiento
Capítulo 1
Este capítulo es largo, así que está dividido en 5 partes.
1
Campo Delta
Estación Naval de Estados Unidos
Bahía de Guantánamo, Cuba
Con el calor y la humedad la vida en Cuba oscilaba entre la desgracia absoluta y «ya hay agua, ¿alguien tiene cuchillas?». Pero cuando llovía y hacía frío, Cuba se volvía francamente insoportable. Era una de esas noches.
Los guardias se acercaron a las celdas de aislamiento de Delta 5, donde estaban los detenidos más peligrosos y más valiosos para los servicios de inteligencia. Traían un humor de perros, y no era solo por el clima. Algo no andaba bien. Se les notaba en la cara cuando sacaron a los prisioneros de las celdas y les ordenaron a punta de pistola que se vistieran.
Philippe Roussard no era el preso más antiguo de Guantánamo, pero sí el que había padecido los peores interrogatorios. Era un europeo de origen árabe, un francotirador extraordinariamente hábil cuyas hazañas habían hecho leyenda. Los sitios web de los yihadistas reproducían sin descanso los vídeos de sus asesinatos. Para sus hermanos musulmanes, era poco menos que un superhéroe del panteón del islam. Para Estados Unidos, era una máquina de matar terrorífica que se había cargado a más de cien soldados norteamericanos.
Pero esa noche en los ojos de sus carceleros había algo más que el odio de costumbre. Esa noche estaban realmente cabreados. Quién sabe qué clase de interrogatorio nocturno les tenía reservada la Fuerza Conjunta de Tareas de Guantánamo. Sin duda, sería algo inédito. Los guardias parecían a punto de perder el control.
¿Se había producido otro ataque contra Estados Unidos? ¿Qué más podía poner a los guardias en ese estado?
Si era así, Roussard estaba seguro de que la pagarían con ellos. Tal vez habían diseñado una nueva forma de humillación, concebida para herir su sensibilidad musulmana. En secreto, Roussard deseó que la atractiva soldado rubia estuviera involucrada en el tormento: que se desnudara hasta quedarse en bragas negras de encaje y se restregara contra su cuerpo. Sabía que no estaba bien, pero las fantasías que tenía con la mujer llenaban sus largas horas solitarias en la celda de aislamiento.
Especulaba todavía sobre su destino cuando oyó un portazo al otro extremo del bloque de celdas. Levantó la vista buscando a la rubia, pero no era la rubia. Otro soldado había entrado con cinco bolsas de la compra. Al pasar, le lanzó una bolsa a cada preso.
—¡Vístanse! —ordenó chapurreando en árabe.
Confundidos, los prisioneros sacaron la ropa de civil que había en las bolsas y empezaron a vestirse. Se lanzaban miradas furtivas, tratando de adivinar qué iba a pasar. Roussard recordó las historias de los campos de concentración, en las que a los judíos les decían que los llevaban a ducharse cuando en realidad iban camino de las cámaras de gas.
No creía que los norteamericanos les dieran ropa nueva solo para ejecutarlos, pero la incertidumbre acerca de lo que iban a hacerles era más que un motivo de inquietud.
—¿Por qué no tratan de evadirse? —le susurró un guardia a otro acariciando el seguro de su M16—. Cómo me gustaría que uno de estos hijos de puta nos diera la espalda.
—Vaya mierda —contestó el otro—. ¿Qué coño estamos haciendo?
—¡Vosotros dos, a callar! —ladró el jefe de la unidad, y luego dio una serie de órdenes por la radio.
Ciertamente algo no encajaba.
Una vez que estuvieron vestidos, les esposaron las muñecas y los tobillos y los pusieron en fila contra la pared.
«Llegó la hora», pensó Roussard cuando sus ojos se cruzaron con los del soldado que quería que alguno de los presos echara a correr.
El soldado había pasado el dedo del seguro del arma al gatillo. Estaba a punto de decir algo cuando varios vehículos frenaron en seco en el exterior.
—Ya han llegado por nosotros —gritó el jefe de la unidad—. Vamos allá.
Los soldados empujaron a los presos hacia la puerta. Roussard confió en que una vez fuera les dejaran ver adónde iban para entender mejor las cosas.
La esperanza se truncó cuando les cubrieron la cabeza con las capuchas negras, delante de la columna de Humvees verdes.
El convoy hizo un alto al cabo de diez minutos. Antes de que le retiraran la capucha, Roussard ya había reconocido el agudo gemido de los motores de un avión.
Mientras les quitaban los grilletes, los prisioneros contemplaron el enorme Boeing 727 que aguardaba en el asfalto reluciente por la lluvia. Había una escalerilla de metal al pie del avión y la puerta estaba abierta de par en par.
Nadie decía una palabra, pero, a juzgar por su comportamiento, los soldados tenían orden de no acercarse al avión, y Roussard llegó asombrado a una conclusión. Dio un paso al frente, aunque no le habían dado ninguna orden. Vio que ninguno de los soldados trataba de detenerlo y siguió andando, paso a paso, hasta llegar al primer escalón de metal. Empezó a subir los escalones de dos en dos. ¡La salvación estaba al alcance de la mano! Siempre había sabido que tarde o temprano sería así.
Se deslizó con cautela dentro de la cabina, con las pisadas de los otros prisioneros retumbando a su espalda en la escalera. El primer oficial del avión lo interceptó, comparó su cara con una foto y sacó un pesado sobre negro:
—Esto es para usted.
Roussard había recibido antes otros sobres parecidos. Sabía ya quién era el remitente, sin necesidad de abrirlo.
—Si no le importa, siéntese —prosiguió el primer oficial—. El capitán quiere despegar cuanto antes.
Roussard buscó un asiento junto a la ventanilla y se puso el cinturón. Cuando se cerró la puerta principal, varios miembros de la tripulación se escabulleron hacia la parte de atrás y regresaron con cinco aparatos médicos de aspecto extraño y cinco bidones de plástico muy grandes.
Roussard seguía sin entender, pero luego abrió el sobre y leyó el contenido del mensaje. Una sonrisa se dibujó poco a poco en su cara. No solo estaba libre: los norteamericanos ya no podían darle caza. La venganza estaba en sus manos… y mucho más pronto de lo que había pensado.
Levantó la persiana de la ventanilla y vio a los soldados subiéndose a los Humvees y alejándose de la pista. Varios soldados sacaron la mano por la ventana con el dedo medio en ristre, a modo de despedida.
Los motores del avión bramaron llenos de vida y la enorme bestia empezó a rodar por la pista. La parte delantera de la cabina prorrumpió en gritos de júbilo: «Allahu Akbar», «Dios es grande».
En efecto, Alá era grande, pero Roussard ya sabía que no había sido Él quien había negociado su liberación. Lanzó una mirada al sobre negro. No, le debían su libertad a alguien mucho menos benevolente que Alá.
Se volvió hacia la ventanilla cuando ya los soldados se perdían de vista. Dispuso el pulgar y el índice como si sujetara un arma imaginaria, apuntó y tiró del gatillo. Ahora que estaba libre, era solo cuestión de tiempo antes de que su controlador lo soltara en medio de Estados Unidos en busca de venganza.
2
Condado de Fairfax, Virginia
Seis meses después
El trueno sacudió las paredes y las ventanas estallaron en una granizada de cristales rotos. Por instinto, Scot Harvath lanzó un manotazo hacia donde debía estar su novia Tracy y saltó fuera de la cama.
Cayó encima del hombro malo. Cambió de postura, estiró la mano y sacó de un tirón el cajón de la mesilla. El cajón aterrizó en el suelo con un estruendo. Monedas extranjeras, un frasco de analgésicos, las llaves de los candados que todavía no había puesto en la casa, bolis, un bloc del Ritz de París, todo se desperdigó por el parqué.
Todo, excepto lo que más necesitaba: la pistola.
Rodó sobre sí mismo y empezó a manotear frenéticamente bajo la cama. Lo único que encontró fue una caja de balas con la punta hueca y la funda vacía de la pistola.
El instinto le gritaba que encontrara un arma y la conciencia le gritaba por haberse ido a dormir sin ella. Sin embargo, se había ido a dormir con la pistola. Nunca se iba a dormir sin ella. La había puesto a su lado en el cajón. Estaba seguro.
Tal vez Tracy la había cogido primero. Se volvió hacia ella pero Tracy no estaba allí. De hecho, en medio de la caída y el aturdimiento, ya ni siquiera estaba seguro de que Tracy hubiera estado en la cama con él. Nada tenía lógica.
Se incorporó sin alzar la cabeza y se escurrió hacia el pasillo y las escaleras. Con cada paso el corazón le latía más fuerte. Su instinto estaba tratando de decirle algo y, en el último descansillo, vio la sangre. El suelo, las paredes, el techo…, había sangre por todas partes.
Era demasiada sangre… ¿De dónde había salido? ¿De quién?
La adrenalina seguía retumbando por su cuerpo pero las piernas se le volvieron de granito. Tuvo que juntar toda su fuerza de voluntad para avanzar hasta la entrada y abrir la puerta de la casa.
La escena asaltó sus ojos a fogonazos: los brochazos sangrientos por encima de la puerta, la cesta de picnic volcada y, tendido bajo el umbral, junto a un cachorrito blanco, el cuerpo de la mujer de la que estaba enamorado.
Harvath creyó ver a alguien entre los árboles del lindero de la finca. Todavía miraba a su alrededor en busca de un arma cuando vio el largo cuchillo negro por encima de su hombro y sintió el filo del metal contra la garganta.
3
Hospital de Fairfax
Falls Church, Virginia
Harvath echó la cabeza hacia atrás con tal violencia que se despertó. Pasaron varios segundos antes de que su corazón empezara a latir más despacio y reconociera dónde estaba.
Lanzó un vistazo al cuarto de hospital. Todo seguía tal como lo había dejado al caer dormido. La baranda de la cama donde había apoyado la cabeza seguía allí, y también la persona que ocupaba la cama: Tracy Hastings.
Recorrió el cuerpo de Tracy con la mirada, tratando de descubrir si se había movido durante la cabezada. Tracy seguía en coma. Cinco días antes la había alcanzado una bala anónima, y desde entonces no se había movido. Ni un milímetro.
El ventilador seguía girando con su rítmico compás: jiss, pop…, jiss, pop. Harvath no soportaba verla así. Tracy ya había pasado por demasiados traumas. Pero lo peor era saber que, esta vez, él era el culpable de sus sufrimientos.
A pesar de todos los sinsabores de su vida (y sobre todo de la mina casera que le había explotado en la cara en Iraq, privándola de un ojo y de su carrera como experta en desactivación de explosivos de la Marina), Tracy se las había arreglado para conservar un notable sentido del humor. A Harvath le había costado algún tiempo aceptarlo, pero se había enamorado de ella desde el primer momento.
Habían acabado trabajando juntos por casualidad un mes antes en Manhattan. Harvath había ido a la Gran Manzana a pasar el fin de semana del 4 de julio con su buen amigo Robert Herrington. Robert, o Bob Balas, como le decían, era un curtido agente de la Fuerza Delta que hacía poco había recibido la baja médica a causa de una herida mientras estaba en Afganistán.
Harvath y Herrington tenían planeado un fin de semana repleto de alcohol y diversión, pero la ciudad de Nueva York había sido blanco de un atentado terrorista pavoroso. Ninguno podía imaginar que el propio Bob moriría asesinado esa noche.
Con la isla de Manhattan cerrada con candado y la policía, los bomberos y los servicios de emergencia desbordados, Bob había ayudado a Scot a montar un equipo para cazar a los culpables.
Habían formado el combo en la oficina de veteranos de Manhattan con varios agentes de operaciones especiales que, al igual que Bob, habían sido dados de baja recientemente por heridas de combate. Harvath estaba encaramado en lo alto del edificio, a orillas del East River, cuando Tracy y otros dos colegas de Bob habían subido al techo.
Tracy tenía veintiséis años, diez menos que Harvath, pero transmitía una sabiduría y un dominio del mundo que hacían irrelevante la diferencia de edad. Cuando Harvath se lo comentó más tarde, Tracy contestó en broma que desactivar explosivos para ganarse la vida podía hacerlo envejecer a uno bastante rápido.
Aunque se comportaba como si fuera mayor, ciertamente no parecía de más de veintiséis. Era la viva estampa del buen estado físico. De hecho, era la chica más escultural que Harvath había visto nunca. Tracy solía decir que tenía un cuerpo irresistible y una cara que cuidaba de él. Se refería con eso a las cicatrices que le había dejado la mina casera iraquí. Los cirujanos plásticos habían hecho un trabajo fabuloso y el ojo de repuesto era idéntico al otro ojo azul pálido, pero, por mucho que se maquillara, no lograba esconder las finas cicatrices en su rostro.
A Harvath le traían sin cuidado. La encontraba guapísima. Sobre todo, le encantaba que se peinara su cabello rubio en dos coletas. Las coletas eran para las niñas pequeñas, pero cuando se las hacía una mujer adulta le resultaban muy sexis.
Esa era Tracy, en dos palabras. Para nada una chica común y corriente. Harvath admiraba profundamente su ingenio, su compasión, su perseverancia frente a la adversidad, pero no era por eso por lo que estaba enamorado. Sus motivos eran mucho más egoístas.
La razón por la que Harvath amaba a Tracy era que, por primera vez en la vida, había encontrado a alguien que lo comprendía de verdad. Alguien que no se quedaba en sus andanadas de comentarios mordaces, ni en el torrente inagotable de chistes, ni delante del muro de roca que Harvath había levantado entre él y el resto del mundo. Con Tracy no necesitaba fingir. Y ella tampoco necesitaba fingir con él. Desde el primer momento, habían sido ellos mismos. Era una sensación que nunca había creído que fuera a experimentar.
Miró a Tracy tendida en la cama y supo que nunca volvería a palpar otra vez esa sensación.
Con delicadeza, le soltó la mano y se puso de pie.
4
En el cuarto de baño había un cepillo de dientes, dentífrico, desodorante, cuchillas y crema de afeitar. Laverna, la enfermera de la noche, los había dejado allí poco después de que Harvath llegara, la mañana que le habían disparado a Tracy. Era bastante evidente que él no tenía intención de irse. Estaba dispuesto a quedarse todo el tiempo que hiciera falta, hasta que Tracy estuviera mejor.
Harvath cerró la puerta, se desvistió y abrió el grifo de la ducha. Esperó a que el agua estuviera caliente, se metió dentro y dejó que el chorro restallara contra su cuerpo. Cerró los ojos y los jirones de la pesadilla volvieron a asaltarlo. Se esforzó por empujarlos hacia los rincones más profundos de su psique. Empezó a restregarse con el jaboncito y trató de pensar en otra cosa.
El truco funcionaba, pero sabía que los demonios no tardarían en volver. Día y noche habían revoloteado a su alrededor, desde el momento del disparo.
En una ocasión había despertado de una versión especialmente mala de la pesadilla y había encontrado a varios médicos en la habitación. Uno de ellos le sugirió que se buscara un terapeuta, pero Harvath se echó a reír. Evidentemente, el médico no sabía con quién estaba hablando. En su campo de trabajo la gente no iba al terapeuta. ¿Quién podía empezar siquiera a entender la vida que llevaba, para no hablar del increíble desgaste que traía a cuestas al cabo de los años?
Giró el selector de la temperatura hasta el otro extremo para que lo espabilara el agua helada y salió de la ducha.
Se envolvió una toalla alrededor de la cintura, se apoyó en el lavabo y pasó la mano por la niebla del espejo. Por primera vez en la vida, su aspecto coincidía con sus sentimientos: se encontraba fatal. Sus ojos azules, casi siempre radiantes, estaban apagados e inyectados en sangre, y tenía el rostro tenso y demacrado. No llevaba el pelo largo en absoluto, pero le pareció que necesitaba cortárselo. Muchos chicos de dieciocho habrían envidiado su metro ochenta de puro músculo, pero en los últimos cinco días apenas había probado bocado y se veía demasiado flaco.
Solo una vez en la vida se había sentido igual de inseguro y se había odiado tanto.
Dieciocho años antes Harvath se había enfrentado a su padre, un instructor de los
SEAL[1] que trabajaba en la Escuela Especial de Guerra de la Marina, cerca de su casa en Coronado, California. Se había presentado con éxito a las pruebas para ingresar en el equipo nacional de esquí en estilo libre. Su padre sabía que Harvath era un esquiador de primer nivel, pero quería que al salir del instituto fuera a la universidad, no que se convirtiera en un atleta profesional. Los dos eran igual de obstinados y, después del episodio, habían pasado mucho tiempo sin hablarse. Maureen, la madre de Scot, se las arregló para mantener unida a la familia. Pero, aunque sus dos hombres se comunicaban de vez en cuando, las cosas habían cambiado para siempre. Padre e hijo eran más parecidos de lo que podían admitir, y eso hizo que la trágica muerte del padre resultara aún más insoportable.
Después de que Michael Harvath muriera en un accidente durante los entrenamientos, Scot nunca volvió a ser el mismo. Por más que lo intentó, ya no tenía cabeza para competir como esquiador. Todavía le encantaba esquiar, pero el deporte había perdido toda importancia para él.
Con el dinero de sus premios, que no era poco, se compró una mochila, viajó por Europa y al cabo de un tiempo recaló en Grecia, en una pequeña isla llamada Paros. Encontró trabajo como barman a las órdenes de una pareja mal avenida de emigrantes británicos. Uno había sido chófer de una familia del crimen del sur de Londres, y el otro era un amargado veterano de las Fuerzas Especiales británicas. Al cabo de un año Harvath había comprendido lo que quería hacer.
Volvió a casa, se matriculó en la Universidad del Sur de California y estudió ciencia política e historia militar. Tres años más tarde se graduó cum laude, se unió a la Marina y, luego, se presentó y fue aceptado para el curso de Demolición Submarina Básica de los SEAL y en un programa especializado conocido como SQT, o SEAL Qualification Training. El proceso de entrenamiento y selección era absolutamente demoledor, pero Harvath era un atleta de categoría mundial. Su condición física y mental, el hecho de que jamás se daba por vencido y la certeza de que finalmente había encontrado su vocación le dieron el empujón definitivo y le granjearon el honor de pertenecer a uno de los mejores cuerpos de élite del mundo: los SEAL de la Marina de Estados Unidos.
Por sus excepcionales habilidades como esquiador, fue asignado al Equipo Dos de los SEAL, especializado en lugares de clima frío. No tardó en destacar pese a que una de sus primeras misiones terminó en tragedia.
Con el tiempo, Harvath atrajo la atención de los miembros del famoso Equipo Seis, donde no solo refino sus habilidades como combatiente sino también en el dominio de las lenguas: pulió sus rudimentarias nociones de francés y aprendió a hablar el árabe.
Durante su estancia en el Equipo Seis se incorporó en una ocasión a la unidad que escoltaba en Maine al presidente y el Servicio Secreto se fijó en él. La Casa Blanca andaba buscando efectivos especializados en la guerra contra el terrorismo y consiguió robárselo a la Marina y llevarlo a Washington. Harvath no tardó en destacar una vez más y, después de un breve período, lo recomendaron para un programa ultrasecreto del Departamento de Seguridad Interior comandado por Gary Lawlor, un viejo amigo de la familia que había sido subdirector del FBI.
El programa era conocido como Proyecto Apex. Funcionaba en los sótanos de la Oficina de Apoyo a la Investigación Internacional, una de las dependencias menos conocidas del Departamento de Seguridad Interior. La función manifiesta de la oficina era apoyar a los cuerpos de policía, los ejércitos y las agencias de inteligencia extranjeras en la prevención de ataques contra Estados Unidos y sus intereses en el exterior. El trabajo de Harvath encajaba en parte con esta descripción oficial. En realidad, era un perro de presa que trabajaba en la más absoluta confidencialidad. Lo habían reclutado a raíz del 11-S y el presidente lo lanzaba contra los enemigos de Estados Unidos para prevenir nuevos ataques terroristas.
El argumento era que si los terroristas no respetaban ninguna regla tampoco Estados Unidos respetaría ninguna. Sin embargo, dados los escrúpulos de corrección política del país, según los cuales Estados Unidos sí tenía que acatar las reglas, el presidente había comprendido que muy pocas personas podían estar al tanto de la verdadera misión de Harvath, a saber, solamente su jefe, Gary Lawlor, y el propio presidente.
Harvath contaba con el pleno respaldo del Despacho Oval, con el poderío colectivo del Ejército de Estados Unidos y con los recursos combinados de todas las agencias de inteligencia de su país. Sobre el papel el programa sonaba fantástico pero, a menudo, y sobre todo en el laberinto burocrático de Washington, la realidad era completamente diferente.
Harvath no quería pensar ahora mismo en su empleo. Era a causa de su empleo, por su culpa, que le habían disparado a Tracy. No necesitaba esperar los resultados de la investigación. Lo sabía con absoluta certeza, y sabía igualmente que aquella chica tendida en la cama del hospital no se merecía en absoluto lo que le estaba pasando.
El FBI había conseguido reconstruir en parte lo ocurrido. Habían descubierto el escondite del francotirador en los bosques que rodeaban la casa. Su conclusión era que, fuera quien fuera el asesino, se había ocultado allí durante la noche, probablemente varias horas antes del amanecer.
El asesino había dejado de recuerdo un casquillo de bala con un mensaje: «Lo que se ha tomado con sangre solo puede cobrarse con sangre».
Además, había tenido el detalle macabro de pintar con sangre la puerta de su casa. Los primeros análisis habían descartado que la sangre fuera de Tracy. La puerta había sido pintada durante la noche, porque la sangre ya estaba seca en el momento de los disparos.
Para completar, estaba el cachorro abandonado ante el umbral dentro de una cesta de picnic. A Harvath le había bastado echar un vistazo a la nota de agradecimiento que venía en la cesta para saber de quién era el regalo. Pero, si alguien los tenía en el punto de mira a él o a Tracy, ¿para qué dejar una tarjeta de visita tan obvia?
Hacía algunas semanas, durante una operación encubierta en Gibraltar, Harvath le había salvado la vida a un perro enorme, un ovcharka del Cáucaso, de la misma raza del cachorro. El dueño del perro de Gibraltar era un hombrecillo despreciable: un enano, de hecho, que se dedicaba a comprar y vender información clasificada. También había ayudado a planear el ataque contra Nueva York. Le decían el Trol.
Pero ¿cómo había dado el Trol con él? Apenas un puñado de personas sabían de la existencia de la vieja iglesia conocida como Bishop’s Gate, donde Harvath había establecido su hogar. Se negaba a creer que el Trol hubiera sido tan descuidado o tan estúpido como para proclamar que era él quien estaba detrás del atentado a Tracy. Sin embargo, la cosa olía muy mal y Harvath no creía en las coincidencias. Tenía que existir una conexión, y estaba decidido a encontrarla.
5
Cuando regresó al cuarto del hospital, Bill y Barbara Hastings, los padres de Tracy, estaban sentados cada uno a un lado de la cama.
Bill Hastings era un hombre corpulento, de un metro noventa y unos cien kilos de peso. Había sido jugador de fútbol americano en la Universidad de Yale y todavía parecía en condiciones de jugar. Tenía el pelo gris y Harvath le calculaba unos sesenta y tantos. Levantó la mirada al ver entrar a Harvath.
—¿Alguna novedad? —preguntó.
—No, señor —contestó Harvath.
Barbara le sonrió.
—Te has quedado otra vez toda la noche, ¿verdad?
Harvath asintió con la cabeza. Pero no dijo nada. Quizá lo más difícil de velar junto al lecho de Tracy era relacionarse con sus padres. Se sentía el único responsable de lo ocurrido. Casi no podía creer que fueran tan amables. Si lo culpaban por lo que le había pasado a su hija, no lo demostraban.
—¿Qué tal el hotel? —consiguió decir.
Los silencios podían hacerse insoportables. Harvath sabía que tenía que arrimar el hombro y contribuir a la conversación.
—Muy bien —repuso Barbara.
Cogió la mano de Tracy y empezó a acariciarle el antebrazo. Era una mujer de una elegancia extraordinaria. Llevaba el pelo impecablemente teñido de rojo oscuro y las uñas presentaban una perfecta manicura. Traía puesta una blusa de seda, una falda de Armani por encima de la rodilla, medias y zapatos caros.
Harvath nunca se habría atrevido a pronunciar una frase tan manida, pero era evidente que Tracy había heredado la belleza de su madre.
Juntos, los Hastings formaban una pareja muy atractiva. Si a eso se añadía la fortuna que Bill había amasado en el cuadrilátero de los fondos de inversión, no resultaba sorprendente que figuraran un día sí y el otro también en las páginas sociales de Manhattan.
Después del ataque del 3 de julio a Nueva York, los Hastings habían contemplado acortar sus vacaciones de verano en el sur de Francia, pero Tracy los había persuadido de que se quedaran. El regreso a Manhattan sería una pesadilla y la circulación tardaría algún tiempo en volver a la normalidad, así que cuanto más tardaran en volver, mejor. El plan había cambiado en el minuto mismo en que habían disparado a Tracy. Habían contratado un avión privado y habían volado directamente a Washington para acompañar a su hija.
Harvath estaba tratando de inventar qué más decir cuando una enfermera asomó la cabeza por la puerta.
—¿Agente Harvath? —preguntó—. Un caballero ha venido a verlo. Está en la sala de espera.
—Voy enseguida —contestó Harvath. Era un alivio poder dejar a los Hastings un rato a solas con su hija.
Se deslizó por detrás de Bill, se inclinó sobre Tracy y le susurró al oído que volvería en un momento. Le dio un apretoncito en la mano y se volvió hacia la puerta.
Cuando ya tenía la mano en el picaporte, Bill Hastings le dijo:
—Si es otra vez el tipo del FBI, acuérdate de decirle que no hemos encontrado el permiso de conducir de Tracy entre sus efectos personales.
Harvath asintió y salió del cuarto. Una vez fuera, se sacó del bolsillo el permiso y miró la foto. «Dios, qué guapa era». No había tenido corazón para confesarle a Bill Hastings que era él quien tenía el permiso. Tracy y él llevaban muy poco tiempo juntos, y no habían llegado a hacerse fotos.
Aunque se sentía culpable por engañar a los padres, Harvath no tenía ninguna intención de entregarles el permiso. Era uno de los pocos recuerdos que tenía de cómo era Tracy, de cómo eran los dos, antes de que los destrozara el ataque.
Su viejo amigo Gary Lawlor, que ahora era su jefe, lo aguardaba en la sala de espera.
—¿Cómo está Tracy? —preguntó.
—Sigue igual —contestó Harvath—. ¿Algún progreso en la investigación?
Gary le indicó que tomara asiento. Estaban en una habitación sin ventanas con un televisor sobre un soporte adosado a la pared en una esquina. Harvath se sentó y esperó a que Lawlor, que se había convertido en un segundo padre para él, cerrara la puerta y tomara también asiento.
La expresión de Lawlor era estrictamente profesional.
—Puede que tengamos una pista.
Harvath se inclinó hacia delante en la silla.
—¿Qué clase de pista?
—Está relacionada con la sangre que había en tu puerta.
—¿Qué pasa con ella?
—Los peritos han confirmado que no es sangre humana.
—¿Qué es entonces?
—Sangre de cordero.
Harvath lo miró confundido.
—¿Sangre de cordero? Eso no suena lógico.
—No —replicó Gary—, pero lo interesante es lo que encontraron mezclado con la sangre. De eso quiero hablarte.
Harvath esperó. No dijo nada.
Lawlor se inclinó también en la silla y bajó la voz:
—Después del funeral de Bob Herrington el secretario de Defensa te llevó a dar un paseo y te preguntó si te sentías con ánimos para cazar al asesino. ¿Te acuerdas? Te dijo que querían dejarlo escapar para seguirle el rastro hasta que se pusiera en contacto con la gente para la que trabajaba.
—Sí. ¿Y?
—¿Te acuerdas de cómo planeaban seguirle el rastro? —preguntó Lawlor.
Harvath se detuvo a pensar.
—Pretendían inocularle una especie de radioisótopo que emite una señal para seguirlo por satélite.
Lawlor volvió a arrellanarse en la silla. Se quedó mirándolo mientras Harvath procesaba la información.
—El radioisótopo estaba presente en la sangre de cordero —dijo Harvath.
Lawlor asintió.
—Es imposible. Yo mismo despaché al asesino de Bill.
Harvath estuvo a punto de añadir: «Yo lo vi morir». Pero cayó en la cuenta de que, de hecho, no había visto estirar la pata al terrorista.
No creía que nadie pudiera sobrevivir a lo que le había hecho a Mohammed bin Mohammed. Sin embargo, no había tenido el cuidado de confirmar si el tío realmente había muerto.
—No creen que sea obra de Mohammed —dijo Lawlor—. Hasta donde entendí, se trata de un radioisótopo completamente diferente.
—¿Que alguien puso a propósito en la sangre de cordero antes de pintar la puerta de mi casa? —preguntó Harvath.
Lawlor asintió una vez más.
—¿Por qué?
—Ese alguien quiere enviarte un mensaje.
—Obviamente. Pero ¿quién es? Incluso si es un radioisótopo completamente diferente del que usamos con Mohammed, no debe costar demasiado trabajo averiguar de dónde salió. Empecemos por ahí.
—No será fácil —dijo Lawlor.
—¿Por qué no? Los radioisótopos son un programa del Departamento de Defensa. Y ellos llevan registros como todo el mundo. Ponte en contacto con la oficina del secretario de Defensa y hazle saber que necesitamos consultarlos.
—Ya lo he intentado.
—¿Y? —preguntó impaciente Harvath.
—Acceso denegado.
—¿Acceso denegado? Tiene que ser una broma.
Lawlor dijo que no con la cabeza.
—Desgraciadamente no.
—Entonces se lo pediremos al presidente. Incluso el secretario de Defensa cumple órdenes. Si el presidente Rutledge ordena que nos muestren los registros, no te quepa duda de que lo hará —aseveró Harvath.
—Ya he hablado con el presidente Rutledge. No hay acceso.
Harvath no podía creer lo que estaba oyendo.
—Quiero hablar yo mismo con el presidente.
—Eso fue lo que él pensó que dirías —replicó Lawlor—. Y considera que estás en todo tu derecho. El coche está esperándonos abajo.
6
La Casa Blanca
Cuando Harvath y Lawlor entraron en el Despacho Oval, el presidente Rutledge se puso de pie y se adelantó para recibirlos.
Le dio la mano a Gary y luego le estrechó ambas manos a Harvath.
—¿Cómo está ella? —preguntó.
—Sigue estable, señor —respondió Harvath.
El presidente los invitó a sentarse en uno de los sofás que flanqueaban la chimenea del Despacho Oval. En cuanto se sentaron, fue directo al grano.
—Lamento mucho lo que le ha ocurrido a Tracy, Scot. Y cuando lo digo hablo en nombre de todos los estadounidenses. El país tiene una gran deuda contigo y con todo tu equipo por lo que hicisteis en Nueva York.
A Harvath lo incomodaban los halagos, sobre todo cuando venían del presidente. Pero ahora mismo se sentía mucho más que incómodo. En esencia, la operación de Nueva York había sido un fracaso. Había muerto demasiada gente, incluido uno de sus mejores amigos. Harvath y su equipo habían conseguido abatir a la mayoría de los terroristas involucrados en el ataque, pero en ningún momento habían llevado la delantera. No era algo de lo que se sintiera orgulloso.
—Gracias —murmuró por lo bajo, y esperó a que el presidente siguiera adelante.
—Scot, eres uno de los activos más importantes de la nación en la guerra contra el terror. No quiero que ni por un instante pongas en duda cuánto agradezco tus servicios. Sé que haces un trabajo que más de una vez resulta ingrato, y por eso quiero darte las gracias otra vez.
Harvath empezaba a intuir por dónde iban los tiros. El otro zapato estaba a punto de caer. Ya no faltaba nada.
Jack Rutledge lo miró a los ojos y dijo:
—Nos conocemos desde hace varios años. Y siempre he sido franco contigo.
—Así es, señor —asintió Harvath.
—Más de una vez te he confiado información en contra de los consejos de mis asesores para que comprendieras tu papel dentro de la situación general y el motivo por el que te pedía que hicieras ciertas cosas. Sobre todo, he actuado así porque sabía que podía fiarme de ti. Hoy quiero pedirte que tú confíes en mí.
El presidente hizo una pausa y se quedó mirando a Harvath. El rostro del agente antiterrorista permaneció inescrutable y Rutledge se vio obligado a preguntar:
—¿Estás dispuesto a confiar en mí? ¿Lo harás?
Harvath conocía la respuesta correcta: «Por supuesto, señor presidente, estoy dispuesto a confiar en usted». Sin embargo, esas no fueron las palabras que salieron de su boca.
—¿En relación con qué, señor? —preguntó.
No era la respuesta que el presidente quería oír. Pero tampoco parecía sorprendido. Scot no había llegado a ser tan bueno en su oficio por casualidad. No era un incauto en absoluto.
—Tengo que pedirte algo. Sé que no te va a gustar, pero por eso mismo necesito que confíes en mí.
Las alarmas de Harvath se encendieron todas a la vez. Asintió despacio, animando a Rutledge a proseguir.
—Quiero pedirte que nos dejes cazar al hombre que le disparó a Tracy.
No era una petición para responder sí o no. Pero, aun así, Harvath no estaba dispuesto a que lo dejaran fuera de juego. Eligió con cuidado las palabras y el tono de voz:
—Disculpe, señor presidente, me parece que no le entiendo.
Rutledge no se andaba con medias tintas.
—Sí me entiendes. Estoy pidiéndote que por esta vez esperes sentado.
El fino arte de la diplomacia solía eludir a Harvath. Le sostuvo la mirada a Rutledge y preguntó:
—¿Por qué?
Como presidente de Estados Unidos, Jack Rutledge no tenía por qué darle explicaciones a nadie, mucho menos a Scot Harvath. Ni siquiera habría tenido que sostener aquella conversación pero, como él mismo había dicho, sentía que el país tenía una deuda con Harvath, no solo por lo que Harvath había hecho en Nueva York y más tarde en Gibraltar, sino por muchas otras cosas.
De hecho, en una ocasión Harvath les había salvado la vida a él y a sus hijas. Se merecía una explicación mejor. Rutledge lo sabía. Pero no podía dársela.
—Hay factores en juego que no puedo discutir —dijo—, ni siquiera contigo.
—Puedo comprenderlo, señor presidente. Pero no fue una casualidad que atacaran a Tracy. El que lo hizo actuó por motivos personales. La sangre encima de la puerta, el casquillo de bala, la nota… Alguien está reclamando mi presencia.
—Y hemos montado un equipo que se hará cargo de la situación.
Harvath trató de mantener la calma.
—Señor presidente, sé que tiene al FBI haciendo horas extras, pero pese a lo buenos que son este no es un trabajo para ellos.
—Escucha, Scot… —empezó a decir Rutledge.
—No quiero faltarle al respeto, pero por lo que hemos visto este tío es un asesino profesional que probablemente está vinculado a una gran organización terrorista. Si queremos atraparlo, la gente que está buscándolo tiene que entender su manera de actuar. Tienen que poder pensar como él, y el FBI no puede.
—Las personas que he puesto a cargo de ello sí. Lo encontrarán, te lo prometo.
—Ese tío le disparó a Tracy en la cabeza, señor presidente. Los médicos dicen que sobrevivió de milagro. Está en coma, puede que nunca vuelva en sí y es culpa mía. Todo es culpa mía. Lo menos que puedo hacer por ella es encontrar al asesino. Tiene que dejarme subir a bordo.
Rutledge había temido que las cosas fueran como iban.
—Scot, no puedo insistir lo suficiente en lo importante que es que confíes en mí.
—Y yo necesito que usted confíe en mí, señor presidente. No me deje fuera. No sé quién está en el equipo que ha montado, pero puedo ayudarles.
—No, no puedes. —Rutledge se levantó de su sillón. Estaba claro que la entrevista había terminado.
Harvath se vio obligado a ponerse de pie.
—No me excluya de esto, señor.
—Lo siento —dijo Rutledge, tendiéndole la mano. Harvath le estrechó la mano por reflejo. Rutledge cubrió su mano con la otra y añadió—: Lo mejor que puedes hacer por Tracy ahora mismo es estar a su lado. Llegaremos hasta el fondo de este asunto, te lo prometo.
En la mente de Harvath, el shock empezaba a ceder el paso a un arranque de rabia. Antes de que pudiera abrir la boca, Gary Lawlor le dio las gracias al presidente y encaminó a su subordinado fuera del Despacho Oval.
En cuanto se cerró la puerta de visitantes, un hombre alto, de pelo entrecano y unos cincuenta y tantos años entró en el Despacho Oval desde el estudio del presidente. Era James Vaile, el director de la CIA.
Rutledge lo miró.
—¿Qué opinas? ¿Cooperará?
Vaile se quedó mirando la puerta por la que Scot Harvath acababa de salir. Sopesó la pregunta del presidente.
—Si no coopera —dijo finalmente— tendremos un problema importante entre manos.
—Acabo de prometerle que tu equipo se encargará de resolverlo todo.
—Y lo harán. Tienen experiencia en este tipo de operaciones en el extranjero. Saben lo que hacen.
—Más les vale —replicó el presidente, ya de camino a la Sala de Reuniones—. No podemos permitirnos que Harvath se involucre en el asunto. Maldita sea, lo que está en juego es grave.
7
Harvath y Lawlor regresaron en silencio al hospital. A Harvath no le hacía ninguna gracia que le cortaran las alas, sobre todo cuando sabía que estaba más que capacitado para la misión.
Lawlor no quiso incitarlo a hablar. Había previsto cómo discurriría la entrevista desde antes de que llegaran a la Casa Blanca. El presidente le había dejado claro que no quería a Harvath, ni a nadie, metiendo las narices en la investigación. Lo único que no le había explicado era por qué.
Aunque tampoco le hacía feliz la decisión del presidente, tenía que reconocer que Rutledge se la había comunicado a Scot en persona. El presidente estaba en lo cierto: era lo mínimo que podía hacer.
El chófer se detuvo delante del hospital y Harvath salió del coche. Lawlor tenía un millón de cosas que quería decirle, pero ninguna de ellas parecía apropiada en ese momento. Fue Harvath quien rompió el silencio.
—¿Han montado un equipo para cazar al francotirador pero yo no puedo tener nada que ver? Eso no tiene sentido. Está ocultándonos algo, Gary. Y eso me cabrea.
Lawlor sabía que tenía razón, pero ninguno de los dos podía hacer nada. El presidente había dado una orden explícita. Aunque estaba igual de perplejo que Harvath, Gary Lawlor se limitó a responder:
—Llámame si hay novedades de Tracy.
Harvath cerró la puerta asqueado y entró en el hospital.
Encontró a los padres de Tracy comiendo en la habitación.
—¿Alguna noticia de la investigación? —preguntó Bill Hastings.
Harvath no quería agobiarlos con sus problemas. Contestó con una media verdad.
—Están trabajando en todos los frentes. El presidente tiene un interés personal en el caso y está haciendo todo lo que puede.
El ventilador seguía girando rítmicamente: jiss, pop, jiss, pop. Harvath acercó una silla a la cama, tomó la mano de Tracy y le susurró que ya estaba de vuelta.
Si Rutledge pudiera verla así no lo habría excluido tan pronto de la investigación. Harvath no había dejado de preguntarse por qué lo excluían después de salir de la Casa Blanca. Lo mirara por donde lo mirase, no le parecía lógico.
El presidente sabía que él podía desempeñar un papel valioso en un caso así. Por un momento, Harvath había llegado a pensar que quizá Rutledge tenía miedo de que se dejara llevar por las emociones. Sin embargo, Harvath le había dado pruebas de sobra de que sabía separar las emociones del trabajo.
De hecho, estaba claro que la razón por la que Harvath hacía tan bien su trabajo era porque se lo tomaba todo como un asunto personal.
No, el hecho de que él tuviera un interés sentimental en el resultado de la investigación no estaba detrás de la decisión. Había algo más.
Acarició con delicadeza el brazo de Tracy mientras su mente seguía barajando posibilidades. Cuantas más hipótesis formulaba, más lejos se sentía de la verdad. Había pensado que conocía bien al presidente, pero esta vez no conseguía entender sus actos.
Harvath repasó mentalmente la entrevista. En el Servicio Secreto lo habían entrenado una y otra vez para detectar esas expresiones mínimas, esas sutiles claves inconscientes que salían a la luz cuando alguien mentía o se preparaba para hacer algo desleal. Ni siquiera el político más taimado de Washington podía esconder sus verdaderas intenciones a un agente del Servicio Secreto que sabía estar atento. Y Scot Harvath sabía estar atento.
Jack Rutledge le había mentido, por el motivo que fuera. A Harvath no le cabía duda.
Estaba todavía debatiéndose cuando sonó la BlackBerry. Dejó que respondiera el buzón de voz. Ahora mismo, lo único importante era estar con Tracy.
Cuando el teléfono sonó por tercera vez, Harvath supuso que podía ser urgente y se sacó el aparato de la funda enganchada en el cinturón. En el identificador de llamadas apareció un código de área de Colorado.
Apretó el botón para responder y se llevó el teléfono al oído.
—Harvath —contestó.
—¿Estás solo? —dijo la voz del otro lado.
Harvath miró de reojo a Bill Hastings, que comía leyendo The New York Times. Volvió a concentrarse en el teléfono.
—Sí, dime.
—¿Sigues interesado en las peleas de enanos?
Harvath se enderezó en la silla.
—¿Tienes alguna noticia?
—Afirmativo —dijo la voz.
—¿De qué se trata?
—No puedo decírtelo por teléfono. He mandado un avión a recogerte. No te entretengas haciendo la maleta. Tienes que venir de inmediato.
Harvath miró a Tracy. Se quedó callado.
—De inmediato —repitió la voz.
Por un instante, le pareció que Tracy le apretaba la mano. Pero seguramente lo había imaginado.
—¿Estás ahí? —preguntó la voz al cabo de unos segundos.
Harvath se obligó a volver en sí.
—Sí, aquí estoy.
—Vete ahora mismo al Aeropuerto Nacional Ronald Reagan —le ordenó la voz.
Colgaron.
8
Baltimore, Maryland
Mark Sheppard era muy aficionado a las películas de zombis. El amanecer de los muertos, 28 días después, era cuestión de decir el título y lo más probable era que Sheppard hubiera visto la peli y además tuviera una copia. La muerte le producía franca fascinación.
Era un interés un poco excéntrico, pero el joven reportero, alto, rubio y de veintisiete años, había sabido sacarle partido. Había empezado su carrera escribiendo obituarios en The Baltimore Sun. Era una tarea que el jefe de redacción asignaba a los novatos para ver cómo se las arreglaban escribiendo y editando. La mayoría de los redactores vivían como una condena su período al frente de los obituarios, pero Sheppard se lo había pasado genial.
De ahí lo transfirieron a la sección de crímenes. En una ocasión, la legendaria reportera Edna Buchanan había dicho que la sección de crímenes lo tenía todo: ambición, sexo, violencia, comedia y tragedia. Estaba en lo cierto. Aunque había que producir sin pausa, y el puesto era una prueba de fuego a la que los editores sometían a sus redactores antes de promoverlos a otras secciones más glamurosas, Sheppard se enamoró del trabajo e hizo saber que no le interesaba hacer ninguna otra clase de reportajes.
Era un reportero especializado en crímenes excepcional, eso había que reconocérselo. Tenía ojo para los detalles, buena mano con los confidentes y contaba unas historias de cojones.
Con el paso de los años fue tejiendo una amplia red de contactos a ambos lados de la ley. Los capitanes de la policía y los lugartenientes de la mafia le respetaban por igual por su integridad. Sus fuentes sabían que nunca publicaba una palabra sin verificar los hechos antes.
Gracias a su reputación de tío legal que protegía el anonimato de sus fuentes, Sheppard recibía soplos con regularidad. Era raro que un soplo se convirtiera en noticia. La clave estaba en saber cuáles valía la pena rastrear. Como había dicho Hemingway, un escritor necesitaba un «detector de mierda a prueba de balas». Sheppard había descubierto que, cuanto más veraz era una fuente, más tiempo consumía la investigación. Pero, por supuesto, toda regla tenía su excepción.
En lo referente a él mismo, cuanto más escandalosa parecía una historia más le interesaba. Y ahora mismo su interés alcanzaba cotas bastante elevadas.
Mientras conducía hacia la funeraria Thomas J. Gosse, en las afueras de la ciudad, los titulares ya habían empezado a desfilar ante sus ojos. Sin duda estaba ensillando el caballo antes de traerlo, pero su instinto le decía que si aquella historia tenía éxito, el éxito sería enorme.
El titular, por lo tanto, tenía que ser enorme también. Sensacional. El caso tenía suficiente potencial como para llegar a la primera plana. Joder, incluso podía dar para una explosiva serie por entregas.
Cuando entró en el aparcamiento de la funeraria, Sheppard ya había encontrado su titular. Era un poco afectado pero en cuanto los lectores empezaran a leer el reportaje descubrirían que tenía un significado oculto. Quedarían espantados, no solo por el propio crimen, sino por la identidad de sus presuntos culpables.
Cerró el coche con llave y repasó otra vez en su mente el titular. La invasión de los secuestradores de cuerpos.
Eso sí que llamaba la atención, joder. Solo esperaba que el tío que le había pasado el soplo no estuviera haciéndole perder el tiempo.
9
Montrose, Colorado
El otoño no había llegado, pero el aire de la noche refrescaba cuando Harvath salió del solitario edificio del aeropuerto.
Afuera, recostado contra un Hummer H2 con el emblema del hotel Elk Mountain, estaba uno de los tíos más duros y más corpulentos que había conocido en su vida. Se llamaba Tim Finney y lo apodaban el Señor de la Guerra desde la época en que había sido campeón de shootfighting de la División del Pacífico. Era un maestro en el arte de aniquilar a otros hombres usando las manos, la cabeza, los codos y las rodillas, y uno de los pocos individuos a los que Harvath probablemente no podría doblegar en una pelea callejera.
Finney le sacaba una cabeza, era el doble de ancho y paraba la báscula en 115 kilos de puro músculo: nada mal para haber cumplido los cincuenta. Tenía los ojos de un color verde intenso y llevaba el cráneo rapado al cero. Pese a su tamaño y a su fama de luchador sin escrúpulos ni contemplaciones, también era un tío alegre y despreocupado. Y tenía motivos para ser feliz.
En la familia Finney nada era gratis. El viejo Finney, el patriarca de la prole, era un cabrón duro de roer, y todos sus hijos habían tenido que pagarse la universidad. Tim había trabajado como portero en varios clubes nocturnos de Los Ángeles antes de que alguien reconociera su talento y un entrenador personal enderezara sus pasos hacia el campeonato de shootfighting de la División del Pacífico. De esta variante de la lucha mixta nacería después la célebre serie Ultimate Fighting.
Tim Finney siempre tenía la mirada puesta en la siguiente cumbre, y si el ascenso se ponía difícil contaba con un plan B y otra estrategia para llegar hasta arriba. Era el boy scout consumado, siempre listo.
Durante varios años había trabajado en la cadena hotelera de su familia y luego se había lanzado a conquistar su sueño: abrir un exclusivo albergue de cinco estrellas en una reserva privada de doscientas hectáreas en las montañas de San Juan, en Colorado, a una media hora de Telluride. Sin embargo, el sueño no acababa ahí.
En el hotel, Finney había construido un campo de entrenamiento con tecnología de vanguardia que no tenía igual en todo el mundo. Lo había bautizado Valhalla, en homenaje al cielo de los guerreros de la mitología escandinava.
Finney había llevado allí a los mejores escenógrafos y técnicos de Hollywood para recrear los escenarios de peligro más realistas del planeta. Y había hecho algo revolucionario: además de los miembros de élite del Ejército y las fuerzas de la ley, había permitido el ingreso de civiles. Incluso había puesto un anuncio en el Robb Report, que, junto con el boca a boca de sus clientes, le había hecho ganar una fortuna. El libro de huéspedes del hotel, que permanecía bajo llave, era un Quién es quién de las altas esferas empresariales, el mundo de los deportes y el estrellato del espectáculo.
Gracias al éxito de Valhalla, Finney había llevado el proyecto a otro nivel: a un nivel completamente diferente, del que solo se hablaba en voz baja en las salas de reuniones más seguras de la CIA, el complejo de la Fuerza Delta en Fort Bragg y otras unidades de inteligencia que no figuraban en los registros y operaban en secreto en el norte de Virginia y otros lugares más remotos.