El señor de los ladrones

Cornelia Funke · Capítulo 43 de 56

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El señor de los ladrones

A Salvo

recuerdo.

–¿Escipión también está en casa de Ida? – preguntó cuando salían por la puerta de emergencia.

–No -respondió el detective, que lo envolvió en la manta que había traído por si acaso y lo cogió en brazos-. Ha regresado a su casa. Creo que tus amigos no quieren volver a hablar con él.

–Pero su padre es horrible -murmuró Bo a pesar de que ya no podía aguantar los ojos abiertos-. Tú eres mucho más simpático.

Se cogió al cuello de Víctor y apoyó la cara contra su hombro. Cuando llegaron al puente de la Accademia ya dormía profundamente. Y Víctor lo llevó a través de las calles tranquilas y vacías hasta la casa de Ida Spavento.

A SALVO

La propia Ida le abrió la puerta a Víctor, vestida con una bata de color rojo chillón y los ojos medio cerrados a causa del cansancio. Detrás de ella, con cara asustada, estaban Avispa, Mosca y Riccio, que los miraban como si hubieran estado esperando a otra persona.

–¿Qué pasa aquí? – murmuró cuando consiguió abrirse paso entre ellos con Bo en brazos.

–¡Es Bo! – exclamó Avispa muy alto. Víctor miró preocupado al pequeño, que sólo murmuró algo incomprensible medio dormido y volvió a caer en un sueño aún más profundo, envuelto en su manta calentita.

–Sí, es Bo -gruñó Víctor- y pesa bastante, así que ¿seríais tan amables de

salir de mi camino para que pueda dejarlo en algún lado?

Los chicos se apartaron rápidamente e Ida acompañó a Víctor. Subieron las escaleras hasta la habitación en que había metido a los niños. El detective suspiró y dejó al pequeño junto con la manta en una de las camas, lo tapó con un edredón hasta la barbilla y salió con Ida de la habitación. Ante la puerta los esperaban Mosca, Riccio y Avispa con los ojos abiertos de par en par. Entonces Víctor se dio cuenta de que faltaba alguien.

–¿Dónde está Próspero? – preguntó.

–Por eso estamos todos despiertos a estas horas -respondió Ida en voz baja-.

Caterina me ha despertado hace una hora porque no estaba en su cama.

Avispa asintió. Tenía la cara más pálida de lo normal

–¡Lo hemos buscado por todos lados! – susurró-. Por la casa, el patio, incluso hemos ido hasta el Campo. Pero no está en ningún lado.

Avispa miró al detective esperanzada, como si pudiera traer a Próspero por arte de magia, tal y como había hecho con su hermano.

–Vamos, es mejor que no nos quedemos delante de la puerta hablando -dijo Ida en voz baja-. El pequeño no debe saber que su hermano ha desaparecido. Y creo que Víctor tiene que contarnos bastantes cosas.

En el salotto hacía frío. De noche, Ida sólo ponía la calefacción en las habitaciones, pero Víctor encendió la chimenea y cuando se sentaron todos delante de ella, unos junto a otros y bien apretados, entraron en calor enseguida. Los gatitos de Bo bajaron del armario y se pusieron a ronronear alrededor de sus piernas, cuando notaron el calor. Entonces Víctor les contó cómo lo había despertado Esther y dónde encontró a Bo. Le costó concentrarse en su historia, ya que no hacía otra cosa que pensar en Próspero. ¿Dónde se había metido?

–¿Qué significa que no quiere que se lo devuelvan? – La voz de Ida lo sacó

de sus pensamientos bruscamente-. ¿Qué se cree esta Esther? ¿Que el chico es como un zapato que se lo puede probar y tirarlo si no le gusta? – Buscó un paquete de cigarrillos por los bolsillos de su bata, enfadada.

–Toma, Ida -dijo Riccio, avergonzado, y le dio un paquete de tabaco aplastado-. Sólo he cogido uno, de verdad.

La mujer suspiró y le quitó los cigarrillos de las manos.

–¡No sé qué se cree esta Esther Hartlieb! – gruñó Víctor y se frotó los ojos-.

Sólo sé que yo tenía ganas de ver la cara que iba a poner Próspero cuando le trajera a su hermano pequeño. ¡Pero en lugar de eso, vengo aquí y él ha desaparecido! ¡Maldita sea!

Miró a los tres niños enfadado.

–¿No podríais haberlo vigilado un poco? Todos os habéis dado cuenta de lo desesperado que se sentía.

–¿Qué significa eso? – gritó Mosca indignado-. ¿Que tendríamos que haberlo atado a la cama?

Avispa empezó a sollozar. Las lágrimas le caían por el camisón que le había regalado Ida y que le venía bastante grande.

–Basta ya -dijo Ida, y la abrazó -. ¿Qué hacemos? ¿Dónde podemos buscarlo? ¿Tiene alguien una idea?

–¡A lo mejor ha vuelto al Sandwirth! – dijo Mosca.

–Y no sospecha que su tía ya no está ahí -gruñó Víctor-. Voy a llamar al portero de noche para preguntarle si hay algún chico delante de la puerta del hotel.

El detective suspiró, sacó su móvil del bolsillo del abrigo y marcó el número del Gabrielli Sandwirth. Al portero de noche le faltaba poco para