El último grito

Courtney Summers · Capítulo 5 de 6 · parte 1/6

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El último grito

Ahora

Este capítulo es largo, así que está dividido en 6 partes.

Hay un lobo en la puerta.

No lleva puesto su uniforme. Qué raro ver al sheriff sin su uniforme, pero «Esto no tiene que ser nada oficial, todavía. Solo he venido a hablar, de progenitor a progenitor».

La madre de la chica no sabe qué hacer, no ha sabido qué hacer desde que encontró a su hija en la ducha, bajo el chorro de agua, todavía borracha y llorando, contándole la verdad a los azulejos entre balbuceos. A la mañana siguiente, entre lágrimas, su madre le preguntó por ello.

«Romy, anoche dijiste algo. Necesito estar segura de lo que me contaste.»

La caja de una camioneta y un chico.

Un mensaje de móvil, más tarde, de su mejor amiga: «NO HICISTE NINGUNA ESTUPIDEZ, ¿VERDAD?».

La devastación anquilosa a su familia si la negación no les hace avanzar. Su padre desapareció, no pudo soportarlo, y ella se quedó en casa con su madre, intentando decidir qué debían hacer y cómo debían hacerlo. Se trata de una chica cualquiera y una familia cualquiera, pero el chico... Él es especial y su familia es especial.

Y, ahora, hay un lobo en la puerta.

Así que lo dejan entrar.

«Paul estuvo en el bar la otra noche y lanzó unas acusaciones bastante serias. Ya sabes cómo corren los rumores por aquí. Dijo que mi hijo violó a tu hija.» Y, entonces, mientras procesan este hecho, que su padre (que está arriba durmiendo la mona de anoche) se lo contara a todo el mundo antes de que ella supiera si eso era lo que quería, el sheriff dice: «Nadie se lo cree, por supuesto, pero eso no significa que pueda ir por ahí diciéndolo. Quiero saber por qué lo dice».

Dios mío, están tan nerviosas, tan angustiadas, tan necesitadas de consejos, cualquier indicación, que lo invitan a entrar, le ofrecen sentarse en la mesa de la cocina, dejan que la conversación empiece con café, con «un terrón o dos», y no hacen nada cuando él pasa a hablar de que ella lleva varios meses loquita por su hijo y «No puedes negar que te atraía».

No, no puede negarlo, es lo que le contesta su silencio. No puede negar que, durante meses, se imaginó las manos de su hijo sobre su cuerpo, en esa camioneta, en una cama, en cualquier lugar. Lo visualizó una y otra vez, salvo porque en su mente ella lo deseaba y tenía los ojos abiertos.

Odia su corazón, ese órgano insensato que tiene en el pecho.

¿Por qué no se lo advirtió?

«El viernes por la noche, en mi casa, estabas borracha. He hablado con mis hijos y también con Penny. Nadie más estaba bebiendo. Eres menor de edad. Podría multarte, si quisiera. Pero no lo haré.»

Porque solo ha venido a hablar, de progenitor a progenitor.

«Gracias», dice la madre de la chica, sin pensar.

Él añade: «Dicen que lo persigues. Que te pusiste ropa provocativa con la esperanza de llamar su atención. Minifalda, blusa corta». ¿Quién le ha dicho eso? Entonces se saca del bolsillo un trozo de papel y lo desdobla. «Háblame de lo que escribiste en este correo electrónico:

“Penny, lo deseo. Sueño con él.”»

Ver su e-mail en las manos del sheriff es como si le clavaran un millar de cuchillos. Solo podía haberlo sacado de un sitio. La traición es insoportable; la única chica que creía en ella, no la cree.

«¿Sabes lo que están diciendo? Que Paul le está contando a la gente que mi hijo violó a su hija para vengarse de Helen por despedirlo. Vale, puede que se acostaran y puede que ella estuviera bastante borracha en ese momento, pero ¿violación? No puedes llamarlo así.»

Entonces, ¿cómo lo llamas?

Él dice: «Nadie se lo cree. Les parece horrible. A mí me parece horrible».

Dice: «Espero que podamos aclarar esto antes de que os busquéis más problemas».

Dice: «Pero quiero entenderlo, Romy, así que cuéntame qué crees que pasó».

Y no es que ella le diga que no pasó, es que, cuando se lo pregunta, ella ya no habla con sus propias palabras. Pero eso es suficiente. Como siempre.

Cada vez que cierro los ojos, hay un recuerdo. Cada vez que los abro, sigo en el camino. Nunca saldré de este camino, al menos sola. Pero me acuerdo de que no estoy sola. Los pasos se detuvieron. Una sombra sobre mi cuerpo. Puede que sea alguien amable... pero me da demasiado miedo mirar.

—¿Estás despierta?

Tierra contra mis manos. El calor me debilita, mi mente lo combate, intenta decirme cosas importantes como «Este no es un lugar seguro» y «Márchate».

Pero no puedo marcharme si no sé cómo ponerme en pie.

—¿Estás despierta?

No sé a qué se refiere. No sé nada salvo esto, el aire... demasiado seco, los pequeños movimientos que hago... dolor... el sol... calor... el cielo... me marea. Por fin, levanto la vista con los ojos entornados hacia la cara situada encima de mí y me alivia descubrir que no es un lobo, sino una mujer, como yo.

Hasta que veo el uniforme.

—Romy Grey, ¿puedes oírme?

 

La ayudante del sheriff se agacha y coloca una botella de agua delante de mí. La botella se tambalea en el suelo, haciendo que el agua se agite contra los laterales de plástico antes de quedarse completamente inmóvil, tan inmóvil como... el lago.

—Oh —susurro. Es la primera palabra que pronuncio en todo este tiempo.

Intento reconocerla, a la ayudante. Al principio me resulta difícil concentrarme, pero, cuando lo consigo, veo ojos marrones, cabello rizado y pelirrojo, un puñado de pecas repartidas por una nariz puntiaguda. Leanne Howard. La hija de Morris Howard, que es profesor en el colegio de primaria. Tiene casi treinta años.

—¿Estás bien? —me pregunta, pero no creo que me lo preguntara si lo estuviera. La miro fijamente—. Tienes a mucha gente preocupada por ti, ¿sabes? ¿Cómo has llegado hasta aquí?

Demasiadas preguntas.

Quiero... ver a mi madre. Me llevo la mano al bolsillo en busca del móvil y solo encuentro el pintalabios. Mi teléfono ha desaparecido, pero anoche lo tenía. Estoy segura. Me miro y el corazón me da un vuelco al ver los botones mal abrochados, pero... un momento. Lo hice yo. Lo hice antes de que llegara el vehículo de Leanne, me acuerdo... Lo hice porque... tenía la blusa abierta. Y algo no está bien debajo... También me acuerdo de eso. Mi sujetador. Ahora lo noto: está desabrochado.

Oh.

—Oye —dice Leanne, mirando más allá de mí, por encima de mi hombro—. ¿Estás sola? ¿Cómo has llegado aquí? ¿Puedes decirme cómo has llegado aquí? —Mi mirada se desplaza desde los botones hasta mis piernas desnudas y raspadas, que tienen peor aspecto que cuando me caí en la pista de atletismo—. Romy, ¿cómo has llegado aquí?

—El lago —farfullo.

Los recuerdos me llegan a una velocidad mareante, a través de destellos. Penny. Me marcho de la cafetería, voy por la carretera en bicicleta. El sendero que conduce al lago... El sendero. Y mis pies recorriéndolo. Y la música, el monótono sonido de la música, retumbando, «pum, pum, pum». Aprieto los ojos, pero ese golpeteo, el martilleo en la cabeza, continúa. El lago. Allí. Estuve allí. Había luces y ojos sobre mi persona y, justo después de que el sendero me condujera al agua, veo... nada.

Busco más, pero no hay nada.

Estuve en el lago.

Pero ya no estoy allí.

—¿Estás herida?

Necesito ponerme en pie. Basta... basta de preguntas hasta que me ponga en pie.

Me llevo el brazo a la boca y toso en el hueco del codo antes de apretar las manos contra el suelo. Me pongo de rodillas y reprimo el impulso de sisear cuando las palmas en carne viva de mis manos tocan la tierra. Sí estoy herida. Pero hasta ahí deben llegar las lesiones.

—Tu madre nos llamó. Dijo que habías desaparecido.

Leanne me ofrece la mano, pero la ignoro. Me pongo en pie por mi cuenta y me mantengo erguida, aunque no me siento como si estuviera erguida.

—Mi madre...

—¿Estás sola? ¿Penny está contigo? —me pregunta. Niego con la cabeza, pero me arrepiento de inmediato. El mundo intenta derribarme. Leanne estira la mano hacia mí. Retrocedo un paso. Mi cuerpo no funciona como me hace falta, para acabar con esto—. Ven a sentarte en el todoterreno. Encenderé el aire acondicionado. Tengo que informar de esto y luego te llevaré al hospital, para que te examinen...

—No. —No pienso permitir que nadie me vea antes de hacerlo yo misma—. No...

Leanne intenta insistir: «Lo necesitas, Romy. Necesitas que te examinen».

Pero lo único que yo puedo decir es «No, no, no» y pronuncio esa palabra cada vez más fuerte cuanto más me obliga a repetirla y, por fin, alguien la oye salir de mi boca. La ayudante cede: «Vale, vale... Romy, te... He dicho que vale...».

Me agarra el brazo. Me quedo mirando su mano sobre mi piel. Me suelta. Coloco mi mano donde estuvo la suya, consciente de las partes de mi cuerpo que están cubiertas y las que no.

Necesito que los lugares que no están cubiertos... lo estén.

—¿Sabes dónde te encuentras? —Recoge la botella de agua del suelo y me la tiende—. Bebe. Lo necesitas.

Miro a mi alrededor, esperando reconocer este lugar, este sitio en el que acabé, pero el camino no me dice nada. Ocurre lo mismo con los árboles situados a cada lado.

—Esto es Taraldson Road. Estás a casi cincuenta kilómetros de Godwit...

—Grebe... —No. ¿Godwit?—. Pero...

—¿Sabes cómo has acabado aquí?

Godwit. Grebe. El lago Wake... ¿Me...? ¿Cómo...?

Tengo sed, tengo demasiada sed como para pensar. Cojo la botella de agua y Leanne parece aliviada de que al menos haga eso. Desenrosco el tapón y bebo despacio, a pequeños sorbos. Está tibia, pero me reanima un poco, lo suficiente como para repetirle que no voy a ir al hospital con una voz que casi me resulta convincente.

Ella se cruza de brazos.

—Entonces, si lo he entendido bien, ¿me estás diciendo que te desmayaste, no sabes cómo has acabado así, pero no crees que deberías ir a un hospital?

La pregunta cala hondo dentro de mí. «Acabado así.» Así. Mis pensamientos se convierten en buitres y esos buitres dan vueltas, una horrible posibilidad tras otra. ¿Qué me ha pasado? No puedo...

No puedo pensar en eso ahora mismo.

—Ya sabes cómo son las cosas en el lago. ¿Qué...? —Me obligo a soltar una carcajada, que suena muy forzada—. ¿Llevarme al hospital por una resaca? A Turner le encantaría.

La ayudante duda, lo suficiente como para darme cuenta de que he dado en el blanco. Novata.

—¿De verdad no tenéis nada mejor que hacer hoy? Te lo aseguro, Leanne. A tu jefe no le va a hacer ninguna gracia que malgastes tiempo en esto, ya lo sabes.

—Bueno, qué tal si se lo pregunto, ¿eh? Tengo que informar de esto.

Mientras se dirige al Explorer, siento que empiezo a recuperarme despacio, todo lo que me ha dicho hasta ahora regresa a mi mente por segunda vez.

—¿Qué pasa con Penny?

No me contesta, así que me quedo donde estoy mientras ella llama al sheriff Turner, para informar de mí. El sujetador se me mueve de una forma que no debería, arañándome la piel, y las partes estables de mi ser, las pocas reservas que me quedan, desaparecen. Me arden los ojos. Parpadeo. Leanne regresa un minuto después, con expresión vacilante.

—Voy a llevarte a casa. El sheriff se reunirá allí con nosotras...

—¿Por qué va a reunirse allí con nosotras?

—Vamos —me indica. Observo la botella de agua que tengo en la mano, pero no soy capaz de moverme hasta que añade—: Tu madre está muerta de preocupación, no la hagamos esperar más.

Oh, esa es la palabra mágica. «Madre.» Vale, no hagamos esperar más a mi madre. Leanne me permite sentarme en el asiento delantero. Luego, sube al todoterreno. El motor se enciende con un rugido y el vehículo se pone en movimiento. Leanne me indica que me ponga el cinturón de seguridad y obedezco. El cinturón me aprieta demasiado, no me deja respirar. Cierro los ojos.

—¿Sigues despierta? —Su voz suena nerviosa. Abro los ojos—. Di algo para que sepa que estás consciente o te llevaré al hospital. Me da igual lo que me hayan ordenado. —Hace una pausa y murmura—: Debería llevarte allí de todas formas.

Pero no lo hará. Todos se doblegan ante los Turner.

Gracias a Dios, solo por esta vez.

—Hace calor.

Mis ojos se dirigen hacia el reloj del salpicadero. Las once. Las once de la mañana. He perdido... demasiadas horas. Leanne estira la mano y enciende el aire acondicionado. Me inclino hacia delante y espero a que el aire frío me transforme en hielo, pero no siento nada salvo calor y la sensación de estar atrapada entre el camino en el que acabé y Grebe, que nos aguarda todavía a varios kilómetros. Tiro de mi cinturón, intentando averiguar qué quiere mi cuerpo. Quiere salir de este todoterreno, pero es demasiado tarde para eso. Estiro las piernas y aprieto los pies contra el suelo. Necesito estar en casa. Tengo que ir a casa. Necesito verme.

Mis dientes se hunden en un corte que tengo en el labio y que no sé cómo llegó ahí. Me siento como si... tuviera resaca, pero... peor. Porque no recuerdo haber bebido, pero... Apoyo las manos en el regazo, con las palmas hacia arriba. Los arañazos me hacen acordarme de cuando era niña: iba corriendo por la calle, me pisé los cordones, me deslicé por la acera y mi padre... estaba allí.

Me miro las piernas. El espacio entre ellas.

No puedo verme.

Tengo la cabeza apoyada contra la ventanilla, pero el espejo lateral del todoterreno está tan sucio que no refleja ni rastro de mí. Necesito verme.

El Explorer del sheriff está aparcado delante de la casa.

Todd y mamá aguardan en los escalones. Turner permanece cerca, pero no demasiado. ¿No acabamos de hacer esto? No, en realidad no. Lo que entonces creí que era algo malo no es nada comparado con esto. Mamá se lleva la mano a la boca al verme. Lleva la misma ropa que ayer y, de la noche a la mañana, le queda demasiado grande. Todd también lleva la misma camisa y los mismos vaqueros que cuando me despedí de él, antes de ir a la cafetería.

Ellos verán mi aspecto antes que yo, sea cual sea. Seré la última en saberlo.

Abro la puerta y salgo despacio. Mis piernas parecen estar hechas de goma, como si no hubieran caminado lo suficiente o hubieran caminado demasiado. Avanzo contando los pasos, intentando garantizar que el suelo está ahí. Paso de la acera al camino de acceso, pisando las enredaderas.

Estoy en casa.

Mi madre se me acerca a toda prisa, captando todo lo que no puedo ocultar. Me toca la cara y desliza los dedos con suavidad por mi mejilla, antes de abrazarme. No asimilo del todo la importancia de esta reunión porque yo ni siquiera era consciente de haber desaparecido. Turner me recorre con la mirada y lo que ve, sea lo que sea, le hace fruncir el ceño. Dirige su atención más allá de nosotras.

—¿Dónde dices que la encontraste?

—En Taraldson Road —contesta Leanne.

—Vale, Howard. Gracias. Ya me encargo yo.

El sonido de la voz del sheriff es horrible, más horrible que nunca. Me dan ganas de vomitar. Mamá me susurra al oído: «Vamos dentro, cielo, venga», así que debo tener mala pinta. Debo tener un aspecto preocupante. Mis piernas ansían huir, encontrar un lugar en el que pueda lidiar con esto por mi cuenta. Mientras subo los escalones, Todd se me acerca. Me aprieta el brazo con la mano. Ahora mismo no puedo hacerle frente al alivio que sienten. Necesito verme.

Cuando entramos, Leanne ya se ha marchado. Me dirijo a la escalera, estiro la mano hacia la barandilla y la aferro con fuerza. Acabo de subir el primer peldaño, justo cuando mi madre dice:

—¿Dónde vas, Romy?

—Tengo que... —Puedo ver la puerta del baño desde aquí. Solo necesito encontrarme detrás de una puerta cerrada, para poder verme—. Tengo que... —Vuelvo la mirada hacia ellos y descubro que los tres me están mirando como si no me reconocieran. No puedo explicarles lo que necesito—. No me siento bien.

—Vale. —Mamá se acerca y apoya su mano sobre la mía. Su piel desprende calor, al igual que la mía—. Pero tienes que hablar primero con el sheriff. —Niego con la cabeza—. Romy, tienes que hacerlo. Estoy segura de que no tardará mucho y luego podrás irte a la cama... ¿Verdad, Levi?

—Ya veremos.

—Por favor —susurro. Mi madre se estremece. Esta situación le duele. Le duele porque no puede concedérmelo y yo nunca le pido nada—. ¿No puede esperar hasta mañana o...?

—No —contesta el sheriff Turner—. Esto es importante.

—Lo siento —susurra mamá mientras me aparta de la escalera.

No hay elección. No me queda elección. Me guía hacia la cocina y me hace sentar a la mesa. Apoyo la cabeza en las manos mientras ellos hablan de café: café y «No, gracias, Alice». Toda esta cortesía superficial me da ganas de destrozar... todo. No quiero hacer esto. Quiero verme.

—¿Qué pinta él aquí? —pregunto.

Solo recibo silencio a modo de respuesta y el silencio me hace ser demasiado consciente de mi cuerpo. Puedo notar cómo mi mente intenta evaluar las heridas que no puedo ver, si ciertos lugares están... si los... si...

—Tengo que hacerte algunas preguntas, Romy. Luego me iré.

El sheriff aparta de la mesa la silla situada enfrente de mí. Se sienta. No lo miro.

—¿Estás herida? —me pregunta. Niego con la cabeza porque él es la última persona a la que le contaría algo así ahora. Y funciona porque no quiere tener que preocuparse por si he resultado herida. Efectivamente, añade—: Así que solo estás un poco maltrecha y tienes mucha resaca. ¿Cómo acabaste en Taraldson Road?

No digo nada, no se me ocurre absolutamente nada que decir. Siento el impulso de mentir, pero tengo tantas lagunas de memoria que no puedo hacerlo. Y no sé cuál es la verdad. El sheriff carraspea.

—Alice.

—Romy —dice mi madre.

Clavo la mirada en la mesa.

—No me acuerdo.

—¿Recuerdas si estabas con alguien?

—No.

—¿Qué es lo último que recuerdas?

—Estar en el lago.

Me vienen de nuevo a la mente el sendero, las luces. Cuerpos en el lago. El recuerdo se disuelve despacio, no llega a abarcar una noche completa...

—¿Te fuiste del trabajo en mitad de tu turno sin decírselo a nadie para ir al lago Wake?

—Holly dijo que saliste corriendo —añade mamá—. Dijo que parecías alterada.

Van a enterarse de esto en Swan’s. Claro que sí. Mamá los habría llamado primero para preguntar dónde me había metido. Tengo que convertir esto en algo que pueda explicar en la cafetería.

Tengo que convertir esto en algo menos horrible.

—Tuve una clienta desagradable. Salí a calmarme y luego seguí alejándome.

—Te alejaste mucho.

—Era la mayor fiesta del año —contesto. No suena convincente.

—Así que te quedaste en la fiesta y decidiste emborracharte —afirma el sheriff. Me echo hacia atrás porque no sé cómo puede saber eso si ni yo misma lo sé. Mamá y Todd no parecen sorprendidos, así que... ellos también lo sabían—. Tenemos varios testigos que dicen haberte visto en el lago Wake, que estabas muy borracha...

—¿De qué va todo esto? —pregunto, porque no quiero escucharlo. Me da igual que lo sepan, pero no quiero estar en esta habitación con ellos, oyendo eso—. No lo entiendo...

—Penny tampoco regresó a casa anoche —me explica mi madre.

Me recuesto en la silla, asimilando esa información, aunque no sé cómo se supone que uno asimila algo así. No sé cómo tomármelo. Trago saliva y me llevo una mano a la boca.

—¿No regresó?

—La mañana después de la mayor fiesta del año siempre hay un caos enorme. Los adolescentes se emborrachan, vagan por ahí, regresan y yo tengo que diferenciar las emergencias reales del resto. —Turner no se molesta en disimular el tono despectivo—. Siento decírtelo, pero Jack Phelps tiene el récord. Llegó hasta Godwit como una cuba en su fiesta del lago.

—Por el amor de Dios, Levi —protesta Todd—. Sí, seguro que Romy quería romper el récord. ¿Deberíamos hablar de lo que hiciste tú en tu fiesta del lago?

—Bartlett, no hace falta...

—No, no haría falta si hicieras tu maldito trabajo. Ni siquiera empezaste a buscarla hasta que los Young te llamaron esta mañana por lo de Penny, y entonces no te quedó más remedio. Yo estuve toda la noche ahí fuera haciendo tu puto trabajo...

—Y, aun así, una de mis agentes la trajo a casa —le espeta Turner, cuya cara va pasando por todos los tonos de rojo que existen. Todd resopla y, durante un segundo, me da la sensación de que piensa marcharse, pero se queda. El sheriff se vuelve hacia mí—. Las cosas funcionan de este modo. Se informó de la desaparición de dos chicas la misma noche. Una sigue sin aparecer. Quiero averiguar si hay alguna conexión para así poder reducir el área de búsqueda, ¿entendido? ¿Hay alguna posibilidad de que Penny estuviera contigo en algún momento o puedes decirnos algo que nos sirva de ayuda?

Pienso en Penny, sentada en la mesa de la cafetería.

En lo que me dijo.

Si dices algo en contra de un Turner, más te vale no necesitar nunca ayuda en este pueblo.

—¿Dónde la vieron por última vez? ¿Fue conmigo?

—En el lago —me informa Turner—. Pero no estaba contigo, por lo que sabemos hasta ahora.

Después de que fuera a verme.

—En el lago —repito.

Después.

Así que no tengo que contarles lo que pasó antes.

—No me acuerdo de nada, pero dudo que estuviera conmigo. No somos amigas.

—Si te acuerdas, debes decírmelo —insiste Turner—. Pero, por ahora, parece que te emborrachaste, le diste un susto de muerte a tu madre y mantuviste a buena parte de mi departamento ocupado toda la mañana.

—Pues sí, eso es lo que parece —digo. Se me revuelve el estómago. Trago saliva con fuerza—. ¿Puedo irme ya?

—Voy a hacerte un favor, Romy, porque se nota que necesitas dormir la mona. Lo dejaré aquí por ahora, pero aun así necesito que vengas mañana a la comisaría a repasar todo esto con nosotros, si sigue desaparecida. —Se aparta de la mesa, haciendo chirriar la silla. Se pone en pie despacio, como si la funda del arma le pesara demasiado. Turner conoce a Penny desde que era una niña—. Y es una estupidez enorme acabar tan borracha como dice la gente que estabas. Si alguna vez te veo así, te multaré.

—Ya sabes dónde está la salida, Levi —dice Todd.

Se hace el silencio mientras esperamos a que el sheriff recorra el pasillo, hasta que la puerta mosquitera se cierra de golpe indicando que se ha marchado. Me tiro de la falda, por debajo de la mesa.

Necesito verlo.

—Romy —dice mi madre y me detengo.

Recuerda.

 

Mantengo la cabeza baja, dejo vagar la mirada, dejo que recorra las baldosas del suelo y las paredes, hasta llegar a mis manos, los nudillos blancos que aferran el borde de la encimera del lavabo, el propio lavabo, el agua que gotea despacio de la fuga del grifo. Presiono los dedos contra la abertura y detengo las gotas. Oigo cada respiración que pasa a través de mis labios y, vagamente, más allá de eso, a mamá en mi habitación.

Mi cuerpo les habla a las horas que he perdido, pero no entiendo qué dice. Necesito recordar lo que pasó anoche, eso es todo. Una sola noche. «Recuerda.» Permíteme recordar. Está ahí, dentro de mí, y solo tengo que recordarlo. Aprieto los dientes y cierro los ojos.

Levanto la cabeza y los vuelvo a abrir.

Tengo el labio inferior hinchado, grueso y agrietado, me produce un dolor sordo. Hay un moretón en mi mejilla derecha. No, la tierra del camino. Tiene que ser tierra. Tengo tierra en la cara. Abro el grifo y coloco las manos bajo el frío chorro de agua, aliviando la piel dolorida. Me humedezco la mejilla y froto. Duele, pero no se borra.

Un moretón.

Mi mano desciende despacio desde mi cara hacia el cuello de la blusa. Tiro de la prenda, pero es tan difícil, todo esto es tan difícil, que cierro los ojos de nuevo. Noto la presión extraña del sujetador a mi alrededor, aunque está suelto. Borracha. Dijeron que estaba borracha. Quiero tener ese recuerdo, quiero el recuerdo de esa chica tan... tan estúpida. Yo, bebiendo. ¿Con qué rapidez pasó esta vez?

Estúpida.

Me faltan dos botones.

Los dos últimos.

No. No, no...

Toqueteo con los dedos el espacio vacío hasta que tengo que aceptar que no están. Me faltan dos botones de la blusa y tengo el sujetador desabrochado.

Bajo las manos y luego me desabrocho el resto de la blusa despacio. Cuando queda entreabierta, veo una mancha de color rojo oscuro en mi vientre. ¿Sangre? ¿Es...? Mis dedos se vuelven frenéticos, se ocupan con rapidez de los botones restantes, y aparto la blusa y el sujetador para poder ver.

Mi mano temblorosa se dirige hacia mi vientre, se queda suspendida en el aire sobre la mancha roja sobre mi piel, la palabra roja sobre mi piel. No es sangre, no es sangre seca. No es esa clase de rojo. Presiono una de las letras con el dedo y luego aparto la mano de golpe, como si me hubiera quemado. Me reviso los bolsillos con torpeza hasta que encuentro el tubo negro. Lo destapo bruscamente y giro la parte inferior hasta que aparece el pintalabios, con la punta aplanada y destrozada. Lo dejo caer en el lavabo y retrocedo a trompicones hasta que la parte posterior de mis piernas choca contra el borde de la bañera. Mi reflejo sigue en el espejo. El rojo sobre mi cuerpo... Letras. Letras sobre mi piel, al revés en el espejo, transformándose en esto...

 

VIÓLAME

 

Me llevo los dedos al vientre y los clavo en la piel hasta que siento rojo bajo mis uñas rojas, rojo, mi rojo, yo, hasta que lo que siento es algo que está fuera de mí, hasta que es algo que me he hecho yo misma. Me aparto del lavabo y hundo las manos en mi pelo. La habitación parece inclinarse mientras intento tranquilizarme. Me levanto la falda, apretando la fina tela, y me muerdo el labio hasta que noto el sabor de la sangre, pero tengo la garganta demasiado tensa como para tragar, así que la sangre se asienta en mi lengua, pesada y cobriza. Tengo las mejillas húmedas. Suelto la falda y me limpio la cara. No quiero hacer esto. No quiero hacerlo.

Llaman a la puerta.

—¿Romy?

Realizo una inspiración entrecortada y me levanto la falda hasta que veo las bragas rosas. No quiero hacer esto. Me las bajo. Despacio. Están limpias.

Trago la sangre que tengo en la boca.

—¿Romy?

Deslizo las manos entre mis piernas y con facilidad encuentro con los dedos el hilo del tampón. Casi se me doblan las piernas al comprobar que sigue ahí... Sigue ahí. Clavo la mirada en la luz del techo hasta que es lo único que veo y luego aparto la vista hasta que el mundo se vuelve negro.

—Me voy a duchar —digo.

—Avísame si necesitas algo.

—Vale.

Me saco el tampón usado y me deshago de él. Aturdida, me desprendo del sujetador y lo dejo caer al suelo junto a las bragas.

Lo único que queda es la palabra en mi vientre.

Me giro hacia la bañera. Forcejeo con el grifo, intentando hacer que el agua esté lo bastante caliente. Entro y me agacho despacio hasta quedar sentada. Cojo el jabón y me restriego el vientre con fuerza hasta que la espuma se vuelve rosada, hasta que el rosado se vuelve blanco, hasta que desaparece.

Estoy sentada en mi cama, con la cabeza apoyada contra la ventana. La luz es tenue en el exterior y se va atenuando cada vez más. El sol es apenas un fragmento rosado en el horizonte. Sigue siendo el mismo día. Todavía no ha acabado conmigo.

 

En la mesita de noche hay una botella de agua medio vacía. Mamá quiso llevarme a nuestro médico de cabecera, por lo menos, pero me negué tajantemente, le dije que habíamos visto resacas peores, ¿o ya se había olvidado? Después de eso, me cubrió las piernas con la manta y me dijo que durmiera. Me dormí y me desperté y, cuando lo hice, en lo único que podía pensar era «Despierta». Pero esto es ahora.

La puerta de mi habitación se abre.

Mamá entra sigilosamente, vacila al verme despierta.

—¿Penny ha regresado ya a su casa? —le pregunto.

—No he oído nada.

Noto en las entrañas una rara mezcla de conmoción y anhelo. La cabeza me dice que todavía odio a Penny, pero mi cuerpo debe haber querido una respuesta diferente.

Mamá se sienta en mi cama, se echa hacia atrás hasta que puede rodearme con el brazo y me abraza. Apoya la cabeza contra mi coronilla. Escucho los latidos de su corazón y pienso en Penny, en si sigue ahí fuera o si terminó como yo, si está por ahí en algún camino, esperando que la encuentren. No tiene sentido. Penny no es una chica perdida.

—¿Sabes cuál es la peor parte de ser padre? —me pregunta un minuto después—. Es no ser capaz de...

No termina. No hace falta. Ya me lo ha dicho antes. Se trata de esto: no ser capaz de proteger a tu hijo de «las cosas malas». Mantenerte al margen, impotente, mientras sufre y no poder hacer una mierda al respecto. Pero así es la vida y hay que aceptarlo. Solo hay una cosa que pueda cambiarlo.

—No sé qué haría si estuviera en el lugar de los Young. Desapareciste, Romy. Me volví loca. Ni siquiera puedo explicarte lo que sentí al tener que quedarme aquí sentada sin saber dónde estabas ni si estabas bien...

—Lo siento.

—Pensé que... te habías hartado de todo. Y luego pensé: entiendo que lo hiciera. Lo entiendo perfectamente. ¿Por qué no iba a hacerlo? Yo podría haber hecho las cosas mucho mejor.

—No empieces con eso otra vez —susurro.

Pero, en cuanto empieza, no puede parar.

—Sigo intentando justificarlo. Es mejor tener dos padres, aunque uno... no sea gran cosa. Y tú le hiciste frente a todo. Simplemente lo aceptaste. Es tan injusto.

—No es tan simple.

No podría haberlo sido. Fue complicado. Todos éramos muy complicados, porque de lo contrario...

En ese caso, habría sido mucho más fácil.

—Tal vez —contesta mamá—. Pero no debería haber sido así. Y ahora cargas con todo y no me pides ayuda, ni siquiera cuando apenas puedes soportarlo. Me asustas, Romy. Coges el coche y te largas. Te emborrachas en el lago Wake y te encuentran en un camino y no recuerdas nada de lo que pasó.

Por su bien, debería describir una fiesta, una multitud, música, estrellas en el cielo, una chica bailando en medio de todo eso, aceptada. Puede que esté borracha, pero puede que en esta versión... la gente la cuide. Salvo que ni siquiera mi madre se lo tragaría. No en mi caso, no en este pueblo.

—Romy. —Por su forma de pronunciar mi nombre, sé qué pregunta viene a continuación y quiero marcharme de aquí antes de que la plantee—. Si te pasó algo, cuéntamelo, por favor.

—No sé a qué te refieres.

—Estuviste mucho tiempo en el baño.

—No... —Me obligo a decirlo—. No lo conviertas en algo que no es.

—Pero ¿me lo contarías? ¿Me lo contarías si... te hubiera pasado algo? ¿Si, al despertar en ese camino, algo no fuera bien? Porque yo te ayudaría... Te...

No. Asiento con la cabeza y me retuerzo para apartarme de ella, porque puedo sentirlo, la culpa con la que carga, y no quiero seguir sintiéndola. No quiero sentir nada.

—¿De verdad no sabes cómo acabaste en ese camino? ¿Penny no estaba contigo?

—No me hagas volver a repetirlo.

—Tenemos que llevarte a ver al sheriff mañana. Vas a tener que repetirlo entonces... a menos que recuerdes algo. Puede que recuerdes algo.

—Puede —contesto.

Leanne Howard llama cuando estoy dormida y le dice a mi madre que han recibido nueva información que descarta una conexión entre Penny y yo, pero que no se le permitía decir de qué se trataba. Quiero saber de qué se trataba. Quiero saber por qué una chica regresó y otra no. Todd dice que Grebe está destrozado por la desaparición de Penny y, cuando miro por la ventana, nuestra calle está más tranquila de lo normal. Todos se han quedado en sus casas, sin salir, mudos por la conmoción.

—Han montado una búsqueda del copón —nos cuenta Todd—. Esta mañana, me encontré con Dan Conway en la farmacia y me dijo que están cubriendo tierra y aire... con la ayuda de un helicóptero. También había unos cuantos periodistas y cámaras de televisión dando vueltas por el lago. Se suponía que Penny debía ir a Ibis, a casa de su madre, pero nunca llegó allí.

Tiro de unos hilos sueltos del sofá e intento visualizarlo. Penny de camino a casa de su madre en la oscuridad, y yo, dirigiéndome en la dirección contraria bajo el mismo cielo.

Espero que siga desaparecida el lunes.

Otro de esos pensamientos en mi mente, que aparece con tanta facilidad que debe provenir directamente de mi corazón como «Te odio» y «Espero que no sea una niña». Espero que siga desaparecida. ¿Quién piensa algo así? No es que no quiera que la encuentren, pero quiero que mi momento expire primero. Quiero que todos estén tan distraídos al principio de la semana que nadie piense en mí, en lo que hice en el lago, fuera lo que fuera, porque no quiero enterarme por ellos. Nunca.

Pero, si es malo, me enteraré por ellos de todas formas.

—No tengo ni idea de cómo se entera Dan de todas estas cosas — comenta mamá desde la cocina.

Me pregunto si Dan Conway habrá oído algo sobre mí.

—¿No te lo dije? Su hijo, Joe, trabaja ahora en la oficina del sheriff —le explica Todd—. Por lo visto, solo prepara café, pero le pagan bien por ello.

—¿Joe Conway? ¿Le permiten trabajar ahí?

—Venga, vamos. Los Turner siempre cuidan de sus aduladores —añade Todd—. Por muy idiotas que sean.

Todd hace una mueca al sentarse en el sillón reclinable situado frente a mí. Le duele mucho la espalda, aunque no dice que es por todo el tiempo que pasó en el coche, buscando a una chica que ni siquiera es su hija. Debería pedirle perdón, pero no soy capaz de hacerlo. En cambio, le pregunto si necesita algo.

—No. ¿Cómo te sientes?

—Estoy bien.

Me dirige una mirada escéptica.

—Erais buenas amigas.

—Éramos —recalco.

Pero no lo miro a la cara cuando lo digo. Meto la mano en el bolsillo en busca del móvil, por costumbre, simplemente para ponerme a apretar teclas, para conseguir tal vez que Todd deje de mirarme, pero entonces recuerdo que no está. Ha desaparecido.

Me invade la rabia, más rabia de la que merece un móvil perdido, teniendo en cuenta todo lo demás que ha ocurrido este fin de semana. Pero aun así... Me hace desear ir a algún sitio y destrozar algo con mis propias manos.

—Romy, ¿abres la puerta?

—¿Qué?

—Ha venido alguien.

Le echo un vistazo a Todd, que sigue observándome. Me levanto del sofá y recorro el pasillo, dejando atrás la cocina. Noto una opresión en el pecho al ver el Pontiac a través de la puerta mosquitera.

Me giro y mamá está allí, con cara de culpabilidad.

—Cuando no regresaste a casa, llamamos primero a Swan’s. Todd conoció a Leon. Él también salió a buscarte. Seguía buscando cuando lo llamé para decirle que te habíamos encontrado. Lo invité a almorzar hoy. Espero que no te importe.

—¿Por qué no me lo dijiste?

—Porque, si hay un chico —contesta, apartando la mirada—, quiero conocerlo.

Abro la boca y luego la cierro. Me siento fatal, por dentro y por fuera.

Me giro hacia la puerta. Leon ha salido del Pontiac y está apoyado contra él, observando la casa con incertidumbre. No... a mí. Puede verme a través de la malla y me pregunto qué aspecto tendré desde ahí. La figura en sombras de una chica con una camiseta holgada que le llega más abajo que los shorts que lleva.

Me paso las manos por el pelo y luego cruzo la puerta. Me reúno con él en el camino de acceso y lo veo observarme. La forma en la que sus ojos recorren mis piernas arañadas y pasan sobre mi vientre. Cruzo los brazos, como si él pudiera ver a través de mi camiseta, ver algún rastro de lo que estaba escrito ahí. Frunce el ceño. Me roza la mejilla con la mano y su forma de mirarme me hace sentir incómoda, al igual que su caricia. Es como cuando eres pequeño y empiezas a toquetear los grifos, haciendo que el agua salga lo más caliente o lo más fría posible, y mantienes las manos debajo del chorro todo lo que puedes soportar. No sé cuál de los dos aguanta más que el otro.

Leon baja la mano.

—Holly me contó que tuviste una clienta desagradable y te disgustaste. Creyó que habías salido al aparcamiento a calmarte. Era la hora del descanso, pero supuse que querrías estar sola. No nos dimos cuenta de que te habías ido hasta un rato después. Te llamé, pero no lo cogiste.

—Perdí el móvil.

—Y luego llamó tu madre y después vino Todd...

—¿Quieres entrar? —le pregunto rápidamente, mientras un coche dobla la esquina. Podría ser cualquiera, pero es probable que se trate de alguien que me conoce. Bienvenido a Grebe, Leon. No. No deben conocerte nunca por aquí—. Deberíamos entrar.

—Pero...

—Entremos. —Le agarro la mano—. Mi madre quiere verte.

—Romy...

—Ya lo sé, Leon.

Lo llevo adentro, notando su confusión, pero no le ofrezco nada más para aliviarla. Todd se ha levantado y está poniendo la mesa. Mamá deja de cortar verduras y le dedica a Leon una sonrisa cálida, aunque comedida, como si le hubieran presentado a alguien agradable en un funeral.

—Leon. —Se limpia las manos en un paño y luego le agarra el brazo—. Ya no eres solo una voz al teléfono. Me alegro mucho de conocerte.

—Yo también me alegro de conocerla, señora...

—Alice Jane, por favor. O solo Alice. No hace falta que seas tan formal.

Leon sonríe y yo me quedo allí plantada con incomodidad, pues las presentaciones se han llevado a cabo sin mi ayuda. Todd le tiende la mano a Leon y se dan un apretón. Yo construí esto y ni siquiera estuve presente cuando lo hice. Me siento como si viviera en dos espacios distintos al mismo tiempo: estoy aquí, pero no estoy aquí. Me llevo la mano a la boca y... No llevo pintalabios.

No me extraña que Leon me mirara de forma rara.

—Enseguida vuelvo. —Señalo por encima del hombro—. Solo tengo que...

—Claro —responde mamá—. ¿Quieres echar una mano, Leon?

—Por supuesto. ¿En qué puedo ayudar?

Mi madre lo pone a trabajar cortando vegetales para la ensalada que está preparando. Subo la escalera en dirección al baño, donde abro el cajón que Todd reservó solo para mí y encuentro mi pintalabios. Le quito la tapa, me lo acerco a los labios y entonces me detengo. La punta está toda aplastada. Agarro el tubo con más fuerza, pero no soy capaz de aplicarme el color. Lo miro fijamente y veo aquella palabra, nítida sobre la piel incluso en la oscuridad. Una chica en el camino con la blusa abierta y el sujetador desabrochado, esperando a que la lean. Si me pongo esto y abro la boca, ¿qué saldrá?

Pero el rojo es mi seña de identidad.

Eso es lo que dijo Leon.

Y paró porque esa chica se lo pidió.

—Romy —me llama mamá—, ¿bajas ya?

Tiro el pintalabios a la basura y luego busco en el cajón otro tubo sin abrir. Arranco el plástico de la tapa y giro la parte inferior hasta que aparece esa ráfaga de color, y es diferente. Es el mismo color, pero no el mismo pintalabios, y eso es lo que importa. Importa que este pintalabios solo haya tocado un lugar. Me lo aplico en el labio inferior. «Desde el centro hacia afuera», pienso. Desde el centro del labio hacia afuera. Me tiembla la mano. Lo agarro con más fuerza. Presión. Simplemente ejerce un poco de presión. Sigo adelante y me pinto los labios de rojo, pero no lo siento. No me siento lista.

Pero puede que ahora sea como la laca de uñas.

Puede que me haga falta algo para fijarlo.

—¿Romy? —Es mamá.

Contesto «Sí, ya voy», abro el agua y me lavo las manos. Bajo la escalera a toda prisa y encuentro la comida servida en la mesa. Cuando Leon me mira y ve el rojo... sonríe. Nos sentamos a comer una ensalada que sabe a verano, aunque no lo es.

—Bueno —le dice mamá a Leon—, ¿cuánto tiempo llevas trabajando en Swan’s?

—Bastante. Trabajé allí mientras iba al instituto, lo dejé para ir a la universidad, brevemente, y luego regresé.

—¿No estás estudiando ahora?

Él niega con la cabeza.

—No era lo mío.

—Tampoco era lo mío —interviene Todd.

—¿Y qué es lo tuyo? —le pregunta mamá a Leon.

—Eh... —Él sonríe con nerviosismo, como si creyera que no está causando muy buena impresión, pero me buscó anoche. Ya los ha impresionado—. En realidad, tengo una empresa de diseño y desarrollo de páginas web. Eso es lo mío.

—¿Qué? —Me lo quedo mirando como una tonta—. No lo sabía.

—¿En serio? —dice mi madre.

—Pues sí. Supongo que se me dan bien el diseño y la programación. Empecé creando temas para plataformas de blogs y vendiéndolos. Uno de mis temas se hizo muy popular hace como un año y medio y ahora he ampliado el negocio al diseño y desarrollo de páginas web personales y profesionales.

—Qué interesante —comenta Todd—. ¿Y te va bien?

—Sí. Me encargo de las páginas de algunos escritores y grupos prometedores, además de algunos negocios locales de Ibis. Mi hermana me envía a todos sus amigos. Estoy trabajando en unas cuantas ahora mismo. Parece que estoy progresando, así que me gustaría seguir con ello y convertirlo en mi principal fuente de ingresos. Reducir horas en Swan’s.

Me debato entre la sorpresa al oír esto y la culpa al enterarme, como si debería haberlo sabido o preguntado por ello. No sé qué decir.

—Bueno, eso es fantástico —opina mamá—. Mantener dos trabajos. ¿Te gusta trabajar en Swan’s?

—Está bien. Me gusta el ritmo. Muy rápido. Y me gusta la gente.

—Como mi hija.

El tenedor de Leon se queda suspendido sobre su plato.

—Mamá —protesto.

Él sonríe.

—Sí, como tu hija.

—Te gusta mi hija —repite mi madre. Le doy una patadita por debajo de la mesa, algo que parece contradecir el orden natural de las cosas. Ella ni se inmuta—. No sabes cuánto te agradezco que salieras a buscarla.

—Faltaría más.

Silencio. Un silencio horrible, espantoso. ¿Qué se supone que debo decir? ¿Lo siento? ¿Otra vez? Salvo que no se lo he dicho ni una vez a Leon. Pincho unos trozos de pepino y tomate con el tenedor y me los meto en la boca, porque no puedo decir nada si la tengo llena.

—Esa otra chica... —dice Leon—. Penny Young.

Trago.

—¿Te has enterado?

—Sí. Su madre vive en Ibis. Ella pasa allí los fines de semana...

—¿La conocías?

—No. Pero todos hablan de eso en el pueblo. Supongo que la oficina del sheriff de Grebe está trabajando con la de Ibis. ¿Cuánto hace ya? ¿Cuarenta y ocho horas? Eso no es buena señal.

Dejo el tenedor sobre la mesa. He perdido el apetito. No sé si se debe a que eso que ha dicho es algo horrible o a que, a pesar de ello, parte de mí todavía quiere que siga desaparecida el lunes.

—Romy la conoce —suelta Todd.

—¿Qué? —me pregunta Leon—. ¿En serio?

—Vamos juntas al instituto. Está en mi curso.

—Hubo un tiempo en el que eran muy amigas —añade mamá.

—Oh —dice Leon. Mantengo la mirada clavada en mi plato—. Lo siento mucho.

Mamá y Todd lavan los platos y nos dejan a Leon y a mí solos. Él sugiere que le enseñe Grebe, pero le digo que estoy cansada y en su lugar le enseño nuestro patio trasero.

Nos sentamos en el césped seco, mirando hacia la valla del vecino.

—¿Por qué no me hablaste nunca del asunto de las páginas web?

Él se encoge de hombros.

—Supuse que ya te lo enseñaría en algún momento.

Deslizo la palma de la mano sobre el césped. Cuando levanto la mirada, Leon me está observando de una forma que me indica que vamos a hablar de cosas que es mejor dejar en paz. Soy una experta reconociendo esa mirada en la cara de la gente.

—Siento haber metido la pata con lo de Penny Young. Debería haberme imaginado...

—No te preocupes. No somos amigas. Ya no.

—Iba a decir, ahí dentro... que, al despertarme y enterarme de eso, de lo de Penny, después de estar toda la noche dando vueltas con el coche buscándote... A ver, no era lo mismo, buscarte a ti, pero enterarme de que esa chica no había regresado a su casa... No sé. Me hizo pensar. Llamé a tu madre y le pregunté si podía venir a verte. —Hace una pausa—. Tenía que verte.

—Pues aquí estoy.

—¿Qué pasó, Romy?

Arranco un puñado de hierba. Quiero decir que nada, pero supongo que tengo que ofrecerle más que eso, aunque sea lo mismo que nada de todas formas. Al menos... eso espero.

—¿Has oído hablar del lago Wake? ¿De la fiesta? La celebramos todos los años...

—Sí. Ibis también tiene tradiciones tontas. Estúpidas.

—Bueno, pues soy una estúpida.

—¿Te largaste de tu turno para ir a una fiesta?

—Ajá.

—¿En serio? —No parece nada impresionado. Me limito a asentir. Él mueve la cabeza—. Tengo la sensación de que hay algo que se me escapa, Romy, porque...

—¿Nunca has hecho algo estúpido?

—Claro que sí, pero... —Arruga la frente. Clava la mirada en el suelo como si se hubiera enfadado y eso hace que me enfade con él, porque me doy cuenta de que no va a dejar el tema, lo que significa que tengo que adelantarme con mentiras a cualquiera de sus preguntas y no estoy segura de ser capaz de pensar tan rápido hoy—. Cuando me llamó tu madre, me contó que te encontraron en un camino a cincuenta kilómetros de Godwit. Me contó que estabas...

—¿Borracha?

Eso le hace guardar silencio un segundo.

—No. Solo maltrecha.

Miro fijamente la valla, intentando llenar el espacio en blanco con la mentira correcta, con la mentira correcta para Leon. «Jack Phelps.» Ese nombre acude a mi mente, con la voz de Turner.

—Hay un tipo, Jack Phelps... Es una especie de leyenda por aquí. Ahora debe tener la edad de mi madre. Cuando le tocó asistir a la fiesta del lago, se emborrachó y acabó en Godwit. Me pareció buena idea ver si podía llegar tan lejos. —Dios mío, suena tan estúpido que podría ser verdad—. Seguro que ahora te arrepientes de haberme estado buscando.

—¿Por qué dices eso?

—Porque ha desaparecido una chica de verdad.

—¿Qué?

—Porque una chica ha desaparecido de verdad y yo estaba bien.

—¿Me estás diciendo que te emborrachaste tanto que pensaste que era buena idea irte a Godwit por tu cuenta? No me parece que estuvieras demasiado bien.

—Ahora estoy bien.

—Pues me alegro. —Me mira y me obligo a devolverle la mirada. Necesito que la chica a la que estuvo buscando sea a la que ve ahora. Me dice—: No me arrepiento de haberte buscado.

Te. A ti. A mí.

A ella.

Se inclina y me da un besito. Eso lo fija.

Me levanto en silencio. Me preparo.

Me cepillo los dientes y luego el pelo. Me lo recojo en una coleta que hace que el moretón de mi mejilla destaque más, porque me harán trizas si creen que intento ocultar algo. En la planta baja, Todd está preparando café. Me mira. Coge dos tazas y me ofrece una. La aparta cuando niego con la cabeza.

—He preferido dejar a tu madre que duerma. No ha pegado mucho ojo durante el fin de semana.

—Lo siento —farfullo. Noto que se avecina una disculpa, porque Todd no es la clase de tío que lanza pullas y cree que me lo he tomado así. Simplemente ha dicho la verdad. Mamá no ha podido dormir mucho durante el fin de semana y ha sido culpa mía—. ¿Se sabe algo de Penny?

—Solo que sigue desaparecida. —Se cruza de brazos y se apoya contra la encimera—. Apuesto a que aparece en la portada del Grebe News. Sin duda será el tema de conversación en el instituto.

—Sí.

—Seguro que mucha gente se sentirá aliviada por eso, después de la fiesta del lago.

A veces me dan ganas de preguntarle a Todd cómo se le da eso tan bien. Saber más de lo que deja entrever. Pero tengo el presentimiento de que se debe a todos esos años que pasó al margen después del accidente. Cuando lo único que puedes hacer es observar, ves cosas.

—Puede ser. En fin, será mejor que me vaya.

—Directa al instituto. —Emplea un tono tan firme que me sorprende, y también parece sorprenderle un poco a él—. Ve directa al instituto.

—De acuerdo.

Camino despacio. No tengo prisa por llegar allí. Cuando el edificio aparece por fin a la vista, mi cuerpo empieza a rebelarse, una parte de mi ser justo después de la otra. Noto un hormigueo en el pecho, se me acelera el pulso, se me cierra la garganta. Ha desaparecido una chica.

Que esa chica sea la única de la que hablen.

Reina la calma cuando llego al aparcamiento, una pausa entre llegadas durante la mañana.

Diviso algo que no encaja en la zona de los alumnos, tan siniestro como un perro negro: el Explorer de Turner. Hay vida más allá de la puerta principal, cuerpos moviéndose de camino a algún sitio. Veo a John y a Jane al fondo. Jane. Eso pasó hace menos de una semana.

Inspiro hondo y entro. Muchos ojos se posan sobre mí, me dedican largas y exhaustivas miradas que me hacen querer desaparecer, pero están hablando de Penny.

Mientras me miran.

Paso por delante de la secretaría y veo a Turner, el sombrío centro de un grupo de miembros del profesorado que no dejan de hacerle preguntas. La boca del sheriff se mueve, pero su mirada se dirige hacia mí y no se aparta. Me brota un sudor frío en la parte posterior del cuello. No quiero que la gente me vea cerca de Turner, por lo que eso les llevaría a pensar. Dejo atrás unas taquillas, doblo una curva cerrada y entonces me encuentro en un rincón y Brock está cerca, en su taquilla. Me ve antes de que me dé tiempo a encontrar otro sitio donde meterme y, al principio, tengo la sensación de que no está seguro de lo que quiere hacer al respecto. Alek no lo acompaña. Penny no está. Yo, aquí.

Cierra la taquilla y me examina desde el moretón de la mejilla hasta la punta de los pies.

—Vaya —dice en voz baja—. Menudo revolcón te llevaste el viernes.

Mi corazón en un puño. Es un puño.

—Repite eso, Brock.

—Por el alcohol —aclara—. Me refiero al alcohol. ¿Necesitas que alguien te lo cuente?

—¿Qué te hace pensar que necesito que me lo cuenten?

—Verás, el bueno del sheriff dice que no recuerdas una mierda. Pero yo podría explicártelo. ¿Quieres oírlo?

—¿Dónde está Alek?

—Eso no es asunto tuyo.

—¿Qué haces aquí si él no está? —le pregunto y se sonroja lo suficiente como para delatarse—. Ah. Te dijo que vinieras, ¿cierto? Estás aquí, porque él te lo dijo.

—Es lo que haría un amigo. Pero supongo que tú no lo entiendes, porque no tienes amigos.

—¿No se te ocurre nada mejor?

—Podría hacer cosas mucho peores.

Miro hacia el pasillo. No hay nadie más, estamos solos, y yo soy quien tiene que lidiar con esto. Brock da un paso al frente... y me alejo.

—Entonces, ¿te gustó? —pregunta en voz alta a mi espalda—. ¿El revolcón?

Seguir: parte 2 de 6