El secreto de Wilhem Storitz
Capítulo V
me dijo:
–¿Había yo exagerado? ¿Crees tú que haya en el mundo otra muchacha?
–¡Otra! – hube de responder-. ¡Pero si estoy tentado de preguntarte y preguntarme si habrá otra verdaderamente una, si existe en realidad la señorita Myra Roderich!
–¡Ah, mi querido Enrique, la adoro con toda mi alma!
–¡Pardiez! He ahí una cosa que no me sorprende en absoluto, mi querido Marcos. No te consideraría como mi hermano si hubiese sido de otro modo.
Nos acostamos enseguida, sin que ni la más leve nubecilla hubiera venido a ensombrecer aquella feliz y tranquila jornada tan íntima y familiar.
Capítulo V
Desde la mañana siguiente comencé a recorrer Raab en compañía del capitán Haralan.
Mientras tanto, Marcos habría de ocuparse de dar los pasos necesarios para la celebración de su boda, cuya fecha había sido, por fin, señalada para el primero de junio, o sea pasados unos veinte días.
El capitán Haralan tenía que hacerme los honores de su ciudad natal, mostrándomela en todos sus detalles y pormenores; no me hubiera sido posible encontrar un guía más concienzudo, más erudito y conocedor del país, y de más acabada cortesía.
Aun cuando la idea se me ocurrió una infinidad de veces y con una
obstinación que no dejaba de asombrarme a mí mismo, no le hablé una sola palabra de aquel Wilhelm Storitz; por su parte, el capitán Haralan permaneció mudo a este respecto, siendo, por consiguiente muy probable que jamás se hablara entre nosotros acerca de tal personaje.
Como acontece con la mayor parte de las ciudades de Hungría la de Raab ha tenido
sucesivamente diversos nombres. Estas ciudades pueden exhibir una fe de bautismo en cuatro o cinco idiomas: latín, alemán, eslavo, magiar; una fe de bautismo tan complicada casi como la de sus príncipes, grandes duques y archiduques.
–Nuestra ciudad no tiene la importancia de Budapest -me dijo el capitán Haralan-; su
población, sin embargo, es de más de cuarenta mil almas, y, merced a su industria y a su comercio, ocupa un lugar prominente en el reino de Hungría.
–Es una ciudad bien magiar -observé yo.
–Indudablemente, tanto por sus hábitos y costumbres como por los trajes de sus moradores. Si puede decirse con algún asomo de verdad que en Hungría son los magiares los que han fundado el Estado y los alemanes los que levantaron las ciudades, semejante afirmación tiene muy poco de exacta en lo que se refiere a Raab. Sin duda hallará usted en la clase mercantil individuos de raza germana, pero constituyen una ínfima minoría.
–Ya lo sabía, como sabía asimismo que los naturales de Raab están muy orgullosos de su ciudad, pura de toda mezcla extraña.
–Los magiares, por lo demás, a los que no hay que confundir con los hunos como se ha hecho con demasiada frecuencia -añadió el capitán Haralan-forman la cohesión política
más fuerte y poderosa, y desde este punto de vista Hungría es superior a Austria.
–¿Y los eslavos? – pregunté.
–Los eslavos son aún menos numerosos que los alemanes.
–Y ¿cómo son, en suma, considerados estos últimos en el reino húngaro?
–Bastante mal; por la población magiar sobre todo, porque es manifiesto que las personas de origen teutón viven entre nosotros como desterrados de su verdadera patria.
Me pareció que el capitán Haralan no experimentaba un gran afecto hacia los austríacos.
En cuanto a los alemanes, es de fecha muy remota que data su antipatía de raza entre ellos y los magiares; esta antipatía se traduce bajo mil formas y hasta los refranes la expresan de una manera bastante brutal a veces: Eb a nemet kutya nelkul, dice uno de esos refranes.
Lo cual significa: «Dondequiera que hay un alemán, hay un perro.»
Despojados de la gran parte de exageración que encierran esos proverbios, demuestran por lo menos, que no reina muy buena inteligencia entre los individuos de ambas razas.
La ciudad de Raab se halla edificada con bastante regularidad, salvo en su parte baja, a orillas del río; los barrios afectan una rectitud casi geométrica.
Por el muelle y la calle de Esteban I, el capitán Haralan me condujo al mercado Colomán a la hora en que se encuentra más concurrido y animado.
Dejando el mercado, en el que abundan los diversos productos del país y donde pude observar con toda comodidad y a mi gusto el campesino en su
traje tradicional, el capitán Haralan me hizo atravesar un dédalo de calles estrechas con tiendas a uno y otro lado, con sus curiosas muestras colgantes. Luego, el barrio se ensancha hasta llegar a la plaza Kurtz, una de las mayores de la ciudad.
En medio de esta plaza aparece una lindísima fuente de mármol y bronce, sobre la cual se destaca la estatua de Matías Corvino, héroe del siglo XV, rey a los quince años, que supo resistir los ataques de los austríacos, de los bohemios y de los polacos, y salvó a la cristiandad europea de la barbarie otomana.
Era esta plaza verdaderamente hermosa; a un lado se alza el Palacio del Gobernador,
con sus elevados muros, que han conservado el carácter de las antiguas construcciones del Renacimiento. En el cuerpo principal hay una escalera de hierro y una galería con estatuas de mármol. La fachada cuenta con numerosas ventanas con vidrios antiguos. En el centro se eleva una especie de torrecilla, en la que ondea la bandera nacional.
Habíamos hecho alto en la plaza Kurtz.
–He aquí el Palacio -me dijo el capitán Haralan-. Dentro de unos veinte días acudirán a él Marcos y Myra para comparecer ante el gobernador, y solicitar su permiso, antes de trasladarse a la catedral.
–¿Cómo ha dicho usted?
–Digo que, antes de celebrar el matrimonio religioso, tendrán nuestros hermanos que
venir aquí y solicitar la venia del Gobernador.
–¿Su venia, para qué? – pregunté sorprendido.
–Para poder casarse.
–¿Y qué tiene que ver con eso el Gobernador, una autoridad civil?
–Se trata de una costumbre local muy antigua. No puede celebrarse ningún matrimonio sin que previamente se haya obtenido el permiso de la más alta autoridad de la ciudad.
Esta autorización, por lo demás, constituye por sí sola un lazo bastante estrecho entre aquellos a quienes se otorga. No puede decirse que sean desde ese momento verdaderos esposos, pero no son ya meramente novios o prometidos, y en el caso en que un
obstáculo inesperado se opusiera a su matrimonio, les sería imposible casarse con otro.
–Es bastante raro todo eso, y le confieso que no tenía de ello la menor sospecha y nada tampoco me había dicho Marcos sobre el particular.
–Pues es de creer que esté enterado.
–Es curioso, muy curioso.
–Cada pueblo tiene sus costumbres y sus tradiciones, que, en mi concepto, son muy
respetables, aun cuando las nuevas condiciones de la vida y de los tiempos las hagan
innecesarias y hasta tal vez un tanto anacrónicas.
–Exacto; es un punto en el que me hallo de completo acuerdo con usted.
Mientras me explicaba esta singular costumbre, el capitán Haralan me llevaba por la
calle Ladislao.
Esta calle va a terminar en la catedral de San Miguel, un monumento del siglo XIII en el que aparece mezclado y confundido lo románico y lo gótico, y cuyo estilo arquitectónico carece de pureza. Tiene, no obstante, esta catedral, cosas muy hermosas y dignas, seguramente, de llamar la atención de los inteligentes: su fachada flanqueada de dos torres, su cúpula, el retablo, el gran rosetón que atraviesan los rayos del sol poniente, y su ábside, en fin, con sus múltiples arbotantes.
–Más adelante tendremos ocasión de visitar el interior todo lo detenidamente que sea
menester -observó el capitán Haralan.
–Como usted guste y disponga -repliqué-. Usted es mi guía, y estoy dispuesto a seguirle donde crea conveniente llevarme.
–Pues entonces subamos hasta el Castillo; luego daremos la vuelta a la población por los bulevares y llegaremos a casa a la hora del almuerzo.
–¿No hay peligro de que nos retrasemos?
–Ya procuraremos que no sea así.
–Bien, en usted confío, y suya será la responsabilidad si nos hacemos esperar más de lo debido en el hotel Roderich.
–Y yo acepto esa responsabilidad.
Posee Raab algunos templos de los ritos luterano y griego, sin ningún valor arquitectónico, y muchas otras iglesias, porque los católicos se encuentran en mayoría considerable. El reino de Hungría pertenece principalmente a la religión apostólica romana, aun cuando Budapest, su capital, sea, después de Cracovia, la ciudad que encierra mayor número de judíos. Allí, lo mismo que sucede, por otra parte, en muchos sitios, la fortuna de los magnates ha
pasado casi por entero a manos de los judíos.
Al dirigirnos hacia el Castillo tuvimos que atravesar un arrabal bastante animado a la sazón en el que pululaban y se oprimían vendedores y compradores.
En el instante preciso en que llegábamos a una plazuela, ocurría allí un pequeño tumulto, cuyo alboroto no podía explicarse suficientemente por el barullo de las transacciones.
Algunas mujeres que habían abandonado sus puestos respectivos rodeaban a un hombre, un campesino, que acababa de rodar por tierra y se levantaba con gran esfuerzo.
El hombre parecía presa de la más viva cólera:
–Les digo que me han golpeado. Que alguien me ha empujado, haciéndome caer.
–¿Y quién iba a golpearte? – replicó una de aquellas mujeres-. Te hallabas solo en el momento. Yo te estaba viendo perfectamente. No había nadie en este sitio.
–Sí -afirmaba el hombre-, recibí un empujón aquí en pleno pecho. ¡Yo lo he notado perfectamente, qué demonio!
–¡ No es posible, hombre, te digo que no había nadie!
–Posible o no, yo digo lo que me ha pasado.
El capitán Haralan, que interrogó al campesino, obtuvo de él la siguiente explicación del caso:
«Avanzaba tranquilamente, cuando de pronto experimentó una violenta sacudida, como si un hombre vigoroso hubiera chocado rudamente contra él, sacudida tan sumamente
violenta, que se había visto derribado sin poderlo remediar. En cuanto a decir quién había sido el agresor, érale de todo punto imposible, porque al levantarse no había visto a nadie a su lado.»
¿Qué parte de verdad contenía este relato? ¿Había recibido realmente el campesino un choque tan brutal como imprevisto?
Un empujón no se produce así como así, sin que haya nadie que empuje, aunque no
fuese más que el viento; y la atmósfera estaba perfectamente tranquila.
Una sola cosa resultaba cierta, y era que se había producido una caída, y una caída, de verdad; bastante inexplicable.
De ahí el alboroto que a nuestra llegada a la plazuela hubimos de escuchar.
Decididamente, era preciso que el individuo que había figurado como víctima hubiera padecido una alucinación, o que estuviera borracho. Un borracho se cae por sí solo nada más que en virtud de las leyes de la caída de los cuerpos.
Tal fue, indudablemente, la opinión general, aun sabiendo que el campesino aseguraba que no había probado una gota de vino; mas, a pesar de sus protestas, nadie le dio crédito, y la policía hubo de invitarle con alguna rudeza a que prosiguiese su camino.
Terminado el incidente, seguimos por una de las calles ascendentes que se dirigen hacia el Este de la ciudad. Hay allí un intrincado cruzamiento de calles y callejuelas, verdadero laberinto del que un extranjero no podría salir.
Llegamos, por fin, ante el Castillo, sólidamente edificado sobre una de las cimas de la colina de Wolkang.
Era realmente la fortaleza de las ciudades húngaras, la acrópolis, el "Var", para servirnos de la denominación magiar, la ciudadela de la época feudal, tan amenazadora para los enemigos de fuera, hunos o turcos, como temida por los vasallos del señor.
Altas murallas, almenadas, con barbacanas y saeteras, flanqueadas de macizas torres, la más elevada de las cuales dominaba toda la región circundante.
El puente levadizo, tendido sobre el foso cubierto de millares de arbustos silvestres, nos condujo a la poterna y nos permitió el acceso a la fortaleza.
El grado del capitán Haralan nos abrió, naturalmente, las puertas del viejo castillo, cuyo valor e importancia militares no son, en verdad, muy grandes.
Los pocos soldados que
lo guarnecían hicieron a mi amigo los honores militares que le correspondían, y una vez en la plaza de armas, el capitán Haralan me propuso subir a la torre, que ocupa uno de sus ángulos.
Nada menos que doscientos cuarenta peldaños tiene la escalera de caracol que lleva a la plataforma superior; dando la vuelta en torno del parapeto, mis miradas pudieron abarcar un horizonte más extenso que el de la torrecilla del hotel Roderich. Calculé en unas siete leguas la parte visible del Danubio, cuyo curso oblicuaba entonces hacia el Este en la dirección de Neusatz.
–Ahora, mi querido Vidal -díjome el capitán Haralan-, que ya conoce usted la ciudad, puede ver cómo se extiende por entero a nuestros pies.
–Y lo que he visto -respondí -me ha parecido sumamente interesante, aun comparándolo con Budapest y Presburgo.
–Me satisface en gran manera esa opinión suya, y cuando haya terminado usted de
visitar a Raab y se haya familiarizado con sus hábitos, con sus costumbres y con sus
originalidades, no me cabe la menor duda de que conservará de ella un excelente
recuerdo.
–Seguro estoy, aunque no sea más que juzgando por lo que yo he podido ver y admirar en su ciudad natal.
–Nosotros, los magiares, amamos mucho nuestras ciudades, y las amamos con un amor verdaderamente filial. Aquí, por otra parte, las relaciones entre las diversas clases sociales revelan una perfecta armonía y buena inteligencia. La clase acomodada socorre y atiende mucho a los humildes y desheredados, cuya cifra va decreciendo de año en año gracias a las instituciones de caridad. A decir verdad, encontrará usted aquí muy pocos pobres, y en todo caso la miseria es socorrida en cuanto se la conoce.
–Lo sé, como sé, asimismo, que el doctor Roderich no desdeña acudir frecuentemente en ayuda de los pobres, y sé también que la señora Roderich y la señorita Myra están al frente de varias instituciones de beneficencia.
–Mi madre y mi hermana no hacen sino lo que deben hacer las personas de su clase y situación. En mi concepto, la caridad es el más imperioso de los deberes.
–Sin duda -dije-; ¡pero hay tantas maneras de entender su cumplimiento!
–Ese es el secreto de las mujeres y una de sus misiones aquí en la tierra.
–Sí, la más noble, seguramente.
–En fin, nosotros residimos en una población tranquila, en una ciudad pacífica, turbada apenas, o nada, por las pasiones políticas, aun cuando sea, sin embargo, muy celosa de sus derechos y de sus privilegios; privilegios y
derechos que defendería tenazmente contra toda intromisión del poder central. No reconozco a mis conciudadanos más que un defecto…
–¿Y es?…
–El de sentirse un poco inclinados a la superstición, y creer demasiado en la intervención de lo sobrenatural. Las leyendas en que andan mezclados aparecidos y fantasmas, evocaciones y brujerías les agradan y complacen mucho.
–Así, pues, aparte del doctor Roderich, pues un médico debe por naturaleza y definición, tener la cabeza firme, su madre de usted y su hermana…
–Sí, y todo el mundo con ellas. Contra semejante debilidad, porque es una debilidad, no he conseguido ningún éxito en mis empeños. Tal vez Marcos me ayude.
–¡A menos que la señorita Myra no le pervierta!
–¡Quién sabe!
–Tratándose de artistas no hay mucho que fiar.
–Ahora mi querido Vidal, tenga la bondad de asomarse al parapeto. Dirija sus miradas hacia el Suroeste. Allí, a la extremidad de la población, podrá ver la terraza de una
azotea.
–Sí, en efecto, y me figura que debe ser la del hotel Roderich.
–No se equivoca usted; ahora bien, en ese hotel hay un comedor y en ese comedor va a servirse inmediatamente un almuerzo, y como usted es uno de los comensales…
–A sus órdenes, mi querido capitán.
–Pues bien, dejemos al "Var" en su soledad feudal, que hemos interrumpido durante un momento, y regresemos siguiendo la línea de los bulevares, con lo cual atravesará usted
el norte de la ciudad.
Instantes después habíamos cruzado la poterna.
Más allá de un hermoso barrio que se extiende hasta las afueras de Raab, los bulevares, cuyo nombre cambia a cada una de las grandes calles que lo cortan, describen, en una longitud de más de una legua, tres cuartos de círculo que cierra el Danubio; se hallan
adornados por cuatro filas de árboles en la fuerza de la edad. De un lado hay jardines y arboledas, más allá de las cuales se descubre la campiña, y por el otro lado se suceden las casas lujosas, precedidas la mayor parte de un patio, en el que se advierten grupos de flores y cuya fachada posterior da a frescos jardines.
A aquella hora circulaban ya por el centro de los bulevares lujosos coches y por los
paseos laterales grupos de jinetes y de amazonas elegantemente vestidos.
Al dar la última vuelta, tomamos por la izquierda a fin de descender por el bulevar
Tekeli, en dirección del muelle Batthyani.
Pocos pasos más adelante advertí una casa aislada en el centro de los jardines. De aspecto triste, como si hubiera estado desalquilada, con sus ventanas cerradas por persianas que no debían abrirse casi nunca, invadida la parte baja de los muros por el musgo y la hiedra, contrastaba de una
manera extraña con los demás hoteles del bulevar, todos alegres y animados, llenos de vida.
No parecía que la casa estuviera habitada, en el caso, que se antojaba dudoso, de que
fuera verdaderamente habitable.
–¡Qué cosa más extraña! – murmuré entre dientes. El capitán Haralan notó mi sorpresa, aunque sin oír mis palabras.
–¿Decía usted?
–Mostraba mi extrañeza a la vista de esa casa de tan triste y desolado aspecto y que
seguramente debe de estar hace tiempo deshabitada.
–Pues se equivoca usted, mi querido Vidal.
–¡Cómo! ¿Quiere decir que no hace mucho tiempo alguien residió ahí?
–Sí. Y no sólo no hace mucho tiempo, sino que debe de estar ocupada en la actualidad.
–¿Y a quién pertenece esa morada?
–A un ente original.
–Pues afea bastante el bulevar, y desentona lamentablemente en él. Creo que la ciudad debería comprarla y demolerla.
–Y tanto más, mi querido Vidal, cuanto que una vez la casa demolida, su propietario abandonaría indudablemente la ciudad y se iría al diablo, su muy próximo pariente, si hemos de dar crédito a las buenas comadres de Raab.
–¡Hombre!… ¿Y quién es ese notable personaje?
–Un alemán.
–¿Un alemán?
–Sí; un prusiano.
–¿Cómo se llama?
En el momento en que el capitán iba a responder a esta pregunta, abrióse la puerta de la casa y dos hombres salieron. El de más edad, que parecía tener unos sesenta años, permaneció en la escalinata, en tanto que el otro atravesaba el patio y franqueaba la verja de la calle.
–¡Toma -murmuró mi compañero- está aquí! Le creía ausente.
El individuo al cual me refiero, al dar la vuelta, nos descubrió. ¿Conocía al capitán Haralan? No pudo caberme duda sobre el particular, pues ambos cambiaron una mirada de mutua antipatía, que era bastante elocuente.
Pero también yo le había reconocido, y en cuanto se alejó algunos pasos de nosotros
exclamé:
–Es él.
–¿Conocía usted ya a ese hombre? – me preguntó el capitán, no sin dejar transparentar cierta sorpresa.
–Sin género alguno de duda -respondí-, he viajado con él desde Budapest a Vukovar a bordo de la Dorotea. No esperaba, lo confieso, encontrármelo en Raab.
–¡Y preferible sería que no estuviese!
–No parece que se encuentre usted en la mejor armonía con ese alemán.
–¿Y quién podría estar en buenas relaciones con semejante tipo? Yo, además, tengo
razones especiales para estar peor dispuesto que los demás hacia él; bastará que le diga a usted que ese individuo tuvo la osadía de pedir la mano de mi hermana. Pero tanto mi padre como yo, se la rehusamos de la manera más terminante, para que no le quedasen ganas de renovar sus pretensiones.
–¡Cómo! ¿Es ese hombre?
–¿Tenía usted, pues, ya noticia?…
–Sí, y no ignoro que acabo de ver a Wilhelm Storitz, hijo de Otto Storitz, el ilustre químico de Spremberg.
Haralan me contestó afirmativamente.
Capítulo VI
Dos días más transcurrieron, durante los cuales consagré todas mis horas libres a recorrer la ciudad. Hacía también largas paradas en el puente que une las dos orillas del Danubio con la isla Svendor, y no me cansaba de admirar el magnífico río.
Tendré que confesarlo: el nombre de Wilhelm Storitz, muy a mi pesar, asaltaba frecuentemente mi espíritu.
Era, pues, en Raab, donde ese individuo residía habitualmente, y según pude saber
pronto, con un solo sirviente, conocido por el nombre de Hermann, ni más simpático ni más abierto, ni más comunicativo que su amo. Hasta se me figuró que el tal Hermann recordaba por su tipo y figura y por su manera de andar al hombre que el día de mi llegada a Raab había parecido seguirnos a mi hermano y a mí, mientras paseábamos a lo largo del muelle.
Había creído conveniente no mencionar a Marcos el encuentro que el capitán Haralan y yo tuvimos en el bulevar Tekeli; tal vez habría experimentado alguna inquietud al saber que Wilhelm Storitz había regresado a Raab; ¿por qué nublar y entenebrecer su ventura con la más ligera sombra de inquietud?
Me pesaba que aquel rival rechazado no estuviera ausente de la ciudad, por lo menos hasta el día, ya próximo, en que el matrimonio de Marcos Vidal y Myra Roderich fuera un hecho consumado.
En la mañana del 16 me disponía para mi paseo habitual, que contaba prolongar ese día por la campiña de Raab, cuando mi hermano penetró en mi habitación.
–Tengo mucho que hacer -me dijo-, y espero que no te enfadarás si te dejo solo.
–Puedes marcharte, querido Marcos, y no te preocupes por mí.
–¿No ha de venir Haralan a buscarte?
–No, hoy no está libre; pero eso importa poco; iré a almorzar a cualquier fonda de la otra orilla del Danubio.
–Sobre todo, regresa antes de las siete.
–La mesa del doctor Roderich es demasiado buena para que pueda olvidarla.
–¡Glotón! Espero que no te olvidarás tampoco de la velada que se celebrará
pasado mañana en la casa de Roderich; podrás aprovecharla para estudiar la aristocracia de Raab.
–Una velada de esponsales, Marcos.
–Sí, si así lo prefieres, pero más bien puede llamarse de contrato; hace mucho tiempo que mi querida Myra y yo somos prometidos. Hay momentos en que creo que lo hemos sido siempre.
–¡Sí, de nacimiento!
–¡Tal vez!
–Entonces, ¡adiós, al más dichoso de los hombres!
–Te apresuras demasiado al calificarme así; espera para ello a que mi novia se convierta en mi mujer.
Retiróse Marcos después de estrecharme afectuosamente la mano, y estaba yo a punto de partir cuanto llegó el capitán Haralan, cosa que me sorprendió bastante, pues habíamos quedado en que no podíamos vernos aquel día.
–¡Usted! – exclamé-. Me causa usted una agradable sorpresa.
Me pareció que el capitán Haralan estaba algo preocupado y se limitó a responder:
–Mi padre desea hablarle y le aguarda en casa.
–Voy con usted -respondí, bastante sorprendido y hasta inquieto, sin saber por qué.
Mientras avanzábamos, uno al lado de otro, por el muelle Batthyani, el capitán Haralan no pronunció una sola palabra; ¿qué ocurría y qué clase de comunicación tendría que hacerme el señor Roderich? ¿Se trataría del matrimonio de Marcos?
Así que llegamos, el criado nos introdujo en el despacho del doctor. La señora Roderich y su hija habían ya salido y mi hermano debería reunirse, sin duda, con ellas.
El doctor se encontraba solo en su despacho, sentado ante la mesa, y al volverse, me
pareció tan preocupado como su hijo.
«Algo ocurre -pensé-, y seguramente Marcos nada sabía cuando nos separamos esta
mañana.»
En tanto que el capitán Haralan permanecía en pie, apoyado en la chimenea, tomé
asiento en un sillón frente al doctor, y esperé, no sin alguna inquietud, que el doctor tomase la palabra y me hablara del objeto de su llamada.
–En primer lugar -me dijo-, le doy las gracias por haber atendido mi llamada y haber
acudido a esta casa.
–Estoy por completo a sus órdenes, señor Roderich -respondí.
–He deseado conversar con usted en presencia de Haralan.
–¿ Se trata de la boda de mi hermano y la señorita Myra?
–En efecto.
–¿Es algo grave lo que tiene que decirme?
–Sí y no, pero en cualquier caso, ni mi mujer, ni mi hija, ni su hermano Marcos están
enterados del asunto; he preferido que ignoraran lo que voy a decirle, y usted me dirá si he obrado bien al hacerlo así.
Instintivamente asocié en mi espíritu lo que el doctor iba a manifestarme y el encuentro que el capitán Haralan y yo tuvimos ante la misteriosa casa del bulevar Tekeli.
–Ayer por la tarde -prosiguió el doctor- cuando mi esposa y mi hija habían ya salido, a la hora de consulta el criado me anunció un visitante que hubiera preferido no recibir; este visitante era Wilhelm Storitz. Pero acaso ignore usted que ese alemán…
–Estoy enterado -respondí.
–Sabrá, pues, que hará unos seis meses, antes de que su hermano hiciera la petición que tan bien acogimos, Wilhelm Storitz solicitó la mano de mi hija.
Después de consultar a mi mujer y a mi hijo, que compartieron mi repugnancia por semejante matrimonio, respondí a Wilhelm Storitz que no podíamos aceptar su proposición. En vez de inclinarse ante esa negativa, renovó su demanda, y yo le repetí la respuesta anterior, de modo que no le quedase la menor esperanza de un cambio de parecer.
Mientras el doctor estaba hablando, el capitán Haralan iba y venía por la habitación
deteniéndose muchas veces junto a una de las ventanas para mirar en dirección al bulevar Tekeli.
–Señor Roderich -repliqué-, tenía conocimiento de esa petición, y sé también que fue hecha antes que la de mi hermano.
–Tres meses antes aproximadamente.
–De modo -proseguí- que no fue porque hubiese sido aceptado ya, por lo que se negó a Wilhelm Storitz la mano de Myra, sino única y exclusivamente porque semejante matrimonio no entraba en los cálculos de ustedes, ¿verdad?
–Justamente; jamás hubiéramos consentido esa unión, que no podía convenirnos desde ningún punto de vista, y a la que Myra habría opuesto la negativa más rotunda y categórica, si de ello hubiera tenido noticia.
–¿Y fue la persona o la situación de Wilhelm Storitz lo que dictó la resolución de
ustedes?
–Su situación monetaria es, probablemente, bastante buena -respondió el doctor-; créese que su padre le legó una fortuna considerable, debida a fructuosos descubrimientos; en cuanto a su persona…
–Le conozco, señor Roderich.
–¡Ah! ¿Le conoce usted?
Le expliqué en qué condiciones había encontrado a Wilhelm Storitz en la Dorotea, sin sospechar ni remotamente quién pudiera ser. Durante más de cuatro días, aquel alemán
fue mi compañero de viaje entre Budapest y Vukovar, donde creía yo que había desembarcado, ya que no se hallaba a bordo a mi llegada a Raab.
–Y por fin -añadí-, durante uno de nuestros paseos, el capitán Haralan y yo pasamos ante su casa, y pude reconocer a Wilhelm Storitz en el momento en que salía.
–Pues por Raab corrió el rumor de que estaba fuera desde hacía varias semanas -dijo el doctor Roderich.
–Eso se creía, y así debía de ser, puesto que Vidal lo vio en Budapest -
intervino el capitán Haralan-; pero lo cierto es que ha regresado.
La voz del capitán Haralan denotaba una profunda irritación.
El doctor prosiguió en estos términos:
–Le he contestado a usted, señor Vidal, acerca de la situación de Wilhelm Storitz. En
cuanto a su modo de vivir, ¿quién podría alabarse de conocerlo? Es un ser enigmático.
No parece sino que ese hombre viva fuera de la humanidad.
–¿No habrá en ello alguna exageración? – observé.
–Sin duda se exagerará algo; pertenece, no obstante, a una familia bastante sospechosa, y antes que él, la vida de su padre se prestaba a las más singulares leyendas.
–Que le han sobrevivido, doctor, a juzgar por lo que leí en un periódico de Budapest, a propósito del aniversario que se celebra todos los años en Spremberg, en el cementerio de la ciudad. De creer a ese periódico, el tiempo no ha debilitado ni hecho desaparecer las supersticiosas leyendas a que se ha referido usted; era un hechicero, según aseguran, que poseía secretos del otro mundo y disponía de un poder sobrenatural; todos los años se espera, al parecer, que se produzca algún fenómeno extraordinario y sorprendente en su tumba.
–No se extrañará usted, pues, señor Vidal -continuó el doctor Roderich- en vista de lo que se cuenta de Spremberg, que en Raab ese Wilhelm Storitz sea considerado como un
personaje extraño. Tal es el hombre que pidió la mano de mi hija, y que ayer tuvo la audacia de renovar su demanda.
–¡Ayer! – exclamé.
–Ayer mismo.
–Y aunque no fuese quien es -dijo el capitán Haralan-, siempre sería un prusiano, y esto hubiera bastado para rechazar semejante alianza.
Toda la antipatía que experimenta la raza magiar por la germánica se traslucía en
aquellas palabras.
–He aquí -prosiguió el doctor- cómo han ocurrido las cosas; bueno será que ustedes lo sepan. Cuando me anunciaron la visita de Wilhelm Storitz, vacilé un momento.
¿Debería recibirle u ordenarle que le dijeran que no podía atenderle?
–Tal vez habría sido preferible esto, padre -dijo el capitán Haralan- porque después del fracaso de su primera tentativa, ese hombre debiera haber comprendido que le estaba
vedado poner aquí los pies bajo cualquier pretexto.
–Sí, tal vez -asintió el doctor-; pero temí que promoviese algún escándalo.
–¡Al que yo habría puesto fin inmediatamente!
–Y precisamente porque te conozco -dijo el doctor, estrechando la mano de su hijo-, fue por lo que preferí obrar con prudencia. Y a propósito, suceda lo que suceda, apelo a tu afecto, por tu madre, por mí y por tu hermana, cuya situación sería sumamente enojosa si su nombre sonara unido a un escándalo provocado por Wilhelm Storitz.
A pesar de hacer poco tiempo que conocía al capitán Haralan, juzgábale de
un carácter vivo, y celoso en extremo de cuanto se refiriera a su familia; así es que consideraba
verdaderamente deplorable que el rival de Marcos hubiese vuelto a Raab, y sobre todo, que hubiera renovado sus tentativas.
El doctor acabó de contarnos en pormenores aquella visita.
Tuvo lugar en el mismo despacho donde nos encontrábamos en aquel instante. Wilhelm Storitz había empezado a hablar en un tono que revelaba una tenacidad muy poco
corriente. Según él, no podía extrañarse el doctor Roderich de que fuera a verle e hiciese una segunda tentativa, después de su regreso a Raab, regreso que, según él, tuvo lugar cuarenta y ocho horas antes.
En vano fue que el doctor insistiera muy formal y seriamente en su negativa; Wilhelm Storitz no quiso darse por vencido, y llegando hasta a encolerizarse, declaró que los esponsales de mi hermano y de Myra no le harían renunciar a sus pretensiones, pues amaba a la joven, y que si no era de él, tampoco sería de nadie.
–¡Insolente! ¡Miserable! – repetía el capitán Haralan-. Se ha atrevido a hablar de esa
manera, y yo no estaba aquí para tirarle por la ventana.
«Decididamente -pensé- si estos dos hombres llegan a encontrarse frente a frente será difícil impedir el escándalo que tanto teme el doctor.»
–Dichas esas palabras -prosiguió el doctor-, me levanté diciéndole que daba por terminada nuestra entrevista; el matrimonio de Myra estaba decidido y se celebraría dentro de muy pocos días… «Ni dentro de pocos días, ni dentro de muchos», respondió Wilhelm Storitz. «Caballero -le dije, mostrándole la puerta- tenga la bondad de salir.»
Cualquier otro habría comprendido que su visita no podía prolongarse; pues bien, él
permaneció aquí; cambió de tono, intentó obtener por las buenas lo que no logró por la violencia. Por lo menos, me pidió que se aplazase el matrimonio. Dirigíme entonces hacia la chimenea para llamar al criado, pero me agarró del brazo y, presa nuevamente de la cólera, elevó la voz hasta el punto de que debía de oírsele desde fuera; afortunadamente, ni mi mujer ni mi hija habían vuelto aún a casa; Wilhelm Storitz accedió por fin a retirarse, no sin proferir antes insensatas amenazas: Myra no se casaría con Marcos, pues surgirían tales obstáculos que la boda sería imposible; los Storitz disponían de medios que desafiaban todo poder humano, y no vacilaría en servirse de ellos contra la imprudente familia que así le rechazaba. Y diciendo esto, abrió violentamente la puerta del despacho y salió furioso, cruzándose con algunas personas que esperaban turno en la galería y dejándome muy impresionado por sus enigmáticas palabras.
Ni una sola frase de toda esta escena había sido referida a la señora Roderich, ni a su
hija, ni a mi hermano; era preferible evitarles esa inquietud; por otra parte, conocía yo lo bastante a Marcos para temer que quisiese, como el capitán Haralan, añadir a la escena una segunda parte.
Sin embargo, este último se rindió ante las razones de su padre.
–¡Sea! – dijo-. No iré a castigar a ese miserable; pero, ¿y si es él quien viene a mí? ¿Si es él quien se mete con Marcos? ¿Si es él quien nos provoca?
El doctor Roderich no supo qué replicar.
Nuestra conversación terminó con el acuerdo de mantenernos a la expectativa; el incidente permanecería ignorado de todos si Wilhelm Storitz no pasaba de las palabras a los hechos.
Y por otra parte, ¿qué podría hacer él? ¿Qué medios podía emplear para impedir la
celebración de la boda?
¿Sería, acaso, obligando a Marcos por un insulto público a tener un desafío con él?
¿No sería más bien ejerciendo alguna violencia contra Myra Roderich?
Pero, ¿cómo iba a penetrar en la casa, donde no sería recibido? No estaría en su poder forzar las puertas; el doctor Roderich, además, no vacilaría, si fuera preciso, en prevenir a las autoridades, que sabrían volver a la razón a aquel loco.
Antes de separarnos, el doctor suplicó de nuevo a su hijo para que no provocase a aquel insolente personaje, y sólo violentándose mucho, accedió a ello el capitán Haralan.
Nuestra plática se había prolongado lo bastante para que la señora Roderich, su hija y mi hermano hubiesen tenido tiempo de regresar a la casa; tuve que quedarme a almorzar, viéndome precisado a dejar para la tarde mi excursión a los alrededores de Raab.
No hay que decir que tuve que inventar una razón plausible para justificar mi presencia en el despacho del doctor. Marcos no sospechó nada y el almuerzo terminó en medio de la mayor alegría.
Cuando nos hubimos levantado de la mesa, Myra me dijo:
–Señor Vidal, ya que hemos tenido el gusto de encontrarle hoy aquí, no se separará ya de nosotros en todo el día.
–¿Y mi paseo? – objeté.
–Lo daremos juntos.
–Es que yo había contado con que fuera largo.
–Pues largo será.
–A pie.
–Pues a pie… Pero, ¿es necesario ir lejos? Estoy segura de que aún no ha admirado usted en toda su belleza la isla Svendor.
–Debía hacerlo mañana.
–Pues bien, lo haremos hoy.
En compañía, pues, de las damas y de Marcos, visité la isla Svendor, transformada en jardín público, una especie de parque con bosquecillos, villas y atracciones de toda clase.
Sin embargo, mi espíritu no estaba por entero en el paseo. Marcos advirtió mi distracción, y a sus preguntas tuve que darle una respuesta evasiva.
¿Era acaso que abrigaba el temor de que tropezásemos con Wilhelm Storitz? No, pensaba más bien en lo que él había dicho al doctor Roderich:
«Surgirán tales obstáculos, que la boda será imposible… Los Storitz disponen de medios que desafían todo poder humano.»
¿Qué significaban esas palabras? ¿Debían tomarse en serio? Me prometí tener una
explicación con el doctor en cuanto estuviéramos solos.
Aquella jornada y la del día siguiente transcurrieron sin novedad; comenzaba a tranquilizarme; no había vuelto a verse a Wilhelm Storitz, quien, no obstante, no había abandonado la ciudad; la casa del bulevar Tekeli continuaba habitada; al pasar por delante de ella vi salir a Hermann, el criado; una de las veces el propio Wilhelm Storitz apareció en una de las ventanas, con la mirada fija en dirección del hotel Roderich.