El último Judío
El Sello de la Obra y una Acción de Gracias.
procrear era la única desdicha de su matrimonio. Yonah sabía muy bien cuánto deseaba su mujer tener descendencia y le dolía la expresión de tristeza que afloraba a sus ojos cuando contemplaba a los hijos de otras mujeres.
Consultó con Montenegro y ambos estudiaron la literatura médica que tenían a su disposición y decidieron administrarle una infusión de legumbres, alcanfor, azúcar, agua de cebada y raíz de mandrágora molida y mezclada con vino, según la receta del médico árabe Ah Ibn Ridwan.
Adriana se había pasado dos años tomando la infusión y otras medicinas sin el menor resultado.
Ambos llevaban una existencia tranquila y ordenada. Para conservar las apariencias, Adriana acompañaba a Yonah a la iglesia varios domingos al mes, pero, por lo demás, raras veces iba a la ciudad, donde se la trataba con gran respeto por ser la esposa del médico. Había ampliado el huerto de la cocina y, con la ayuda de Yonah, había conseguido que, sin prisa pero sin pausa, el vergel y el olivar fueran más productivos. Le gustaba trabajar la tierra como un peón.
Fue un período muy satisfactorio para Yonah. Aparte de disfrutar de la compañía de una esposa a la que amaba, su trabajo le gustaba e incluso podía gozar de los placeres de la erudición. Pocos meses después de su viaje a Pradogrande, había llegado a la última página del Canon de la medicina. Casi a regañadientes había traducido el último folio de los caracteres hebreos, en el que se advertía a los médicos de que no practicaran sangrías a los enfermos debilitados o a los que padecieran diarreas o náuseas.
Al final, pudo escribir las últimas palabras:
El Sello de la Obra y una Acción de
Gracias.
Ojalá este resumen acerca de los
principios generales
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de la ciencia de la medicina se consideren suficientes.
Nuestra siguiente tarea será compilar la
obra
sobre los Simples, con la venia
de Alá. Que Él sea nuestro
auxilio, y a Él damos
gracias por sus
innumerables
favores.
FINAL DEL PRIMER LIBRO DEL
CANON DE LA MEDICINA DE
AVICENA, EL JEFE
DE LOS MÉDICOS.
Yonah utilizó arenilla para secar la tinta, la sacudió cuidadosamente y añadió la página al impresionante manuscrito que se elevaba a una considerable altura de la superficie de la mesa. Experimentó la satisfacción especial que, a su juicio, sólo debían de sentir los escritores y los eruditos que trabajaban con gran esfuerzo y en absoluta soledad hasta terminar una obra, y lamentó que Nuño Fierro no pudiera ver el fruto definitivo de la tarea que había encomendado a su pupilo.
Yonah colocó el Avicena español en un estante y volvió a guardar” “el Avicena hebreo en su escondrijo del hueco de la pared, sustituyéndolo por la segunda parte de la tarea que Nuño le había encargado: el libro de aforismos médicos de Maimónides. Aprovechando el rato que faltaba para que Adriana lo llamara para cenar, volvió a sentarse junto a la mesa y empezó a traducir la primera página de la nueva obra.
Se relacionaban con muy pocas personas. Cuando Adriana llegó por primera vez a Zaragoza, habían invitado a Montenegro a cenar. El pequeño y enérgico médico era viudo y les devolvió la invitación, ofreciéndoles una opípara cena en una posada de la ciudad, con lo cual comenzaron una costumbre que se mantuvo desde entonces.
A Adriana le encantaba la historia de la casa.
–Háblame de las personas que han vivido aquí, Ramón -decía.
Le hizo mucha gracia saber que Reyna Fadique había servido como ama de llaves a los tres médicos que habían vivido en la hacienda.
–Debe de ser una mujer muy especial para haber podido complacer a tres amos distintos -observó-. Me gustaría conocerla.
Yonah confiaba en que Adriana se olvidara del tema, pero no fue así, por lo que, al final, tomó su caballo y fue a entregarle una invitación a Reyna. Ambos se felicitaron mutuamente, pues se habían casado desde su último encuentro. Las obras que habían de convertir la casa en una posada seguían adelante y Reyna se alegró de que la esposa de su antiguo amo la hubiera invitado junto con Álvaro, cuyo apellido era Saravía, a la casa donde ella había servido durante tanto tiempo.
Cuando llegaron con sus presentes de vino y cera de abeja, ambas mujeres simpatizaron de inmediato. Yonah y el canoso Álvaro salieron a dar un paseo por las tierras, para que ellas se familiarizaran la una con la otra.
Álvaro se había criado en una pequeña alquería y elogió los esfuerzos que habían hecho Yonah y Adriana para devolver el vigor a algunos árboles.
–Si seguís salvando árboles, convendría que construyerais un pequeño granero cerca del vergel y el olivar de la parte superior de la ladera de la colina. Allí podríais guardar los aperos de labranza y almacenar la fruta recogida.
A Yonah le pareció un buen consejo. Los dos hombres comentaron el precio de la mano de obra y la cantidad de piedras que se necesitarían para construir las paredes y, a la vuelta, encontraron a las mujeres hablando animadamente con una radiante sonrisa en los labios. La comida fue muy placentera y, cuando los huéspedes se despidieron, Adriana y Reyna, ya convertidas en amigas, se abrazaron afectuosamente.
Adriana habló de sus invitados con gran simpatía mientras retiraba las sobras de la cena.
–Se siente casi como si fuera tu madre y creo que está deseando ser abuela. Me ha preguntado si estoy en estado.
Yonah la miró consternado, sabiendo lo mucho que sufría su mujer cuando salía a relucir el tema de los embarazos.
–Y tú, ¿qué le has dicho?
Adriana le miró sonriendo.
–Le he dicho que todavía no porque hasta ahora sólo hemos estado haciendo prácticas.
El último día de diciembre, un joven fraile con la cabeza inclinada para protegerse del viento se desplazó a caballo a la hacienda y llamó a la puerta.
–Señor Callicó, esta carta dirigida a vos ha llegado en la bolsa del correo de Toledo.
Al romper el sello de cera, Yonah vio que era del padre Francisco Espina.
El nombre del paciente pareció saltar de la página y atacar los ojos de Yonah.
Ni hablar: no pensaba ir a Toledo. No quería dejar sola a Adriana.
Tembleque estaba demasiado lejos, el tiempo que había de emplear en semejante viaje sería excesivo.
Si algo le debía al conde de Tembleque era venganza. Pero entonces le pareció oír la voz de Nuño, preguntándole si un médico tenía derecho a atender tan sólo a los miembros de la humanidad que fueran de su agrado o a los que respetara o apreciara.
Se pasó aquel día y el siguiente reflexionando hasta que, al final, reconoció que tenía un asunto pendiente en Tembleque. Sólo respondiendo a la llamada del padre Espina, que parecía predestinada, podría intentar hallar la respuesta a las preguntas que lo habían perseguido a lo largo de toda su vida acerca de los asesinatos que habían destruido su familia.
Al principio, Adriana le rogó que no fuera. Después le pidió permiso para acompañarlo.
El viaje podía ser difícil y peligroso, y Yonah no sabía lo que encontraría cuando llegara allí.
–No puede ser -le contestó con dulzura.
Le hubiera resultado más fácil si hubiera visto una expresión de cólera en sus ojos, pero sólo vio miedo. Más de una vez lo habían llamado a consulta a lugares lejanos y ella se había quedado sola durante dos o tres días. Pero en esta ocasión su ausencia sería más prolongada.
–Volveré junto a ti -le prometió.
Tuvo cuidado de dejarle dinero suficiente para cualquier necesidad imprevista.
–¿Y si me lo quedo y me voy? – dijo ella.
Yonah la acompañó a la parte de atrás de la casa y le mostró el lugar donde había enterrado la bolsa que contenía el dinero de Manuel Fierro, cubriéndolo después con un montón de estiércol.