El seductor seducido
Capítulo 1
Paris Francia , 1836
—¡ A já! —un par de pechos le cubrían.
Aquello explicaba al menos la fuerte fragancia de mujer.
Julian se cambió de posición bajo los dos exuberantes senos y buscó aire mientras la más deliciosa de las criaturas femeninas murmuraba frases ininteligibles a su oído. Por desgracia, ni siquiera el contacto con la pequeña diosa francesa podía hacerle subir más allá de la media asta. Ni una grúa podría llevarle más allá de esa media asta; aquel maldito apéndice sólo le daba problemas en los últimos tiempos.
Julian suspiró al percatarse de que aún sostenía una botella de whisky y se las apañó para dar un buen trago antes de enterrar su rostro otra vez entre los dos pechos. Una gota de transpiración cayó por su sien y no pudo evitar sonreír; tal vez no se esforzaba lo suficiente. Como si siguiera alguna indicación, la dulce Lisette empezó a suspirar con ansia, encendiendo todos sus sentidos masculinos: excepto ése, qué carajo. Intentó cambiar de posición para probar otra vez. Rozó con las puntas de los dedos un terso pezón y con la palma de la mano abarcó la firme turgencia del pecho…
Las frías manos que le cogieron por los hombros le sorprendieron tanto que ni siquiera pudo gritar. De repente, sintió que lo levantaban y oyó el chillido ahogado de Lisette mientras la botella de whisky salía volando desde su mano y era propulsada sobre la cama. Alcanzó a ver un momento las elaboradas molduras con frisos del techo antes de darse contra el duro suelo de madera con un resonante golpe seco.
Eso sí que había dolido. Con un doloroso respingo, Julian alzó la vista a su asaltante.
—¿Por qué diablos has hecho eso? —La respuesta llegó en forma de su propia camisa arrojada contra su cabeza. Se la sacó de la cara y miró con ira la silueta traidora que se elevaba por encima de él: Louis Renault, conocido también en este país olvidado de la mano de Dios como monsieur le Comte de Claire, el sinvergüenza más grande que Julian había conocido, un franchute insufrible de modales detestables. Y para más desgracia, marido de su hermana Eugenie.
Julian consiguió ponerse en pie con cierta inestabilidad. Rezumando reprobación por cada poro, Louis le miró de arriba bajo mientras cruzaba los brazos ante su pecho.
—¿Has venido a París a buscarme problemas? ¿Es ésta la manera de pagarme por mis favores para con tu hermana? —preguntó con aquel tono suave y sedoso con que hablaba inglés, y se detuvo para recoger los pantalones de Julian—. Vamos. La juerga c’est fini. Tienes que largarte de aquí.
¿Largarme? Julian echó una mirada a Lisette, quien sonreía seductora mientras se enroscaba un mechón en del dedo. ¿De aquí? Entonces desplazó el enfoque a la cama revuelta. ¡Jo, jo! ¿Dónde estaba su whisky?
—¡Kettering, escúchame! —Con un esfuerzo supremo, Julian se obligó a mirar al franchute, toda una proeza considerando que al menos había dos
—. Corres peligro… ¿entiendes?
Entendió a la perfección.
—Ridículo —balbuceó e hizo un ademán teatral a la pequeña diosa francesa—. ¿Qué peligro tiene Lisette?
Con un resoplido, Louis le tiró los pantalones, que Julian sujetó con torpeza contra su pecho.
—Si no te largas de París ahora mismo, monsieur Lebeau te pegará un tiro. O algo peor. Vístete, ¿quieres?
Vestirse. Tras una ojeada a su cuerpo desnudo, Julian admitió que al menos debería taparse sus partes púdicas. De acuerdo, se vestiría, pero no iba a irse con Louis a ningún lado. Iba a echarse otra vez en esa cama y reanudar su actividad justo donde la había dejado. Puesto que necesitaba
ambas manos para meterse los pantalones, dejó caer la camisa y levantó una pierna. No lo consiguió.
Por lo visto, esto iba a requerir ciertas habilidades de navegación.
—¡ Mon Dieu! ¡Me veo obligado a sacarte de aquí! —exclamó Louis cogiendo a Julian por el brazo, con bastante presión, enderezándole para que pudiera ponerse los pantalones—. Te advertí muy bien de los problemas que estabas causando, ¿o no? LeBeau es un hombre odioso. Te lo dije, te lo repetí más de una vez, pero ¿estabas dispuesto a escucharme? ¡No! Y ahora te pregunto: madame LeBeau, ¿es en realidad tan atractiva como para justificar todos los problemas que estás creando?
Julian se detuvo a considerar aquello, con una pierna dentro y otra fuera del pantalón. Apenas podía recordar haber visto a Gisele LeBeau. ¿Había llegado ella a devolverle el beso? Era probable. El descaro de la mujer no tenía límites.
—¿Qué? ¿Te crees que él va a pasar esto por alto? —continuó Louis indignado—. Algunos de los nombres más importantes de París asisten a esos bailes del boulevard St Michel. ¿Cómo has podido humillarle así?
¡Coqueteando con su propia esposa!
De hecho, Gisele le había arrinconado cuando él no miraba, y no lo contrario. ¿Y qué podía hacer si una linda mujer apretaba sus pechos contra él? Él era humano.
¡Ja! —agregó entonces, empujando su segunda pierna dentro del pantalón con tal fuerza que se precipitó con brusquedad contra el pecho de Louis—. LeBeau es un… —tuvo que pensar en esto— un enano… con orejas —añadió con firmeza mientras intentaba abrocharse con torpeza los botones.
Tras estirarle del brazo con fuerza, Louis estuvo de pronto tan cerca que Julian tuvo problemas para enfocar aquellas narices que resoplaban.
—Harías bien en seguir mis consejos, mon ami. En Francia, una aventura discreta es algo que cualquier hombre puede esperar y tolerar, pero coquetear públicamente con su esposa en el salón más concurrido de todo París es otra cosa diferente por completo. ¡Cuando lo que está en juego es el honor de un hombre, esas aventuras resultan mortales! Confía en mí,
¡LeBeau se encargará de matarte si continúas aquí!
La imagen que invocó de pronto aquello en su mente provocó una sonora carcajada de Julian. Por algún motivo desconocido, también hizo reír a Lisette.
Un fuego graneado de palabras iracundas en francés estalló entonces en los labios de Louis. Aunque Julian pensaba que hablaba bastante bien francés, cuando Louis estaba de mal humor hablaba en aquel francés tan rápido, para-que-ningún-inglés-lo-entendiera. Diablos, hasta Lisette parecía tener problemas para seguirle. Con un movimiento impaciente de muñeca, Julian dijo:
—Te inquietas como un vieja, Renault. Corta el rollo.
Lo más asombroso, recordó Julian más tarde, era que en ningún momento había visto a Louis moverse. Ni siquiera sintió el impacto del puño de Louis contra su mentón. Sólo tenía la extraña sensación de haber volado antes de que todo se oscureciera de forma repentina.
Descalza, Claudia caminaba hacia él por el amplio césped de Château la Claire con la falda, libre de rígidas enaguas, arrastrándose sobre la hierba tras ella. Tenía el pelo suelto al viento, ondeante sobre los cremosos hombros blancos y sobre la espalda. El anhelo que sentía por ella era tan enorme que amenazaba con asfixiarle… y, de hecho, tenía problemas para respirar…
… Porque, de hecho, tenía una maldita soga tan apretada alrededor de su cuello que obviamente llevaba un buen rato estrangulándose. Mientras Julian acababa de desperezarse de los últimos restos de sueño antes de morir asfixiado, poco a poco comprendió que no sólo su cabeza amenazaba con estallar sino que todo se movía: arriba y abajo, arriba y abajo. O tal vez a los lados. No podía estar del todo seguro.
Milagrosamente, consiguió despegar un ojo y se esforzó por incorporarse hasta quedar sentado, sosteniéndose contra… Dios, ¿quién sabía? Le dolía todo. Le vino a la cabeza un vago recuerdo de Lisette y Louis, pero la única explicación que su doliente cerebro podía concebir era que le habían golpeado casi hasta dejarle sin vida: aporreado, pateado y pisoteado.
Exploró con cautela su nariz, su rostro e incluso sus ojos esperando encontrarse hecho papilla. Era extraño, nada parecía estar muy dañado. Pero
se estaba asfixiando y, por consiguiente, el primer procedimiento a seguir sería sacarse el maldito lazo del cuello. La cosa estaba tan apretada que era asombroso que pudiera respirar lo más mínimo.
Intentó buscar la cuerda con sus manos, palpándolo todo, desde sus orejas hasta sus hombros, pero no había tal soga. No había nada inusual, sólo un cuello y un pañuelo… atado muy apretadamente. ¡Santo cielo, se estaba muriendo de asfixia con su propio pañuelo! Y no sólo eso, mientras trataba de agarrar aquella insoportable pieza de lino, advirtió también que su chaleco estaba abrochado de un modo extraño… levantado por los sitios equivocados y abotonado de manera peculiar.
Una vez que fue capaz de volver a respirar, Julian entrecerró los ojos y escudriñó la oscuridad que le rodeaba hasta que reconoció el interior de un carruaje. De pronto desvió la mirada a una ventana con el rostro crispado de dolor. En el exterior estaba negro como boca de lobo, no había luz de lámparas de gas ni ventanas de habitaciones con las cortinas corridas.
¡Maldición! El carruaje atravesaba volando la noche, muy lejos de París, sin duda de camino al Château la Claire, donde estaría ella esperando para atormentarle…
Un abrupto y sonoro resoplido atrajo la atención de Julian. Volvió la cabeza con lentitud y, con ojos empañados, escudriñó en medio de la oscuridad una figura dormida enfrente de él. ¡Louis, ah, esta vez iba a matar a aquel sinvergüenza! Aferrándose a los cojines que tenía a ambos lados de las piernas, levantó una pierna enfundada en una bota y la arrojó contra el traidor dormido, yendo a dar con una parte blanda de su cuerpo. Louis se incorporó al instante con un respingo, farfullando a causa de la sorpresa.
—¿ Qu’est-ce qui s’est passé?
—Yo te voy a decir qué ha pasado, degenerado franchute. ¡Me has secuestrado! —profirió Julian con voz ronca.
Pasó un momento de silencio.
— Oui, así es —contestó Louis con tono cansino, buscando a tientas en la oscuridad. Casi ciega a Julian con el destello repentino de la caja de la yesca que utilizó para encender las lámparas de queroseno, que iluminaron el interior lujoso del costoso carruaje en el que viajaban.
—Podrías haberme pedido que me marchara de París, ya sabes —
exclamó Julian con irritación, pestañeando con la austera luz—. No había motivo para recurrir al secuestro. ¿No tenéis leyes para este tipo de cosas?
—Tenía todos los motivos —discrepó amigable Louis—. Un día me agradecerás el enorme favor que te he hecho. Monsieur LeBeau está completamente decidido a matarte… y no es que yo tenga ningún motivo en concreto que objetar, pero creo que Genie se sentiría bastante disgustada.
—¡LeBeau! —bufó Julian. No podía decirse que fuera culpa suya que la linda esposa de LeBeau no pudiera soportar al pequeño pavo real con el que se había casado. O que el muy imbécil no supiera llenar su estúpida vida jugando a las cartas. O que se ofendiera porque le llamaran «pequeñajo».
—Oui, LeBeau. Un líder de la República, un duro crítico de la monarquía, ¡y mi enemigo declarado! Es bastante despiadado, Kettering.
No me sorprendería que te estuviera persiguiendo en este mismo momento.
Una parte de Julian esperaba que así fuera: le encantaría descargar su irritación con aquel pavo real. Pero dedujo que Louis no quería saber nada de eso. Cerró los ojos, con cuidado de reposar su palpitante cabeza contra los cojines de terciopelo.
—Creo que ya es hora de que regreses a casa —anunció Louis con tono impasible.
Julian se obligó a abrir un ojo. Su cuñado se estaba estudiando distraídamente una cutícula, con las piernas cómodamente cruzadas… por su talante parecía bastante inflexible al respecto.
—En los diecisiete años que hace que te conozco, nunca te había visto tan… desorientado. Sin rumbo, para entendernos. Sin objetivo. Un barco sin…
—¡De acuerdo, de acuerdo! —gruñó Julian y tuvo que contenerse para no comentar que en los diecisiete años que conocía a Louis, nunca se había percatado de que fuera tan maternal como en las últimas dos semanas.
—Supongo que sufres un poco de hastío y ¿quién puede culparte? —
continuó Louis con aire risueño.
Julian parpadeó.
—¿Perdón?
—Has tenido que criar a tus hermanas desde que tenías dieciséis años y ya han crecido y se han ido de casa. Tu finca y tus negocios parecen marchar solos, y Dios sabe que los Libertinos ya no constituyen la misma fuerza que en otros tiempos. Parece que la única actividad que te merece la pena es alguna conferencia ocasional en la universidad, pero no puede decirse que eso sea suficiente para llenar los días de alguien, ¿ n’est-ce pas?
Julian soltó un gruñido de impaciencia y quitó importancia a aquello con un ademán. Louis tenía toda la razón del mundo al decir que estaba aburrido, pero no confiaba en que el franchute pudiera entender hasta qué punto. Porque no era tan sólo aburrimiento, era todo y nada, se trataba de una lucha por revitalizar su propia piel, la sensación cada vez más incómoda de haberse quedado atrapado para siempre en un traje que no le quedaba bien. Por desgracia, nada podía acabar con aquel estado. Ni la bebida —aunque Dios sabía que había intentado con empeño ahogar aquella sensación en alcohol—, ni los viajes, ni el estudio, ni el juego, ni las fulanas. Nada.
Louis entrecerró los ojos y murmuró algo en voz baja. Julian cerró los párpados, no estaba de humor para intentar explicar que aquella comezón insufrible había empezado el día en que su hermana Valerie dio su último suspiro. Luego se había multiplicado hasta convertirse en un sarpullido interior la mañana en que apoyó su cabeza sobre el pecho ensangrentado de Phillip. Y el sarpullido se había vuelto un cáncer que durante los siguientes meses hizo estragos en él. Porque, aunque le había ofrecido su ayuda a Phillip y éste la rechazó varias veces, él sabía la verdad. En realidad no había hecho lo suficiente para salvar a su amigo, aunque tenía sus dudas sobre si Louis querría oír en esos momentos sus sospechas más oscuras. A decir verdad, no lo había intentado lo más mínimo porque así, mientras Phillip estaba en algún garito de juego o encima de alguna fulana, no estaba con Claudia.
—Entonces, muy bien —resopló Louis—. Si al divino Dane le ha ofendido la idea de que al fin y al cabo tal vez sea humano, no puedo ayudarle.
¡Ja! ¡Ojalá sólo fuera humano! Julian se desplomó sobre los cojines y se echó un brazo sobre los ojos, pasando por alto el sonoro suspiro de
frustración de Louis.
—¡ Aj! ¿Tan poco te importa lo que pienso? ¿Y qué me dices de Genie?
Se preocupa muchísimo. ¡Al menos piensa en tus hermanas!
Oh, aquello casi le daba risa. Desde el momento en que su padre, en plena agonía, le había rogado que protegiera a sus hermanas y cuidara de ellas, había pensado en pocas cosas más.
—Pienso en ellas, Louis. Cada día —murmuró.
—Mis disculpas. Resulta obvio, tienes razón, Kettering. Siempre las has malcriado descaradamente…
—Por favor. Ahórrame esto.
—Siempre les has dado todo lo que han querido. Si querían vestidos y zapatitos nuevos, se los comprabas. Si preferían dulces en vez de comida, tú simplemente sonreías. ¡Si se quejaban de que no tenían suficientes cintas para salir por ahí, llamabas a la costurera aquel mismo día!
Julian levantó un poco el brazo para escudriñar mejor a Louis. —De acuerdo, es posible que las haya mimado un poco…
—¿Mimado? —Louis entornó los ojos—. Eran incorregibles…
—No eran tan incorregibles…
—¡Y sus gritos! Nunca olvidaré aquellos gritos. El baúl de Londres…
mon Dieu, ¡me dolió la cabeza durante días!
A Julian se le escapó una risita involuntaria. Se acordaba como si fuera ayer. La modista a la que tan bien había pagado para vestir adecuadamente a sus hermanas con los tejidos de mejor calidad, había hecho un trabajo espléndido. Cada vez que un vestido salía del baúl, las muchachas manifestaban a gritos su aprobación.
—Me alegro de que te hayas recuperado lo suficiente del pavor que te producía pedirme la mano de Eugenie.
—Sobre mis dos rodillas —le recordó Louis, peleando por no poner una mueca—. Me obligaste a arrastrarme. ¿Entonces estabas bastante orgulloso de ti, mmm? Durante la comida del día de nuestra boda te pavoneabas como un gallo de pelea… ¡como si tú hubieras dado vida a esas cuatro muchachas!
No había dado vida a Valerie. Se la había quitado. De pronto un peso se instaló sobre el pecho de Julian, y con un estremecimiento cerró otra vez los
ojos.
—He hecho lo que he podido por ellas.
— Oui, eso resulta obvio. A Ann le has buscado una pareja estupenda: el vizconde Boxworth la adora, es cierto. Y Sophie ha sacado gran partido a los estudios que ya ha acabado en Ginebra. Pero ahora ya son mayores, y tu desasosiego responde sin duda a tus intentos de llenar el espacio que en otro momento ellas ocupaban.
—Eso es absurdo —replicó Julian con brusquedad—. Ahora que ya son mayores, disfruto del lujo de tener tiempo para dedicarme a mis propios intereses. Doy conferencias en Cambridge y en Oxford…
—Perdóname, ya sé que tienes cierto prestigio como experto en lenguas medievales, pero una conferencia ocasional sobre antiguos documentos no es suficiente para llenar los días de un hombre hecho y derecho.
A Julian no le gustaba el derrotero que estaba tomando la conversación, ni una pizca. De pronto se incorporó para sentarse y apoyó sus antebrazos en las rodillas, tragándose la náusea que este movimiento repentino le ocasionó.
—¡Dios, sí que es incómodo este vehículo! —protestó—. Pensaba que podías permitirte cosas mejores, Renault.
—Te advierto, mon ami, que un desasosiego como el tuyo puede llevar a un hombre a su muerte en Francia.
—¿Cuánto falta para llegar a Château la Claire? —interrumpió Julian levantando la cabeza para lanzar una mirada iracunda a su cuñado.
Louis pasó su mano sobre una arruga en la pernera del pantalón. —
Nuestro destino no es Château la Claire. Vamos a Dieppe.
—¿Dieppe? —Esto cada vez le gustaba menos—. Puesto que doy por supuesto que no tienes intención de tomar las aguas curativas de ese centro,
¿puedo deducir que continuaremos el trayecto desde allí?
—No lo haremos. Lo harás tú. A Inglaterra.
—Me echas de Francia. —No era una pregunta, era la constatación de un hecho.
—Así es —admitió Louis sin avergonzarse—. Por suerte, Christian gestiona una empresa bastante satisfactoria. Cuando hablé con su hombre la semana pasada, me aseguró que tendría sitio para ti en el paquebote diario.
Con un gruñido de indignación, Julian cruzó los brazos sobre su pecho.
—¿Y si me niego?
Louis se encogió de hombros con indiferencia.
—También prometió devolverte el arma y la cartera en el momento en que pongas pie en suelo inglés.
Julian se palpó el costado al instante y su ceño se marcó aún más cuando descubrió que le faltaban la pistola y la cartera.
—No las necesitarás a bordo.
El pulso le palpitaba de forma dolorosa en la sien.
—Te juro que si no fuera por este espectacular dolor de cabeza, recuperaría a golpes mi cartera con sumo gusto.
—Ah, pero no se puede decir que estés en condiciones de hacerlo, y yo me veo obligado a ocuparme de que abandones Francia antes de que tu hermana encuentre tu cabeza de chorlito clavada en la entrada de la Claire.
No pongas en duda, Kettering, que LeBeau llevará a cabo sus amenazas. Es un hombrecillo malvado que no tolerará la humillación que le has infligido.
Te vas a Inglaterra.
La respuesta de Julian a aquella declaración fue una fría mirada de ira.
—Esta noche has salvado la vida —le advirtió Louis—. Hazme caso y cambia de actitud antes de que alguien logre quitártela.
Un murmullo de risa amarga se quedó alojado en la garganta de Julian.
—Tal vez mi actitud cambiara de forma más eficaz si alguien consiguiera matarme, ¿no has pensado en eso?
Louis respondió apretando los labios con firmeza y bajando la vista con expresión ceñuda. Julian se tumbó sobre el banco.
—Despiértame cuando lleguemos, ¿quieres? —murmuró.
Y así lo hizo Louis. Le despertó justo a tiempo para sacarle del carruaje de un empujón y echar tras él una pequeña bolsa. De pie en la principal vía de Dieppe, Julian dedicó una mirada asesina al francés mientras éste le explicaba que el Maiden’s Heart partiría a medianoche y que el capitán le devolvería pistola y cartera cuando atracaran en Newhaven. Y justo antes de cerrar de golpe la puerta del carruaje, Louis arrojó una moneda que
Julian atrapó en el aire. Echó una ojeada a la palma de su mano —un franco de oro— y fulminó con la mirada a Louis.
—Come algo, ¿quieres? Por tu aspecto parece hacerte falta. ¿Puedo recomendar el Hótel la Diligence? Se me antoja el lugar perfecto para un Libertino.
Julian, llevándose dos dedos a la sien, hizo una inclinación:
—Ha sido un anfitrión gentil en extremo, monsieur Renault. Espero con ansia corresponderle de igual manera algún día —se burló. Louis se rió.
—No lo pongo en duda. Hasta entonces, ¡ au revoir!
—Con una abierta sonrisa, hizo una indicación al chófer y cerró la puerta de golpe, dejando allí a Julian con una talega a sus pies, un chaleco mal abotonado y la espesa sombra de una barba marcando su rostro.
—Maldito franchute —musitó con irritación mientras el carruaje desaparecía por una esquina. Se ajustó la ropa lo mejor que pudo y se ató en un santiamén el pañuelo formando algo parecido a un nudo; se sacudió el polvo de las perneras y se pasó ambas manos por el pelo en un intento de peinarlo. Se imaginaba que su aspecto era más bien horrendo, pero no le importaba demasiado. No podía hacer nada al respecto, de modo que recogió la bolsa y caminó como pudo hasta el Hótel la Diligence.
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