El prometido despreciado

Laura A. Lopez · Capítulo 1 de 39

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El prometido despreciado

Introducción

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Biografía

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Escritora Libre

@ladriana22

Introducción

Antes de empezar a leer la novela, quería recordarles que es ficción. Los hechos son ficticios y no representan mi opinión sobre algunas cuestiones que podrán notar una vez que avancen. La ambientación de la novela está basada más en el romance y prejuicios de la época como en la mayoría de mis novelas, y no en hechos puntuales de valor histórico.

Capítulo 1

Christopher Adler observaba con afán hacia una de las calles desiertas de Londres antes de entrar a un bar en donde se encontraría con otros caballeros para jugar una partida.

No era un apostador, pero le resultaba divertido desperdiciar un poco de dinero de vez en cuando. Con veintisiete años tenía su fortuna personal heredada a la muerte de su padre. Como segundo hijo del conde de Lincoln, no tendría acceso al título. Eso era una gran ventaja para él, pues no tenía una obligación que cumplir, aunque era más responsable que su hermano Henry, quien era el actual conde.

Christopher estaba enamorado de una debutante a la que había conocido a principios de la temporada. Sin tiempo que perder había conversado con la familia de la muchacha concediéndole así la mano de la joven. Cada día estaba más ansioso por conocer mejor a lady Isabella Harper. Todavía no había podido probar sus labios y se hallaba ansioso por hacerlo.

Todo le encantaba de ella, en especial su belleza. Su cabello azabache hacía un contraste perfecto con sus ojos azules y su piel tan blanca. Ella le parecía tan jovial y divertida que hasta le costaba trabajo creer que estuvieran comprometidos. Él no era un hombre tan divertido ni arriesgado, era inexplicablemente responsable no como su hermano y otros caballeros a los que conocía.

—¡Qué gran sorpresa, Christopher! —expresó Henry, el hermano mayor del joven.

—¿No me digas que jugaré contra ti? —interpeló Christopher con incredulidad.

—Me temo que terminaré retirado en el primer juego. Alguien no sabe con quién está tratando.

—August me ha dicho que traerá a su amigo que dice que es un experimentado jugador y solo para vencerme...

—¿Y no sabes quién es ese jugador? Te lo diré yo, es Archibald Turner, marqués de Kork.

—No lo conozco...

—Yo he tenido la triste ocasión de conocerlo. Es un joven engreído y caprichoso. Su capacidad es indudable, pero tú eres mucho mejor en todos los aspectos, mas no tan apuesto y codiciado como él.

—Para lo que me importa ser cotizado. Estoy comprometido y lo he conseguido con esta cara que tienes frente a ti, no hay ninguna artimaña. Al menos un juego resultará desafiante para mí. Ya no tiene sentido vencer a las personas con tanta facilidad.

—Procura que tu ego no termine con tu humildad, querido hermano.

Puedes recibir una paliza por fanfarrón.

—¡Fanfarrón! Eso es algo nuevo para mí. ¿Tú llamándome fanfarrón?

En este lado del río el agua es de un color diferente...

—Cuidado en cómo te refieres a mí, soy tu hermano mayor —dijo Henry, burlón.

Ambos siguieron esperando a quienes debían alcanzarlos en el lugar, aunque decidieron entrar al sitio. El cielo comenzaba a mostrar señales inequívocas de que pronto llovería. Los relámpagos iluminaban los oscuros escondrijos londinenses y los vientos doblaban las ramas más blandas de los árboles. Las hojas se desprendían y la arena azotaba con violencia a las personas, carruajes y caballos que se hallaban en las calles.

Después de una espera que los había puesto a beber, aparecieron los dos caballeros a los que aguardaban.

—Mis buenos amigos… —saludó August Sommer, barón Seaford—.

Quería presentarles a Archibald Turner, marqués de Kork. Está de paso por Londres antes de regresar a su residencia en Irlanda.

El joven de unos veintidós años miraba con cierta supremacía a Christopher y Henry. En el fondo no los consideraba dignos adversarios para su malicia

e intelecto. Había tenido la mejor instrucción en todos los aspectos y eso lo convertía en alguien muy seguro de sí mismo, llegando casi al egoísmo.

—Es un placer conocer a tus amigos, August. Quería decirles que nadie puede ganarme en las cartas. La suerte siempre está de mi lado —añadió con suficiencia y una reverencia.

Christopher hizo un gesto con sus labios, luego levantó una ceja y procedió a agradecer tan agradable presentación.

—También es un placer conocer a su señoría. Mi nombre es Christopher Adler y soy hermano del conde de Lincoln —mencionó como saludo.

Prefirió no entrar en el absurdo juego de egos con una criatura prepotente como él.

También Henry se presentó con el recién llegado, aunque ambos parecían conocerse de un tiempo atrás.

Los cuatro caballeros tomaron asiento, pidieron más bebidas y colocaron sus apuestas sobre la mesa. Tres de ellos apostaron con mesura, mientras que el marqués de Kork colocó algo demasiado valioso.

—¿Veinte caballos egipcios? —increpó August, sorprendido.

—Solo los miserables apuestan pequeñeces —alegó Archibald.

Para Christopher las cosas se habían puesto jugosas. Veinte caballos era lo que necesitaba para que su negocio fuera más fructífero. Amaba a esos animales y también lucrar con ellos, aunque no le gustaba que los llamaran pobres. Para él era un simple juego en donde no era necesario perder la cordura. La apuesta del marqués era una muestra de la confianza ciega que sentía hacia sus habilidades, pero también lo era de una inmadurez evidente.

Habían quedado que el ganador sería el mejor de cinco juegos. Cuando Christopher ganó la primera partida, Archibald trató mantener la compostura, mas su mirada verde y el movimiento nervioso de sus cabellos rojizos, lo delataban. Comenzaba a odiar a quien era mejor que él.

A cada juego que pasaba, tenían como ganador a Christopher. Ya para el cuarto juego habían tomado demasiado y los ánimos comenzaron a caldearse. Estaban tensionados, porque la lucha que era entre el marqués y Christopher estaba yendo más allá de un simple juego.

—¡Maldito tramposo! —exclamó Archibald que intentó coger por las prendas a Christopher, pero August lo detuvo.

—¡Oye! ¡Fue un juego justo! —proclamó Henry para defender a su hermano.

A Archibald eso no le había importado por lo que le asentó un golpe en el rostro a Henry.

—¡Es un mal perdedor, señoría! —replicó Christopher devolviéndole el puñetazo.

—¡Es suficiente, Archibald! —espetó August—. ¡No hay nada que reclamar! ¡Vámonos!

—¡Quiero mis malditos caballos, fanfarrón codicioso! —masculló Christopher, molesto.

August salió con su amigo hasta fuera del lugar para subir al carruaje que los había llevado hasta ahí.

—¡Ese maldito no pudo haberme ganado! ¡Es imposible! —gruñó Archibald.

—No fue tu día, Archibald. Es todo. Debes pagarle ya que apostaste tanto.

—Juro que esta se las cobraré. Nadie me humillará de esta manera.

Al ver que se retiraban, Henry se acariciaba la mejilla a causa de la histeria de uno de sus contrincantes.

—¿De dónde sacaron a ese loco? Es mejor que no me pague si no puede tener palabra —habló Christopher, enfadado por la situación tan vergonzosa que tuvieron que atravesar.

—Te dije que era un engreído.

—Pudiste darme más pistas. Lo que sí puedo asegurar es que es un mal perdedor. Un crío insolente sin ningún correctivo en su infancia.

—No puedo negarlo ni asegurarlo. Me duele la cara...

—Regresaré a mi casa. Esta noche ha sido nefasta, más que suficiente con este asunto. No volveré a apostar con críos.

—Con sinceridad pensé que él sería diferente en el juego, pero es aún peor en eso que con un saludo común.

—Es probable. Adiós, Henry.

El hermano del conde de Lincoln se sentía bastante molesto. Nunca había soportado tanta niñería junta. Lo único que le ponía de buen humor era que al día siguiente tenía varias cosas que atender, y si le sobraba tiempo pasaría junto a su prometida.

Él regresó a su modesta residencia de soltero que tenía en Londres.

Prefería vivir en el campo, pero por la temporada social era asiduo a descansar en ese sitio. Para Christopher no era terrible participar de musicales o bailes, los apreciaba como pocos podían. No tenía obligaciones con el título y por eso no era un codiciado conde, solo era un hijo rico de un noble o era más conocido como el hermano del conde de Lincoln. Pocas damas estaban interesadas en ser una señora o lady sin título.

A su prometida eso no parecía importarle demasiado o al menos a su familia, por eso le habían concedido su mano. Los ojos de Isabella eran su perdición, estaba enamorado de ella y de su gracia. Su voz era como oír una melodía de sirena, lo mantenía embelesado como un tonto y su jovialidad era contagiosa. La muchacha correspondía a sus atenciones de una buena manera y por eso él consideraba que pronto podría pedirle que lo honrara con un beso. Él se sentía digno de eso. Se consideraba joven, inteligente y atractivo; atractivo en todos los aspectos, desde el dinero hasta el físico.

Nunca le habían faltado mujeres, aunque a él ya no le interesaba ninguna, salvo Isabella.

Por la noche, se arregló para dormir y se acostó en su lecho. Era un caballero asiduo a la lectura, le gustaba un buen libro y una taza de té antes de dormir. No era conocido por sus escándalos, era un buen hombre y sobre todo respetable.

Por la mañana, Christopher despertó con el libro tirado en el suelo. Se había quedado dormido en plena lectura. Cogió aquello y lo colocó en la mesa de noche junto a la taza vacía.

Fue hacia la jofaina para limpiar su cara. Una vez que lo hizo observó que ya no tuviera el rostro somnoliento. Se dio una sonrisa al verse satisfecho.

También mojó sus cabellos para colocarlos en una buena posición. Agarró algunas prendas del armario y se vistió para poder realizar sus labores en ese día.

Su ama de llaves estaba en el salón, ordenando y limpiando. En aquel lugar ni siquiera había suciedad, pues él pasaba más tiempo en su despacho, enterrado entre muchos papeles que eran los encargados de acreditar su buen pasar y su fortuna.

—Buen día, señora Foster —saludó el joven que iba hacia su despacho.

—Buen día, milord. ¿A dónde cree que va? —interpeló la mujer de unos sesenta años.

—A mi despacho, señora Foster, debo...

—Mi niño, usted desayunará antes de encerrarse en esa prisión.

—Pero...

—No se ponga a discutir que no lo voy a escuchar. Yo lo traje al mundo y quiero lo mejor para usted. Lo más importante es que se mantenga fuerte.

Debería salir a hacer equitación y no encerrarse en una habitación para acumular una fortuna que su futura esposa gastará.

Él sonrió y obedeció a quien en el pasado fuera primero doncella, niñera y por último ama de llaves. Nunca quiso deshacerse de la señora Foster. Era lo más cercano a una familia que él podía apreciar. Desde niño se había ocupado de darle cariño y afecto a él y a su hermano, mientras sus padres se enfocaban en pelear por lo mal que se llevaban.

—¿Qué comeremos en el almuerzo? —preguntó Christopher con curiosidad.

—Todavía no ha desayunado y ya piensa en almuerzo, eso es codicia, pero estaba considerando preparar una tarta de carne. Puede invitar al conde a comer.

—¿Para que me llame ladrón porque está en mi casa y no en la suya?

—Yo lo escogí a usted. Creo que me necesita más. Su hermano tiene un ejército de criados a su servicio. Ya no tendría nada que hacer ahí. En cambio, aquí, soy quien se encarga de atenderlo.

—Henry es celoso y envidioso. Hoy no lo veré, así que procure que no sobre la comida. Estaré ansioso por comer esa deliciosa tarta. ¿Después del desayuno puedo ir a mi despacho? Tengo que sacar unos papeles importantes de una venta.

—Por supuesto que puede. Solo quiero que se alimente... —La mujer alzó su mano y pinchó la mejilla izquierda de Christopher como si fuera un niño.

Lo adoraba, para ella, él era lo más importante. Siempre lo había protegido por ser el repuesto para su hermano. No deseaba que se sintiera de esa manera. Se encargaba de consentirlo y mimarlo. Esperaba resultar agradable a la futura esposa de Christopher, puesto que, a su edad ya nadie la contrataría. Esperaba ser de utilidad para poder seguir cerca de él. La señora Foster sabía que el joven había caído enamorado de una dama de gran belleza y que al parecer aquella le correspondía. La ponía contenta al ver la ilusión a través de la mirada ambarina del muchacho. Lo admiraba por estar preparándose para el futuro. En su pecho siempre había sentido que Christopher estaba mejor preparado para ser conde y no su hermano mayor.