El templo de los pobres
Dedicatoria
EL TEMPLO DE LOS POBRES
Alfred Bosch
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A aquellos que construyen y son destruidos
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I
El nacimiento
¿Y si llevamos la vida marcada en la frente? ¿Desde niños? En mi caso, es fácil averiguarlo; id a la Sagrada Familia a descubrirlo. Porque allí encontraréis mi principio, mi lanzamiento al mundo de los vivos, allí esculpido y expuesto por los siglos de los siglos. Yo soy parte del monumento, le pertenezco para siempre. Id allá, y quien tenga ojos en la cara que mire.
¿Cómo? ¿Que adónde hay que ir? Pues a la fachada del Nacimiento, por supuesto, ¿adónde, si no? Sobre el portal izquierdo, allá arriba, se ven las figuras de la huida a Egipto. ¿Veis aquel bebé en brazos de la Virgen? Pues ese soy yo. Quiero decir aquel pedazo de cabecita y aquel brazo rechoncho que sobresale. Ya nunca seré tan pequeño, nunca volveré a confiar tanto en mi madre, nunca me agarraré tanto al cuerpo de alguien ni desearé tanto un pecho; un pecho que todo lo da, que todo lo tiene, que todo lo resuelve.
Digamos que tengo lo que pido; de entrada no se distingue señal alguna de nada.
Tampoco se ve ningún mal presagio en mi madre, la que cabalga sobre el lomo del asno, de lado..., la ternura que se le ve en las manos, aquella forma de sostenerme con un cuidado infinito... Al lado, de pie, un san José igualito a mi padre, que protesta con la boca abierta y los brazos en cruz. ¿De qué se queja? No sé, tal vez de su condición de padre adoptivo. O porque le ha
tocado cargar dos toneladas de granito y mide casi tres metros de altura...
No debe de ser fácil soportar tanta masa.
¿Qué observáis en el grupo escultórico? Tal vez una estampa sagrada.
Quizá, quizá... Es evidente que una familia de fugitivos siempre resulta venerable. Sumad al conductor, otro coloso de dos toneladas de piedra que tira del burro, que ignora a la familia y se centra en el animal; el mozo parece aburrido de tanta santidad, como si tuviera ganas de terminar el trabajo, llegar a la orilla del Nilo y mandar a paseo a aquel trío de atribulados. Como si quisiera desmerecer esa hora feliz, la de mi nacimiento.
¿Y cómo se me ve a mí? Pues poco, se me ve muy poco, ahí escondido.
¿Marcas en la frente? No, eso no está nada claro. Tal vez la marca de los madrugadores, porque llegué con el nuevo siglo, por la mañana temprano.
—¡Mirad cómo llora, menuda fuerza! —La comadrona se lavó en la palangana—. Los niños que llegan el primer día del año son siempre los más sanos y fuertes. —Se secó las manos en el delantal—. Y no digamos si llegan el primer día del siglo.
Mi madre yacía en el único colchón que había en aquella chabola del barrio del Poblet. Me tenía encima, acurrucado, envuelto en trapos. El agua de la cubeta procedía de una gotera en el techo, y una solitaria vela llenaba aquel belén, tan lleno de pobreza como de felicidad. Mi madre no perdió mucha sangre ni sufrió más de lo necesario. Ella y mi padre solo sufrieron de verdad por el dinero..., no sabían cómo pagarían el parto. Pero la mujer tenía muy claro lo que significaba trabajar para los pobres.
—No se preocupe, ya lo arreglaremos —le dijo a mi madre con una cara rolliza y sonriente. Luego, con una expresión más tosca, se dirigió a mi padre—. Lo que le agradecería es que me acompañara a mi casa. Este barrio..., no sé...
—Claro, faltaría más —dijo el hombre de la casa, tosiendo—. ¿Puedo dejar al bebé solo con Marie? ¿Estarán bien?
—Mejor que con usted, por supuesto... —La comadrona se echó a reír—.
¡Que lo veo hecho un manojo de nervios, hombre!
Mi padre acompañó a la mujer y al cabo de menos de una hora ya había vuelto. Entró con aire alterado. Se giró para secarse las gotas de lluvia de la cara, pero a mi madre no se le escapó su expresión.
—¿Qué te pasa, Josep? ¿Has visto al diablo?
—Nada, no pasa nada. Acabas de tener un hijo. No sufras, no pasa nada, mujer. —Y volvió a su tos crónica.
—Oye, que acabo de parir pero no estoy enferma. Cuéntamelo.
—De acuerdo, de acuerdo. Mira, es que... —Se mordió el labio—. Esto, que cuando he pasado por la Sagrada Familia, pues había revuelo: carros de caballos, policía, unos señores trajeados... Me he acercado y había un hombre tendido en el suelo, destrozado como una mala cosa... Le salía un charco de sangre enorme de la cabeza..., sangre oscura, espesa.
—Madre mía... ¿Quién era?
—No lo sé. Me han dicho que era el encargado de las obras. El jefe de los canteros, o algo así.
—¿Cómo? ¿Vicentó? ¿Seguro que era él? Pobre hombre, no puede ser...
—Me han suplicado que no contáramos nada, que no podíamos decir que en las obras había habido un accidente. —Volvió a toser—. Se ve que las desgracias del templo no se pueden contar.
— Quelle horreur... Espero que esto no te afecte en nada a ti, Jaumet precioso. —Me cubrió la cabeza de besos—. Mmm, qué aroma... Seguro que no, ya has escuchado a esa comadrona tan agradable..., serás un hombre fuerte y sano.
Mi parto había coincidido, casi al minuto, con aquel accidente que no podía ser accidente, porque se ve que en la Sagrada Familia no podían suceder este tipo de cosas. Todavía hoy, cuando digo el año en que nací, todo el mundo exclama: «¡Ah, el año del Vicentó!». Y es que aquel hombre tan querido y admirado, aquel pobre artesano mayor que se fue para
siempre al caer de un andamio y que dicen que hasta hizo que se le saltaran las lágrimas al maestro Gaudí, era un notable de las obras. Su historia, y el silencio impuesto acerca de la causa de su muerte, acrecentaron su figura.
Y, como no podía ser víctima de un accidente, se convirtió en protagonista de un milagro. Sí, tal como os lo cuento.
El año del Vicentó no se despeñó un encargado, ni hablar; no quedó espachurrado y aplastado nadie. Nadie dejó una viuda joven, un hijo pequeño y otro en camino. No, ese año y ese día en concreto ocurrió un prodigio: que un hombre dejó este siglo sin apenas sufrir, ya que lucía una gran paz en el rostro, y al mismo tiempo nació, por designio natural y divino, una criatura que traía grandes auspicios. O sea, yo. La rueda de la vida seguía dando vueltas, caramba, qué maravilla, y el alma que se iba era reemplazada por el alma que llegaba. Ya veis, qué responsabilidad y qué carga llevaba yo encima. Era normal que Gaudí me quisiera perpetuar labrado en piedra.
De la escultura se encargó el señor Llorenç Matamala, que tenía una gran mata de pelo blanca y una larga barba que lo hacían más patriarcal que a nadie. Él sabía que yo había nacido el día del Vicentó, y no dudó en ir a buscarme para inmortalizar mi personita. Al vernos, pensó que, por el mismo precio, de paso podría fichar a mi madre y a su asno, el animal que ella acarreaba para vender arena de lavado. Y, ya puestos, quizá también podría llevarse al compañero de mi madre, con quien no estaba casada y quien tampoco —de esto estaba muy al corriente— era el padre del recién nacido.
Parece que el escultor fue al taller, a paso lento pero solemne, para advertir al maestro y arquitecto jefe. Tenía que avisar a Gaudí de que aquella familia no era muy católica, y de que tal vez los curas no la verían con buenos ojos. Dicen que el maestro interrumpió el dibujo que estaba haciendo y fulminó a su compañero y amigo:
—Llorenç, ¿y qué clase de padre se supone que era san José? —Suspiró y volvió a su tarea—. Lo que deben hacer los curas es dar gracias al cielo de que hayamos encontrado un padre putativo. Que lo tomen como una señal divina.
—Pero hay más, don Antón... La madre es... —No se atrevía a decirlo—.
La madre resulta que...
—¿Qué demonios pasa con la madre, Llorenç? ¿Que no es virgen?
¿Estamos buscando a una madre virgen?
—¡No, no, de ningún modo! —El escultor no gastó ni una triste mueca de humor—. Resulta que..., vaya, que es francesa. De origen.
—Ah. —El arquitecto alzó la mirada.
Gaudí no era un ser mundano, pero no era ningún ignorante y comprendió de sobra el problema. En la imaginación popular, las francesas eran el cebo del pecado, y la gente rumoreaba que se lo dejaban hacer todo, porque eran unas frescas. Si encima tenían hijos bastardos y no estaban casadas..., la cosa se complicaba. Volvió a bajar la vista y dio una instrucción muy clara.
—Que vengan, quiero verlos.
Fue de esta manera como mi familia conoció a Antoni Gaudí. Mi padre, Josep Ferris, le cayó muy bien al artista. Bueno, el que no era mi padre pero sí que lo era, carajo, solo faltaría que no fuera mi padre, por mucho que en el barrio lo conocieran como el Putativo. Tenía un aspecto lo bastante senatorial para agradar al arquitecto, con unas entradas dignas y una barba abundante. Que fuera vegetariano, seguidor del riguroso método Kneipp, interesó muchísimo al genio, puesto que solo se alimentaba de plantas, frutas y legumbres. Además, mi padre le contó que había trabajado de herrero y de carpintero. Y que caminaba cojo y se ayudaba con un bastón por culpa de la guerra de Cuba.
—De aquello no me haga hablar, maestro, si no le importa. —Tosió—.
Aquello era el infierno..., no sé si el infierno existe después de la muerte,
pero antes seguro que sí. Yo lo he visto.
—No, señor Josep, no me interesa el Caribe. Luz vertical en exceso.
Venga, que le mostraré unas piezas de forja, a ver qué le parecen...
Los dos hombres se enzarzaron en una valoración de las piezas, y se olvidaron de los demás. Tuvo que intervenir el señor Llorenç, aclarándose la voz, para recordar que todavía estaba aguardando el dictamen de Gaudí.
Que si tenían que trabajar con la francesa y toda la familia o qué. El maestro interpeló a mi padre:
—Se casará con esta moza, la..., ¿cómo la llaman?
—¿Marie? Pues claro que me casaré. Con ella, y abrazados a su hijo, que será también el mío. Con los desastres que he vivido, para mí ellos son la felicidad.
—Ah... ¿María, se llama? José, María, el asno y el niño... ¿El niño no se llamará Jesús?
—No —interrumpió mi madre—, se llama Jaume.
El maestro se fijó en ella, y descubrió de pronto aquella cara y esa belleza que irradiaba. Dicen que se ruborizó.
—Bien, bien... En fin, no todo puede ser tan redondo. —Dio media vuelta para volver a la mesa de trabajo—. Llorenç, inicie la escultura, y los curas que canten misa. Cada uno a su cometido. Ah, y denle un puesto de trabajo a este san José, que parece que tiene maña y conocimientos.
Así que salimos de allí con empleos para todos. Mi padre, el Putativo, como artesano de la Sagrada Familia; y mi madre, la Gabacha, como transportista para hacer recados con el asno. En paralelo, los tres teníamos que colaborar en aquella escultura, que igual que las otras tardaría muchos años en ser colocada en lo alto de la fachada.
Una eternidad que el señor Llorenç afrontaría con el mutismo y la paciencia proverbial suyos y de sus santos de piedra. De entrada, había que empezar por el modelado en yeso de las figuras, y en el caso del asno la tarea prometía ser muy laboriosa. Lo fue; la bestia no se dejaba recubrir de
yeso, no paraba de moverse, y tuvieron que sujetarla con una braga colgada del techo.
Con los demás fue más fácil. Hay que saber que la mayoría de los vecinos y de los trabajadores se desvivían por posar como modelos escultóricos, y los que lo conseguían se sentían muy orgullosos. Después tenían toda una vida para contar su experiencia. Las horas de quietud, el cuerpo embadurnado de yeso, los canutillos en la nariz para poder respirar, el calor, el frío, el mareo..., el ambiente del taller de Gaudí, lleno de cacharros, el carácter fuerte del maestro y de sus ayudantes, y luego, por supuesto, la ansiada inmortalidad. Y todo ello dirigido por el señor Llorenç, aquel hombre encorbatado y con bata blanca, de testa regia y abundante pelambrera... ¿Quién era capaz de resistirse a eso?
O sea, que mi llegada al mundo, como podéis ver, no dejó grandes marcas en mi cara, pero el ambiente se llenó de señales y avisos. No es que me consideraran de entrada un personaje muy distinguido. Yo era Jaume el Bordillo; de padre desconocido y de una madre demasiado joven y atractiva, y demasiado francesa, para pasar desapercibida. Añadid un cojo calzonazos que no era mi padre de verdad. Yo lo tenía todo para despertar el escarnio y el desprecio, y encima había nacido el día y el año del Vicentó, de recuerdo milagroso pero de realidad algo sórdida. Todo cincelado en piedra eterna para la fachada de la Sagrada Familia.
Era fácil imaginar que yo no tendría un camino fácil ni regalado. Pero, al principio, ninguna de las señales indicaba que mi mundo estuviera sentenciado a nada. A lo largo de los primeros años en común, dentro de esa pequeña familia de fugitivos, pobres pero contentos, nos sonreía la vida.
Así lo veo ahora: entonces era posible vivir con alegría. Aún podíamos ganar.
Vicentet siempre fue mi mejor amigo. Era listo como el hambre, y por eso le llamábamos el Houdini, como el célebre mago; siempre salía airoso de cualquier situación, por complicada que fuera. Quizá el ingenio y el escapismo le venían por su condición de huérfano; en concreto, era hijo del malogrado Vicentó. No había llegado a conocer a su padre, dado que el día aquel del desastre-milagro él estaba en la barriga de su madre. Nació en primavera, y por lo tanto era solo unos meses más joven que yo. A él y a mí nos unían muchas cosas; el año, el siglo y el milenio; también el mismo barrio, la sombra alargada del templo expiatorio y, naturalmente, la sombra del Vicentó. O sea, que nos hicimos amigos.
—¿Quieres ver a la puta de Gaudí? —me propuso un día.
—¿La qué? —Yo no tendría más de ocho años; sabía que la palabrota era fuerte, pero tenía dudas sobre su significado exacto.
—Vamos, yo te la enseño. A mí me dejan entrar donde quiera, soy hijo de mi padre.
Caía la tarde y estábamos en penumbra. Nos colamos en la capilla del Rosario, terminada hacía poco. Todavía eran los años en que las donaciones iban llegando, y se podía trabajar mucho en la obra. La capilla era una joya de los artesanos canteros, fruto de las horas y horas que se habían pasado dando vida y carácter a aquellos muros. Mi amigo me empujó hasta el portal y me señaló hacia arriba. Había un montón de formas: flores, ramas, santos, animales... Era una jungla de figuras, y con poca luz y tanta floritura no conseguía ver lo que me quería enseñar Vicentet.
—Sí, mira, allí al lado. ¿Ves un monstruo? Es el demonio, y a su lado está la puta. ¿Entiendes ahora?
—Bueno, sí y no... ¿Por qué dices entonces que es la puta de Gaudí?
¿Don Antón es el demonio?
—No, tonto, Gaudí no es ningún demonio..., pero es quien dibujó esto.
¿Y sabes quién es la mujer en realidad?
—Pues no.
—¿Quieres que te la enseñe? ¿Ahora?
Me encogí de hombros y seguí estudiando las piedras. Ahora sé que ese conjunto representaba la tentación de la mujer para prostituirse, con un demonio monstruoso que le ofrecía dinero. Al otro lado había un obrero, un potencial terrorista, también acosado por un diablo, que dudaba si usar la bomba Orsini que le ofrecían. Admito que me asustó ver a aquellos personajes en compañía de criaturas bestiales, y durante unos años, en mis pesadillas, asocié a las putas y a los terroristas con el peor linaje de Satanás.
Ya anochecía. El Houdini, a pesar de ser un poco más joven que yo, había madurado rápido y presumía de conocer bien el barrio. Mis padres habían cambiado de techo al conseguir trabajo, y ahora vivíamos en una caseta más digna pero siempre dentro del mismo Poblet. En aquel entonces, la gente vivía en el vecindario del templo, en chabolas y casetas frágiles desparramadas por media docena de solares de un Ensanche que todavía no era tal cosa. Más que un barrio, eso era un despachurre de gente y de lodo, al abrigo de una iglesia que se resistía a crecer.
—Ven, es por aquí.
Nos metimos en un callejón donde había un abuelo durmiendo en un banco, un niño desnudo de cintura para abajo y tres perros muy estridentes.
Como en las chabolas no había luz eléctrica, nos guiábamos con los reflejos y las sombras oscilantes de las velas. Después de un par de curvas mi amigo me asomó a una ventana.
—Está aquí, ¿la ves?
—Pues no... ¿Qué es lo que tengo que ver?
—¡La puta! ¡La mujer de la escultura!
—¿Dónde? ¿Aquí dentro? —Entorné los ojos—. Ah, sí, veo a alguien, a una mujer... Puede que se le parezca..., pero no es ninguna puta, esa...
—¿Cómo que no?
—Caramba, Vicentet..., ¿no ves que es la madre de la Chinche?
—¿Y qué?
—Que no, chaval, que no... ¡Uuuuyyy! —exclamé, al ver que otra sombra se había movido—. Me parece que es, me parece que..., no,
¡vámonos! ¡Venga, rápido, vámonos!
—Pero ahora ¿qué mosca te ha picado?
—Tengo miedo, ¡vámonos! —Le tiré del brazo—. ¡Mira, mira, mira!
Se abrió la puerta de golpe, y una torre humana se agachó para salir.
—¿Qué coño estáis haciendo aquí?
La figura oscura y gigantesca tendió la mano para agarrarme la blusa.
Me pude escabullir y eché a correr detrás de Vicentet, él siempre más veloz que valiente. Pero el coloso dio un silbido fuerte, y de la nada aparecieron unos perros hambrientos que nos saltaron a la ropa y a los zapatos.
Estuvimos a punto de echarlos a patadas, pero de pronto un grupo de chiquillos se añadieron a la persecución, más rabiosos que los perros. Un niño muy canijo me mordió el brazo, y uno corpulento me estranguló por el pescuezo. A Vicentet lo empezaron a zurrar entre uno esquelético y una niña despeinada, pero solo a medias, porque él era muy hábil esquivando golpes. Ya se estaba deshaciendo de ellos cuando el coloso ordenó a los perros que se fueran y a los niños que pararan. Pudimos respirar.
—¡Tú! Tú eres el hijo de la Gabacha, ¿verdad? —rugió el hombre—.
¿Sabes quién soy?
Mis pies estaban pegados al suelo y yo no podía articular palabra. No entendía por qué me tocaba aguantar la bronca a mí. Mi amigo parecía invisible; ¿por qué no lo regañaban a él? Él era el culpable de todo y, en cambio, estaba a punto de irse de rositas.
—Eres el tabernero —dije con voz temblorosa.
En el barrio lo conocían como Calígula, porque había posado de legionario para una escultura romana del templo. Pero hice bien en no utilizar el mote, ya que al gigante no le gustaba y se habría podido enfadar mucho. Y detrás de nosotros teníamos a un grupo de niños dispuestos a multiplicar las iras del hombre. Uno de los chiquillos, el corpulento que me
había cogido a mí, era el hijo de Calígula; se trataba nada más y nada menos que del célebre Paquito el Gigante. El raquítico que había pegado a Vicentet era Pablito, y la niña despeinada era la Chinche, que, pensándolo bien, era lógico que estuviera cerca de casa de su madre.
—¿Qué estáis haciendo aquí? —preguntó el tabernero, y, sin esperar respuesta, amenazó—: Si os vuelvo a pillar merodeando, os las tendréis que ver con estos. —Nos esgrimió ante las narices dos puños como garrotes—.
¿Está claro, golfos? Y tú, a ver si aprendes de tu madre y te comportas con un poco de valentía.
Asentí, y él dio la orden de que nos soltaran. Los niños protestaron porque nos querían zurrar más; sobre todo Paquito, el niño gigante. Su padre lo hizo callar con un guantazo que casi lo estampa contra el suelo. Y
nosotros, por supuesto, aprovechamos el momento para poner pies en polvorosa. Salimos del laberinto, atravesamos el descampado y, pasando al otro lado, nos internamos en nuestros callejones, quizá igual de tenebrosos, pero nuestros. Allí todo el mundo nos conocía. Bajo una farola, nos repasamos la ropa, los brazos, las piernas... Estábamos bastante enteros, no había que sufrir por lo que dirían en casa. Respiramos tranquilos, creyendo que podíamos olvidarnos de la aventura.
En aquellos años íbamos a un centro educativo que habían montado los curas al que llamaban el Patronato. La escuela no formaba parte del universo inmediato del templo, estaba fuera, y se impartían clases para los más pequeños, catequesis, cursillos, teatro, música... Ahí acabarían enseñando nombres ilustres del país: el político Carrasco i Formiguera, el obispo Vidal i Barraquer, el músico Artur Martorell..., aunque entonces esos nombres a mí no me decían nada. Lo que me impresionó, al día siguiente de la aventura con Vicentet, fue la sorpresa que nos encontramos al llegar al aula. Ya estábamos en los pupitres, habiendo rezado el avemaría y todo eso,
cuando el maestro nos anunció a dos nuevos compañeros de clase. Hicieron entrar a los chiquillos, y el corazón me dio un vuelco.
—Aquí tenéis a Francisco Villar, o Paquito —el maestro señaló al niño gigante—, y también a Pablo López, que se hace llamar Pablito, ¿verdad que sí?
Ambos asintieron, pero no estaban escuchando al maestro. Lo que les interesaba era amenazarnos con la mirada a Vicentet y a mí. El gigantón realmente daba mucho miedo, más a sabiendas de quién era su padre. El raquítico tenía una cara chupada, como enfermiza, y también asustaba con aquellos ojitos hundidos y sombríos. Además, me constaba que era hijo de un soldado del cuartel. Los recién llegados se sentaron detrás de nosotros, y aquella especie de héroe de opereta que tenía al lado, el Houdini, soltó la frase atrevida de turno.
—Paquito, Pablito, os tocaremos el pito.
No lo dijo muy fuerte, pero lo escuchó toda la clase, y ya sabéis lo buenos que son los niños para hacer burla y volverse cotorras de repetición.
A pesar de los esfuerzos de los maestros, pronto todo el Patronato canturreaba la bromita. Y cuando los fichajes del día pasaban por nuestro lado, los codazos y las patadas en la pierna eran cada vez más fuertes. No faltaba mucho para acabar las clases cuando un escalofrío me recorrió la espalda, y busqué el oído de mi amigo.
—Nos harán daño...
—No temas —murmuró Vicentet, con su valentía habitual—. Al salir lo arreglamos, ¿eh? Tengo un plan.
Sonó el timbre y aplicamos el plan de mi amigo, cuyo secreto consistía en salir disparados con un fuerte ataque de pánico y sin ningún destino concreto. Llegamos resoplando al terreno de Cerdeña, justo detrás del templo, y allí nos pareció que no nos seguía nadie, así que aflojamos el paso. Pero de golpe aparecieron los dos mastines, como caídos del cielo, embalados en una carga frontal y con unos palos temibles en sus manos. No
hizo falta plan alguno para dar media vuelta y salir corriendo hacia las obras, donde nos conocían y podíamos encontrar protección. Pero, justo antes de pasar la reja de la entrada, notamos ya los primeros porrazos en la espalda.
Yo tropecé y caí al suelo. No sé qué fue de Vicentet, porque a partir de ese momento ya no lo vi más. Era un amigo muy listo, el más listo que he conocido a la hora de darse a la fuga. Lo que sí vi, y noté en los huesos, fueron los palos de aquel par de delincuentes. Me cubría la cabeza con las manos, y sentía los golpes en los dedos, en las costillas, en los muslos. Y
los insultos.
—¡Hijoputa, cabrón, bordillo! —iban ladrando—, ¿ya sabes quién es tu padre? ¡Hijo de perra! ¡Todos son tus padres! ¡Todos los del barrio, bordillo, bastardo!
De repente, los golpes cesaron. Y, entre los dedos, mis ojos adivinaron que ahora estaban pillando ellos. Oí sus gemidos, las prisas de la fuga y al final el silencio. Unas manos bondadosas, rugosas, me ayudaron a ponerme de pie. Las manos me abrazaron y me acariciaron el pelo. Miré hacia arriba.
Era mi padre que no era mi padre, pero que era mucho más padre que ningún otro padre del mundo. Me revisó entero, por si tenía algo grave, y luego me dedicó una media sonrisa.
—Parece que saldrás de esta.
—Pero a ti te buscarán —dije a punto de lloriquear—. Estos niños son muy malos, y sus padres...
—Tranquilo, hombre, todo irá bien. Solo tienes que hacer una cosa, una sola, y todo se pondrá en orden. —Me alzó la barbilla y me miró de frente
—. ¿De acuerdo?
—¿Qué?
—Llamarme padre. Eso es todo. —Tosió—. La vida mejorará, ya lo verás.
Yo eso ya lo hacía a veces, pero estaba claro que no lo hacía lo bastante a menudo. Y como aquella sola cosa me pareció una idea fácil y bonita, abracé a ese hombre a la altura de la barriga.
—Sí, padre. Eres mi padre. Siempre serás mi padre.
Y así es como aquel día, amoratado y vapuleado como estaba, terminó como uno de los mejores días de mi vida. Tenía un padre. Un hombre bueno que me quería. Los malos perdían. Eran tiempos en los que al final, por mal que fueran las cosas, siempre se tornaba todo en esperanza e ilusión. ¿Qué más podía pedirle a la vida? ¿Y acaso me importaba haber nacido pobre?
¿O bordillo? ¿O bajo la señal del año del Vicentó? Nada ni nadie estaban condenados. El mañana estaba por escribir.
Había una gran multitud reunida, ahí en el recinto del templo. Estaba todo el vecindario, todos los padres y madres y también la mayoría de los niños y de las niñas que yo conocía. En la explanada, que hacía pendiente, trabajadores con gorra y blusa, mujeres con delantal, chiquillos pequeños...
Vi a muchas personas encaramadas a los bloques de piedra, las esculturas, las figuras de dragones y caracoles y las de santos. El andamio de las obras también estaba lleno a rebosar. Hacia el lado del ábside, los líderes que hablaban a la gente; un puñado de ellos vestían de obreros, y otros, los llamados radicales, iban más trajeados. Era pleno verano y, aunque era por la tarde, hacía un calor insoportable. Yo estaba allí, junto a mi padre.
—¡¿Queréis que nuestros jóvenes mueran en África?! —gritó un hombre mal afeitado—. ¡¿Deseáis que los padres de familia vayan a la guerra?!
¡¿Deseáis más huérfanos y viudas?!
Todo el mundo respondía que no, por supuesto. Nadie quería nada de todo aquello. Mi padre también lo tenía claro. Tosió mientras negaba con la cabeza; él no soportaba ninguna guerra.
—¿Y queréis que los ricos se salven de la matanza? ¿Pagando seis mil reales? ¡De ninguna manera! ¡A la huelga! ¡A la huelga!
Y dale con los gritos y aplausos. Después salió otro, informando de que mientras hablábamos se alzaban barricadas en toda la ciudad, de que habían asesinado a dos padres de familia decentes, de que ya estaban quemando un convento, y de que si era necesario quemarían todas las iglesias de la ciudad. Puesto que detrás del orador se alzaban los muros de la Sagrada Familia, yo me angustié, porque imaginé que cogerían antorchas y gasolina y empezarían a incendiarlo todo. Pero no lo hicieron, en ese momento estaban demasiado ocupados con los discursos. Fue entonces cuando invitaron a hablar a uno de los trajeados; el hombre sacó pecho y se sujetó las solapas de la americana con las manos.
—Los radicales estamos con vosotros, y dejad que os transmita un afectuoso abrazo de nuestro estimado líder, ¡don Alejandro Lerroux! —
Hizo una pausa, pero la reacción del público fue escasa—. ¡No podemos aceptar el sistema de quintos, que envía a los pobres a la guerra y salva a los ricos!
Como solo recibió unos aplausos discretos, se enroscó las puntas del bigote, se aclaró la voz y subió el tono:
—¡No a la guerra! ¡Viva la lucha y viva la República!
Los aplausos fueron algo más fuertes, pero no mucho. Y entonces intervino, entre el público, una figura grande y robusta. Se me heló la sangre. También noté que mi padre apretaba el puño del bastón. El que hablaba era el tabernero enorme que hacía temblar las paredes.
—¡Farsantes! —rugió Calígula—. ¿Os sumáis a la huelga sí o no? ¿Iréis a las barricadas u os quedaréis en casa? ¡¡¡Mojaos de una vez!!!
Aquí sí que se desencadenó una ovación intensa, y cientos de voces empezaron a llamar a la huelga. Los oradores trataron de calmar a la gente, y consiguieron que el radical pudiera retomar su intervención. El hombre se afinó los bigotes.
—Compañeros, la cosa está muy delicada; ya ha habido muertos, y puede que se produzcan muchos más. —Se oyeron silbidos—. Debemos reconsiderar la huelga y las acciones de protesta. El ejército viene para acá, y esto puede terminar como...
No le dejaron continuar. La multitud lo abucheaba y le silbaba; avanzaron hacia el político y le obligaron a callar. Algunos obreros se vieron obligados a protegerlo y escoltarlo a la salida. Y, justo en ese fragor, el tabernero aprovechó la ocasión para abrirse paso, subir al estrado y dirigirse a los concentrados. Se hizo escuchar con un torrente de voz, mirando fijamente a los trabajadores congregados, pero señalando con el dedo hacia atrás, hacia los oradores que le habían precedido.
—¡¡¡Lo que tiene que hacer el comité de huelga es ir a la huelga!!! —
exclamó, con una expresión tan simple que era inapelable.
Uno de los miembros del comité de huelga, precisamente, le tocó el hombro para intentar silenciarlo. Pero Calígula se lo quitó de encima con un leve manotazo. Entró en materia; dijo a los presentes dónde debían montar las barricadas, qué conventos e iglesias tenían cerca, y en qué puntos podían obtener gasolina. Mi padre desaprobó aquellas palabras, chasqueando la lengua. Pero el tabernero aún remató el tema con una consigna que daba miedo:
—¡Y cuando lo hayamos quemado todo, volvemos aquí, a dinamitar esta mona de Pascua! —Apuntó hacia atrás y a los lados, a los muros en construcción del templo—. Nos podemos ahorrar esta locura, ¡para empezar a repartir pan entre los pobres!
Descubrí por primera vez que había gente empeñada en destruir la Sagrada Familia. Aunque en esa ocasión, a decir verdad, la idea no obtuvo casi aprobación. Quizá la gente sabía que Calígula también formaba parte de las figuras de la fachada, que él también se había prestado a colaborar en aquella mona de Pascua y a volverse inmortal con aquellas piedras. Quizá lo sabían o quizá no; el caso es que la idea de desmontar la obra de Gaudí
no acabó de cuajar. Así que el tabernero volvió al éxito seguro de la huelga y de las quemas, rematándolo con vivas a los trabajadores y a la revolución social.
Lo que vivimos en las horas siguientes fue la conversión en fuego real de todo lo que el tabernero gigante había encendido en palabras. Cuando ya era de noche, acompañé a mi padre a dar una vuelta por el barrio. Al llegar al convento de las Beatas, que se encontraba a tres calles de casa, vimos a dos docenas de jóvenes que intentaban reventar la puerta. Tras ellos había grupos de mujeres que los animaban. Al cabo de poco lo consiguieron, y entraron en el interior gritando. Nosotros nos quedamos fuera, a una distancia prudente. Observamos cómo entraban muchos más, incluso algunas mujeres y chicos de mi edad.
—Pero ¡si están asaltando una escuela! ¿Cómo puede ser? —A mi padre le cogió la tos compulsiva habitual—. ¡Una escuela de niñas! —Más tos—.
¡¡¡Gratuita!!!
Fueron saliendo de dentro unos cuantos hombres y mujeres, cargados con gallinas vivas. Uno de los que salía se nos acercó y nos ofreció el animal: un pollo a dos reales. Mi padre declinó el ofrecimiento entre toses y seguimos mirando cómo salía gente equipada con barriletes de vino, sacos de todo tipo, utensilios de misa y otros trofeos. En breve, unos hombres ebrios que cantaban y que a duras penas se sostenían de pie sacaron a la calle unos sacos alargados, delgados y polvorientos, y los apuntalaron contra el muro.
—¡Es Paquito! —exclamé, identificándolo entre los alborotadores.
Mi padre chasqueó la lengua disgustado.
El hijo de Calígula y otros abrieron los sacos y expusieron su contenido.
Primero aparecieron los cráneos, con risotadas macabras y cabellos aún pegados; después harapos pegados a una triste carcasa de huesos y piel. Me entró un temblor y me colgué de la manga de mi padre. Las momias de las monjas, diría que cinco en total, fueron expuestas a lo largo de la fachada.
Mi compañero de escuela y otros gamberros daban saltitos ante los cadáveres exhumados. Incluso hubo uno que se acercó a uno de los cuerpos, lo abrazó a media altura y trató de dar unos pasos de baile, pero enseguida se le desmontó el despojo entre los brazos y quedaron todos los huesos esparcidos por el suelo.
—Vámonos, Jaume. —Mi padre me tiró del brazo.
Ya nos íbamos cuando, sin previo aviso, y mientras docenas de personas salían por la puerta del convento, resonó una explosión sorda y una gran llamarada encendió la noche. A continuación, un cúmulo de personas intentaron salir a empujones; algunos tropezaron y cayeron al suelo, entre los restos de las monjas, y recibieron pisotones de los que iban detrás, con gritos y tacos que se alternaban con los chasquidos del fuego. Las Beatas ardieron como ardieron tantos conventos. Nos alejamos a toda prisa de la escena, nos encerramos en casa y durante unos días procuramos no salir.
Mi padre me hizo subir a una de las torres del templo. Con parsimonia, porque él iba muy lento. Llegamos al punto más alto, rodeado de andamios llenos de mazos, cinceles, plomadas... Aunque por lo que me dijo mi padre no se había alcanzado ni la mitad de la altura, desde aquel nivel ya se contemplaba bastante bien toda la ciudad. Él se irguió con el bastón, y yo me apoyé en una barandilla de forja. Me dedicó una sonrisa.
—Gracias a mí, no te caes al vacío.
—¿Qué quieres decir? —me ofendí—. Yo me aguanto bien...
—Esta barandilla la he hecho yo. —Señaló la barandilla labrada.
—¿Qué dices...? —exclamé tocando las curvas y las espirales del hierro
—. ¿Cómo la has hecho?
Se encogió de hombros con modestia y tosió a un lado.
—Es mi trabajo. Pero ahora mira. —Levantó la vista y barrió la ciudad con un gesto—. ¿Ves todas las humaredas? A ver si adivinas de dónde viene
cada hilillo de humo.
Todavía hoy me maravilla la capacidad que tenía aquel herrero para quitar hierro a las cosas, especialmente cuando estaba conmigo. Barcelona ardía y él lo convertía en un juego. Que me pareció divertido, la verdad, y adiviné unos cuantos hilillos de humo, teniendo como tenía un sentido de la orientación muy acusado. Los más cercanos eran fáciles: las Beatas, el asilo de huérfanos, las Escuelas Teresianas, los Claretianos...
—Va, Jaume, si llegas a diez, tendrás un cucurucho de altramuces...
Hice un esfuerzo, porque aquella legumbre fresca y líquida, con la cáscara resbaladiza, me volvía loco. Pero en el resto de la ciudad era mucho más complicado situar nada, y solo pude acertar San Pedro, los Escolapios y algún otro. Mi padre me felicitó y, a pesar de mi insistencia, me dijo que no me había ganado los altramuces. El hombre también sabía ser estricto cuando era necesario. Así que bajamos y nos volvimos a refugiar en casa.
El sábado salimos a las ocho de la mañana para comprar pan y cuatro necesidades; existía un acuerdo con los huelguistas para que hasta las nueve de la mañana los comercios pudieran abrir. El panorama era desértico. En la calle se veía muy poca gente, y ni un tranvía, ni una carretilla, ni un coche...
Por lo que sabíamos, no funcionaba ni la luz, ni el teléfono, ni los periódicos, ni los talleres ni las fábricas. De vez en cuando, se oían explosiones y el rumor de caballos o de botas militares resonando en el vacío de la ciudad. Por supuesto, ya no se oficiaba misa en ninguna iglesia.
Las obras de la Sagrada Familia estaban paradas, y la reja del recinto, cerrada a cal y canto.
Hechas las compras, nos informaron de que en el convento de las Beatas se volvía a reunir gente. Buena parte del barrio ya iba para allá, porque decían que anunciarían el fin de la huelga. La gente, además, tenía ganas de curiosear entre los restos del incendio y las momias profanadas. Fuimos los tres; la Gabacha, el Putativo y el Bordillo, una familia feliz a pesar de los
apodos y los desprecios, ansiosa por comprobar el final de aquel desorden y volver a la vida normal.
En la esquina olía a chamusquina. Los restos de las monjas ya no estaban. A pleno día, el edificio era una carcasa sin techo, ennegrecida y llena de curiosos que entraban para remover los restos calcinados de tablas, vigas, armarios... Era en el patio donde había más gente, y por los murmullos parecía que se esperaba algún tipo de noticia. Mis padres se fueron encontrando a conocidos y se pusieron a hablar; la gente tenía ganas de charla después de esos días encerrados en casa. Cuando hacía un buen rato que estábamos ahí, y en el patio ya no cabía ni un alfiler, vimos a unos hombres que se subían a una escalera en ruinas y pedían silencio. Entre ellos acertamos a ver la silueta del tabernero del barrio.
—Vámonos, tengo miedo. —Tiré de la manga de mi padre.
—Un momento, hijo.
—Ya me lo llevo yo, Josep —dijo mi madre—; no pasa nada, quédate tú y ya nos lo contarás. ¿De acuerdo? No te preocupes. Te esperamos en casa.
De verdad, tranquilo.
Nos abrimos paso, oyendo los aullidos de los huelguistas: huelga general, huelga general, barricadas, resistencia y todo aquello, hasta que conseguimos salir a la calle y respirar un poco de aire fresco. Pero enseguida nos tropezamos de cara con una formación de la Guardia Civil.
Eran siniestros aquellos soldados con sombrero y capa de malvados, siempre oscuros, siempre con bigote espeso y cara de pocos amigos. Vimos cómo llegaban al convento y se colocaban en posición, el fusil a punto. Mi madre me dio un tirón en el brazo para que no me rezagara. Protesté.
—Espera, tenemos que avisar a padre. —Algo me decía que aquellos hombres armados no presagiaban nada bueno.
— Tais-toi! Tú calla y camina, hijo.
De repente, un chasquido. Dimos un brinco. Otro. Volvimos a saltar. Y
casi sin pausa, una descarga encadenada, que no debió de ser muy larga
pero que me pareció interminable. Y, entonces, un silencio espeso, pesado.
El edificio quedó cubierto con una humareda de pólvora, que se fue dispersando. A medida que todo se aclaraba, primero oímos lamentos aislados, después también unos gritos desgarradores, de dolor agudo, y luego un clamor creciente, como si se acercara una locomotora, con chillidos y silbidos y todo. La guardia civil se retiró al otro lado de la calle, y enseguida vimos por qué: la gente empujaba desde dentro, y los de delante, aunque no lo quisieran, se precipitaban sobre los uniformados.
Mi madre me azuzó. Yo me resistía, paralizado por el pánico y pensando en mi padre. Pero ella, antes madre que esposa, me dio en la nuca y me arrastró fuera del campo de batalla. Dejándome un último recuerdo de aquellos hechos, antes de perderlos de vista; cuerpos por el suelo, algunos poco más que un bulto inerte, pero algunos alzando el brazo, implorando ayuda. Y recuerdo cómo sentía vergüenza de mí mismo, porque lloraba como un mocoso y no lo podía evitar, y estaba abandonando a mi padre y tenía un miedo que no me dejaba ni respirar.
De camino a casa, nos tropezamos con el perfil del maestro Gaudí, parado en una esquina. Estaba inspeccionando su amada obra, indiferente a la guerra que estallaba en el mundo real. Al vernos pasar, no parpadeó, nos regaló unos ojos vidriosos y muy abiertos. Mi madre sí que le dedicó un saludo formal. Él reaccionó diciendo lo que le pasaba por el forro del sombrero:
—Un milagro —proclamó el arquitecto desde otro planeta—, está intacta, está intacta, ¡es un milagro! ¡Nuestro Señor nos ayuda!
Mi madre no se paró a debatir sobre las afectaciones del templo y me tiró de nuevo con fuerza para volver a casa. Y, para redondear aquella jornada de pesadillas, creo que todavía vi una escena fugaz..., pero solo lo creo; me parece recordar a un cura joven con sotana y gafas, armado con un fusil, que corría en dirección opuesta a la nuestra, hacia la pelea. De verdad que no podría jurar si lo recuerdo de verdad o es que alguien se lo inventó y me
lo explicó, o si lo fabriqué yo después. El caso es que una cosa sí que tengo clara hoy por hoy: aquel cura, fraile o seminarista tenía nombre y apellido.
Mi padre no aparecía por ninguna parte, y el maestro Gaudí, que había perdido a más obreros en los disturbios, removió cielo y tierra para localizarlos a todos. Diría que le impulsaba tanto la caridad cristiana como la obsesión por continuar con su cristiana basílica, pero, en cualquier caso, actuó él en persona. Tras el fin de semana, la plana mayor del templo convocó en la cripta a las familias afectadas. Gaudí dejó que el cura custodio del templo, el padre Gil Parés, llevara la reunión. Fue un error: el religioso no sabía callar y tampoco sabía escuchar mucho porque era duro de oído.
—Antes que nada, un mensaje de esperanza cristiana: por mucho que quemen iglesias, los hombres de fe no debemos sufrir, porque Dios Nuestro Señor no se quema ni se quemará nunca. Y, también antes de empezar, es necesaria una oración por los difuntos de esta semana tan desgraciada..., más de un centenar, dicen. ¿Y sabéis qué podemos hacer? Orar. Oremos por todos los que han sufrido incendios y ataques y profanaciones, y roguemos por los que están en la cárcel, roguemos por nuestros feligreses y roguemos por los vecinos que...
—Por caridad, padre... —le interrumpió Gaudí murmurando por debajo del bigote.
—Sí, una barbaridad..., claro que sí, maestro... Como os decía, haremos una oración extensiva a...
—¡Que no tenemos todo el día, hombre! —exclamó el arquitecto—.
Manos a la obra.
—Bueno, tal vez sea buena idea entrar en materia —dijo el cura sin alterarse—. A ver, tenemos aquí una lista de nombres..., a ver..., trabajadores, feligreses, vecinos... Estamos hablando con las autoridades, y
estamos intercediendo por la buena gente..., bueno, y por la no tan buena también, es nuestro deber cristiano, porque como muy bien dijo el Señor...
Gaudí lo fulminó con los ojos. El cura lo pilló, esta vez sí; aclaró la voz y comenzó a leer la lista de los nombres sobre los que no se sabía nada.
Josep Ferris estaba en esa lista, y eso era esperanzador, porque no estaba confirmado como muerto. Se nos comunicó que nos irían informando, y entonces leyeron otra lista de nombres, la lista fúnebre; a medida que iban cantando, entre nosotros se sentían los gemidos y los sollozos de sus familiares. Cuando terminaron, pidieron que se quedaran los que necesitaban asistencia espiritual. En cuanto al resto, el cura nos despidió con unas palabras que resultarían proféticas:
—Podéis ir en paz. Y recordad: si queman escuelas, tendremos que hacer más. Esta calamidad solo se resuelve con educación y trabajo social,
¿verdad, maestro?
—Sí. —Gaudí asintió con la cabeza—. Y que Dios bendiga también nuestros silencios.
Pasamos unos días muy angustiados, en los que descubrí que mi madre, aparte de querer a su hombre, lo necesitaba como el pan. No sabía ni sentarse quieta cinco minutos, no soportaba su ausencia. De vez en cuando, se daba la vuelta y soltaba un «Josep, ¿te parece que...?», y acto seguido recordaba que no estaba ahí y se ponía a respirar fuerte. Otras veces se agarraba a mí y me apretaba tanto que se veía perfectamente que en realidad nos estaba abrazando a los dos.
A media semana, finalmente, nos llegó un primer rumor; no nos lo querían comunicar oficialmente para no crear falsas expectativas, pero gente conectada con la policía nos había hecho llegar que mi padre estaba bien, que lo habían encerrado sin que pudiera recibir visitas y que ya tendríamos noticias. Y así fue: el jueves por la mañana, muy temprano, la noticia fue él en persona. Apareció en la puerta, sin afeitar y cansado, pero
entero. Entró en casa y nos abrazamos los tres. Mi madre no podía dejar de preguntar cosas mientras le sujetaba la cabeza. Él tosía.
—¿Qué te han hecho? ¿Estás bien? ¿Qué ha pasado? ¿Te han tratado bien? ¿Adónde te han llevado? ¿De qué te acusan?
—Nada, nada. Todo en orden. Solo quiero lavarme la cara y las manos.
—Sí, claro —dijo mi madre, yendo a buscar el lavamanos—. Qué bien que ya estés aquí..., pensaba que te habrían herido..., ahí en las Beatas..., qué miedo...
—Algo aprendí en la guerra. —Mi padre tosió y se encogió de hombros
—. Cuando oyes disparos, te tiras al suelo.
—Hijos míos, construiremos una escuela nueva.
El padre Parés lo anunciaba con cara de satisfacción.
—¿Ya no cabemos aquí en el Patronato? —preguntó Vicentet.
—Bueno, estamos algo hacinados, pero ese no es el mayor problema.
¿Sabéis cuál es? —Se sentó en el borde de la mesa y sacó la pasión de dentro—. Lo que ha pasado es muy grave..., ¿y creéis que la Iglesia lo ha hecho bien hasta ahora? Pues a mí no me lo parece, diría que tenemos parte de culpa.
»Tendremos que hacer una escuela orientada a los obreros —prosiguió
—, y ante todo para los de la Sagrada Familia. Hay que construirla dentro del recinto, sí, a los mismos pies del templo. Que la expiación de las almas y de las familias llegue también a los niños. Una escuela joven, ¿me entendéis? Moderna, que forme a ciudadanos libres. Hay que arriesgar, no podemos educar a los niños a golpe de crucifijo, ¿verdad? La pedagogía debe ser activa, tenemos que competir con los métodos más avanzados.
¿Habéis oído hablar del método del padre Manjón? ¿No? Pues mirad...
—¿Y esta escuela la haremos nosotros? —interrumpí.
—Hombre, Jaumet, quizá vosotros con vuestras manos, ¿qué quieres que te diga? No sois albañiles, ¿verdad? Llamaremos a vuestros padres. —Se levantó de la mesa y se rascó la barbilla.
»Ya lo hemos hablado con don Antón —continuó sin pausa—, que lo tiene más que decidido: piensa lo mismo que yo, a pesar de ser un poco carca..., bueno, borrad eso, no es cosa vuestra... El caso es que la construiremos muy rápido, porque tras el verano... Aunque, bien pensado..., claro..., sí, de alguna manera tienes razón, Jaume, la haréis vosotros, claro que sí..., será vuestra, ¿me entiendes? Por descontado, la escuela la haréis todos vosotros, que la llenaréis y le daréis vida... Mira, ¿conoces la parábola del Evangelio, aquella que dice que...?
Fue de esa manera, mirad cómo son las cosas, como la tragedia de una semana terrible engendró una aventura preciosa. Nació una escuela que era fruto de una calamidad, sí, pero que llegó a tener lo que no tenía ninguna otra. Contaba con unas líneas bellas; paredes curvas que bailaban, techos ondulados como el mar. En el patio, a menudo se creaban corros de niños alegres al aire libre, en unos areneros abiertos y limpios. Contaba con directores que pensaban, y con familias pobres con niños formados por sabios. Estaba a la sombra de un monumento que se había salvado de la quema, un prodigio artístico que los incendiarios habían respetado.
Y sí, estaba permitido soñar con un final feliz. Sucediera lo que sucediese, aunque algunos pretendieran destruir el templo, en aquel momento nadie los tomaba en serio. No había condenas absurdas ni maldiciones escritas. El año del Vicentó, la miseria del barrio, los chiquillos con malos modos, la Semana Trágica..., todos los malos augurios podían ser derrotados. ¿Y cómo se los podía vencer? Pues dejad que os lo diga: con fe.
La fe de verdad. No la fe beata y ciega de los papanatas, no. Con la fe de los que aprenden, crecen, inventan y construyen. ¿Que quemaban escuelas?
Pues construiríamos otras nuevas. Mirad qué fácil.
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