El sueco

Gábor Schein · Capítulo 2 de 7

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El sueco

2. Aviones en el espacio aéreo de una habitación

2. AVIONES EN EL ESPACIO AÉREO DE UNA

HABITACIÓN

 

Aunque intentaron ahorrarles a los enfermos las noticias, estas les llegaron también a ellos, y como nadie supo explicarles qué les ocurriría, el estado de todos empeoró. En los últimos días, un avión atravesaba ya cada diez minutos la habitación, pasaba junto al gancho del que colgaba un trapo para fregar el suelo e impactaba contra la pared a menos de un palmo de la jabonera. La doctora Bíró solo había conseguido que los aviones no hicieran tanto ruido al entrar en el espacio aéreo de la habitación momentos antes de tomar tierra, cuando a simple vista ya se divisaba la pista de aterrizaje. Aunque a partir de entonces los aviones zumbaban menos que antes, la escena acabó resultando aún más terrorífica si cabía. Los aparatos volaban por debajo del techo y descendían zumbando sobre las cabezas de los enfermos, empapadas de sudor. Redujeron el sonido hasta tal punto que al final apenas se los podía oír, de manera que los enfermos habían de prestar entonces más atención para escuchar el ligero zumbido, pero cuando lo oían ya era tarde, el aparato pasaba volando junto a sus orejas como si les hubieran puesto un diapasón sobre las sienes. El terrible zumbido venía a la vez de dentro y de fuera. Desaparecía pronto, pero el terror quedaba grabado en los rostros. Como si los hubieran despellejado vivos. Luego venía otro ruido, ligeramente más bajo que el anterior. De nuevo, todo el mundo se inquietaba porque apenas se oía. La doctora Bíró había de dar una vuelta por la habitación, colocar en su sitio los vasos de plástico y los pañuelos que no estaban en su lugar habitual y salir al jardín para mostrar a los enfermos lo que allí encontraba. Como si así ahuyentara los aviones, levantaba una tras otra las ramas y las hacía oscilar ante su rostro. La acogida era indescriptible. Todos gritaban a la vez. No sabían por qué. Gritaban, tenían que gritar.

Solo una persona no se inmutaba por la irrupción de los aviones. Entre las dos ventanas, un hombre de edad indefinida, probablemente ya mayor, permanecía sentado, en posición recta, con las manos sobre las rodillas. Calvo hasta la coronilla, tenía el pelo largo y blanco en las sienes. Desde su ingreso, ocurrido hacía casi tres meses, observaba detenidamente con sus ojos grises y penetrantes todo cuanto ocurría en la sección de terapia ocupacional. Se instaló en un lugar entre las dos ventanas, desde allí veía todos los rincones, no escapaba a su atención ningún movimiento, ningún gesto. No se habría perdonado dejar escapar un mínimo detalle, pues se había dado cuenta de que fijarse en las cosas aparentemente insignificantes significaba reconocer que nos encontramos desprotegidos en el enclenque y mal construido puente entre la desintegración y el orden inteligible. Hasta ese momento había permanecido mudo. Pero cuando la doctora Bíró empezó a mostrar las ramas a sus espaldas, comenzó a murmurar asintiendo con la cabeza gacha. Siempre murmuraba lo mismo, con voz profunda, tono amenazador, como una profecía a la que, por supuesto, nadie dispensaba atención: «Ayer es un día, hoy son dos días, mañana son tres, y mañana más mañana son cuatro. Pobrecitos, pobrecitos. Ayer es un día, hoy son dos días, mañana son tres, y mañana más mañana son cuatro. Pobrecitos, pobrecitos».

Ese hombre calvo, de pelo largo y blanco a los costados, se llamaba Tamás, a nadie se le ocurría llamarlo Tomi o Tomáska. Los enfermeros lo querían. Al menos era tranquilo. En los demás, la irritación crecía y se intensificaba hasta las diez de la noche. La enfermera del turno nocturno, que ya había recibido la carta de despido y que de todos modos no mostraba mucha comprensión en estas situaciones, los calmaba diciendo que el gobierno estadounidense no contemplaría impasible lo que allí estaba ocurriendo. Pronto lanzaría a sus paracaidistas; unidades de marines adiestrados específicamente para este fin habían partido ya de sus bases, venían de aquí y de allá; en Trieste habían atracado ya los portaaviones, de eso podían estar todos muy seguros. Esas aseveraciones surtían su efecto durante un rato y se confiaba en que el grupo acabara durmiéndose mientras esperaba. Sin embargo, nadie se dormía, y cuando los enfermos volvían a la carga, ahora furiosos, exigiendo ver cómo caían los paracaidistas del cielo como copos de nieve, la enfermera del turno de noche aducía primero que, según parecía, la operación se había aplazado, la intervención no podía llevarse a cabo debido al mal tiempo, pero que al día siguiente todos se despertarían con una maravillosa nevada, con una nevada nunca vista; vestidos de blanco, con paracaídas semejantes a edredones blancos, caerían del cielo los marines estadounidenses.

Pero como no conseguía apaciguar la inquietud generalizada, al final también la enfermera perdía la paciencia. Se ponía a gritar pidiendo que la dejaran en paz, diciendo que ella no tenía la culpa de nada, que los aviones no existían, que los esperaban en vano, que Estados Unidos a lo mejor no existía y tampoco existía el mar, alguien lo había inventado, y Trieste había sido destruida hacía tiempo por los godos y, además, la semana siguiente todo el mundo se iría para casa, allí se cerraría todo, se desmontaría el tinglado. Los enfermos no entendían ni una palabra de lo que decía, pero aun así callaron de golpe, se produjo un profundo silencio, solo se oyó el murmullo de Tamás procedente de un rincón: «Ayer es un día, hoy son dos días, mañana son tres, y mañana más mañana son cuatro. Pobrecitos, pobrecitos. Ayer es un día, hoy son dos días, mañana son tres, y mañana más mañana son cuatro. Pobrecitos, pobrecitos».

Así pasaban dos o tres minutos, hasta que alguien empezaba a toser. Y luego estallaba el caos. Todos comenzaban a imitar a los aviones. Estiraban los brazos como si volaran y se ponían a hacer zumbidos, silbidos, a chillar, a gemir, a emitir las voces más horripilantes. Había quien no aguantaba mucho tiempo y de repente se venía abajo, se encogía o se tiraba al suelo y permanecía allí donde se había quedado sin fuerzas. Quien aguantaba, gritaba con más ahínco aún, evitando o pasando por encima de los enmudecidos. Así transcurrían las últimas noches.

A todo esto, en el exterior las manifestaciones se habían convertido en un fenómeno cotidiano. Participaban en ellas los médicos, los enfermeros y el personal de servicio junto con los pacientes que habían recibido el alta. Protestaban contra el cierre. Por los altavoces se oían numerosas voces tristes e inteligentes que se referían a los ciento treinta y nueve años de historia de la institución, a la tradición húngara en psicología y psiquiatría vinculada a ese edificio y sobre todo a los enfermos que quedaban desatendidos, aunque nadie confiaba en que se revocara la decisión de clausurar el centro, es más, ni siquiera en que alguien prestara oído a los argumentos contrarios al cierre. En las noticias de la noche, el ministro declaró que el edificio no estaba en condiciones de albergar y atender a los pacientes, que técnicamente era del todo obsoleto, que en invierno solo servía en la práctica para caldear la calle, que resultaba imposible hacer funcionar de manera rentable esa institución sobredimensionada. Muchos sacaron la conclusión de que alguien le había echado el ojo al terreno, lo codiciaba, suspiraba por hacerse con él. Pues sí, asentían con la cabeza, no había nada que hacer. Entretanto, los periódicos publicaban artículos explicando que la psiquiatría estigmatizaba a los enfermos y los trataba con métodos carentes de base científica. Los medicamentos actuales, por cuya utilización los psiquiatras, como era bien sabido, decían, se embolsaban miles de dólares, se derivaban, según ellos, de los instrumentos de tortura del siglo XVIII, de los baños de hielo, de los shocks de insulina y de la lobotomía y se preveía una generación que, gracias a los médicos inventores de la depresión, sería drogodependiente durante toda la vida.

—Es una locura —dijo la doctora Bíró ⁠—. ¿Sabe esta gente lo que está destruyendo?

Desde que a la entrada principal se le pusiera un candado, ya solo los buenos y los malos recuerdos residían en los pasillos del edificio de cuatro plantas y en sus diversos departamentos. Quedaron entre las paredes ruinosas los instrumentos, las radiografías, las historias clínicas. Quien entraba podía llevarse lo que quisiera. Parte de los pacientes habían sido trasladados a otros centros, la mayoría devueltos a sus casas con la promesa de recibir tratamiento, y muchos fueron a parar simplemente a la calle. Durante mucho tiempo después de que se cerrara el centro psiquiátrico, algunos enfermos volvían, permanecían contemplando el parque desde detrás de la verja, iluminaban con linternas los hierbajos, lo cual enloquecía a los perros abandonados que se habían instalado allí y que se abalanzaban contra las barras mostrando los dientes. Los enfermos los miraban desconcertados, no entendían cómo habían ido a parar esas fieras a su jardín y no sabían si huir o quedarse.

El señor Grönewald escribió la primera carta a la doctora Bíró cuando el cierre de la institución estaba ya en el orden del día, de modo que permaneció durante una semana sin ser leída. La doctora Bíró la cogió más de una vez, leyó el nombre desconocido, examinó la dirección para ver si realmente iba dirigida a ella y miró el retrato del rey de Suecia. Debe de ser tranquilizador vivir en un país, pensó, que tiene un rey tan simpático. Un rey es como tener delante de la ventana un gran árbol que todas las mañanas, sea invierno, sea verano, esté con hojas o sin ellas, se puede contemplar y medir así el tiempo que pasa. Recordó también que en su infancia había mirado repetidas veces la placa conmemorativa en el muro de la escuela de la calle Váci, según la cual el rey sueco Carlos XII había pasado allí una noche en el año 1714 cuando, huyendo de los rusos, cabalgó durante veinte días para llegar de Turquía a Stralsund, donde los rusos lo alcanzaron y asediaron la fortaleza. El pobre rey fugitivo llevaba una peluca negra, se había pintado un bigote y cambiado el abrigo azul por uno marrón para que no lo reconocieran. Por lo visto, hasta un rey ha de alquilar un día un disfraz para sobrevivir.

El señor Grönewald se remitía a una conocida común de Budapest, a través de quien había conseguido la dirección de la doctora Bíró. Y pedía autorización para explicarle con detalle los antecedentes de su petición y contarle cómo su esposa y él habían acogido a un niño húngaro en 1956 y lo habían criado como si fuese su hijo. Le contaba también qué lo impulsó a comenzar a indagar, después de tanto tiempo, en busca de la familia de Ervin. Sabía ya con total seguridad que en Kapfenberg no fue la madre quien renunció a su hijo, sino su tía. Era su firma la que figuraba en la declaración oficial de renuncia, que luego podría haberse impugnado ante los tribunales, cosa que la madre de Ervin, sin embargo, no hizo. Nunca dio señales de vida y probablemente tampoco se interesó de manera indirecta por el destino de su hijo. Cuando se abrieron las fronteras, dejó al niño a cargo de su hermana. ¿Por qué no huyó con ellos? ¿Por qué no se mantuvo junto a su hijo, qué la retuvo? Debía de ser consciente de que no volvería a verlo nunca más, de que no sabría dónde se criaba, ya que bien podía intuir —⁠y según el señor Grönewald necesariamente debía suponerlo— que su hermana, ante tantas vicisitudes previsibles, no se ocuparía ni se responsabilizaría del pequeño. ¿Era esto lo que quería? ¿Quería alejar a Ervin y le venía de perillas que se abrieran las fronteras por un breve lapso de tiempo? Sea como fuera, lo dejó a ciegas en manos de la buena o mala fortuna, y la ceguera debía entenderse literalmente, pues no podía tener ni remota idea del mundo que esperaba a su hijo al otro lado de la frontera y solo podía saber que ese mundo se lo ocultaría para siempre.

Mirando atrás en el tiempo desde el otro lado de la frontera, el señor Grönewald no conseguía dar una explicación racional a la actuación de la madre de Ervin. Eso sí, estaba convencido —⁠e hizo particular hincapié en ello — de que no quería de ningún modo adornar la historia con accesorios de su imaginación. Precisamente eso lo impulsó a escribir la carta y a proyectar luz sobre todos los detalles, incluso sobre algunos que no pertenecían tal vez a nadie salvo a él. No obstante, apartaba por el momento esta suerte de consideraciones y quizá por primera vez en su vida se daba libertad para prescindir de las reglas de la cortesía. Su carta, advertía de entrada a la doctora Bíró, sería desagradablemente extensa, y se preguntaba, receloso, con conciencia desdichada, si se permitía semejante prolijidad porque una psicóloga leería esas líneas. En efecto, después de argumentar su propia exoneración, escribía una sinuosa frase en la cual explicaba que había vivido los hechos de su vida cual si le hubiesen ocurrido a un objeto, cual si pertenecieran a una cosa tan sencilla como un clavo o el bolígrafo con el que escribía esas líneas. Sin embargo, aunque fuese demasiado tarde, ahora, como si un amo moribundo liberase a un esclavo, quería rescatar a Ervin de entre los objetos que habían roto el contacto entre él y el mundo, quería devolverlo a sí mismo, fuese lo que fuese lo que eso significara para él. En vano decidió, no obstante, que desde ese momento ya no lo guiaría su imaginación, porque no podía partir de nada que no fuese mera imaginación, cálculos y suposiciones. No consideraba probable que la madre de Ervin abandonara Hungría más tarde. Solo los motivos más graves podían obligar a una madre a desprenderse de un hijo que acababa de ingresar en la infancia, repetía una vez más en la carta. Motivos tan graves no solían desaparecer, sino a lo sumo agravarse. Estaba seguro de que las huellas de la madre de Ervin habían de buscarse en Hungría, pero desconocía su nombre. Si no estaba casada, supuso al comienzo de sus pesquisas, solo faltaba su nombre de pila, ya que su apellido coincidía entonces sin duda con el de su hermana. Pero si Ervin era fruto de un matrimonio o si ella se casó más adelante, a buen seguro había adoptado el apellido de su marido, y en tal caso comenzaría sus indagaciones con las manos vacías.

De ahí que el señor Grönewald no empezara a investigar en busca de la madre de Ervin, sino de su tía. Tenía su nombre. Si la encontrara con vida, podría saberlo todo. Consideró la búsqueda un asunto privado, por supuesto. No quiso involucrar a ningún funcionario del Ministerio de Asuntos Exteriores como tampoco a nadie de las embajadas de otros países en Suecia, lo cual tampoco habría resultado fácil por cuanto habían pasado más de diez años desde su jubilación y en ese tiempo se había reemplazado a casi todo el personal. En el registro de la Cruz Roja en Ginebra no había rastro de la persona buscada. El asunto enfervorizó al señor Grönewald, quien por aquel entonces estaba ya a punto de cumplir los setenta y un años y desde hacía un tiempo no llenaba su vida más que con la dedicación solitaria a sus objetos y con la creciente y tenebrosa amargura por Ervin.

Después de recibir la respuesta de la Cruz Roja, la primera idea que le vino a la cabeza fue dirigirse a las oficinas de Estocolmo de una compañía de teléfonos sueca y revisar allí por orden alfabético las guías telefónicas europeas occidentales y luego, si hiciera falta, las estadounidenses y las australianas. Solo había llegado hasta Bélgica cuando, a pesar de su testarudez, tuvo que admitir que la empresa carecía de sentido. Muchas horas de trabajo se fueron así al garete. Regresó a casa como si lo hubieran apaleado. Conocía los sitios, las causas y las intensidades de todos sus dolores en el cuerpo, los registraba, estudiaba su naturaleza, pero en esta ocasión sintió en el costado derecho, encima de la cadera, una punzada que nunca antes había percibido. ¿Qué podía ser? ¿Qué estaba ocurriendo en su organismo? Ya era viejo, ¡qué locura suponía ocuparse de esta historia a su edad! ¿Por qué tenía la sensación de deberle esto a Ervin? Después de descansar media hora en casa, el dolor pasó. El señor Grönewald se calmó.

Al día siguiente, escribía, ahuyentando su rechazo, basado en sólidos y abundantes argumentos, a los ordenadores y a internet, se registró en diversas páginas colectivas por ver si encontraba algún rastro de la tía de Ervin. Sin éxito. Los buscadores más frecuentados tampoco ofrecían datos útiles. El silencio de los archivos significaba, pensó entonces, que o bien la tía de Ervin había muerto hacía tiempo, o bien, si vivía, tenía otro apellido que aquel que utilizaba cuando se desprendió de su sobrino en Kapfenberg.

Tuvo que afrontar la posibilidad de que, aunque la investigación acabara de comenzar, hubiera llegado ya a su fin. Tuvo que admitir para sus adentros que no tenía ni idea de a quién buscaba. La tía de Ervin se llamaba Ilona Stiller; ese era al menos el nombre que escribió hacía cuarenta y siete años en los documentos de Kapfenberg. Todo apuntaba a que la madre de Ervin también se apellidaba Stiller. En 1957, Ilona Stiller debía de tener unos veinte años, y cuando el señor Grönewald, que encontró sus apuntes referidos a aquella estancia, le preguntó en el campo de refugiados si había participado en las manifestaciones y qué había hecho en los días de la revolución, respondió —⁠turbada y asustada, según consignaban los apuntes— que no había salido de su piso. Luego fue imposible hacerla hablar. Solo confesó que vivía en Budapest, en el distrito de Újlipótváros, pero no dio el nombre de la calle.

También era posible, pensó el señor Grönewald al comienzo de la indagación, que cuando conoció a Ervin en el campo de refugiados su madre ya no viviera. Le resultó extraño que no se le ocurriera esa posibilidad ni entonces ni décadas más tarde. En todo momento imaginaba que la madre había decidido desprenderse de Ervin, a pesar de que no poseía ninguna prueba de ello. Por lo visto, su imaginación había realizado una selección entre diversas posibilidades y precisamente esa selección le había impedido conocer la historia de Ervin. Le aterraba pensar que, mientras deseaba dar con ella, lo perdiera a él definitivamente. No solo al niño emigrado de Hungría sino también al que Teresa y él habían criado juntos y que ahora —⁠sí, tuvo que confesárselo a la doctora Bíró— no quería saber nada de él. ¿Bastaban un nombre y un lugar para que el señor Grönewald diera con una pista de lo sucedido, de los hechos reales, para que ensamblara la historia que pensaba ofrecer como regalo de despedida al hijo que había criado, como reparación si es que realmente había algo que reparar?

Sabía perfectamente que todo esto debería haberlo hecho hacía décadas. ¿Hacía décadas? Recordó el señor Grönewald que Teresa, después de la adopción de Ervin, declaró que ellos eran los padres de ese niño, ellos lo criaban allá en Suecia después de haberlo rescatado de la más absoluta desesperanza —⁠y repitió estas palabras: la más absoluta desesperanza— y le regalaban una vida que, cuando nació, nadie podía esperar para él. Por eso mismo tenían el derecho a decidir qué era bueno para el niño y qué no; es más, no solo el derecho sino la obligación de evitarle cargas superfluas. Y precisamente saber la verdad supondría para él una carga superflua, ni más ni menos. De repente se confundiría, no sabría quién era, adónde pertenecía, hasta podría llegar a derrumbarse.

—Lo hemos comprado, Teresa, hemos dado dinero por él —⁠dijo en su día el señor Grönewald, que volvió a repetir la frase para sus adentros mientras con las rodillas doloridas y con una punzada en la cadera regresaba a casa procedente de las oficinas centrales de la compañía telefónica—. Con eso no nos hemos ganado el derecho a decidir qué puede saber sobre sí mismo y qué no.

—Pues sí —sentenció Teresa, dando por zanjada la discusión ⁠—, y es justamente esto lo que ni siquiera deberá llegar a intuir jamás: que nosotros hemos decidido incluso qué puede saber sobre sí mismo. Porque si se entera nos perderá también a nosotros.

El señor Grönewald tampoco lo deseaba, de modo que ni siquiera llegó a preguntar qué ocurriría si Ervin sospechaba algo, si alguien, por un descuido o por una insinuación deliberada, sembraba en él la duda. Al fin y al cabo, no podían exigir olvido y silencio a todo el mundo.

El señor Grönewald decidió viajar a Budapest. Dio por concluido el acuerdo con Teresa, el cual —⁠si era eso, y no una imposición tiránica por parte de ella y mera obediencia por parte de él— lo obligaba a una huida permanente y los inundaba a ambos con una serie infinita de acusaciones, ofensas y malentendidos. Solo podía recuperar la libertad si contradecía a Teresa, si, estando él ya solo, conseguía modificar las estipulaciones de aquella decisión que, mirando atrás sobre la siempre activa y bulliciosa vida de ambos, aunque ahora ya en apariencia carente de acontecimientos, había sido su única verdadera decisión: comprar a Ervin y criarlo en la mentira, como si Teresa lo hubiese parido.

El señor Grönewald recordaba la cantidad de mentiras y silencios a la que los había obligado aquella decisión. Había que explicar, por ejemplo, a Ervin por qué no se habían tomado las habituales fotografías familiares en que el niño aparecía al año o a los dos años de vida. Le dijeron que eran entonces tan pobres que ni siquiera les alcanzaba para una cámara fotográfica. Al principio, Teresa intentó inventar historias como las que toda madre suele contar sobre los primeros años de su hijo; cómo había sido el darle de mamar, tenerlo en brazos, sujetarle la mano, cuáles habían sido sus primeras palabritas comprensibles, cómo se había puesto en pie, cómo había aprendido a andar, y a punto estuvo de creer incluso que todo eso había sucedido realmente, casi aguardaba ya el momento de añadir el siguiente detalle a esa vida no vivida, pero de pronto la inundó el dolor, aunque no supo por qué precisamente en ese momento. Cada una de sus palabras y cada una de las preguntas de Ervin vertían un torrente de amargura y de dolor sobre ella, y entonces calló, renunció a seguir inventando esa suerte de historias, pues ya no era capaz de participar afectivamente en ellas. Para Ervin, los dos o tres primeros años de su existencia eran un agujero negro. El señor Grönewald no podía saber, lógicamente, qué recuerdos aflorarían en él al enterarse de la verdad después de tantos, tantos años, pero tenía la sensación de que debía devolverle lo que entonces le habían negado y confiaba mucho en que la doctora Bíró no quisiera hacerlo retroceder. Tampoco en el caso de que ella considerase que ese tardío apasionamiento previo a la muerte ya solo servía para aliviar la conciencia, aun al precio de despojar a Ervin de lo poco que le quedaba. ¡Qué cruel y oscura es el alma del hombre cuando se dedica a su propia salvación! Pero no se trataba de eso, recalcó enseguida el señor Grönewald. Podía asegurar a la doctora Bíró que no se trataba ni de la salvación ni de los ardides propios del orden moral de unos pequeños y miserables mentirosos, sino única y exclusivamente de la historia. Solo de una historia, de una desgracia, de un accidente.

En este punto, escribía, había de ser absolutamente sincero. Por supuesto, jamás había estado sometido a la voluntad de Teresa en la forma y en la medida que antes había descrito recordando su relación. Quién habría sido él si su esposa le hubiera interesado lo más mínimo. Por fortuna, nunca le interesó en absoluto. La fastidiaba, a veces llegó a estar a punto de cometer algo irrevocable contra ella, pero acababan siendo esos juegos mentales con los que se entretiene todo aquel que convive más de lo debido con otra persona. Por lo demás, era inofensivo, como un ausente. Para facilitar las cosas, evitaba a Teresa siempre que podía. Por eso necesitaba los objetos, así como los relatos que tejía en torno a ellos, y un rincón en la vivienda en el que pudiera permanecer solo, imperturbado.

Ervin le interesaba muchísimo más, pero no podía hacer nada por él. De hecho, solo después de la muerte de Teresa surgió en él el convencimiento de que le debía algo y de que había de saldar esa deuda. Resulta ridículo tratar de saldar tardíamente una deuda, cuando ya nada se puede reparar. Era como si se tratara de un tema crediticio, aunque precisamente este caso nada tenía que ver con colocar cantidades de dinero a interés, ya que en un principio nadie sabía quién sería el prestamista y quién el prestatario; aun así, no se podía pensar en esto de otro modo. Por otra parte tampoco se debía olvidar, escribía él a la doctora Bíró, que Ervin en ese momento no concebía ni remotamente la posibilidad que llegaría a tener; de poder elegir entre querer conocer su historia o no. Se mirara como se mirara, el señor Grönewald quería de todas maneras llegar hasta el final de la historia, de eso estaba seguro; o, mejor dicho, hasta el principio. Una vez que supiera cómo había ido a parar Ervin a Kapfenberg tendría tiempo para decidir si se lo contaba o no. Esta idea lo tranquilizó. ¿Por qué había de comunicar a Ervin lo que sabía? Cuando tomó la determinación de viajar, sus dolores casi desaparecieron. Lo consideró una buena señal. Al calmarse los dolores, ¿no le estaba dando a entender su organismo que su actuación era la correcta? Vio justificada la esperanza de que, aunque supiera muy poco, al cabo de unos días vislumbraría alguna señal.

Carecía de planes concretos sobre lo que haría en Budapest, pero procuró prepararse adecuadamente. Previó una estancia de diez días. Se alojó en un hotel situado en la ribera del Danubio; la ventana de su habitación daba a la isla Margarita. La primera tarde, paseó entre las casas del distrito de Újlipótváros. Había leído en una novela, que había sacado de una biblioteca como parte de los preparativos, que siglo y medio antes una ciénaga inaccesible cubría los terrenos que ahora ocupaban las calles y los bloques de viviendas de la zona. Allí depositaba el río sus sedimentos, escombros que traía del norte, troncos de árboles y cadáveres de animales. La ciénaga era propiedad de los peces y de los pájaros. Bajo un césped traicionero acechaban el agua y el limo, que llegaban a varios metros de profundidad. Según leyó, quien allí se adentraba, no hacía más que tambalearse y, si de pronto se hundía, la ciénaga acababa devorándolo. Cuanto más luchaba, cuanto más se resistía, tanto más se hundía, las algas y las raíces de las plantas acuáticas le abrazaban las piernas hasta que el limo negro que residía bajo las hierbas verdes, las flores acampanadas y las anchas hojas del nenúfar se cerraba encima de su cabeza.

Mientras el señor Grönewald caminaba por la calle Pozsonyi, echaba un vistazo al Danubio y a los montes de enfrente; dobló luego por la calle Csanády, y se dio cuenta de que quién trabajaba seguía siendo su imaginación, única y exclusivamente su imaginación, pero al menos ya en un terreno real. El primer día, eso lo satisfizo plenamente. La novela explicaba también en sus primeras páginas que la ciénaga había sido drenada en la década de 1870 y que en los terrenos así ganados al río se construyeron al cabo de un tiempo una serie de fábricas, un lavadero de lanas, una fábrica de cerveza, una de entarimados, otra de armas, así como seis molinos. La pesada y asfixiante nube de humo nunca se marchaba del cielo. El lugar lo habitaban pobres, hacinados en viviendas de diez o quince metros cuadrados. Agujeros oscuros y sin caldear daban a patios construidos en perpendicular a la calle. El alquiler se pagaba al señor Suhajda, el propietario de todas esas casas; por él, la antigua ciénaga se llamaba «los terrenos de Suhajda». Para un extraño, no era recomendable entrar allí. Las epidemias eran devastadoras y se cometían muchísimos asesinatos. Los cadáveres eran arrojados al río, porque en el antiguo cementerio situado al norte de la ciénaga, al que se accedía desviándose de la carretera, la última tumba se había cavado hacía veinte años y los rectores de la ciudad no habían asignado aún otro cementerio a los habitantes de aquellos terrenos. El antiguo cementerio se seguía utilizando, aunque no para el fin al que en un principio estaba destinado. A menudo aparecía en los recodos de las parcelas algún personaje consumido y andrajoso. Nadie prestaba mucha atención a esos visitantes o al menos todos fingían no percatarse de su presencia. Allí se retiraban también, en la última fase de su actividad, las prostitutas que no eran acogidas ya ni siquiera en los burdeles más desastrados. Ellas conocían los lugares más recónditos del cementerio, donde eran húmedas las zanjas y espeso el licopodio.

Quién veía al señor Grönewald doblar por la calle Pozsonyi hacia la calle Csanády enseguida se daba cuenta de que no pertenecía a ese barrio. Si no hubiera paseado por allí, sino por un distrito más pobre de la ciudad, donde nunca habían visto telas como la de su vestimenta ni zapatos como los suyos, su aspecto severo no lo habría protegido de miradas de extrañeza o de que algunos incluso reaccionaran con odio a su presencia. Llevaba el jersey de otra manera, la caída de la tela de su abrigo era diferente, así como diferente era también el rechinar de las suelas de sus zapatos en el asfalto; no tenía nada que ver con quienes habían envejecido en el barrio. Los dolores no habían roto todavía su complexión bajita y proporcionada hasta el punto de hacer desaparecer su porte militar, esa combinación natural de disciplina, rigor y adustez que en su caso toleraba el desorden del cabello ralo, que recordaba a paja mojada y que no cuadraba en absoluto con el anciano que era. Ese peinado desarreglado y los ojos pequeños y grises que resaltaban el color rubio del pelo hacían de contrapeso a la adustez militar de su complexión, de tal manera que el aspecto del señor Grönewald resultaba agradable e incluso le daba un aire un tanto travieso y juguetón. Por desgracia, la verdad era, sin embargo, que, si bien los dolores en las rodillas y en la cadera no hacían mella en su apariencia de militar hasta el punto de borrar por completo la elegancia y distinción de su presencia, que a pesar del peinado solo por poco evitaba que se interpretara como una gélida hostilidad a la vida, sí dificultaban bastante sus movimientos, de modo que quien lo veía de frente podía considerarlo más viejo de lo que en realidad era.

Allí, en las inmediaciones del parque de Szent István, el señor Grönewald no había de temer que lo miraran de arriba abajo. Allí, a comienzos del siglo XX, la ciudad no eliminó con crueldad la miseria transida de olor a moho que caracterizaba los terrenos de Suhajda y las vidas relacionadas con esos muros derribados, sino con alegría y con entusiasmo, como correspondía a un comienzo esplendoroso. En 1911 se construyó en ese tramo de la ribera del Danubio el primer bloque de viviendas en torno a un patio central. Los constructores eran en su mayoría judíos, los proyectos arquitectónicos corrieron a cargo de húngaros y de austríacos, y los andamios estuvieron ocupados por trabajadores eslovacos. Sobre todo artesanos judíos se trasladaron al barrio. Con ellos empezó allí la vida urbana. Por aquel entonces, la fiebre de la construcción se había apoderado de las avenidas y de los bulevares. Los precios del suelo alcanzaron niveles estratosféricos, se procuraba aprovechar hasta el último palmo de terreno. La propiedad inmobiliaria se consideraba la mejor inversión. La Primera Guerra Mundial, sin embargo, no ayudó a ese tipo de especulación. En los edificios construidos antes de 1916, la carcoma no menoscabaría durante cien años las vigas de la cubierta y las tuberías de plomo se mantendrían durante ocho décadas con apenas dos o tres roturas anuales, mientras que en las casas construidas después de la Gran Guerra o en tiempos de la crisis mundial se rompían dos o tres veces al mes.

Sin embargo, el recuerdo de los primeros ciudadanos verdaderamente metropolitanos se extinguió casi igual que el de los habitantes de los antiguos terrenos de Suhajda, ya que, poco más de tres décadas después de mudarse allí, la gran mayoría acabó asesinada: unos murieron en el curso de los trabajos forzados, otros en los campos de concentración, y otros fueron asesinados a tiros y arrojados al Danubio. Los pisos, a su vez, redistribuidos y divididos después de 1948. La memoria de los habitantes de finales del milenio y de comienzos del nuevo a lo sumo podía retrotraerse a los años cincuenta: cuándo había nacido fulano, cuándo se había mudado allí, cuándo había emigrado de Hungría, cuándo se había suicidado. Al construirse un edificio nuevo en el terreno de una casa demolida, lo cual ocurría con frecuencia, porque había que crear espacio para satisfacer la demanda de nuevas viviendas, había que cavar hondo para anclar bien los fundamentos, puesto que el suelo seguía blando, los edificios se hundían con facilidad y se abrían grietas en los muros.

El señor Grönewald dobló por la calle Csanády hacia la calle Hegedűs Gyula. Pasó por delante de una tienda de comestibles en cuyo escaparate pudo observarse a sí mismo como en un espejo empañado. Se quedó satisfecho con lo que vio. Se acomodó y se arregló el abrigo sobre los hombros. Al andar, levantaba mucho el pie, como si quisiera mostrar la suela del zapato a quien venía de frente, y golpeaba el asfalto duramente con el tacón, como antaño. Los golpes, sin embargo, debieron de afectar a la cadera del señor Grönewald. Al principio no se dio cuenta del dolor que se presentó en forma de diminutos pinchazos, pero luego, cuando estos arreciaron, se vio obligado a detenerse. Pensó en Teresa y en que, si bien él contaba con que le quedaban aún cuatro o cinco años de vida activa, tal vez fuera mucho menos tiempo. Alzó la vista hacia la casa de la acera de enfrente, hacia la hilera de balcones con las barras de sus barandillas y con los bajos descascarados, hacia la fachada antaño verde y ahora sucia y carente de revoque, una fachada seductora y efectista a la que, sin embargo, le costaba ocultar que el edificio se había construido con tacañería, con materiales baratos, aunque no podía negarse que el arquitecto poseía cierto sentido de las proporciones, suficiente para que, a pesar de la decrepitud, el tiempo ennobleciera incluso los fallos. A Grönewald le sorprendió la facilidad con la que se dejaba llevar por la atmósfera de la calle. Con pasos más menudos que al principio, dedicó media hora más a recorrer la zona con la extraña sensación de estar muy cerca de lo que buscaba. Por algún portal, echaba un vistazo al interior, repasaba los nombres de los habitantes en las listas junto a los timbres del portero automático, sin saber qué casa escondía la vida con la que en su momento se relacionó por el hecho de comprar a Ervin en Kapfenberg.

Al día siguiente se levantó temprano. Tomó un copioso desayuno en el restaurante del hotel, no le dio vergüenza llenar varias veces su plato y luego se dirigió a una peluquería. Se sentó en el sillón, pidió que le lavara el pelo a un hombre rechoncho a lo sumo diez años menor que él, el cual, cosa extraña en estos días, se dedicaba también a afeitar. La luz matutina inundaba la pequeña peluquería, en la que solo estaban encendidas sendas lámparas junto al espejo. El señor Grönewald se reclinó en el viejo sillón mientras el rechoncho peluquero ponía el reposacabezas, entornó los ojos y dejó que las tijeras chacolotearan a su alrededor. El peluquero trató de hablar con él en una mezcla de varias lenguas, pero como no recibió respuesta, encendió la radio. El señor Grönewald se dejó llevar por los ruidos y cerró los ojos bajo su niebla. No había mucho que cortar en su cabello ralo, solo tratar con cuidado los mechones para que no quedaran clapas en la cabeza. Antes de que el peluquero le retirara las dos capas de fibra sintética, le solicitó con un ligero gesto que le arreglara también las cejas.

Cuando salió de la tienda, la brisa matutina le rozó agradablemente la nuca.

—¡Soy hombre nuevo! —pensó, aunque luego enseguida añadió⁠—: ¡Pero no creas, viejo amigo, que esto será fácil!

Decidió visitar los cementerios en busca de la tumba de la madre de Ervin. Consideró que, como el apellido Stiller no era demasiado frecuente, no supondría un obstáculo para encontrarla. En la guía telefónica no había hallado ninguna persona con ese nombre. La madre de Ervin debió de nacer entre 1920 y 1930 y morir o en 1956 o a lo sumo a finales de los años setenta. No la imaginaba longeva. Si encontrara la tumba, conocería también su nombre de pila y quizá algún dato más que pudiera ayudarle. Supuso, por el apellido, que la madre de Ervin era judía. Sin embargo, nunca antes se le había ocurrido pensar que entonces el hijo también lo era.

—¿Lo pensaste alguna vez, Teresa? —⁠preguntó para sus adentros y no pudo contener la risa.

Pronto se percató de que en la ciudad solo había tres cementerios en los que la madre de Ervin podía haber sido enterrada como judía; y otros tres entraban en consideración si había sido comunista. En la calle Kerepesi lo atendió una mujer de unos cincuenta años en una estrecha y fría oficina. De pelo rubio teñido feamente decolorado y uñas rotas pintadas de rojo, tenía no obstante un tono de voz tan agradable que, en cuanto sonó, hizo que el señor Grönewald se avergonzara de su desconfianza. Las estrellas parpadeantes de la buena disposición tampoco desaparecieron del rostro de la mujer cuando entendió qué quería, lo cual, a falta de una lengua común, no resultó fácil. Tenía también una sonrisa para ese señor situado al otro lado del escritorio escasamente iluminado o al menos un gesto en el rostro que bien podía interpretarse como sonrisa. La buena disposición, sin embargo, desapareció igual que la sonrisa, y el señor Grönewald vislumbró, tras las estrellas que se apagaban, la oscuridad propia del fin del mundo que tampoco se disipó cuando, con sorprendente habilidad, dejó caer un billete de mil forintos sobre la mesa. Aun así, consiguió que la mujer de pelo rubio decolorado, con repelentes muestras de sentirse ofendida, dando a entender que ese dinero, viniendo de un extranjero, era poco para aceitar el candado oxidado, empezara a hojear los libros de registro hasta lanzar, al cabo de unos diez minutos, un «¡No!» al señor Grönewald, que no solamente significaba que no había en el cementerio ningún difunto apellidado Stiller, sino que no había lugar para más preguntas y peticiones y que a partir de ese momento la oficina resultaba demasiado estrecha para los dos.

Con el mapa en la mano, el señor Grönewald cogió el tranvía de la línea 28. El vehículo pasó traqueteando por barrios periféricos terriblemente abandonados. Después del cementerio cristiano se quedó solo en el vagón hasta llegar a la última parada. Cogió en la entrada una kipá de papel. Allí también, primero se dirigió a la oficina. Subió por las escaleras a la planta situada bajo un tejado ondulado de material sintético. Buscaba a alguien con quien hablar, pero la oficina estaba desierta. Al cabo de un rato asomó la cabeza un hombre. Era a buen seguro alguien encargado del cuidado de las tumbas y, al darse cuenta de que el señor Grönewald no sabía húngaro, le dijo: Serti minit. El señor Grönewald asintió y bajó las escaleras dispuesto a dedicar esa media hora de espera a pasear.

Detrás de la verja de hierro se alineaban bloques de piedra negros a ambos lados del sendero flanqueado por castaños. Cada vez que el señor Grönewald ponía el pie en un cementerio tras el fallecimiento de Teresa, sentía una alegría: por el momento había sorteado la muerte. Para su sorpresa, sin embargo, en esta ocasión le aterró la idea de no poder morir a tiempo. Quien en ese mismo instante paseaba por el Skogskyrkogården, el llamado Cementerio del bosque, ya podía leer igualmente su nombre bajo el de Teresa, aunque todavía sin la fecha de la muerte. Considerando su situación, Teresa y él compraron con suficiente antelación su trocito de tierra e incluso mandaron hacer la lápida de granito, como quien prevé un tiempo de al menos cien años para la memoria o, mejor dicho, para el olvido. Así se aseguraban de que todo se produciría de acuerdo con su voluntad, juzgando conveniente dejar lo menos posible en manos de Ervin, evitarle, por así decirlo, las cargas que suponía un entierro.

Al contemplar los nombres escritos con letras blancas y doradas, no obstante, el espanto se disipó rápidamente, y el señor Grönewald pensó que los cementerios eran, en realidad, las mejores bibliotecas, llenas de libros no escritos. Como si de una biblioteca solo hubieran quedado las fichas del catálogo o incluso solamente la portada de los libros, nada más. Cada nombre que aparecía en la portada remitía a una historia, pero esas historias nadie nunca las escribiría. Serían señales del olvido, y tal vez fuera mejor que cada vida fuese acogida por el olvido, porque las vidas son indefensas y nada puede impedir que las caras que las examinan con curiosidad dibujen con el tiempo muecas aterradoras.

El señor Grönewald abandonó el camino asfaltado del cementerio. Tras las tumbas más suntuosas, un camino de tierra conducía hacia las parcelas traseras, más baratas. El traqueteo de un tren se oía desde la cercana estación de ferrocarril y al cabo de un rato la señal sonora de los altavoces de la estación. Era un día laborable, había pocas personas en el cementerio. Entre las tumbas, la hierba y la achicoria común se habían secado hasta el punto de que sus tallos parecían alambres, tanto que quien hubiera intentado arrancarlos se habría cortado los dedos. El señor Grönewald contemplaba las tumbas deseoso de toparse en una de ellas con el nombre de la madre de Ervin.

De pronto, junto a una de las tumbas, alguien se dirigió a él. Una mujer bajita y de pelo cano le preguntó si podía ayudarle, pues veía que estaba buscando a alguien. En la carta enviada a la doctora Bíró, el señor Grönewald informó luego con detalle de esta escena. Al principio, ni siquiera se dio cuenta de que esa mujer mayor le hablaba a él, a pesar de que no había nadie en las inmediaciones salvo ellos dos. La mujer repitió la pregunta, ya inequívocamente vuelta hacia el señor Grönewald, quien, como queriendo dar por zanjada la conversación, le comunicó en inglés que no entendía lo que le preguntaba. Ni siquiera se detuvo ante esa persona de aspecto gris, pero ella insistió, ya en inglés. Comenzaron a hablar y pronto se descubrió que la mujer viajaba regularmente a Estocolmo, a visitar a un húngaro que había emigrado hacía cincuenta años.

—Un encuentro tardío. Una suerte.

Pasaban allí juntos unas semanas en invierno y en primavera y luego, en verano, más tiempo en la casa de la mujer en Nagymaros. Cualquier persona razonable lo haría al revés, sonrió la mujer, porque los inviernos son soportables en Hungría y los veranos lo son más en Suecia, pero ¿por qué actuar siempre como hacen las personas razonables? En ese momento, la mujer le pareció más joven al señor Grönewald. Dio unos pasos y se quedó ante una tumba. Leyó el nombre que ponía: Béla Szigeti 1921-1995. Supuso que era el marido. La mujer bajita y de pelo cano se percató de lo que estaba pensando, pero no le ayudó. En cambio, comentó con asombro que el mundo, tal como solía decirse, era realmente un pañuelo. El señor Grönewald solo habló en términos generales de las gestiones que deseaba realizar en Budapest, sin revelar detalles. La mujer le dio su número de teléfono y le pidió que la llamara mientras estuviera en la ciudad.

—Si tiene usted ganas, claro.

El señor Grönewald asintió con la cabeza, seguro de que no la llamaría.

Regresó a la oficina del cementerio, donde ya lo esperaban. Sin embargo, también de allí se marchó con las manos vacías. Luego, a la noche, consideró que se había equivocado al pensar que encontraría las huellas de alguien cuyo nombre de pila desconocía y que probablemente había muerto hacía tiempo. Lo tranquilizó, no obstante, que no se hubiera intensificado el dolor en la cadera a pesar de que había pasado varias horas andando. Solo la rodilla se le había hinchado un poco más de lo habitual, pero la inflamación se reduciría sin duda por la noche gracias a las compresas.

Esa tarde, le resultó difícil regresar al hotel. Varios puntos del centro de la ciudad estaban bloqueados por coches de la policía, se oían sirenas, él tuvo que bajarse del tranvía en la parada del Oktogon. El señor Grönewald no sabía lo que estaba ocurriendo. Por todas partes se percibía el rumor del miedo y del nerviosismo. Ante la estación Nyugati vio a un gran grupo de jóvenes equipados con banderas y cubiertos con capuchas que gritaban y desfilaban rumbo al Danubio. Él también había de ir en esa dirección para llegar al hotel. Muchos de ellos se tapaban el rostro con bufandas. Ya había visto esa clase de escenas, de manera que no se encendió en él ni una chispa de curiosidad. Tenía motivos para preocuparse considerando el estado de su rodilla y de su cadera. Sucediera lo que sucediera, lo único que le interesaba era volver cuanto antes a su habitación y descansar. Pronto notó en la nariz el picor del gas lacrimógeno que fue en aumento en la dirección a la que iba. Abandonó el bulevar y procuró acercarse por calles laterales al Danubio. Sin embargo, la mayoría de esas calles estaban bloqueadas por los coches de la policía. Se vio obligado a dar una vuelta mucho más grande incluso de lo que tenía previsto. Por fortuna, no se hizo daño pero, cuando vio el letrero del hotel, ya solo se arrastraba y maldecía la estupidez de haber emprendido, viejo y enfermo, ese delirante peregrinaje por Ervin.

Al día siguiente, al principio quisieron echarlo de la oficina del Nuevo Cementerio, porque, según el reglamento al que el director administrativo se remitió en un inglés bastante aceptable, ellos solo podían dar información a familiares y no podían atender a extranjeros que no guardaban relación con la persona fallecida. El señor Grönewald preguntó si eso realmente figuraba en el reglamento. El director administrativo le respondió si creía que lo había inventado él. El señor Grönewald lo calmó diciendo que por supuesto que no y sugirió que, teniendo en cuenta que a él le resultaba sumamente importante saber si la persona a la que buscaba había recibido sepultura allí, no se mostraría ingrato si el director hacía en su caso una excepción y no lo consideraba un extranjero. Mientras pronunciaba esa frase, puso un billete de veinte euros sobre la mesa, pues ya había aprendido de la experiencia del día anterior. El director administrativo echó un vistazo al billete, lo guardó con un rápido gesto, se levantó sin decir palabra y se dirigió a la estantería que tenía detrás. El señor Grönewald no tardó en enterarse de que Anna Stiller había sido incinerada el 2 de julio de 1969, pocos meses después de ponerse en funcionamiento el crematorio.

En aquella época era el único crematorio de la capital, los periódicos también informaron de su inauguración. Por el libro se supo también que el cadáver había sido llevado allí desde el instituto patológico-forense, el director administrativo, deseoso de compensar de manera adecuada los veinte euros recibidos, incluso creía saber que antes había sido utilizado para prácticas de los estudiantes de medicina. Como no se presentó ningún familiar, se esparcieron las cenizas, como siempre en tales casos. La fecha exacta de la muerte aparecía borrosa en el registro, en el que no figuraba la fecha de nacimiento; aun así, el señor Grönewald estaba convencido de haber encontrado a la madre de Ervin. En un primer momento tuvo la sensación de haber dado con el tesoro en cuya existencia ya ni siquiera creía en sus peores ratos. Luego, sin embargo, no tardó en tomar conciencia de que lo que sabía era poco más que nada.

Si Anna Stiller murió en 1969 y nació, digamos, en la primera mitad de los años veinte, pensó el señor Grönewald, entonces no había cumplido siquiera los cincuenta años cuando falleció. ¿Qué le sucedió entonces? Por esas mismas fechas, a él lo habían trasladado a la dirección general del ministerio encargada de los asuntos escandinavos, en sustitución de una colega que acababa de jubilarse. Él mismo había solicitado el traslado meses antes, ya que, si bien no podía esperar ningún ascenso en ese puesto, tampoco podía imaginar un ámbito de trabajo más tranquilo. Esa dirección general era llamada la isla del aburrimiento en el ministerio; y quienes allí trabajaban, marmotas. No cabía la menor duda de que esa dirección general era la que se encargaba de los asuntos de menor interés. Las direcciones que se ocupaban de Europa del Este y de la Unión Soviética ofrecían las mejores posibilidades para hacer carrera. Quien abrigaba alguna ambición, procuraba hacerse allí imprescindible para luego ser trasladado a alguna embajada en Europa Occidental o en Estados Unidos. Al señor Grönewald también se le auguraba una carrera respetable y segura, a pesar de no ser uno de los funcionarios más valiosos de la dirección general. Quienes no lo conocían bien no veían ningún motivo razonable para la decisión que tomó. Solo quienes eran muy cercanos a él sabían que el señor Grönewald siempre había aspirado a la calma y al sosiego en el lugar de trabajo, tanto más cuanto que no compartía el entusiasmo de sus colegas por la política de neutralidad de Suecia.

Para colmo, en la época en que presentó la solicitud, Ervin puso a prueba su paciencia más de una vez. Hubo que ir por él a la escuela. Compasión, comprensión, impotencia. Ervin escribía buenos trabajos, aprobaba los exámenes, no había quejas por sus notas, pero si los maestros no lo ocupaban con tareas escritas durante las horas de clase, no había manera de enseñar nada a los alumnos por su culpa. Ocurría que sin causa alguna se ponía a golpear a diestro y siniestro, les gritaba a los demás, se burlaba de sus compañeros con peor rendimiento escolar, les tiraba de los pelos sin distinguir entre chicos y chicas y aprovechaba cualquier ocasión para manifestar el poco respeto que le merecían los maestros. Estos lo trataron con toda su buena voluntad mientras pudieron, pero, según dijeron, se les fueron acabando los recursos y se sentían impotentes. El señor Grönewald no preguntó qué tenía que ver él con eso. Era evidente que los maestros algo esperaban de él y que también lo esperaba Teresa. Procuró cumplir con todas las expectativas, al menos hasta el punto de no dar pie a críticas y objeciones. El señor Grönewald recordaba como terribles aquellos años; consideraba que entonces había perdido a su hijo, si no antes.

Tenía claro que de Anna Stiller lo separaba más que un mundo. No comprendía por qué sentía remordimientos de conciencia por ella. Como si él tuviera que ver algo con esa historia de la que por el momento solo conocía el final carente de todo significado. Una locura. Total y absoluta locura. Del mismo modo, un mundo separaba el presente de aquel año 1969. Un abismo insalvable, la imposibilidad de entender. Porque he aquí que el 2 de julio de 1969, el día en que se esparcieron las cenizas de Anna Stiller en el Nuevo Cementerio de Rákoskeresztúr y ella huyó de este mundo de la única manera en que realmente se puede, los periódicos húngaros escribían que el Consejo Presidencial había convocado la asamblea nacional, que se ampliaba la democracia universal, que el alcalde de Hanói estaba de visita en Budapest, que se había inaugurado en Zagorsk la conferencia de paz y amistad de las Iglesias de la Unión Soviética, que según decreto del ministro de Agricultura había que presentar ante la comisión nacional de control de trofeos todos los trofeos de ciervos, corzos, gamos y muflones cazados, y que en Checoslovaquia habían de asumir sus responsabilidades según las reglas de la disciplina del Partido quienes habían delinquido contra el sistema socialista. Los periódicos mencionaban particularmente el caso del corredor de fondo Emil Zátopek, tres veces campeón olímpico, quien había puesto su popularidad como deportista al servicio de políticas reaccionarias y como a pesar de numerosas advertencias no estaba dispuesto a desmarcarse de acciones abiertamente radicales, un tribunal militar incoó un procedimiento contra él y su pertenencia al Partido quedó en suspenso.

¿No nos recordaba la huida de Anna Stiller, si realmente podía denominarse así su muerte, escribía el señor Grönewald a la doctora Bíró, que cada instante de la vida no era más que aburrida repetición y que todo conocimiento que podía adquirirse acababa en aburrimiento? Nada se puede crear que no contenga al menos un día del pasado y algo de futuro. Oímos eternamente el respiro del ayer, no podríamos dejar de oírlo ni siquiera si nos mudáramos a un desierto o al espacio, y en el respiro del ayer está también lo que se nos viene encima. Siendo así, ¿de qué eran repetición esas imágenes que el señor Grönewald vio al comienzo del día en que se enteró del nombre de la madre de Ervin? ¿Qué repetían esos gritos que no entendía, los rostros ocultos tras capuchas y bufandas y los cócteles Mólotov? Aquella noche las sirenas de los coches de la policía aullaban por todas partes, y desfilaban los manifestantes, jóvenes, fuertes y desconsolados. La pantalla del televisor mostraba fotografías del asedio. El centro de la ciudad se había convertido en una zona insegura. Las plazas eran trampas; las calles, fronteras, líneas de fuga que podían bloquearse.

Confiaba el señor Grönewald en que pronto se apaciguara su inquietud, ya que en esos estados de confusión el hombre no hace más que poner a prueba sus fuerzas, lo cual a menudo lo asusta. En este caso, sin embargo, no le convenía renunciar a posteriores excesos que le permitieran recabar más información sobre la vida y la muerte de Anna Stiller. Los enfrentamientos vespertinos y nocturnos entre la policía y los hooligans portadores de máscaras y de cazadoras con capucha realmente agotaron a la ciudad, pero la insatisfacción siempre volvía a recuperarse después de las somnolientas horas matutinas y había lugares donde los controles policiales se volvieron permanentes. Al señor Grönewald solo le quedaban cuatro días en Budapest. Por las tardes y por las noches, sin embargo, quedaba confinado en su habitación. No se le ocurrió mejor idea que acudir al Ministerio del Interior y a diversas oficinas municipales para enterarse de algo sobre Anna Stiller, aunque prácticamente no cupiera ninguna esperanza. Lo mandaban de un sitio al otro, y todos abrían los brazos dando a entender que el asunto no era de su competencia y le sugerían que presentara una solicitud, que ya le informarían y que, en general, los registros no eran fiables. Al anochecer se recluía en su habitación de hotel, a lo sumo bajaba a comer en un restaurante próximo. No le interesaba en absoluto lo que ocurría en las calles. El olor a gas lacrimógeno se filtraba en la habitación, a veces le asomaban lágrimas a los ojos. Para colmo de males, se resbaló en el baño. Al principio le dolía todo, pero no sabía dónde se había hecho daño. Después de levantarse a duras penas aferrándose al borde de la bañera, se toqueteó por todas partes. Daba la impresión de que, aparte del susto, no le había sucedido nada grave. Por fortuna, no se había golpeado la cadera, sino el codo. Podía doblarlo, lo cual indicaba que no se había roto. Le temblaban las piernas por el nerviosismo.

Después de ponerse hielo durante dos días en el codo y en el antebrazo, solo un hematoma de considerables dimensiones le recordaba que podría haberse hecho bastante daño. Teniendo en cuenta los altercados, se vio obligado a renunciar a saber nada más sobre Anna Stiller durante su estancia en Budapest. Sin embargo, para no cerrar absolutamente todas las puertas, dos días después del trastazo llamó por teléfono a la mujer con la que se había encontrado en el cementerio y fue a verla a última hora de la tarde con un ramo de margaritas en la mano.

—¡Tome asiento! —dijo Magda señalando un sillón profundo después de traer un florero para las flores y de colocarlo sobre una mesa cubierta con un mantelito de encajes. Ya estaban allí preparadas las dos tazas de café, junto a dos platitos verdes con ornamento de flores; unos magníficos pasteles de hojaldre con crema esperaban sobre una bandeja al señor Grönewald.

—Hay aquí cerca una pastelería donde se consiguen los mejores pasteles de hojaldre con crema de la ciudad. ¿Ha comido usted algo así?

—La verdad es que no.

—Pues tendrá que probarlo.

El señor Grönewald puso uno en su plato y miró alrededor en la amplia habitación. El televisor puesto enfrente, en la biblioteca, mostraba imágenes de los altercados de la tarde y de la noche anteriores.

—¿Mira usted los libros? Mi marido era ilustrador. Ilustró gran cantidad de libros. Debería hacer una selección, pero no me animo.

El señor Grönewald levantó con el tenedor la cubierta del pastel de hojaldre. Miró de reojo la pantalla del televisor, que seguía encendido. La cámara daba vueltas alrededor de un vehículo incendiado, el programa ofrecía una breve entrevista con el jefe de policía y mostraba luego a un manifestante tumbado en el suelo, con la cabeza ensangrentada. El azúcar glas que cubría el hojaldre cayó sobre la alfombra.

—¡Lo siento! ¡Ay, que torpe que soy!

Magda apagó el televisor y sirvió el té. Mientras ponía la tetera sobre la mesa, sonrió al señor Grönewald mirando de soslayo hacia arriba. El mentón se encogió un poco bajo los labios, una simpática pelusa de color negro apareció bajo la nariz.

«Un ratoncito —pensó el señor Grönewald⁠—, un viejo e inteligente ratoncito».

Magda cogió un libro de la estantería.

—¡Mire usted esto!

En la imagen, una figura oscura avanzaba envuelta en una amplia capa en medio de una nevada y bajo la luz tenue y amarillenta de una lámpara de gas. El viento empujaba los copos hacia su rostro. ¿Era un pobre diablo o un contrabandista de secretos? ¿Qué miedo, intrepidez, esperanza o desesperanza lo impulsaba a recorrer la oscura noche invernal bajo la nieve y con un viento cortante en vez de recogerse cerca de una estufa o de una chimenea?

—Es una obra de mi marido.

Dentro del libro estaba, en efecto, el nombre de Béla Szigeti, el mismo que figuraba en la tumba junto a la cual aquella mujer bajita, ágil y canosa se había dirigido a un extraño. El señor Grönewald formuló algunas preguntas y no tardó en hallarse en medio de la vida de otra persona. Se enteró de que el padre de Magda había sido antaño el médico de dos grandes terratenientes, el obispo de Kalocsa y el hacendado Rosenberg. Recibía la paga no en pengő, sino en especie. Así pues, en la casa del médico judío se mataba el cerdo cada año en diciembre. El padre de Magda invitaba a sus amigos para la ocasión. Una vez, un colega médico le avisó por teléfono que no podía acudir a la matanza porque había recibido visita de Budapest. Pues que venga también la visita, fue la respuesta, donde cenan tantos, también puede cenar uno más. Y ese invitado adicional de Budapest se convirtió en el marido de Magda. Tardaron escasos minutos en entablar una animada conversación. Y ese invierno cayó tanta nieve que los trenes no circularon durante semanas. Lo cual significó la perdición para el invitado de Budapest. ¡Ay, lo mucho que Magda se rio de él!

—Rico el pastel de hojaldre, ¿no?

—Muy rico, muchas gracias.

Magda tenía trece años menos que su marido. Cuando se quedó embarazada, le dijeron que tendría mellizos. Pero ella estaba tan delgada y tenía una barriga tan pequeña que le dijo a su marido:

—¡Mira esto! Aquí no hay dos niños.

—Pues no —le respondió su marido⁠—, ¿sabes lo grande que será mi hijo?

De manera que cuando Magda, como todo el mundo en aquella época, parió en casa y nacieron las mellizas y a él le avisaron que tenía dos hijas, se limitó a decir:

—Lo sabía.

Eran diminutas. Dos gatitas. Y también bastante problemáticas, pues padecían una grave anemia. El padre de Magda no dejó que se las llevaran a Budapest. Dijo que con él estarían bien y que Magda y su marido podían regresar tranquilamente a su casa. Las niñas y los abuelos fueron introducidos luego en un vagón de transporte de ganado en Bácsalmás y deportados. Y Magda iba contando y contando la historia de su vida. Mostraba fotografías, así como libros ilustrados por su marido. El señor Grönewald se distraía a veces. De la taza de porcelana verde con motivos florales sorbía el té que se iba enfriando. Se mencionó también a un hijo varón nacido después de la guerra, así como a una prima y la casa del padre, que les fue expropiada, pero todo eso flotaba en una lejanía cada vez más narcotizante, cual si fuese una nebulosa alucinación, y, a decir verdad, el señor Grönewald se habría adormilado si Magda no lo hubiera despertado de su aturdimiento.

—No sé por qué le he explicado tantas cosas. No quiero aburrirlo con mis historias. Preferiría escucharlo a usted. Saber qué lo ha traído a Budapest. ¿Puedo servirle más té?

Mientras el té caliente iba llenando la taza, el señor Grönewald se recompuso un poco. Contó la historia de Ervin, prescindiendo de numerosos detalles: explicó que buscaba a la madre de Ervin, que sabía su nombre e incluso cuándo había fallecido, sabía también que había vivido allí, en ese barrio, pero que a él esos datos le resultaban escasos, quería conocer toda su historia y no sabía cómo avanzar. A todo esto, terminó de beber la segunda taza, lo cual le permitió despertarse definitivamente. Le gustó, aunque no acostumbraba tomar té. Teresa y él preferían el café, bebían un café largo con leche a la manera alemana, aunque por lo visto los gustos cambiaban con el paso de los años; quizá no mucho, ya se vería con el tiempo. Lo cierto era, de todos modos, que sentado junto a esa señora gris parecida a un ratoncito, en ese agradable y profundo sillón, el té le sabía de maravilla.

Magda le prometió averiguar lo que pudiera sobre Anna Stiller. Tenía unas amigas, dijo riendo, que habían montado allí en Újlipótváros todo un servicio secreto, se enteraban de todo y lo registraban todo. Lo que ellas no sabían, jamás había existido. Quedaba un trozo de pastel, que puso en el plato del señor Grönewald, y este se lo comió muy a gusto. Esa mujercita semejante a un ratón lo animaba y lo regocijaba. Hacía tiempo que no sentía algo así en compañía de otra persona. Le habría gustado quedarse, pero su visita había superado hacía rato ya los límites de la cortesía. Cuando salió del edificio, la cadera comenzó a dolerle al cabo de pocos pasos, de forma tan intensa como nunca antes. A partir de entonces, el dolor no cesó ni un instante, solo se atenuaba de vez en cuando, pero jamás olvidaba dar señales de vida.

El señor Grönewald regresó a Suecia. No tuvo que esperar mucho. Solo había pasado un mes desde su paso por Budapest cuando Magda lo llamó. Estaba en Estocolmo, en casa de ese húngaro al que había conocido hacía unos años. Un encuentro tardío con el que no había contado. Sugirió que se vieran en una pastelería. Dio el lugar y la hora. Magda llevaba un pañuelo de seda de colores y zapatos de tacón alto. A su espalda colgaba un enorme espejo con el marco dorado. De vez en cuando, el señor Grönewald echaba un vistazo a su espalda, a sus hombros, a su nuca, a ese cuerpo viejo y delgado que visto por atrás solo casualmente pertenecía a la voz que escuchaba. Ante un pastel y un café, porque habían optado por café a propuesta del señor Grönewald, Magda contó que Anna Stiller había sido comunista, pero no solo formalmente, sino metida hasta el cuello en el Partido, entusiástica seguidora de Rákosi y de Stalin. Había muchas razones para temerla. Luego se le perdió el rastro después de 1956. Nadie supo qué hacía. Cuando reapareció, hablaba de manera confusa. Entonces la temieron más aún si cabía. En efecto, tenía un hijo, al que sin embargo todos olvidaron, nadie preguntó qué se había hecho de él. Según recordaban las amigas de Magda, Anna Stiller fue tratada en 1958 o en 1959 en el psiquiátrico de Lipótmező. Si el señor Grönewald deseaba saber algo más sobre ella, le recomendaba escribir a la siguiente dirección. Y le entregó entonces las señas de la doctora Bíró. Le recomendó que no tardara en ponerse en contacto con ella, aunque la doctora Bíró dispondría ahora de más tiempo ya que estaban a punto de clausurar el centro psiquiátrico de Lipótmező, donde trabajaba. En Hungría se había decretado que todo el mundo era normal. Si hasta entonces ese tipo de personas podían tener motivos para abrigar ideas confusas o delirantes, ahora quedaba garantizado que esos motivos dejarían de existir.

—Por otra parte le diré, y por favor no se ofenda, que los pasteles son más ricos en Budapest.

—No me ofendo en absoluto, Magda. Pero, créame, Estocolmo también tiene sus ventajas.