El secreto de las nubes

Alyson Richman · Capítulo 3 de 77

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El secreto de las nubes

Capítulo 2

2

El siguiente martes por la mañana, como lo prometí, fui a ver al director Nelson antes de que comenzaran las clases y le di mi respuesta.

—Me encanta, Maggie. Creo que hará un gran trabajo con Yuri.

Noté cómo me ruborizaba. Deseaba que el director tuviera razón, pero yo me sentía plagada de incertidumbre. Sabía que había cambiado de carrera porque quería marcar una diferencia en el mundo y pensaba que no había mejor manera de hacerlo que ayudando a moldear la vida de un niño.

Pero, de pronto, lo que estaba en juego era mucho más que antes. No podía fallarle a ese niñito enfermo.

—Le avisaré a la familia que usted pasará mañana para presentarse.

—Me parece bien —respondí y regresé de prisa por el pasillo para llegar a mi salón antes que el primer grupo de estudiantes.

Todos los maestros, sin importar el grado o el tiempo que lleven dando clases, batallan durante las primeras semanas del año escolar. Tenemos solo una pequeña oportunidad para conectarnos con cada niño y necesitamos dar una buena impresión desde el principio. Los músculos de los chicos todavía se aferran a los recuerdos de las vacaciones de verano: el campamento deportivo o los días de ocio en la playa. A la mayoría, en particular a los varones, les cuesta trabajo estar sentados y tranquilos todo el tiempo.

Como sucede con las profesoras nuevas, yo todavía tenía grandes reservas de energía. En la mañana, de ser la Maggie Topper ojerosa y necesitada de café, en pijama de franela con motivos de pétalos de rosa, me había transformado en una excepcional maestra con cafeína en su sistema.

Me peiné el cabello con la secadora hasta dejarlo como una lámina de cobre

y me vestí con ropa que me pareció profesional y, al mismo tiempo, con cierto estilo.

«La revelación inesperada», anoté en el pizarrón el día que conocí a mi grupo de Literatura de sexto grado.

—Vamos a aprender cuando menos lo esperemos.

—Genial —dijo Óscar—. ¿Entonces no va a haber tarea?

—No tan rápido. Escribiremos mucho este año. Van a encontrar cosas en las que nunca pensaron antes de poner el lápiz sobre el papel. —Di un golpecito en el escritorio—. ¿No les parece fantástico?

Todo el grupo se inquietó. Jack se movía en su silla. Rachel arrancó una hoja de su carpeta y la estrujó hasta formar una pelota compacta. Un lápiz rodó hasta el frente del salón.

—En unos días empezaremos a hacer nuestros cuadernos de escritura.

En ellos plasmarán sus relatos personales. Serán el reflejo de sus pensamientos, de lo que les gusta y lo que les disgusta. Incluso decorarán la portada con imágenes o palabras que en su opinión los definan mejor.

Algunos chicos hicieron muecas de hartazgo. Unas niñas de las bancas del frente escribían, sin motivo alguno, cada palabra que yo decía.

—Quienes ya están medio dormidos, despierten —bromeé—, porque este año será muy divertido.

Mi mamá me había animado a dejar mi puesto en relaciones públicas y a buscar trabajo como maestra. Una primavera, después de casi un año de estar empleada en Mellancamps Strategies, me dijo al verme:

—Tienes los ojos apagados, cariño. ¿Qué pasó con esa chispa que conozco tan bien?

—Sucede que no es como lo imaginaba —me quejé—. Pensé que me gustaría el ritmo frenético con el que se mueven las cosas en la oficina, la emoción de lidiar con la cuenta en turno. Sin embargo, todos están enfadados la mitad del tiempo y se la pasan gritándose unos a otros…

Siento náuseas a diario, me pone nerviosa que mi jefe me grite porque no pedí suficientes bagels para la junta de directores y me está dando úlcera por un trabajo en el que ni siquiera uso el cerebro.

Por un momento, mamá guardó silencio.

—Tienes veintitrés años, cariño. Sabes que eres lo suficientemente joven para cambiar de carrera. Lo que nunca regresa es tu tiempo…

—Pero ¿hacer qué?

Antes de que yo hiciera la pregunta, mi madre ya tenía la respuesta.

Desde pequeña me había visto ponerme los lentes de mi padre a manera de diadema y utilizar el caballete del sótano como pizarrón improvisado.

Desde el momento en el que entré al kínder, el salón de clases se volvió mi entorno natural. De manera instintiva gravité hacia los pupitres más cercanos a la maestra. Me encantaba la proximidad con esa persona que tenía la respuesta para cada una de mis preguntas. Y, cuando las maestras eran talentosas, exudaban una energía que irradiaba por cada poro. A diario acomodaba mis libros en el alféizar del salón de clases e imaginaba que se trataba de mi propio librero. Cuando estaba en primaria, fantaseaba con que yo era la maestra; me sentaba con la espalda derecha y los ojos alerta, y podía transportarme a su lugar o verme parada frente al pizarrón.

—Puedes volver a la escuela para hacer una maestría. Mete tu solicitud ahora y ve si consigues entrar. No pierdes nada, Maggie. Eres una persona que florece cuando tiene un propósito. Por eso estás a disgusto en tu trabajo.

—Me dio una pequeña palmadita en la frente—. Tu cerebro está desperdiciado. Y también tu corazón.

Sabía que mi madre tenía razón. Durante mi último año en la Universidad de Míchigan, mis amigos estaban deseosos de comenzar a trabajar en bancos o en grandes corporaciones. Bill había aceptado un empleo en una aseguradora muy grande; lo había conseguido gracias a uno de sus compañeros de fraternidad y esperaba con ansias empezar. Pero yo detestaba pensar en abandonar la escuela. Vivía para ella. Me encantaban sus distintos ciclos. Había siempre algo nuevo por hacer, algo distinto que aprender, con un grupo renovado de profesores al año siguiente.

No miré atrás una vez que comencé a dar clases. Amaba la energía que me proporcionaba, la electricidad que sentía al entrar en el salón. Era mucho más gratificante que promover una nueva marca de malvaviscos o

una pasta de dientes que blanqueaba la dentadura. Dar clases significaba abrir la mente de los niños a infinitas posibilidades, hacerlos pensar y cuestionar el mundo a su alrededor. Claro que había días que terminaba exhausta o irritada, pero ¿cuántos trabajos te dan la oportunidad real de influir en la vida de alguien más? Con la docencia, por fin había encontrado mi razón de ser.

La tarde siguiente, después de mi última clase, me preparé para ir a conocer a Yuri. Abrí mi enorme bolsa, y metí una libreta y un fólder en ella. Había elaborado una hoja de información para mis estudiantes en la que describía gran parte de lo que haríamos ese año. Estaba ansiosa por comenzar a trabajar con los alumnos en sus cuadernos de escritura. Me entusiasmaba que, en una media hora, me daría idea de quién era Yuri y cómo sería nuestro tiempo juntos. Me había forzado por no imaginar qué tan enfermo podía estar; no quería imponerle mis recuerdos de Ellie. Revisé el domicilio que me dio el director Nelson y respiré profundo.

La residencia de los Krasny estaba a escasos quince minutos de la escuela en auto, pasando la calle Moriches Road y no muy lejos de la granja en la que Bill y yo comprábamos maíz todo el verano.

La casa era pequeña, casi del mismo tamaño que la que rentábamos, pero la pintura exterior estaba descascarándose y el inmueble parecía desvencijado por falta de mantenimiento. Tenía un camino de ladrillo que iba de la calle a la puerta. Entre las juntas asomaban dientes de león y el pasto del jardín estaba lleno de tréboles.

Me estacioné en la calle y me miré en el espejo retrovisor. Llevaba despierta desde las seis de la mañana y mi rostro lo evidenciaba claramente.

Mi complexión delgada, con su buena dosis de pecas, me hacía verme demacrada. El borde de mis ojos tenía un color rosa brillante, como si fuera un conejo cansado. Quería dar buena impresión, pero una cara así de agotada no ayudaría mucho a entusiasmar a un nuevo alumno. Busqué mi

rímel y mi lápiz labial dentro de mi bolsa y me retoqué el maquillaje apresuradamente.

Con la bolsa en mano, cerré el auto y caminé hacia la casa pisando los dientes de león.

La mujer delgada que abrió la puerta no se presentó en un principio. Su piel y complexión delataban que venía de Europa del Este. Nunca había visto mejillas tan pronunciadas. Su cabello color trigo estaba bien recogido en un chongo.

—Hola —le dije extendiendo la mano—. Soy Maggie Topper, la profesora de Literatura de Yuri.

Sus dedos eran delgados y fríos; sus ojos estaban enmarcados por una sombra oscura. Se forzó a sonreír.

—Soy Katya, la madre de Yuri. —No usaba maquillaje, y eso me hizo desear un pañuelo para quitarme el labial color frambuesa que acababa de aplicarme—. Pase por favor.

Me dejó entrar. En su tono de voz había un acento evidente. No era que sus palabras no fueran claras; era más bien una cuestión de cadencia, lo cual hacía que sus frases sonaran trastabillantes, en staccato.

El interior de la casa estaba poco iluminado. Desde la cocina llegaba el olor de unas cebollas friéndose en aceite. La vivienda tenía ese mismo aire pesado, quieto y silencioso que recordaba de mis visitas a Ellie, como si la enfermedad se hubiera convertido en un invitado permanente.

—Yuri está en el sillón. —Con un gesto señaló la sala—. Está un poco cansado hoy. Ayer vino el profesor de Matemáticas. —Caminamos hacia el umbral de la sala y se detuvo de pronto—. ¿Puedo ofrecerle té?

—Estoy bien, gracias. Acabo de tomar mi tercera taza de café.

Katya traía puesto un suéter. Pese a ser otoño, los días eran veraniegos, así que afuera la temperatura era de unos veinte grados; sin embargo, ella parecía una de esas personas que siempre están congelándose.

—Creo que por hoy él y yo solo nos conoceremos un poco —la tranquilicé—. Y no se preocupe, no le voy a dejar ningún tipo de tarea para que pueda descansar esta noche.

Nuevamente se forzó a sonreír y dijo:

—Bien. Le agradará eso. —Vaciló por un momento—. Creo que debo mencionar que Yuri la ha pasado mal últimamente. Le gustaba mucho ir a su antigua escuela, a pesar de que faltó varios días por estar enfermo. La mudanza y tener que quedarse en casa todo el día lo ha puesto muy triste.

—Me imagino. No se preocupe. Me esforzaré para que el tiempo que pasemos juntos sea lo más divertido posible para él.

Katya asintió y señaló el pasillo con la mano.

—Bueno, pues el baño está a la izquierda. Debemos tener cuidado de lavarnos las manos. La enfermedad de Yuri le dificulta respirar a veces —

inhaló profundamente—, así que hasta un mínimo resfriado puede ser peligroso para él.

—Claro. No es necesario que me dé explicaciones. Es lógico que sea tan precavida.

Entré al baño, abrí la llave y me arremangué.

Cuando entré a la sala, Yuri estaba cubierto por un edredón; apenas asomaba el rostro entre una montaña de capas acolchonadas. Mi primera reacción al verlo fue de alivio, porque no parecía tan enfermo como recordaba a Ellie. Me recordaba en cambio a un pajarillo. Su cabello rubio estaba alborotado, como si fueran plumas. Tenía la misma piel pálida y las mejillas marcadas de su madre. Un par de enormes ojos azules me estaban mirando.

—Tú debes ser Yuri —le dije. Ahora era yo la que parecía un pajarillo.

Noté que mi voz había sonado increíblemente aguda.

Yuri bajó las cobijas hasta su cintura y pude ver que seguía en pijama.

Eran de esas antiguas, con camisa de botones y estampado azul con rojo, como las que usaba mi padre.

—Soy la señorita Topper y voy a ser tu profesora de Lengua y Literatura Inglesas.

Levantó la mano que tenía encima del edredón y me hizo un saludo débil. Le sonreí.

—Yuri, vamos a pasarla bien este año juntos. —Me senté, dejé mi bolsa en el suelo y saqué un fólder—. Leeremos muchos libros increíbles… —

Alcé la mirada para verlo—. ¿Te gusta leer?

Descubrí que había dos libros de texto en la mesita junto a él; eran de Matemáticas y de Ciencias. También vi un Game Boy de bolsillo. Pero, por lo demás, no había evidencia de que leyera por placer.

Mi pregunta quedó sin responder. En cambio, los ojos de Yuri se desviaron hacia el comedero de los pájaros junto a la ventana. Dos estorninos picoteaban una montaña de semillas y su cola emplumada subía y bajaba. El piso del porche, de madera de cedro, estaba salpicado con un montón de semillas caídas y hojas húmedas.

—Mmm… —Intenté reenfocar la conversación—. ¿Leíste algún libro este verano? —Sabía que la escuela había mandado una lista de lecturas sugeridas a todos los estudiantes de sexto año.

Una vez más, Yuri no respondió. Su mirada seguía fija en la ventana y en los pájaros afuera, como si los envidiara por estar al otro lado del vidrio.

—Si leer no es lo tuyo…, entonces ese va a ser mi reto personal este año…, hacer que lo sea. —Solté una risa forzada—. Pero, mientras tanto,

¿por qué no me platicas qué te gusta?

—Desearía no estar aquí adentro todo el día —respondió inexpresivo.

Sentí que un escalofrío me recorría la espalda. Todas mis esperanzas de cautivar a Yuri con mi inagotable energía y creatividad estaban empezando a desaparecer.

—Me imagino lo frustrante que debe ser no poder ir a la escuela como todos los demás —dije, eligiendo las palabras con cuidado.

—No puede imaginarlo —respondió mientras me miraba a los ojos—.

Nadie puede.

Durante varios segundos, el silencio entre nosotros fue incómodo y opresivo. No tenía la posibilidad de desviar mi atención a los demás niños, como ocurre en el salón. Tampoco podía pedirle a otro alumno que rompiera el silencio, ni contaba con el recurso del pizarrón para comenzar a escribir un nuevo tema. Éramos solo él y yo, y sentía que me estaba hundiendo en arena movediza justo frente a sus ojos.

Por suerte, la voz de Katya flotó en el cuarto como una balsa salvavidas.

—¿Yuri? ¿Señorita Topper? —Estaba parada en el umbral de la sala, sosteniendo una charola con galletas y dos vasos de leche—. Dijo que no quería té, pero ¿quizá pueda tentarla con unas galletas?

—Acaba de descubrir mi debilidad. —Reí—. En mi familia, la comida es la lengua materna.

Katya sonrió y dejó el plato de galletas en la mesa que nos separaba.

—Espero que Yuri se esté portando bien con usted. —Lo miró y le hizo un gesto, como si hubiera estado escuchando nuestra reciente conversación

—. Como puede ver, no lo pone muy contento estar todo el día en casa.

Yuri estiró una mano y tomó una galleta. Un pequeño velo de azúcar glas le cubrió los labios.

—Creo que, una vez que lo conozca, se dará cuenta de que Yuri es un niño muy inteligente —dijo Katya, alzando la charola. Tenía una gracia que parecía totalmente natural en ella y la hacía parecer muy distinta de la mayoría de las madres que yo había conocido.

Yuri tomó otra galleta y miró hacia la ventana. No hizo ningún intento por contradecir el comentario de su madre, como hacen de pronto los niños enfadados.

Una vez que Katya salió, volví a tratar de interesar a Yuri en las actividades que había preparado para nuestro año juntos.

—Bueno, según te había dicho, vamos a leer muchos libros increíbles…

y a hacer cosas muy divertidas, como nuestro propio cuaderno de escritura.

A todos les encanta decorarlos. Ya verás…

Pero era evidente que Yuri no me escuchaba. Sus ojos habían vuelto a la ventana. El último estornino que quedaba en el porche batió sus alas y se elevó. Mientras me agachaba para sacar mi libreta de la bolsa, pude notar que Yuri se alejaba de mí sin decir una sola palabra.

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