El último camino

Carmen Kurtz · Capítulo 1 de 14

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El último camino

Los ángeles se equivocan

Carmen Kurtz

El último camino

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TuDrep 19.12.14

Título original: El último camino

Carmen Kurtz, 1976

Ilustraciones: Salmer

Editor digital: TuDrep

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A CARMINA ROS

con mi cariño.

LOS ÁNGELES SE EQUIVOCAN

Salía a eso de las diez de la mañana.

Después de atravesar el pasaje, el jardincillo y subir las escaleras, sólo entonces, cuando estaba en la calle, se sentía seguro. En la casa también. No era la casa de antes, eso ni soñarlo. La de antes era una casa muy pequeña y estaba arruinada, pero él no se dio cuenta hasta que vinieron unos señores y le dijeron; «Momentáneamente búsquese un asilo, un albergue, la casa de unos parientes o amigos. Hemos comprado toda la manzana —los vecinos también vivían en casas pequeñas y arruinadas— y vamos a edificar un bloque de viviendas. Cuando esté terminado, usted tendrá un piso. Un piso con luz, agua corriente, cuarto de aseo…».

Él les dijo, lo mejor que supo, que le faltaba muy poco para morir y que deseaba hacerlo en aquella casa donde había nacido, donde murieron sus padres y donde vivió con su hermano.

Fueron muchos los años que vivieron juntos los dos hermanos. Simón era el más joven y ganaba buen jornal de alfarero. Él. Vicente, se usó más pronto frente a una caldera. Tenía el pecho seco y tosía mucho, como si los pulmones también se le hubieran secado a la proximidad del fuego. El vello era inexistente sobre aquel pecho; desapareció años atrás, antes que le asomaran las canas. Por el pecho desnudo y sin vello resbalaba el sudor, y el fuego lo tintaba con reflejos sangrientos cuando abría los cebaderos para echarle paladas de carbón.

De eso hacía muchos años.

Simón continuaba trabajando cuando a él le dieron el retiro. A veces iba a dar una vuelta, después de haber leído los anuncios del periódico. Si no fuera por la tos… Para un hombre joven había mil trabajos por hacer. Pero él era viejo. Con sus sesenta y pico de años estaba muy cascado y cuando tosía la gente se apartaba de él, creyendo, a lo mejor, que estaba enfermo.

En las Ramblas, cerca de las Golondrinas, conoció a Hilarión.

Vio un grupo de chiquillos y en medio de ellos un viejo, más viejo que él. Le vio sonriente. Soplaba dentro de un pito con plumas, vistoso y bonito. Tenía un buen manojo de ellos y, en la espalda, llevaba docenas de molinillos de colorines que rodaban al viento, y trompetas con flecos, y espantamoscas.

Se sentó en un banco y cuando la tarde empezó a caer, y el viejo de los pitos se dispuso a retirarse, Vicente le abordó. Estuvo dudando si hacerlo o dejarlo correr; le parecía que un antiguo fogonero nunca podría ser un buen vendedor de pitos. Le faltaba el buen humor de Hilarión; le faltaban seguramente muchos años de vida ambulante y al aire libre. Pero creyó que debía hacerlo, se acercó al viejo y le preguntó si, por casualidad, no le quedaría un pito.

—Para su nieto, ¿eh, abuelo? Pues no. Se me acabaron. Mañana le traeré. Ahora me voy a casa y… a trabajar.

—¿No quiere una copa conmigo?

—¡Hombre! Muy amable. Eso no se desprecia.

Así empezó la amistad con Hilarión.

Y de esa amistad el contarle sus penas e Hilarión a comprenderle. Cuando se terminaba la mercancía, los dos viejos iban a casa del vendedor de pitos y, poco a poco, Vicente empezó a saber recortar papeles, darles la vuelta, pegarlos a las cañas. Lo mismo con los pitos. Cortaba la muesca, soplaba y cuando oía el gorjeo del pájaro, guiñaba el ojo a Hilarión.

No fue tan sencillo. Hilarión no tenía mucha paciencia y si el papel se rasgaba, si la muesca no estaba en el justo nivel, o si los flecos salían demasiado finos o demasiado gruesos, Hilarión decía y juraba que le estaba echando por tierra el negocio y que para tal viaje no le hacían falta alforjas. Vicente escuchaba, humilde, ofreciendo pagarle los desperfectos. Entonces Hilarión rezongaba unos momentos y por último decía que era mejor dejarlo correr, y que se diera prisa, pues aún necesitaba diez molinillos más, y otras tantas trompetas para el día siguiente, que era de fiesta y por lo tanto de mucho gasto.

Ahora aquel tiempo le parecía muy lejano.

Fueron muy pocos los años, pero los recordaba con nostalgia. Tenía las ocupaciones de la casa por la mañana y luego todo el día para él. Hilarión vivía solo y se convirtió en su amigo. Por las tardes le gustaba acompañarle al puerto y verle rodeado de chiquillos, probando pitos y soplando dentro de las alas ahuecadas de los molinillos. Cuando se terminaba la mercancía, tomaban un café y copa en cualquier buchinche de las Ramblas y luego iban a casa de Hilarión. Era una sola habitación en donde el viejo elaboraba sus pitos, sus molinos, las trompetas y espantamoscas, además de su comida. De sus ropas se encargaba, de vez en cuando, la patrona que también era vieja y, a cada dos por tres, llamaba con los nudillos a la puerta de Hilarión diciéndole que no probara tanto los pitos, que ya le estaban mareando.

Luego murió Hilarión.

Una tarde le fue a esperar, como de costumbre, cerca de las Golondrinas y no le vio llegar. Sintió un frío muy grande por aquel pecho que no tenía vello y se encontró caminando hacia la habitación de su amigo. La patrona se secó un ojo con la punta del delantal, mientras le explicaba cómo lo había encontrado muerto.

Allí estaba, dormido como un santo y rodeado por los juguetes. Vicente tuvo un acceso de tos muy fuerte y la patrona le echó una mala mirada. Entonces él tuvo que contarle lo de la caldera. La patrona dijo que bueno, que así era la vida y que qué hacían con el cadáver de Hilarión. Vicente fue a dar parte de la muerte y la Casa de Caridad se encargó de todo.

Fue muy rápido. Hilarión no dejaba nada ni nadie. La patrona se quedó con los cuatro trastos del huésped, pues dijo que le dejaba a deber una semana y harto le costaría adecentar la habitación para alquilarla de nuevo. A Vicente le dio los pitos, las trompetas y los molinillos de viento.

Vicente se llevó cuanto le dieron. Cargó con el armazón de paja sobre su espalda, como Hilarión, y en las manos llevaba pitos y trompetas, pensando en el amigo y en las copas y cafés que ya no beberían juntos. A las dos manzanas, se le acercó una joven con un chiquillo y le pidió el precio de un pito.

Vicente se quedó sin habla, con la boca abierta y alelado. La joven debió de creer que era sordo y volvió a preguntarle «que a cuánto los pitos». Él, tomó un pito, se lo dio al niño y dijo que no costaban nada, que hoy los regalaba. Pensó que Hilarión estaría contento de hacer un regalo a los chiquillos, pero la mujer meneó la cabeza, tomó el pito y le puso dos pesetas en la mano diciéndole al marchar: «No beba, abuelo. Así no le cundirán los cuartos».

Después, sus piernas le llevaron hacia las Golondrinas y allí le rodearon los chiquillos, los hombres y las muchachas, y al atardecer ya no tenía ni un molinillo ni siquiera de recuerdo. Se volvió a casa más pronto que de costumbre, tanto que Simón le preguntó si estaba malo y él tuvo que contarle la verdad, esto es, que Hilarión había muerto y que ya no tenía amigo.

Aquello duró tres días.

Luego fue a la tienda de los papeles de colores y a la de las cañas. Compró plumas y cola de pegar y pensó que Hilarión estaría contento si alguien seguía allí, en aquel puesto, vendiendo pitos a los chiquillos de las Ramblas.

Aún fueron años buenos.

Simón aportaba su jornal y él se defendía con el suyo. Al hermano llegó a hacerle gracia lo de los pitos y hasta le echaba una mano para cortar cañas. Darle la vuelta a los papeles de colores ni hablar. Para eso se necesitaba todo un maestro como Hilarión y él ya estaba muy viejo, y sabía lo suficiente para él, pero nada le sobraba para dar lecciones a los otros.

Hasta que un día Simón vino malo y no supo lo que tenía, y llamaron al médico que puso una cara muy rara, y dijo que aquello, tanto podía pasarse como había venido como podía no pasarse. Simón todavía fue unos días sí y otros no al trabajo, pero las carnes se le iban de encima y los pantalones le quedaban huecos en el fondillo. Hasta que un día no pudo levantarse y él tampoco pudo ir a vender los molinillos. Hizo docenas y docenas de todos los juguetes, para cuando Simón se levantara y él pudiera ir a venderlos. Simón se reía y aún le quedaban fuerzas para soplar dentro de los pitos, y decía que iba a morirse pues lo notaba en las piernas.

—Pero ¿qué notas? —preguntaba Vicente.

—Como hormiguillas.

—¿Hormiguillas de qué?

—Miles de hormiguillas que me trepan cada vez más arriba. Cuando lleguen al vientre, me moriré.

Las hormiguillas se le pasaron a las manos y Simón ya no pudo llevarse la taza de caldo a la boca. El médico dijo que le faltaban muy pocos días y que era necesario tener paciencia. Dijo también que Simón era viejo y, aquélla, una ley natural. Vicente le contestó que él era más viejo que el hermano, pero el médico dijo que aquello nada tenía que ver. Vicente dijo que él estaba mucho más cascado, que la caldera le había dejado sin pelos en el pecho y con una tos que daba miedo. El médico meneó la cabeza y dijo que, de todos modos, aquello no tenía nada que ver. Simón se murió en cuanto las hormiguillas le pasaron a la garganta.

Entonces empezó Vicente su vida solitaria.

Tuvo miedo de que, en el puerto, alguien hubiera tomado su sitio, pero no fue así. Cuando volvió, las muchachas y los chiquillos le rodearon, se rieron, probaron los pitos y no le preguntaron ni por Hilarión ni por Simón. Las muchachas y los chicos le preguntaban el precio de las trompetas y de los espantamoscas, y la vida continuó para Vicente, en la casa de sus padres, en el barrio donde había nacido, entre viejos vecinos y viejas cosas que formaban parte de lo que fue.

Hasta el día aquél.

Aquel día habló más de lo que pudo hacerlo en los diez últimos años. Les dijo a aquellos señores que él estaba muy viejo, que le dejaran esperar un año, dos como máximo…

No quisieron escucharle. Que no se apurara, le decían. Él tendría un pisito con todos los adelantos. La casa ni siquiera tenía luz y si quería agua era menester sacarla del pozo. Eso le cansaba. Dentro de unos meses con dar vuelta a un grifo, de allí saldría agua; dar vuelta a un conmutador y tendría luz.

—Pero ya me habré muerto, señores.

No. Él no iba a morirse. Le pagarían una pensión en un albergue o le meterían provisionalmente en un asilo.

—Pues yo no quiero entrar en un asilo. Yo he trabajado toda mi vida para morir en casa, señores.

Pues una habitación. ¿No tenía parientes, amigos?

—Yo nunca he molestado a nadie, señores. Yo he trabajado toda la vida para no deber nunca un favor.

Le dieron unas pesetas y una dirección. Cada mes percibiría la misma cantidad mientras el pisito no estuviera disponible.

Los vecinos de las otras casas semejantes a la suya, después de lamentarse, parecieron ver las cosas del mejor modo posible. Oía sus gritos de un lado a otro de la acera.

—Y tendremos ducha.

—Y cocina de gas.

—La verdad es que se caían de viejas estas casuchas.

—Dicen que antes del año nos darán el pisito.

—Y los alquileres serán de quinientas para arriba, pero nosotros pagaremos menos.

—Anda, hija, en el fondo es una suerte.

Se dispersaron todos y Vicente tomó el único camino que sabía: la casa de Hilarión. La patrona le recordó en cuanto oyó aquel golpe de tos.

—¿Usted por aquí todavía, señor Vicente?

Quizá fuera indecoroso seguir viviendo mientras los otros morían. Pero el caso era ése y Vicente tuvo que contestar:

—Pues sí, señora Candelas. Yo por aquí aún.

La patrona se parapetaba tras la puerta entreabierta mientras él permanecía en el rellano de la escalera. Ni siquiera le dijo de entrar.

—Pues, ¿y qué le trae?

—Saludarla.

—Vamos, pase —dijo la vieja dándose cuenta de que debía dejarle entrar.

Le costaba abordar el tema y enmudeció, dándole vueltas a la boina que se había quitado y llevaba en la mano.

—No se quede en medio. Pase. Pase. Ya sabe, al comedor.

El comedor era una pieza tan pequeña como las otras, pero Candelas, la patrona, había metido en él, mesa, sillas y aparador. Costaba algún trabajo abrirse camino entre los muebles, demasiado grandes para la habitación.

—Siéntese, hombre.

Se sentó de media anqueta en el borde de una silla y, después de pensarlo mucho, decidió ir al grano.

—Pues verá, señora Candelas, la cosa es que yo venía a pedirle una habitación.

—¿Se ha quedado usted sin casa? —preguntó agresiva la mujer.

Entonces le contó y le dijo que sería por unos meses, que no conocía a nadie más que a ella, que no quería deber favores a nadie y que tenía dinero para alquilarle una habitación.

Fueron más de unos meses. A Vicente le parecieron siglos aquel año y medio pasado en un cuarto en donde cabía justo un colchón. Allí, encima de él, por las noches, seguía fabricando sus pitos, sus molinillos, sus trompetas y los espantamoscas. Envejeció diez años, se quedó lívido de piel y cuando le vinieron a avisar que ya podía ir a ocupar el piso, le pareció que salía de la cárcel.

No era su casa, ni mucho menos.

Pero a la salida de la pensión de la señora Candelas, todo se le antojaba un paraíso. El bloque de viviendas comportaba cuatro pisos por rellano y eran cinco las edificaciones, idénticas, altas, macizas. Un pasaje particular hacía, de aquel bloque, un nuevo barrio y en el centro del pasaje se remansaba un jardincillo en donde jugarían los chicos de los inquilinos.

Vicente pensó que hubiera preferido morir en su casa la de antes, pero que, de todos modos, aquello estaba muy bien y que la chiquillería del barrio podría jugar en el pasaje sin correr los riesgos de la calle.

Fue el primer inquilino y cuando abrió la puerta del piso con el llavín, que en nada se parecía a la llave de antes, encontró todo aquello algo insólito, que no iba con él. Él era demasiado viejo para un piso nuevo y sintió como si una mano le oprimiera el corazón, y cuando arregló sus cosas, sus pocos muebles pudo comprobar que tampoco cuadraban con el piso.

Entonces hizo la cama, se metió en ella y se sintió, por primera vez en la vida, atrozmente solo, con la humedad de las paredes aún frescas de pintura, y el olor de las maderas tiernas. Vicente, de cara a la pared, tapándose con la manta, lloró y se acordó de Simón, y de lo bien que lo pasaban por la noche, juntos, sin decirse nada, pero juntos hasta el día siguiente.

Las celdas se llenaron de repente, como en un maretazo. Llegaban las gentes por racimos y todo era subir muebles y ver caras nuevas y oír nuevas voces, y casi nuevas lenguas.

Se terminó la quietud del barrio en donde todos se conocían. Los antiguos vecinos estaban allí, escondidos en alguna parte, repartidos entre los bloques A, B, C, D, E, en algún piso sexto o séptimo, en alguna puerta que además de número llevaba iniciales.

El habla de los antiguos vecinos se extinguió para siempre y, ahora, resonaban voces con acento del sur. Voces que hablaban más alto que las de antes y le parecían casi extranjeras. Se oían canciones de mujeres y el ruido de la cacharrería mientras se preparaban las comidas. Hasta el olor de los guisos llegaba a él. Se oían las disputas entre los matrimonios y el llanto de los recién nacidos, y los gemidos de las mujeres que daban a luz. Y el otro ruido. El infernal ruido de los chiquillos que tampoco eran los del barrio de antes, y que jugaban en el pasaje o en el jardincillo central a cierta clase de juegos enteramente desconocidos para Vicente. Juegos violentos, apropiados para aquellos chiquillos de tez oscura y ojos negros.

Ya nadie sabía que él, Vicente, era un antiguo fogonero y por lo mismo estaba tan cascado, y tenía esa horrible tos, que no era de enfermedad sino el resultado de tantos años frente a un fuego. Cuando le entraba la tos, por las noches, los vecinos de arriba y los de los lados le llamaban en el techo o en las paredes diciendo: «No tosa, abuelo, que no deja dormir». Ya no sentían respeto por su tos, como antes los del barrio de casitas pequeñas; los que sabían que sus pulmones no estaban enfermos sino muy resecos y que aquél era el rastro de un trabajo de hombre muy duro.

No. Ya nadie sabía que él, Vicente, fue años atrás un gran fogonero. Lo bautizaron con el mote de «El viejo de los pitos» o «El viejo de la tos», como si toda la vida la hubiese pasado haciendo eso: pitos y toser.

Cuando salía por las mañanas —no antes de las diez, pues antes de esa hora era inútil salir de la casa—, lo hacía con un miedo terrible.

Llevaba los molinillos clavados en el armazón de paja, sobre la espalda y, atados al travesaño de madera, los espantamoscas, los pitos de canario, las trompetas y los espantasuegras. Iba lo más aprisa que sus viejas piernas le permitían. Los chiquillos jugaban al «superman» o a «bandas» y le amenazaban con supuestas metralletas, escondiéndose entre los arbustos del jardín y gritando a una: «tac-tac-tac-tac…». A veces los veía disfrazados con plumas en la cabeza y armados de flechas, mientras otros, con pantalones tejanos y empuñando pistolas de madera, dejaban sus personales querellas para unirse contra él.

—Ahí va el viejo de los pitos. Duro y a la cabeza.

Se daban nombres raros. Al más alto de todos le llamaban Búfalo y otros eran el Plancha, el Gallito, Porro, Pifas, Royo, el Buchi y así otros tantos. También alguna chica rodaba por allí y las más bravuconas superaban en malicia a los muchachos, o se le antojaba a él. Mocosas de doce años para abajo, desarrapadas y sucias. Finalmente el grupo de los pequeños, que harto trabajo tenía con protegerse de los mayores para protegerle a él. Se le antojaban críos de otra esencia que los conocidos. No eran así los que en las Ramblas se le acercaban para pedirle una trompeta, un molinillo o un pito de canario. Los chicos de las Ramblas eran chicos de siempre e iban de la mano de alguien que les enseñaba: «Dale las gracias, Juanín, o Carlitos, o Ricardo». No había entre ellos ningún Pifas, ningún Búfalo, ningún Royo.

Su verdadero hogar estaba allí, a la intemperie, en aquel rincón de la ciudad, junto al mar. Allí sentía el sosiego de las ramas de las palmeras mecidas al viento y el lejano sonido de las sirenas de los buques. Allí todos le conocían y si le contaban penas, él les contaba las suyas. El ruido de las Ramblas era un conjunto de sonidos sin asperezas: los autobuses, las ruedas de los turismos, las sirenas de los barcos y algún vendedor como él que pregonaba su mercancía: «Cacahuetes, cacahuetes y avellanas. Chicles y caramelos». El barquillero, el vendedor de helados, el de cupones de lotería y el fotógrafo callejero. Los ruidos de las Ramblas le procuraban el mismo sosiego que el silencio, le eran bien conocidos y podía asegurar que casi no había cambiado desde que él fue niño.

En el bloque de viviendas todo eran gritos y sonidos extraños. Y aquel acento. Aquella mezcla de acentos agudos, ásperos, antes desconocido en el barrio de las casitas. Los gritos de los chiquillos en el pasaje y en el jardín: «¡Búfalo, entrégate con tu banda o te matamos!». El ta, ta, ta, ta, ta, de las supuestas metralletas y los silbidos de unas balas más aterradoras que las verdaderas.

Se veía negro al probar los pitos y los trinos de sus canarios quedaban apagados por el cuchareteo de las vecinas, que se pasaban el día charlando por las ventanas del patio, explicándose recetas de cocina, chismes de barrio y lo que hubieran tenido que ser secretos de alcoba.

No era extraño que a eso de las diez de la mañana saliera de allí, con el ombligo más arrugado que nunca por miedo a que, algún día, le destrozaran la mercancía antes de llegar a la calle. Se hacía el sordo cuando oía gritar: «¡Eh, viejo! Que se te pierde un canario».

Advirtió que se estaba volviendo cascarrabias y hablaba a solas. Se le pegó el diapasón de las mujeres, que siempre parecían airadas por algo, y el de los chiquillos, que envolvían sus carcajadas con alguna palabrota parecida a las que él soltaba antes, cuando le caía una brasa encendida sobre la carne desnuda. Se volvió gruñón y hasta la portera, que siempre renegaba contra los chiquillos porque le ponían todo perdido, se pasó al bando de éstos contra él.

Cuando oyó llamar a su puerta aquella noche, tardó en levantarse. Nadie llamaba a su puerta a tal hora. Lamentó la ausencia de la mirilla y abrió despacio. Cuando tuvo como un dedo de vista se dio cuenta de que era uno de los chicos del barrio.

—¿Qué quieres? —preguntó.

El pequeño parecía quererle enseñar algo. Recordaba haberlo visto entre el grupo de los más jóvenes. Ignoraba su nombre, a qué madre pertenecía y en qué piso habitaba.

—Esta mañana —decía el pequeño intentando abrir la puerta—, esta mañana se le ha caído un canario.

Pensó que sería alguna treta. Las primeras veces cayó en la trampa y cuando le gritaban: «¡Viejo, que se te caen los molinillos!», se volvía y miraba al suelo, pronto a recuperar la mercancía. Esto le valió unas carcajadas que hubiese preferido no haber escuchado nunca.

—Bien está. Hala. Nada de bromas.

—Mírelo. Aquí lo tiene.

Entre las dos manos del chiquillo apareció el cuerpo del canario, con las plumas amarillas que le servían de cola. Abrió un poco más la puerta y el chiquillo se coló, más listo que una lagartija.

—Puedes quedártelo. No me hace falta.

El chiquillo aguzaba la vista en dirección a un sitio determinado.

—¿Qué miras?

—Nada.

—Pues anda. Largo. Tu madre debería meterte en cama a estas horas.

El chico no se movía.

—Pero ¿qué demonios quieres?

—Verlos.

—¿El qué?

—Todo. Los molinillos y los pitos. Todos juntos. Y los espantamoscas y las trompetas.

El chiquillo era pajizo de pelo, con una piel que podía ser morena o sucia. Tenía los ojos claros y le sonreía.

Dudó un instante. Quizá llevaba un petardo en el bolsillo o una bomba. No había que fiarse de esa cara de ángel sucio. Aquel niño pequeño crecería pronto y se llamaría dentro de dos o tres años Pifas, o Búfalo, o Porro.

—¿Cómo te llamas?

—Cuco.

—Pero eso no es un nombre —gritó exasperado—. ¿Es que no os bautizan ahora a los chicos?

—Sí, señor. Quiero decir que me llaman Cuco en mi casa. A mí me han bautizado y me llamo José.

—Pues es un nombre bastante más bonito que ese de Cuco. Bueno, de todos modos te llamaré Cuco. Lo de José, casi no te pega. ¿Qué querías?

—Verlos todos juntos.

—Hala, pues. Pero no tocar. Al tanto.

Le llevó de la mano a la habitación que él llamaba taller. Ya tenía preparada la mitad de la mercancía y la otra mitad la dejaba para después de la cena. El Cuco miraba con ojos muy abiertos y las manos en la espalda.

Vicente se sintió crecer. Era la primera vez que alguien —aunque ese alguien fuera un chico de seis años— entraba en ese cuarto. Después del hermano muerto, nadie se interesó por lo suyo. Ahora tenía una habitación exclusivamente destinada a su trabajo y él mismo instaló unos estantes en donde se amontonaban las cañas, los papeles de colorines, la cola, los pinceles… Era un verdadero taller y Vicente se sentía más artista que artesano. La rueda de paja, donde prendía las cañas de su mercancía, estaba a medio llenar y reposaba sobre una mesa.

Cuco se aproximó sin mover las manos de la espalda.

—¿Qué? ¿Te gusta?

El chico no abrió la boca pero afirmó con la cabeza. Se volvió luego hacia Vicente y le sonrió.

—Puedes coger uno. ¿Qué quieres? ¿Un pito?

El chiquillo negó con la cabeza.

—Pues elige lo que prefieras —dijo Vicente—. Un espantamoscas (en verano van muy bien) o una trompeta. Mira. El molinillo también es bonito y las ranas. ¿Has visto las ranas?

Le enseñaba una pequeña pieza metálica que, presionada entre los dedos, emitía un sonido parecido al croar de la rana.

—Toma una rana.

—No.

—Caray con el chico. ¿Pues no te gustan?

Asintió con la cabeza.

—Entonces. No voy a cobrarte nada. Te lo regalo —dijo Vicente.

—No es eso.

—Pues qué.

—Los grandes dicen que estas cosas hacen marica.

Vicente tenía una trompeta en la mano e iba a acercársela a los labios, y soplar para ver si tentaba al chico. Le amenazó violentamente con ella y le chilló:

—Conque marica, ¿eh? ¿Conque hace marica jugar con lo que han jugado todos los chicos? ¿Sabes tú lo que quiere decir eso de marica?

El Cuco se le quedó mirando y algo atemorizado repuso:

—Sí, señor. Marica es como decir gallina.

A Vicente no se le ocurrió sonreír.

—Pues ni gallina ni narices. Un pito es un pito y nada más que eso, lo mismo una trompeta o un espantamoscas. Si yo te dijera lo que me parecen esos grandullones del pasaje…

Se sentó y empezó a recortar flecos de colorines.

—Carne de presidio —murmuró por lo bajo—. Y de maricas, ya lo veremos.

El Cuco se le sentó al lado, en el suelo, y cuando le vio más apaciguado le preguntó:

—¿Puedo jugar aquí?

—¿Aquí? Aquí no hay chiquillos. Te aburrirás.

—Usted me prestará un pito o lo que quiera y yo jugaré mientras usted trabaja.

—No te atreves con los ganapanes del pasaje, ¿eh?

El Cuco movió otra vez la cabeza negativamente.

Fue como si una nueva etapa empezara en la ya vieja vida de Vicente.

Tenía prisas por llegar a casa. Se dirigía a la cocina, calentaba dos vasos de leche, les echaba un chorro de malta y desenvolvía el pastel o el bollo que compraba cada tarde para el Cuco. Entonces se ponía a escuchar. Trabajaba algo nerviosamente mientras aguzaba el oído, pronto a levantarse en cuanto oyera el timbrazo. Al timbre sucedía el ruido de los nudillos del Cuco, señal convenida entre ellos, y entonces le hacía entrar, le daba la merienda, que bien podía ser antecena por la hora, se sentaban en el taller y emprendían la tarea. El Cuco recortaba flecos y probaba los pitos. Se entretenía soplando dentro de todos los juguetes fabricados por el viejo y reían los dos. Las risas del chiquillo se mezclaban a veces con los cantos de las vecinas y los gritos de los grandes en el pasaje. Y no le molestaban aquellos ruidos. El Cuco y él hablaban de mil cosas y se reían lo suyo cuando algún canario salía ronco, y cuando a la rana le daba la gana de cantar. El Cuco aprendió también a sujetar los molinillos en el armazón de paja, que era redondo como una gran corona, y cuando estaba lleno de juguetes, parecía un gran canasto de flores agitándose al viento.

Así hasta aquel día.

El día en que el Cuco no vino. Las comadres estaban calladas y en el patio de las cocinas sólo se escuchaba el ruido de las cazuelas. Algo muy extraño le subió por las manos y recordó las hormiguillas de Simón. Se asomó a la ventana y pudo darse cuenta de que los chiquillos no jugaban. Sentados sobre el muro del pasaje, hablaban en voz queda.

Oyó el timbre y un júbilo miedoso asaltó su corazón. Sería el Cuco y se lo contaría todo. No. Era la portera. Venía a decirle que había ocurrido una desgracia, una gran desgracia y que los vecinos se unían para comprar una corona.

Centenares de hormiguillas invadieron el alma de Vicente, que no se atrevía a preguntar, a quien no le quedaba voz para preguntar. La portera aclaraba:

—Ha sido en casa de esos chicos, ya los conoce usted. El que llaman Pifas y el Cuco y la Maricola… La pelota se fue a la calle, el chico salió tras ella y en esto daba la vuelta el autobús. Quedó allí mismo, como…

Vicente pudo murmurar un nombre.

—El Cuco.

—No. No fue el Cuco. Fue el mayor. Ese que le llaman Pifas. Yo venía a decirle… Todos los vecinos han dado algo para la corona. Pensé que debía avisarle.

—Sí, claro.

Vicente asentía y sacaba unas pesetas del bolsillo, sin contarlas. Le alargaba un puñado de pesetas a la portera y le temblaban las manos, y quería estar solo por miedo a ponerse malo ante la mujer.

—Gracias, señor Vicente —dijo ella—. Los padres están como locos. Es todo cuanto puede hacerse.

Entonces, cuando la portera se hubo marchado, se sentó frente a la mesa, escondió la cara entre las manos y se echó a llorar. Sentía flojera en las piernas, como después de pasado un gran peligro, y lloró un momento sin saber demasiado el porqué. Cuando sonó el timbre por segunda vez se secó los ojos y se encaminó hacia la puerta. La abrió y allí estaba el Cuco, con la cara muy limpia o quizá algo más pálido que de costumbre. Le acompañaban el Porro, el Búfalo, Maricola y otro pequeño que nunca había visto.

—Veníamos… —dijo el Búfalo.

Le temblaba un poco la voz y las comisuras de los labios no le obedecían.

El Cuco prosiguió:

—Queremos regalarle una corona a Epifanio. Hemos recogido cien pesetas pero no sabemos si es bastante. ¿Cuánto nos costará una corona muy bonita, señor Vicente?

Él, nunca compró una corona de muertos. No cayó en el detalle y sus padres, e Hilarión, y hasta el mismo Simón, se fueron de este mundo sin una triste flor.

—Pues veréis. Yo creo que todo depende del tamaño. ¿Una corona como qué, queréis?

La rueda de paja a medio llenar, con sus molinillos y sus pitos, descansaba sobre la mesa del taller. El Búfalo la miró y dijo:

—Así, como ésta de grande.

Entonces el Cuco y Vicente se miraron y se comprendieron, pero Vicente no se atrevió a decir nada por si el Pifas se ofendiera y los otros le trataran de marica, por gustarles los molinillos de papel.

—Yo creo —dijo el Cuco— que no tendremos bastante dinero para una de flores. Y a Epifanio le gustaban los pitos de canario. Él, recogió el del primer día. ¿Se acuerda, señor Vicente? A él le gustaban, pero tenía miedo.

El Búfalo y el Porro no decían nada. Maricola se acercó a Vicente y le dijo:

—¿Por qué no le haces una corona muy bonita a mi hermano?

El Búfalo y el Porro dijeron entonces que con unas cintas y los nombres de todos parecería una verdadera corona de muertos y no se marchitaría tan pronto. Ellos irían a comprar las cintas. Y un poco de purpurina para los nombres de los chicos del pasaje.

Vicente se sentó y se puso a la tarea mientras el Cuco le ayudaba, y Maricola y el otro pequeño se sentaban en el suelo. Maricola decía que al Epifanio se lo llevarían al cielo en un coche blanco y que allí se estaría unos días hasta ponerse bueno, y luego volvería con el mismo coche.

Cuando el Búfalo y el Porro regresaron con la cinta de seda blanca, Vicente preparó la purpurina y se dispuso a pintar los nombres.

—¿Qué nombres ponemos? —dijo con el pincel en alto.

—Victoriano, Miguel, Eugenio, Jesús.

Vicente pensó que el Pifas, aquel Epifanio que descansaba para siempre de sus juegos, no reconocería a sus amigos. Mojó el pincel en la purpurina y fue escribiendo:

«En memoria de Pifas, sus amigos: El Búfalo, el Porro, el Gallito, el Plancha, Royo, Buchi, Cuco…». Seguían hasta dos docenas.

Por la tarde del día siguiente, fue el entierro.

Sobre el coche blanco, una caja no muy grande del mismo color. Y flores. Y una rueda muy grande, de paja, en donde Vicente prendió lo mejor de su mercancía.

Siguieron a pie hasta el camposanto y al volver a casa el viejo se sintió muy cansado. Aquel gran silencio era insoportable. Abrió la ventana que daba al pasaje y lo vio desierto. La volvió a cerrar y se sentó frente a la mesa de trabajo.

Hacía muchos años que no rezaba y aquella tarde, el cura dijo no recordaba qué cosas sobre la voluntad de Dios. La voluntad de Dios era que el pequeño Pifas muriera y él, el viejo Vicente, continuara en vida. De un tiempo a esa parte le daba por hablar en voz alta, a solas, buscando quizá compañía. Murmuró:

«Señor, que estoy muy cansado. No te olvides de mí. Tengo, hace años, los pulmones secos y sin embargo todos me toman la vez. Señor, si de nuevo envías tu ángel, mira que no se equivoque».

Se pasó el dorso de la mano por los ojos y sorbió la moqueta.

Cuando el Cuco llamó a su puerta lo encontró probando unos pitos. Se sentó a su lado y empezó a cortar flecos de colorines para los espantamoscas.