El turno del escriba
Hombres con fauces de perro
Una vez al año, en fecha impredecible, haciendo caso omiso de las reglas que gobiernan los movimientos del cielo, alterando incluso sus ritmos naturales, el libeccio se echaba a soplar con fuerza sobre la ciudad durante siete días exactos, ni uno más ni uno menos, y acababa mutando en tormenta. El fenómeno excedía largamente el alcance de los tratados que se ocupaban de esos asuntos, los mismos genoveses habían renunciado a encontrarle explicación y habían terminado por aceptarlo como un capricho espasmódico del viento que algún día desaparecería. Messer Rustichello, mejor dispuesto para apreciar rarezas de todo tipo, lo consideraba tranquilamente un prodigio —siete, al fin de cuentas, era un número cabalístico— y, si mal no recordaba, era así como figuraba en su guía portuaria, donde el averroísta excomulgado lo había incluido sin mayores argumentos en el capítulo de los misterios insondables del aire.
Carabó, el carcelero, tiene los ojos clavados en la moneda. Celebra el trueno que estalla y el insecto que se posa.
—Mosca.
La tormenta, singularmente poderosa esta vez, ha coincidido con el aniversario de otra mutación, la del agua en vino, cuarto milagro de San Ugo, proeza que el virtuoso varón genovés había cumplimentado un siglo atrás muy cerca de ahí, en la explanada de San Giovanni de Prè, ante testigos oculares cuyo número, portentosamente, no sólo no menguaba sino que crecía año tras año, lo que era tenido por el milagro quinto y póstumo del santo. Carabó se persigna, es devoto.
Esa noche los orines de Tribulí se habían mezclado con las primeras gotas de lluvia y las primeras ráfagas de la borrasca. Las ráfagas habían confundido todos los líquidos: la lluvia, el meo y las salpicaduras de la marejada que empezaba a castigar con dureza los flancos del edificio. Poco después la tormenta se adueñaba de la ciudad y de las almas.
Ahora el Palazzo no solamente suena a barco, también se zarandea. El pisano siente el cabeceo y el rolido, la impresión es tan fuerte, tan vívida, que su estómago amenaza con liberar las habas del desayuno. Le cuesta concentrarse en el juego. No es su único malestar. Además lo han sacado de su celda, y no por su gusto. Apenas el sueño había hecho presa del veneciano y de Tribulí —el pisano imaginó que el sueño los devolvía a ambos, libres, a los lugares remotos donde una vez habían vivido—, una uña grasienta había rascado los barrotes, y el dedo grasiento que se continuaba en la uña grasienta lo había invitado fuera, a otro cubil, en rigor una celda, igual a la suya pero ubicada en el ángulo opuesto, al final del corredor de los infractores, donde se celebraban las partidas furtivas. Ahora está ahí, en la madriguera del carcelero. Y juega, a la mosca. Pero la tormenta, el cabeceo tozudo del edificio, las moscas que zumban a su alrededor, lo desacomodan, pierde el tino.
Carabó soba sus monedas, las acaricia, las amasa, ablanda el metal, les comunica el pringue de los dedos. El escriba presume que les está traspasando una porción de algo que por propia virtud atraerá a las moscas, algo inconfesable, no sabe qué, que hiede. Por eso tuerce la nariz, la aparta. También aparta la vista, pero sobre todo la nariz. El olfato de messer Rustichello padece como una humillación la cercanía del carcelero, se resiste y gime. Y aunque también todos los demás sentidos del pisano se rebelan contra esa cercanía, el olfato, a través de su herramienta, la nariz afinada de quien una vez olió los aromas que brotaban del cuello de las damas —su memoria tarda, por cierto, en traer al presente aquellos aromas—, es el que más sufre la ofensa. Que no es poca, y que resulta del destilado de ajos, cebollas, pastinacas, liebre salvaje y coles que sale de la boca del carcelero, más el concentrado agrio de los sobacos, la reminiscencia a mula que arrastra de su tránsito por el cortile y, en conjunto, el tufo perpetuo a perro muerto que emana de su persona, siempre, sin dar tregua al aire que lo circunda, y que para colmo empeora y se espesa con la maccaia. A tal punto, que la única vez que Carabó se había presentado a una partida perfumado el pisano no había podido sino pensar en un delito.
Sin embargo, juega con él a la mosca. El carcelero le presta las monedas, de poco valor, antiguos quartari, petachine, las estrictamente necesarias para no quedarse nunca sin contrincante.
Juegan con regularidad, en especial cuando el mal tiempo obliga a suspender los movimientos del puerto y anticipa un día, o más, con poco por hacer, o nada. En días así, las moscas desmayan, están pesadas de alas, la frecuencia con que se posan en alguna de las dos monedas es mayor, entonces el juego, que en eso consiste, se vuelve más entretenido, las monedas van y vienen, pasan con rapidez de una mano a otra. El carcelero se anima. Consigue cabos de vela nuevos y una bota de vernaccia de Corniglia, saca al pisano de la celda y lo arrastra a su cubil para jugar y acabar el vino, en ocasiones acompañados de uno o dos guardias de ronda. A veces las partidas son reñidas y el campo acaba sembrado de cadáveres. Otras veces los duelistas se entregan serenamente a su suerte y se adormilan encima de la mesa, entre las moscas. Moscas no faltan, sobre todo en verano, suben directamente desde el muladar del cortile y desde la clapa dei pesci. De día hay suficientes allí mismo, sueltas, cautivadas por los desperdicios de las escudillas de los presos. De noche las trae el carcelero, que acostumbra guardarlas en una ladronera de cuero y parece que las criara de pura raza de establo, de gordas que las tiene, y hasta que lo reconocieran como amo y estuvieran de su lado en la suerte.
—Mosca.
El carcelero se relame, juega confiando en la conjunción extraordinaria de la tormenta y el aniversario del milagro del santo que lo apaña, es probable que no vuelva a darse una coincidencia tan auspiciosa. La vernaccia aumenta su confianza. También él, como Ugo, podría aplacar la sed de sus compatriotas haciendo surgir de la tierra una fuente, sólo que la suya no sería de agua. Ahora moja el dedo con la vernaccia, lo chupa y lo expone al viento que se filtra por los barrotes, tan fuerte que acabará por afinarlos. Verifica la dirección del aire y calcula su incidencia en los desplazamientos de las moscas, que no se mueven de manera antojadiza sino en respuesta a estímulos increíblemente sutiles.
El pisano carece de estrategia, además está distraído, y, como tampoco descansa en la ayuda del santo —Ugo, con sus camisas de cáñamo y su costumbre de dormir sobre tablones siempre le había parecido no más que una curiosidad de la Commenda di Prè—, sólo le queda confiar en que una mosca se pose sobre su moneda sin otro impulso que la pura benevolencia. No es probable que ocurra. Aunque tal vez sí: no le está siendo indiferente a la Fortuna, ella lo considera, todo hace pensar que lo toma en cuenta. Hubo una señal —la suela todavía huele—, y de ella se desprendieron coincidencias que, bien miradas, puestas una al lado de la otra, encajan: la vieja, los huevos, los venecianos, las gallinas, las plumas, los pelos, el gorro de pelo, el veneciano del gorro… ¿Por qué está en su celda ese veneciano?
Carabó resopla: si no le gusta ése, se lo puede cambiar por cualquiera de los otros, le da igual. Pero si es capaz de apreciar consejos, le conviene quedarse con el que le tocó, que es el que menos habla. Los demás no han hecho otra cosa que alborotar de día y de noche, protestar y quejarse a gritos —él mismo los habrá escuchado—, exigir noticias de sus parientes, lamentarse, reclamar finezas y trato distinguido, y secarle le cugge, tanto, tanto, que había decidido repartirlos, de a uno, en las celdas del último piso. Entre las vacías, las ocupadas y la de los trastos habían alcanzado justo. Espera que ahora dejen dormir, aunque lo duda. El carcelero sacude la cabeza, no comprende de qué se quejan, con lo bueno que es estar ahí. Insiste: si no quiere a ese veneciano, se lo cambia por otro, le da igual.
Rustichello vuelve a pensar en la antojadiza Fortuna, que lleva y trae a los hombres, los junta y los separa sin considerar en absoluto sus deseos. Está a punto de compararla, en su proceder, con los vientos en general y con el libeccio en particular, pero abandona esa idea y vuelve a la mosca. Vuelve a medias. Juega, pero de lejos. Quiere dormir. Hace tiempo que el sueño le es esquivo, hecho al que no han de ser ajenos el jergón duro y la edad, que le fue avanzando. Nunca se lamentó, sin embargo. Las vigilias le sirven para mantener sus meditaciones en buena forma, robustecidas por las audacias que el insomnio enciende en la imaginación fértil. Pero esta noche quiere dormir. O no, estar despierto pero ausente de cuerpo, sustraer su persona a las demás, empezando por la del carcelero. Tendido o erguido, en el jergón o en la cátedra, en una de esas posturas tratar de poner orden en su cabeza. De algo está seguro: no quiere jugar a la mosca. Sin embargo juega.
—Mosca.
El carcelero acaba de interrumpir con el aliento la trayectoria de una, verde, que cae sobre su moneda patas arriba, muerta. En otra ocasión el pisano habría protestado por el ardid contrario a las reglas, esta vez no le importa, deja pasar. Tiene el entendimiento atestado.
El friso que es capaz de urdir cada noche, más todas las cuestiones y los axiomas que animan su panino, aunque copiosos y en perpetua expansión, siempre habían gozado de espacio suficiente y de un paraje claramente asignado en el vasto cosmos de su cabeza. Pero ahora su cabeza es un arcón revuelto cuya tapa no cierra. Si bien todos ellos, el friso y las verdades, acostumbraban circular, mezclarse, intercambiar fragmentos, nunca habían dejado de hacerlo en armonía, no tan perfecta como la de las esferas de Ptolomeo pero al menos lo suficiente para no colisionar. Ahora todo se confunde. Las imágenes no danzan, zumban; tampoco están solas, las perturban otras, fugaces. Las más inquietantes muestran fuegos y jinetes oscuros, miles de ellos, lanzados en carrera desaforada por el desierto. El pisano se esfuerza por gobernar el caos, saca, pone, ordena, pero su esfuerzo se desmorona. Trata de acomodar los ingredientes del panino, introducir de nuevo a los frágiles humanos entre las dos rebanadas de eternidad, la de arriba y la de abajo, pero se escapan por los bordes. Esa noche la nave había avanzado hacia Aigües Mortes, como siempre, pero la villa se había alejado de la proa en lugar de acercarse, los citaristas pulsaban las cuerdas sin concierto, el yelmo emplumado chorreaba agua de lluvia, las cornejas habían confundido la diestra con la siniestra y no habían dicho nada con sentido. La inmortalidad del alma, nada menos que la inmortalidad del alma que tanto preocupaba a Tomás, se le escurría al pisano bajo el triple fondo de la gran cebolla.
El mar zamarrea duro la quilla del edificio, las paredes escoran. Un trueno casi tira al pisano del escabel. Sus meditaciones están invadidas sin remedio por lugares, distancias, gentes, bestias y espíritus, todo lo que había salido de la boca del veneciano en las oportunidades en que habían conversado: la noche de su llegada, la siguiente, y esa tarde, a la caída del sol. En algún momento Polo había soltado algo acerca de un viaje por mar, una princesa, tormentas pavorosas, encantadores de vientos, hombres con cabeza de perro —con ojos, orejas y hocico de perro— que comían carne humana, todas piezas que Rustichello intentaba unir sin éxito, ya que se presentaban aisladas y en pedazos, sin necesidad aparente, entre silencios largos. El veneciano las mechaba con observaciones prácticas y referencias a las finanzas familiares, ajeno a la ansiedad que provocaba en el único de sus socios de celda capaz de entenderlo. El pisano había escuchado y hecho algunas preguntas, sin poder asegurar que el otro las hubiera contestado. Había quedado estampado como un insecto contra ese nuevo friso, incompleto y lleno de agujeros, que le era extraño y a la vez fascinante.
Rustichello reacomoda la moneda en la mesa y el trasero en el escabel. Intenta distraerse echando mano a algún tema de conversación de los que solían animar las rutinas de mosca. Vuelve sin mucho énfasis a su queja habitual, y es que el juego sea ése y no otro más acorde con su condición. Un juego de tablas, por caso, donde fuera preciso desplegar alguna estrategia. Las damas ¿por qué no?, o el ajedrez, que los cruzados llevaban y traían por Europa y que la Iglesia se empeñaba en condenar, aunque él seguía sin entender el motivo, ya que reyes y obispos, como era evidente para todos, lo practicaban con mucho placer. El pisano trae a cuento el hecho de que también condenaba estos juegos el rey Luis, el canonizado flamante, el que les lavaba los pies a los pobres, y que era tanto el fastidio que profesaba por estas prácticas, que cierto día, enterado de que su hermano Charles, entonces conde de Anjou y Maine y luego rey de Sicilia y señor suyo —Rustichello levanta las cejas cuando menciona a su protector—, estaba jugando a las damas con Monseñor de Nemours mientras se oían aún los alaridos de los agonizantes de Mansura, cayó sobre ellos, cubrió de improperios a Monseñor y a su pariente, y arrojó al mar las piezas, el tablero y los denarios de la apuesta.
Carabó escucha la interesante historia y su única respuesta es un eructo. El pisano no se molesta, pues, en agregar que le habría gustado tener un juego de ésos, no tan valioso como el de un rey, uno más modesto, de madera y hueso, y que, de tenerlo, estaría dispuesto a aprender a jugar. El carcelero, está claro, no tiene aspiraciones más altas que la mosca. Rustichello se pregunta si la mosca será pecado mayor o menor que el ajedrez, también si el hedor de Carabó no superaría a ambos, al ajedrez y a la mosca, entre las cosas que el Demonio estima.
Sin embargo, por extraña ironía, en la memoria del pisano los pecados del carcelero no se asocian con un hedor sino con un perfume, un aroma cautivante que cierta vez se había abierto paso entre la mezcla de col, mula y sobaco agrio que lo precedía como la trompeta de un heraldo. Rustichello, lejos de considerar el perfume un gesto de cortesía para con el prójimo, lo vinculó con un asunto turbio, un crimen, algo que debía tomarse como una amenaza. El carcelero nada había dicho acerca del origen de su buen olor, pero el pisano no necesitaba ser Merlín para adivinarlo, sobre todo cuando más tarde un guardia advirtió que alguien había estado hurgando en una partida decomisada de esencias de Oriente, que faltaban ampollas, y que una yacía rota en el piso, seguramente por torpeza del ladrón. Desde aquel día el pisano no había dejado de observar la minuciosa rapiña con que el otro aligeraba el depósito de mercadería incautada, y también que cada mañana posterior al robo el carcelero aparecía transmutado y radiante, de modo que no era difícil suponer que los tesoros iban a parar a manos femeninas a cambio de favores que tampoco se necesitaba ser Merlín para imaginar.
Carabó se limpia las uñas en la paja del catre.
—Mosca.
Un ejemplar digno de una caballeriza real acaba de posarse en la moneda del carcelero, por lo que su contrincante ve desaparecer la propia entre los dedos grasientos. Carabó usa el aliento para hacer brillar la moneda conquistada, la empaña y la frota. Al escriba se le cruzan visiones de hombres con fauces de perro. Está visto que no va a poder concentrarse, las esferas músicas de Ptolomeo le cantan en el oído, pero desafinan.
La atención del pisano va a dar una y otra vez a un lugar, siempre el mismo, un surco profundo del que sale, y en el que enseguida vuelve a caer. En ese lugar cientos de aves de presa —son azores espléndidos, gerifaltes, halcones peregrinos y cernícalos como los que sobrevolaban el puerto— mutan fantásticamente hasta transformarse en gallinas negras con pelo que picotean el suelo. Son gallinas de Fugiú, que, aunque de una apariencia que contradice la de las aves, al menos se comen cocidas —de algo había logrado enterarse por fin el escriba—, no como en el reino de Yachi, uno de los siete que formaban la provincia de Karazán —¿o había dicho seis el veneciano?—, donde las gallinas eran en todo iguales a las nuestras, pero las gentes que habitaban el lugar, que eran idólatras y estaban sujetas al Gran Khan de los tártaros, las comían crudas, y entre ellos se disputaban el hígado palpitante mojado en salsa de ajo, aunque nadie supiera hasta hoy por qué hacían eso ni con qué gusto ya que hablaban una lengua que solamente ellos entendían.
Rustichello suma y mezcla. Un trueno y una gallina, hombres-perro, monedas, comedores de carne con salsa de ajo, encantadores, hígados palpitantes, princesas crudas —¿qué habría dicho su maestro de semejantes descarríos?—, y como si todo eso fuera poco: tártaros. Demasiado para su cabeza. El arcón no ha de cerrar ni aunque se siente sobre la tapa.
Con ese veneciano, piensa, le ha caído en la celda un pedazo formidable del mundo, para él, como para tantos otros, un misterio del que apenas entrevé fragmentos, hilachas, los hilos de vapor que libera un caldero tapado. Esa porción del mundo se agazapaba al acecho. No estaba en el cielo de Ptolomeo ni en su friso provenzal, estaba en la tierra, los límites se extendían hasta un mar en el que nadie que él conociera había navegado, no era territorio de paladines sino de hordas, los cartógrafos lo habían soñado solamente, los Papas habían imaginado que podían conquistarlo mandando frailes a lomo de mula y más de uno había vuelto aterrado, con las bragas sucias. Rustichello se estremece. Años atrás los señores de aquellas tierras habían abonado con la bosta de sus caballos la orilla del Adriático, y si ahora mismo los cristianos no los tenían dentro de sus casas, durmiendo con sus mujeres, era por una casualidad. De ese mundo Rustichello no tiene más que noticias escasas que le fueron llegando, algunas en Pisa, de muchacho, otras en Palermo y en Nápoles, y ya en sus años como preso en Génova, de boca de mercaderes, marinos, cruzados y aventureros de paso por la ciudad que contaban lo que otros a su vez les habían contado.
—Mosca.
El hocico de Carabó se abre en una sonrisa negra. Es una fauce, enorme. Las hordas desaparecen, la fauce se traga los escuadrones errantes, completos, los caballos, los jinetes y el polvo que levantan. No más tártaros. En su lugar se le aparece al pisano otra imagen casi tan espantable, que ahora viene a coronar la noche. Es Carabó, con esa misma sonrisa negra, la misma fauce que bien podría ser el pórtico del Infierno, otra noche ya lejana, entre tragos de vernaccia y monedas, y moscas que se posan o no sobre las monedas, y más vino, que se inclina sobre la mesa, acerca la cara a la suya y le suelta, junto con la vaharada, el nombre de la dama. Rustichello quedó pasmado al escuchar el de la señora absoluta de la Porta Soprana, mucho más que reina, la Papisa de las putas de Génova. Nunca un axioma, misterio, almagesto o carta celestial, ni un párrafo sobre cetrería, ni un cálculo sobre el comportamiento de las mareas, por crípticos que fueran, ni siquiera los dominicos, con su pensamiento denso e intrincado, habían sumido al pisano en tamaña perplejidad. Nunca algo había escapado a tal punto a su comprensión, lo había dejado tan inerme como la idea de semejante individuo sonriéndole a una bella —porque habría de ser bella—, y ella devolviéndole la sonrisa, por no hablar de otros intercambios que se le aparecían como aun más espeluznantes. Con el tiempo había llegado a reconocer cada sonido de los que hacía y no hacía Carabó en la secuencia de su pecado: la puerta de la madriguera al abrirse, el tintineo de las llaves, los pasos por el corredor que se perdían escalera abajo rumbo al depósito, el silencio de las horas transcurridas en la Porta Soprana, el chirrido oxidado de la puerta al regresar, los ronquidos de cerdo satisfecho hasta entrada la mañana. Había fantaseado incluso con que una noche, a escondidas, lo llevara a la fuente de su ventura, a su Jardín del Paraíso, y con obligarlo a compartir con él un pedazo de su pastel, pero era tarde para eso: el escriba ya no tenía dientes.
—Mosca.
La suerte favorece al escriba esta vez. Magro consuelo.
Un centinela traspone el umbral echando pestes. Está empapado. La tormenta arrastró el ancla de un barco de carga, informa, y el barco fue a dar con sus tablas contra las piedras del Molo, hay toneles flotando, al amanecer se verá. El centinela echa un trago, se ovilla y se duerme en la paja como un animal de pesebre. El sueño lo devuelve impiadosamente al lugar de donde vino, a su puesto de vigilancia, a la intemperie del puerto bajo la tormenta, y a la lluvia que sigue, siempre en sueños, calándole los huesos.
El viento que afina los barrotes también hace vacilar la llama de las velas y apaga una. Rustichello cabecea. Ha quedado atrapado entre la espléndida Papisa, la fauce cavernosa del carcelero y la lujuria con que persigue el vuelo de las moscas, que se le rinden amorosas. Echa de menos la incomodidad del jergón. Se pregunta si en algún otro lugar de la Tierra habrá un poder capaz de domeñar el comportamiento insensato del libeccio. El rolido del Palazzo no cede. El escriba espera poder dejar el cubil del carcelero antes del amanecer.