El renacer de los dioses
dos inquietas pero
asustadas sombras
rompían la quietud.
Algunos animales
se escondían al
verlos pasar pero
otros les miraban,
curiosos desde lejos.
Seguro que los animales
se preguntarían si aquellas
dos sombras no podían
oler el peligro, o es que
eran tan estúpidas como valientes…”
(Fragmento de un antiguo poema Élfico)
Cuando miró hacia atrás, la bella Tralfi, sintió una enorme decepción.
Llevaban casi dos horas andando desde que dejaron al resto de los Centauros y apenas habían avanzado. Casi podía distinguir el poblado Centauro a lo lejos
Al volver a mirar hacia delante se llevó un pequeño sobresalto.
¡Conseisao no estaba!
La Centaura charlatana había desaparecido. Se quedó quita. Inmóvil.
En silencio.
No se oía nada. Absolutamente nada. Ahora sí que se había asustado de verdad. Muy mal tenía que estar Conseisao para haberse callado. Era una Centaura muy simpática, rellenita y atractiva pero no se callaba ni bajo el agua. ¿Hablaría tanto dormida?
Pese a la gravedad de la situación, Veena no pudo evitar esgrimir una pequeña sonrisa. Podía parecer cruel, pero se había dado cuenta de que el humor la ayudaba contra el miedo…
Nada. No la veía por ningún lado. Había vuelto hacia atrás, había mirado a ambos lados del camino…
Pero no la encontraba por ningún sitio. Estaba empezando a asustarse mucho. No es que Conseisao fuera una Centaura muy valiente pero pondría la mano en el fuego a que jamás se hubiera ido sin decirla nada.
Seguro que estaba inconsciente detrás de unos setos o le había ocurrido algo peor.
Al principio no quería hacer ruido, pero al final no tuvo más remedio que llamarla para buscarla. Gritó tantas veces su nombre que ya le salía sin pensarlo.
Cuando ya estaba harta de buscar y la desesperación comenzaba a hacer mella en ella,
la encontró- Ante ella apareció la enorme, gigantesca e imponente Esfinge.
Jamás hubiera pensado que podría existir algo tan grande. Los Trolls de la Montaña parecían bebes al lado de esa… ¿cosa?
Veena se sorprendió al verla tan inmóvil. Parecía una de esas estúpidas construcciones que tanto le gustaban hacer a los Humanos.
También se asombró al descubrir que ella misma no estaba, ni siquiera, un poco asustada. Respetuosamente sobrecogida, eso sí. ¿Pero asustada? Ni un poquito. A lo mejor lo estaría en cuanto se moviera aquella estática figura y se haría baños menores en sus nuevas mallas verdes (que en la oscuridad no le quedaban nada bien porque la hacían parecer una jodida Elfa, en vez una de su raza…)
Se acercó un poco más pero sin llegar a tocarla. La Esfinge estaba parada en medio de un claro en el espeso bosque.
La Tralfi se fijó en que sí quería pasar debía de ser por donde estaba aquella excepcional criatura. Curiosa mezcla de mujer humana y de León, tan maravillosa como letal, Veena no podía parar de admirar aquella belleza tan salvaje.
Siguió buscando una alternativa al camino en el bosque pero pronto se percató de que la única manera posible de avanzar a través del bosque era por el camino que ocupaba aquella enorme criatura.
Fue entonces cuando descubrió a Conseisao. No estaba inconsciente pero tampoco se enteraba de nada. Estaba acurrucada en el suelo hecha una extraña bola de pelos, patas y brazos.
Miró su cara y estaba más pálida que la luna y con los ojos desorbitados. Parecía como que se hubiera quedado paralizada por el terror.
La poderosa hechicera jamás había visto el miedo reflejado de esa forma tan cruel en nadie.
Se agachó junto a ella, la susurró bonitas palabras para tranquilizarla, la acarició, la miró con cariño…
Hasta que poco a poco, Conseisao volvió a su ser. No estaba del todo bien, pero al menos sí lo suficientemente tranquila para poder hablar.
- No… no puedo. No… no quiero enfrentarme
a esa cosa. Tengo… mucho miedo. Está quieta... y no puedo ni mirarla
¿Qué haremos si no sabemos lo que nos pregunta? - Gritó Conseisao a Veena, totalmente aterrada de miedo.
Veena se tomó su tiempo para contestar. Temía decir algo mal y que volviera a entrar en ese lamentable estado. Antes de replicar, la acarició y le dijo suavemente.
- No te preocupes, preciosa. Eres demasiado joven para correr ese estúpido peligro. Yo estoy obligada pero tu no. Tan sólo observa o mejor, escóndete. A mí no me importa. Si crees saber la respuesta, llámame y me lo dices… ¿de acuerdo, mi niña? -
Entonces, Veena se sobresaltó al mirar a la Centaura a los ojos.
Aquellos tiernos ojos, tan llenos de cariño y ternura antes de salir de su pueblo, estaban ahora inundados de miedo.
- No... no lo entiendes. Nosotros, los Centauros, somos diferentes. No sólo por la extraña mezcla de razas que somos sino por una "cualidad" que nos concedieron los Dioses. Nos dieron la inteligencia, sabiduría y perspicacia del Humano y, por parte equina, nos transmitieron su nobleza, gallardía y fuerza. Somos tan "nobles" que no podemos mentir. Nos es imposible. Se nos traba la lengua y nos ponemos nerviosos… ¡¡muy nerviosos!! ¡¡Más que ahora!! ¡¡Tengo que hacer obligatoriamente la prueba contigo o sí no se darán cuenta y me desterrarán para siempre!! – le explicó la joven Centaura casi de carrerilla a la anonadada Tralfi.
Veena suspiró. La volvió a abrazar y le aseguró que todo saldría bien.
Ante la cara de incredulidad de Conseisao, esta la contó que era una hechicera y "que tenía un as escondido en la manga". La Centaura no terminaba de creérselo pero aún así, hizo una amago de sonreír.
Juntas se alzaron frente a la Esfinge y las dos, a la vez, la miraron impresionadas por su tamaño. Las dos, también en el mismo instante, intentaron pasar por el camino sin hacer ruido pero…
La tierra tembló. Parecía un terremoto. Pese a ser noche cerrada, cientos de pájaros y animales salieron despavoridos de sus escondrijos.
El suelo se inundó de miles de hojas caídas de los árboles más cercanos. La poderosa Esfinge había despertado de su, aparente, letargo.
- ¿Quién osa pasar por el camino que he de vigilar? ¿Una yegua con cara de humana y una Elfa medio Humana? ¡¡Pues vaya par de seres más curiosos que me quieren retar!! - Tronó la voz hueca, casi cadavérica de dentro de la enorme boca de la gigante.
Veena sonrió y miró despectivamente a la Esfinge. Al poco la contestó con desprecio, "¿Una yegua y una Elfa? ¡Te creía un ser más inteligente!
Creo que te va a doler el que seas derrotada por una bella Centaura y una humilde Tralfi, vanidoso ser…"
Capítulo V:
“VETE