El prometido despreciado
Capítulo 2
Lady Isabella Harper tenía el dulce despertar con el sonido de la doncella acomodando prendas y sábanas en los armarios.
—¿No hay mejor momento para hacer eso? —interrogó Isabella, socarrona.
Ella ni siquiera había abierto sus ojos.
—Lo siento, milady. Lamento haberla despertado. Su padre todavía tiene esperanzas de que desayune con él y su madre. Sus hermanas mayores también han venido.
—Comprendo. Él te ha enviado. —Isabella bostezó y se levantó de su lecho.
Enseguida la doncella corrió hacia ella para desvestirla y colocarle su vestido de día. Después la ayudó a asearse el rostro y por último se dispuso a quitarle las telas en las que estaban envueltos sus bucles para que cayeran con gracia sobre sus hombros.
Isabella movía la cabeza de un lado al otro para probar el atractivo de sus rulos. Ella sabía apreciarse y siempre deseaba estar perfecta.
Una vez que se sintió lista, descendió las escaleras con la prisa de un caracol. Era la menor, le gustaba hacerse esperar.
—¡Aquí viene la joya de la casa! —pronunció su padre, sonriente y orgulloso de su hija menor. Tenía cinco hijos. Primero estaba Vicent, que sería el futuro conde de Hurlingham. Anne, Lilibeth y Camille, se habían casado hacía un par de años y la única que quedaba era ella que ya estaba comprometida. Podía morir tranquilo, puesto que tenía todo lo que necesitaba para ser feliz.
Ella corrió a dejarle un beso en la mejilla derecha a su padre.
—Buen día, padre. Buen día a todos, ¿y Vicent? —inquirió mirando a los demás antes de sentarse. Había preguntado por su hermano, pues él
acostumbraba a desayunar con ellos cuando su esposa e hijos no estaban en Londres.
—Salió temprano a cabalgar, ya sabes que tu hermano ama los caballos, querida. Es probable que se encuentre con tu prometido —respondió la condesa.
—¡Oh, cuéntanos sobre el compromiso! Nosotras estábamos fuera de Londres. Sabes que las mujeres casadas no tenemos nada que hacer en la temporada social —alegó su hermana Camille.
—¿Por qué no le preguntan a mi padre? Me ha comprometido con el primero que le pidió mi mano. No tiene título —contó Isabella como si eso le diera vergüenza. Ella quería ser como sus hermanas. Todas ellas se habían casado con hombres de la nobleza. Tenía dos hermanas condesas y una duquesa.
—Él es un joven galante, de buen ver, muy adinerado y su hermano es un conde. Definitivamente Christopher es de la nobleza. Además, hace negocios con Vicent. Es un hombre honesto al que no se le conocen vicios ni escándalos —aseguró el padre de la muchacha—. Te comprará cosas buenas y tendrás un buen pasar.
Para Isabella no era suficiente. Ella siempre había deseado un título. No podía ser menos que sus hermanas. Christopher le agradaba y en verdad era muy atractivo, lo respetaba y lo tenía en cuenta, pero tenía un porte muy señorial y aburrido para alguien de su alegría. En donde ella se encontraba todo estallaba, se sentía el alma de las fiestas.
—¡Qué buen partido! —expresó Lilibeth.
—¿Creen que Vicent lo traerá para que lo conozcamos? —indagó Anne.
—Es probable. Después de su paseo matutino irá sin duda alguna. Él ha venido a Londres por negocios con el prometido de tu hermana. Me encanta ese muchacho —pronunció el padre.
Todos en su familia estaban entusiasmados. En ocasiones ella también, quizá contagiada por el buen ánimo de sus progenitores. Ansiaba casarse, aunque le quedaría el vacío de un título en su orgullo.
Su compromiso había sido apresurado por el intenso deseo del caballero que había quedado prendado de ella desde la primera vez que la vio. Ella no había sido indiferente a la atracción, porque aquel era atento, atractivo, inteligente y rico. Asimismo, sopesaba que, tal vez no consiguiera un mejor partido que ese. Pudo haberlo rechazado, puesto que Isabella codiciaba más cosas. En ese momento le quedaba la resignación y disfrutar de las cosas buenas. Christopher le había asegurado que le daría más de lo que su padre podía brindarle, además de mucho dinero, lujos, propiedades, paseos y viajes. Todo eso era alentador para un futuro satisfactorio. Cada vez que tenía dudas, miraba el anillo con un gran diamante en el centro para confiar en que no codiciaría nada más y se conformaría con su destino.
Siguieron conversando en la mesa. Isabella estaba feliz cuando ella era el centro de atención. Por ser la más joven y pequeña, la consentían mucho.
Ya tenía sobrinos y sobrinas. El mayor pronto cumpliría trece años y era hija de su hermano Vicent. Se divertía con ella porque se llevaban menos tiempo con aquella que con sus hermanos. Podría jurar que influenciaba mucho en Gabriella, incluso en el nombre eran parecidas.
Cuando acabaron el desayuno, Isabella fue al jardín, pero prefirió regresar a la residencia. Todo se encontraba mojado después de la lluvia de la noche.
Se sentó junto a sus hermanas y su madre para escuchar de lo que conversaban. Cogió al gato para no sentirse tan fuera de lugar y divertirse.
—Debemos comenzar a ver los vestidos, comida, adornos y bebidas para el matrimonio de Isabella, madre. No podemos retrasar eso. Quiero ver a la última de la familia ir bien casada. Eso sería una gran alegría para nuestro padre. Su salud no ha sido buena en los últimos años... —manifestó Camille.
—¿Qué esperabas, hija mía? Tiene casi setenta años. El pobre está cansado de todo. Creo que todavía sigue aquí para ver que todos estén felices —
habló la condesa.
—Mi padre es tan fuerte como un roble, no se morirá con nada —
farfulló Isabella, enfurruñada por como hablaban de su adorado padre.
Aquel era lo más importante en su vida, por más que pareciera su abuelo.
—No puedes tapar el sol con un dedo, Isabella. Nuestro padre está más del otro lado que de este. Debemos hacerlo feliz en sus últimos días, semanas, meses o años. No creas que durará para siempre —musitó Anna.
—Me duele que hablen así de él. Me iré a hacerle compañía...
Ella se llevó consigo al gato sin importarle mucho más. Prefería divertir a su padre que escucharlas sepultarlo aun estando con vida.
Fue a buscar a su progenitor que estaba en su despacho. En realidad, él ya no hacía nada. Los asuntos del título los llevaba Vicent, su padre solo miraba cosas antiguas o se ponía a leer algo de su agrado.
Al entrar en el despacho, ella lo vio dormido. Sonrió al darse cuenta de que se veía tierno en esa posición.
—¿Padre? —inquirió con sigilo, pero él no le había contestado—.
Padre...
Isabella insistió un par de veces. Arrojó al gato y corrió hacia el conde para saber si todavía estaba vivo.
—¡Padre! ¡Padre! —gritó al borde del llanto.
—¡Oh, muchacha! ¡Qué ocurre! —exaltó su padre, asustado. Se había quedado dormido.
El alma de Isabella había regresado a su cuerpo al escuchar la voz de aquel.
—Solo quería jugar —mintió. De ninguna manera le diría que lo había creído muerto por al menos veinte segundos.
—Me distraje un momento —justificó el viejo y cansado padre de la joven.
—Vine con el gato, pero él se ha ido...
—Este felino es un animal maleducado. Se ha dormido sobre mí demasiadas veces —rio al contarlo—. ¿Qué necesitas, querida? ¿Tu guardarropa no es de tu agrado o te incomoda la cama? Tú solo dime y yo me encargaré de todo —musitó el caballero con amabilidad.
—No, padre. Solo he venido junto a usted. —Ella lo abrazó y le dio un beso en la frente—. Vine porque lo extrañaba mucho.
—Mi pequeña, mi máxima felicidad —mencionó el hombre entre suspiros de verdadero afecto por su hija. Él la observó con un cariño incomparable
—. Todavía no podía creer que tu madre había quedado embarazada de ti.
Has sido la sorpresa más grata de nuestra vida. Cuando creí que había criado a todos mis hijos llegaste tú para darle vida a mis rutinarios días, mi querida Isabella...
Con esas palabras que él pronunciaba deseaba llorar con amargura por el temor a perderlo. Debía admitir que con los años su padre había dejado de ser ese hombre fuerte que era capaz de todo. Cada día parecía estar más resignado a que la vida pasara frente a sus ojos. Quizá no fuera su intención ser de esa manera, su cansancio y los años tampoco eran los mejores compañeros. Después de tantos años debía regresar a las presentaciones de sociedad. No era sencillo para él parecer el abuelo en todos los acontecimientos.
—Siento que exagera, padre.
—¿Exagerar? Eres tan valiosa que no exagero, mi pequeña malcriada.
Ya deseo verte casada. Ese joven no ha podido escoger mejor. El día en que se presentó frente a mí tuve como una visión. Te veía felizmente casada junto a él.
—Es una pena que no tenga ningún título. Me hubiera gustado quedar al nivel de mis hermanas mayores. Mi madre alardea mucho de ellas y de sus
esposos por tener un rango nobiliario.
—El título no importa cuando el caballero ofrece el cielo y la tierra a la dueña de sus afectos, querida. Algunos sentimientos son más fuertes que la conciencia. Quizá Christopher no tenga un título, pero es un hombre respetable que se ocupará de ti. Siente una gran devoción por todo lo que representas por eso tiene mi aprobación. Te adorará de la misma manera en que yo lo hago. Solo confío en él para que esté a tu lado.
A ella le conmovía la forma de pensar de su padre. En verdad que no podía desconfiar de sus decisiones. Debió ver algo muy bueno en el caballero que la pretendía por eso ni siquiera había titubeado para entregarle su mano a alguien con quien había bailado y paseado dos veces, aunque su hermano conocía mejor a Christopher Adler. Si su familia lo aprobaba era porque sin dudas era lo correcto y ella lo aceptaba.
La muchacha se quedó en el despacho a hacerle compañía a su padre.
Mientras tanto, en el salón Vicent, el hermano mayor de la joven, había regresado y lo hizo con una compañía: Christopher.
Las hermanas de Isabella estaban encantadas de conocerlo. Tan solo al verlo lo habían adorado. Tenía una presencia sobria, tranquila y ceremoniosa.
Todo lo que necesitaba la menor de las hermanas para mantener los pies en la tierra. A ellas siempre les había preocupado el carácter impetuoso de la joya de la familia. No estaban seguras de que en algún momento no cometiera alguna locura.
—¿Dónde está Isabella? —preguntó Vicent—. Debe saludar a su prometido. Estoy seguro de que no ha aceptado mi invitación solo porque soy guapo, es evidente que lo hizo por ella.
A Christopher no le había quedado más remedio que sonrojarse ante la insinuación de su amigo y socio.
—Será grato poder saludar a milady estando aquí, aunque me han traído los negocios, no hay que desaprovechar las oportunidades.