El último verano

Catrin Collier · Capítulo 7 de 26

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El último verano

Capítulo 6

Laura tocó a la puerta de la habitación de Charlotte una hora después de que se

hubieran registrado en el hotel. Cuando su abuela abrió, entró y miró alrededor.

—Tu habitación es idéntica a la mía.

—Sosa, sin alma, cómoda y fácil de limpiar. —Charlotte cruzó las puertas

acristaladas que daban a una pequeña balconada sobre el lago.

—Nuestros balcones están juntos. Sólo tienes que llamar a la pared y puedo pasar

de uno a otro.

—Haces que parezca que soy una vieja autoritaria y enferma que necesita

atención constante. Lo próximo será que me des un bastón para golpear y un código. Un toque para «urgente», dos para «tienes tiempo de ponerte los zapatos».

—Estoy preocupada por ti. No logro decidir si estás mala o simplemente cansada. Charlotte sonrió.

—Físicamente exhausta por todos los viajes, y emocionalmente agotada tras ver

Bergensee. Pensé que era lo bastante fuerte como para enfrentarme a cualquier cosa. Ha sido una desagradable sorpresa descubrir que no es así.

—Has sufrido una conmoción. Bergensee debió de haber sido toda una casa en

sus buenos tiempos.

—Al ama de llaves de mi suegra le habría encantado contarte que tenía

cuatrocientas sesenta y cinco habitaciones, hectáreas de mármol italiano, y obras de arte originales de Bartlomiej Pens y Piotr Kolberg en las paredes de las principales salas de recepción, los mismos artistas que decoraron la iglesia barroca de Swieta Lipka en el siglo diecisiete. Incluso había un cuadro atribuido a Leonardo da Vinci en el comedor.

—¿Podría seguir allí?

—Los rusos desvalijaron todas las casas de Prusia Oriental. Te prometo que no

queda nada tras esas paredes rotas excepto habitaciones vacías.

—¿Y fantasmas? —aventuró Laura.

—Quizá. Pero no míos. —Charlotte volvió a la habitación y se dejó caer en una

silla.

—Deberías habernos contado cómo era.

—Demasiada gente miraba hacia atrás en vez de hacia delante al final de la

guerra, Laura. Eso era lo último que quería para mis hijos y mis nietos.

—Claus te habría arrastrado aquí hace años si hubiera sabido que tenía un hogar

ancestral como ése.

—¿Como qué? —preguntó Charlotte—. No tiene tejado ni ventanas, hay gitanos

viviendo en los edificios de afuera. Unos cuantos años de inviernos helados y veranos cálidos destruirán el material incluso más, haciéndolo tan inestable que habrá que tirarla antes de que se derrumbe.

—Todavía podría salvarse.

—Yo no puedo, ni Erich ni Claus —dijo Charlotte con decisión—. Cuando

Alemania fue reunificada, el gobierno occidental decidió que no se darían compensaciones ni se reconocerían reclamaciones sobre tierras, edificios o posesiones perdidos en lo que es ahora territorio polaco.

—Pero puede que esté en venta —insistió Laura—. Poca gente querría una casa

en esas condiciones. Podríamos conseguirla por poco.

—Incluso si lo hiciéramos, nadie de nuestra familia tiene el dinero necesario para

reformar Bergensee, y menos para volver a dejarla como estaba. Además —le recordó Charlotte—, ninguno de nosotros habla polaco, así que ¿para qué querríamos vivir aquí?

—Nunca has dicho mucho sobre Grunewaldsee. —Ya la verás por ti misma —respondió Charlotte de modo evasivo. —¿Te gustaría cenar aquí, sola en tu habitación? —preguntó Laura con mucho

tacto.

—Sé que es horriblemente antisocial de mi parte, pero ¿te importaría? —En absoluto. Tengo que deshacer las maletas y orientarme. Me encanta explorar

sitios nuevos por mi cuenta. Nunca sabes a quién vas a conocer.

—Gracias por ser comprensiva y por estar aquí conmigo. Laura fue hacia la puerta.

—Sirven el desayuno hasta las diez. ¿Te llamo a las nueve? —Te prometo que seré más humana entonces.

—Siempre eres humana, Oma.

Laura dio un beso a su abuela antes de dejarla en las sombras de un país

desaparecido hacía tiempo y los fantasmas que sentía que se agolpaban hasta echarla de la habitación.

Miércoles, 20 de diciembre de 1939

Papá ha muerto. Incluso ahora, cuando escribo las palabras, no puedo creerlo.

El telegrama llegó a mediodía. Murió anoche de un ataque al corazón en un hotel

de Múnich. Han enviado su cuerpo a casa para el funeral. Mamá está histérica de

dolor. He mandado venir al médico y la ha sedado. Llamó a las autoridades, que le

dijeron que el féretro se sellará y no podrá abrirse bajo ningún concepto. Me

explicó que los rasgos a veces se contraen durante un ataque al corazón y que

deberíamos recordar a papá como era, no como estará ahora.

Estoy intentando ser fuerte y hacer lo que papá habría querido, simplemente

porque no hay nadie más para organizar su funeral, aunque, como mamá, me

gustaría meterme en la cama, cubrirme la cabeza con las mantas y olvidarme del

mundo.

El médico me prometió que mamá no se despertaría al menos durante seis

horas, así que le pedí a Minna que se sentara con ella. Luego llamé al pastor y a

papá y mamá von Letteberg. Como papá von Letteberg está en el Ministerio de la

Guerra, esperaba que pudiera contactar con Paul y Wilhelm y organizar un permiso

para que pudieran venir a casa al funeral. También llamé a Greta en Polonia. Fue

horrible tener que contarle lo de papá por teléfono. Sonaba tan rara que después

llamé otra vez a su alojamiento y se lo dije a una de las chicas de la BDM, que me

prometió que vigilaría a Greta hasta que le den autorización para viajar.

Brunon estaba en la entrada cuando llegó el telegrama, así que le pedí que

reuniera a los trabajadores. Debería haber sido mamá, Wilhelm o Paul quien les

dijera que papá había muerto, pero como mamá no estaba en condiciones de

ponerse frente a nadie y los chicos no se encontraban aquí, la responsabilidad me

tocó a mí. Nunca me he sentido más inapropiada para una tarea.

Pero ahora que papá se ha ido, alguien tiene que administrar Grunewaldsee

hasta que acabe la guerra y los gemelos regresen. Es justo que soporte tanta carga

como pueda para librar a mamá de parte del trabajo y la preocupación. Ojalá no

me sintiera tan mal con el embarazo.

Papá y mamá von Letteberg vinieron en coche desde Berlín y llegaron casi por

la noche. Son maravillosos. Papá von Letteberg ya había telefoneado a los oficiales

al mando de Wilhelm y Paul, y enviado un telegrama a Claus, que está fuera de su

cuartel. Me ayudó a organizar el orden del servicio para el funeral de papá, que se

celebrará en Nochebuena, y me prometió que se quedarían conmigo en

Grunewaldsee hasta el día de Año Nuevo.

Piensan que estoy descansando, pero lo último que quiero hacer es irme a la

cama. Sé que no podré dormir, y el médico no puede darme sedantes a causa del

bebé. Así que fui a la habitación de mamá, envié a Minna a la cama, y ahora estoy

sentada con mamá, escribiendo esto.

Es difícil creer que no volveremos a ver a papá, la puerta de su vestidor está

abierta. Puedo ver su tocador y, encima, la caja con paneles de ámbar donde

guarda sus gemelos y alfileres de corbata. Junto a ella están sus cepillos de plata

para el pelo. Nunca los sacaba de Grunewaldsee porque pensaba que eran

demasiado ostentosos para viajar. ¿Enviarán su ropa y sus cepillos de madera

sencillos con él cuando vuelva a casa?

Llegará a Allenstein el sábado por la tarde en el tren de las tres. Voy a ir a

recibirlo. Mi suegro no quería que fuera, pero he insistido. Papá von Letteberg

pidió que un coche fúnebre fuera a reunirse con el tren. Probablemente yo habría

enviado a Brunon con una carreta. Tengo mucho que aprender. Soy afortunada de

tener a Brunon. Pase lo que pase, debo esforzarme más por luchar contra mi

debilidad y mis náuseas. He de ser fuerte, por mamá, Wilhelm y Paul, porque,

cuando termine esta guerra, los chicos regresarán, y es mi trabajo vigilar que las

tierras de Grunewaldsee se administren adecuadamente hasta entonces, cuando

ellos puedan tomar el control.

Nuestro hogar es muy valioso, y es mi deber y el de mis hermanos cuidar de él,

mantenerlo a salvo y en buenas condiciones hasta que podamos dejárselo a la

generación que vendrá después de nosotros, y también debo cuidar de mamá. Es lo

que papá habría esperado de mí. He de ser fuerte. Simplemente debo serlo.

—Bueno, ahora que por fin estamos aquí, ¿qué te gustaría hacer primero? —

preguntó Laura, mientras Charlotte y ella hacían cola en el bufé del desayuno.

—Comer, si queda algo. —Charlotte dio un paso atrás para evitar un codazo de

un gran alemán que intentaba amontonar en su plato la mitad de las carnes frías del bufé.

Laura cogió una cesta de pan.

—¿Qué panecillos prefieres? ¿De sésamo, semillas de amapola, integrales, de

leche?

—Elige tú.

—He estado pensando. Si no quieres ir a Grunewaldsee hoy, podríamos pasear

por la ciudad. Por lo que vi por el camino, algunos edificios parecen antiguos e interesantes, y puede que haya alguna galería o tienda de artesanía.

—Hay una exposición de arte en el castillo —les informó tímidamente en inglés

la camarera cuando les puso el café que habían pedido en la mesa—. Son carteles franceses del siglo diecinueve.

—¿Qué te parece, Oma? —Laura miró a su abuela. —¿Eres tú muy sensible o soy yo muy obvia? —Charlotte cogió la cafetera y se

sirvió una taza.

—No hace falta ser muy sensible para darse cuenta de que la visión de Bergensee

te alteró. Fue terrible. Yo estaba llorando y no conocía la casa antes de que estuviera en ruinas.

—No soportaría ver Grunewaldsee en el mismo estado. —Podríamos preguntar para averiguar si la casa sigue en pie. —No —interrumpió Charlotte enseguida—. Sé que es irracional, pero no quiero

hablar de Grunewaldsee con nadie hasta que haya estado allí y la haya visto por mí misma.

—Pero no puede quedar nadie en la ciudad que te conozca —dijo Laura. —No, pero ya viste a los gitanos ayer. Conocían el nombre von Letteberg, sin

embargo no podían haberse mudado a Bergensee hasta después de la guerra. Sus familias probablemente han vivido en esos edificios durante décadas. ¿No te molestaría si apareciera alguien diciendo que son suyos?

—Tú no lo hiciste, y vivías allí —señaló Laura—. Y, si yo fuera ellos, me gustaría

saber algo de la historia de la casa.

—Al contrario que tú, no creo que ellos tengan el más mínimo interés. —No pueden culparte por querer visitar tu antiguo hogar. —Por las historias que he oído de amigos que ya han vuelto, algunos de los

actuales propietarios son más susceptibles que otros cuando se trata de enseñar a los antiguos dueños sus casas. —Charlotte puso mantequilla en un bollito y colocó encima una loncha de queso ahumado.

—Quizá saben que no pagaron nada y temen que la gente reclame sus hogares. —

Laura vertió leche en su café.

—Legalmente, no se pueden hacer reclamaciones; los nuevos propietarios lo

saben. Y bastantes dueños compraron sus casas al régimen comunista.

—Creía que eso no estaba permitido.

—Sucedía, sobre todo con trabajadores del gobierno como policías. —Charlotte

se echó hacia atrás y miró la habitación. Aparte de unos pocos jóvenes ejecutivos, la mayoría de los demás huéspedes del hotel eran gente mayor que, según sospechaba, visitaban la ciudad por el mismo motivo que ella.

—Aún pienso que deberías enseñarle Bergensee a Claus. —Estoy de acuerdo en que debería verla, si quiere. Pero incluso si podemos

reclamar Bergensee o Grunewaldsee, y no podemos, ¿qué haríamos tu tío Erich o yo con las casas? Erich me dijo que apenas recuerda cuando vivía aquí. Sólo tenía cuatro años cuando se tuvo que marchar. —Charlotte cerró los ojos intentando olvidar la imagen de la huida de su tierra natal, que había quedado grabada en su mente de forma indeleble.

—Incluso en ruinas, Bergensee sigue siendo toda una mansión —musitó Laura. —Espero que, quien quiera que sea, el nuevo propietario sea rico o rica. Ya has

visto en qué estado se encuentra ese lugar. ¿Cuánto crees que costará? ¿Un millón de dólares demolerla? ¿Seis millones reconstruirla?

—Probablemente tienes razón —admitió Laura—. Pero después de ver la casa,

envidio a Claus. La historia de su padre es mucho más interesante que la del mío, y no puedo imaginar tener un hogar ancestral como Bergensee y no querer vivir en él.

—Entonces menos mal que eres una Templeton y no una von Letteberg. ¿De qué

demonios vivirías en mitad de Polonia, teniendo en cuenta que no sabes ni una palabra de polaco?

—Perdón, mi vena romántica no llega tan lejos como para pensar en cosas

mundanas del día a día como el trabajo y pagar las facturas.

—Una vena romántica no es mala, siempre que la equilibres con un poco de

realismo. Sin ella, nunca me habría convertido en artista. —Charlotte se rellenó la taza de café—. Y aunque la historia de la familia de Claus puede ser más grandiosa que la tuya, no conozco otra más interesante. Tu padre me contó hace unos años que tu abuelo rastreó el árbol familiar de los Templeton hasta el siglo quince cuando se jubiló y se aficionó a la genealogía.

Laura hizo una mueca:

—Eran mercaderes textiles de Cheapside que no tuvieron la visión o el empuje

para construir una Bergensee.

—Bergensee no era más que una casa. Rica o pobre, una persona sólo puede vivir

en media docena de habitaciones como mucho, y eso incluye el cuarto de baño y la cocina. Los sirvientes e invitados llenaban el resto de Bergensee, lo que significaba que ninguno de nosotros tenía ni un momento de privacidad o paz cuando estábamos allí. —Charlotte echó a un lado la taza de café y el plato—. ¿Vamos a dar un paseo por la ciudad?

—Me gustaría. —Laura dejó la mesa.

—Dentro de una hora. —Charlotte quería leer más de su diario para poder

avanzar desde la tragedia de la muerte de su padre—. Desde que cumplí los ochenta, me gusta tomarme un pequeño descanso después del desayuno.

—Dentro de una hora está bien, Oma. Eso me da tiempo para mirar el correo. —¿Sigues trabajando?

—Ansiosa por saber lo que piensa la cadena de mi último documental. Ya

deberían tener los discos.

Domingo, 24 de diciembre de 1939

Brunon y los trabajadores no deseaban poner el árbol de Navidad en la entrada

como siempre, pero insistí. Papá no habría querido decepcionar a los hijos de los

trabajadores, especialmente en tiempo de guerra, cuando hay tan pocas esperanzas.

Intento hacerlo todo como papá lo habría hecho si estuviera aquí. Mamá sigue

demasiado enferma como para abandonar la cama.

Papá von Letteberg y yo fuimos ayer a la estación, y allí encontramos a Greta

intentando coger un taxi. No sé por qué no telefoneó a casa para decirnos cuándo

llegaba. Habría enviado a Brunon a buscarla. Esperó con nosotros el tren de

Múnich que traía a papá. Quería hablar con ella, pero la estación no era el lugar

adecuado, y cuando llegamos a casa encontramos a Frau Gersdoff, la florista,

esperando para vernos. Después de elegir y encargar las coronas y flores para

papá, Greta se encerró en su cuarto. La oí llorar, pero como yo quería hacer lo

mismo, no se me ocurría nada que decirle para que parara.

Tuvo una horrible discusión con Frau Gersdoff. Por lo visto, hay escasez de

rosas rojas, lo cual no es sorprendente en esta época del año. Greta quería una

corona de doscientos capullos, pero tuvo que contentarse con una docena de rosas

y unos cuantos lirios. Le dije que papá habría odiado un despliegue ostentoso,

sobre todo en tiempo de guerra, pero no me escuchó y se negó a discutir el servicio

fúnebre que papá von Letteberg y yo habíamos preparado. Le pregunté a mamá si

aprobaba los himnos que habíamos elegido, pero no podía ni hablar, así que no fue

de ninguna ayuda.

Wilhelm y Paul llegaron hoy a la hora del almuerzo, y ahora todos nos estamos

vistiendo para el servicio. Irena y sus padres, y Manfred, que está en casa de

permiso, van a venir, y papá y mamá von Letteberg, por supuesto, así como todos

nuestros arrendatarios y los trabajadores de las tierras. No sé quién más estará allí,

pero desde que he subido he estado escuchando coches entrando en el patio y el

sonido de pasos caminando lentamente por el hielo y la nieve del sendero hacia la

iglesia.

Fui allí esta mañana a comprobar las flores. Fue horrible ver la cripta abierta

para recibir a papá. Simplemente no soporto el pensamiento de que metan ahí su

féretro junto al de Opa y Oma y todos los demás von Datski. No he oído ni una

palabra de Claus, lo cual todo el mundo menos yo encuentra extraño. Me siento

fría y vacía. Pensé que el matrimonio marcaría el fin de mi infancia, pero no fue

así. Papá siempre estaba ahí para quererme, protegerme y guiarme. Ahora que

estoy sin él, me siento muy sola y cansada.

Charlotte insistió en conducir el coche de alquiler hasta el centro de Allenstein.

Se dirigió al barrio antiguo de la ciudad y aparcó en una amplia calle tranquila bordeada de árboles. Laura miró los sólidos edificios.

—Estos bloques de apartamentos parecen de antes de la guerra. —Lo son. Es de lo más peculiar. Esta calle no ha cambiado en más de sesenta

años. La gente y los gobiernos han ido y venido, pero la vida doméstica sigue adelante aquí a pesar de todo. Los Muller vivían en el primer piso. —Charlotte señaló un bloque Art Decó que no habría parecido fuera de lugar en Nueva York—. Sobre ellos estaban los Heine, y ése en lo alto encima de la tienda era el hogar de los Freiberg; su padre era primo segundo de mi padre.

—¿Todos se fueron cuando los rusos invadieron esto al final de la guerra? —

preguntó Laura.

—No. Frau Muller y su marido nunca fueron muy listos, pobrecillos. Se casaron

mayores y tuvieron una hija, Nina. Era muy amiga mía. Estaba trabajando en Berlín cuando llegaron los rusos. Luego oí que había sobrevivido a la guerra. Su padre trabajaba en el ferrocarril. Su tren tenía que ir al este, y aunque lo que quedaba del ejército alemán estaba huyendo de los rusos que avanzaban, se empeñó en cumplir el horario que le habían asignado y dirigirse derecho hacia ellos. Su mujer no se quiso marchar sin él, aunque los vecinos se lo rogaron. Insistió en esperar a que regresara.

—¿Qué pasó?

—Nadie descubrió el destino de Herr Muller, aunque lo supusimos. Frau Muller

fue violada y asesinada por un grupo de soldados rusos que tiraron su cadáver a la calle. Un soldado alemán de la ciudad que había sido capturado por los rusos escribió años más tarde sobre lo que había presenciado aquí. Por lo visto la dejaron allí durante días.

Laura se quedó mirando la ventana que Charlotte había señalado. Era difícil

imaginar las terribles escenas que tuvieron lugar en una zona ahora tan tranquila.

—¿Y tus parientes los Freiberg?

—Herr Freiberg era farmacéutico. Se envenenó a sí mismo, a su mujer y a sus

cuatro hijos. El mayor tenía doce años y los tutores de la escuela de música lo consideraban un niño prodigio.

—No tenía ni idea de lo que sucedió en Prusia Oriental al final de la guerra. —

Las lágrimas acudieron a los ojos de Laura.

—Es muy extraño estar aquí de nuevo. —Charlotte observó el antiguo convento

delante del bloque de apartamentos. Era exactamente como recordaba: pintado de color crema y marrón, con monjas vestidas de blanco y negro subiendo y bajando los escalones de la iglesia católica de enfrente—. Ésta es mi ciudad natal. Conocía cada calle, las familias de casi cada bloque. Compañeras de clase, familiares, conocidos de los negocios de mi padre; gente que era tan parte de mi vida diaria que yo la daba por supuesta. Me siento como si me hubiera despertado en una pesadilla en la que los edificios han envejecido y la gente ha desaparecido, pero yo sigo siendo joven. —Le dedicó a Laura una triste sonrisa—. Eso es lo peor de la vejez. Por dentro no me siento distinta a cuando tenía dieciocho años. Y estar aquí me hace pensar que si giro esa esquina, los achaques y dolores de articulaciones desaparecerán, y mis hermanos me estarán esperando en uno de sus coches nuevos.

Laura la tomó del brazo.

—No puedo imaginar lo que es soportar lo que tú has soportado. Ver tu ciudad

vacía. Tener que huir para salvar la vida, y ahora volver para descubrir que todos se han ido y todo ha cambiado.

—No todo. —Charlotte echó un vistazo al convento. —¿Vamos a visitar la exposición del castillo?

—La camarera del hotel me dijo que hay una heladería excelente cerca. ¿Qué es

lo que dicen? «¡Come todo el helado que puedas antes de que el médico te lo prohíba!». Vayamos cuando hayamos visto todo lo que queramos en el castillo, y pidamos los helados más grandes que tengan.

—¿Y después? —preguntó Laura.

—Después regresaremos al hotel, comeremos y descansaremos un poco antes de

alquilar uno de esos paseos en coche de caballos alrededor del lago que anuncian en la recepción.

Charlotte tomó a su nieta del brazo, y caminaron colina arriba hacia el castillo de

ladrillo rojo del siglo catorce. No mencionó que el lago era el mismo que bordeaba Grunewaldsee.

La casa principal estaba a cierta distancia, pero podía verse desde algunos puntos

de la orilla, y esperaba averiguar si las paredes seguían en pie. También quería saber si la pequeña casa de madera que su padre reformó con tanto cariño para la luna de miel de Wilhelm e Irena en diciembre de 1939, y que después le había servido como refugio y santuario durante el verano más feliz de su vida, había sobrevivido al nuevo milenio.

Lunes, 25 de diciembre de 1939

Dejamos descansar a papá en la cripta a las cuatro de la tarde de ayer. El pastor

tuvo que restringir la entrada a la iglesia a la familia y los amigos íntimos. Fuera,

en la nieve había una multitud de pie, los hombres descubiertos para mostrar su

respeto. Había cientos y cientos. Creo que toda la ciudad estaba allí. No tenía ni

idea de que papá conociera a tanta gente.

Aunque mamá no había abandonado la cama desde que recibimos el telegrama,

insistió en ir a la iglesia. Dijo que si no la hubiéramos dejado, habría lamentado el

resto de su vida no haberse despedido de papá.

El médico le permitió asistir al servicio con la condición de que regresara a la

cama inmediatamente después. Greta y yo la ayudamos a vestirse y, como nos

preocupaba que pudiera desmayarse, Paul y Wilhelm iban uno a cada lado y se

sentaron con ella. Fue espantoso seguir al féretro desde la casa camino abajo hasta

la iglesia.

Brunon y cinco de nuestros trabajadores más antiguos llevaron a hombros a

papá en su último viaje. Paul y Wilhelm los seguían con mamá. Greta caminaba

conmigo. Sentí una mano en mi hombro cuando llegamos a la iglesia. Me volví y

vi a Claus detrás de mí. Parecía enfermo. Después me contó que había viajado sin

descanso durante tres días y sus noches. Estaba de maniobras cuando oyó la

noticia de la muerte de papá, y aunque su oficial al mando le dio permiso

inmediato para marcharse, hubo problemas con los trenes a causa de las

vacaciones de Navidad.

Nunca pensé que escribiría esto, pero fue bueno tenerlo junto a mí en la iglesia.

Entró en la cripta con nosotros cuando metieron el féretro de papá, y me acompañó

de vuelta a casa tras el servicio. Vino mucha gente a presentar sus respetos. Menos

mal que la esposa de Brunon, Martha, se había encargado de organizar la comida.

No tengo ni idea de dónde la encontró, pero había té y café de verdad, y vino y

coñac suficiente para todos. Los pasteles, las conservas y los sándwiches que

comieron los asistentes probablemente han agotado toda nuestra ración de comida

para el próximo mes, pero no importa. Lo importante es que papá fue enterrado

con respeto y las ceremonias adecuadas.

Cuando casi toda la gente de la ciudad se hubo marchado, Greta y yo

ayudamos a mamá a desvestirse, y el médico le dio otro sedante. Como Greta se

empeñó en sentarse con mamá, yo fui a buscar a Claus. Estaba en el salón con

Wilhelm, Paul, los Adolf, sus padres y unos cuantos parientes y amigos íntimos.

Me dijo que tenía que marcharse el día después de Navidad. Ni él ni los gemelos

dijeron mucho sobre lo que está pasando en Polonia, pero cuando Herr Adolf y

algunos otros hombres preguntaron cuándo pretende la Wehrmacht sacar a los

ingleses de Francia, no fueron muy comunicativos, así que supongo que pronto

habrá lucha en Francia.

Sabía que Claus quería estar a solas conmigo, pero eso era lo último que yo

deseaba, así que fui a la entrada a supervisar la decoración del árbol de Navidad.

Minna había hecho disponer unas mesas para los regalos de la familia. Los míos

estaban arriba en mi habitación, pero no me parecía correcto llevarlos abajo y

ponerlos en el recibidor el mismo día que habíamos enterrado a papá, así que por

respeto a él, Brunon y yo decidimos romper la tradición.

Como no queríamos celebrar la Nochebuena el mismo día del funeral de papá,

pensamos que los hijos de los trabajadores vinieran a ver el árbol esta mañana, y

también abrimos entonces nuestros regalos. Fue extraño celebrar las pequeñas

ceremonias, pues eso eran, un día tarde y después del desayuno. La Navidad nunca

volverá a ser lo mismo para mí.

Antes de irse a la cama, mamá repitió que la boda de Wilhelm e Irena debería

seguir adelante como estaba planeado, porque papá no habría querido que la

pospusieran por su culpa.

Todos, incluida yo, decimos a cada momento: «Eso es lo que papá habría

querido». Lo decimos sin pensar. Incluso lo he escrito aquí, pero cuando mamá

empezó a hablar de la boda, me di cuenta de que ninguno de nosotros podía saber

lo que papá querría si ya no está para decírnoslo.

Envié a Minna arriba a coger mis regalos para todo el mundo, pero le dije que

los escondiera en la sala de costura hasta la mañana de Navidad. Y le pedí a

Brunon que bajara otra mesa del desván para los regalos de boda de Wilhelm e

Irena. Fue entonces cuando mamá von Letteberg notó lo impaciente que estaba

Claus por quedarse a solas conmigo, así que insistió en relevarme en la

organización para que Claus y yo pudiéramos subir.

No tenía ni idea de cuánto me molestaría su presencia en la habitación que

había sido mía desde que era un bebé. Aunque la cama de cuatro columnas que

mamá había mandado poner en el dormitorio durante la luna de miel es enorme, no

podía soportar la idea de compartirla con Claus. Y ahí estaba él. Tumbado en la

ropa de cama bordada con su uniforme, tras haber dejado las botas sucias fuera en

el pasillo para que Brunon se las llevara abajo y las limpiara.

Claus me besó y alabó mi figura. Le dije que he estado demasiado ocupada

vomitando como para ganar peso. Dijo que está muy contento por el bebé y que

sabía por las cartas de su madre que no me encontraba bien y que le echaba de

menos. Intenté sonreír pero me costó mucho trabajo. Sólo podía pensar en papá

yaciendo en aquella cripta helada. Papá, que siempre había odiado el frío.

Claus sugirió que tomáramos algo de vino y fuéramos a la cama. No eran más

que las nueve, pero dijo que parecía tan exhausta como él. No tenía sentido

discutir, porque sabía que todos esperaban que permaneciéramos aquí hasta la

mañana.

Me pregunto si me estoy acostumbrando a las cosas que me hace, o si de veras

fue menos brusco. No dolió tanto como recordaba, aunque aun así fue

desagradable y después tuve unas náuseas terribles, pero para entonces Claus

estaba dormido, así que no importaba. Me senté a escribir, porque no podía

soportar estar tumbada junto a él escuchando sus ronquidos. Luego, a las tres sentí

mucha hambre y sed, y me di cuenta de que apenas había comido nada desde que

papá había muerto, así que me puse la bata y salí de la habitación.

La casa estaba en silencio. Fui a ver a mamá. Greta se había quedado con ella,

probablemente para que todo el mundo sepa que es una mártir, aunque no tenía

que haberse molestado, porque estaba dormida en la chaise lounge, así que si

mamá hubiera querido algo, Greta no habría servido de mucho. Y estaba dormida

muy profundamente, porque no se movió cuando entré a hurtadillas y apagué todas

las luces excepto la pequeña junto a la cama de mamá.

Incluso Putzi apenas levantó la cabeza de su cesta cuando bajé las escaleras;

menuda perra guardiana. Alguien había llenado todas las mesas con regalos. Había

varios con la letra de Claus, así que supe que debía haberle dado la maleta a su

madre para que la vaciara.

Mientras iba a la cocina escuché un ruido en el despacho de papá, y me quedé

helada, medio esperando que estuviera allí. Estaba aterrada cuando empujé la

puerta. No era papá, sino Wilhelm e Irena. Habían cerrado con llave la puerta que

daba a la entrada, pero no se habían molestado con la pequeña que daba a la parte

de la casa de los sirvientes. Estaban en pie delante de la chimenea, susurrando tan

bajo que no podía oír lo que decían. Irena estaba desabrochando los pantalones de

Wilhelm, algo que no me podía imaginar haciéndole a Claus, luego le ayudó a

desvestirse mientras él la desnudaba a ella.

Me quedé allí, preocupada por si al moverme veían mi reflejo en el espejo

sobre la chimenea, y también, aunque me avergüenza admitirlo, quería ver si

Wilhelm hacía a Irena tanto daño como Claus a mí.

Pero cuando ambos estuvieron desnudos, se tumbaron uno junto al otro en la

alfombra frente a la chimenea. Irena besó a Wilhelm por todas partes. Cada

centímetro de él. Me quedé impresionada. Sólo la idea de besar a Claus en los

labios me da arcadas. Luego él empezó a acariciarla y a besarla. Debería haberme

ido, pero es que sencillamente no podía creer lo que veía de Irena. Le dejaba hacer

lo que quería, y sonreía y se reía todo el rato como si le gustara que él la tocara. Si

le dolía algo no mostraba ninguna señal.

¿Podría tener razón Nina? ¿De verdad algunas mujeres quieren que los

hombres les hagan esas cosas? Era obvio por lo que Irena le estaba haciendo a

Wilhelm, y él a ella, que no era la primera vez que estaban a solas y desnudos.

Me escabullí hasta la escalera y subí a la habitación, donde estoy escribiendo

esto. Claus sigue durmiendo. Estoy cansada y mareada, y sigo hambrienta porque

no fui a por nada de comer por si hacía ruido y molestaba a Wilhelm o Irena.

No puedo entender a Irena yaciendo desnuda sin avergonzarse en los brazos de

Wilhelm. ¿Es mejor actriz que yo? ¿O puede ser que de verdad le guste hacer el

amor?

¿Es mi disgusto por las cosas que me hace Claus culpa mía? ¿Debería intentar

con más entusiasmo ser su esposa? Desearía tener a alguien con quien hablar.

Siempre me he sentido más cerca de Irena que de Greta. Hablamos de todo. Quizá

cuando se case con Wilhelm pueda discutir el lado privado de la vida marital con

ella. Espero que sí.

Laura se asomó fuera del carruaje abierto para comprobar que el cochero sólo

fingía azotar a los dos caballos grises que tiraban de su vehículo. Cuando se hubo asegurado, volvió a sentarse y dijo:

—Este paisaje me recuerda a algunas de las zonas más aisladas de Maine. Esa

extensión de bosque parece que no ha cambiado en siglos.

—Probablemente no lo haya hecho —asintió Charlotte, ausente. Examinó la orilla

buscando una señal de la casa junto al lago de Grunewaldsee. Si estaba allí, no podía verla, ni las paredes de las edificaciones anejas. Pero donde recordaba árboles jóvenes ahora se alzaban altos troncos, y una maleza que habría ocultado cualquier pared superviviente de la vista.

Laura observó un par de botes neumáticos que se dirigían hacia un embarcadero. —¿Alguna vez navegaste en este lago cuando vivías aquí, Oma? —Sí, pero nuestras barcas no eran tan elegantes ni coloridas como ésas. —¿Usted vivía aquí? —Una entrometida mujer mayor con el pelo teñido de rubio

y acento americano en su inglés interrumpió la conversación.

—Hace mucho tiempo —admitió Charlotte, deseando no haber accedido a la petición del cochero de compartir el carruaje con otras dos huéspedes del hotel. Le había ofrecido un descuento, y eso no había influido, pero sí la hora de espera para el siguiente carruaje.

—Igual que yo —dijo la mujer con vehemencia—. Mi familia vivía en la calle del

Lago. Quizá los recuerde, los Schuler.

Charlotte negó con la cabeza.

—La única familia que conocía en esa calle eran los Adolf. —Los recuerdo. Tenían un hijo comunista, que siempre estaba metido en

problemas con la policía, y una hija preciosa, Irena. Se casó bien, con uno de los aristócratas, un von Datski. Pero luego todos saben lo que les pasó; fue una gran desgracia en aquella época…

—¿Una desgracia? —Laura miró inquisitiva a la mujer, y luego a su abuela. Charlotte la interrumpió. Lo último que quería era que aquella extraña le contara

a Laura una versión de cotilleo de la historia familiar.

—¿Ha vuelto a ver su antiguo hogar?

—Quería enseñar a mi hija dónde nací. —Señaló con la cabeza a una versión más

joven de ella misma sentada a su lado—. La señora de Charles Grant III.

—Encantada de conocerla. —Charlotte le ofreció la mano—. Ésta es mi nieta,

Laura Templeton.

—Es usted inglesa.

—Sí —respondió Laura.

—Estamos girando. —Charlotte cogió a Laura del brazo—. Si nos excusa, me

gustaría concentrarme en las vistas.

—Y a mí. Por supuesto, nada de esto estaba desarrollado en nuestra época, y

ahora fíjese. Todos los bosques de este lado del lago talados para dejar sitio a esas pequeñas cabañas, casas de veraneo y huertos. Han destrozado por completo el paisaje.

—Probablemente no para la gente que vive de las hortalizas —comentó Charlotte

—. El precio de los alimentos se ha disparado desde que los comunistas cayeron del poder.

—Y en buena hora. ¿Su familia tenía propiedades en Allenstein? —Algunas —respondió Charlotte con cautela.

—Por supuesto, los alemanes que huyeron en mil novecientos cuarenta y cinco no

pueden reclamarlas, pero los polacos que escaparon del ejército ruso sí. Estoy aquí porque oí que la antigua casa de mi padre estaba en venta.

—¿Va a comprarla?

—Ya lo he hecho. Ha sido una ganga. Sólo cuarenta y cinco mil dólares. —¿Qué va a hacer con ella?

—Reformarla, para empezar. No la ha tocado ni una brocha desde que nos fuimos. Cuando esté modernizada, se la alquilaré a los turistas. Una casa de alquiler es más barata para una familia que un hotel, y ésta es una buena base desde la que visitar los lagos de Masuria. Hola, Ranolf. —La mujer saludó a un hombre mayor que caminó hacia el carruaje mientras éste se detenía para negociar el viaje al hotel—. He conocido a esta encantadora señora y su nieta. Es otra refugiada que viene a enseñar a sus parientes el viejo país. Tenemos que traer a nuestros nietos el año que viene. —Se volvió hacia Charlotte—. Mi marido, Ranolf Hedley IV. Lo siento, ¿cómo ha dicho que se llama?

—Charlotte Templeton. Si nos perdonan, debemos irnos. Estamos esperando una

llamada de teléfono.

—¿«Templeton»? —repitió Laura mientras caminaban hacia la zona de cafetería

exterior—. Nunca te había oído usar el apellido del abuelo antes. ¿Por qué no le contaste quién eres a esa mujer?

—Porque es una creída. Ya la has oído hablar sobre los aristocráticos von Datski

y su desgracia.

Laura se cruzó de brazos.

—¿Cuál fue la desgracia?

—Fue una desgracia sólo para los nazis suficientemente viejos como para

recordar los años de Hitler. —Charlotte evitó responder la pregunta—. Y para los que no lo son, se ha formado un mito alrededor de las familias aristocráticas prusianas. ¿Quién puede decir hoy lo ricas, espléndidas y poderosas que eran? No hay nada como la pérdida, el tiempo y la distancia para otorgar distinción a cualquier clase, por no mencionar el gran aumento de las cantidades. He oído a gente que vivía en los barrios bajos de la ciudad asegurar que su familia poseía enormes haciendas.

—¿Nunca los has corregido?

Charlotte sonrió.

—¿Para qué? Se tardaría años en demostrar algo en algún sentido, y ¿para qué

disgustarlos?

—Nunca me has hablado de tu infancia.

Charlotte cogió la mano de Laura.

—Aquella ruina que ves era una torre de vigilancia del siglo catorce. Mis

hermanos y yo solíamos coger una barca, remar por el lago y merendar allí cuando éramos niños. —Vaciló—. Te contaré más, Laura, cuando hayamos visitado Grunewaldsee. Hasta entonces quiero aferrarme a mis recuerdos, porque mientras permanezcan prisioneros aquí —se dio unos golpecitos en la frente—, seguirán siendo únicamente míos. Cuando te haya hablado de ellos se convertirán en el pasado, en historia. Por el momento, aparte de Bergensee, mis muertos vuelven a estar vivos, y me gustaría vivir con ellos un poco más.