El señor Ligotti
Se hospedaron en un resort con aguas…
Se hospedaron en un resort con aguas termales. Fueron días soleados, de mucha lectura. La novela de Clemente era una basura y eso contribuyó a mejorar su estado de ánimo. Tenía demasiados detalles legales que entorpecían la trama. Mucho conocimiento del aparato judicial, poca entraña.
Adela y Esteban se entregaron a la vacación. Nadaron. Comieron con exceso. Hicieron el amor despacio, para no lastimar al bebé.
Una semana después, Esteban se sintió recuperado. Pensó en su comportamiento de los días anteriores, en el miedo irracional que el viejo le había despertado. Ahora sabía qué hacer. Lo enfrentaría. Pondría un alto a la situación. Si era necesario, le gritaría sus verdades. No era más que un tipo senil, acabado, patético. En el trayecto de regreso su confianza aumentó. El final del problema se aproximaba, la solución estaba en sus manos.
Nunca imaginó lo que le aguardaba en casa.
Abrió la puerta del departamento. El señor Ligotti estaba dentro, haciendo sonar sus anillos sobre una taza humeante de café.
Tras el susto inicial, vino el enojo. Adela miró a Esteban, le espetó un «Córrelo, no lo quiero volver a ver aquí», y se encerró en el cuarto. El señor Ligotti daba tragos a su café con actitud despreocupada, como si su presencia allí fuera lo más natural del mundo, cosa que hizo enfurecer aún más a Esteban. Se plantó frente a él, conteniendo las ganas de golpearlo.
—Esto ya fue demasiado lejos. ¿Cómo hizo para entrar? ¿También le ayudaron los vecinos?
El viejo negó con la cabeza. Después sonrió, divertido.
—Tengo un juego de llaves. Y como no has querido cumplir con tu parte del trato, me vi obligado a usarlas.
—¿Cuál trato?
—Quedamos en que te visitaría. Fue el pacto que hicimos antes de firmar el contrato.
—Está loco. ¿No se da cuenta? Aquí nadie lo quiere. Lárguese o llamo a la policía.
—Esa no es la forma de tratar a un invitado.
El señor Ligotti se puso de pie, pero en lugar de ir a la puerta de salida se dirigió a la cocina, donde se sirvió otra taza del café que había preparado.
Esteban fue tras él, iracundo.
—¡Fuera de aquí! Lo meteré a la cárcel, ¡lo juro!
El viejo recargó la cadera en el fregadero; le dio un trago a su bebida mientras lo miraba, desafiante.
Esteban dio media vuelta, fue hacia el teléfono y marcó el número de emergencias. «Allanamiento de morada», dijo, alzando la voz para que el anciano lo escuchara.
Volvió a la cocina. El señor Ligotti reía a carcajadas.
—¿Allanamiento de morada? ¿En serio? Es el problema de no escribir. La escritura es como un músculo y, si no se utiliza, el lenguaje se atrofia. Te urge volver al teclado. Es más, te vendría bien escribir a mano: así se piensan mejor las frases.
El timbre interrumpió el discurso. La policía había llegado rápido.
Esteban miró al viejo con crueldad.
—De esto no se va a reír.
Fue a abrir la puerta. Condujo a los agentes a la cocina. Dentro no había nadie, sólo la taza humeante. Registraron el resto de la casa: nada.
El señor Ligotti se había esfumado. Igual que un fantasma.
El siguiente que timbró fue el cerrajero. Esteban le pidió una chapa nueva de alta seguridad. Pensó en cambiar también la de la puerta del edificio, pero antes necesitaba consultar con los vecinos. ¿Dónde carajos se escondían? Una mezcla de sentimientos lo invadió. Por un lado, rabia; por otro, vergüenza. Había hecho el ridículo con la policía. Los agentes lo miraron con recelo, seguro lo consideraron paranoico, incluso un bromista. Adela no ayudó. En lugar de fungir como testigo, arremetió contra él: no había sido buena idea comprar ese departamento. «TE LO DIJE». La policía terminó por marcharse sin tomarles declaración.
Los días siguientes fueron aún más extraños. Esteban dormía inquieto, las pesadillas lo despertaban de madrugada. En una ocasión abrió los ojos en medio de la oscuridad, invadido por una sensación de angustia. Llovía. Se quedó escuchando el ruido que hacían las gotas al estrellarse contra el cristal de la ventana. De pronto, distinguió una silueta sentada en una silla a los pies de la cama. Un relámpago iluminó la habitación, permitiéndole reconocer al señor Ligotti. Comprendió que el sonido lo producían los anillos del viejo al golpear la taza que sostenía entre las manos.
Si non oscillas, noli tintinnare.
Se despertó con un grito ahogado. Era de mañana. Adela estaba en el baño. El ruido de la regadera llegaba a través de la puerta.
La certeza de que perdía la razón se acrecentó. Aquel sueño había sido demasiado real; comenzaba a tener problemas para distinguir la vigilia. Las cosas empeoraron días después, cuando encontró el anillo del señor Ligotti sobre el buró. Las aves del logotipo de la Universidad Nacional desplegando sus alas, como una amenaza. Adela intentó tranquilizarlo: «Seguro lo dejó el día que entró con las llaves y no te habías dado cuenta». En medio de su confusión Esteban tuvo una certeza: no contaba con su mujer. Sólo pensaba en el bebé, rechazaba preocupaciones extra. Optó por ya no decirle nada. Guardó silencio ante cada nuevo hallazgo, ante cada mensaje —estaba seguro de que eso eran— que el viejo le iba dejando: una tarjeta de visita («Te la dio cuando lo conociste, no seas paranoico», le habría dicho Adela), una campanilla de cristal que jamás había visto en la casa, más anillos…